UNO DE NOSOTROS HA REPARADO NUESTRO PECADO

Del Libro "Misterio del dolor", Luis maría Mendizábal. S.j.

Hablábamos del acto de la Redención. Hablábamos del único Salvador. Una cosa quedó asentada en la Teología católica, y es que en la Redención es esencial el acto de ofrecimiento. Esto nos ilumina para entrar en el hecho mismo del ofrecimiento de la Cruz, al cual vamos a dedicar estas meditaciones próximas, y luego, a la luz de esa Cruz, meditar sobre el sufrimiento salvífico.

Cuando nosotros hablamos del ofrecimiento de la Cruz, debemos evitar el pensar que lo que nos salvó fue sólo el momento de la muerte. Creo que tenemos que ver siempre la vida entera de Jesús como una única oblación. Como tenemos que aprender a hacer de nuestra vida entera una asociación a la pasión y muerte de Cristo, a la inmolación de Cristo. De hecho, tenemos que notar cómo la Carta de los Hebreos, en el capítulo 10, recalca que al entrar Jesús en el mundo dijo: «Padre, no has querido holocaustos ni sacrificios por los pecados, pero me has dado un cuerpo. Aquí vengo, Padre, para cumplir tu voluntad.” Esa disposición de entrega de sí mismo al Padre no la tenemos en un aspecto descarnado; Él va a vivir la vida sobre la tierra, pero la vive en una dependencia, en la entrega de sí al Padre. En ningún momento Jesús ha existido sobre la tierra sin ofrecerse al Padre, sin abrirse al Padre. Esta disposición interior del corazón acompaña toda la vida de Cristo. Le acompaña en su vida de Nazaret, le acompaña en su vida pública y le acompaña en la Cruz. Y esa disposición de ofrecimiento es la que da unidad y sentido a toda la vida de Cristo. Toda la vida de Cristo es redentora. Al proclamar el Año Santo de la Redención, el Papa resaltaba que Jesús es Redentor desde el momento de su concepción hasta la Resurrección; es siempre Redentor. Ser cristiano es ser asociado a Cristo Redentor; por tanto, toda nuestra vida tiene valor redentor con Cristo.

Aun cuando es así, también nos enseña otra cosa el Señor: que esa realidad de una vida ofrecida tiene sus momentos fuertes. Los momentos fuertes que nosotros podemos recoger en la vida de Cristo son: la presentación en el templo: María lo ofrece y Él se ofrece, es como una renovación de la entrada en este mundo hecha con especial ornato y vigor litúrgico. Otro momento también fundamental es cuando Jesús se queda en el templo: se queda precisamente en la Pascua, precisamente en lo que será el momento de su muerte; se queda en el templo con el dolor de su Madre, con el dolor de José, que le busca ansiosa-mente, y ahí renueva su ofrecimiento, que de manera concreta se refiere a su muerte y al calvario. Por fin hay un tercer momento, que es también clave; es el comienzo de la vida pública. La vida pública es un estadio nuevo, y al comenzar esa vida pública nos encontramos con el bautismo de Jesús. Jesús se ofrece, se entrega al bautismo de penitencia cargado con los pecados del mundo. Y ahí hay una nueva renovación de su ofrecimiento. De tal manera que San Juan Bautista reasumirá su experiencia diciendo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, que lleva sobre sí el pecado del mundo.» Y últimamente es la Cruz con la Eucaristía, que es como el ofrecimiento litúrgico de la Cruz.

Hay, pues, una oblación mantenida y renovada en momentos fuertes, que nos enseña a nosotros algo importante en nuestra vida cristiana, que es la necesidad de renovación explícita de nuestra actitud cristiana, de nuestra actitud de ofrecimiento; que no basta que llevemos ahí una disposición mantenida, sino que conviene renovar de manera un tanto solemne, reafirmar nuestra posición cristiana a imitación de Cristo.

En esa actitud, que constituye el acto Redentor, que da sentido a la vida y a la muerte de Jesús, hay una disposición interior que me parece conveniente que nosotros la analicemos un poco y que la vamos a ver ya en acto cuando meditemos la Ultima Cena de Jesús, como introducción a la Pasión, y luego su ofrecimiento en la Cruz.

El Misterio de la Redención es posible porque nosotros los hombres somos uno. Este aspecto creo que es conveniente refrescarlo. El misterio de la humanidad en que estamos nosotros metidos lo vemos con dimensiones aparentemente inmensas en el espacio y en el tiempo; pero cuando luego uno sigue en concreto la historia de la humanidad no le parece tan largo, tan grande. La humanidad, en medio de este universo inmenso, somos una pequeña cosa. Y aun cuando decimos, sí, China tiene mil millones de habitantes, la India tendrá a fines de siglo otros mil millones de habitantes, eso es una inmensidad; pero cuando uno se acerca a cada hombre, que es tan poca cosa, con una vida tan frágil, tan pequeña, con una historia humana que se reduce a tan pocos siglos, entonces queda uno sobrecogido por la pequeñez que somos. Sin embargo, este es el gran misterio del Amor de Dios. Dios nunca ha considerado al hombre como simple criatura, sino que ha pensado en él, desde el principio, como participando de su amor y de su felicidad y le ha llamado siempre a este fin. Ha sido el hombre el que se ha echado fuera del paraíso. No es que Dios le haya echado; el hombre se ha excluido de esa intimidad de Dios, y nosotros nos excluimos, nos-otros mismos, cuando nos rebelamos contra Dios. Entonces mostramos que en el fondo no nos interesa el amor de Dios, la felicidad de Dios.

La humanidad está alejada de la Casa del Padre, y precisamente todos participamos del pecado original porque somos uno. Pensad un poco en esta idea, que no es una simple idea; en esta realidad. La humanidad es una, somos uno. Así como los miembros de una familia no son simple-mente suma de sujetos, como si se hubiesen encontrado desde origenes totalmente distintos y luego se congregarán, de una manera parecida los hombres no procedemos de orígenes totalmente distintos, que ahora nos congregamos, sino que somos miembros de una familia; y por eso estamos fuera de la Casa del Padre, porque somos miembros, somos uno. Esto tiene su importancia en muchos aspectos, concreta-mente para el aspecto tan interrogativo para nosotros del sufrimiento del inocente, que nos sobrecoge muchas veces. ¿Por qué ese niño inocente sufre? Y en el fondo es porque participa, es miembro de esta familia, es miembro de esta humanidad. Dios nunca nos trata a nosotros como absolutamente aislados los unos de los otros, eso no es nuestra historia. Nosotros estamos metidos en la historia de la humanidad. El mismo cuerpo de cada uno de nosotros es fruto de un entretejido de generaciones precedentes que viene a parar hasta nosotros; y llevamos dentro esa realidad. Es así y nadie puede discurrir como si Dios me hubiese creado a mí de la nada, hecho yo solo con mi historia aislada. Yo soy parte de esa historia de la humanidad. El ver nuestra vinculación es muy importante. Y esto vale de los indios, y vale de los chinos, y vale de los siberianos. Yo me encuentro con ellos, reencuentro a un hermano con el que estamos unidos, somos uno; no es que estamos estableciendo contactos desde la nada, desde cero; somos uno, nos reencontramos. Esto es fundamental para el pecado original. Un ser a la manera del humano que fuera creado por Dios de la nada no tiene pecado original. El pecado original se transmite; por eso dice el Concilio de Trento: “Por generación.” Quiere decir: se transmite porque procedemos y somos uno; por generación, por una unión, una vinculación real, fisiológica, somos uno.

Precisamente porque somos uno es posible realizar la redención de la humanidad, de ese uno que es la humanidad. Y para realizar esa redención de la humanidad, Jesucristo, el Verbo, se hace uno de nosotros. Esto es grandioso. La obra de la Redención, en cierta manera, está hecha por la humanidad. Esta fue una de las indicaciones que la Comisión de Cardenales presentó al Catecismo holandés en aquel momento de crisis. Se formó una Comisión de Cardenales de la Santa Sede, y esa Comisión de Cardenales hizo observaciones al Catecismo holandés, que era muy deficiente en el punto de la Redención. Y llegaron a esta formulación, que me parece muy hermosa porque indica todo el plan divino, y dice así: «En Cristo, la humanidad se ha redimido a sí misma.» Cristo es uno de nosotros; por tanto, uno de nosotros nos ha redimido.

Y precisamente la Redención es eso. En el plan divino, pues, la Redención no consistió en un simple perdonarnos a nosotros. El gesto del perdón es humillante, y el amor infinito y misericordioso de Dios no quiso un gesto humillante para el hombre. Quizá ni es posible el simple perdón. En todo este campo de lo que «puede ser» soy siempre muy sobrio y muy desconfiado, porque nuestros discursos son muy parciales, son muy imperfectos; y eso de decir: «Dios podía haber perdonado», no me atrevo a decirlo, porque la justicia de Dios es muy grande. La justicia bien entendida, no una justicia vengativa; pero la Santidad de Dios, la vulneración de la Santidad de Dios, requiere una reparación verdadera; por lo mismo, la misericordia de Dios no consiste en perdonar simplemente. Esto es importante. A veces se perdona con demasiada facilidad.

Yo creo que no debería existir el simple perdón. En el caso de Dios no existe. En el caso de un padre que per-dona a su hijo sin más, yo diría que no lo hagas nunca; facilítale la reparación, muévele a la reparación, ayúdale a la reparación. Pero este es un don precioso. Nosotros, en el campo de la justicia, hemos llegado a una postura en que nos parece que todo es jurídico, que todo tiene que ser amor; y esto no es verdad. La violación de la santidad es una cosa muy grave, y quien concede con toda facilidad un simple perdón al violador de la santidad, en el fondo desprecia la verdad y la bondad. Esto es importante.

Dios lo hace maravillosamente. Una cosa es que yo reaccione por amor propio, lo cual es malo, y otra es que yo comprenda la gravedad de la enorme ofensa a la santidad. Esto es muy serio y muy cierto.

Un hijo ha hecho un disparate y me ha pedido que le perdone, y le perdono, y ya está perdonado. Yo nunca haría eso. No me mostraría yo de mal genio, como de amor propio herido. En Dios no hay amor propio. Pero sí le diría: «Mira, eso está mal, eso que has hecho tienes que repararlo; no es que a mí me hiera en mi amor propio, pero tienes que repararlo. Yo te puedo ayudar a ello, y ya antes de la misma reparación me muestro benigno contigo y te muestro mi amor; yo te quiero, pero no podemos saltar por encima de esa violación que has cometido de un orden venido de Dios, sino que hay que repararla, y te ayudaré a esa reparación”.

Pues Dios procede así. Dios no dice simplemente al hombre: «Te perdono, ya está». Porque eso, en el fondo, es devaluar lo que se ha hecho.

Entonces el camino de Dios es distinto. La misericordia de Dios se muestra en que da al hombre la posibilidad de expiar y reparar, y no sólo le da esa posibilidad, sino que entrega a su propio Hijo para que, siendo un miembro de la humanidad, siendo uno de nosotros, realice la Obra de la Reparación, de la Redención. Este es el misterio del Amor del Señor. Por eso el Papa, con una frase inspirada, preciosa, dice: «El misterio tremendo del Amor de Dios, que no se echa atrás ante las exigencias que en El mismo tiene su justicia» (Red. Hom., 9). Estos conceptos son delicados, pero muy importantes.

Por tanto, nunca confundamos la justicia, como solemos hacer en nuestro lenguaje, con venganza de amor propio: «¡Yo quiero justicia!». Eso no suele ser justicia; suele ser ¡quiero venganza! Dios no es vengativo, pero la justicia la hemos de amar, la hemos de apreciar, la hemos de reparar, pero con amor. Es lo que vemos en el Misterio de la Cruz. Somos todos uno; el Verbo se hace uno de nosotros, asume nuestra condición de pecado, nuestra condición mortal, no la rehúye, y entonces ofrece esta condición mortal en una actitud interior de ofrecimiento de amor y de obediencia al Padre, y eso es Redentor para nosotros y nos enseña a hacer nosotros lo mismo. Porque la Redención de Cristo no es una redención sustitutiva de nosotros, en el sentido que ya está hecha y no hay nada más que hacer. No; está hecha, pero la Redención de Cristo no la ha ofrecido El para que nosotros ya no pongamos nada, sino que la ha hecho para llevarnos a comprender que debemos colaborar con El y para darnos gracia, para ofrecer nuestra limitada reparación unida a la de Cristo, de la cual recibe la fuerza, pero que tiene que ser ofrecida por nosotros al Señor. Este es el fondo, es el Misterio de Redención, misterio de justicia, misterio de amor misericordioso de Dios, pero de amor misericordioso que no elimina, no desvaloriza lo que es la Santidad de Dios, sino que asume en amor las consecuencias y las exigencias de la santidad violada de Dios, de la justicia de Dios. Creo que esto es importante. En el mundo actual creo que hay una verdadera desvaloración-que es mala para la sociedad-, de lo que es la justicia, entendida no como rigidez, no como venganza, sino en lo que es un orden humano va-lioso que el hombre debe amar y respetar.

Este es el acto de la Redención. Hecho uno de nosotros, ofrece su vida por nosotros; pero es uno de nosotros. Ahí se ve la importancia de la intervención de la Virgen. Está en relación con esa unidad, por la cual realmente Él es cabeza nuestra. Se hace uno con cada uno de nosotros, y luego El, con su divinidad, que le hace capaz de acoger la vida de cada uno de nosotros, asume la vida y el pecado de cada uno de nosotros. Comprendemos perfectamente que si la humanidad de Cristo hubiera sido creada por Dios de la nada no sería uno de nosotros; sería uno semejante a nosotros, pero no uno de nosotros. No sería uno de nos-otros el que no ha nacido de nuestra raza, el que no ha sido engendrado por esa raza. Por eso, María es la que está en ese momento haciendo posible la redención en cuanto que da ser humano y hace que sea uno de nosotros el engendrado por Ella. María está ahí en el momento crucial de la Encarnación; la obra de la Redención empieza por Ella; es el sí de María el que introduce a Cristo como «uno de nosotros” en este mundo, «hecho bajo la ley, nacido de mujer» (Gál. 4,4).

Ahí tenemos, pues, a Jesús, «uno de nosotros», en actitud de ofrecimiento, en actitud de oblación, en actitud redentora, que ofrece su vida entera, y sobre todo su muerte dolorosa en el Calvario. Esto nos lleva a comprender que, a imitación de Jesús, nuestra vida tiene también un sentido de ofrecimiento. Eso lo predica el Apostolado de la Oración y da sentido a toda nuestra existencia. Pero quiero recordar una cosa. Cuando decimos-y el Concilio Vaticano II lo ha hecho de manera explícita-que toda nuestra vida tiene que ser ofrecimiento, que toda nuestra vida tiene que ser sacrificio espiritual -esto lo dice el Concilio en el número 34 de la Lumen Gentium-, entendamos bien que sacrificio espiritual no significa dolor, no significa precisamente expiación dolorosa y sangrienta. Atención a esto. La visión cristiana es profundamente equilibrada. En Roma había un profesor que defendía la posibilidad de hacer la mejor apologética del cristianismo mostrando su equilibrio y su valor equilibrante para el hombre. Es verdad. Muchos de los desequilibrios humanos se han remediado aplicando como terapéutica la visión cristiana total del hombre y de la vida. Esto da una gran serenidad. Por tanto, no se trata nunca de una especie de unilateralismo: representar la vida como si fuera dolorista, nada de eso. Pero sí comporta el sacrificio espiritual que el hombre debe estar abierto a Dios y entregado a Dios.

Aun esto nos parece a veces una cosa dura y violenta para nosotros, que nos lleva a quejarnos de que «Dios me exige demasiado». Realmente esta expresión es desafortunada. Dios no es ningún déspota cruel, que se complace en exigir. Dios lo que quiere es acercarse a mí. Es distinto decir que Dios «quiere darse a mí». Si dices: «Dios se me quiere dar demasiado», puedes usar esa palabra; pero en el fondo “exigir” no es más que «deseo de darse el Señor». Y entonces me pide la realización de su deseo de darse. Esa es la visión verdadera: Dios quiere darse.

Precisamente el Concilio, en ese mismo número en que habla de que toda nuestra vida es sacrificio espiritual agra-dable a Dios ofrecido con Cristo, pone entre esos sacrificios espirituales las alegrías personales y familiares; son sacrificios espirituales cuando se viven en apertura y oblación al Señor. Lo que importa en nuestra vida es ser abiertos al Señor. Con demasiada frecuencia hay en nosotros una tendencia a retirarnos del Señor, a darle la espalda. Es la imagen que podríamos utilizar. Cuando el Señor nos invita a la vida, nos invita a un banquete con El y nos presenta los manjares de la vida y las alegrías y los goces verdaderos de la vida, que muchas veces tienen sus espinas, es verdad; pero cuando uno ve un gran rosal no mira tanto las espinas, ve el rosal; hay espinas también dentro, pero hay una gran belleza, un gran disfrute de los sentidos de la vista que se deleita en ese jardín precioso dentro del cual hay evidentemente realidades que hay que cuidar, sobre las que hay que vigilar; todo eso lo lleva consigo, pero es el camino de esa realidad vital. Pues bien: el Señor nos ofrece ese banquete y quiere que disfrutemos como hijos en ese banquete, que no estemos de tal manera absorbidos por el temor del sufrimiento que dejemos de disfrutar de la vida. Así, por ejemplo, no agrada al Señor que uno esté todo el día pensando que tiene que morir; eso no le agrada al Señor. Uno acepta y sabe que tiene que morir, pero vive entre tanto; no se pasa la vida muriendo, sino que muere viviendo, que es distinto. Entonces vive, es verdad; pero vive abierto, no vive empeñado en no morir; vive simplemente lo que es esa vida temporal. Esto es lo que es la visión cristiana. El Señor me invita a esa comida, me invita a ese banquete, y no le duele al Señor que yo disfrute de los manjares que me pone. No es que Él no quiera que los disfrute. Lo que me pide es que mientras yo esté comiendo no le dé la espalda a Él, que no me desentienda de Él, que no me lance con tal voracidad sobre lo que El me presenta, que deje de ser el huésped querido suyo que está en conversación y en convite con El. Si no, no es convivir en su presencia. Por tanto, toda mi vida está ofrecida así al Señor; es una vida que incluye la muerte, que en un determinado momento la puedo ofrecer deliberadamente. Decir, pues, que la vida es sacrificio espiritual no significa precisamente doloroso. Hay momentos dolo-rosos de esa vida. Y el momento doloroso cumbre es la muerte.

En la Pasión nos encontramos con ese momento, en el cual ya no es sólo sacrificio espiritual lo ofrecido, sino sacrificio cruento. Y eso el Señor nos lo puede pedir en nuestra vida. Hay momentos, hay situaciones, hay vocaciones en las cuales también asumimos el dolor: muchas veces con resistencia de nuestra naturaleza, como lo vemos en el caso del mismo Cristo. Nadie puede decir que la aceptación de la muerte no fue para El costosa en el momento de la agonía de Getsemaní. La asume con ese mismo amor, no quitando los obstáculos, sino superándolos con la fuerza de su entrega y de su oblación de amor.

Pues bien: a imitación de Cristo, nosotros tenemos que ofrecer nuestra vida entera, y cuando llega la hora, quizá de una cruz, de un momento doloroso, entonces asumimos también la unión de nuestro ofrecimiento doloroso y cruento con la Pasión redentora de Cristo. Ahí es cuando entenderemos la palabra del Apóstol que analizaremos al estudiar el documento del Papa: «Cumplo en mí lo que falta de la Pasión de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia.» Entonces podremos decir también, como el apóstol: «Me alegro en mis tribulaciones», realizando eso que parece inexplicable, pero real: que mientras está uno en medio del sufrimiento, en medio de las pruebas, allí dentro sigue manteniendo un gozo y una paz, humanamente inexplicables, pero verdaderos y reales. Está uno de veras aso-ciado a la Pasión de Cristo, como dice el mismo Señor:

«Os dejo mi paz, mi paz os doy, no la paz del mundo.» «Os digo estas palabras para que vuestro gozo sea pleno y vuestro gozo nadie os lo pueda quitar.»

Esta es la visión cristiana en la realidad de la profesión de cada uno, en la realidad de la vida de cada uno. En ese ambiente estamos viviendo bajo la mirada del Señor, estamos viviendo en este gran misterio del amor de Dios que se realiza en nosotros y que nos hace instrumentos de su irradiación a los demás.