Vida y obras de Santa Margarita Mª de Alacoque(XXXXIV)

CARTA CXXVIII

A LA SEÑORA DUCRET, URSULINA

La anima a proseguir sus trabajos por la conversión de los infieles.—Qué es para Margarita la fiesta del Santísimo Sacramento.—Cómo celebrar dignamente su Octava.—Nunca más feliz que cuando sufro.

¡Viva Jesús!

Ruego al Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo que abrase siempre más y más el vuestro en las santas llamas de su ardiente caridad para que consigáis la conversión de esos pobres infieles y que siga derramando sus bendiciones sobre vuestro celo y trabajo. He recibido gran consuelo con lo que sobre esto me decís y bendecido por ello a Dios, autor de todo bien. Continuad, y no os quejéis de unos trabajos que serán un día tan bien recompensados. Pero nada atribuyáis a mis indignas oraciones; porque en verdad que, siendo tan mala religiosa como soy, son más propias para detener el curso de las misericordias de Dios que para atraerlas.

Pedid a su bondad que me convierta a su santo amor en esta gran fiesta del Santísimo Sacramento de amor que constituye todo mi contento, mi devoción y mis delicias. No debemos omitir cosa alguna que pueda redundar en su honor, procurando durante esta santa Octava reparar con nuestros homenajes y adoraciones las injurias que en él recibe, así de los infieles como de los malos cristianos. No os olvidaré en su presencia, y haré la novena que pedís. Pero dirigid también por mí, os lo ruego, algunas oraciones particulares en presencia de este adorable Sacramento, pidiéndole que a mí y a todos los corazones capaces de amarle, nos conceda su santo amor, y que me enseñe a llevar bien la cruz. Es ésta un tesoro inestimable y tan precioso, que nunca me juzgo más feliz que cuando me favorece con algún sufrimiento. ¡Oh Dios mío, cuán dulce es, mi querida señora, para una buena religiosa, estar siempre enclavada en la cruz, con su Esposo crucificado!

En el amor de su Sagrado Corazón soy toda vuestra,

Sor Margarita María

De la Visitación de Santa María

He escrito a esa buena señorita según vuestro deseo. Pido a Dios que todo sea para su mayor gloria.

 

CARTA CXXIX

A UNA RELIGIOSA

Qué debe hacer una buena religiosa.—Le contesta por pura obediencia.

¡Viva Jesús!

Sólo deseo estar ciega e ignorante de todo lo que toca a las criaturas, para no acordarme más que de esta lección de que tengo tanta necesidad: que una buena religiosa debe dejarlo todo para hallar a Dios, ignorarlo todo para conocerle, olvidarlo todo para poseerle, hacerlo y sufrirlo todo para aprender a amarle.

Y os aseguro que no se necesita menor obligación que la que impone la obediencia para obligarme a contestaros.

 

 

CARTA CXXX

PRIMERA DEL MANUSCRITO DE AVIÑÓN,

AL R. P. JUAN CROISSET, S.I., EN LYON

Entabla con él esta correspondencia porque «Él lo quiere».—Ella ya no se pertenece a sí misma.—Abandonaos perfecta y absolutamente al Divino Corazón el día de vuestra primera Misa.—Cambio de bienes espirituales.—«El Amor triunfa».—Escribid acerca del Sagrado Corazón.—Ardentísimo amor y profundísima humildad de la Santa.—Tres deseos como tres tiranos.—Su admirable insensibilidad actual.—Le envía un librito.

¡Viva Jesús!

14 de abril de 1689

Mi Reverendo Padre y Hermano mío muy amado en el Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo: Si no fuera del agrado de Nuestro Señor, no os contestaría yo nada, a pesar de toda la estima que Él me inspira hacia vos y a todo lo que me decís. Mas puesto que Él lo quiere, según yo pienso, os diré sencillamente y sin artificio todo lo que Él me inspira. Todo ello, si os place, en el sagrado y amable Corazón que es quien únicamente ha hecho esta unión de bienes espirituales entre nosotros, y en el cual también yo la confirmo para siempre; tan ventajosa me es.

Quizá no os he dicho que habiendo entregado todas mis cosas al Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo sin reservarme nada, no puedo haceros participante sino de sus tesoros infinitos. Si no me engaño, cuando me dio a conocer que quería de mí, ruin esclava suya, esta donación, me prometió que podría disponer de ese divino tesoro como mío, pero siempre siguiendo su santa voluntad, la cual podría ya conocer por las repugnancias y la impotencia de hacer en aquello lo que no le agradase. Ahora bien; puedo aseguraros que no he sentido esas repugnancias respecto de vos; antes al contrario, me he sentido llena de buenas mociones, que me han hecho conocer cuánto le agrada esta unión al amor que os profesa y al ardiente deseo que tiene de concederos profusamente las riquezas inagotables de su adorable Corazón. Y esto no sólo para vos, sino a fin de que las repartáis a las almas que Él pretende ganar por vuestro medio.

Todos estos sentimientos que el ardor de este amor os hace sentir, son, a mi juicio, disposiciones para el cumplimiento de los designios que Él tiene sobre vos. Yo os conjuro por ese mismo amor, que perseveréis en ellos con fiel correspondencia por medio de un perfecto abandono de vos mismo y de todo interés propio. No más cuidados ni recuerdos de vos mismo, para dejarle obrar en vos y por vos, según sus deseos, que Él os dará a conocer en el tiempo destinado.

Mirad, sin embargo, si os conviene aceptar esta unión de la manera dicha. Si deseáis que subsista, es preciso que hagáis igual donación al Sagrado Corazón de mi Jesús el día que le ofrezcáis el primer Santo Sacrificio en su misterio de amor, consagrándoos y entregándoos enteramente a ese Divino Corazón para amarle y glorificarle y procurarle todo el amor y gloria de que Él os hará capaz, sea de palabra o por escrito, a fin de que por estos medios Él os haga igualmente partícipe de sus tesoros infinitos. Por ellos espero que os hará decir eternamente: Misericordias Domini in aeternum cantabo.

No puedo expresaros el gozo que me habéis causado con ofrecer por mí el Rosario y esa Comunión, como también con la promesa de que ofreceréis además la Santa Misa una vez al mes, según mi intención. Esta intención no es otra que la del Sagrado Corazón de mi amable Jesús, el cual espero os recompensará con profusión tan grande caridad. Yo se lo he sacrificado todo para aplicarlo según sus deseos, a fin de que los que ruegan por esta miserable pecadora obtengan

 

para sí mismos muchas gracias. Espero que Él las derramará abundantemente sobre vuestra querida alma cuando le ofrezcáis ese Divino Sacrificio de amor, que es el más rico presente que pudierais hacerme. Él es toda mi dicha, mi placer, mi consuelo, mi alegría en este valle de lágrimas.

¡Oh, qué dichoso seréis en participar todos los días de ese Divino Sacramento y en tener a ese Dios de amor entre vuestras manos y meterle en vuestro corazón! Yo no envidiaría otro bien que ése, y el de consumir como un cirio encendido en su santa presencia todos los momentos de vida que me restan. Para esto me parece que aceptaría el sufrir todas las penas que se pueden imaginar, aun hasta el día del juicio, a condición de no verme jamás obligada a salir de ese Corazón, sino únicamente por consumirme honrándole, y reconocer la ardiente caridad que nos muestra en ese admirable Sacramento, donde su amor le tiene cautivo hasta la consumación de los siglos. Allí es verdaderamente donde se puede decir:

«El amor triunfa, el amor goza, el amor en Dios se regocija».

Y a fin de que yo lo haga al mismo tiempo, decidme el día en que, siguiendo las inspiraciones divinas, pensáis ofrecerlo por mí, lo mismo que el de la Comunión prometida, para que con permiso de la obediencia comulgue yo por vos aquel día. Todos los jueves rezaré a vuestra intención las Letanías del Sagrado Corazón.

Casi desde el día en que tuve la dicha de entrar en la santa religión, la obediencia me ha permitido velar una hora de la noche del jueves al viernes con mi Jesús. Entonces me postro en tierra en memoria de aquella hora en que el Salvador se quejaba, diciendo que sus discípulos no habían podido velar con Él.

Yo lo haré una vez cada mes por vos o al menos haré lo que la obediencia me permita a cambio de esto, cuando ella juzgue conveniente cambiarme esta obra en alguna otra más penosa. ¡Cuán obligada os quedo por la caridad que me hacéis y que prometéis hacerme! Por todo ello os doy las gracias en nombre del Sagrado Corazón de mi Soberano a quien todo pertenece; Él se encargará de recompensaros.

Si supierais el ardiente deseo que me oprime de que sea conocido, amado y glorificado, no me rehusaríais el emplearos en esto. Si no me engaño, Él lo quiere de vos; y cuando os conceda tiempo y afición dedicaréis vuestros escritos a tan digno objeto: sobre todo algunas meditaciones para algún retiro de diez o doce días, según que Él os inspire.

Yo os confieso que este deseo de hacer que sea conocido y amado, me obligaría a entregarme de buena gana a todos los tormentos más crueles, aun a los del infierno, a excepción de odiarle. Si yo pudiera hacerle reinar en las almas y establecer el imperio de su amor en todos los corazones, ¡cuán dichosa me juzgaría!; pero ¡ay!, qué dolor para mí, que aun en esto mismo no le sirvo más que de obstáculo. Pues si yo pudiera expresaros cuán malvada, ingrata e infiel soy

 

a su amor, no tendríais nunca valor para consentir en esta unión de bienes espirituales, por medio de la cual espero obtener misericordia. Viéndome tan pobre y miserable, no creo haber hecho acción alguna que no merezca castigo más bien que recompensa.

Pero lo que causa mi mayor pena, es el temor de no ser más que una hipócrita que ha engañado a las criaturas, aunque sin quererlo. Guardaos, pues, de llegar a ser del número de los engañados y rogad a este adorable Corazón de Jesús que me sepulte en un eterno desprecio y olvido de todas las criaturas. Que me dé también el perfecto olvido de mí misma y esa perfecta humildad de corazón de la que estoy tan distante, aunque persuadida de que mi Dios no se complace más que en las almas anonadadas y que para serlo todo en Él es preciso no ser nada en sí mismo.

Interesaos, por tanto, con nuestro buen Señor para alcanzarme esas gracias, obteniéndome el don de su puro amor que contiene todo lo demás; yo tampoco ceso de pedirlas para vos, junto con todo lo que me indicáis. Pero bien veo por todo lo que me decís, que no tengo amor a mi Dios. Lo que me consuela es que vos le amareis por mí, que no tengo, sin embargo, otra pretensión en la vida; mas este maldito amor propio es el veneno que todo lo destruye.

Es verdad que tuve en otro tiempo tres deseos tan ardientes, que los miro como tres tiranos que me hacían sufrir un continuo martirio, sin dejarme ningún reposo; y eran el de amar a mi Dios, sufrir y morir en este amor.

Pero al presente, creo yo que mi corazón se ha atraído por sus infidelidades este estado de reprobación y de insensibilidad. No puedo ya querer ni desear nada, aunque veo muy bien que todo me falta en lo concerniente a la virtud. Quisiera a veces afligirme por esto, pero no puedo; no estando ya en mi mano, no tengo ya libertad ni poder sobre mí misma. Y he aquí el pensamiento que me consuela: que el Sagrado Corazón de Nuestro Señor hará todo eso por mí; si yo le dejo obrar, Él querrá y amará por mí y suplirá todas mis impotencias y defectos. Rogadle por mí, yo os lo suplico encarecidamente.

Es muy cierto, como me decís, que el que ama no cree sufrir nada ni aun en medio de los mayores sufrimientos; pero también me confesaréis que no se puede amar sin sufrir y el amor de mi Dios es un tirano implacable que nunca dice: ¡Basta! Pero ¡cuán bueno es vivir y morir bajo su imperio!

Por lo que hace al deseo que os viene de sacrificaros por la salvación de los infieles en los países extranjeros, creo que podríais representárselo a los Superiores cuando lo sintáis, y luego abandonaros a todo lo que de vos disponga Nuestro Señor por medio de la obediencia.

Dios mío, estoy abusando demasiadamente de vuestra paciencia con tan largos discursos. Obligándome mi poco tiempo disponible a escribiros ésta a retazos, temo haberos dicho muchas veces la misma cosa; mas la caridad del Sagrado Corazón de nuestro Soberano Dueño que reina en el vuestro, lo excusará y perdonará todo. Yo no sé si os agradará el impulso que Él me infunde de enviaros de su parte un librito que nos han regalado (el de la H. Joly); una persona muy celosa de su gloria lo ha hecho imprimir. Me parece que Jesús quiere me despoje de él en obsequio vuestro. En fin, yo le suplico que os abrase en las más vivas llamas de su puro amor.

Sor Margarita María

De la Visitación de Santa María

Dios sea bendito eternamente

 

P.S.— Siendo cierto, como creo, que Dios no os comunica sus dones extraordinarios sino para haceros un gran santo, no dejo de darle gracias por esto, y de pedirle para vos la gracia de que le correspondáis según toda la extensión de sus designios. Haced lo mismo por mí, os lo ruego encarecidamente, pues sus misericordias para conmigo son grandes e incomprensibles. Y pedidle al mismo tiempo perdón de mis ingratitudes e infidelidades. El pequeño Oficio contenido en este libro ha sido compuesto por un Padre (Gette) de la Compañía.

María concepta est sine peccato

 

CARTA CXXXI

SEGUNDA DE AVIÑÓN, AL P. CROISSET

Gozo de Margarita por haber empezado a escribir el Padre.—«Mi muy querido Hermano en el Sagrado Corazón de Jesucristo».—Grandes recompensas a sus apóstoles.—Confiad y desconfiad.—Componed un Retiro espiritual.—Nuevas y espléndidas promesas.—Infinitas riquezas.—«Con tal de que yo pueda amarle, esto me basta».—Horror de sí misma.—Ardiente sed de padecer.—«Yo me contento tan sólo con amarle».—Precioso tesoro descubierto a las Hijas de la Visitación y a los Hijos de San Ignacio para que ellos lo descubran a los demás. «Mucho espera Él de vuestra santa Compañía».—«Yo reinaré a pesar de mis enemigos y de cuantos se opongan a ello».—Gracias por los libros que me habéis enviado.—Progresos de la preciosísima devoción.—Cómo han de ser los escritos que la propaguen.—Insinúa la Santa la idea del Apostolado de la Oración.—Mutua comunicación de bienes espirituales.—Mi Soberano pagará por mí.—San Luis Gonzaga, Patrono de esta devoción.—Cómo escribe sus cartas Margarita.

 

¡Viva Jesús!

10 de agosto de 1689

 

He rogado a mi Divino Maestro que, puesto que no me permitiría contestar a vuestra precedente, tuviera la bondad de hacerlo Él mismo con la abundancia de sus gracias y los ardores de su puro amor, del que deseo que estén siempre inflamados y consumidos nuestros corazones ahora y por toda la eternidad.

Creo, si no me engaño, que si me ha diferido el consuelo de enviaros esta respuesta, ha sido para dármelo mayor ahora que ya le habéis proporcionado el contento que esperaba con esa pequeña obra que no es más que el comienzo de lo que aguarda para más tarde. Habéis hecho muy bien en no diferir por más tiempo so pretexto de vuestras ocupaciones; porque ellas no os habrían servido de excusa legítima ante el Sagrado Corazón, después de haberos dado pruebas tan convincentes de su voluntad sobre el particular. Ésta debe disipar todas las dudas que os pudieran contener en lo sucesivo.

Me pedís que os conteste extensamente. Os aseguro, mi muy querido Hermano en el Sagrado Corazón de Jesucristo (que quiere que os llame así), que voy a deciros en su santa presencia todo lo que me inspirare para su gloria. No está en mi poder hacerlo de otro modo, ni preparar nada para escribir; pero os diré sencillamente lo que Él me haga poner en el papel, sin cuidarme de su resultado. Esto depende de su soberano poder, que hace cuanto le place, valiéndose de medios que, según el cálculo humano, parecían más bien obstáculos que medios para lograr sus designios. Esto es lo que hace que yo me considere en este caso como el barro que puso sobre los ojos del ciego de nacimiento, el cual parecía ser un medio contrario al propósito que tenía de darle vista.

 

Debo, pues, deciros que la lectura de la vuestra con los libros que habéis tenido la bondad de enviarnos, me ha hecho sentir tan gran transporte de alegría, que no pude contener mis lágrimas. Me prosterné ante la infinita grandeza de nuestro Soberano para darle las gracias por la merced que os había hecho, eligiéndoos para un designio que debe serle tan glorioso por el gran número de almas que esta devoción a su Divino Corazón apartará de la senda de la perdición para encaminarlas a la de la salvación. Y como tiene tan vivos deseos de ser conocido, amado y honrado por los hombres, en el corazón de los cuales tanto he anhelado establecer por este medio el imperio de su puro amor, ha prometido grandes recompensas a todos los que se emplearen en hacerle reinar.

Así, pues, ¡oh cuán dichosos sois en contaros en este número, porque me parece ser su voluntad que os asegure de su parte que este principio le ha sido tan grato, que se ha propuesto concederos las gracias que había destinado a otro, el cual se excusó con sus ocupaciones, de hacer lo que vos habéis hecho. Y que quiere, si no me engaño, que hagáis en lo sucesivo, mientras tengáis el valor de proseguir, a pesar de los obstáculos y contradicciones que podrá oponeros Satanás, en la ejecución de todo lo que de vos desea.

Él os sostendrá y no os dejará carecer de ningún medio necesario, con tal de que todo lo esperéis de Él, con un perfecto olvido y desconfianza de vos mismo, y una humilde y amorosa confianza en su bondad, cuya grandeza me hace conocer muy bien en esta ocasión. Considero como una maravilla las santas disposiciones de esos corazones en haber sido tan dóciles a la devoción y amor del de nuestro adorable Maestro.

¡Oh!, ¡cuántas gracias ha concedido a estas queridas almas, haciéndoles gustar tan prontamente una devoción tan propia para su santificación! Las considero todas en este Divino Corazón como otras tantas almas que se ha escogido y predestinado a su amor eterno; pero sobre todo ese buen librero que se ha portado con tan buena voluntad, y que, con su generosidad, ha alcanzado un lugar en ese Corazón adorable, que lo dará un asilo seguro en la hora de la muerte. Nada pudo hacer jamás que mejor le fuera recompensado; y vos me habéis procurado una gran satisfacción con darme a conocer detalladamente todas estas cosas; porque no podéis imaginaros el consuelo que por todo ello me hace experimentar ese amable Corazón. Cierto que me siento siempre en un abismo de confusión con la vista continua de mi nulidad, en el cual este soberano poder me tiene de tal modo sumergida, que me parece imposible que pueda salir de él ni un momento.

Aquí es donde yo quisiera derretirme en acciones de gracias y de reconocimiento para con ese Divino Corazón, por las grandes mercedes que nos ha hecho, queriendo servirse de nosotros para darle a conocer, amar y honrar, pues tiene reservados bienes infinitos a cuantos se emplearen en esto con todas sus fuerzas y según su inspiración. Seguid, pues, animosamente lo que os sugiera acerca del deseo que me manifestáis. Es lo mismo que yo había pretendido el pediros con aquellas meditaciones indicadas en mi carta (la precedente), en la que quizá no expresé bien que ese Retiro espiritual es lo que ese Divino Corazón pide con ardor para atraer a las almas a vivir según sus santas máximas, encerrándose con Él por amor.

Haced, pues, sin dilación lo que de vos desea, porque no puedo menos de deciros que me insta ardientemente a esto, por el vehemente deseo (que descubre cada vez más a su indigna esclava) que tiene de ser reconocido, amado y honrado de los hombres, para reparar las grandes amarguras y humillaciones que le han hecho sufrir, y a los cuales quiere, por este medio, aplicarles el merecimiento de los mismos.

Para dar a comprender cuán excesivo es este deseo, ha prometido a todos cuantos se consagren y ofrecieren a Él para darle este contento (que consiste en tributarle y procurarle todo el amor, honor y gloria que esté en su poder, según los medios que Él les proporcione), que jamás les dejará perecer; que les será un asilo seguro contra todas las asechanzas de sus enemigos, pero sobre todo en la hora de la muerte; que los recibirá amorosamente en su Divino Corazón, poniendo en seguridad su salvación, cuidando de santificarlos y glorificarlos delante de su Eterno Padre, mientras se tomen el trabajo de engrandecer el imperio de su amor en los corazones; y que, como Él es la fuente de todas las bendiciones, las derramará abundantemente en todos los lugares donde sea honrada la imagen de ese Sagrado Corazón.

Es que su amor le apremia a distribuir el inagotable tesoro de sus gracias santificantes y salvadoras en las alas de buena voluntad, buscando los corazones vacíos, para llenarlos con la suave unción de su ardiente caridad y consumirlos y transformarlos todos en Él. Quiere espíritus humildes y sumisos, sin otro deseo que cumplir su santa voluntad.

Prometió además que daría la paz a las familias en que reinara la discordia y protegería a las que estuvieran en necesidad; que difundiría esta suave unción de su caridad en todas las Comunidades religiosas en las que fuere honrado y se pusieran bajo su particular protección; que reuniría todos los corazones para no formar más que uno solo con Él; que apartaría de ellos los rayos de la divina justicia, volviéndolos a la gracia, cuando se hallaran privados de ella.

¡Oh, mi querido hermano en este Divino Corazón, si me fuera dado manifestar las infinitas riquezas que están ocultas en este precioso tesoro, y con las cuales enriquece y regala a sus fieles amigos! Si lográramos comprenderlas, de seguro pondríamos todo nuestro ahínco en procurarle el gozo que desea con tanto ardor. Por esto querría yo tener millones de vidas para sacrificarlas con todos los tormentos más espantosos que se puedan imaginar, hasta con todos los del infierno, fuera de aborrecer a este amantísimo y amabilísimo Corazón, puesto que todos los demás suplicios me serían un placer con tal de hacerle reinar. Nada hay comparable, a mi entender, a esa privación de su amor, que es un mal que no puedo explicar, causándome horror tan sólo el oírlo.

En fin, al cumplimiento de sus designios todo lo sacrificaría sin reserva alguna, no sintiéndose mi corazón, según me parece, susceptible de otra cosa que de los intereses de ese Divino Corazón. Por manera que, desde que tuvo la misericordia de consagrarme Él mismo a su amor y a su gloria, ya no me cuido más de qué manera me trata. Con tal de que Él esté contento, esto me basta; ya sea que me encumbre o me humille, que me consuele o me aflija, todo esto me da el mismo contento en su contento, fuera del cual no puedo yo hallar otro en la vida que pueda satisfacer mi corazón. Después de habérselo entregado enteramente al de mi soberano Maestro, le dejo aún el cuidado de perfeccionarlo a su modo, no deseando más que lo que Él quiere darle. En fin, con tal de que yo pueda amarle, esto sólo me basta.

Pero, ¡ay dolor!, que me temo que esta insensibilidad de que acabo de hablaros de paso no sea aquel estado deplorable de endurecimiento de que habla el Apóstol. Os confieso sinceramente que, por lo demás, no veo nada en mí ni en mis acciones que no sea digno de castigo; y hablándoos francamente, como así parece que lo deseáis, siento en mí con todo lo que acabo de deciros, una continua pena de haber engañado a las criaturas que me creen mejor de lo que soy. Cierto que, si me conocieran, no tan sólo tal cual soy, que no me podrían sufrir, sino únicamente tal cual yo me conozco y me veo de continuo, les daría tanto horror como lo tengo yo de mí misma, el cual es tan grande, que me cuesta trabajo sufrirme a mí misma.

Esto es lo que causa mi confusión cuando ese Divino Corazón permite que se dé algún crédito a las palabras de tan ruin criatura, a quien ese adorable Corazón tiene siempre como anegada en un mar de amargura y en un abismo de humillación y de confusión para rendir homenaje por conformidad a aquella humillación y confusión en que siempre le tuvo a Él la divina justicia, por los intereses de su Padre Eterno. Aun los movimientos de gozo que el establecimiento del Reinado de ese Sagrado Corazón da algunas veces al mío, pasan como un relámpago y vuelvo a caer en seguida en esas amargas aflicciones en las que hallo una paz inalterable. Ésta me hace indiferente al vituperio o alabanza de las gentes, pensando que todo esto no me puede hacer otra de la que efectivamente soy delante de Dios.

Os conjuro, por todo el amor que profesáis a su Divino Corazón, que le pidáis que os haga conocer cuanto hay de malo en esta disposición y lo que le disgusta en mí y que me hagáis la caridad de decírmelo sin embozo. Porque yo soy una pobre ciega en todo lo que me concierne; y el temor que abrigo de ser un obstáculo a los designios que tiene ese Corazón de darse a conocer y hacerse amar, me hace muchas veces desear que me retire de esta miserable vida, en la que no hallo más satisfacción que la de sufrir continuamente para conformarme con ese Amado de nuestras almas. Es tan ardiente el anhelo de padecer que Él imprime en la mía, que una pobre famélica no recibiría el alimento con más avidez que la que mi corazón siente de alimentarse con el pan delicioso de los dolores, desprecios y humillaciones, olvido de las criaturas y confusión. En esto hallo el agua saludable para mi mal, y la única capaz de calmar un tanto la ardiente sed que me consume.

Pero ¡ay de mí!, yo no sé por qué mi soberano Señor permite que os diga todo esto, como no sea para que le pidáis que me hunda en un eterno desprecio y olvido de las criaturas, que deseo no se acuerden ya más de esta ruin y miserable, sino para despreciarla y hacerla sufrir, a fin de que ese Divino Corazón establezca su imperio sobre mi entera destrucción y aniquilamiento. A dicha grande tendré el verme abatida y privada de toda estimación, a medida que Él sea honrado y encumbrado en el ánimo de las criaturas, de quienes quisiera ser desconocida, a medida que Él fuera reconocido, porque Él solamente merece todo el amor, el honor, la gloria y alabanza en el tiempo y la eternidad.

Y puesto que queréis que os diga sencillamente mis pensamientos, hacedme el favor de que todo quede en el secreto del Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo, el cual me priva de los medios de reflexionar sobre lo que os digo, pues os hablo sin meditarlo, obedeciendo a sus impulsos. Pero dadme a conocer lo que haya en esto de malo, pues os aseguro que nada deseo en todo y por todo sino el cumplimiento del beneplácito divino, dejando a ese Divino Corazón que quiera y desee de mí y por mí lo que mejor le plazca. Yo me contento tan sólo con amarle; que Él amará por mí todo lo que Él quiere que yo ame.

Aunque este tesoro de amor sea un bien propio de todo el mundo, y al cual todos tienen derecho, ha permanecido, no obstante, siempre oculto hasta el presente, que ha sido dado particularmente a las religiosas de la Visitación. Es que están destinadas a honrar su vida oculta a fin de que, después de habérseles descubierto a ellas, lo manifiesten y distribuyan a los demás.

Pero está reservado a los Reverendos Padres de la Compañía de Jesús el dar a conocer el valor y utilidad de este precioso tesoro, del cual cuanto más se saca, tanto más queda por sacar. A su arbitrio estará, pues, enriquecerse con toda suerte de bienes y de gracias; y por este eficaz medio que les ofrece podrán desempeñar perfectamente, según sus deseos, el santo ministerio de caridad al cual están destinados. Porque este Divino Corazón infundirá de tal modo la suave unción de su caridad en sus palabras, que penetrarán como una espada de dos filos en los corazones más empedernidos, para disponerlos al amor de ese Divino Corazón; y las almas más criminales serán encaminadas por este medio a una saludable penitencia.

En fin, por este medio desea repartir a la Orden de la Visitación y a la de la Compañía de Jesús la abundancia de esos divinos tesoros de gracia y salvación, con tal de que le tributen lo que espera de ellas, que es un homenaje de amor, honor y alabanza, y que trabajen todo cuanto puedan para el establecimiento de su reinado en los corazones. Mucho espera Él de vuestra Santa Compañía en este particular, y abriga grandes propósitos en este punto62. He aquí por qué se ha servido del buen P. de La Colombière para dar comienzo a la devoción de ese adorable Corazón. Del mismo modo espero que vos seréis uno de los que Él se servirá para introducirla en vuestra Orden. ¡Oh, qué merced para vos si así sucede, y si vos secundáis sus designios!

Pero todo despacio y suavemente, según los medios que para ello Él os procurare, dejándole el éxito de todo, sin otro deseo y voluntad que la que Él os diere a conocer en cada ocasión en que quiera que obréis. He aquí el medio, a mi entender, destinado a vuestra santificación; porque a medida que trabajareis, ese Divino Corazón os santificará con su misma santidad.

No deben sorprendernos las contradicciones y oposiciones que el demonio nos suscitará, porque estad seguro de que el Soberano de nuestras almas sostendrá Él mismo su obra, y que será más poderoso para defenderla que sus enemigos para combatirla. En fin, yo creo que se cumplirán aquellas palabras que hacía oír de continuo al oído del corazón de su indigna esclava, entre las dificultades y oposiciones que fueron grandes en los principios de esta devoción: Yo reinaré a pesar de mis enemigos y de cuantos se opongan a ello. Me infundían éstas tanto consuelo y esperanza de que así sería, que cuanto más me privaban de los medios con que contaba prohibiéndome que hablara más de ello, tanto más yo confiaba y esperaba que Dios, siempre fiel a sus promesas, realizaría la obra por sí mismo, antes que dejarla imperfecta, porque siempre ha prometido a su indigna esclava que cuidará de procurarle todos los medios necesarios para el cumplimiento de sus designios, y que nada le faltará. Así lo ha cumplido siempre, hasta excediéndose de sus promesas.

Ya veis, pues, cómo quiere mi Soberano que os hable sencillamente de todas estas cosas que son para mí como un abismo del que no puedo salir, cuando me da libertad de hablar de ellas, lo que no siempre acontece, sino raras veces, cuando a Él le place; porque, fuera de estos casos, os puedo asegurar que me siento tan incapaz de hablar o escribir, que me parece imposible poder hacerlo.

Mas os repito que todo esto quede en el secreto de ese Divino Corazón; es decir, que tengáis la bondad de no nombrarme ni darme a conocer a nadie, porque debo confesaros la falta que me ha hecho cometer el deseo de ser desconocida sobre el particular. Y es que ese Reverendo Padre, a quien vos dirigisteis la precedente a la última de vuestras cartas, haciéndome el honor de escribirme, yo no le contesté por el motivo que acabo de manifestar. Pero os quedaré obligada si tenéis la bondad de quemar esta carta en la que debo deciros, además, que siendo muy grande mi agradecimiento por los libros que habéis tenido la dignación de enviarnos, y hallándome privada de todo medio de corresponder (porque soy enteramente pobre, a Dios gracias), mi Soberano Señor me ha dado a entender que debía dejarle el cuidado de este agradecimiento, que Él satisfará con bienes infinitos. Así confío que nada perderéis y que será Él mismo vuestra recompensa.

Gran deseo tenía yo de conservar uno de los libros, pero su bondad no ha querido permitírmelo, dándome a entender que su gloria exigía que yo los diera a aquellos a quienes Él quería, según me lo daría a conocer. El uno fue para nuestra querida Madre Superiora (M. Melin); el otro para una persona que no excusa gasto ni fatiga para el establecimiento de su reinado, y el tercero para otro que le ha hecho construir una Capilla como lo hemos hecho nosotras aquí con un grande y hermosísimo cuadro. Pero esta persona seglar (su hermano el alcalde) ha hecho más que nosotras; ha fundado a perpetuidad en aquella Capilla una Misa todos los primeros viernes de cada mes, la cual debe sernos de gran consuelo.

El ilustrísimo señor Obispo de Langres ha permitido que en toda su Diócesis se celebre la fiesta de ese Divino Corazón, y se diga su Misa, la cual fueron a cantar con música los señores de la Santa Capilla a la iglesia de nuestras Hermanas de Dijon. Os digo esto para haceros ver los felices progresos que su bondad infinita imprime a esa devoción, a fin de que le deis las gracias. Quizás no os disgustará que os envíe uno de los primeros libros (el de Moulins) que han sido impresos en honor de su Divino Corazón, a fin de que, si lo juzgáis a propósito, toméis de él las Letanías del Sagrado Corazón de la Santísima Virgen para añadirlas al vuestro. Y como observo que las devociones breves e inflamadas dan más gusto y producen más efecto que las otras, así es como yo desearía que estuviera el libro que tratáis de reimprimir, pero sobre todo las meditaciones, oraciones y prácticas, a fin de que el pobre espíritu humano pueda hallar en ellas más gusto y placer que disgusto. Es preciso, pues, que continuéis como habéis comenzado, porque agradan y satisfacen mucho las que nos habéis enviado.

Por lo que me toca al secreto, no debéis temer que falte yo a él por mi parte. Pero, ¡ay!, que me temo que no suceda así con los demás, lo que me afligiría muchísimo.

Si se pudiera formar una Asociación de esta devoción, en la que los asociados participaran del bien espiritual los unos de los otros, creo que sería esto muy grato a ese Divino Corazón. Me parece que desea, además, que tengamos una particular unión y devoción a los santos Ángeles, que están particularmente destinados a amarle, honrarle y alabarle en el divino Sacramento de amor, a fin de que hallándonos unidos y asociados con ellos, suplan por nosotros en su divina presencia, tanto para tributarle nuestros homenajes, como para amarle por nosotros y por todos los que no le aman y para reparar las irreverencias que nosotros cometemos en su santa presencia63.

Os digo muchas cosas, tanto porque así me lo habéis permitido, como porque no sé si podría callármelas sintiéndome impelida a hacerlo por ese Soberano de mi alma, que tal vez desea por ellas ser glorificado. Pero como no poseo la inteligencia de saberme expresar, no sé si podréis comprender lo que os digo, ni siquiera leer esta carta, que no es más que un borrador por ser mucha su extensión. Bien me imagino que os quitará las ganas de pedirme otras largas.

Pero perdonad la abundancia de ese manantial inagotable, que se complace en derramarse con abundancia en favor de sus amigos. Esto entiendo quiere hacer con vos ese Divino Corazón; pues espera mucho de vos. Me decís que no creéis que le ruego por vos hasta que no hayáis conseguido el amor y la humildad. Tocante al primero, no me da cuidado; basta que Él conozca lo que hace en esta materia. Y por lo que hace a la segunda, yo creo, según así me lo ha dado a entender, que no desea privaros de los movimientos contrarios a esta virtud de la humildad para dejaros en esto ocasión de pelear, a fin de que haya lugar de recompensar vuestras victorias, y, además, a fin de que estéis continuamente alerta con suma desconfianza de vos mismo.

No dudéis, pues, más de que ruego por vos, puesto que sabéis que, además de tener parte en el adorable Corazón de nuestro Soberano en todo el bien que yo pueda hacer y en todo lo que pueda sufrir con su gracia (ya que nos ha unido con igualdad de bienes espirituales como hermano y hermana, supliendo de su parte lo que falta a la mía, y por eso os llamo hermano en ese Sagrado Corazón); además, digo, ofrezco una Comunión todos los meses a vuestra intención, con todo lo demás que ya os tengo dicho por vos.

Pero, ¡ay!, ¿qué es todo esto considerando la persona que lo practica respecto de todo lo que vos hacéis por mí? Por esto me siento incapaz de manifestaros los sentimientos de gratitud que ese Soberano hace experimentar a mi pobre corazón, el cual se siente de continuo impelido a dar a conocer y amar al de nuestro Divino Señor, lo que causa en mí un continuo martirio.

Hemos acrecentado nuestros bienes espirituales, porque un santo sacerdote se ha ofrecido espontáneamente a celebrarnos una misa todos los primeros viernes de mes, y yo le ofreceré una comunión. Tal vez ni imagináis siquiera por qué me da tanto consuelo la unión de oraciones con las almas santas. Es que además de formar con ellas un buen capital para lograr por este medio mi santificación y mi eterna salvación, mi Soberano se ha consagrado Él mismo todo el ser de su miserable esclava y todo lo que de ella depende con todo el bien que se le haga. Por esto le prometió, si no me engaño, recompensar con los tesoros de su Divino Corazón todo el bien que se le hiciere. De este modo es como yo creo que recompensará a todos los que me procuren y dieren algún bien espiritual, porque ya no será a mí, sino a ese amable Corazón que se lo ha apropiado todo.

Pensé sucumbir a la tentación que tuve de enviaros un breve manuscrito de una versión del Oficio del Sagrado Corazón en verso, pero he considerado que os costarían demasiado los portes, por seros una cosa inútil. Mucho me regocijará el ver la imagen de ese santo Corazón en los demás libros cuya impresión esperamos conforme a lo que nos decíais. No debéis dudar de que yo deje de hacer cuanto pueda para darlos a conocer.

Os envío uno de los libritos que se hicieron imprimir al principio de esta devoción; y como indicáis que es necesario rezar al bienaventurado Luis Gonzaga para alcanzarla, desearía que tuvieseis la bondad de enviarnos una imagen suya grabada en dulce, que fuera del mismo tamaño que la del R. P. de La Colombière. Es para nuestra capilla del Sagrado Corazón.

Ya veis cuán importuna soy. Vuestra carta me ha servido de gran consuelo; pero debo confesaros que me aflige mucho tener que escribiros, por la razón de que no siéndome dado leer mis cartas, ignoro lo que pongo en ellas, porque lo olvido a medida que lo voy escribiendo y, como no sé si repito siempre lo mismo, me causa esto gran confusión y vivos deseos de no volver a escribir más. Espero, con todo, que vuestra bondad lo excusará todo por el amor del Sagrado Corazón, al cual le suplico tenga a bien hacer llegar ésta a vuestras manos, porque no sé cómo poner la dirección. ¡Dios sea bendito eternamente!