Alejandro DÍEZ-MACHO,MSC
- La consagración como respuesta al amor del Corazón de Jesús o Cristo amante
Todo lo dicho en la sección anterior prueba que Cristo se define por el amor, amor manifestado en su acercamiento y comunicación, en cuanto Dios y en cuanto hombre, a los humanos.
La historia bíblica es un progresivo acercamiento de Dios al hombre que culmina en Cristo.
Ahora vamos a tratar del acercamiento del hombre a Cristo y, por tanto, del acercamiento del hombre a Dios. Tal acercamiento se hace por la consagración, o, empleando un termino bíblico, convirtiendo al hombre en «santo», qadosh, «ser consagrado». La consagración la hace Dios o el hombre.
- Toda la creación está consagrada a Cristo por Dios
El ser «santo» es un ser espiritualmente referido a Dios, que es el Santo por excelencia, el tres veces santo.
Según la teología de Colosenses, toda la creación, no solo el hombre, está referida a Cristo: que es «imagen del dios invisible, primogénito de toda la creación, pues su medio se creó todo el Universo terrestre y celeste, lo invisible y lo visible, ya sean majestades, señoríos, soberanías o autoridades: todas las cosas han sido creadas por medio de él y para él»(Col 1,15-17.)
El hombre está especialmente referido a Dios por creación, por naturaleza: porque sólo a él lo creó Dios a imagen y semejanza suya (Gén 1,25) y sólo en él inspiró un espíritu de vida (nisbmat jayyim). A partir del destierro ese espíritu, o ruaj, del hombre es entendido como componente del hombre que procede de Dios y que empuja hacia Dios, que orienta el ser humano hacia Dios. «A medida que, por obra de Ezequiel y de otros autores contemporáneos y posteriores, se percibió más profundamente esta básica relación entre Dios y el hombre, el ruaj humano llegó a ser considerado como aquel elemento en el hombre que hace que su vida esté no sólo dirigida por Dios, sino también orientada a Dios»
Desde el exilio de Babilonia, ruaj significó el principio vital del hombre, lo mismo que nefesh en su significado más tardío; pero nefesh es «el principio de la vida referente a la persona, y ruaj es el principio de la vida referente a Dios. Ambos términos designan la vida humana, y son, por tanto, coextensivos; pero el ruaj añade una nueva dimensión, la teocéntrica, que indica que esta vida se halla inspirada por Dios y se orienta a él».
Esta antropología bíblica es muy antigua y muy moderna, porque la antropología de nuestros días describe al hombre como ser referido al mundo (hombre excéntrico), a los otros hombres (intersubjetividad, relación del yo al tú), y también como referido a Dios (hombre religatus).
- La consagración por la Antigua y Nueva Alianza, propuesta por Dios, aceptada por los hombres
Aparte de esa esencial religatio del hombre con Dios mediante el ruaj260,que es una referencia a Dios común a todos los hombres, Dios por medio de pactos o alianzas vinculó a sí mismo a determinados hombres o grupos humanos. En torno al concepto de alianza gira toda la teología del AT, aunque el término «alianza», berit, es escaso. Dato significativo: el AT subraya la nota de permanencia o perpetuidad de las diversas alianzas de Dios. La alianza con Noé, que es alianza con todos los hombres, es eterna (Gén 9,16;Is 24,5); la alianza con Abrahán, en quien serán bendecidas todas las naciones, es perpetua (Gén 17,7.19); lo es la alianza con Jacob (Sal 105,10),la alianza con Israel (Is 61,8; Jer 31,40;50,5;Ez 16,50;37,26), la alianza con David y su descendencia (2 Sam 23,5; Is 55,3), la alianza sacerdotal con Aarón (Eclo 45,15), la alianza sacerdotal con Pinjás(Núm 25,13).
La razón de la permanencia de la alianza no está en el hombre, que falta fácilmente a sus compromisos, a su jésed, sino en la fidelidad de Dios a sus compromisos y a su amor por el hombre, a su jésed: «En un arrebato de cólera, te he escondido un momento mi rostro, pero tengo compasión de ti con jésed eterno, dice Yahvé… Aunque las montañas se retirasen y las colinas vacilasen, no se retirará de ti mi misericordia, ni vacilará mi alianza de paz, dice el Señor que te quiere» (Is 54,8.10).
La alianza más importante del AT es la alianza de Yahvé con Israel, con este pueblo; pero ya los profetas, introduciendo la noción del «resto» de Israel, matizaron que sólo «el resto» fiel es el heredero de las promesas vinculadas a la alianza. Los esenios de Qumrán se consideraron el verdadero Israel, los hijos de la luz; los demás de Israel, aunque fueran los observantes fariseos, eran hijos de las tinieblas. Juan Bautista predica que no basta para salvarse ser hijo de Abrahán (Mt 3,9), y Pablo afirma que «no todos los salidos de Israel son Israel» (Rom 9,6); que los cristianos son «el Israel de Dios» (Gál 6,16), «la verdadera circuncisión» (Flp 3,3)y, por tanto, que la berit olam o alianza eterna se continúa en ellos. Los creyentes en Cristo, aunque procedan de la gentilidad, son los que continúan la alianza de Abrahán, son los hijos de este patriarca (Rom 4,1.12;9,7s;Gál 3,7.29;Sant 2,21).La Iglesia tuvo conciencia de ser la continuadora del viejo Israel, y de ahí el interés de Pablo y de las narraciones de Hechos en considerar a la comunidad de Jerusalén, formada por judíos conversos, como supervisora de las comunidades cristianas de la gentilidad. Sin embargo, la Iglesia primitiva subraya siempre que la suya es una «nueva» alianza con Dios, y Pablo insistentemente combate la idea, prevalente en el judaísmo farisaico o rabínico, que el estar en la alianza de Moisés y en el cumplimiento de la Ley mosaica basta para la salvación.
La alianza «nueva» es la nueva alianza que profetizó el profeta Jeremías (31,31ss.). De la nueva alianza dice 2 Cor 3,6 que no es «alianza según la letra, sino según el Espíritu»; es la alianza de Sara, de la libertad; no alianza de Agar o de esclavitud a la Ley (Gál 4,24). La nueva alianza dejó anticuada y llamada a desaparecer a la antigua (Heb 8,13).Cristo es el mediador de la nueva alianza (Heb 12,24).
A pesar de las diferencias de la antigua y nueva alianza, las dos fueron constituidas con un sacrificio de comunión. La nueva, en la cena pascual de Jesús con sus discípulos.
El fin de la antigua y de la nueva alianza fue la creación de un «pueblo» para Dios. «Pueblo» (laos en LXX) significa a Israel en cuanto pueblo «escogido» por Yahvé para ser propiedad (segullá) suya entre todas las naciones. Israel era el pueblo consagrado a Dios (Lc 2,32; Hch 15,14;26,1.23).Pero al «Israel según la carne» (1 Cor 10,18) le sucedió, como pueblo de Dios, la Iglesia o «Israel de Dios» (Gál 6,16). Ella es «el pueblo de Dios» (Heb 4,9; 10,30; Ap 18,14). «Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo», dice la epístola a los Hebreos, aplicando a la Iglesia las palabras de Jer 31,32. Según Santiago y Simón, Dios «se preocupó de escogerse entre los paganos un pueblo para sí» (Hch 15,14). Dios dijo a Pablo en Corinto: «Muchos de esta ciudad pertenecen a mi pueblo»(Hch 19,10). 1 Pe 2,9 denomina a la Iglesia «nación santa», Tit 2,14«pueblo escogido». Ese «pueblo de Dios», o simplemente «pueblo»(Heb 2,17; 13,12), se designa también como «la Iglesia de Dios»(1 Cor 10,32;11,22;16,6; Gál 1,13). Es la Iglesia o congregación de «los santos, de los elegidos» , es decir, de los consagrados a Dios. «Pueblo de la alianza», «pueblo de Dios», implica una referencia especial a Dios, una consagración colectiva a Dios.
- El sentido de «santidad» (qadesh) o «consagración en la Biblia»
El término bíblico que expresa directamente la referencia total a Dios es «santo», qadosh. La palabra hebrea deriva del grupo bilítero qd que significa «separar». El término latino sanctus y el griego temenos (de temnein, cortar, separar) significan también separación. En la Biblia no se concibe santidad desvinculada de Dios, que es el Santo o separado por antonomasia. Sin embargo, en las religiones naturistas se conciben cosas y personas «santas» sin ninguna relación con Dios. En la Biblia se llaman «santos» las personas o los objetos porque tienen una relación especial con Dios, porque entran a formar parte de la esfera de Dios. Lo que no está dentro de la esfera divina se denomina jol, profano. Esto no significa que carezca de referencia a Dios, pues para la Biblia todo es criatura de Dios, todo es gobernado por Dios y tiene el destino de expresar a Dios, pero, por decirlo así, lo profano goza de autonomía. En cambio, lo santo posee una referencia especial a Dios y una «separación» especial de lo que no es Dios, de lo profano y pecaminoso. La «santidad» o «consagración» a Dios reúne dos componentes: negativamente, apartarse del área del pecado, de todo aquello que repugna a la santidad de Dios; positivamente, dedicarse a las cosas de Dios.
Cuando el código sacerdotal manda, en Lev 19,1,a los israelitas «sed santos, como yo (Yahvé) soy santo», no sólo les prescribe una santidad cultual, sino una santidad moral, ética, separarse de lo que desagrada a Dios. Este ingrediente ético había sido introducido por los profetas en el concepto de santidad. A la santidad moral, ética, se refiere el siguiente texto de Pedro: «Como hijos obedientes, no adaptéis vuestra vida a los deseos de antes, cuando vivíais en vuestra ignorancia, sino, a imitación del Santo que os llamó, sed también vosotros santos en vuestra conducta, porque está escrito: «Sed santos como yo soy santo”» (Lev 19,1;1 Pe 1,14-16).
La Iglesia primitiva tenía conciencia de ser santa en el doble sentido: separada y distinta de la esfera del mundo y pecado, y consagrada positivamente al servicio de Cristo.
Los cristianos se llaman los «elegidos» (Rom 8,33; 2 Tim 2,10; 1 Pe 1,1),los «llamados» (Rom 1,6; 1 Cor 1,24; Heb 9,15), los «santos» (Rom 8,27;1 Cor 6,2; Heb 6,10). Denominaciones que no significan meramente separados de los cultos paganos; significan, sobre todo, la separación del mundo como lugar de impureza moral y de pecado; los cristianos tienen que limpiarse de toda impureza de cuerpo y espíritu (2 Cor 7,1); no pueden vivir como los gentiles (Ef 4,17); hay que mantenerse incontaminado de este mundo (Sant 1,27;2 Pe 3,14); hay que «ser irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación aviesa y pervertida, dentro de la cual brilláis como antorchas en el mundo» (Flp 2,15).
Muchas veces «santo》 significa simplemente consagrado a Dios, pero, aunque la acepción sea dedicada enteramente a Dios, se sobrentiende que el consagrado a Dios debe estar separado de la esfera del pecado.
La Nueva Biblia Española traduce correctamente «santos» por «consagrados».
El NT es insistente en exigir a los cristianos que sean «santos», ya en el aspecto negativo de apartarse del pecado, ya en el aspecto positivo de dedicarse totalmente a Dios, ya en los dos aspectos. Heb 3,1 llama a los cristianos «hermanos santos», consagrados; Ef 1,1 y Rom 1,7 los denomina simplemente «santos», consagrados. Pablo se dirige a «todos los santos (consagrados) que están en Acaya» (2 Cor 1,1), «a la Iglesia de Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos (consagrados) con todos los que invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo en todo lugar»(1 Cor 1,2). 1 Tim 5,10 menciona a «las viudas que han lavado los pies de los santos (consagrados) ».
- La consagración del cristiano a Cristo por el bautismo
Hemos descrito la referencia de todo hombre a Dios por el ruaj. Es una referencia objetiva, operada por el espíritu de Dios. Es una consagración incipiente.
Después tratamos de la consagración a Dios del viejo Israel y del «Israel de Dios» realizada en virtud de una mutua alianza. Efecto de la antigua alianza fue que Israel como pueblo fuese pueblo santo, nación consagrada a Dios, incluso un pueblo de sacerdotes. Efecto de la nueva alianza es que los cristianos sean un pueblo santo, consagrado a Dios y también un pueblo de sacerdotes. Las dos alianzas son objetivas, vinculan a Dios a un pueblo-Israel o la Iglesia-y un pueblo a Dios. A tal vinculación o consagración objetiva de Israel o de la Iglesia, corresponde una aceptación de la alianza y una santidad subjetiva, consistente en un comportamiento «santo», propio de un pueblo consagrado. Lo que se es (el indicativo)exige un deber ser (el imperativo).
Ahora queremos señalar el instrumento de la consagración objetiva de la Iglesia y de sus miembros, que es el bautismo.
La radical consagración del hombre a Cristo se hace por el bautismo. Su fórmula primera fue «bautizar en Cristo» (Rom 6,3; Gál 3,7)o «bautizar en el nombre de Jesús o de Cristo»(Hch 2,38;8,16;8,37;10,48; 19,5; 1 Cor 1 ,13.15; 6,11). La consagración del bautismo es objetiva: Dios realiza en el bautizado una transformación que lo hace entita-tiva-mente santo, lo inserta en la vida divina, le da un nuevo nacimiento haciéndole hijo de Dios.265 Cristo toma posesión del bautizado,posesión expresada por la epiklesis, la invocación del nombre de Jesús sobre el bautizado.
Al mismo tiempo, el bautismo está tan ligado a la consagración a la Trinidad, que la fórmula bautismal posterior fue bautizar para (eis)el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28,20). La Nueva Biblia Española traduce acertadamente este pasaje de Mateo: «Bautizadlos para consagrárselos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo».
La santificación entitativa, efecto del bautismo, se expresa en numerosos pasajes: «Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, por su gran misericordia nos ha hecho nacer de nuevo» (1 Pe 1,3). «Habéis vuelto a nacer-dice Pedro a los recién bautizados-no de una semilla mortal, sino de una inmortal, por medio de la palabra de Dios, viva y permanente» (1 Pe 3,23).
Pero la santidad objetiva exige una santidad subjetiva. Lo que uno es, el indicativo, exige un deber ser, el imperativo: «Quien ha nacido de Dios no comete pecado porque lleva dentro la semilla de Dios» (1 Jn 3,9;cf.1 Jn 5,18).
El bautismo nos consagra de tal manera a Cristo que nos incorpora a él. Tema obsesivo de Pablo es nuestra incorporación a Cristo, efecto de la fe y del bautismo; unión penetrativa que intenta expresar con abundan-tes prefijos y preposiciones; en los escritos paulinos aparece 165 veces la preposición en (syn) con el complemento «Cristo», «Cristo Señor», «él» (es una auténtica simbiosis espiritual); «estar con Cristo» equivale a «en Cristo»… En el capítulo 6 de Romanos, san Pablo acumula en pocas líneas diversas metáforas con abundantes prefijos «con»: «consepultados» (v.4), «complantados» (injertados vitalmente) (v.5); «concrucificados» (v.6); «conviviremos» (v.8): todo como efecto del bautismo 267.No hay duda: el bautismo «vincula Cristo》 (Gál 3,2s).
En resumen: el bautismo es medio por el que Dios nos saca de la esfera de lo profano y nos introduce en la esfera de lo divino: nos une a las tres personas de la Santísima Trinidad, al Padre como hijo, a Jesús como a hermano, al Espíritu como mediador del amor divino; nos incorpora a Cristo, a su cuerpo, y nos hace partícipes del Espíritu; Cristo y el Espíritu viven en nosotros y nosotros vivimos en Cristo y en el Espíritu.
Una vez bautizados, y por el bautismo injertados en Cristo, que es la vid, por nosotros, que somos los sarmientos, circula la vida de Cristo, que es la vida divina (Jn 15,1-18).
Esta consagración bautismal es una consagración radical. Hecha por Dios. Él y nadie más que él puede introducirnos de tal manera en la familia divina, en la vida de Dios. La circuncisión de los judíos, el bautismo de los prosélitos gentiles que entraban en el judaísmo, únicamente incorporaban en el pueblo de la Alianza y de las promesas; pero no introducían en la vida de Dios. En cambio, el bautismo cristiano introduce en los adventos de Dios, en la vida divina, y, además, incorpora en el cuerpo de Cristo que es el pueblo de la nueva alianza. Todos los bautizados formamos un único cuerpo, el de Cristo, la Iglesia, «pueblo de Dios»: «Judíos o griegos, esclavos o libres, hemos sido bautizados con el único Espíritu para formar un solo cuerpo» (1 Cor 12,13). Cristo «es la cabeza del cuerpo, de la Iglesia» (Col 1,18). Por tanto, como individuos y como pueblo es-tamos incorporados a Cristo y por él introducidos en la esfera de Dios 268.Otra manera de cómo el bautismo inserta-y, por tanto, consagra-en lo divino es hacer de los bautizados un pueblo sacerdotal, hacer de los cristianos sacerdotes. Es el privilegio otorgado ya a los israelitas por Éx 19,4-6: «Seréis para mí (Yahvé) un pueblo de sacerdotes》. No se trata del sacerdocio ministerial, reservado a la tribu de Leví: era un sacerdocio general de todos los israelitas. En el N’T este privilegio se traslada al «Israel de Dios» (Gál 6,16), la Iglesia. En 1 Pe 2,9, que es parte de una exposición bautismal 269, se expone tal privilegio de los recién nacidos por el bautismo: «Vosotros sois raza escogida, sacerdocio real, nación santa, pueblo patrimonio (de Dios)». Ap 1,5-6; 5,9s vuelve a mencionar dicho privilegio 270,porel cual los cristianos, sin tener el sacerdocio ministerial ni haber recibido el sacramento del orden, participan de un sacerdocio verdadero, no ministerial. La consagración par tal sacerdocio la reciben en el bautismo. Este sacerdocio es, pues, una nueva consagración a Dios.
- A la consagración objetiva del bautismo corresponde la consagración subjetiva de los cristianos
Por el bautismo Cristo nos ha consagrado de la manera dicha. Ahora bien: tal consagración objetiva requiere un comportamiento congruente con la nueva condición de hombres insertos en Cristo y de hijos de Dios. Tal comportamiento congruente es lo que denominamos consagración subjetiva. Consiste en ser lo que debemos ser por nuestra nueva condición. ¿En qué consiste la consagración subjetiva?
En reproducir la imagen de Jesús, puesto que Dios nos ha predestina-do «a ser conformes a la imagen de su Hijo» (Rom 8,29). Ahora bien: la imagen de Jesús, como hemos demostrado en la sección II, es la imagen de Jesús todo amor.
Consiste la consagración subjetiva en «ser perfectos, como vuestro Padre de los cielos es perfecto» (Mt 5,48). Dicho de Jesús que por el con-texto es idéntico a este otro: «Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lc 6,36). Este último dicho es el originario, pues se encuentra diversas veces en la literatura de los judíos y se deduce, además, del contexto. La perfección, pues, consiste para Mateo en el amor de misericordia, en imitar al Padre, que es misericordioso con todos, hasta con sus enemigos, los pecadores. Únicamente así seremos hijos del Padre (Mt 5,45): amando a todos los hijos de Dios por el bautismo seremos lo que debemos ser.
En definitiva, nuestra consagración subjetiva consistirá en ser como el Padre, amor; en ser como el Hijo, amor; en ser como el Espíritu Santo, amor. Jesús resumió el deber del cristiano: en amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas y al prójimo como a uno mismo (Mc 12,28ss; Mt 22,34-40; Lc 10,25-28). La concentración en dos mandamientos -amor a Dios y amor al prójimo- de todos los mandamientos judíos ya había sido hecha en las escuelas de los escribas. El Testamento de Dan (5,2s), de Isacar (5,2) y de Zabulón (5,1)los resumen de esa manera. Lo mismo hace Filón 272. Jesús acepta la reducción de la ética en el amor, pero añade exigencias esenciales: «que os améis unos a otros como (kazos) yo os he amado» (Jn 15,12). «Como» significa «de la misma manera» que Cristo ha amado, y significa también «porque» yo os he amado.
El amor cristiano ha de ser de imitación: como el Padre ama, como Jesús ha amado; y ha de ser amor de respuesta, «porque» Dios nos ha amado, «porque» Jesús nos ha amado: «Amémonos, ya que él nos ha amado primero» (1 Jn 4,19).«Carísimos, Dios nos ha amado tanto, que también nosotros debemos amarnos los unos a los otros» (1 Jn 4,11).
El amor más costoso, el de los enemigos, es amor de imitación al Padre, «que hace salir el sol sobre malos y sobre buenos, y llueve sobre justos y pecadores» (Mt 5,44); es amor de imitación de Cristo: «También Cristo padeció por vosotros, dejándoos ejemplo, para que sigáis sus huellas; el cual no hizo pecado ni se halló engaño en su boca (Is 53,9); siendo ultrajado, no respondía con ultrajes; siendo maltratado, no prorrumpía en amenazas, sino que ponía su causa en manos del que juzga justamente»(1 Pe 2,21-23).
- La Biblia habla más del amor de Dios a los hombres que del amor de los hombres, a Dios
El dato es exacto. No obstante, se equivocaría quien pensase que el amor a Dios o a Cristo no es exigencia bíblica. A veces es exigido de manera muy enfática p. ej, en Dt 6,4s, que manda amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. «Con todas las fuerzas”, según la interpretación rabínica, es amar con todas las fuerzas económicas de que uno dispone. Jesús asumió este mandamiento y lo llamó primero
y principal. A las veces en que expresamente la Biblia manda amar a Dios hay que añadir otras muchas veces en que manda amar con expresiones equivalentes. Nunca figura en el Evangelio o Cartas de Juan un manda-miento expreso de amar a Jesús, y únicamente dos veces seguras aparece el precepto de amar a Dios: 1 Jn 4,20s: «Si uno dice: amo a Dios y aborrece a su hermano…»; 1 Jn 5,lss: «Y todo el que ama al que engendró, ama también al que ha nacido de él». Las demás veces que las Cartas de Juan hablan del «amor de Dios» se refieren al amor de Dios a nosotros (Jn 5.42;1 Jn 2,5.15;3,7;4,8.12.17;5,3).
Sin embargo, qué duda cabe que Juan, en el Evangelio y en las Cartas, está reclamando constantemente el amor, la entrega total, la consagración a Cristo. Lo hace siempre que habla de la fe en Cristo, que es muy a menudo. «Creer» es un concepto básico en Juan: 97 veces aparece este verbo en su Evangelio y 9 veces en sus Cartas: muchas más veces que en Pablo (45 veces) y que en los sinópticos (unas 25 veces).
Pero esta fe joánica tan insistente e imperativa no es únicamente confiar en la omnipotencia y misericordia de Jesús, que puede y quiere hacer los milagros o signos que se le piden, como es la fe en los sinópticos; es eso y mucho más. Para Juan, creer en los milagros de Jesús y por los milagros creer en él es una fe incipiente e imperfecta. Jesús se quejó de fe tan imperfecta: «Si no viereis signos y milagros, no creéis» (Jn 4,48).La verdadera fe requiere mucho más: acercarse a Jesús: «El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed»(Jn 6,35); «si alguno tiene sed, venga a mí; y beba el que en mí cree» (Jn 7,37). La fe es un encuentro con Cristo: es aceptar «la verdad» que es Cristo (Jn 8,45);es «hacer la verdad» (Jn 3,21; 1 Jn 1,6), curiosa expresión de que la fe en Juan implica un compromiso. No basta conocer y aceptar la enseñanza de Jesús: hay que ponerla por obra: «Ya que conocéis esto, bienaventurados seréis si lo ponéis en práctica» (Jn 13,17); las ovejas del Buen Pastor oyen su voz y lo siguen (Jn 10,27); la fe supone guardar la palabra del Señor (Jn 8,15.52.55;14,23;15,20.17),va acompañada del amor (Jn 16,27).
La razón de que la fe en Cristo implique, según Juan, la entrega del ser a Cristo, una verdadera consagración, es que el apóstol se mantiene fiel al concepto veterotestamentario de fe (emuná), que es «fidelidad a la voluntad de Dios», «fidelidad a la Ley». Este substrato de fe como «fidelidad» se conjuga en Juan con la fe como «creencia», acepción posterior de fe que alcanza tanto relieve en Pablo. Aunque tampoco Pablo es ajeno a la fe «como fidelidad», pues sí bien enseña que «el hombre es justificado sin las obras de la Ley» (Rom 3,27), se refiere simplemente a las obras de la Ley de Moisés, pero no excluye la «fidelidad» a las obras implícitas en el compromiso cristiano; por eso el mismo Pablo enseña que «la fe actúa por la caridad (Gál 5,6) y frecuentemente menciona juntas fe y caridad (Col 1,4; cf. Flm 5; 1 Tes 1,3).
Por todo lo cual, las insistentes llamadas del Evangelio y Cartas de Juan a «creer» en Cristo son llamadas y mandamientos a la entrega total a Cristo; no sólo a creerle, sino a amarle. «Este es su mandamiento (de Dios), que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo y que nos amemos los unos a los otros» (1 Jn 3,23) equivale a esta frase: «Este es el mandamiento de Dios, que nos entreguemos a Cristo y nos amemos los unos a los otros».
Hemos puesto un ejemplo, el de la fe; pero Antiguo y Nuevo Testamento contienen muchos mandamientos de amar a Dios o a Cristo sin emplear el verbo amar.
- El Antiguo Testamento manda amar a Dios
Éx 20,6 menciona la misericordia y fidelidad de Dios para aquellos que le aman y cumplen sus mandamientos, entendiendo como sinónimas las expresiones «amar a Dios» y «cumplir sus mandamientos». El Deuteronomio es el libro del AT que más habla del amor a Dios. En él se contiene el mandamiento de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (Dt 6,5). Dt 10,12 se pregunta: «¿ Qué pide de ti el Señor sino que temas a Yahvé, tu Dios, con todo tú corazón y con toda tu alma?» Temor y amor aquí son la misma cosa. A Dios se le teme, es decir, se le reverencia y se le ama, porque, como dicen los tratadistas de la religión, Dios es el mysterium tremendum et fascinosum.
Los Salmos hablan del amor a Dios de diversos modos: amor de agradecimiento y confianza (Sal 5,12;31,23s; 97, 10; 116, 1; 138, 2; 145, 20),amor apasionado (Sal 91,14), amor entrañable (Sal 18,2). El salmo 145,20dice que «Dios guarda a los que le aman».
Los Profetas exigen el amor y la fidelidad a Dios, la fidelidad de la esposa al Esposo (Os 1-3; Is 54,4-8; Jer 31,32). Jer 2,2 pone en boca de Dios: «He recordado el afecto de tu juventud y el amor de tus desposorios; tú me seguías en el desierto».
Ya lo hemos dicho: muchas veces el amor a Dios se expresa con términos equivalentes. Con el mismo verbo «temer». «Temer a Dios» de Dt 10,12.13 es lo mismo que «amar a Dios»; temer a Dios de Dt 6,2.13significa servir a Dios, cumplir sus mandamientos, que es el equivalente deuteronómico de amar a Dios.
El Cantar de los Cantares es un drama de amor, un epitalamio del amor entre dos esposos: uno es Dios, la esposa es Israel.
Sabiduría (3,9) dice que «los fieles a su amor estarán unidos con él».
- Amor a Dios, el amor a Cristo, en el Nuevo Testamento
Los sinópticos son escasos en textos de amar a Dios, pero exigen el seguimiento de Cristo y dejar todo por él, manera radical de exigir amor. Reproducen el mandamiento primero y principal de Dt 6 (Mt 22,34-40;Mc 12,28-34; Lc 10,25-28).
Pablo también es escaso en textos que nominalmente urjan el amor de los hombres a Dios; pero contiene algunos, p. ej.: «Si uno ama a Dios, es conocido por él» (1 Cor 8,2.3); en 2 Tes ruega que «el Señor enderece vuestros corazones hacia el amor de Dios y la firme esperanza en Cristo». Rom 8,28 entiende «los que aman a Dios» como denominación de los cristianos. En 1 Cor 2,9 leemos: «Lo que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni pasó por el pensamiento del hombre lo que Dios tiene preparado para aquellos que le aman».
Pablo y el NT en general conceptúan el amor de Dios, en términos de amor a Cristo: Ef6,24; 1 Cor 16,22; 1 Pe 1,8;Jn 8,42;14,15.21.23.28;21,15s. Abundan las expresiones del amor a Dios o a Cristo con verbos distintos de amar, p. ej.: «Murió por todos, para que los que viven no vivan para sí mismos, sino para aquel que murió por ellos» (2 Cor 5,15); «Para mí vivir es Cristo» (Ef 1,21); «Anhelo ser desatado y estar con Cristo» (Ef 1,23); «Si uno viene a mí y no aborrece 274 a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo» (Lc 14,26; cf. Mt 19,29). Leemos en Mt 6,24: «Nadie puede servir a dos señores. No podéis servir a Dios y al dinero».
Juan presenta nuestro amor a Dios como imitación del amor de Jesús al Padre. Del amor de Jesús al Padre se habla sólo una vez en el NT; pero de manera equivalente, en forma de obediencia y cumplimiento de la voluntad del Padre, Juan habla muchas veces: «Levantaos, vayámonos de aquí, para que el mundo conozca que yo (Jesús) amo al Padre y que obro como me ha mandado» (Jn 14,31). Jesús ama al Padre haciendo su voluntad: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). «Yo hago siempre lo que le agrada» (Jn 8,29).«El Padre me ama, porque doy la vida para recobrarla después…Este es el mandamiento que he recibido de mi Padre» (Jn 10,17-18).
A imitación del amor de Jesús, este ha de ser nuestro amor al Padre: amor de obediencia. «Este es el amor a Dios: que guardemos sus mandamientos» (1 Jn 5,3), «hacer lo que es agradable delante de Dios« (1 Jn 3,22),«seguir el camino de Jesús« (1 Jn 2,5). «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14,15).«El que tiene mis mandamientos y los guarda, este es el que me ama» (Jn 14,21).«Si alguno me ama, guardará mi palabra» (Jn 14,23). «Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor» (Jn 15,10).
La primera parte de nuestra respuesta al amor del Dios manifestado en Cristo es el amor a Dios, el amor a Cristo. Un amor que se manifiesta en cumplir la voluntad de Dios, en el seguimiento de Cristo. El Sermón de la Montaña de Mateo (caps. 5-7) termina la exposición de la «justicia» o santidad cristiana, superior a la de los fariseos, con exigencia de obras: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, este entrará en el Reino de los cielos» (Mt 7,21). «Todo el que escucha estas mis palabras y las pone por obra, se asemeja a un varón prudente que edificó su casa sobre roca». Amor sin obras es construir sobre arena (Mt 7,24-26).
La sólida consagración a Cristo es seguir «el camino sobre toda ponderación» (1 Cor 13,1), «el camino más excelente» (1 Cor 12,31). Ese camino es el de la caridad o amor en su doble vertiente, amor a Dios y amor al prójimo. Ese camino personalizado es el propio Cristo, que a sí mismo se llamó «el Camino».
- Amar al prójimo
La segunda parte de la consagración subjetiva es consagrarnos al amor del prójimo. La primera parte, lo hemos dicho, es amar a Dios, es amar a Cristo.
Los preceptos de amar a Dios y amar al prójimo están íntimamente ligados. Los judíos los habían ligado por el procedimiento exegético llamado guezerá shawá: porque los dos empiezan con el mismo verbo «Amarás》, Las dos veces que Juan habla de amar a Dios (1 Jn 4,20s y 1In 5,1ss) relaciona el amar a Dios con el amor al prójimo. «Si uno dijere «Amo a Dios» y aborrece a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ha visto>(1 Jn 4,20); «Este mandamiento tenemos: que quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4,21).
El amor al prójimo es la respuesta al amor y misericordia de Dios. Dios no es misericordioso únicamente para perdonar la culpa, sino para que el hombre perdonado, a su vez, practique el amor y la misericordia 277.«No es justo-leemos en la parábola del siervo cruel, que, perdonado, no quiso perdonar-que también tú te compadecieses de tu consiervo, lo mismo que yo me compadecí de ti? » (Mt 18,33). «Queridos, si Dios nos ha amado de tal manera, nosotros estamos obligados a amarnos unos a otros» (1 Jn 4,11). El mandamiento de amar a los hermanos resume el resto de los mandamientos de Dios (Jn 13,34; 15,12.17; 1 Jn 3,23;4,21;2 Jn 5). La razón de resumir los mandamientos en el amor fraterno es la siguiente: «El que ama (al prójimo) ha nacido de Dios y conoce a Dios» (1 Jn 4,7) y como «quien ha nacido de Dios no comete pecado» (1 Jn 3,9), el que ama al prójimo no comete pecado, cumple todos los mandamientos. «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su perfección» (1 Jn 4,12)278.
- El amor al prójimo es el cumplimiento de la Ley
Jesús resumió la Ley y los Profetas, manera de denominar al AT, en la regla de oro de la caridad: «Todo cuanto quisiereis que os hagan los hombres, hacédselo a ellos, porque esta es la Ley y los Profetas» (Mt 7,12;Lc 6,31). Esta regla, llamada de oro desde el siglo XVIII, fue formulada en forma negativa por Hillel y por R. Aquiba. Según este famoso rabino, que murió en 135 d.C., «amaráis al prójimo como a ti mismo» (Lev 19,18) es el principal mandamiento de la Ley. Según su contemporáneo R. Azzai, Gén 5,1 (que todos son descendientes de Adán, luego que todos son hermanos) es lo principal de la Ley.
Pablo resume la Ley en el amor del prójimo: «A nadie debáis nada si no es amaros mutuamente; quien ama al prójimo ha cumplido la Ley. Pues no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y cualquier otro mandamiento, se resume en esta palabra: Amarás al prójimo como a ti mismo» (Rom 13,8-9). Tal amor al prójimo, vuelve a repetir Pablo(Gál 5,14), es el cumplimiento de toda la ley: de toda la ley mosaica, y también de toda la ley cristiana. Col 3,14 afirma que el amor «es el Vínculo de la perfección», y Santiago (2,8) llama al precepto de amar al prójimo «ley regia»: «Si es que cumplís la ley regia conforme a las Escrituras, «Amarás al prójimo como a ti mismo», bien hacéis». Gál 6,2 insiste: «Sobrellevad las cargas unos de otros, y con eso cumpliréis la ley de Cristo». El juicio final, según Mt 25,sentenciará en función del ejercicio de las obras de caridad al prójimo, según la guemilut jasadim, u obras de misericordia, del rabinismo. Casi todas las obras mencionadas en tal juicio como ejemplos de amor al prójimo necesitado están tomadas de las obras de misericordia de los fariseos, que las cotizaban muy alto.
- Jesús introduce en el amor al prójimo innovaciones fundamentales: amar a todos los hombres
En el judaísmo, «amar al prójimo como a uno mismo» (Lev 19,18)se refería al deber de amar a los israelitas, a los del clan, a los de la propia estirpe. Esto se deduce del paralelismo sinónimo entre «amar al prójimo» y «amar al hijo de tu pueblo» de Lev 19,18. No se sentían obligados a amar a los samaritanos, a los enemigos, a los pecadores. Es verdad que Lev 19,33s (cf. Dt 10,19) manda amar a los extranjeros, inmigrantes establecidos, como a uno mismo y manda no molestarlos; es verdad que Prov 24,17 inculca la caridad negativa hacia los enemigos: «Si tu enemigo cae, no te alegres; cuando dé un traspiés, no se alegre tu corazón》;es verdad que Prov 25,21 inculca la caridad positiva: «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si está sediento, dale de beber», es verdad que el viejo código de la Alianza preceptúa caridad positiva para el enemigo en los siguientes casos: «Cuando encuentres el toro o asno de tu enemigo, extraviado, lo llevarás a él; cuando vieres el asno del que te aborrece caído bajo la carga, guárdate de dejarlo desamparado; antes bien ayudarás (a la bestia) juntamente con él»; es verdad que Job (31,29) tenía consideración para los enemigos: « Acaso me alegraba yo del infortunio de mi enemigo o me alegraba porque le había alcanzado algún mal?»; es verdad que Prov 19,11 afirma que «la doctrina del hombre se conoce por su paciencia y que su gloria es no hacer caso de las injurias», Reconociendo de buen grado todos los atisbos de amor al enemigo del AT, también es verdad que Jesús introdujo en el precepto de amar al prójimo el amar positivamente y sin equívocos a todo prójimo, amigos o enemigos. En sus pronunciamientos acerca del amor a los enemigos, el AT quizá se refiera en algunos casos al amor a los enemigos del propio pueblo. Esto es evidente. Lev 19,17s: «No aborrezcas en tu corazón a tu hermano. No procures la venganza ni conserves la memoria de la injuria de tus conciudadanos».
Jesús manda amar a los enemigos: «Oísteis que se dijo: “Amarás a tu prójimo (Lev 19,18) y odiarás a tu enemigo». Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos» (Mt 5,43-45; Lc 5,32-36; 14,12-14).Esta última sentencia de Jesús tiene analogía con la de Séneca 283.«Si quieres imitar a los dioses, haz partícipes de tus beneficios también a los desagradecidos. Pues también sobre los malos sale el sol y también el mar se abre a los piratas»: Nam et sceleratis sol oritur et piratis patent maria, A pesar de ciertas analogías externas, el pensamiento de Séneca, que no tuvo contacto con el cristianismo, es muy distinto del de Jesús o de la tradición parenética de amor a los enemigos que encontramos en el NT: Séneca enseña que es impropio de la ataraxia o imperturbabilidad del hombre superior el devolver mal: el motivo no es, como en el NT, el amor al ene-migo, sino la excelencia de la propia persona.
El odio teológico -odio a los que se constituyen por sus pecados en enemigos de Dios-no es cristiano, por más que lo hayan querido justificar con textos bíblicos en los que parece que Dios «odia» a los pecadores: Sal 35,55;68;129;137,7-9;139,19.22. Los esenios de Qumrán practicaban el odium theologicum hacia los hijos de las tinieblas, que eran los no pertenecientes a la secta; restringían el amor a los hijos de la luz 1QS 6,22; 1 QSa 1,18; 1 QM 15,4).
Jesús, en cambio, abroga la ley del tallón de Lev 24,19-20 (Mt 5,38)y manda: «No hagáis frente al malvado; si uno te abofetea en la mejilla, ponle la otra; si quiere entablar pleito y quitarte la túnica, entrégale también el manto; si uno te fuerza a caminar una milla, camina con él dos» (Mt 5,38-41).
Además de la tradición de los dichos del Señor sobre el amor a los enemigos, contenida en Mt 5,39-47 y Lc 6,27-35,existe la tradición parenética de amor a los enemigos conservada en Rom 12,14.17-20,1 Tes 5,15 y 1 Pe 3,9:
Rom 12,14:«Bendecid a los que os persiguen; bendecid y no maldigáis […].A nadie volváis mal por mal: “cuidadosos de procurar lo bueno a los ojos de todos los hombres» (Prov 3,4).En lo posible, de vuestra parte, mantened la paz con todos los hombres. No os toméis venganza por vuestras manos, amados; antes bien, dad lugar a la ira de Dios, porque escrito está: “Para mí la venganza; y yo daré el pago merecido, dice el Señor (Lev 19,18).Antes (Prov:25,21):“Si tuviere hambre tu enemigo, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber, porque haciendo esto amontonarás ascuas sobre su cabeza”».
1 Tes 5,15: «Mirad que ninguno vuelva mal por mal, buscad el bien siempre unos con otros y con todos».
1 Pe 3,9: «No devolváis mal por mal ni afrenta por afrenta, al contrario, bendecid; pues para esto fuisteis llamados, de manera que podáis heredar una bendición».
Rom 12,17a y 1 Pe 3,9a provienen de una tradición común, de una tradición semítica, probablemente hebrea, porque estos versículos emplean el participio en sentido de imperativo, como en los códigos semíticos cristianos de ética.
Los anteriores textos parenéticos de amor al enemigo no pueden ser explicitados enteramente por las enseñanzas del AT. A este propósito ha escrito Piper286: «No tenemos base para afirmar que el Dios del NT sea distinto del Dios del AT: un Dios de misericordia y de juicio, que, al final, toma venganza de sus enemigos (Rom 2,8; 12,19; Ap 20,9.15; Mt 13,30).La diferencia del AT y del NT no consiste en debilitar el aborrecimiento del mal, tanto por parte de Dios como por parte del hombre (Rom 12,9).Además, hemos constatado semillas de amor al enemigo sembradas ampliamente en el AT (Éx 23,4s; Prov 24,29; 1 Re 3,10; Jonás; Prov 24,17s;25,21s; Dt 10,18s,etc.),algunas de las cuales han echado raíces en la parénesis del NT (p.ej.: Prov 25,21s.; Rom 12,20; Prov 17,13; Rom 12,17;Sal 34,12-16; 1 Pe 3,10-12, etc.). Lo que es único en la parénesis del NT es el contexto escatológico en el que se sitúan las enseñanzas del amor al enemigo (cf. Rom 1,1.2; 1 Tes 5,1-10; 1 Pe 1,13; 2,9s) y el uso selectivo del AT (Prov 25,21s) para evitar posibles malentendidos a los que se pres-taba la mezcla de amador y odio del AT. Por eso el AT por sí solo no puede explicar la inteligencia del amor al enemigo en la parénesis del NT».
Aun con todas estas matizaciones, el NT es un salto cualitativo en la actitud de amor hacia el enemigo respecto al Antiguo, particularmente en los dichos de Jesús, pues de Jesús es la siguiente afirmación: «Se dijo: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo»; él manda amar a los enemigos. Pero ¿no odia Dios a los pecadores? No; el odio, la ira o venganza de Dios en el AT y NT es ira o venganza del pecado, no del pecador, aunque a veces el objeto de la ira sea, en la expresión, en las palabras, el hombre o pueblo pecador. El Apocalipsis puntualiza: «Odias las obras de los nicolaítas, que yo también odio».
- Otras innovaciones en el amor al prójimo: amor a los pecadores y a los pobres
Así fue el amor de Cristo y así ha de ser el amor de sus seguidores: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Mt 9,13, citando a Os 6,6).Los cristianos no deben ser como el siervo inmisericorde que, perdonado de su gran deuda, se negó a remitir lo poco que a él se le debía (Mt 18,23-35).Hay que perdonar setenta veces siete; hay que perdonar antes de pedir perdón a Dios: «Perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos (= ya hemos perdonado, en aoristo) a nuestros deudores» (Mt 6,12).
El cristiano, a ejemplo de Cristo, debe optar por los pobres, por los pobres en sentido bíblico, los ‘anawim. Ya el AT, sobre todo el Deuteronomio (Dt 15,7-11; 14,28s; 24,19-22; 23,10-13; 24,14s; 10,18s); y los profetas, como Amós, Isaías (1,15-17),Jeremías(22,3.13.15s),Malaquías (3,5), habían tenido una atención especial por las viudas, huérfanos, jornaleros, inmigrantes, por los pobres en general. El NT continúa en esta línea y la profundiza. Jesús, como vimos, se presenta como el heraldo del evangelio o buenas noticias para los pobres, y se hizo pobre como uno de ellos. Nació pobre, vivió pobre y pobre murió. En su predicación invitó a acercarse a él a los cansados y agobiados -una tipificación de los pobres-:les invitó a tomarle como maestro, y dio como razón: «porque yo soy manso y humilde de corazón», ‘ani wadal (o la palabra correspondiente aramea ‘anwatán), es decir, uno de los humildes, de los pobres: uno de los anawim. Lo que se hace a los pobres, a Cristo se hace (Mt 25,40). El juicio final se hará en función del amor a los pobres (Mt 25).«El juicio será inmisericorde para quien no practicó la misericordia»(Sant 1,27).«La religión pura e inmaculada-dice Santiago (1,27)-a los ojos del que es Dios y Padre es esta: asistirá los huérfanos y viudas en su tribulación y conservarse a sí mismo incontaminado del mundo». «Si un hermano o hermana andan desabrigados y desprovistos del sustento cotidiano y uno de vosotros le dijere: “Id en paz, calentaos y saciaos”, sin darles lo que necesita su cuerpo, ¿de qué aprovecha esto? Fe sin obras está muerta» (Sant 1,15-17).
- Amor radical
Jesús redujo la multiplicidad de preceptos del judaísmo al amor, pero radicalizó en grado sumo el amor. Para este fin utilizó sentencias hiperbólicas: poner la otra mejilla (Mt 5,39), dar el manto si te arrebatan la túnica (Mt 5,40); no juzgar para no ser juzgado (Mt 7,1); no enfadarse con el hermano, so pena de ser llevado al tribunal (Mt 5,22); quien diga raka (cabeza huera), será reo delante del Sanedrín; el que llamea otro insensato (shatia), será reo de la gehena (Mt 5,22). La radicalidad que fariseos y esenios ponían en el cumplimiento de la ley, escrita y oral, Jesús la traslada a un punto concreto: amar al prójimo.
- Agape o amor desinteresado y de donación
El amor debe ser amor espontáneo, incausado, desinteresado, de donación, a imitación del amor del Padre y del amor de Jesús.
Amor desinteresado: «Si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa merecéis? ¿No hacen eso mismo también los publícanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen eso mismo los gentiles?» (Mt 5,44s). «Atienda cada uno-dice Pablo (Flp 2,418)-no al bien de sí mismo, sino a lo que redunda en bien del prójimo. Porque habéis de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo. El cual, subsistiendo en forma de Dios, se anonadó a sí mismo, tomando forma de esclavo; hecho semejan-te a los hombres… se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte». Insiste el Apóstol: «Nadie busque su propia satisfacción, sino el bien del prójimo» (1 Cor 10,24). Jesús nos enseña a hacernos pobres para hacer ricos a los demás: «Bien sabéis la liberalidad de Nuestro Señor Jesucristo, que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de que vosotros fueseis ricos por su pobreza» (2 Cor 8,9).
Amor de donación y con hechos: No basta querer bien, hay que hacer bien. Por eso donde Mateo (5,44) dice: «Amad a vuestros enemigos”, Lucas (6,27) explícita: «Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen». Amar es hacer bien.
«Hijitos, no amemos de palabra y con la lengua, sino con obras y ver-dad»(1 Jn 3,18). «Si uno tiene bienes de este mundo y ve a su hermano en necesidad y le cierra las entrañas, ¿cómo puede estar en él el amor de Dios?» (1 Jn 3,17).
Amor de autodonación: Dar y darse: «En esto hemos conocido el amor, en que él (Jesucristo) dio la vida por nosotros; nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1 Jn 3,16).
Amar como Cristo nos amó: «Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 13,34). «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12). «Como el Señor os ha per-donado, así también vosotros perdonad》(Col 3,13).«Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se sacrificó por ella» (Ef 5,25). El amor de Dios, el de Jesús, son el modelo de nuestro amor; «Sed mutuamente afables, compasivos, perdonaos los unos a los otros, como Dios os ha perdonado en Cristo. Sed, pues, imitadores de Dios como hijos muy queridos (de él), y proceded con amor, a ejemplo de lo que Cristo nos amó y se ofreció a sí mismo a Dios»(Ef 4,32-5,2).
Amor de amistad: Amistad es amor de benevolencia con correspondencia, es amor recíproco; amor que circula en doble dirección. El amor de que trata Juan casi con exclusividad, en evangelio y cartas, es el amor mutuo de los cristianos: «que os améis los unos a los otros« (Jn 13,34-35).A este amor de amistad de sus seguidores es a lo que llama Jesús «mi» mandamiento, «un mandamiento nuevo» (Jn 15,12; 13,34). «Este es el mensaje que habéis oído desde el principio: que os améis los unos a los otros» (1 Jn 3,11). Muchos son los textos de Juan que recomiendan el amor mutuo de los hermanos (1 Jn 3,23; 4,7.11.21; 2 Jn 5).
También Pablo inculca la caridad de los hermanos: «Respecto al amor fraterno, tío necesito escribiros: vosotros aprendisteis, de Dios a amaros unos a otros» (1 Tes 4,9).
El amor de los hermanos tenía como centro la Eucaristía, que llegó a denominarse agape, amor (Jds 12s). En ella, los hermanos se daban el beso de paz (Rom 16,16; 1 Pe 3,14).
Mas no hay que acusar a Juan o a Pablo de rejudaizar el precepto universal de Jesús de amar a todos, reduciéndolo a amar a los hermanos en la fe. Esta objeción carece de fundamento. Filipenses (4, 5) recomienda: «Sea vuestro amor patente a todos los hombres»; más inequívocamente,1 Tesalonicenses (3, 12)exhorta: «Que el Señor multiplique vuestro amor de unos con otros y con todos, cual es nuestro amor con vosotros». Insiste el Apóstol: «Procurad que ninguno vuelva a otro mal por mal, sino tratad de hacer siempre bien unos a otros y a todo el mundo» (1 Tes 5,15;cf.1Pe 3,9).
Juan en modo alguno achica el amor a todos los hombres. Lo que Juan pretende inculcar es el amor de «comunión», a saber: el amor del Padre al Hijo, del Hijo al Padre, de Padre e Hijo a los hombres, especialmente a los cristianos; el amor de los cristianos unos a otros y de todos al Padre y al Hijo en el Espíritu Santo. Este amor de «comunión» o circular se expresa en las siguientes palabras de la oración sacerdotal de Jesús:《Padre santo, consérvalos (a los discípulos, a los cristianos) en tu nombre, que me has dado, para que sean uno como nosotros»(Jn 17,11);«que todos sean uno; que, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti; ellos sean también uno en nosotros, y el mundo crea que me has enviado» (Jn 17,21). «Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado» (Jn 17,23).
Juan, pues, se especializa en el amor de «amistad» o «comunión», o sea, en amor de benevolencia, con correspondencia de los cristianos y en el amor de amistad y comunión entre Dios y el hombre. El amor de Juan es amor en doble dirección: es el amor agape que es correspondido, que es filia, amistad. Mas ese amor de amistad de los cristianos se subsume en el amor universal a todos los hombres. Precisamente tiene por fin «que el mundo conozca que tú (oh Padre), me has enviado» (Jn 17,23).Juan sabe que el amor de los cristianos como el de Jesús es amor para todos los hombres, pues «el Verbo es la luz que ilumina a todos los hombres» (Jn 1,9), porque «Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,17; 12,47), porque Jesús «es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo»(Jn 1,29),por-que Jesús ha sido enviado «como Salvador del mundo»(1 Jn 4,14.42),porque Jesús «ha dado su carne para la vida del mundo» (Jn 6,51).
En conclusión: La respuesta al amor de Cristo y a la consagración objetiva es la consagración subjetiva: amar a Dios y amar al prójimo; amar a Dios entregándonos totalmente a él, cumpliendo sus mandamientos; uno importantísimo, el amor al prójimo, que son todos los hombres, incluidos los enemigos, los pecadores, los de otra fe; amor especialmente a los «pobres»; amor afectivo, de voluntad, y manifestado en hacer bien y en la autodonación; amor radical, como el de Cristo, y tratándose de cristianos, amor de amistad, que obliga al cristiano amado a corresponder.
- Invitación divina al culto del Corazón de Jesús
Los Santos Padres, los místicos y autores espirituales, san Juan Eudes, santa Margarita María, y especialmente el magisterio eclesiástico han dirigido llamadas urgentes a dar culto al Corazón de Jesús. Recordemos las encíclicas Annum Sacrum de León XIII, Miserentissimus Redemptor de Pío XI, Haurietis aquas de Pío XII, Investigabiles divitias de Pablo VI. Los papas han llamado esta devoción «la síntesis de la religión cristiana».
Estas llamadas son eco de la invitación del propio Jesús y de Juan Evangelista: «Venid a mí, dijo Jesús, todos los que estáis fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, pues soy manso y humilde de corazón, y hallaréis reposo para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,28-30). Este texto presenta a Jesús como Maestro perteneciente a la clase de los anawim, de los humildes delante de Dios y de los hombres; pide a los agobiados que se hagan discípulos suyos, para quitarles la carga que los oprime y ponerles encima el suave yugo del amor de Dios a los hombres.
Una segunda invitación del propio Señor a acercarse a Él, a su Corazón, se contiene en unas palabras pronunciadas en forma desusada, de pie, no sentado, levantando la voz, en la fiesta de los Tabernáculos, fiesta de gracias por la recolección de los frutos y de impetración de lluvia para la sementera:
Jn 7(37): «Si alguno tiene sed, que venga (a mí), y beba (38) quien crea en mí. Como dice la Escritura: De su vientre (koilia) fluirán ríos de agua viva. (Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que recibirían los que habían de creer en El. Porque aún no había Espíritu, pues Jesús aún no había sido glorificado)》.
Esta invitación (a apagar la sed de Dios y de los bienes de salvación)es una llamada a acercarse a la koilía de Jesús, literalmente al «vientre”, al «interior» de Jesús, equivalentemente a su Corazón, pues «corazón» es lexema que significa, como koilía, el interior de la persona. Son términos intercambiables; en algunos códices este texto lee kardia en vez de koilía; pero no sólo se nos invita à acercarnos al Corazón en cuanto interior de Jesús, sino al mismo Corazón físico de Jesús, pues Juan procura dar a sus términos un sentido físico «antidoceta». Para Juan, el cuerpo de Jesús, su Corazón, es un sacramento de salvación, por el que se comunican las gracias que apagan la sed espiritual de las almas.
En el capítulo anterior de Juan(6,35), Jesús invita a acercarse a Él a los hambrientos: «Yo soy el pan de vida ; quien viene a Mí nunca tendrá hambre y quien cree en Mí nunca tendrá sed».
El evangelio de Juan es el evangelio de las interpelaciones del Señor a acercarse a Él los sedientos, los hambrientos, los que caminan en tinieblas ,los que buscan a vida. Las fórmulas de invitación son diversas, pero su sustancia es la misma: que los hombres vayan a Jesús en busca de salvación. Las Odas de Salomón (30,5;36,7), documento contemporáneo del evangelio de Juan, afirma, como este evangelista, que «del Corazón del Señor procede la corriente de las aguas» de salvación. Ap27,17 repite el requerimiento de Jn 7,37: «Quien tenga sed, que venga; quien quiera, reciba gratuitamente el agua de vida».
Jn 19,36s contiene una llamada a contemplar el Corazón de Jesús atravesado en la Cruz en un detalle que el evangelista narra con minuciosidad, con morosidad, porque quiere fijar la atención sobre él. Juan omite hechos importantes de la Pasión (terremoto, rasgadura del velo del templo, resurrección de muertos, confesión del centurión) para hacer lugar a este episodio: «Un soldado atravesó el costado de Jesús y al punto salió sangre y agua. Es testimonio de quien lo ha visto, de uno que dice verdad, para que se crea, para que se cumplan las Escrituras: «No le quebrantarán un hueso «y“ Verán a Aquel a quien atravesaron”».
Semejante insistencia se ordena a concentrar nuestra atención en la transverberación del costado, del Corazón, de Jesús. La lanzada que pretendía asegurar la muerte de Jesús, traspasó el Corazón.
Esta invitación a contemplar el Corazón traspasado, de donde manan sangre y agua, es también invitación a contemplar tal Corazón con dolor y compasión, con espíritu de reparación, pues Juan refiere la cita de Zac 12,10 («Mirarán a Aquel a quien a travesaron»),que en el original se refiere a la transfixión de Josías, o de un profeta, refiere la cita midrásicamente al Mesías. Lo que Zacarías dice de aquel personaje traspasado -que los culpables lo lloran arrepentidos, que lo lloran como se llora por un hijo primogénito, que se lo llora «con un espíritu de compasión» derramado por Dios (‘Zac 12,10)-, Juan lo aplica al Mesías con el costado atravesado: Pide que contemplemos al Corazón traspasado de Jesús con compasión y que veamos en él la fuente de nuestra salvación.
- Promesas y dones del Corazón de Jesús
Las promesas que reconocemos por los escritos de santa Margarita María están contenidas en la Escritura.
Hemos señalado que el amor de Cristo, en cuanto Dios y en cuanto hombre, se traduce en benevolencia-en querernos bien-y en beneficencia; en el sentido etimológico de la palabra, en hacernos bien, en comunicarnos bienes: en darse a sí mismo y en darnos sus dones.
En la fiesta de los Tabernáculos, de que acabamos de hacer mención, Jesús promete ríos de agua viva que manarán de su Corazón para los que se acerquen a Él. Las cosas necesarias se simbolizan en el Antiguo Testamento mediante el símbolo del agua: la sabiduría, la ley de Moisés, la salvación. Is 44,3 promete torrentes de agua sobre la tierra reseca; Ez profetiza un río abundantísimo de aguas que brotará del Templo. Ese Templo que para Juan es el cuerpo de Jesús: «Destruid este templo, dijo Jesús, y en tres días lo reedificaré» (Jn 2,19-21). Is 12,3 predice: «Sacaréis con alegría aguas de las fuentes de la salvación», o, como traduce la Vulgata, «de las fuentes del Salvador».
En la fiesta de los Tabernáculos Jesús afirmó que Él es quien daría esos ríos de agua viva profetizados, y la gente, al oírle, creyó que Él era el Mesías, el profeta como Moisés, que había de derramar el agua de la salvación. Según Pablo (1 Cor 10,4) y la tradición targúmica, la roca del desierto que manó agua, al ser golpeada por la vara de Moisés, era el propio Cristo, que sacia nuestra sed.
El agua de la salvación prometida en la fiesta aludida es agua que mana del Corazón de Jesús y, según la interpretación del propio. Evangelio, es el Espíritu Santo, que habría de otorgar Jesús al ser levantado en la Cruz. No sólo es Jn 7 quien identifica agua con Espíritu: en varios textos del Antiguo Testamento la promesa del agua se confunde con la promesa del Espíritu de Dios. En qué se concreta la promesa del agua, del Espíritu de Dios? En el don mesiánico por antonomasia, que, según Juan, es la vida eterna: la vida, la vida eterna, es el agua viva, corriente, río estancada, vida ininterrumpida, que apaga la sed constantemente; agua fluyente como ríos, es decir, vida abundantísima. Es la vida de que dijo
Jesús en otra ocasión: «Yo he venido al mundo para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Es la vida eterna: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo unigénito, a fin de que todo el que cree en El no -perezca, sino alcance la vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por El. Quien cree en el Hijo posee la vida eterna»(Jn 3,16-18).
La promesa de Jn 7,37-39 se realizará, informa Juan, cuando Jesús sea glorificado (7,39), a saber: cuando haya muerto, resucitado y ascendido al cielo. La efusión pública y solemne del Espíritu se hizo el día de Pentecostés. Efusión no sólo sobre los apóstoles, sino sobre jóvenes y viejos, sobre hombres y mujeres, sobre toda la comunidad.
Más dones del Corazón de Jesús: Jn 19,34 asegura que del Corazón atravesado de Jesús brotó sangre y agua. Esa sangre es «la sangre de Jesucristo, su Hijo, que nos purifica de todo pecado» (1 Jn 1,7).Esa sangre es la muerte redentora del Señor, que expía los pecados de todos los hombres, en todos los tiempos. ¿Puede ofrecer el Corazón herido de Jesús don mayor que la redención de la humanidad, de todos sus pecados?
Del Corazón traspasado de Jesús brotó también agua. Esta palabra significa lo mismo que aquellos ríos de agua viva prometidos en Jn 7,38,sólo que en este lugar Jesús prometió el don del agua, y aquí, Jn 19,34,lo otorga. Se trata, lo dijimos, del Espíritu Santo, de la vida eterna que comunica.
La sangre borra el pecado, el agua colma al hombre de vida sobrenatural, de vida de Dios, del Espíritu Santo y de sus dones.
Además del significado expuesto, el agua y la sangre que brotaron del Corazón de Jesús significan dos sacramentos: agua, el sacramento del Bautismo; sangre, la Eucaristía. De esos dos sacramentos trata el cuarto evangelio en la conversación de Jesús con Nicodemo(Bautismo),y en el discurso del pan de vida (Eucaristía). A ellos alude también 1 Jn 1,6 con estas palabras: «Jesucristo ha venido por el agua y la sangre, no sólo por el agua, sino por el agua y la sangre».
Bautismo y Eucaristía son los cauces por donde discurren los bienes manados, el Viernes Santo, del Corazón de Cristo, El bautismo comunica la filiación divina y nos hace coherederos del cielo; nos incorpora junto con la Eucaristía a Cristo y a su Cuerpo místico y es prenda de resurrección: da vida al alma y también seguridad de resurrección de nuestros cuerpos.
Bien podemos, pues, repetir con el himno de Vísperas y Maitines del Oficio de la fiesta del Corazón de Jesús: Jesu tibi sit gloria, qui corde fundis gratiam, o invocar al divino Corazón con el himno de Maitines: Cor arca legem conitnens, non servituns vetens, sed gratiae sed veniae sed et misericordiae; :y bien, podemos, hablar del Corazón de Jesús como de donorum fonte, como hace la oración de la fiesta del Corazón de Jesús, y bien podemos repetir las invocaciones de las letanías del Corazón de Jesús: Cor Jesu fons vitae et sanctitatis, Cor Jesu propitiatio pro peccatis nostris, Cor Jesu vita et resurrectio nostra, Cor Jesu pax et reconciliatio nostra, Cor Jesu victima peccatorum, Cor Jesu salus in te sperantium, Cor Jesu de cujus plenitudine omnes nos accepimus.
Haurietis aquas (AAS 48 [1956] 331s) afirma que los dones de salvación son «dones del Corazón de Jesús».
