Del libro” Misterio del dolor” Luis María Mendizábal S.J.
Hemos hablado sobre la Cruz, sobre la Pasión del Señor y hemos meditado la carta del Papa sobre el dolor salvífico, que viene a ser una meditación de la Cruz, con la respuesta a las interrogantes sobre el misterio del sufrimiento. No podemos terminar simplemente en ese aspecto del sufrimiento sin referirnos a la exaltación del Crucificado. Ya hablábamos de que el sufrimiento está unido a la gloria: el sufrimiento produce la esperanza de la gloria e intrínsecamente contiene también una elevación, tiene una gloria. Vamos a hablar de esa exaltación, de la resurrección, de la glorificación de Jesús, indicando también la repercusión que este misterio de exaltación tiene en nuestra vida personal cristiana.
La Iglesia es una gran pedagoga y una gran maestra de espíritu. Y suele presentar las grandes lecciones del cristianismo en los textos litúrgicos. Un ejemplo es el himno que se cantaba tradicionalmente en la Ascensión, que ahora se ha modificado en algunos versos y estrofas. Es un himno didáctico completo. En él la Iglesia canta-pero no con esos cantos, tan ligeros a veces, simplemente de repeticiones y de música-con contenido de doctrina. En ese canto, en ese himno del día de la Ascensión, tiene esta exclamación que da sentido a la exaltación de Cristo: «Vencedor por tu triunfo noble»; quiere decir que Cristo es vencedor por el triunfo noble de la Cruz. Esta exclamación que la Iglesia recoge-Cristo es vencedor por su triunfo noble-recalca y quiere hacernos entender que el Padre ha exaltado al vencedor de la Cruz. El que es glorificado-notémoslo-es el Hombre Cristo Jesús.
Esto es importante hasta para lo que toca a la devoción al Corazón de Cristo, El Jefe de la Iglesia, el que es constituido Señor, es el Hombre Cristo Jesús. Hay un cierto peligro de que al considerar a Cristo resucitado se evapore su humanidad y su amor humano. Y, sin embargo, Cristo es glorificado en su corazón humano. Así es como lleva adelante la Iglesia. Es el Hombre Cristo Jesús, verdadero Dios ciertamente, pero es el Hombre Cristo Jesús el que es constituido Cabeza de la Iglesia. No se puede escamotear la realidad de esa humanidad glorificada de Cristo y de ese amor humano redentor de Cristo: el amor humano que ha sido glorificado.
Por tanto, el Padre exalta al vencedor de la Cruz. «Si diera su vida, le daré como herencia las naciones» (Is 53). La Cruz de Cristo constituye una victoria digna de ser conocida y glorificada. No se puede separar el Cristo glorificado del crucificado. No olvida, no elimina la Cruz. Es el Cristo inmolado el que es glorificado; como en el altar está el Cristo inmolado-glorificado. Ese es el que clama «Yo soy». «¡Mirad las llagas y ved que yo soy!».
Esa Cruz forma el tema de la vida eclesial presente y quedará siempre como el tema de la Iglesia de la eternidad. En el mismo cielo, la presentación de la liturgia celeste en el Apocalipsis muestra el Cordero, «de pie, como degollado». Es Cristo crucificado, victorioso, con los signos de la muerte en la Cruz, con las llagas que El presenta ante el Padre y nos presenta a nosotros en la Eucaristía. Este es el tema de la Iglesia en la eternidad. El salmo 21 es el salmo de la Cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Ese salmo 21 concluye con este grito: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos, y en medio de la asamblea cantaré tus alabanzas». Por tanto, siempre exaltación del que ha padecido el abandono de la Cruz: «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.
Jesús, ya antes de la Pasión, había presentado como una meditación de lo que iba a ser el Misterio Pascual la imagen del grano de trigo que cae bajo tierra y muere. Y terminaba diciendo: «Cuando yo sea exaltado-cuando yo sea levantado en alto, levantado sobre la tierra-, todo lo atraeré a mí» (Jn 12,81). Es el anuncio de Jesús, la profecía.
Con estas palabras: «cuando yo sea levantado», Jesús se refería directamente a esa elevación de la crucifixión, a esa elevación que le levantará un par de metros sobre la tierra, como un gusano expuesto (Sal 21,7): «Me siento como un gusano». Pero esa elevación material de la Cruz era sólo el comienzo, era como el primer paso, el primer eslabón de lo que tenía que ser la Ascensión, la Elevación. En la Cruz empieza la elevación material-que, como decíamos, es la dignificación plena de Cristo, donde aparece en el cumplimiento de la realización de su misión-y se prolongará hasta la glorificación de Jesús a la diestra del Padre. Esta exaltación gloriosa tiene como tema la exaltación ignominiosa de la Cruz. Es verdad. Nosotros lo repetimos continuamente: «Te alabamos, oh Cristo, porque por tu Cruz redimiste al mundo». La gloria de Cristo es su muerte por nosotros, es la realización plena de su misión. Esta exaltación gloriosa se expresa en la segunda parte de la predicción de Jesús: «Cuando yo sea levantado, todo lo atraeré hacia mí». Es el triunfo del Crucificado. Es el triunfo del revelador de la justicia, de la ternura y de la misericordia de Dios. Es el espejo en el que se refleja ese amor personal de Dios que queda en el centro de la atención de los siglos. En la vida presente y en la futura queda como centro de la atención de todo el Cordero inmolado por nosotros: «Al que dio su vida por nosotros, al Cordero inmolado, que merece todo honor y toda gloria» (cf. Apoc 5,6-13).
¿Qué significa ese «todo lo atraeré a mí»? Ese es el gran misterio, la gran maravilla que Jesús predice. Cristo crucificado atraerá a todos Tratando de explicar el sentido de «atraer», el gran San Agustín cita las palabras del poeta latino, que dice: «A cada uno le atrae su placer». Y continúa San Agustín, que es tan pedagogo, con su grandeza de inteligencia, exponiendo esa atracción de Jesucristo, y utiliza ejemplos de sencillez deliciosa: «Si a un cabrito le muestras un ramo verde, viene detrás… le atraes. Si a un niño le muestras en tu mano unas nueces, se viene tras las nueces, te lo llevas detrás, lo atraes; a cada uno le arrastra su placer». Allí donde encuentra la satisfacción de su deseo, allí es la fuente de su atracción; le atrae. Ahora dice Jesús: «Cuando yo sea levantado de la Cruz, todo lo atraeré hacia mí». Este es el interrogante: ¿Cómo es posible que Cristo crucificado me atraiga? Si ahí no existe placer, deleite. Esta es la maravilla de la Cruz. La Cruz sigue atrayendo los corazones. Es decir, que nosotros experimentamos la atracción a la que hace alusión el Señor: cuando experimentamos la aspiración a la contemplación intima de Cristo crucificado. Notémoslo bien, no Jesús como gran maestro, no Jesús como sabio, no Jesús como ideal supremo de la humanidad, eso es muy humano y se explica muy bien; atrae lo que es ideal humanamente considerado. Pero cuando Cristo, en cuanto crucificado, se convierte en el deleite de nuestro corazón, entonces somos atraídos por Cristo crucificado, y ésa es su glorificación.
Es un hecho maravilloso que el Cristo crucificado se convierte en deleite del corazón que le ama, y éste encuentra en Cristo crucificado consuelo y percibe atracción. Y la vida cristiana lleva esto; la vida de fe se funda en la atracción de la Cruz.
Ha habido lugares de donde, por principios catequéticos se ha eliminado el Crucifijo, y no los enemigos de la Iglesia, sino los catequistas de la Iglesia: por el principio de que no hay que asustar a los niños, de que presentarles así el Cristo crucificado es ofrecerles el lado doloroso de la vida; y lo que hay que presentarles son payasos y cosas de alegría, porque es lo que corresponde a su psicología. ¡Qué falso es esto! Es ben curioso que, en la vida de fe, Cristo crucificado no produce dolorismo, sino que es la atracción del corazón. Se ve en El un tesoro maravilloso, se ve en Él una hermosura especial. Decía San Agustín: «Para quien lo entienda, Cristo crucificado es grande hermosura.» Es la exaltación del crucificado, es el halo de la gloria que acompaña a Cristo crucificado, que atrae no como un hecho pasado doloroso, sino como la presencia del Cordero inmolado, degollado vivo. Es Cristo crucificado vivo el que se le acerca.
En la aparición a los apóstoles en el Cenáculo, el Evangelista San Juan formula para describirla dos frases verdaderamente lapidarias.
Primera: «Jesús se puso en medio de ellos». Quiere decir que por la Resurrección Jesucristo está definitiva-mente en medio de la Iglesia. Jesús se ha puesto en medio de nosotros. Jesucristo resucitado vive con nosotros, está junto a nosotros; no de la misma manera que en la Eucaristía, pero sí de hecho; nuestra vida le es conocida, le es presente, Él está presente en nuestra existencia. Jesús, pues, se puso en medio de ellos.
Segunda expresión de San Juan: «Les mostró las manos y el costado». Quiere decir que está en medio de la Iglesia, pero mostrando las manos y el costado. No sólo como objeto de nuestra mirada, sino activamente, mostrándonos el amor extremo con que Él nos ha amado y atrayéndonos a ese amor; ahora bien: ese Cristo resucitado que se muestra así, que puede decirles: «No soy un fantasma, tocad y palpad; yo soy». Siempre con la resonancia del yo soy del Antiguo Testamento. No sólo soy el mismo de antes, sino que yo soy el Cristo victorioso, el Cristo Hijo de Dios vivo. Y entonces «se alegraron los discípulos viendo al Señor», que les mostraba sus llagas y su costado. Como está en medio de la Iglesia, mostrando sus heridas, su amor extremo. El Crucifijo en medio de nosotros significa Cristo glorioso que muestra sus manos y su costado. Nosotros hablamos al Crucifijo porque sabemos que representa al Cristo vivo actual, pero el Cristo que está así, que está marcado por su amor a nosotros, que le ha dejado en su mismo ser los signos de su amor, mantiene continuamente el acto de oblación con que se ofreció a sí mismo por nosotros. Está así ante el Padre y está así ante nosotros.
Jesús crucificado es deleite de nuestro corazón. Ese mismo himno tradicional de la Ascensión a que hacía referencia, que no está ahora en el nuevo breviario, decía bellamente: «Jesús, deleite de los corazones». Jesús, placer de los corazones. Ahora bien: a medida que Jesucristo crucificado se convierte en deleite de nuestro espíritu, a medida que Cristo crucificado se convierte en nuestro punto de honra personal en el que nos gloriamos-como dice San Pablo, que no puede gloriarse en ninguna otra cosa, sino en Ia Cruz de Cristo-, en esa medida se percibe el misterio de lo íntimo de Dios. Las almas sedientas van corriendo tras Jesucristo. «Corremos tras el perfume de tus ungüentos»; vamos corriendo detrás. Es Cristo, el perfume de su amor, en su revelación del Padre: todo eso para nosotros es una riqueza inmensa, no es una impresión propia de un sufrimiento abrumador que nos ahoga, no; es toda la riqueza de la caridad y del amor, del misterio tremendo de su amor a nosotros. Somos atraídos por El. «Cuando yo sea levantado, todo lo atraeré hacia mí», ejercitaré esa atracción, seré el deleite de los corazones. Y ahora somos llevados misteriosamente, como los santos que nos han precedido y que eran como nosotros, a la contemplación de las dimensiones divinas de la Cruz, de la anchura, largura, profundidad y altura del Amor de Cristo que nos arrastra. Vamos hacia ese Amor que supera todo conocimiento.
Recordemos la figura de San Francisco de Asís; es el hombre atraído por Cristo crucificado, enamorado de Cristo crucificado, pero no como de un recuerdo del pasado; del Cristo vivo, crucificado por El, de ese Cristo que le muestra sus llagas, sus manos y su costado. San Buena-ventura fue el escritor de la vida de San Francisco de Asís. Entre paréntesis: leed la vida de los santos, que nos hace mucho bien. La BAC está publicando algunas muy buenas:(San Ignacio, San Francisco de Asís, San Francisco Javier, etc.), pero si es posible id a la vida de santos escrita por santos, entonces es la cumbre de lo que es una vida de santos. Este es el caso de San Francisco de Asís, que fue escrita por San Buenaventura. Y ¿por qué eso es miel sobre hojuelas? Pues porque es la vida de un santo entendida por un santo el que nos la refiere; entonces llega a unas delicadezas que sólo un santo entiende. San Buena-ventura nota que toda la vida de San Francisco arrancó de Cristo crucificado; es la glorificación de Cristo crucificado. San Francisco de Asís, a los veinte años, era un juglar que iba por esos mundos cantando, un poeta, y no tenía un especial interés por las cosas espirituales. Pero todo arrancó de una obra de caridad, como tantas veces. Y después de haber hecho esa obra de caridad con un mendigo, el Cristo de San Damiano le premió anunciándole que le tenía reservado para una milicia. El, como novicio que era en todas estas cosas, al oír la palabra milicia pensó que se trataba de una milicia temporal, de ir al ejército, que el Señor le tenía reservado para luchar contra los sarracenos. Pero poco a poco descubre a la luz de otras manifestaciones del Crucificado que se trata de la milicia espiritual; pero siempre a la luz de Cristo crucificado. Y contaba el mismo San Francisco, poco antes de morir, que a la vista del Crucificado quedó arrebatado fuera de sí y su alma quedó como licuefactada; de tal manera le quedó grabada en la médula de los huesos la imagen del Crucificado, que entonces entendió por primera vez lo que era «si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame», y de tal manera se le grabó la memoria de Cristo crucificado, que al sólo mencionar a Cristo crucificado se le derretía el corazón de fervor y amor. Y fue arrebatado a esa milicia. Y a todos los que venían a acompañarle les entregaba como única arma y único tesoro el Crucifijo. Así prosigue su vida transformada en el Crucificado hasta llegar a las llagas impresas en su propio cuerpo, expresión corporal y sensible de las que llevaba grabadas en su espíritu. Esa es la gloria de Cristo crucificado.
La gloria de Cristo es introducir a los hombres a esa intimidad con El; ese es el fin de todo el Evangelio. El Papa
lo dice en la Encíclica Redemptor Hominis; se trata de acercar a cada hombre al misterio de la Redención y el misterio de la Redención a cada hombre. Eso lo hace San Francisco y lo hacen los santos. Es la finalidad de la presencia visible, social, dentro de la Iglesia, en nuestro corazón, de ese Cristo crucificado. A eso va, a llevar a todos los hombres a la gloria. Es el triunfo de Cristo, es la glorificación de la Cruz. Cristo es exaltado en el sentido espiritual.
En nosotros, ¿cómo triunfa Cristo crucificado? Trato de describir los matices de este triunfo, y me vais a perdonar que lo diga siempre e insista en elevar nuestro espíritu, porque me parece que no nos hace bien el arrastrarnos demasiado a ras de tierra. Tenemos que tender a elevarnos continuamente. Creo que nos hace mucho daño el que frecuentemente nos consideren como incapaces de elevación. «¡No pretenda usted alturas espirituales; ¡conténtese con ir tirando, que no es poco!». Creo que eso hace daño. El Señor siempre propone en el Evangelio metas altas, con toda naturalidad, con toda sencillez. Pues bien: la vida cristiana no es simplemente un cumplimiento material de un deber concreto; es un tono, es una calidad. Así como decíamos que el sufrimiento ha sido redimido y ha adquirido una calidad del Nuevo Testamento, así la vida entera tiene una calidad de Nuevo Testamento; es una exaltación de Cristo crucificado. Cristo triunfa en nosotros, cuando hoy el misterio de Cristo nos introduce a una vida celeste-y no tengo miedo de decirlo, puesto que ya San Pablo dejó escrito que «nuestra habitación y nuestra ciudadanía está en el cielo» (Flp 3,20). Por tanto, se trata de vivir una vida celeste, y vida celeste no es música celestial, sino que es una vida divina, que tenemos que vivir, a la cual tenemos que tender.
La iniciación a esa vida divina operada por Jesús visible se cumple al resguardo de las miradas del mundo. No es una espectacularidad ante la vista de la humanidad que nos rodea, sino al resguardo. Es como un tesoro escondido dentro, que sólo se manifiesta en una calidad de vida, calidad de producto, finura de producto. Y se expresa y se realiza en un vivir experimentalmente vivo y espiritual; una vida delicada interior que se identifica con la devoción difusa, devoción en el sentido teológico; es decir, una prontitud del espíritu, una unción interior que nos hace vivir en una entrega abandonada al Señor. Es una especie de suavidad interior que nos hace vivir como en las manos del Señor, en una entrega dócil y confiada al Señor comunicada a nosotros por El, recibida casi pasivamente, que nos pone en contacto con Dios. Esa es la vida de Cristo en nosotros; es un vivir vivo, un vivir experimentalmente espiritual, de unción interior, que nos hace mantenernos en nuestra entrega abandonada al Señor. «Unción» es palabra que suscita la imagen del aceite, que penetra, que cala, que perfuma. Como los atletas cuando se ungían. Que llega hasta dentro, que no añade elementos nuevos, sino que agiliza lo que existe. Así entra esa unción en nosotros, una unción cristiana; Cristo significa ungido, el cristiano es el que tiene la unción del Espíritu Santo, unción que nos da una flexibilidad, una ductilidad, que quita toda esa dureza de un reumatismo de movimientos, que agiliza interior-mente, que nos mantiene en las manos de Dios.
Pues bien: esa realidad del misterio de Cristo en nosotros, gloria de Cristo, participación de la Resurrección de Cristo, se realiza al resguardo de las miradas del mundo en ese vivir vivo, en esa devoción espiritualmente infusa, experimental, en una familiaridad pronta con Dios, custodiada en la paz interior. Un sentido de dominio, de paz positiva; esa paz que no consiste en que no hay ruidos de fuera, sino esa paz que no es perturbada por los ruidos, es paz interior; es paz de la presencia del Espíritu, que supera todo sentido, que supera todo sentimiento explícito y que se manifiesta de un cierto modo visible en la sociabilidad, amabilidad, disponibilidad al servicio de los demás; una sociabilidad luminosa, una sociabilidad resplandeciente que caracteriza al fiel cristiano; es una especie de urbanidad cristiana. Eso que oímos decir a veces: es un hombre de Dios. Es un hombre de Dios que «infunde paz», comunica una unción de Dios.
Hacia eso vamos, para eso nos recogemos, para eso pedimos al Señor su gracia. Es lo que hace el don del Espíritu Santo en nosotros, es la vida eterna comenzada en el corazón fiel; ya tiene en sí la vida eterna, ya ha comenzado esa vida eterna; entonces se vive con la fecundidad de la fe que opera por la caridad, todo es vivido a la luz de la fe, el juicio que se forma es según la fe, las cosas reales, materiales, morales, espirituales están iluminadas por la fe, y es una fe que obra por la caridad. De ahí resulta una luminosidad característica. Lo sabemos, es así. Hay personas que conocemos y que, no sabemos cómo, nos dan la impresión de que resplandecen, emiten luz desde dentro; hay algo, como una riqueza, que hace su misma humanidad transparente, su misma carnalidad se espiritualiza en cierta manera; hay una irradiación, hay una lealtad, hay una nobleza. Hay vidas que son obtusas, confusas y no sabemos por qué, pero nos da la impresión de que irradian tinieblas. Y hay otros seres que resplandecen. De San Ignacio decían los que le conocían que de todo su ser trascendía como un cierto resplandor de virtud. Es como una luminosidad. La hemos visto en hombres que no eran especialmente atractivos en sus formas físicas, pero que irradiaban una cierta belleza espiritual, cierta ordenación, claridad, nitidez. Es lo que describe el Apocalipsis de aquellos próceres, seguido-res del Cordero, en cuya boca no hay dolo, ni mentira, sino que están ahí como resplandecientes, en los que no hay mancha. Es algo así; tendrán sus fallos personales, pero hay una irradiación. Es la fe que se manifiesta en una vida luminosa, en una fecundidad como la del grano de trigo que cae bajo tierra y muere para poder llevar mucho fruto.
Cuando el Señor dice que el grano de trigo sembrado en tierra produce mucho fruto no se refiere sólo a la multitud de creyentes: que se siembra la palabra de Dios y hay multitudes, diez mil, veinte mil, treinta mil convertidos. No se refiere sólo a eso al decir que produce mucho fruto. El fruto abundante representa ante todo el fruto de buenas obras que nosotros producimos. La palabra de Dios, el grano de trigo, produce mucho fruto. El Crucificado, el Verbo de Dios caído en tierra, es decir, penetrado en nuestro espíritu, muerto en nuestra compasión, produce una conducta en nosotros y un modo de proceder que hace alabar al Señor. «Quien cree en mí, dice Jesús, hará las obras que yo hago y otras mayores» (Jn 14,12). El que crea en mí, el que viva de la fe en mí, en Cristo Crucificado, hará las obras que hago y mayores.
Por tanto, el fruto, la glorificación de Cristo crucificado, es nuestra vida luminosa. Podemos decir que cada uno de nosotros está llamado a ser gloria de Cristo. Cristo es glorificado en nuestra vida, en nuestra obediencia, en nuestra servicialidad, en nuestro amor. El grano de trigo ha caído en nuestro corazón y ahora ha producido mucho fruto. Es la glorificación del Señor en nuestra vida.
¿Cuáles son los elementos de esa exaltación que repercuten en nuestra vida espiritual? Porque la exaltación hace que esa misma humanidad de Cristo sea glorificada. La glorificación, la gloria exterior de Cristo, viene a ser como La expresión de su gloria interior, del acto supremo de su caridad y de su amor, que ahora se vuelve resplandeciente.
La Iglesia, siguiendo el Evangelio, recoge tres elementos de la exaltación de Cristo: la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés. Vamos a contemplarlos tratando de ver su conexión con nuestro progreso espiritual. Estos tres misterios están unidos entre sí. Forman una unidad de la glorificación de Cristo. Incluso en la Iglesia primitiva los tres misterios se celebraban como única fiesta, y el domingo cristiano, de hecho, incluye la celebración en uno, de los tres misterios. Celebramos cada domingo la glorificación de Cristo: celebramos la Resurrección, Ascensión y Pentecostés. La glorificación de Cristo comienza por la Resurrección, es verdad, pero se culmina en la Ascensión a la diestra del Padre, esa diestra del Padre a la que está unido el Reino de Cristo; y el estar a la diestra del Padre está unido a la comunicación al mundo del Espíritu Santo, gracias al cual y en el cual El conduce la Iglesia y nos conduce a cada uno de nosotros. Nos conduce en el Espíritu Santo, que Él nos comunica personalmente a nosotros. El Padre y el Hijo nos dan continuamente el Espíritu Santo.
Los tres misterios, Resurrección, Ascensión, venida del Espíritu Santo, se pueden datar; es posible marcar el día en que sucedieron. Sucedieron en tal fecha y en tal lugar. Este día, en tan lugar, resucitó el Señor. Este día, en tal lugar, subió a los cielos. Este día, en tal lugar, y a tal hora, se comunicó a la Iglesia naciente el Espíritu Santo en el Cenáculo. Son datables, pero también representan algo invisible y algo interminable, algo que tiene que realizarse en nosotros. No olvidemos nunca que en esos misterios lo que se exalta es a Cristo crucificado; el Crucificado es glorificado, el Crucificado resucitó, el Crucificado es sentado a la diestra del Padre y el Crucificado glorificado junto al Padre da al mundo el Espíritu Santo. Vengamos ya a cada uno de ellos.
Primer elemento de la glorificación: la Resurrección. El as-pecto de la Resurrección como tal lleva consigo la reasunción del cuerpo crucificado y sepultado. Vuelve a tomar respiro, vuelve a respirar; la vida sacrificada, el Viernes Santo, toma dominio sobre el cuerpo conservado incorrupto. Y ahora, Cristo, definitivamente resucitado de entre los muertos, ya no muere. Este es el primer hecho: la recuperación. Hoy tenemos que insistir mucho en esto. Hay una tendencia en una cierta teología a desvalorizar el Cuerpo de Cristo y a hablar de que la Resurrección del cuerpo es una forma de hablar, pero que lo importante es el núcleo de la personalidad: que este núcleo permanezca. Eso sería la Resurrección. Tal idea no corresponde en absoluto al mensaje evangélico. Todo el argumento de Pedro cuando habla de Jesús resucitado se refiere a la resurrección del cuerpo que ha sido colocado en el sepulcro, no a que algo de su persona continúa existiendo. Eso no sería lo que había anunciado el Señor y los Apóstoles enseñan. De hecho, el discurso de Pedro se refiere clara-mente al cuerpo: «Aquella profecía de David que decía que su cuerpo no vería la corrupción, no se refería a David, puesto que nosotros podemos señalar su sepulcro». El argumento de Pedro no tendría fuerza si lo profetizado fuese que el núcleo de personalidad permanecería, porque eso podía suceder, aunque el cuerpo estuviera corrompido en el sepulcro. Habla, pues, del cuerpo que no vería la corrupción, del cuerpo que no está en el sepulcro, del cuerpo resucitado. Hay que darle todo el realismo que tiene, que a veces nos cuesta aceptar. Se nos ocurre que no es posible que el cuerpo resucite y que ese cuerpo sea de carácter espiritual. Y es verdad que para nosotros es un problema indudable. Si quitar de la fe las cosas difíciles fuera camino válido, tendríamos que quitar casi todo. También es más fácil eliminar ciertos hechos evangélicos que creer en la realización de un milagro. Así se iría eliminando cuanto a uno le molesta. Lo cual sería pura arbitrariedad. Tenemos que afirmar lo que la Iglesia enseña.
San Ignacio de Antioquía tiene unas palabras muy fuer-res en este sentido, pues había encontrado los primeros brotes de negación de la resurrección de la carne: «Sufrió verdaderamente, como también se resucitó a sí mismo verdaderamente. Yo sé que después de su resurrección tuvo un cuerpo verdadero, como sigue aún teniéndolo. (…)Después de su resurrección, el Señor comió y bebió con ellos como cualquier otro hombre de carne y hueso, aunque espiritualmente estaba unido al Padre. Quiero insistir acerca de estas cosas, aunque ya sé que las creéis» (Ad Smyrn. 4,1).
Los que recientemente han adoptado una línea de evaporación de la Resurrección, justifican su opción diciendo que la resurrección de la carne les resulta difícil de aceptar a los intelectuales de hoy. Creo que eso ha sido difícil a los intelectuales de todos los tiempos. Que lo digan los filósofos del Areópago ante la proclamación de la Resurrección por parte de San Pablo. Lo determinante no es qué se acepta con más facilidad, sino qué es lo que ha anunciado Jesús y qué es lo que ha sucedido en realidad y es enseñado por la Iglesia como contenido en la Revelación. El Señor anunció que resucitaría de entre los muer-tos. Y San Pedro anunció que resucitaría de entre los muertos. Y San Pedro anuncia la misma realidad que había sido proclamada por los ángeles: «Buscáis al Crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el lugar donde le pusieron» (Mc 16,6).
Se rebelan algunos teólogos ante lo que llaman realismo crudo de la Resurrección. Pero las mismas expresiones evangélicas son fuertes. Jesús dice: «Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo» (Lc 24,39).
Igualmente hay un argumento de mucha fuerza: ¿qué decimos en la Consagración de la Misa? «Tomad y comed, porque éste es mi Cuerpo, entregado por vosotros. Tomad y bebed, porque ésta es mi Sangre, la Sangre de la Nueva y Eterna Alianza». ¿Qué es lo que hay en la Eucaristía sino el Cuerpo y Sangre resucitados de Cristo? Es una cosa muy seria, mucho más peligrosa de lo que puede parecer esa aparente intelectualización.
Este es el primer paso. Aquella humanidad respira, aquel corazón vuelve a latir, como dice la Encíclica Haurietis Aquas: «(al morir) se paró y dejó de palpitar su Corazón…Mas después que su Cuerpo (…) se unió de nuevo con el alma del Divino Redentor, vencedor de la muerte, su Corazón sacratísimo no dejó jamás ni dejará de palpitar imperturbable y plácidamente…» (H. Marín, Los Papas y el Sagrado Corazón, n. 930).
Segundo elemento de la glorificación: la Ascensión. ¿Esto qué va a significar para nosotros? La Ascensión no es tanto un hecho visible, de cambio de lugar, sino que la Ascensión significa un cambio de estado, de situación. También nosotros solemos hablar en este sentido de bajar o subir: 《Este personaje está subiendo mucho». No nos referimos a un subir local. También decimos: «Creo en Jesucristo, Hijo Unigénito de Dios… que bajó del Cielo». El «bajó del Cielo» no quiere decir un cambio local, sino que quiere decir tomar la condición inferior humana. La Ascensión significa que Cristo Hombre-Dios, en su humanidad, ad-quiere una situación celeste, divina; es como la divinización de la humanidad de Cristo. Lo significa la nube que en-vuelve a esa humanidad. La nube es símbolo de la divinidad, la nube le envuelve; se ha divinizado, ha entrado a la diestra del Padre.
Ese símbolo representa, pues, el otro elemento de la exaltación; la espiritualización. La espiritualización bien en-tendida no significa un angelismo. Espiritualización no es tomar una parte del ser humano y desprenderla del cuerpo. La espiritualización en sentido cristiano significa del hombre entero: el hombre entero es conducido por el Espíritu. Este es el verdadero sentido que también se realiza en nosotros. Hay como una ascensión espiritual de nosotros mismos por la gracia. Se realiza esa ascensión hacia Dios gracias a la comunicación del Espíritu Santo, por la efusión pentecostal. Por tanto, Jesús, en su humanidad, es divinizado y es colocado a la diestra del Padre. Esto en nosotros tiene que realizarse proporcionalmente por la espiritualización; por una vida divina vivida en abundancia, haciendo de nuestra vida alabanza de Dios, viviendo en la intimidad de Dios, como sentados en cierta manera a la diestra del Padre, en la cercanía de Dios, como templo de Dios. De esta manera, la Ascensión de Jesús repercute en nosotros. Cristo es glorificado en nosotros.
Y, por fin, el tercer elemento de la glorificación es el envió del Espíritu Santo en Pentecostés por el Señor desde la diestra del Padre. ¿En qué consiste esta presencia del Espíritu que nos unge, nos eleva y nos espiritualiza? Se nota esa espiritualización en que uno se siente como naturalmente identificado con el modo evangélico de proceder. Sucede en nuestro orden humano: que, en un período de nuestra existencia, lo insoportable, la impaciencia, el mal genio, las pala-brotas quizá, surgían de nuestro interior de una manera espontánea. Uno se enfadaba, uno se dejaba llevar de las pasiones. Prorrumpían en la vida sin que las retuviera lo más mínimo. El cuerpo, o sea, nuestra naturaleza caída, estaba esclavizada por el pecado, hasta tal grado que, casi espontáneamente, era arrastrada por él. En cambio, cuando tenía que hacer un acto bueno, le arrancaba a uno como a la fuerza, como violentamente; no estaba hecho a eso, le costaba, como que no le pegaba.
Pero luego, conforme va acercándose uno al Señor, lentamente, a través de la reflexión, la oración, sin que reflejamente quizá haya notado un cambio, lentamente, sucede que llega un momento cuando el cometer el mal encuentra una resistencia en nuestra misma naturaleza. Se puede llegar a tal progresiva conformación con Cristo que el decir una palabra malsonante resulte violento, no sale, hay que hacer un esfuerzo; quizá la diga, pero se sonroja al decirla; no le sale natural. Ha habido todo un proceso. Lo que antes le era natural ahora le resulta violento; lo que antes le era violento, ahora se le ha hecho natural. Se le ha hecho natural el tener paciencia, el sonreír, el acercarse al hombre necesitado; como que le va saliendo espontáneamente. Este es el proceso de espiritualización. Decía en una ocasión Ortega y Gasset que ciertas personas-y se refería a un pueblo en el que había vivido-no tenían que hacerse violencia para decir groserías. Quería decir con esto que tienen ciertas formas un tanto ásperas y que son así espontáneos, y que no se ponen colorados cuando hacen un desplante a alguien o le dicen unas palabrotas. Una persona que tiene finura espiritual puede en alguna ocasión decir una grosería; pero tiene que hacerse violencia, tiene que ponerse a ello, hacer un esfuerzo, porque le cuesta. Hay personas que son groseras y hay personas que son finas.
Pues bien: espiritualmente es lo que se va realizando: la finura del espíritu del Señor; el hombre se va curtiendo, se va domesticando. Ha habido un tiempo en el que, dejándose arrastrar por la intolerancia, el rencor, la malicia…, era espontáneo; llega otro momento en el que aun de parte del organismo físico parece que hay resistencia para hacer eso mismo, esos gestos de malicia o de impaciencia. Y esto porque se hace como inconcebible en la paz interior que vive esta persona; se ha serenado espiritualmente. Este es el triunfo de Cristo crucificado. El ir creando estas almas. El alma está más serena, como que no le va todo eso. Es la espiritualización que produce el don del Espíritu Santo, la comunicación del Espíritu Santo.
Muchas veces tiene uno la impresión de encontrarse ante una persona no simplemente contemplativa en sentido psicológico, pero sí como elevada a una gran unión con Dios; de encontrarse con una persona que podríamos decir está llena de Dios, endiosada, donde Dios hace lo que quiere, con la libertad plena que ella le concede; donde el Espíritu forma el amor que arranca de lo íntimo del corazón humano; el corazón está lleno de amor, está libre de pasiones, de egoísmos. La impresión neta de encontrarse con un alma muy unida a Dios, donde la gracia ha ido triunfando, no se tiene tanto por la constatación de que hace mucha oración o por la descripción que nos haga de sus momentos de oración. Uno tiene la impresión de encontrarse con un alma muy unida con Dios cuando palpa que en esa persona ni siquiera aparece un matiz de malevolencia; se ha hecho como ilimitadamente buena. No hay malevolencia, no hay amor propio. Parece que se mantiene siempre sencillo, benigno, aun cuando quizá sea objeto de injurias, de sufrimientos, de vejaciones. Se ve una transparencia, una limpidez, una incapacidad de concebir malicia en los demás. Así suelen manifestarse los hombres llenos de Dios. Da la impresión de que se encuentran en la cercanía del Señor; no hay duda que la vida eterna ha triunfado en esta persona y que Cristo crucificado es glorificado en ella por la presencia y acción del Espíritu Santo. Es un alma llena del Espíritu Santo. Es un alma llena del Espíritu del Señor.
Hacia eso tenemos que tender, sin cansarnos. No se hace con un acto de voluntad, no se obtiene simplemente con una determinación. Pero hay que tender a ello continuamente, con el recurso de la oración, con la insistencia de la intercesión de la Virgen, sin cejar en el esfuerzo de dejar que en él reine el Corazón de Jesucristo crucificado.
