“CORAZÓN” EN ALGUNOS CONTEXTOS BÍBLICOS Y EN EL MARCO TRINITARIO DE LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS

Por Severiano TALAVERO

  1. Una devoción encarnada

Carlos de Foucauld (1-12-1916) es indudablemente una de las figuras cristianas más interesantes de todos los tiempos. Su director espiritual, el P. Huvelin, lo presentaba como «perfecto caballero, muy buen cristiano, que hace de la religión un amor». La vida del Hermano Carlos estuvo siempre acompañada por la devoción apasionada al Corazón de Jesús. Me voy a referir a esto porque la investigación que sigue quiere ir avalada por el testimonio concreto de una vida atrayente. Si las palabras mueven, los ejemplos arrastran. El Hermano Carlos decía que las vidas de los san-tos eran «una especie de comentario al evangelio». Me parece que de la suya se puede decir con toda razón: la vida de Carlos de Foucauld es un comentario profundo a la devoción al Corazón de Jesús, es decir, su pasión por Jesús mirado desde el punto de vista del amor.

El Hermano Carlos es, en este sentido, un hijo de su tiempo. Al siglo XIX le llamó Mons. D’Hulst el siglo del Corazón de Jesús3. Años antes de la conversión del Hermano Carlos (1886), se le empezó a dar cada vez menos importancia al corazón de carne para fijarse más en la persona. Es una tendencia cuyos inicios se pueden situar en 1880.Él llegó a conocer esa devoción gracias a su prima, la señora María de Bondy, que tanto influyó en él a lo largo de toda su vida. La estampa de primera comunión del Hermano Carlos fue un corazón de Cristo, coronado por una cruz. Su muerte cayó en primer viernes de mes. Consideró esta devoción como la primera de todas, «porque respondía, ciertamente, a su deseo apasionado de amar a Jesús; porque venía a nutrir ese deseo que, desde su conversión, crecía en su alma y la invadió más y más». Tres años después de su conversión, se consagró al Corazón de Jesús en la basílica de Montmartre el 6 de junio de 1889. Para las congregaciones con que soñaba, pensó en las denominaciones de Hermanitos y Hermanitas del Corazón de Jesús. La divisa que él toma es Jesús-caridad, el corazón y la cruz’, que él mismo lleva sobre su pecho en algunas fotografías. Al fin y al cabo, está convencido de que nuestra religión es caridad y de que su emblema es un corazón. Su deseo más ardiente es que viva en él el Corazón de Jesús»‘, lo que recuerda aquello otro del gran apasionado que fue Pablo, Gál 2,20, pero ya como constatación: «Ya no soy yo el que vive, sino que es Cristo el que vive en mí». Me parece que sólo a esta vivencia íntima de Jesús en Carlos de Foucauld, es a lo que se debe la dedicación absoluta y total del «hermanito universal» a los más pobres y abandonados. Su director espiritual, el P. Huvelin, fue quien debió indicarle ese camino. El P. Olier rechazó ser obispo y trabajó en los barrios más pobres. El P. Huvelin dice sobre este hecho: «Cuando nuestro Señor vive en un corazón, le da estos sentimientos, y este corazón se abaja hacia los pequeños. Tal fue la disposición del corazón de un Vicente de Paúl… Cuando nuestro Señor vive en un alma de sacerdote, lo inclina hacía los pobres».

Carlos de Foucauld deseaba que los cristianos que fueran a trabajar en aquel ambiente islámico dieran testimonio del Corazón de Jesús y de su cruz. Vale para este congreso, donde nos ocupamos de la devoción al Corazón de Jesús, camino que desemboca en su persona.

El poeta dijo:<<Ama y háblame de Dios>>. Ama y háblame de esta devoción de Amor.

 

  1. Importancia del término corazón

 

  1. En el Antiguo Testamento

No es que las estadísticas lo sean todo, pero sí que representan un punto de orientación. La palabra decisiva la tiene naturalmente la importancia que revista el empleo concreto del término. En el AT aparece 858 veces. Se trata, con mucho, del término más frecuente de antropología humana. La estadística de los otros tres términos antropológicos analizados por Wolff es la siguiente: nefesh,155 veces; basar, 273, y ruaj, 38917.

A la llamada de atención que representan los números, añádase la gama de significados que el término entraña. Suele traducirse en nuestras lenguas modernas prevalentemente por corazón, coraçáo, coeur, beart, bart, Herz, etc., lo que no da idea de la trascendencia del término hebreo. El hecho mismo de que se mantenga «corazón» como traducción casi exclusiva, es algo que se debe remediar cuanto antes mejor. Si el corazón es para el he-breo el centro de la vida física, psíquica, afectiva, intelectual, volitiva, moral, eso tiene que verse a la hora de traducir el término.

Junto al hecho del empleo tan frecuente, llama también la atención el que la inmensa mayoría de las veces ese sustantivo se refiere al hombre. Sólo en 26 casos se piensa en Dios.

  1. En el Nuevo Testamento

Habida cuenta de las reducidas dimensiones del NT respecto del AT, sorprende también aquí la relativa frecuencia de kapôla en los escritos neotestamentarios: 156 veces, aunque la diferencia de números cambia radicalmente, prevaleciendo ahora pneuma, 397 veces, y no kardia, como era el caso en el AT. Σapξ se emplea en 147 casos. Se podrían añadir al término que aquí se estudia, las dos veces que aparece el adjetivo καρδιογνώστης (Hch 1,24; 15,8). Καρδία en el Nuevo Testamento es también muy rico en significados. Lo hereda ya del AT, donde el término no sólo traduce en los LXX leb o lebab, sino que también puede corresponder, por ejemplo, a beten (cuerpo, vientre, seno, materno, interior), derek (camino conducta), nefesh (aliento, alma…), gereb (entrañas).

Como ocurre en el AT con leb, en el NT lo normal es que kardía se refiera aI hombre, mientras que se aplica a Dios una sola vez. Se trata de Hch 13,22, donde se cita el oráculo de 1 Sam 16,1 sobre David como con-forme con el corazón de Dios. Referido a Jesús, se emplea en Mt 11,29, donde Jesús habla de sí mismo.

Sin que aparezca el término, pero también se podría citar, por ejemplo, Jn 7,37-38, lugar difícil y discutido por varios motivos: puntuación, el genitivo en la locución έκ τής κοιλlac aύτoo la Escritura citada en concreto. El correspondiente hebreo del xoiλia joaneo pudiera ser beten, uno de los términos traducidos por los LXX mediante κapδία, como hemos visto. Puede tratarse de una expresión lingüísticamente de doble sentido: mn gw o mn gwb (del arameo gaw), es decir, de sus entrañas o de Él mismo, como piensa Bartina . El hebreo gab o geb se vierte, a veces, por σwua en los LXX. Cf. 1 Re 14,9 A; Neh 9,26;                                                                  Job 20,25; 33,17; Ez 23,35.

  1. “Corazón” en algunos contextos

 

  1. En el Antiguo Testamento

 

  1. Corazón-oídos-ojos

Aún hoy es indudable que fisiológicamente el corazón es el motor de la vida. De él sale y a él vuelve la sangre que recorre el cuerpo alimentándolo. Es el corazón el que cuida de la purificación de la sangre enviándola a los pulmones. En lo físico e individual el corazón es insustituible. Pero el hombre no es mero individuo, sino ser-en-relación con Dios y con los demás hombres. Somos por naturaleza seres destinados al diálogo. La es-cucha y la respuesta son sus componentes.

Esta interrelación entre la vida personal y relacional (si es que puede darse la una sin la otra) la expresa la Biblia utilizando con frecuencia corazón en paralelismo o, al menos, en estrecha relación, con ojos y oídos y también la boca.

Se dice con frecuencia que el corazón lleva al conocimiento (Prov 13,14): «El corazón del inteligente busca ciencia». Cf. Prov 8,5; 18,15. Si uno es de corazón sabio, domina lo que dice (Prov 16,23): «El corazón del sabio hace prudente su boca…». El rey sabio por antonomasia, Salomón, no pide a Dios nada de lo que los hombres de todos los tiempos normalmente ansían, sino sabiduría para regir al pueblo, cosa inalcanzable sin la disponibilidad del corazón para escuchar (1 Re 3,9-12): «Da, pues, a tu siervo corazón despierto (escuchador, leb somea) para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el mal; porque ¿quién será capaz de juzgar a este tu pueblo tan numeroso?  Agradó a los ojos del Señor el que Salomón hubiera pedido tal cosa, y le dijo Dios: “Por haber pedido eso y no larga vida para ti, ni riquezas, ni la vida de tus enemigos, sino inteligencia para comprender el derecho, mira que hago lo que has dicho: te concedo un corazón sabio e inteligente…”». No se trata de un conocimiento teórico, sino eminentemente práctico, volcado sobre la vida del pueblo, al que Salomón tenía que servir. Y para ello hay que estar muy a la escucha. El corazón, el centro mismo de la persona tiene que estar abierto a lo que le viene de fuera y juzgarlo.

La ayuda insustituible que para la capacidad comprensiva del hombre representan ojos y oídos, se ve igualmente en Isaías. Mt 13,13; Mc 4,12; Lc 8,10 y Jn 12,10 recogen como mesiánica la profecía de Is 6,10: «Em-bota él corazón de este pueblo, endurece sus oídos y ciega sus ojos para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni entienda con su corazón, ni vuelva a haber curación para él» (cf. Hch 28,26-27). La insistencia en el endurecimiento de los distintos aspectos del hombre quiere resaltar la situación desesperada en que el pueblo se encuentra, puesto que no hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el que no quiere oír. (Dios no puede hacer más por él, Is 5,4.) Es un endurecimiento que par-te (corazón-oídos-ojos) y desemboca (ojos-oídos-corazón) en el centro mismo del pueblo (y de las personas), al que sé mencionó al principio del verso, volviendo a aparecer al final con el pronombre «él».

Pero no está sólo en que el corazón conozca y entienda los datos que capta por ojos y oídos. El corazón que conoce y es noble, siente también la imperiosa necesidad de comunicar ese conocimiento. Es Is 32,3-4 el que a la anterior trilogía: corazón-oídos-ojos, y viceversa, añade la necesidad de la comunicación al otro: «He aquí que con justicia reinará un rey…Y no se pegarán los ojos de los que ven, y los oídos de los que oyen escucharán, incluso el corazón de los locos comprenderá con arreglo a razón, y la lengua de los tartamudos hablará en seguida claramente». La salvación mesiánica se opera de cara a uno mismo: entender, oír, escuchar, apertura a lo que viene de los otros, pero también se ordena a los demás: hablar (cf. Is 35,5-6). La salvación hace posible el percibir y el comunicar. Sin esto el hombre se anula y rompe el plan de Dios sobre él.

La idea de que la percepción de corazón y oídos tiene que acabar en el anuncio, se ve igualmente en Ez 3,10-11: «También me dijo: “Hijo de hombre, recibe en tu corazón y oye con tus oídos todas mis palabras que yo te diga. (11) Y anda, ve a los cautivos, a los hijos de tu pueblo, y diles: ‘Así afirma el Señor Yahvé, te escuchen o no’”» (cf. Ez 40,4;44,5-6).

Para el congreso que se celebra sobre la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, lo dicho tiene algo de insoslayable. El Corazón de Cristo, su persona, es digno de nuestra devoción, de nuestro apasionado agrade-cimiento y representa un ejemplo a seguir, Jesús habla de lo que ha oído (Jn 3,32; 5,30; 8,26.40; 15,15) y de lo que ha visto (Jn 1,18;3,32;6,46;8,38). Seguir sus pisadas exige el ponerse a la escucha de su testimonio y anunciarlo a los demás.

 

 

  1. Corazón-voluntad. Actuación de amor

Es natural que si el oír implica algo más que mera percepción de palabras y se toma en serio al que habla, el corazón oidor (1 Re 3,9) se pondrá manos a la obra. El Sal 20,5 presenta corazón y plan paralelamente: «Él te conceda según tu corazón (deseo)y colme todos tus planes»29, A veces se piensa tanto en la actuación, que corazón puede aparecer en contacto íntimo con los pies y las manos, miembros que llevan al hombre al lugar (pies) donde quiere hacer algo (manos). Prov 6,16-19: «Seis cosas odia Yahvé y siete abomina su alma: ojos altaneros, lengua mendaz y manos que derraman sangre inocente, corazón que maquina designios perversos, pies presurosos en correr al mal…» Respondiendo a una pregunta anterior, Sal 24,4 dice que quien merece subir al monte de Yahvé es «el que es puro de manos y limpio de corazón».

Corazón aparece en paralelismo con otros conceptos para expresar la profundidad y radicalidad de la acción. Se le considera, por ejemplo, como la fuente del amor que hay que demostrar con obras. El lugar clásico en este sentido es la shema en Dt 6,4-5: «Escucha, Israel, Yahvé, nuestro Dios, es único Yahvé.  Amarás, pues, a Yahvé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza». Se trata no sólo de una oración, sino de una verdadera «profesión de fe», que el judío recita dos veces al día. La trilogía de conceptos con que se resalta la profundidad y trascendencia del amor: con todo el leb, nefesb y me’od, denota la misma exclusividad de la profesión en que Yahvé es el único Dios. Por tanto, hay que amarlo y adorarlo a él solo sin admitir divinidad alguna a su lado31.Por sí cupiera alguna duda, la misma Escritura se encarga de exegetizar a su modo este lugar, por ejemplo, en 1 Re 8,60s (Salomón pide que Dios tenga presentes sus palabras): «A fin de que sepan todos los pueblos de la tierra que Yahvé es Dios, y no hay más. Sea, pues, vuestro corazón sumiso a la voluntad de Yahvé, nuestro Dios, caminando con arreglo a sus preceptos y guardando sus mandamientos, como al presente»32. Se trata, pues, de un amor práctico.

Para corresponder a una religión, a una vinculación personal tan profunda a Yahvé, se necesita un corazón nuevo. La totalidad de la entrega a Yahvé en que piensa el deuteronomista33, desembocará en la necesidad de circuncidarse el corazón (Dt 10,16; Jer 4,4; Rom 2,29). Es Ezequiel el que habla de ese don de Dios que es el corazón nuevo (Ez 11,19-20): «Y les daré un mismo corazón e infundiré en sus entrañas un espíritu nuevo, y les quitaré del cuerpo el corazón de piedra, dándoles uno de carne, a fin de que caminen por mis preceptos y guarden mis dictámenes y los practiquen, haciéndose mi pueblo y siendo yo su Dios». El hombre tiene que adoptar ciertamente una postura de receptividad, que no es, en absoluto, pasividad. Ez 18.31 anima al hombre mismo a procurar ese corazón nuevo: «Arrojad de vosotros todos los pecados que cometisteis contra mí y haceos un corazón nuevo y un espíritu renovado».

En el apartado anterior vimos que el corazón, el hombre pensante, está abierto a su entorno por los ojos y oídos con postura receptiva, Pero también tiene que dar, puesto que se encuentra obligado a anunciar lo recibido. Ahora acabamos de ver que el corazón, el hombre amante, se vuelca sobre la persona de su Dios, actuando conforme a su voluntad, es decir, viviendo conforme a sus preceptos. También aquí es fácil detectar que Jesús es un modelo para el hombre amante. El, incorporó a la vida de su mensaje el lugar central de este apartado, la profesión shemá (Dt 6,4-5),como atestiguan los tres sinópticos (Mt 22,34-40.37; Mc 12,28-34.29-30;Lc 10,25-37.27).Jesús completa lo exigido en la shemá con el precepto del amor al prójimo, como se lee en Lev 19,1834.Quizás lo completó porque los «piadosos» de todos los tiempos corremos el peligro de olvidar esto. El primer gran amor (a Dios) es la garantía del segundo gran amor (al prójimo). Lo índica con toda claridad el «Yo, Yahvé» con que acaba el versículo Lev 19,18, como otras tantas prescripciones del mismo capítulo 35. Si gramaticalmente la tríada corazón-alma-fuerza del amor a Dios, en los sinópticos no se refiere al amor al prójimo, no es menos cierto que ese amor a Dios florecerá necesariamente en el debido al prójimo. El Dios creador no se deja separar de sus criaturas, como tampoco lo permite Jesús respecto de sus hermanos los hombres (Mt 25,31-46).

 

 

  1. Corazón-persona

Como ocurre, por ejemplo, con nefesb, equivalente a persona-yo, pasa también con leb, corazón. Este es la persona misma. Wolff cita en este sentido Jer 23, 16 y Sal 22,27. En Jeremías se está poniendo en guardia frente a los falsos profetas. Al comienzo del capítulo se habla de los pastores que destrozan el rebaño que es el pueblo (23,1-8). A partir del v.9, se comienza a atacar a los profetas. En 23,9, el paralelismo corazón-persona (el pronombre yo) es sumamente claro: «Se me rompe el corazón dentro de mí, se estremecen todos mis huesos…». No hay que hacer caso a los falsos profetas (Jer 23,16): «No escuchéis las palabras de los profetas que os vaticinan y engañan; cuentan visiones de sus corazones (libbam), no de la boca de Yahvé». Lo que se confirma en 23,17, pues se dice que vaticinan paz y prosperidad a los despreciadores de la palabra de Yahvé, a los obstinados de corazón.

La equivalencia corazón-persona (pueblo) se percibe igualmente en Is 6, 10 (cf. Hch 28,26-27), de que ya se habló antes.

Donde más claro y frecuente es el paralelismo corazón-persona es en los salmos. Sal 13,6: «Porque yo en tu corazón he confiado. Mi corazón exulte con tu ayuda, yo cantaré a Yahvé, pues me ha provisto bien».

Sal 17,3: «Mi corazón sondeaste, lo visitaste de noche, me probaste en crisol, sin que hallases iniquidad en mí》.25,17: «Alivia las angustias de mi corazón, líbrame de mis desgracias».

Basten estos lugares entre los muchos que se pudieran citar 37. Resulta claro que el hombre es considerado corazón 38. Se mide por él. Decirle a uno: «No tienes corazón», es no considerarlo persona, de la cual se dice lo que se atribuye a su corazón. Vale lo que su corazón y es su corazón. Llamar la atención sobre el corazón es intentar que uno se fije en la persona.

Este paralelismo corazón-persona se continúa en el NT. Uno de los lugares centrales es Mt 11,29, donde Jesús invita a venir a él.

  1. Contextos de corazón en el NT

 

  1. Corazón-sentidos

Siguiendo los pasos del AT, el NT sitúa el corazón en la relación más estrecha con los sentidos. El término quiere llamar la atención sobre un aspecto de la plural e indivisible actividad humana, más todavía, sobre el centro mismo de tal actividad. Ya dijimos que el texto clave de Is 6,9-10lo recogen los tres sinópticos y Juan (Mt 13,14-15; Mc 4,12; cf.8,17b-18;Lc 8,10b; Jn 12,40), La postura de incomprensión y rechazo del mensaje, entonces el de Yahvé y ahora el transmitido por Jesús, es algo que atañe, afecta y complica a todo el hombre: oídos, ojos, corazón. Es la persona la que se está enfrentando al mensaje, pues, como recogen los evangelistas al final de la cita, lo que está en juego es la curación (Mt 13,15; Jn 12,40)o el perdón (Mc 4,12) de las personas. Piénsese en el pronombre αύτούς; (Mt y Jn) y αύτοίς (Μc).

En Mt 15,8-9 y Mc 7,6-7 se cita a Is 29,13 (LXX). El paralelismo antitético se establece entre la profesión de labios y la negación del corazón, es decir, entre la actitud exterior e interior de la persona41.

Es una actitud indivisible, como se ve por Mt 15,18-20; Mc 7,20-23en la cuestión sobre la pureza o impureza resultante de comer con las manos lavadas o no. Salir de la boca algo es salir del corazón, siendo esto lo que contamina al hombre (Mt), mientras que Mc ya no habla de lo que sale de boca y corazón, sino del hombre, a lo cual se debe la contaminación de este. Porque «el corazón es la vida íntima espiritual y moral del hombre, y de ella procede tanto lo bueno como lo malo». El corazón es “la facultad del hombre, sede de sus pensamientos y deseos y fuente de sus decisiones”.

 

 

  1. Corazón y voluntad

Vale aquí lo dicho sobre Dt 6,5 y Lev 19,18, que recogen los tres sinópticos en la respuesta de Jesús sobre el mandamiento mayor de la ley (Mt 22, 37-39; Mc 12,29-31; Lc 10,26-27). «Pablo con el vocabulario bíblico y las ordinarias concepciones israelitas considera al corazón como asiento de la vida sensible, intelectual y moral»; 315,68, después de referirse a la teología de san Pablo de F. Prat: «El corazón resume poco más o menos toda la actividad humana; se le atribuyen actitudes, afectos y movimientos religiosos».

Además de este lugar central, se pueden citar otros en los que κapôla aparece como sujeto de actos típicamente volitivos. En Rom 10,1, habla Pablo de la inclinación de su corazón en favor de los judíos, es decir, de que desea su salvación. En 1 Cor 7,37, se trata de la decisión de mantener a su hija virgen. Se dice que eso representa una resolución del corazón. En Rom 1,24, se atribuyen al corazón las concupiscencias o malos deseos, que están entre las causas de la lamentable situación moral a que se llegó en la gentilidad.

Por encima de todo lo dicho, en el fondo del pensamiento del NT lo que se encuentra con suma claridad es la idea de a equivalencia corazón-persona, corazón-yo.