El Corazón de Cristo en la teología del IV Evangelio II

José Caba, S.J
  1. «Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré» (Jn 14,14)

Supuesta la exposición de la teología de san Juan sobre el Corazón de Cristo como fuente de donde dimanan los torrentes de agua viva, el Espíritu, concedido a aquellos que creen en Jesús, vamos a pasar a un segundo tema en muy breve síntesis, la culminación joanea de la teología sobre la oración de petición. El texto que hemos puesto como título de esta segunda parte presenta la cumbre de todo un proceso teológico sobre la oración de petición en los evangelios.

  1. Elementos sinópticos en la teología del evangelio sobre la oración de petición

La exposición doctrinal de los evangelios sinópticos sobre la oración de petición tiene un punto básico, es como el punto de partida de todo un desarrollo posterior. Se trata de la afirmación categórica, absoluta, de Jesús: «pedid, y se os dará» (Mt 7,7; Lc 11,9). A la petición se promete la concesión que Dios, como amigo (Lc 11,5-7) y Padre (Mt 7,9-11;Lc 11,11-13), otorgará60. A esta afirmación básica los sinópticos van añadiendo una serie de elementos que condicionan la concesión de lo que se pide., Entre estas condiciones se destacan la fe al pedir, la perseverancia al orar, el perdón mutuo al convivir. La fuerza insospechada que posee la fe, hasta poder conseguir el trasladar montañas y trasplantar árboles en el mar (Mt 17,20; Lc 17,6), reside también en la petición que se hace con una fe que no vacila (Mt 20,21-22; Mc 11,23-24). La perseverancia en el pedir puede obtener aun aquello que se escape a la amistad (Lc 11,8); la constancia en el orar (Lc 18,1) y en el pedir (Lc 18,2-8) puede superar aun los obstáculos más difíciles. El Padre concederá cuanto le pidan aquellos que se reúnan en nombre de Cristo y estén vinculados entre sí con un perdón que supere todas las diferencias (Mt 18,15.19-20.35; Mc 11,24-25).

Estos elementos sinópticos se encuentran también en el cuarto evangelio al mismo tiempo que suponen un desarrollo ulterior; La afirmación categórica sobre la petición también la trae san Juan al decir en la última Cena: «pedid, y recibiréis» (16,24). Aun en esta misma afirmación absoluta se puede dejar entrever la exhortación a una petición, pero hecha de modo que se reciba; la traducción, dado el valor consecutivo de la partícula «y», podría ser muy bien: «pedid de manera que recibáis».

El modo de realizar la petición está sintetizado en la fórmula típica mente joanea: pedir «en nombre de Jesús》(15,16;16,24).La fórmula misma sobrepasa el sentido de un mero poner a Jesús por intercesor6Con la preposición «en» se expresa un espacio, no ya topográfico, sino espiritual y metafórico en el que se desenvuelve el misterio cristiano en lo que tiene de más interior en unión con Jesús63. El término «nombre» en los escritos joaneos presenta la coloración especial de revelación en que se manifiesta la persona; referido a Dios, su matiz de paternidad (5,43;10,25;12,28;17,6.11-12.26), aplicado a Jesús, connota el aspecto revelado de Hijo de Dios (3,18;14,13-14.26;15,16.21:16,23.26;20,31)Así pues, la fórmula joanea de petición «en nombre de Jesús», en sí misma, expresa un clima y atmósfera espiritual de unión con Jesús, Hijo de Dios, en aceptación de fe de todo lo que ello implica.

El sentido de esta fórmula joanea queda aún más enriquecido por los contextos en que se inserta. Pedir «en su nombre» significa pedir en un clima de amistad mutua con Jesús; así aparece al aludir el evangelista a esta fórmula después de haber hecho preceder la alegoría de la vid y los sarmientos (15,1-8), con la consecuencia que todo ello comporta de amistad por parte de Jesús (15,12-15) y de fruto duradero por parte del que permanece en él, pudiendo así pedir «en su nombre» al Padre (15,16)65

En otra ocasión, el pedir «en nombre de Jesús» se matiza como un pedir en actitud de fe y amor hacía él (16,26-27). Aquí radica la garantía de la concesión que otorgará el Padre a los que piden «en nombre de Jesús》; el Padre ama a aquellos que le piden estando adheridos al Hijo por fe y amor (16,27).

La fe en Jesús llevará a aceptar su palabra (15,24)y, en consecuencia, también su mandamiento de amor a los demás (15,7.12). Pedir, por tanto, «en nombre de Jesús» es pedir no sólo en actitud de amor hacia él, sino también en actitud de amor hacia los demás.

Los datos, pues, de los evangelios sinópticos sobre la oración de petición están recogidos también por san Juan, pero presentados como en síntesis apretada y personal. En el cuarto evangelio se da la exhortación categórica a la petición: «pedid, y recibiréis» (16,24). En esta formulación ya casi se dejan entrever las cualidades que han de adornar la petición, al equivaler esa expresión a esta otra: «pedid de manera que recibáis». El modo de realizar la petición para san Juan es «en nombre de Jesús». En el contenido de esa expresión están encerradas las condiciones que exigen los sinópticos: la fe por la adhesión a Jesús, la perseverancia por incluir una permanencia en él de mutua amistad, el perdón por el cumplimiento del precepto del amor.

  1. Elementos característicos en la teología del evangelio sobre la oración de petición

Ya la fórmula cincelada «pedir en nombre de Jesús» es un elemento característico del cuarto evangelio por todo lo que en ella se encierra. Pero existen otros elementos que son típicamente joaneos.

Al igual que en los sinópticos, también en el cuarto evangelio, el Padre concede la petición otorgando los deseos de aquellos que acuden a él pidiendo «en nombre de Jesús» (15,16). Pero en el uso de esta fórmula san Juan tiene otra novedad. No sólo se pide «en nombre, de Jesús»: el Padre también concede «en ese mismo nombre» lo que se le pide (16,23)66.El sentido de la expresión «en nombre de Jesús», aplicada a Dios, puede iluminar igualmente su sentido cuando se dice de la petición misma que se dirige a Dios en ese mismo nombre. Si Dios concede «en nombre de Jesús» lo que se le pide, no es porque lo haga comisionado por el Hijo, sino porque lo hace en íntima unión con él, al igual que así envía también el Espíritu (14,26) o el Hijo viene también en nombre del Padre por su unión estrecha con él(10,25).

Aún hay otro elemento más peculiar y característico de la teología joanea sobre la petición. En el cuarto evangelio, la petición se eleva no sólo al Padre, sino también a Jesús. Y lo más significativo es que esta petición se le dirige también «en su nombre» (14,14). Aquí aparece con toda claridad que el pedir «en su nombre» no es pedir meramente invocando su nombre o «en representación de…», sino pedir en el clima de amistad y unión que implican la fe y amor a Jesús.

Aún existe en el cuarto evangelio una última innovación y originalidad en la teología sobre la oración de petición. Se llega a afirmar no ya la concesión que otorga el Padre «en nombre de Jesús», sino la concesión que Jesús mismo hace de cuanto se le pide así, en su nombre: «Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré» (14,14). En este texto joaneo la fuente de donde dimana el don es Jesús mismo, No lo hace desconectado del Padre, sino vuelto hacia él, «para que el Padre sea glorificado en el Hijo» (14,13); en la glorificación del Hijo queda también el Padre glorificado.

Toda esta doctrina sobre la oración de petición está envuelta en un clima de revelación al manifestar la posibilidad que se tiene de acceso al Hijo y al Padre «en nombre de Jesús»; al mostrar el modo como los dos, el Padre y el Hijo, acceden a las peticiones manteniendo la estrecha unión entre ambos: el Padre escuchando la petición «en nombre de Jesús» (16,23)Jesús accediendo a lo que se pide «para que el Padre sea glorificado en el Hijo» (14,13). Este clima de revelación lo deja entrever san Juan cuando inmediatamente antes de hablar de toda esta exposición, hace oír a Jesús, que dice: «Las palabras que os digo no las hablo de mí mismo» (14,10);su doctrina no es suya, sino de aquel que le ha enviado (7,16).

 

  1. El nuevo estadio implicado en la petición «en nombre de Jesús»

La doctrina sobre la oración de petición en el cuarto evangelio deja entrever un doble estadio en el proceso de revelación. Frente a las características de una época pasada se presenta el privilegio de una época nueva. La existencia de una doble etapa está indicada por el evangelista de diversas formas.

En primer lugar presenta dos períodos distintos separados por un breve, espacio: «un poco, y no me veis; y otro poco, y me veréis» (16,16).El primer estadio, tiempo de la pasión en que se oscurecerá Jesús, está caracterizado por un «no me veis», utilizando para ello un verbo característico para indicar una contemplación que se queda en lo periférico, sin penetrar en lo Interior (cf. 4,19;6,2.19;7,3;9,8;20,6).E]segundo estadio, por el contrario, se refiere al tiempo inmediato después de la resurrección, en que los discípulos verán de nuevo a Jesús. Para hablar de esta nueva visión se emplea otro verbo, que, en contraste con el anterior, suele significar en san Juan una visión en profundidad que se desborda después en testimonio (cf. 1,34;3,11.12;20,8).

Un segundo modo de establecer este doble estadio es hacer referencia a la salida que Jesús hace del Padre para venir al mundo, y la vuelta que tiene al Padre-dejando el mundo (16,28). Son las dos etapas claves: él tiempo de la permanencia de Jesús con los discípulos antes de su glorificación, y el tiempo en que Jesús, ya glorificado, vuelve al Padre, de donde salió.

Una tercera forma de aludir a esta doble etapa es la comparación gráfica de la situación de tristeza de la mujer antes de dar a luz y la actitud de gozo, olvidando su dolor pasado, cuando el hijo ya ha venido al mundo (16,21).

Cada uno de estos dos estadios tiene, sus características peculiares. El estadio anterior a la glorificación de Jesús es una época de conocimiento imperfecto, por tratarse aún de una época de revelación pretendidamente velada. Jesús ha hablado en ella solamente como en parábolas (16,25); es una época en que todavía se necesita preguntar (cf.16,23).Precisamente por ello en este estadio no se ha pedido nada «en nombre de Jesús»(16,24). Los discípulos no han tenido aún el conocimiento de todas las virtualidades encerradas en ese «nombre».

La época nueva, por el contrario, será una etapa privilegiada. Será el estadio del conocimiento y visión penetrante de lo que es y significa Jesús (16,16).A ello contribuirá el Espíritu, que introducirá en la verdad completa (16,13). Al gozo de este nuevo conocimiento se añade la alegría que proviene de la actitud de Jesús: «Ahora tenéis tristeza, pero de nuevo os veré y se alegrará vuestro corazón» (16,22).Se dará un conocimiento recíproco entre Jesús y los suyos, como ya lo formuló Jesús en la alegoría del Buen Pastor: «Yo conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí, como el Padre me conoce y yo conozco al Padre» (10,14-15). Al tener este conocimiento nuevo de Jesús, entonces será posible lo que hasta esta etapa no se dio: pedir en su nombre (16,24).En este nuevo estadio Jesús exhorta a pedir en su nombre «para que el gozo sea pleno» (16,24).La fuente del gozo radica, no ya sólo en el recibir lo pedido; eso es sólo el complemento de una alegría previa radicada en el conocimiento nuevo que se posee de Jesús al pedir en su nombre. El gozo de esta nueva etapa está ya motivado por la misma posibilidad que existe de pedir «en su nombre».

 

  1. Convergencia entre Jn 7,37-39 y 14,14

Después de haber expuesto la teología sobre el Corazón de Cristo implicada en las palabras de Jesús en la fiesta de los Tabernáculos (7,37-39) y haber esbozado la teología de la oración de petición en el cuarto evangelio, a raíz fundamentalmente de un texto (14,14), vamos ahora. finalmente, a hacer la confrontación de esos dos textos. Ello nos hará ver el puesto que ocupa el Corazón de Cristo en la teología de la petición. Los dos textos mencionados poseen una convergencia de expresiones que garantizan una convergencia también de contenido.

 

  1. Convergencia en las expresiones

Los dos textos están insertados en contextos totalmente diferente que los distancian. Pero no por eso está ausente en ellos la misma mar que los ha plasmado y también la misma teología que los ha alimentado. Exponemos primero una visión sinóptica de los textos, teniendo también en cuenta los contextos, para pasar después a una breve aclaración.

 

 

 

 

 

Jn 7,37-39

Jn 14,14[cf. 16,24]

37 En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. 38 El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. 39 Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.

Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí

Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré.

 

para que el Padre sea glorificado

 

Al exponer esta comparación sinóptica no pretendemos mostrar un influjo literario recíproco entre los textos, ni aun siquiera un proceso similar pretendido en su desarrollo; solamente la semejanza de expresiones que, aun con formulación literaria diversa, resuenan con un eco común, transmisor de una misma teología.

  • Las palabras de Jesús en la fiesta de los Tabernáculos se abren con un clima de revelación al gritar Jesús, al igual que la doctrina sobre la petición está enmarcada en una atmósfera de manifestación de Jesús que habla (14,10) que recibe del Padre.
  • Las palabras de Jesús al gritar en el templo están dirigidas a quien tenga sed, a quien tenga una necesidad vital que le; apremia a buscar remedio; la doctrina sobre la petición parte de la indigencia existente en el hombre que le impulsa a remediarla pidiendo (14,14).
  • Las palabras de Jesús ante la muchedumbre invitan a venir a él, con lo que implica de fe (7,37), exhortan a beber, es decir, interiorizar (7,37) la fe de los que ya creen en él (7,38) las palabras de Jesús a sus discípulos exhortándoles a que pidan en su nombre (14,14) implican igualmente una llamada a la fe en él, con todo lo que encierra de interioridad la permanencia en el clima de intimidad y amistad.
  • 4)Para explicar las palabras de Jesús proferidas el último día de la fiesta se alude a la Escritura donde se habla de una promesa futura: brotarán (7,38) ríos de agua viva de él mismo, de su interior (7,38); Jesús, al hablar de la petición, también promete para el futuro algo que hará (14,14) él mismo (14,14).
  • El agua que brotará del. Corazón de Cristo, el Espíritu, la han de recibir como gracia (7,39) los que creen en él; lo que Jesús hará a los que piden, en su nombre en actitud de fe, estos lo recibirán igualmente como don (16,24).
  • En el primer texto se habla de un estadio previo en que aún no había Espíritu (7,39); al exponer la doctrina sobre la petición se menciona una época en que no se ha pedido en nombre de Jesús (16,24), en último término porque el Espíritu aún no había hecho descubrir las riquezas encerradas en ese «nombre».
  • En el primer texto se habla igualmente de un estadio futuro de glorificación de Jesús (7,39), en el que se recibirá abundantemente, el agua de Vida, el Espíritu, brotada de su seno; en la doctrina sobre la petición se trata igualmente de una glorificación del Padre(14,13) en la misma glorificación del Hijo al conceder este lo que se le pide en su nombre.

 

  1. Convergencia en el contenido

En la confrontación de los dos textos antes analizados se dan indudablemente formulaciones que convergen en una misma orientación. Nada de extraño, pues, que exista también una convergencia de contenido teológico en la exposición de esos dos temas joaneos, el Corazón de Cristo como fuente de donde dimana el Espíritu y la doctrina sobre la oración de petición.

  • El grito de Jesús en la fiesta de los Tabernáculos es, en primer lugar, una exhortación a apagar una sed existente. No se precisa aquí el sentido de esta, sed del hombre. Por el remedio que se sugiere, venir a Jesús, sé insinúala sed de bienes mesiánicos que sólo se puede saciar con los bienes que él trae Pero de esa sed no se puede excluir todo aquello que constituye al hombre en una situación de necesidad e indigencia, en una condición de sediento.

Para remediar la sed, Jesús invita a llegarse hasta él, venir a él. La sed que devora sólo encontrará remedio en una actitud de fe en Cristo. Esa fe en Jesús, sobre todo si se interioriza, si se incorpora a la propia vida, como lo hace el sediento al beber el agua, no sólo calmará la sed, sino que saciará con la abundancia de bienes que ofrece.

La riqueza de dones ofrecidos al que cree sé hace gráfica con la imagen de ríos de agua, y de agua viva, porque comunicará la vida que estaba ausente en el que moría de sed. Todo este caudal de vida brotará del interior dé Cristo, de su seno, de su corazón.

La realización de este anuncio y promesa se cumplirá a partir de ese estadio de glorificación de Jesús en el que, una vez muerto, entregara su espíritu; todo esto tendrá comienzo cuando del corazón rasgado de Cristo brote el agua, esa agua de vida a la que había aludido durante su vida refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él.

  • La teología joanea sobre la petición también parte de una sed existente en el hombre. La sed está constituida por todo aquello que necesita que el evangelista recoge en su formulación: «cualquier cosa que pidáis» (14,13). De entre toda la gama de bienes que el hombre anhela, ocupa ciertamente un puesto relevante aquello que es «el don de Dios» (4,10),porque puede apagar totalmente la sed al convertirse en él en una fuente qué salta hasta la vida eterna (4,14). Pero hay otros muchos bienes que no están excluidos de la petición: «cualquier cosa que pidáis».

Para encontrar remedio de esa sed Jesús sugiere un medio, pedir. Pero la petición tiene que estar sellada con una característica especial, se ha de desenvolver en un clima concreto, ha de ser petición hecha «en su nombre». Ahí está incluida la necesidad de una fe inquebrantable en Jesús. Al invitar Jesús a apagar la sed mediante la petición en su nombre, está indicando también como remedio el «venir a él», es decir, con actitud dé fe; está invitando a «beber» esa fe, esto es a interiorizarla por el clima de unión íntima que implica la petición hecha en su nombre. Sólo cuando se pide así, en actitud de fe y amor, existe garantía de que la sed sea apagada, que la oración sea escuchada. La promesa se ha hecho al que pide «en su nombre».

Jesús mismo llevará a término la realización de esa promesa. Él ha prometido conceder cuanto se le pida en su nombre: «yo lo haré» (14,14).La concesión que Jesús otorga, que su «Yo» concede, es algo que brota de su amor, se puede decir, de su corazón ,  por ser expresión del amor que tiene a los que le piden amándole precisamente por suplicar «en su nombre». Acerca del Padre dice Jesús que ama, y por eso escucha, a los que aman y creen en él (16,26-27), es decir, a los que piden «en su nombre»: También Jesús escucha a los que piden en su nombre (14,14), precisamente porque, al amarle así, él también los ama, como los ama el Padre (16,27). El origen de donde dimanan los bienes que Jesús concede es su amor. El intercambia y muestra su amor accediendo a la petición de los que le pidén en su nombre, Incluso, cuando el Padre escucha la petición, el origen está también en el amor de Cristo; su amor (15,12) y la amistad que él ofrece (15,15) tienen como consecuencia natural la concesión que el Padre otorga (15,16).

Lo que Jesús concede a los que piden en su nombre, como expresión de su amor, proviniendo, por tanto, de su corazón, es «cualquier cosa que pidáis»(14,13).San Juan, al hablar del objeto de la petición y concesión, no especifica directamente el Espíritu; está, sin embargo, incluido en la generalización del objeto de la petición: «cuanto pidáis》. San Lucas, como objeto especial de la concesión del Padre, menciona el Espirita (11,13),de donde deduce la concesión también de cualquier otro bien, pues, al dar el mayor de los bienes, concederá también lo que es menor72.En la teología de san Juan se podría hacer la inducción a la inversa: si Jesús concede cuanto se le pide en su nombre, no negará el don por excelencia, el Espíritu. Este también brotará de su Corazón al concederlo por amor a aquellos que le piden en su nombre. Como en las palabras de la fiesta de los Tabernáculos, junto con el brotar del Espíritu del Corazón de Cristo, se incluyen además los otros bienes que pueden contribuir a apagar la sed del hombre, así en la doctrina sobre la oración de petición, entre la abundancia de los bienes que Jesús promete a los que piden en su nombre, también está incluido el Espíritu, el gran don por excelencia. El Espíritu es precisamente el don que Jesús promete (16,7), que entrega (19,30),que brota de su seno (7,38-39) al salir él aguade su costado abierto (19,34),que comunica a los discípulos una vez glorificado (20,23).

 

  1. Conclusión

Del Corazón de Cristo brota el Espíritu que calma, sacia la necesidad de los sedientos (7,37-39); del Corazón de Jesús brotan los otros bienes que los necesitados reciben al elevar la petición en su nombre (14,14). La confrontación de estos dos textos muestra una conexión entre ellos; la comparación de estos dos temas, el Corazón de Cristo fuente de donde brota el Espíritu (7,37-39) y la doctrina sobre la oración de petición (14,14),manifiesta una mutua implicación entre ellos. El grito de Jesús en la fiesta de los Tabernáculos es como el anticipo de lo que después se dirá en torno a la oración de petición. O, si se quiere, la doctrina joanea sobre la oración de petición en la última Cena no es sino el eco del grito de Jesús en la fiesta de los Tabernáculos.

Muy bien hace la Iglesia al llamar al Corazón de Cristo: «Dives in omnes qui invocant te». Por él tenemos el Espíritu, por él tenemos todos los bienes que nos concede. Todo ello está a nuestra disposición, no con medida, sino con la abundancia de un río de agua viva. Para remediar la sed, basta con «venir a él» y «beber»; sólo se requiere que se pida «en su nombre».