Del libro” Misterio del dolor” Luis María Mendizábal S.J.
San Juan, testigo privilegiado de la lanzada que atravesó el pecho de Jesús, del que brotó sangre y agua, afirma solemnemente que «esto sucedió para que se cumpliera la Escritura: mirarán al que atravesaron». Parece matizar que esa mirada de fe se centra en el pecho traspasado. Puesto que únicamente por las heridas de manos y pies no hablamos del hombre traspasado. Nos invita a contemplar no simple-mente a Cristo crucificado, sino a Cristo de corazón abierto. La imagen de ese Cristo, que abre su interioridad, que en cierta manera se desgarra desde dentro, es la imagen del Dios que se da, del darse. Por eso, contemplando así a Cristo, la escena final de San Juan adquiere todo su relieve. El costado de Cristo abierto por el soldado es presentado por la Iglesia como el signo de las fuentes abiertas de la Divinidad, para que podamos ir a tomar el agua viva de esa fuente de la que Jesús había predicho: «El que tenga fe, que venga a mí y beba el que cree en mí». De tal manera que, en ese corazón abierto, en ese costado abierto, se nos viene a mostrar la razón misma de la Encarnación y de toda la obra de Cristo. Es el amor misericordioso redentor. De ese amor ha nacido la Redención, «me amó y se entregó a la muerte por mí». Es como la firma de la obra de Cristo, ha acabado todo.
Como dice la Iglesia, en ese costado abierto nosotros encontramos dos cosas: refugio para los pecadores y lugar de descanso para los piadosos. Esta expresión bellísima del prefacio antiguo de la Misa del día del Corazón de Jesús no se refiere a sujetos distintos. El corazón abierto de Cristo en la Cruz, la Redención abierta, es para cada uno de nosotros las dos cosas: es refugio porque somos pecadores, y cuando encontramos en nuestra vida el pecado propio, nos podemos refugiar en El. En las costumbres antiguas cristianas, por ejemplo, en tiempo de San Juan Crisóstomo, el templo era lugar sagrado, y el que llegaba a tocar el altar escapaba de las manos de la justicia; no se le podía tocar. Con esta imagen vemos que el Corazón de Cristo viene a ser como el refugio del pecador, el refugio del criminal. En lugar de huir de Dios, el verdadero pecador arrepentido se refugia en Dios, sabe que no puede huir de la presencia de Dios y que su misericordia le espera. Por eso, cuando nosotros nos sentimos pecadores, tenemos nuestro refugio en el corazón abierto de Cristo y a El debemos acudir.
Y cuando nos sentimos invadidos por la gracia, porque también eso lo sentimos -las dos cosas no están reñidas, sino que participamos de los dos aspectos-, cuando nos sentimos trabajando en docilidad a Dios, entonces encontramos en el corazón de Cristo descanso. El trabajo de la caridad, el trabajo de la fidelidad, el trabajo del amor es costoso. San Pablo hablaba del «trabajo de la caridad». Ese trabajo del Apostolado, el trabajo de la fatiga apostólica; sin embargo, en ese trabajo el Corazón de Cristo es descanso. No es descanso después del trabajo, notémoslo bien. No es que yo me canse y luego voy allí a descansar, sino en medio del trabajo es descanso, en medio del trabajo constituye como una fuerza interior refrescante el descansar en el Corazón del Señor, el estar como internamente establecido en el Corazón del Señor. De esta manera, el Corazón de Cristo se convierte para nosotros en el lugar de la morada, refugio y descanso del corazón.
Y en el corazón abierto de Cristo lo que se nos muestra es la intimidad de Dios abierta. ¿Cuál es ese refugio? Lo íntimo de Dios. ¿Cuál es ese descanso? La intimidad de Dios. La intimidad de Dios, que se nos abre en el Corazón de Cristo. Se ha abierto a nosotros el acceso hasta el Padre por la fe en Cristo y comienza una era nueva. «Les quitaré él corazón de piedra y les pondré un corazón de carne».
Por fin, cuando contemplamos así la Redención de Cristo, con esa mirada con que María y Juan contemplaban el corazón abierto de Cristo, vemos brotando de lo íntimo de Dios el nacimiento de la Iglesia: de ahí brotan los torrentes de agua, imagen del Espíritu Santo, del Don del Espíritu Santo e imagen también de la Iglesia, nacida del costado de Cristo, que lleva en sí los Sacramentos, que son los instrumentos de comunicación del Espíritu Santo. La iglesia llena del Espíritu es comunicadora del Espíritu y nace del costado abierto de Cristo. Del costado de Adán, sumido en misterioso sueño, fue formada Eva, y del costado del nuevo Adán, muerto por nosotros en la Cruz, en la Redención, nace la nueva Eva, la Iglesia, Esposa de Cristo, asociada a Él e instrumento de la realización de la Redención. De Cristo crucificado procede, pues, la glorificación del Padre y la Iglesia, simbolizada en la sangre y agua, Eucaristía y Bautismo. Todo esto lo vemos en el Misterio de la Redención, y ahora viene la aplicación a nosotros de este Misterio de la Redención.
Cuando Jesús es descolgado de la Cruz y puesto en el sepulcro, María se despide del Calvario y se retira. Queda allí en el Calvario, como signo que está fijo y firme, la Cruz. Esto es lo que nos puede servir como ambientación, como composición de lugar, para hacer las reflexiones sobre el valor del sufrimiento, sobre la teología de la Cruz.
Vamos ahora, contemplando la Cruz, a meditar sobre el valor salvífico del dolor. Vamos a acudir al documento del Papa que nos lleva a una meditación sobre la Cruz.
El sufrimiento, de hecho, es el problema tremendo que nos acosa por todas partes y que pide de nosotros una respuesta que sólo podemos darla dignamente a la luz de la totalidad de la fe, no por fracciones aisladas, queriendo interpretar o responder sólo a un aspecto, sino viéndolo en el conjunto de la enseñanza de la fe. Entonces podemos hablar de la sabiduría suprema de la Cruz, donde se nos ha revelado lo más íntimo y lo más profundo del Corazón de Dios.
El Papa comienza su documento sobre el dolor salvífico con el texto de Col 1,24. Es el famoso pasaje en que dice San Pablo: «Cumplo en mí lo que falta a la Pasión de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia». Es un pasaje misterioso. El Papa dice con verdad que es el descubrimiento definitivo, es la cumbre de la historia del sufrimiento. Cuando se llega ya a comprenderlo y a penetrarlo. Es la valoración cumbre de la historia del sufrimiento iluminada por la luz y la Palabra de Dios. Es el descubrimiento definitivo. Ahí tenemos la plenitud de lo que se nos ha dicho sobre el sufrimiento. Y el mismo San Pablo llega a decir: «Me alegro de mis sufrimientos por vosotros». Es el colmo. Y no es que se desvirtúe, no. No es que al decir me alegro dejo de sufrir, no; sino que hay como capas en el ser. Y cuando llega uno a ser poseído por la luz y la verdad, puede decir de veras: «Sufro, y sufro profundamente y sufro terriblemente, pero me alegro de mi sufrimiento». Esta especie de paradoja es el Misterio de la Cruz cristiana, que es lo que no entiende el que no tiene fe, el que no ha experimentado lo que es la Cruz de Cristo. A él estas cosas le parecen no paradójicas, sino contradictorias; porque si yo sufro, no puedo alegrarme. Y, sin embargo, en nosotros existe una verdadera alegría en medio de un profundo sufrimiento. Puede darse: «Me alegro de mis sufrimientos por vosotros».
San Pablo, en la Carta a los Colosenses, une los dos aspectos. Comienza anunciándoles la Redención. Dice así: “Y a vosotros, en otro tiempo extraños y enemigos por vuestros pensamientos y malas obras, os ha reconciliado ahora por medio de la muerte en su cuerpo de carne, para presentaros santos, inmaculados e irreprensibles delante de Él si permanecéis sólidamente cimentados en la fe, firmes e inconmovibles en la esperanza del Evangelio que oísteis, y que ha sido proclamado a toda criatura bajo el cielo, y del que yo, Pablo, he llegado a ser Ministro. Y después de este anuncio de la Redención, que les ha reconciliado con Dios por medio de la muerte en el cuerpo de carne de Cristo, prosigue: «Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros. Cumplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia». Me alegro, pues, porque sé que estoy completando lo que falta a la Pasión de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia.
Tenía, pues, la alegría del sentido del sufrimiento. Esta es la gran aportación cristiana. El cristianismo es religión de gozo, es religión de alegría; pero esto no debe interpretarse de una manera superficial, como indicando que ser cristiano es fomentar el jolgorio. Es mucho más serio que eso. El cristianismo es religión de alegría no porque quita el sufrimiento, sino porque da el gozo que deriva de la comprensión del sentido del sufrimiento. En el orden humano, cuando no hay fe, si a una persona que tiene todos los medios, riquezas y bienestar, le viene una enfermedad incurable, le viene un cáncer sin remedio, esta persona se desespera y quizá llega al suicidio, porque ya no ve sentido a su vida. El sufrimiento, la enfermedad no tienen sentido, ya la vida no tiene sentido y se hace insoportable y se hunde en la tristeza, se desespera. Al verdadero cristiano que ha entrado en el Misterio de la Pasión de Cristo no le sucede eso. Sabe que aun en la enfermedad su vida tiene sentido y valor sus sufrimientos. «Me alegro de padecer por vosotros», porque «estoy completando lo que falta a la Pasión de Cristo». De ahí deriva la alegría. Y entonces, ¿quién nos puede quitar esa alegría? Y de nuevo dice San Pablo, ahora en la Carta a los Romanos: «¿Quién nos separará de la caridad de Cristo?». Nadie. «Ninguna criatura, ni del cielo ni de la tierra, podrá separarme del amor de Dios en Cristo Jesús». Y cuando un cristiano vive así, entonces ese cristiano es el gran testigo del Señor, ese cristiano es el que irradia la fuerza de la Redención de Cristo en la fragilidad de su naturaleza. Porque esto no quiere decir que uno sienta el vigor en sí mismo, sino que se apoya en la fuerza del Señor. La alegría de Dios es nuestra fuerza.
Esta visión cristiana del sufrimiento es el punto culminante de una evolución al cual tenemos que llegar. Pero supone toda una historia, supone todo un proceso histórico que ha sido largo y que el Papa va exponiendo, desde el problema planteado a nosotros por la realidad del sufrimiento hasta la solución de fe, la solución plena en la participación de los sufrimientos de Cristo para completar la Redención.
- Actitud ante el tema misterioso del sufrimiento
El Papa trata este tema bajo el aspecto salvífico inserto en el contexto del Año Santo. En él tiene especial actualidad este tema. Ya en el discurso del Papa a los Cardenales antes del comienzo del Año Santo, en la tercera parte, en el número 6, dice que «el sufrimiento tiene una especialísima relación con la Redención», y da una serie de principios que luego en este documento desarrolla más. Viene a decir esto: «El sufrimiento tiene su raíz teológica y antropológica en el pecado; por tanto, tiene un lugar esencial en la Redención, porque está vinculado al pecado, y el sufrimiento establece una solidaridad especial con Cristo y una solidaridad ‘especial con los hermanos». Es toda una lección; es todo un mundo el que en esto tenemos que descubrir.
Así, pues, el tema del sufrimiento tiene una especial actualidad: Primero, porque es un tema universal que acompaña al hombre: la vida del hombre sobre la tierra es sufrimiento, está unida al sufrimiento; desde el momento que nace, con todos los problemas que lleva consigo en la educación, en la formación, los problemas a lo largo de la vida, en el matrimonio, en la sociedad, el sufrimiento acompaña al hombre; por tanto, es un tema diríamos bu-mano. Segundo, porque es un tema vinculado a la Redención.
El sufrimiento es particularmente propio de la naturaleza del hombre y manifiesta la profundidad propia del hombre y de algún modo lo supera. El sufrimiento es un misterio.
El hombre madura en el sufrimiento. El sufrimiento es algo muy profundo del hombre. Suele decirse que el toque de madurez de una persona, un toque inconfundible, lo da el hecho de que esa persona ha sufrido y ha sufrido bien. Porque el sufrimiento es ambivalente. El sufrimiento puede arrojar a una persona en la frustración y en la desesperación. Pero si sufre correctamente, entonces le da un toque espiritual de dignidad y de madurez que sin el sufrimiento no puede tener. Por tanto, es algo muy dentro de la naturaleza humana, de una profundidad grande. El sufrimiento manifiesta lo más profundo del hombre; el sufrimiento introduce en la interioridad, y de algún modo lo supera, porque el hombre se siente pequeño en el sufrimiento. Le llega hasta el fondo, pero al mismo tiempo lo supera. Lo eleva y le llega a sacar fuera de sí. Por eso el sufrimiento, dice el Papa, pertenece a la trascendencia del hombre, a algo, diríamos, en que el hombre está en cierto sentido destinado a superarse a sí mismo; es un elemento de su trascendencia. El hombre se supera en el sufrimiento, es un misterio en él; pero cuando se vive en sentido humano el sufrimiento-no hablo del simple dolor, sino del sufrimiento vivido-, entonces le lleva a superarse a sí mismo, y de manera misteriosa se le llama a hacerlo. Cuando a un hombre le visita el sufrimiento, se puede decir que hay en él una llamada a superarse, y de ahíle viene la madurez que adquiere; la persona ha llegado a una cumbre de dignidad. Es el aspecto del sufrimiento que podríamos llamar tema universal que acompaña al hombre.
Pero además tiene una vinculación especial con la Redención, porque la Redención, de hecho, se realiza mediante la Cruz de Cristo, «por tu Santa Cruz redimiste al mundo», es decir, por el sufrimiento de Cristo hasta la muerte: «Mi alma está triste hasta la muerte». Por consiguiente, la Redención está muy vinculada, es un tema muy propio del Año de la Redención, Cada hombre se con-vierte de hecho en camino de la Iglesia, cada hombre es objeto de la atención de la Iglesia, la Iglesia se acerca a él.
Pero de manera muy particular, cuando en la vida de ese hombre entra el sufrimiento, entonces la Iglesia le tiene una especial inclinación, se convierte en camino de la Iglesia. Se presenta en momentos y maneras diversos, cierta-mente, en dimensiones diversas, pero es casi inseparable de la existencia terrena del hombre. Así es como la Iglesia se le acerca. Como, por otra parte, la Iglesia ha nacido del sufrimiento de Cristo, tiene como en su raíz misma el sufrimiento de Cristo y busca el encuentro del hombre sobre todo en el sufrimiento; por eso sabemos que la Iglesia vigila mucho al enfermo, tiende a visitarle, sabe que es como su campo predilecto, porque por el sufrimiento el hombre se ha hecho pobre. La persona que parece intocable, soberbia, cuando le abate una enfermedad o una desgracia irremediable, se siente muy pobre. Y entonces Cristo, por la Iglesia, se le acerca. Se le puede aplicar «bienaventurados los pobres de espíritu» o «bienaventurados los que padecen». Ese es el terreno predilecto de la vida y acción de la Iglesia. De ahí, pues, que diga el Papa que es oportuna esa reflexión sobre el sufrimiento en el Año Santo. Por eso nos acercamos a ese Cristo y vamos a encontrar ahí la respuesta. El mismo Cristo nos pide misericordia, porque El mismo está lleno de sufrimiento.
¿Qué produce en el hombre el sufrimiento? Vamos a acercarnos al sufrimiento. Y el sufrimiento humano, como primera reacción, suscita compasión. Ante el sufrimiento hay en el corazón del hombre una reacción de compasión, de lástima; hay una especie de sintonía de compasión, pero junto a esa compasión hay respeto. El sufrimiento infunde respeto. Creo que debería ser parte de la educación cristiana el formar desde la infancia al trato con el sufrimiento. Creo que es bueno. Hay familias que tratan de evitar a sus hijos el encuentro con el sufrimiento. Creo que no es bueno, porque no se trata simplemente de hacerles pensar que toda la vida es dolorista, no se trata de eso; pero es parte de la realidad humana el aceptar la existencia del sufrimiento. Dentro de la familia se tiene un pariente enfermo, y muchas personas evitan que los hijos estén en contacto con él, porque creen que eso les deprime. Eso no es cierto. Hay que aprender, hay que educar a la visión y al encuentro con el sufrimiento y madurar a través de él. Produce, pues, junto con la compasión, el respeto.
Hay algo sobrecogedor en el sufrimiento. Sobre todo, determinados tipos de sufrimiento producen un inmenso respeto y hay que acercarse no simplemente con una compasión alegre, sino respetuosa, con respeto y temor. Hay algo divino en el sufrimiento, lleva consigo algo que decíamos supera al hombre en cierta manera. El hombre queda aplanado por el sufrimiento; el sufrimiento lo abate y, por tanto, produce también un cierto temor, que estando en su lugar es correcto. Por eso tiene la grandeza de un misterio específico. Siempre que nosotros queramos tratar del sufrimiento-entre vosotros hay médicos, hay gente que tiene que tratar con el sufrimiento-, hay que tratarlo con respeto, porque hay en él un misterio específico. El respeto al sufrimiento está también en la base de todo lo que queramos tratar ahora sobre el sufrimiento. A veces se presentan discursos y objeciones en el campo del sufrimiento a los que uno estaría tentado de responder irónicamente. Creo que eso es casi sacrílego. Creo que a quien sufre hay que respetarle mucho. Cuando viene una madre desesperada, quizá blasfemando, porque ha tenido una desgracia: su hijo se ha muerto, lo primero que hay que hacer es respetar ese dolor, no increparla porque está blasfemando. El Señor entiende la profundidad de ese dolor, y lo primero de nuestra parte, cuando uno va a tratar con ella, es hacerlo con profundo respeto: hay un misterio. Como San Juan trata en la Ultima Cena el misterio de la traición de Judas, así hemos de tratar el sufrimiento: comprenderlo, callar. Llegará un momento en que se pueda decir una palabra llena de respeto hacia ese sufrimiento humano que produce en nosotros sentimiento de temor y respeto.
Queremos llegar hasta el fondo por una necesidad del corazón y por un imperativo de la fe. Estos dos aspectos, dice el Papa, se unen. La necesidad del corazón hace vencer la timidez, porque uno ante el sufrimiento huiría en cierta manera, no le gustaría entremezclarse; pero hace falta hablar, tenemos que entrar en ese misterio porque el corazón lo exige. Y hay luego un imperativo de la fe: el pasaje de Col 1,24 nos da el contenido en cuya virtud nos atrevemos a tocar lo que parece intangible. El conocimiento de fe nos lleva a procurar que ese sufrimiento no se pierda, sino que llegue a encontrar la plenitud de su sentido y, consiguientemente, pueda ser vivido sacando de ese sufrimiento toda la riqueza que tiene para la salvación del mundo. A pesar de que «el hombre es, en su sufrimiento, un misterio intangible». Son palabras textuales del Papa en ese documento.
- El sufrimiento del mundo y el mundo del sufrimiento
La historia del hombre está impregnada de sufrimiento. Y la Escritura misma bien puede decirse que es un gran libro sobre el sufrimiento.
En el sufrimiento podemos distinguir dos dimensiones: una, la dimensión subjetiva, es decir, la persona que está hundida en el sufrimiento; esa dimensión subjetiva del interior del hombre parece algo inefable, algo intransferible a los demás, es profundamente personal. Yo estoy hundido en el sufrimiento, me coge hasta dentro. Es estrictamente intransferible; es mi sufrimiento. Pero hay otra dimensión, que podemos llamar realidad objetiva, y en este sentido el tema del sufrimiento necesita ser tratado y meditado como verdadero problema, que exige que en torno a él se hagan preguntas y se den respuestas.
¿Cómo se plantea la cuestión del sufrimiento? Primero se podría describir el sufrimiento: el sufrimiento es esto, es un dolor; siento un dolor en la cabeza, un dolor en el cuerpo, un dolor en una herida que tengo, un dolor moral. La ciencia que más directamente se ocupa del dolor es la medicina, dice el Papa. El campo del sufrimiento es muy amplio, enorme. La medicina se ocupa de un sector; los dolores físicos o psíquicos son un tipo de sufrimiento. Ese sector del sufrimiento es el más conocido, el más preciso, al que se aplica una terapia. La medicina se plantea qué hacer para quitar el dolor, para eliminar el sufrimiento, la herida, la enfermedad. Es un sector nada más del sufrimiento. El campo del sufrimiento es mucho más amplio, tiene muchas dimensiones. El hombre sufre de modos muy diversos y muy distintos de los considerados por la medicina. Hay sufrimientos de los que un médico puede decir que no le tocan a él. Uno que está sufriendo por la desgracia que le ha ocurrido a su hijo; otro está sufriendo porque no encuentra trabajo para su mujer, para su marido. Esto la medicina no lo toca. Otro está sufriendo porque le han injuriado cuando iba por la calle, le han dicho unas palabras que le han llegado al corazón y le han dejado profundamente herido. Esto no lo toca la medicina. La medicina abarca cierto sector del sufrimiento. Hay un sufrimiento mucho más amplio, sumamente variado, de modos diversos. El sufrimiento es mucho más amplio que la enferme-dad. Cuando nosotros hablamos del sufrimiento no nos referimos sólo a la enfermedad, sino a algo mucho más complejo y más profundamente radicado en la naturaleza humana.
Como aproximación, el Papa distingue el sufrimiento físico y el moral. Se funda esa distinción en la doble dimensión del ser humano. Señala el elemento corporal y el elemento espiritual como sujeto directo del sufrimiento. Pero creo que aún hay mayor variedad: es simplemente como una doble sección. Cuando radica directamente como punto de partida y sujeto directo en el elemento corporal, hablamos de dolor físico, aun cuando evidente-mente se vive también de manera espiritual; deprime, produce una depresión espiritual. Cuando el sufrimiento es directamente en el elemento espiritual, hablamos de un sufrimiento moral. Pero el sufrimiento moral también es muy diverso. Dado que pueden usarse como sinónimos sufrimiento y dolor, la distinción corresponde a la que se tiene cuando se dice que a uno le duele el cuerpo o le duele el alma. Hay sujetos que pueden decir: a mí lo que me duele es el cuerpo; otros dicen: a mí me duele el alma, me duele el disgusto del corazón, me duele el abandono de mis hijos, el abandono de mi mujer. Ese es el sufrimiento, diríamos, moral. No entremos ahora en una pura terminología. Basta que nos acerquemos al mundo. Todo eso es sufrimiento. El dolor moral es vario también; es menos identificado, menos precisable y menos curable por unas técnicas que el dolor físico.
Supuesta esta variedad de dolores dentro del dolor humano, podemos decir que toda la Escritura es un gran libro sobre el sufrimiento. A lo largo de todos los libros presenta múltiples situaciones con el signo del sufrimiento. El sufrimiento ya desde la salida del Paraíso, «comerás el pan con el sudor de tu frente», el sufrimiento de la muerte de Abel a manos de su hermano Caín, el sufrimiento del diluvio, el sufrimiento del pueblo de Dios cuando está en la tierra de Egipto y cuando padecen sufrimientos a través del desierto. Todo es una descripción continua de sufrimientos, y sufrimientos sobre todo de carácter moral.
Cuando la Sagrada Escritura habla del sufrimiento une muchas veces en su lenguaje los sufrimientos morales con el dolor de determinadas partes del organismo. Es decir, que el dolor interior lo expresa como que le duele el corazón o le duelen los riñones. Quiere decir algo muy vital y experiencial; quiere expresar una realidad. Todo dolor tiene una parte somática. En la realidad del hombre, el sufrimiento mismo moral parece que tiene una repercusión somática. Con el sufrimiento intimo moral se queda uno también físicamente rendido, físicamente herido, le afecta a la persona entera. En la Escritura aparece muchas veces esta conexión.
Tenemos que añadir en seguida que la Escritura no nos dice todo el dolor de la humanidad. La Escritura se refiere a un aspecto, se refiere a la historia de un pueblo concreto. Pero la historia de la humanidad es mucho más amplia. Y en esa historia de la humanidad el sufrimiento abunda. Y no sólo en la historia de la humanidad en general, sino de cada uno de nosotros. El libro de la historia de cada hombre y de la humanidad es mucho más amplio que lo que nos cuenta la Sagrada Escritura, y podemos decir que el hombre en general sufre cuando experimenta el mal. Una cierta relación hay entre el sufrimiento y mal, y este mal nos acosa.
Respecto al lenguaje, el Papa advierte que hay como un proceso de purificación del lenguaje, y así en el Antiguo Testamento no hay un término especial para designar el sufrimiento, sino que el mismo término designa el sufrimiento y el mal. Notemos que también nosotros a veces usamos el término «mal» (hacerse mal, tener un mal) cuando estamos hablando de un sufrimiento. Pero esto, en el lenguaje de la Escritura, todavía es más común. Hay una misma palabra para el sufrimiento y el mal. Luego, más adelante, el griego y el Nuevo Testamento se sirven de un término: padecer. El sufrimiento ya no se identifica sin más con la palabra mal, sino que el hombre experimenta el mal, y así se hace sujeto de sufrimiento. Hay una experiencia del mal a causa del cual nosotros sufrimos. A éste nos referimos al hablar del sufrimiento y éste es ante el cual el hombre tiene que reaccionar.
Hecha la descripción, surge inmediatamente la pregunta: ¿Qué es el mal?, ¿qué es el dolor? En la revelación cristiana se nos dice claramente que la existencia del hombre no es un mal del cual hay que liberarse. No proclama un escapismo, sino que proclama el bien esencial de la existencia. Tenemos que proclamarlo también nosotros. Tiene su importancia, ya que vale de toda existencia. Nosotros tenemos que agradecer a Dios nuestra existencia. La existencia es un bien esencial.
El mal es una cierta falta, una cierta limitación o distorsión del bien, pero está radicado en el bien. El mal no es una entidad en sí mismo, sino una cierta falta del bien. El hombre sufre porque no participa de un bien. Aquí está la raíz del sufrimiento. Tanto más cuanto que no participa de un bien, del que está excluido; lo excluyen de un bien, y entonces sufre. Sufre prisión, porque se le priva de la libertad; sufre tristeza, porque se le quita la alegría. Se le excluye de un bien o él mismo se priva de él. Yo mismo me privo a mí mismo, y entonces yo tengo ese mal, yo acepto ese mal, yo me produzco ese mal, especialmente cuando debería tener parte en ese bien. Cuando nosotros encontramos, por ejemplo, un ciego, la ceguera es un mal; pero es un mal en el bien de la vida; si ese ser no tuviera ojos no sería un mal; pero dado lo que es, debería tener vista; el no tenerla es un mal; pero en el fondo lo que tiene de positivo es mucho bien. Cuántas veces he pensado yo en esto. Si el hombre llegara a producir un ser humano como un niño subnormal, sería un triunfo extraordinario; no se consideraría un defecto, se consideraría un paso muy grande, muy positivo; incluso si llegara a hacer una hierbe-cita viva; aun cuando no tiene todo lo que tiene el reino animal, pero sería un paso que sería la gloria del hombre. Pero como en el hombre estamos acostumbrados a ver que tiene ojos, que tiene el uso de los sentidos, si en algún caso le falta, es un mal. Este hombre tiene el mal de la ceguera, cuando en realidad no tiene algo positivo que podía tener, pero nada más.
Pues bien: éste es el concepto cristiano. En el concepto cristiano el sufrimiento se explica por la experiencia del mal que está siempre unido a un bien. En el concepto básico.
Aquí entramos en el mundo del sufrimiento. El sufrimiento constituye un mundo junto al hombre; estamos rodeados de sufrimiento. El sufrimiento, podemos decir, nos acecha; el sufrimiento parece que ronda en torno a nosotros. Es un mundo que está junto al hombre, que pasa junto a él. En ocasiones se ha librado de ese sufrimiento y en ocasiones ha caído en él. El sufrimiento ha caído sobre mí, el sufrimiento ha hecho garra en mí. Es como una personificación, una realidad que nos invade y nos rodea. Existe el sufrimiento en un sentido de dispersión, está por ahí el sufrimiento, hay sufrimiento por todas partes; podemos decir que el mundo está lleno de sufrimiento. Cada hombre que sufre es parte de ese mundo del sufrimiento, que a la vez está en esta persona de una manera única que hay que respetar mucho. El sufrimiento de cada uno es irrepetible. En él está el sufrimiento de una manera personalísima, el mundo del sufrimiento ha hecho garra en él. Es parte del mundo del sufrimiento. Los hombres que sufren tienen una unión especial entre ellos. Esta realidad constituye el mundo del sufrimiento. Se hacen semejantes por una analogía de situación. Cuando uno padece una enfermedad y hay otro que la padece también, se sienten como unidos. Los que sufren víctimas de la colza se sienten solidarios. Más aún: los enfermos están unidos aun cuando no sean víctimas de una misma enfermedad específica; pero el hecho de estar participando del sufrimiento une a los hombres, une a los que viven sufriendo. Es una unión especial por una analogía de situación y una semejanza de necesidades. De ahí que constituyan una comunión; es lo que vamos a llamar el mundo del sufrimiento. Hay un sufrimiento en el mundo como disperso, existente; pero hay un mundo del sufrimiento, hay una comunión de los que sufren, una unión especial. En ocasiones este mundo del sufrimiento se vuelve particularmente denso, por ejemplo, en calamidades públicas. Hay un sufrimiento que se ha adensado en este lugar, en este pueblo, calamidades, hambre, terremotos, etc.
Ese mundo del sufrimiento puede cernirse amenazador en determinados momentos. Realmente, hoy podemos decir que nos amenaza un peligro de sufrimiento del mundo. Cuando pensamos en la guerra atómica, la guerra nuclear, al fin y al cabo, estamos pensando en un sufrimiento del mundo que los errores del hombre pueden traer, que los errores y las culpas del hombre pueden hacer que se abata sobre nosotros.
- Sentido y valor del sufrimiento
Tenemos el mundo del sufrimiento y el sufrimiento del mundo. Esta realidad, en la cual nosotros estamos sumergidos, de la cual ninguno de nosotros se siente lejos, sino que se abate en nuestras familias, en nuestra sociedad, en nuestras personas, nos plantea unos interrogantes y nos pide una respuesta. ¿Por qué el sufrimiento? ¿Qué valor tiene el sufrimiento? ¿Qué actitud tenemos que tomar ante el sufrimiento? Son los grandes interrogantes.
Son interrogantes que se le plantean al hombre y que no tienen respuesta total, sino en el mundo de la fe, a la luz de la Cruz de Cristo. Es lo que, siguiendo las palabras del Papa, vamos a tratar nosotros de contemplar, pasando, en la reflexión que haremos esta tarde, a la búsqueda de respuesta. ¿Cuál es nuestra respuesta al porqué del sufrimiento? ¿Cuál es la explicación del sufrimiento? Lo veremos a la luz de la revelación. Ya en el Antiguo Testamento leeremos la gran lección del Libro de Job y luego pasaremos al Nuevo Testamento, a la figura de Cristo que hemos contemplado; pero descifrando en él las grandes lecciones sobre el sentido del sufrimiento.
Vamos a tomar como punto de partida la expresión profunda de San Juan (Jn 3,16): «Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo para que el mundo no muera, sino que tenga vida eterna». Este es el gran miste-rio, el gran foco de luz: «De tal manera amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo por él». Y esto, aplicado a cada uno de nosotros: «De tal manera te amó Dios, que entregó a su Hijo por ti». Le entregó al sufrimiento y a la muerte. Esta expresión de san Juan nos introduce en el centro de la acción salvífica de Dios. Ahí está como la energía nuclear de toda la revelación. La teología de la salvación. Salvación significa liberación del mal y, por tanto, del sufrimiento. Y la palabra «dio» a su Hijo, «entregó» a su Hijo, significa que la liberación se realiza por el Hijo mediante su propio sufrimiento: «entregó» a su Hijo a la Cruz, le «entregó» le «dio». Por tanto, esa liberación es por el sufrimiento; entra en el misterio de ese amor con el que Dios ama al mundo.
En la Redención se manifiesta el amor infinito al mundo, tanto del Hijo como del Padre; es la dimensión nueva de la Redención de la que parecen preludio las palabras de Job, al menos según las narra la Vulgata. Son unas palabras que aparecen en el Libro de Job (19,25-26). Sabemos que la Vulgata, la traducción de San Jerónimo, no coincide con el texto de los Setenta. En la traducción de la Vulgata leemos: «Bien sé yo que mi Redentor está vivo, y que Él, el último, se levantará sobre la tierra, y con mi piel me cubriré de nuevo y con mi carne veré a Dios». Dice el Papa que esas palabras de Job parecen el preludio de la luz que va a iluminar el sentido del sufrimiento con una inteligencia nueva, con una luz que se proyecta sobre todo sufrimiento inocente, sobre todo sufrimiento sobre la tierra. Según San Juan: «se entregó a sí mismo», «para qué el mundo no muera sino, que tenga vida eterna». El sufrimiento del que viene a librar al mundo es la muerte; pero el fin, «para que tenga vida eterna», no se reduce a la dimensión temporal, sino a que viene a liberarle del sufrimiento definitivo y fundamental, para que el hombre no muera, sino que tenga vida eterna. Por tanto, no sólo viene a librar de la muerte temporal, no sólo del sufrimiento temporal, sino del sufrimiento definitivo. El hombre muere cuando pierde la vida eterna y Dios ha entregado a su Hijo para que el hombre no muera, sino que tenga vida eterna.
Por tanto, lo contrario de la salvación no es sólo el sufrimiento temporal, sino el definitivo, la condenación. En su misión, Jesucristo toca el mal en sus raíces trascendentales, en las que se desarrolla la historia humana, que son pecado y muerte; éste es el supremo sufrimiento y mal. El Padre lo entrega hasta que toca el pecado y la muerte, hasta que el pecado y la muerte hacen garra en El; le hace pecado y le hace muerte, le hace morir. En ese misterio tremendo, el amor de Dios lleva al Hijo y lo entrega hasta que toca el pecado y la muerte que se encuentra en la base de la vida eterna y de la pérdida de la vida eterna. Cuando uno está en pecado, no tiene vida eterna; cuando uno está muerto, no tiene vida eterna. A su vez, la vida eterna supone, por una parte, la santidad y, por otra, la vida. Por consiguiente, el Salvador llega hasta las raíces, que son la condición de lo que Él quiere darme, vence, pues, el pecado con su obediencia hasta la muerte, contra la desobediencia de Adán. La muerte la vence resucitando. Entrando así en lucha con el pecado y la muerte, tomándolos sobre sí, es como El vence y concede al hombre que no muera, sino que tenga vida eterna.
Son reflexiones profundas que el Papa nos hace para acercarnos al misterio, a la luz de Cristo. Ya tenemos algunas orientaciones, son válidas: el sufrimiento es un castigo, tiene una relación con el pecado, pero no es exclusivamente castigo personal. El sufrimiento es una prueba que Dios permite para que brille la santidad; el sufrimiento es camino de educación; por tanto, llamada a la conversión. La verdadera luz nos viene a nosotros del Amor que se revela en la entrega del Hijo por nosotros. Ahí vamos a ver la realidad y el valor del sufrimiento humano. Lo dejaremos para la consideración de la meditación de mañana.
