Del Libro "Misterio del dolor", Luis maría Mendizábal. S.j.
Vamos a contemplar la escena final del Calvario tratando de penetrar en ese acto de Redención y, como decíamos, entrando en el Corazón del Redentor. No es sólo, pues, fijarnos en los sufrimientos, sino en la actitud de sufrir, que es lo que tenemos que aprender para nuestra vida. Nuestra vida, ciertamente, no es puro dolor, ni mucho menos. Repito que la visión cristiana no es dolorista, pero no falta en ella el sufrimiento. Tenemos que aprender a llevar la cruz y pedir gracia para llevarla. Por eso tenemos que meditar la Pasión de Cristo. Y por eso decimos en la oración recomendada por San Ignacio: «Pasión de Cristo, confórtame». Porque en esa Pasión de Cristo es donde, a manera de un sacramental, se nos van comunicando las actitudes de sufrir de Cristo, la actitud cristiana del sufrimiento, que vemos desarrollada por el Papa en su documento sobre el dolor salvífico.
No podemos recorrer todo en una meditación. Vamos a ir paso por paso y nos fijaremos en algunos aspectos y lecciones del Calvario desde dentro.
En el Evangelio se nos dice cómo, después de la condena a muerte, Jesús llega al Calvario llevando la Cruz. «Le dieron a beber vino mezclado con mirra». Este aspecto lo tocábamos ya antes, pero conviene recordarlo nuevamente; porque creo que aquí, cuando recoge este detalle, hay un significado para nosotros; es éste: que Jesús, agradecido, lo gusta, pero no lo bebe. Podemos interpretarlo así: Él podía eliminar el sufrimiento: «Piensas que no puedo suplicarle a mi Padre que me proporcione ahora mismo más de doce legiones de ángeles?» (Mt 26,53). Podía eliminar el sufrimiento con su divinidad. No lo hace. Le ofrecen un medio
humano pobre, de poca eficacia. No es que Jesús condene el uso de calmantes. Conviene que normalmente utilicemos todo lo que sea bueno para mitigar el dolor. Lo hemos de ahorrar a quien sufre; hay que consolar, ayudar, aliviar el dolor del que sufre. Pero en el caso de Jesús esa pócima que le daban le hubiera disminuido el dolor, pero también el amor, la vivencia del amor. Quiere enseñarnos el Señor que el gran remedio para integrar y superar el sufrimiento es el amor; que cuando el amor es vivo, entonces encaja el sufrimiento, valoriza el sufrimiento. El amor participado de Cristo hace que también nosotros participemos de la obra salvadora de Cristo. Por tanto, hemos de cuidar mucho el acentuar el amor. ¿Que junto a esto hay que atenuar el dolor en lo posible? Perfectamente. Pero el gran cambio es precisamente el amor.
Luego le arrancan sus vestidos con violencia, adheridos como estaban a las llagas de la flagelación, con dolor nuevo, y Jesús se encuentra desnudo ante la multitud. Es el Cordero que va a ser inmolado. Sentimientos de vergüenza que en su corazón se agolpan, sintiendo que pesan sobre Él, en este momento, los pecados de toda la humanidad.
Pensemos bien en esto. La Pasión de Cristo no es castigo de Jesús. Tal pensamiento reflejaría una visión no cristiana. No es católica la concepción que hace caer sobre Jesús el castigo de todos como castigo, como si la ira de Dios exigiera que ese castigo se acumulara, pero que tenía que descargar sobre alguno de la humanidad, sobre la humanidad. No es ése el sentido cristiano. En Jesús, el sufrimiento es penalidad, pero no es castigo. Es la penalidad que fue decretada para el hombre como castigo del pecado. Pero que en El, inocente, no es castigo. Él toma la penalidad, lo que en nosotros es castigo y en La aceptación voluntaria. En ese momento Él toma sobre sí los pecados de toda la humanidad. Los míos personales, que El conoce personal-mente. Por eso, en una contemplación de la Pasión, nuestra mirada ha de cruzarse con la de Cristo en esa asunción de mis pecados y de mi vida en su Corazón en el momento
de la inmolación. Es el siervo de Yahveh inocente despojado de todo, sólo con su inocencia ante el Padre, revestido con «los pecados del mundo». Los pecados del mundo los podríamos distinguir en tres clases: el pecado original, la pecaminosidad generalizada y el pecado concreto de cada uno de los hombres.
Le ordenan que se eche en la Cruz y obedece. Es hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
Lo que impresiona en este momento es que ésta sea la revelación de Dios a nosotros. Quedamos sobrecogidos por la revelación de la grandeza de Dios, del poder de Dios en la tempestad, en el Sinaí, en la fuerza. Aquí se nos revela en la humillación. Lo que se nos revela de Dios es su amor y su amor de entrega. Y ahí está en esa suprema humillación entre las burlas, injurias, palabras soeces de los presentes. Lo que para nosotros resulta casi increíble es que en esas condiciones esté salvando a la humanidad. Esto es lo que no podemos comprender. Entendemos que, a través de una gran organización, a través de calculadoras, esté uno salvando a la humanidad; pero que en el momento en que esté aplastado, burlado, en medio de blasfemias, esté salvando a la humanidad… Y, sin embargo, esta es la verdad; es el Salvador, es el Redentor; porque todo eso lo lleva el Hombre-Dios con actitud de oblación redentora, asumiendo el pecado del mundo en su propia humillación.
Ahí es donde debemos detenernos: en la actitud sufriente de Cristo, que es ese infinito amor con que se entrega; se entregaba en el huerto, decíamos, y se entrega en cada uno de los pasos. También en el momento de la crucifixión se adelanta a entregarse, se entrega porque Él quiso, y lo crucifican. Vamos a detenernos en esta escena de enorme trascendencia. Jesús crucificado, dice el texto de los Evangelistas, entre dos ladrones; Jesús entre dos malhechores. El nombre que les dan los diversos Evangelistas se diferencia un poco. San Lucas los llama malhechores de profesión; San Marcos y San Mateo, ladrones; San Juan dice sencillamente: «Y allí le crucificaron, y con El otros dos, uno a un lado y otro al otro, y en medio Jesús»; no los llama ladrones, no los llama malhechores, sino «con El otros dos, uno a la derecha y otro a la izquierda, y en medio Jesús». No los llama ladrones por-que uno de ellos se había hecho santo. Es la delicadeza admirable de la caridad de Juan.
Vamos a detenernos en esta realidad, que me parece muy importante desde el punto de vista redentor. Creo que en todo lo que es la Pasión del Señor hay que distinguir como dos niveles: el nivel humano del manejo de los hombres y el nivel divino de los planes de Dios. Son las mismas realidades, pero consideradas bajo luz diversa. Y la luz de Dios es verdadera luz, no es una construcción imaginativa; es verdadera, pero muestra la complejidad de nuestra vida. Toda nuestra vida de cada día está tejida por la interferencia con la vida de los demás y está entretejida con ella y tiene un nivel que podríamos llamar humano, de motivaciones humanas, de intervenciones humanas, y hay un nivel divino, un proyecto divino, de finalidades y objetivos divinos. Y esto es lo que hemos de entender en nuestra vida, no poniendo dos mundos separados, sino dos luces que iluminan la realidad verdadera, que es una. Este hecho de crucificarlo entre dos malhechores, desde el punto de vista humano, era una estratagema de los enemigos de Jesús, que le habían escogido estos compañeros para sus últimos momentos; habían querido que estuviera crucificado entre criminales de profesión. Es quizá lo más doloroso para nosotros. Jesús está entre dos criminales. Esto es impresionante. Esto indica la condescendencia del Señor. Es admirable el amor que nos ha tenido a nosotros. La Iglesia canta en su liturgia esta palabra: «Tú, para salvar a los hombres, no tuviste horror al vientre de una virgen». Es la humillación de la Encarnación. No te echaste atrás, aceptaste entrar en el vientre de una virgen. Pero más adelante la Carta a los hebreos nos dice: «No se avergüenza de llamarnos hermanos». Esto es impresionante. Es el amor impresionante del Señor. No se avergüenza de llamarnos hermanos. Nosotros, cuando en nuestra familia hay algo que desdice, tenemos mucho reparo en decir que esa persona que vive en la prostitución es mi hermana; lo disimulamos; o que ese criminal es mi hermano. Jesucristo no se avergüenza de llamarnos hermanos, y se le llena la boca diciendo que es hermano nuestro. Y cuando llega el momento de la Cruz le ponen esos criminales y Él no se avergüenza de decir: son mis hermanos, soy vuestro hermano, soy uno de vosotros (cf. Gén 45,4). Esto es lo tremendo del significado de la Cruz. Cuando decimos que se ha hecho uno con nosotros decimos que se ha hecho uno con los criminales, se ha metido en esa línea, ha tomado esa naturaleza, es hermano nuestro, no sólo hermano, sino responsable nuestro. Por tanto, este hecho de crucificarlo entre malhechores, en el nivel humano de los judíos, era una estratagema para desprestigiar al Señor. Le ponen entre dos criminales, hombres impíos cuyo único alivio era un río de blasfemias, exasperados como estaban. En su plan, al ponerle esa compañía le desprestigiaban totalmente. Ellos querían que la muerte de Jesús lo descalificara, que apareciera al mismo nivel de los criminales, condenado a muerte como ellos. Sabían bien que nadie podía pensar que uno que había muerto como criminal era el Mesías. El Mesías tenía que ser vencedor de todos sus enemigos. Por tanto, era toda una trama para descalificar a Jesús, para humillarle, para fastidiarle en sus últimas horas con la compañía de esos criminales. Por eso querían a toda costa que estuviese entre malhechores, para que pensaran que era uno de ellos y de esta manera quedara desvirtuada su proclamación de Mesías. Esa crucifixión entre dos ladrones era, pues, en el orden humano, fruto del odio, fruto de la maldad de los judíos, era un reto que ellos lanzaban como respuesta a la palabra de Pilatos, que había dicho: «Yo en este hombre no encuentro culpa». Entre malhechores, como un malhechor; ahí está.
Pero desde el nivel de Dios todo eso tiene un significado, tiene una razón de ser. No porque el Señor interfiera. Los hombres actúan con sus motivaciones. El Señor conduce todo a su Gloria. Él tiene un proyecto, está realizándose un sentido divino. Sin duda no imaginaban ellos que al hacer esto como fruto de su odio estaban realizando lo que había predicho el Profeta Isaías. Estaban manifestando ante el mundo el misterio secreto de la Redención. Isaías había dicho expresamente: «Será contado entre los malhechores» (Is 53,12). Ahora, al decir «será contado entre los malhechores», en ese momento vemos que son realmente ladrones los crucificados entre los que se encuentra. Pero creo que podemos decir que se ha hecho «uno de nosotros», o lo que es lo mismo, «se ha contado entre los pecadores». «A quien no conocía pecado, por nosotros lo hizo pecado», lo ha puesto entre nosotros, uno de nosotros. La obra de Cristo no va a ser un simple perdón de acción divina, sino rescate de todos nosotros para restaurarnos en la dignidad moral de verdaderos hijos de Dios. ¡Jesús entre malhechores cargado con el peso de nuestra condena! Decir, pues, que Cristo se ha hecho hombre es decir que se ha hecho malhechor, se ha hecho uno de los pecadores, uno de nosotros. Por tanto, la En-carnación culmina en la Cruz entre malhechores, es como una expresión viva de la realidad del estado de la humanidad.
Ahora, si entramos en los sentimientos de Cristo en ese momento, por una parte Jesús era demasiado delicado en sus sentimientos para no sentir muy dolorosamente esa maldad de sus enemigos, que le han querido humillar, que le han señalado para su compañía en las horas de su agonía estos hombres malhechores; pero, por otra parte, manso y humilde de corazón (esto es lo que tenemos que mirar, la actitud del Señor, manso y humilde de corazón), no sólo bebe el cáliz que el Padre le ofrece (siempre está bebiendo ese cáliz que el Padre le pone: «el Cáliz que me dio mi Padre ¿no lo voy a beber?»), sino que abraza a esos hombres en su corazón y ofrece por ellos su humillación suprema y les hace su prójimo predilecto.
Es decir, ¿qué es lo que ha hecho el Señor con nosotros? ¿Es que se ha hecho uno de nosotros? Sí; pero no sólo se ha hecho uno de nosotros, sino que nos abraza a todos, nos mete en su corazón, se hace nuestro hermano responsable. Es lo que Él está viviendo en este momento en la Cruz. Ellos se obstinan en su pecado [Marcos dirá expresamente que blasfemaban contra El (Mc 15,32)] y Él se obstina en su oración. Y va a arrancar del Padre una misericordia suprema haciéndose en su oración silenciosa, en su ofrecimiento de la Cruz, instrumento de esa misericordia.
Esta es la actitud de Jesús para con sus compañeros de dolor. Y aquí es bueno que pensemos cuál es nuestra actitud con nuestros compañeros de peregrinación. También nosotros estamos en medio del mundo pecador y, generalmente, nos pasamos la vida lamentándonos de la compañía que nos ha tocado. Y ése no es el camino que marca Cristo. De Jesús no nos dicen los Evangelistas que Él se lamentaba de que le hubieran puesto entre malhecho-res, sino que simplemente acepta el cáliz que le da el Padre; pero no se conforma con eso: va a hacerse instrumento de salvación de ellos mismos. Y realmente su muerte es el camino de salvación de aquellos hombres en medio de los cuales Él se ha encarnado y es crucificado. Y eso debe ser nuestra vida. Adondequiera que yo vaya, ver qué puedo hacer para salvar a esos entre los cuales me encuentro. Quizá no podré hablar; el Señor no habla mu-cho. Puedo ofrecer mi inmolación, puedo ofrecer mi cruz, puedo orar, pero tengo que interesarme. Todos los que son compañeros nuestros de peregrinación son almas con-fiadas a nosotros, y hemos de sentirnos puestos junto a ellos por el plan de Dios, como camino que hemos de recorrer para realizar sus proyectos de redención.
Entremos más profundamente en ese misterio de Redención, de Cristo crucificado, de los tres crucificados. Decía que ese hecho no es algo simplemente curioso o anecdótico, sino de mucho contenido. No se podría eliminar sin más, porque en él se nos está revelando el Misterio de la Redención. Como decíamos ayer, en Getsemaní la presencia de los discípulos no es un adorno, sino que es parte del misterio y quiere indicarnos la participación en el misterio de Cristo; de manera parecida, aquí la presencia de los dos crucificados no es una añadidura arbitraria que uno podría suprimir. No es una añadidura caprichosa, anecdótica. Esos dos nos representan a nosotros, a la humanidad. En esos dos estamos representados todos los hombres necesitados de redención, y Cristo está crucificado en medio de nosotros. Esos somos nosotros, los hombres no redimidos, los hombres cargados por las con-secuencias del pecado original, somos pecadores, somos criminales (usemos esa palabra: «criminales», que nos asusta, que tiene un significado penal en el cual yo no voy a entrar, pero realmente somos criminales), malhechores; hemos hecho mal, malhechores. Los dos crucificados condenados a muerte significan la humanidad, la cual, como efecto del pecado original es también crucificada. Esta es nuestra vida. Tenemos muchos trabajos, preocupaciones, sufrimientos y como término la muerte; vamos hacia ella. La muerte está trabajando en nosotros, no sólo nos viene de fuera, la llevamos dentro. Empezar a vivir es empezar a morir. Comenzar a vivir una vida mortal es empezar a vivir La condena a muerte. Vamos acercándonos hacia esa muerte implacablemente. Esto no es para entristecer nuestra vida, no es para estar pensando siempre que vamos a morir, pero es real y es verdadero. Somos crucificados, condenados a muerte. Cada uno de los hombres estamos condenados a la muerte, pero entre tanto vivimos crucificados por nuestra situación: consecuencia del pecado original y de nuestros pecados personales. Por eso decía que proclamar que el Verbo se ha hecho carne es proclamar en el fondo que se ha hecho crucificado, condenado a muerte; porque ha asumido nuestra naturaleza con las penalidades derivadas del pecado original. Esto es lo que se realiza de manera fuerte en el Calvario, y así viene a resultar el momento supremo de la Encarnación. La Encarnación es como un camino hacia la Cruz y el Calvario. El Verbo se ha hecho crucificado y condenado a muerte.
Por tanto, en el Calvario es bueno comprender que nuestro lugar es de crucificados con Cristo. También tú estás unido a Cristo en el mismo suplicio, en las mismas consecuencias del pecado original y personal, sufriendo una cruz que para ti es castigo de tus pecados, es castigo necesario. La diferencia está en que, siendo Jesús inocente, ha tomado libremente sobre sí la condición pecadora, que es consecuencia y castigo del pecado del hombre, y lo ha hecho, ha querido tomar esa condición en un misterio de amor.
Es claro que nuestra vida es crucifixión, esto es claro. Cada día nos trae penas, cada día nos trae preocupaciones, cada día nos trae fatigas. La gente del mundo, la juventud mundana no estaría tan hambrienta de goce exterior, de alegrías exteriores, de jolgorio exterior si sus corazones no estuvieran secretamente insatisfechos. Nuestra vida debe ser gozosa, pero cuando uno tiene una necesidad angustiosa de buscar esas explosiones con afán desde dentro, suele significar que no hay alegría sana interior; necesitan un suplemento al que se lanzan desesperadamente porque les falta o no les llega. Y después, como meta, la muerte, castigo del pecado en la humanidad. Por tanto, todos somos condenados a muerte. Creo que seríamos más humil-des si lo viviéramos con convencimiento. Simplemente considerarme así, condenado a muerte. Y nos ayudaría también a aprender de Cristo el ofrecer deliberadamente nuestra muerte a Dios. Aceptarlo. Es por lo que la Iglesia bendice tanto el acto de aceptación de la muerte. A manera de Cristo, no sólo quiero ofrecer actos de mi vida, sino que acepto mi mortalidad, la acepto como consecuencia del pecado, uniendo esa aceptación a la aceptación de Cristo.
Jesús está en medio de la humanidad crucificada, se ha hecho uno de nosotros. Pero en el Evangelio se recalca que uno está a la derecha y el otro a la izquierda. Podría alguien pensar que es un modo de hablar normal que lo diga así.
No; podía haber dicho simplemente que con El fueron crucificados otros dos. Pero cuando recalcan así, “a un lado”, “al otro lado», esto suele tener un significado en los Evangelistas, que bajo la inspiración del Espíritu Santo han sabido recoger muchos elementos que tienen resonancias en el conjunto del Misterio de la Redención. Ese «a un lado» y «al otro lado» recuerda el juicio final, donde se pondrán los unos «a la derecha» y los otros «a la izquierda» y Jesús en el medio. Quiere decir que en el momento de la Cruz se está realizando el juicio del mundo. Ese crucificado, juzgado y condenado por los hombres, es el Juez supremo, que como tal se declaró ante el Sanedrín, que va a distribuir la humanidad a su derecha y a su izquierda. Y lo que va a situar a cada hombre a la derecha o a la izquierda es la actitud del hombre frente a la Cruz de Cristo. Es verdad que, en la fórmula del juicio final, en el capítulo 25 de San Mateo, dice: «Venid, benditos de mi Padre, pues tuve hambre y me disteis de comer, estuve enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y me vinisteis a consolar…». Entonces, algunas veces, en una simplificación excesiva, se dice: «Ahí no se habla del cumplimiento de los mandamientos, se habla sólo de si has asistido a los necesitados». Reducirlo así es deformar, es no entender la complejidad del sentido del texto evangélico. Lo que quiere recalcar el Señor es que nadie se justifica y se salva sólo por proclamar ¡Señor, Señor! Tiene que estar acompañado de obras. No basta decir: creo en el Señor; hay que vivir de fe. Y ejemplifica; pues bien: el que hace estas cosas a un hermano se las hace al Señor. Pero no porque sea lo único y las otras cosas sean superfluas. Si yo directamente niego al Señor, ¡cómo voy a ser santo si niego al Señor! Pero no basta creer en el Señor y llamarle Señor, sino que hay que vivir correspondientemente a esa fe. Se refiere a la consecuencia de vida en nuestra fe. Pero sí que podemos decir que esa derecha o izquierda está en relación a la aceptación de la Cruz, a la derecha o a la izquierda de Cristo crucificado. En primer lugar, porque esas mismas palabras «estuve enfermo, estuve encarcelado, estuve hambriento, estuve sediento» tienen una aplicación excepcional y única respecto al mismo Jesucristo crucificado. El Papa, en la Encíclica sobre la misericordia, dice que la cumbre de la misericordia es cuando El mismo pide misericordia, y El podrá decirnos: «Estuve en la Cruz crucificado, estuve atado y no viniste a consolarme, no me reconociste, tuve hambre y no me diste de comer; tuve sed: «‘Tengo sed!», gritará Él en la Cruz,” y no me diste de beber”.
La relación cristiana no se nos da sólo para ordenar la vida humana, sino para iluminarla con la riqueza divina. La vida humana se hace mucho más humana, se hace más profundamente humana precisamente porque se hace divina. Esto es muy hermoso y muy grande. A mí me sor-prende esta frase que oigo a veces. Se dice de una persona: «Es un santo; es un hombre de Dios, pero muy humano». Yo me pierdo cuando oigo esa frase. Pregunto: ¿Qué quiere usted decir con que es muy elevado, que es como muy de Dios, pero muy humano? No entiendo ese pero. Cuando se pone ese pero parece que hay contradicción. En el tiempo del Tridentino se hablaba en unos comentarios, en unos escritos, de un Provincial o General de una congregación religiosa, y se dice de él que «era un gran humanista, pero muy casto». Este es el significado: que si era muy humanista, ya era casi imposible que fuera casto.
Aquí, lo mismo: «Muy divino, pero muy humano». Mi pregunta simplemente es ésta: ¿Hay algo más humano que Dios? ¿Puede uno ser verdaderamente divino sin ser mu-cho más humano que lo humano? ¿Hay algo más cercano al hombre que la ternura del amor de Dios? Entonces, ¿por qué digo muy divino, pero muy humano?; no lo entiendo. Eso quiere decir que muchas veces «muy divino» significa «muy abstracto». Pero ¿no es lo divino lo que se nos revela en Cristo? ¿Qué cosa más humana que el amor de Cristo? ¿Qué más cercano y más tierno? Por tanto, no parece que sea una frase afortunada.
Jesús está ahí en la Cruz, en ese suplicio terrible; Jesús, en su elevación, está cerca del hombre, está muy cerca de cada uno de nosotros. Cristo crucificado en medio de nosotros. Está juzgando al hombre. Y El mismo es el que está hambriento, el que está sediento. Nosotros tenemos que saciar esa sed de Cristo. Luego nos dará sensibilidad interna para captarlo en todo y ver a Cristo crucificado en todos los que sufren. Entonces tiene esa aplicación. Pero lo que caracteriza al hombre, lo que le coloca a la derecha o a la izquierda es la postura del hombre frente a Cristo crucificado: uno a la derecha y otro a la izquierda.
Vamos a ver ahora la postura de los dos: uno a la derecha y otro a la izquierda. Lo que le salva al hombre es no su ser humano más o menos ordenado, sino la riqueza divina en él; esa riqueza divina que le hace más profunda-mente humano.
El relato evangélico dice expresamente (Mt 23,44; Mc 13,32) que los dos ladrones, al comienzo, blasfemaban contra Él. Cuando el hombre se encuentra aprisionado por su sufrimiento, mientras no es redimido por Cristo, blasfema contra Dios desde el sufrimiento. Esa es la postura normal del hombre. No lo soporta. No lo entiende. Generalmente, si no hay una gracia de Dios, es ocasión de rebelión contra Dios. Blasfemaban contra Él. Todos hemos insultado a Jesús antes de que Él nos hubiera conseguido el don de la actitud interior redentora. ¡Cuántas veces cada uno de nosotros ha insultado a grandes gritos al Salvador, a Cristo, a Dios! «¿Por qué el Señor permite estos sufrimientos, esta situación en mi vida, este momento de humillación?». Y si no hemos ido más adelante en nuestra rebelión ha sido por la gracia de Dios que nos ha envuelto.
De modo que también el que llamamos buen ladrón, el ladrón que se convierte, fue crucificado con ánimo impío, con ánimo rebelde, como su compañero y como todo el pueblo que rodeaba al Señor. Con ellos blasfemaba contra Jesús. La blasfemia que proferían era una blasfemia pretendida: «Jesús Nazareno, Rey de los judíos: si tú eres el Mesías, si tú eres el Salvador, sálvate a ti y sálvanos a
nosotros». Aquí está el gran drama de nuestra vida. Hablábamos de que nos cuesta morir, de que lo costoso para nosotros es renunciar a la vida egoísta, pensando que renunciar a la vida egoísta es morir del todo, aunque de hecho es abrirse a la vida verdadera del amor. Concebimos una forma de salvación. Lo que nos está pasando hoy con las teologías de la liberación, que presentan una teoría de la salvación, salvación de los daños materiales, salvación de los males de la vida temporal. Y entonces la blasfemia es ésta: «Si tú eres Hijo de Dios, si tú eres el Salvador, sálvame esta vida temporal, que es la que yo quiero salvar, que es la que para mí vale únicamente». Y como ven que el que se dice Salvador está muriendo y que ellos, que están junto a Él, están muriendo, perdiendo la vida temporal, blasfeman contra Él y le dicen: «¡Tú, qué Salvador! Si eres Salvador, sálvate a ti». «Ha salvado a otros y Él no se puede salvar», dirán los que están allí presentes. «Si tú eres el Salvador, sálvanos también a nosotros». Es, pues, una blasfemia pretendida, es la que muchas veces tiende a brotar de nuestros labios, cuando nos rebelamos contra Cristo, porque nos domina el amor de la vida terrena.
Aquí volvemos de nuevo a ese punto, para nosotros continuamente presente. Tenemos gran amor a la vida terrena y nos rebelamos porque el Señor no nos conserva La vida terrena. Cuando una enfermedad aqueja a una persona querida, pedimos al Señor que le devuelva la salud, y para muchos la finalidad de la oración cristiana es obtener los bienes temporales. No que no los podamos obtener en algunos casos, pero muchas veces lo pretendemos como obsesiva y exclusivamente. Este es el gran bien. Así solemos hacer nosotros. Los ladrones sólo piensan en la liberación del dolor y la muerte temporal; como en ciertas teologías de la liberación, que lo único que pretenden es la liberación de la opresión del dictador y de las injusticias sociales. Por lo menos es lo que asignan como misión cristiana primariamente. Y blasfeman contra Jesucristo, que se presenta como Mesías, que les está iluminando, pero que no es Salvador de esta vida que muere. Ese es el disfraz terreno de la misión salvadora del Mesías. Se quiere de Cristo la seguridad y el disfrute de la vida temporal.
Ahora va a actuar la gracia de la Redención de Cristo. Jesús está anticipando el juicio, pero lo está anticipando en cuanto que está realizando la Redención y colocando a la derecha y a la izquierda. Es el juicio anticipado, y la Cruz, el trono del Juez. El escoge a los elegidos, El los separa de la manada de los demás, los santifica y los introduce en el Reino. Es lo que Él va a hacer por su obra de Redención y su juicio es siempre un acto de misericordia. Y quien se está condenando se condena por sí mismo. «El que no cree en mí se ha condenado a sí mismo», porque ha rechazado la vida y la luz. Depende de la postura que los hombres toman ante la obra de la Redención. Jesús toma sobre sí los pecados de todos los hombres y nos enseña y nos hace posible la actitud redentora de aceptar la cruz que pesa sobre nosotros como castigo del pecado; nos lleva a cambiar nuestra actitud interior.
Lo decíamos en otra ocasión a propósito de las estructuras injustas que queremos remediar con rapidez, corrigiendo y enmendando ciertamente las estructuras mismas, esos aspectos exteriores, que no son sino un subproducto del egoísmo del corazón. Lo que hace falta es que más al fondo de esas estructuras cambiemos la actitud, cambiemos el corazón; y desde la postura del corazón cambiada vendrá la transformación de todo lo demás. Esto es lo que va a hacer el Señor: cambiar la postura de los crucificados condenados a muerte, llevándolos a la actitud redentora de aceptar la cruz que pesa sobre ellos, darle otro sentido, comprender su sentido. Y lo hace por la contemplación del crucificado y la fuerza transformadora de su obra redentora.
Los dos ladrones nos representan a nosotros, crucifica-dos a la derecha y a la izquierda de Cristo; según que hayamos aprendido a llevar la cruz o según que sigamos rebelándonos contra ella, estaremos a la derecha o a la izquierda. Es que el dolor, la mortalidad, es el instrumento preferido a través del cual el demonio intenta conseguir que el hombre se rebele contra Dios; por otra parte, es el instrumento preferido por Dios para salvar a hombre. Por eso, cuando uno encuentra una persona sufriente en el lecho del dolor debemos recordar que esa persona se encuentra en el campo de batalla entre el demonio, que le tienta a rebelarse, y la gracia de Dios, que le mueve a someterse al amor de Dios. En esa lucha tenemos que ayudarle, y eso se puede hacer con la gracia de Dios, con un inmenso respeto; no con palabras autosuficientes, pero llevándolo por la contemplación de Cristo crucificado.
Llega, pues, en este momento la transformación del buen ladrón. El Señor transforma esa mortalidad y dolor en instrumento de salvación y de santificación, es Salvador en la Cruz. Y lo es no liberando de la muerte temporal, sino dando vida eterna por la asunción en amor de la muerte temporal. Es la Sabiduría de la Cruz, que, como dice San Pablo, confunde y declara necia la sabiduría del hombre. Precisamente el camino es asumir en amor la muerte temporal.
En su misma acción redentora Jesús se presenta como modelo. Él es el ejemplo. «Me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy.» Lo es precisamente redimiendo. Por tanto, «lo que yo he hecho, hacedlo vosotros», porque ésa es mi realeza y mi enseñanza. Su mansedumbre y humildad, patentes en la Cruz, son las que van a arrebatar la conversión del ladrón, y nuestra conversión tiene que ser contemplándole. Por eso repetía tantas veces San Juan de Ávila que la ocupación habitual del cristiano debe ser la Cruz y la Eucaristía, porque es la gran revelación de Dios.
Ante las blasfemias, las injurias del pueblo, de los sacer-dotes, de los mismos crucificados con El, por toda res-puesta Jesús se recoge en silencio profundo. Y ahí es donde hemos de contemplar con mirada nueva al Redentor. Jesús está recogido en silencio profundo; tenemos que contemplarle. «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». Tenemos que aprender la actitud sufriente y humilde de Cristo, desnudo, sin nada, ofreciéndose al Padre, amando, entregándose en inmolación de amor sin más que su amor ofrecido al Padre en holocausto. Jesús, que es el Sacerdote de la humanidad, está ofreciendo el sacrificio supremo de sí mismo; está cargado con todos los pecados, cargado con esas mismas injurias, solidarizado con los pecadores ante el Padre, al cual ama infinitamente y cuya ofensa le destroza el corazón. Su actitud, si la miramos, muestra un respeto religioso impresionante, una infinita reverencia. Dice la Carta de los Hebreos que fue escuchado por su reverencia ante el Padre. Está ahí entregándose. Es el respeto religioso, que corresponde al acto más augusto del culto que se ha realizado jamás. Ahora no es el momento de las predicaciones verba-les, de los milagros portentosos. Es la hora del Gran Signo. Del Signo del Amor silencioso, del Signo del Amor doloroso. Este es el momento que sobrecoge. Cuando nosotros encontramos a cristianos que parecen reflejar el dolor de Cristo, sobrecoge, nos pone dentro una actitud de respeto, de reverencia. Ahí está Jesús inmolándose silenciosamente. Esto, para nosotros, es muy bueno. La Iglesia nos pone delante el Crucifijo, para que lo miremos contemplándolo con amor. Toda la humanidad puede contemplar a Cristo crucificado. «Mirarán al que atravesaron». En el Calvario muchos le están mirando: sacerdotes, fariseos, escribas; le están mirando mientras gritan y blasfeman contra Él. El buen ladrón le contempla también y comienza a sentirse reblandecido por la gracia, sin duda conquistado por la actitud religiosa de Jesús, por la calidad con que sufre Jesús. Queda sobrecogido. Ellos blasfeman, él calla, él está recogido. Debió de sentir que dentro se iniciaba un cambio en su corazón. ¿Cómo se puede dejar de levantar el pensamiento a Dios cuando se tiene ante los ojos a Cristo crucificado, el amor de Dios entregado por nosotros? Y contemplando a Cristo, contemplándole así, desde su propio dolor, escucha la lección de su mansedumbre y de su silencio.
Al ladrón la muerte se le echa encima; faltan pocas horas para su muerte, pero ya no la teme. Antes, todo su afán era salvar la vida temporal. Ahora no. La actitud de Cristo le ha transformado. Pero al mismo tiempo probablemente siente dentro de sí temor delante de Dios, porque pensaría -Jesús lo había dicho al llegar al Calvario-: «Si en el árbol verde se hace esto, en el seco, ¿qué se hará?». Después de esta muerte, de este suplicio de la Cruz, ¿cuál será la condenación divina cuando me presente ante Dios? Teme y trata de protegerse de la ira de Dios. Este suele ser el proceso de la conversión. Mirando a la Cruz se le quita el temor a perder la vida temporal, pero… ¿y luego? ¿Dónde me refugio, si ya no tengo tiempo, si la vida se me ha ido de entre las manos, si ya no me queda nada?
Sigue contemplando a Cristo crucificado, con su actitud de recogimiento, mientras van transformándose sus sentimientos interiores y puede observar algo que él entiende muy bien: que Jesús, en lugar de prorrumpir en lamentos y blasfemias contra ellos, sigue ofreciendo su oblación en silencio. Hasta que del Corazón de Cristo se levanta irresistible hasta el corazón del Padre un grito de perdón que sofoca el eco de todos los insultos que la multitud lanzaba contra él: «¡Padre, perdónales porque no saben lo que hacen!». Es impresionante; es la expresión del objetivo de La Redención. Amor y confianza filiales inconmovibles. Es el amor del Señor la mansedumbre. Se olvida de sí para acordarse de los que le están atormentando. Desde el lecho del dolor, desde el patíbulo de la Cruz, lo dice de veras: «Porque no saben lo que hacen». Jesús quiere que sólo se escuche su voz, toma sobre sí libremente el castigo de la humanidad y hace bajar sobre sus compañeros de dolor la suprema invitación de la gracia. Pone en práctica lo que Él había dicho: «Bendecid a los que os maldicen, orad por vuestros calumniadores». Y la Virgen se une a esa oración del Señor.
Esta palabra debió de entrar hasta el fondo del corazón del buen ladrón, que estaba ya tocado por la gracia. Cuando estaba en las luchas interiores del temor de la justicia de Dios oye esa palabra, en medio de aquella reverencia con que Jesús está ofreciendo su sacrificio y le entró hasta el fondo del corazón, puesto que estaba ya dispuesto. Al escucharlo pensaría: «Si hasta el pecado de los verdugos que le están crucificando puede ser perdonado, ¿no podrá ser perdonado también todo mi pecado? ¿Toda mi vida perdida, criminal? ¿No podrían también mis pecados ser cubiertos por esa voz potente de la oración de Jesús?».
En esa primera palabra lo que intuye y comprende el ladrón es la mansedumbre y la humildad del Corazón de Cristo. ¡Padre, perdónalos! Fijémonos que es la expresión de la Cruz. La Cruz es ese grito al Padre: «¡Padre, perdónalos!». La Cruz es reflejo de lo que es la acción de nuestros pecados sobre Cristo, pero al mismo tiempo es el grito de «¡Padre, perdónalos!». La luz de la fe comenzaba a romper las tinieblas de su ignorancia. En Cristo, Dios se le presenta en este momento como Salvador que perdona. La verdadera salvación. Era importante aceptar esta primera luz, a la que luego seguirían otras en el camino de Ia conversión. El ladrón se rinde a esta luz.
El otro ladrón también ha escuchado esta palabra; pero se endurece, la rechaza. Hasta este momento los dos habían caminado juntos como compañeros en el camino del pecado, ahora los va a separar un abismo, como al rico epulón y Lázaro. Ese abismo es una respuesta diversa a la gracia de Dios. Y Cristo está en medio. Él se propone y se revela a todo hombre, y cada hombre tiene que responder a esa invitación de la gracia, y esto le colocará a la derecha o a la izquierda. En el buen ladrón, la rebelión cede el paso a la sumisión. Es el signo de la verdadera conversión: cuando la actitud endurecida, rebelde, cede el paso a la postura sumisa y blanda. Con eso ya está abierto el camino al reconocimiento de sus pecados. Apenas el corazón se reblandece, no puede menos de reconocer sus pecados, sus flaquezas. Hasta entonces no lo había hecho; ahora lo proclama y dice: «Ni tú, estando en el mismo suplicio, ¿temes al Señor? Nosotros padecemos lo que hemos merecido». Que, es decir: «Sufro justamente, padezco lo que he merecido. Dios, que permite este castigo y esta muerte, es justo». Ha cambiado todo. Es el cambio que viene del corazón. Ha cambiado todo. Su postura es totalmente distinta: su postura ante el dolor, su postura ante su compa-ñero, su postura ante los que están allí presentes, su postura ante Cristo. Todo ha cambiado. Es un mundo nuevo, una creación nueva.
«Sufro justamente. Dios, que permite este dolor en mí, es justo». Va entrando en el sentido de su cruz y la va aceptando. Y comienza por reconocer su propia culpa y por reconocer la justicia divina. Ha acogido la lección de la Cruz, de la Sangre de Cristo. Pero no sólo eso, la transmite a su compañero. Un ladrón se hace ahora apóstol. Qué consuelo para Cristo, que poco antes había visto cómo un apóstol se había vuelto ladrón. Jesús crucificado ha comenzado la predicación del Misterio de la Cruz y la primera conversión es la más brillante. Primero reconoce su pe-cado, reconoce la justicia de Dios; luego se hace apóstol, trata de transmitir, no reprendiendo, sino caritativamente, con amor; por fin se queda como admirando el misterio del dolor de Cristo, y contemplándole sin entenderlo del todo, exclama: «Pero éste, ¿qué mal ha hecho?», «¿Por qué el sufrimiento del inocente?». Mi sufrimiento no es el problema, mi sufrimiento no es eI misterio. Si fuéramos sinceros con nosotros mismos no nos preguntaríamos tanto por el misterio de mi sufrimiento, pues yo sé que lo merezco; es justo el Señor. Pero éste, Cristo en la Cruz, ¿qué mal ha hecho? ¿Cuál es el sentido del sufrimiento de Cristo en la Cruz? Él no lo pregunta curiosamente, lo admira. La admiración es la mejor postura ante el misterio. Cuando uno raciocina y arguye, muchas veces se coloca en una falta de respeto al misterio del Señor. «Este, ¿qué mal ha hecho?».
Es el asombro ante el misterio del amor de Cristo. El inocente toma sobre sí nuestra condición humana, y se hace pecado para conseguirnos la reconciliación con Dios Por que Jesucristo ha sufrido tanto por nosotros? Esta es In pregunta que no trata de buscar los motivos, sino de expresar la admiración. Dirá San Ignacio en el coloquio de la meditación de la Redención: «Cómo de Creador ha venido a hacerse hombre, de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados». O como decía el Señor a la Beata Angela de Foligno: «Yo no te he amado de bromas. ¿Cómo el Señor me ha amado tanto?
Estamos en la clave de la verdad, del sentido interior nos coloca en la luz de la fe. Apenas somos niños, pero en la Cruz hay mucha luz y mucha sabiduría. Tenemos que adorar con todo el corazón lo que no comprendemos y preguntarnos así, con admiración, para que el Señor nos abra su misterio y nos abra su corazón, sobre lo que nos ha enseñado la Santa Iglesia con fórmulas de la Escritura, que a veces parecen extrañas, que dicen demasiado poco. Tenemos que pedir al Señor que ilumine nuestra mente y nos caliente el corazón para poder penetrar cada vez más en el sentido de la Cruz de Cristo: «Este, ¿qué mal ha hecho?».
«Acuérdate de mí». Qué oración tan maravillosa de confianza, de amor. Toda una vida de pecado queda aniquilada ante ese amor lleno de confianza. «Jesús, acuérdate de mí; no me olvides y soy feliz»; no te pido más, no me olvides. Es como la persona que despide a su amigo, que sale de viaje: no me olvides, acuérdate de mí. Y ya está; ahí lo deja todo; sin dramas, sin espectáculos, sin tragedias, habiendo visto que toda la vida se le había ido ya y no tiene más que pocos momentos de vida y, sin embargo, con esa sencillez tan maravillosa le dice: Jesús, no me olvides, acuérdate de mí cuando vengas en tu Reino.
El ladrón está clavado en la cruz y se siente liberado. Cuánto amor, cuánta inteligencia del Misterio de la Cruz. ¿Cómo ha llegado a tanto? Siempre me conmueve en este momento un texto de San Agustín. San Agustín, al con-templar este momento, queda como admirado, y hablando oratoriamente con el ladrón le dice: «Pero, ¿dónde has aprendido tú tanto Misterio de la Cruz? ¿Dónde has aprendido tal interpretación de las Escrituras? ¿Es que te has dedicado a estudiar, a penetrar en el sentido de las Escrituras?». Y pone en labios del ladrón esta respuesta: “no, yo no he estudiado las Escrituras, no tengo inteligencia de los Sagrados Libros, pero Él me ha mirado y en esa mirada lo he entendido todo». Esa sería la gran gracia: la mirada nueva. Nuestra mirada será nueva si a nuestro mirar hacia El contemplativamente como en la Eucaristía, Él nos mira a nosotros en el corazón y nos ilumina el sentido de nuestra vida, nos ilumina el sentido de nuestro pecado, nos ilumina el sentido de su amor, de su misericordia y nos hace repetir con el ladrón: «Jesús, acuérdate de mí, no me olvides cuando vengas en tu Reino».
Y Jesús le dice: «Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso». Hoy mismo. Es la generosidad de la respuesta del Señor: hoy mismo. Y Él nos dice también a nosotros, cuando nosotros vamos hacia El: «Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso del encuentro eucarístico, hoy mismo; hoy mismo derramaré sobre ti los torrentes de la gracia de la salvación». No hay que esperar tiempo con el Señor. Y luego, con esa fuente de salvación dentro de tu corazón, podrás realizar las obras que yo te encargaré. Después irás desarrollando tu vida, pero desde el principio tienes abierto el Paraíso, que es el amor de mi Corazón.
