Oración litúrgica y oración personal en la doctrina del Corazón de Jesús

Por Manuel GARRIDO BONANO,OSB

No existe, ni ha existido jamás, una devoción que tanto fomente la oración litúrgica personal como la devoción al Corazón de Jesús. El fundamento de esto lo encontramos en que la devoción al Corazón de Jesús, tal como ha sido presentada por el Magisterio de la Iglesia, es una síntesis de toda la Historia de la salvación y, por lo mismo, una síntesis de toda la vida cristiana. Con razón decía Pío XII, en la Haurietis aquas, después de considerar el Corazón de Cristo como el Corazón de una persona divina que, «de ahí la importancia que se ha de dar al culto al Corazón de Jesús hasta tal punto que se lo puede ver como la mejor manera de practicar el cristianismo». Pablo VI decía: «Es esencial al designio de la revelación cristiana el descubrimiento que Dios nos comunica y que nosotros acogemos y gozamos si estamos atentos y disponibles a este fulgor, de que Dios es amor (1 Jn 4,8;4,16;Jn 3,16; Ef 2,4); y como tal se nos ha manifestado en Cristo descubriéndonos el secreto presente ya, aunque misterioso y casi mudo en la creación natural; porque en Cristo el amor de Dios por nosotros asumió un lenguaje comprensible, si bien inconmensurable para nuestro corazón humano: Cristo me amó y se entregó por mí»2. Esto lo decía el Papa aludiendo al mes de junio como mes del Sagrado Corazón de Jesús. Karl Rahner, en una página bellísima sobre la teología del culto al Corazón de Jesús afirma que, «mientras el hombre tenga corazón, tendrá que hablar del corazón y precisamente de la palabra corazón. Es decir, siempre. Hablará del corazón siempre que, sencillo y sabio a la vez, sea remitido desde lo múltiple al origen…»3. No hemos hecho más que merodear los pórticos de la teología del culto al Corazón de Jesús. Pero hay que saber qué significa corazón y qué infinito peso tiene en sí misma la palabra corazón cuando se quiere hablar del Corazón de Cristo y confesar, adorando, su gracia. Sólo entonces se puede empezar a decir:《Mira este Corazón》. Sólo entonces veremos claro lo que significa el mensaje que oímos: el eterno Verbo de Dios tiene corazón humano, se ha abandonado a sí mismo a la aventura de un corazón humano, hasta derramarse traspasado por los pecados del mundo, hasta padecer la inutilidad y la importancia de su amor en la Cruz, hasta convertirse así en eterno corazón del mundo… A estas palabras de principio terrestre y de eterno fin pertenece la palabra que Dios seguirá diciéndonos a los hombres en la eternidad: Mira este Corazón que tanto ha amado a los hombres».

Mirándolo detenidamente, ninguna otra devoción como la del Corazón de Jesús se acomoda a lo que dijo el Concilio Vaticano II sobre la relación entre vida litúrgica y ejercicios piadosos: «Se recomiendan encarecidamente los ejercicios piadosos del pueblo cristiano, con tal que sean conformes a las leyes y a las normas de la Iglesia, en particular si se hacen por mandato de la Sede Apostólica…Ahora bien, es preciso que estos mismos ejercicios se organicen teniendo en cuenta los tiempos litúrgicos, de modo que vayan de acuerdo con la sagrada liturgia, en cierto modo deriven de ella y a ella conduzcan al pueblo, ya que la liturgia, por su naturaleza, está muy por encima de ellos»5. Es lo mismo que casi con las mismas palabras dijo Pío XII, en 1947, en la encíclica Mediator Dei, el cual subrayó de modo particular el culto al Corazón Sacratísimo de Jesús.

Dos, creo yo, que son los elementos fundamentales del culto litúrgico y extra litúrgico que están constantemente exigidos en lo referente al Corazón de Jesús, tal como esta doctrina ha sido expuesta por sus propagadores más eximios y, sobre todo, por el Magisterio de la Iglesia: la mediación sacerdotal de Cristo y la devotio o consagración. A esto tenemos que añadir todo lo que ha significado la fiesta litúrgica del Corazón de Jesús en orden a intensificar más aún la piedad de los fieles.

 

  1. Mediación sacerdotal de Cristo

La vocación sacerdotal de Cristo se identifica con el motivo de su en-carnación. El sacerdocio en Cristo no es un privilegio accidental, sino la prerrogativa más esencial del Verbo encarnado. Toda su razón de ser ante Dios y ante los hombres. Toda la obra redentora de Cristo fue realizada por su sacerdocio y, por lo mismo, la fundación de la Iglesia y los medios que Él quiso que operaran su crecimiento y su santificación, fueron también consecuencias de su sacerdocio.

El Magisterio de la Iglesia nos presenta la liturgia como «un ejercicio del sacerdocio de Jesucristo, una continuación de su acción sacerdotal. Pío XII nos dio una doctrina sublime sobre estos puntos. Podemos afirmar que el Concilio Vaticano II no ha hecho otra cosa que recoger sus enseñanzas e incorporarlas en la Constitución sobre la Liturgia. En la celebración litúrgica, la acción sacerdotal de Cristo es una realidad que nos asalta «real y presencialmente». Si no tenemos en cuenta esto, más aún, si no nos dejamos invadir por esa presencia de Cristo, todo viene a ser un ritualismo vacío y sin sentido.

En cualquier parte que se mire a la liturgia es siempre y principalmente Cristo el que está en el primer plano: Cristo es el que sacrifica; Cristo es el que santifica y distribuye las gracias en los ritos sacramentales de la Iglesia. Todo lo lleva Cristo en pos de Sí; a todos cubre con su acción santificadora y cúltica. Por eso las acciones litúrgicas de la Iglesia tienen una aceptación especial en el acatamiento del Padre Eterno. Son acciones de su Hijo, llevan la impronta y el sello de su Unigénito y en Él tiene pues-tas todas sus complacencias. La Iglesia siempre ha sido consciente de esta verdad y todas las oraciones las eleva al Padre por Cristo. En las liturgias más antiguas, y también en la liturgia romana actual, el estilo de la oración tiene de particular que toda plegaria, oración o prefacio y, sobre todo, el final de la oración eucarística están redactados de tal forma que la elevación del alma hacia Dios se hace siempre «por Cristo». Esto ha nacido de la tradición litúrgica de los tiempos más remotos, de los mismos tiempos apostólicos. Lo dijo el mismo Señor; «Sin mí nada podéis hacer”. A fuerza de oír sin cesar estas palabras y de contestar a ellas con el «amén»,

los fieles tenían que darse perfecta cuenta de que nuestra marcha confiada hacia Dios no es posible más que por Él. La repetición constante de esta fórmula bastaba para demostrar que el cristianismo no es un conjunto cualquiera de doctrinas y de mandamientos, sino la Buena Nueva de Cristo que quiere llevarnos al Padre y, esencialmente, la unión con Cristo y vida con Él.

Refiriéndose a esta meditación de Cristo en la liturgia, decía el P. Jungmann en el Congreso de Pastoral Litúrgica de Asís-Roma, en 1956:

Cuando, de este modo, semana tras semana, y años tras año, el Señor y su obra aparecían ante la mirada espiritual de los fieles, es-tos debían comprender bien lo que significa ser cristianos. Mientras los fieles entendían este lenguaje y estaban compenetrados con él, no podían extraviarse, aun cuando, por lo demás, sus conocimientos en materia de fe fueran modestos y no les fueran familiares las distinciones sutiles de los teólogos. Por esto es por lo que podemos explicarnos que, durante siglos, fuera posible un ministerio pastoral allí donde nada se sabía de catequesis metodizada, donde se predicaba poco, donde era casi sólo el obispo el que predicaba, donde no podía darse una instrucción uniforme por la prensa, y donde, a pesar de todo, se vivía un cristianismo floreciente, y esto porque las grandes verdades cristianas se mantenían vivas por la liturgia.

Los estudios realizados sobre este tema en el Medievo, muestran que la devoción al Corazón de Jesús se vive en relación con la mediación sacerdotal de Cristo. En el fondo, la parte que el Corazón de Jesús tiene, por ejemplo, en las relaciones de santa Gertrudis con Dios y en su modo de ver todas las cosas es simplemente aquella misma parte que la liturgia inculca con suma fuerza ser la parte que tiene Cristo como Cabeza y mediador para con Dios, por el cual tenemos el único acceso a Dios y por cuyo medio nos vienen todas las gracias de Dios, como tan fundadamente ha expuesto el P. Vagaggini en varios trabajos suyos. Es simplemente el universal «Per Christum Dominum nostrum» de la liturgia. Sólo que en santa Gertrudis está concretizado en el símbolo del Corazón de Jesús con una fuerte acentuación del amor inmenso y gratuito de Cristo para con los hombres como último dinamismo y última explicación de toda su obra redentora, sacerdotal y mediadora. En sus escritos aparece el Corazón de Jesús como una cítara melodiosa ante el Padre o ante toda la Santísima Trinidad , como Él órgano de la Santísima Trinidad 13, órgano divino que suena con sumo placer de toda la Trinidad y de toda la corte celestial 14. A veces se lo representa como un altar de oro que el mismo Cristo ofrece al Padre 15, o como un incensario ante la Santísima Trinidad con cuyo humo se confunden las oraciones que la Iglesia eleva a Dios, lo cual da a estas oraciones admirable esplendor y perfume 16. También muestra el Corazón de Cristo como fuente que sale del costado abierto del Cordero a un cáliz de propiciación para todos 17. Estas y otras imágenes del mismo género no son otra cosa que una concretización del «Per Christum Dominum nostrum de la liturgia, es decir, de la mediación universal de Cristo. Todo esto nos hace ver cómo la devoción al Sagrado Corazón de Jesús se armoniza egregiamente con el espíritu de la liturgia, como una simple ulterior determinación de las virtualidades contenidas realmente en ella. En el fondo, los escritos medievales referentes al Corazón de Jesús muestran que se tiene ante los ojos la escena de Cristo, ahora glorioso, sentado a la derecha del Padre «ad interpellandum pro nobis», realidad que, como se sabe, es el fundamento de toda la liturgia. Precisamente, sobre el fondo del Kyrios y del misterio pascual, es como se puede obtener un concepto integral del sacerdocio actual de Cristo y de su vivo significado para la vida del mundo; comprender toda la maravillosa figura de Jesucristo, «el sumo sacerdote de nuestras oblaciones, el patrono y ayuda de nuestra debilidad», según expresión de san Clemente Romano. Ese misterio de muerte-vida en Jesús, y en nosotros mismos, es el objeto primario de la catequesis apostólica, como punto de vista sintético y concreto que mejor compendia los diversos aspectos del Evangelio. Por eso es el punto central de la economía de la salvación «in Christo», tanto en la Biblia, como en la patrística, en la liturgia y en la vida misma de la Iglesia.

Es cierto, sin embargo, que la piedad monástica del Medievo no está cristalizada preferentemente alrededor de pensamientos referentes al Corazón de Jesús, ni se expresa así con predilección, como acertadamente afirma el P. Léclercq. Esta forma de devoción es parte de un conjunto, vasto y jerarquizado, en el que no se rompe su equilibrio. Sin embargo, está presente y realmente atestiguada. Y, lo que es más importante, sin ella la herencia patrística no habría sido transmitida de modo viviente. Sin ella los desarrollos posteriores no habrían sido posibles. En los monasterios medievales la veneración al Corazón de Jesús se extiende como algo que rodos admiten y sobre el que no hay necesidad de insistir, no sólo en los escritos, sino también en los testimonios iconográficos. La mayor parte de los temas bíblicos, doctrinales y psicológicos que encontrarán mucho más tarde, la expresión acabada en el Oficio del Corazón de Jesús promulgado por Pío XI, en la encíclica Haurietis aquas, de Pío XII, y en otros documentos más recientes han sido elaborados y pacientemente experimentados, en el curso del Medievo monástico, pero siempre íntimamente unidos con la celebración litúrgica con todos sus presupuestos y todas sus consecuencias, especialmente con la mediación sacerdotal de Cristo, Pontífice Supremo de nuestra fe., Es curioso notar que esto aparece siglos más tarde en los escritos autobiográficos de santa Margarita María de Al-acoque, por ejemplo, en una ocasión dice: «Uniré todas mis oraciones a las que formula el Corazón de Jesús por nosotros en la hostia; y así mismo en el Oficio divino, lo uniré a las alabanzas que este adorable Corazón da allí a su eterno Padre».

Esta es la doctrina expresada en diversos documentos pontificios en los que aparece el Corazón de Cristo como fuente y símbolo de su permanente intercesión y mediación sacerdotal. Implícitamente lo encontramos en las encíclicas Annum Sacrum de León XIII (25-5-1899) y Miserentissimus Redemptor de Pío XI (8-5-1928). Pero donde aparece detenidamente expuesto, casi como un tratado, es en la encíclica Haurietis aquas de Pío XII (15-5-1956), en la que después de enumerar todos los dones que hemos recibido del Corazón de Cristo, como símbolo de su amor, sobre todo el sacerdocio, la Eucaristía y a la misma Virgen María como Madre de Dios y Madre nuestra, afirma:

Como Cristo amó a la Iglesia, así la sigue amando aun intensamente con el triple amor del que hemos hablado. Ciertamente ese amor es el que le impulsa a ser nuestro abogado, y a obtenernos del Padre gracia y misericordia viviendo siempre para interceder por nosotros. Las plegarias nacidas de su inagotable amor que se dirigen al Padre, nunca se interrumpen. Como en los días de su visita mortal, también ahora, triunfalmente en el cielo, sigue suplicando al Padre con no menos eficacia; y a aquel que tanto amó al mundo que entregó a su Hijo Unigénito para que todo el que crea en Él no perezca, sino que posea la vida eterna, muestra su corazón vivo y herido, ardiendo en un amor más intenso que cuando, ya exánime, le hirió la lanza del soldado romano… Así que no puede dudarse que el Padre celestial que aún a su mismo Hijo no perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros, al oír las súplicas de tan gran abogado y dirigidas con tan vehemente amor, no podrá menos de derramar incesantemente por medio de Él la abundancia de sus gracias divinas sobre todos los hombres.

Pablo VI, en la Carta apostólica Diserti interpretes, del 25 de mayo de 1965, a los Superiores Mayores de Institutos Religiosos que reciben el nombre y el espíritu del Corazón de Jesús, dice: «En el Corazón de Jesús se encuentra el origen y manantial de la sagrada liturgia, ya que es el templo santo de Dios, donde se ofrece el sacrificio de propiciación al Eterno Padre, de modo que puede salvar perfectamente a cuantos por Él se acercan a Dios».

Resultan, por lo mismo, infundadas todas las objeciones contra la devoción al Corazón de Jesús por no estar en armonía, según dicen, con el Kyrios del Misterio Pascual, siendo así que nos manifiesta el verdadero fundamento y una síntesis del misterio de nuestra redención, como expresamente afirmó Pío XII. Es, en realidad, la imagen auténtica del Pantocrátor, según el Evangelio. Las imágenes de Cristo dominador en los mosaicos y pinturas de los ábsides de ciertas basílicas antiguas son bellísimas, pero a los cristianos les causaba cierto temor. Muchas veces aluden a la mirada vigilante y escudriñadora de la imagen de Cristo que, por un efecto óptico, sigue a los que entran en el recinto sagrado por donde quiera que vayan. La imagen del Corazón de Jesús es el Pantocrátor del amor, que no causa temor, sino que atrae a todos y los conduce al Padre.

  1. La «devotio» en la liturgia y la consagración al Corazón de Jesús

Empleamos la palabra latina devotio y no la española «devoción», porque en la actualidad esta palabra «devoción» sugiere más bien o una cierta propensión especialmente del sentimiento sensible, a las cosas de la religión en general, y en este sentido se dice que uno es devoto, es un devoto; o, con más precisión todavía, una cierta propensión privada a consideraciones o a aspectos particulares de la doctrina religiosa o a ciertas prácticas religiosas particulares, como tener devoción a la Pasión del Señor, a la Virgen del Carmen, a san José, etc.

El concepto antiguo de   es algo más profundo. En la lengua religiosa de la antigüedad latina la palabra devotio ha significado, en primer lugar, la acción correspondiente al verbo devorere, se consagraba algo a los dioses infernales. De aquí pasó a significar el acto por el que un ciudadano se ofrecía al servicio de un jefe, de un príncipe o emperador. Para los paganos se llamaban «devotos» cuantos se entregaban a la muerte por la salvación del ejército, como refiere Tito Livio de los Decios. Mira más bien a la disposición interior del hombre, pero también al signo externo que lo manifiesta. Con este sentido, pero referido a Dios, aparece en la traducción latina de la Biblia y en el lenguaje cristiano. Esta devotio interior pue-de ser ella misma el acto por el que se dedica ya a Dios interiormente lo que le será consagrado o sacrificado exteriormente. Así se encuentra en el libro de los Números: «iuxta quod mente devoverat, ita faciet ad perfecctionem sanctificationis suae» (6,21), que según la traducción del texto original sería más bien así: Esta es la ley del nazareo que hace voto y de su ofrenda a Yahvé por su nazareato, fuera de aquello que sus posibilidades le consientan añadir. Hará de conformidad con su voto, según la ley del nazareato». Puede designar, igualmente, las disposiciones interiores del alma en el cumplimiento de un rito de ofrenda; tal parece ser el sentido de los diversos textos de la Escritura en los que se unen los términos mens y devotus, como en Éx 35,21.29 y 2 Crón 29,31 en los que se inspirarán más tarde los autores medievales cuando definen y describen la devotio.

Los textos relativos al culto cristiano, ya sean tomados de la literatura patrística o de los antiguos libros litúrgicos, manifiestan el uso de esa palabra en su sentido primitivo de consagración 25. En esos textos se utiliza indistintamente la palabra devotio tanto para significar la celebración litúrgica y las disposiciones interiores de fe, piedad, atención y fervor que han de tener los que en ella participan, así como el compromiso de vida que exige tal celebración. Resulta difícil distinguir un sentido del otro en esas fórmulas, por la sencilla razón que los dos se encuentran simultánea-mente presentes en ellas. La celebración litúrgica ha de estar acompañada de esos sentimientos interiores sin los cuales se vería reducida a un vano formulismo que podría llegar a ser blasfemo y sacrílego. Los clásicos maestros de la vida espiritual ya se habían preocupado seriamente de esto. Es bien conocida la expresión de san Agustín: «hoc versetur in corde quod profertur in voce», o esta otra de san Benito: «mens nostra concordet voci nostrae».

Pío XII insistió mucho en la encíclica Mediator Dei en que «el elemento esencial del culto debe ser el interno: es necesario, en efecto, vivir siempre en Cristo, dedicarse por entero a Él, a fin de que en Él y por él se dé gloria al Padre. La sagrada liturgia exige que estos dos elementos (el externo y el interno) estén íntimamente unidos, lo que no se cansa de repetir cada vez que prescribe un acto externo del culto. Así, por ejemplo, a propósito del ayuno nos exhorta: A fin de que lo que nuestra observancia profesa exteriormente se obre de hecho en nuestro interior. De otra forma la religión se convierte en un ritualismo sin fundamento y sin sentido”. Es lo mismo que repitió más tarde el Concilio Vaticano II en un párrafo bellísimo de la Constitución Sacrosanctum Concilium: para asegurar la plena eficacia de la Liturgia, se dice allí, «es necesario que los fieles se acerquen a la sagrada liturgia con recta disposición de ánimo, pongan su alma en consonancia con su voz y colaboren con la gracia divina, para no recibirla en vano. Por esta razón, los pastores de almas deben vigilar para que en la acción litúrgica no sólo se observen las leyes relativas a la celebración válida y lícita, sino también para que los fieles participen en ella consciente, activa y fructuosamente».

Por todo lo dicho se ve que la devotio no es otra que una cierta voluntad dispuesta para darse a todo cuanto mira al servicio de Dios. Por eso dice Santo Tomás que «la devotio es un acto de la voluntad del que se ofrece a sí mismo a Dios para servirlo» 29. Exige, por lo mismo, una decisión de la voluntad por la cual se pone en actitud radical siempre dispuesta para el servicio de Dios; es un darse total que el hombre hace de sí

mismo a Dios, dirigiendo su propio querer y placer hacía el único fin de su servicio, siempre preparado a obligarse en todo aquello que concierne a su honor. Es como la primera disposición psicológica fundamental, fruto de la virtud de religión que penetra toda la vida, dando orientación, modo y forma a todos los actos subsiguientes en los que este servicio se concretiza. Las devociones no pueden tener valor más que como medios para alimentar y expresar la devotio. En su último análisis deben dirigirse siempre a Dios. La devotio es como el «humus» inmediato sobre el que germina y crece el culto.

El P. Vagaggini dice, al tratar de las relaciones entre liturgia, fe y teología, que la liturgia se preocupa ante todo« de sintonizar todo el hombre concreto y sumergirlo en un ambiente general de oración y de entrega a Dios, es decir, en aquel ambiente de devotio que es el alma del cultos»

Todo esto está íntimamente relacionado con la consagración al Corazón de Jesús que supone, realiza y acrecienta esa actitud de devotio que ha de tener el ánimo de todos los que participan en la celebración litúrgica. La consagración es una nota específica del mensaje de Paray-le-Monial y, desde León XIII, ha sido constante en los documentos pontificios sobre el Corazón de Jesús. Entre otros muchos testimonios merecen citarse los siguientes:

León XIII: «Es oportuno y justo consagrarse a Su Corazón, que no es otra cosa sino entregarse y obligarse con Jesucristo, ya que todo honor, obsequio o culto se ofrece al Corazón divino, se ofrece propia y verdaderamente al mismo Cristo»(Annum sacrum,7).

Pío XI: «Entre todo cuanto toca al Sagrado Corazón sobresale la consagración que nos ofrecemos, con todas nuestras cosas, al Corazón de Jesús, reconociéndolas como recibidas del amor eterno de Dios.» Al consagrarnos al Corazón de Jesús «presentamos el júbilo de aquel gran día en que el mundo entero, espontáneamente y de buen grado se ha de someter al dominio suave de Cristo Rey» (Miserentissimus Redemptor, 4-5).

Pío XII: «Es esencial en esta devoción excitar el amor a Dios y al prójimo hasta la total entrega de sí mismo》 (Carta 19-11-1948).«El culto al Corazón de Jesús exige de nosotros una plena y absoluta decisión de entregarnos y consagrarnos al amor del Redentor» (Haurietis aquas,4).

Pablo VI: «Vivir y aplicar con realidades el mandamiento supremo del amor a Dios y al prójimo es exigencia primordial de una consagración al Corazón de Jesús consciente y consecuente»(Mensaje,26-5-1969)32.

En la alocución en el mes de junio, dijo: «El corazón habla al corazón. El Corazón de Cristo late todavía y hace latir al unísono a otros miles de corazones». Es bien claro, por estos testimonios, la identificación de actitudes que exigen la participación activa en las celebraciones litúrgicas y la devoción auténtica al Corazón de Jesús. A estos se une también la misma idea de reparación, que no es otra cosa que tener los mismos sentimientos del propio Cristo. No hay mejor forma de reparación que hacerse víctima con Cristo Víctima por los pecados de los hombres. Pio XI lo expuso con toda claridad en la encíclica Miserentissimus Redemptor:

Pero debemos recordar siempre que toda la fuerza de la expiación pende únicamente del sacrificio cruento de Cristo…, por Io cual debe unirse con este augusto sacrificio eucarístico el de los fieles… Por eso nos advierte san Pablo que llevando alrededor de nuestro cuerpo la mortificación de Jesús, y consepultados y complantados con Cristo, a semejanza de su muerte, no sólo crucifiquemos nuestra carne con sus vicios y concupiscencias, sino que… ofrezcamos dones y sacrificios por los pecados… Todos los cristianos, linaje escogido, real sacerdocio, deben por sí y por todos los hombres ofrecer sacrificios por los herma-nos; y este fue el designio de Cristo cuando nos descubrió su Corazón con los emblemas de su pasión y llamas de caridad: que siendo de una parte la malicia infinita del pecado, y de otra la infinita caridad del Redentor, con más vehemencia detestásemos el pecado y con más ardor correspondiésemos a su caridad. El espíritu de expiación y reparación siempre ha sido lo más importante del culto al Corazón de Jesús, ni hay nada más conforme con el origen, índole, virtudes y prácticas propias de esta espiritualidad.

Pío XII sintetizaba esto mismo en la Haurietis aquas: «El amor y la reparación son las notas típicas de este culto», «son sus elementos esenciales», «son los principales deberes de la religión católica». En Ia Carta apostólica Investigarles divitias, Paulo VI desea que el culto al Sagrado Corazón «se concrete en la participación del sacramento eucarístico, ya que es su participación don, porque en este se inmola y es recibido el que está siempre vivo para interceder por nosotros», y el 14 de junio de 1966 decía que «estas dos características de amor y reparación, son de todos los tiempos. Y hoy, no dudamos en decirlo, más actuales que nunca».

Ahora bien, Pio XII, en la Mediator Dei, afirma que los fieles ofrecen conjuntamente con el sacerdote el sacrificio de la Misa en cuanto que unen sus votos de alabanza, de impetración y de expiación, así como su acción de gracias a la intención del sacerdote, ante el mismo Sumo Sacerdote, a fin de que sean presentadas a Dios Padre en la misma oblación de la Víctima, y con el rito externo del sacrificio manifieste por su naturaleza el culto interno», y que «para que la oblación, con la que en este sacrificio ofrecen la Victima divina al Padre celestial, tenga su pleno efecto, es necesaria todavía otra cosa, a saber: que se inmolen a sí mismos como víctimas. Esta inmolación no se limita solamente al Sacrificio litúrgico. Quiere, en efecto, el príncipe de los Apóstoles, que por el mismo hecho de que hemos sido edificados como piedras vivas sobre Cristo, podamos como sacerdocio santo ofrecer sacrificios espirituales aceptos a Dios por Jesucristo, y san Pablo Apóstol, sin ninguna distinción de tiempo, exhorta a los cristianos con las siguientes palabras: Yo os ruego, hermanos, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, grata a Dios; este es vuestro culto racional», es decir, espiritual.

Esto siempre se ha manifestado en los textos litúrgicos de todos los tiempos, pero más aún en los libros promulgados por Paulo VI, en los que las mismas plegarias eucarísticas subrayan con vigor la actitud oblacional de los que participan en la Eucaristía, por ejemplo, en la plegaria eucarística tercera, se dice: «Que Él nos transforme en ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidlos… »,y en la cuarta: «Dirige tu mirada sobre esta Víctima que tú mismo has preparado a tu Iglesia, y concede a cuantos compartimos este pan y este cáliz que, congregados en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos en Cristo, víctima viva para tu alabanza».

Estos dos puntos: la mediación sacerdotal de Cristo y la devotio son fundamentales en la participación de toda celebración litúrgica y los dos concuerdan perfectamente, se identifican, con la doctrina sobre el Corazón de Jesús tal como ha sido expuesta por el Magisterio Pontificio que ha tenido siempre muy en cuenta el mensaje de Paray-le-Monial. Sin ellos no es posible oración litúrgica ni extralitúrgica. Pero hay un tercer punto, muy digno de ser notado y es que desde siempre los promotores de la devoción al Corazón de Jesús han coordinado la oración litúrgica y la oración personal.

 

  1. Fiesta litúrgica del Corazón de Jesús y la piedad de los fieles

Como acertadamente dice Mons. Bugnini, el formulario de una Misa es la última fase de un proceso, en general, ni breve ni simple, antes que un misterio o un santo sea honrado con culto litúrgico. Normalmente otras manifestaciones preparan el camino, como el culto a las imágenes, la consagración de altares, la dedicación de iglesias, etc.

Sin olvidar los fundamentos bíblicos y teológicos del culto al Corazón de Jesús, ni las manifestaciones que este culto tuvo principalmente en Alemania a partir del siglo XIII. No puede negarse que el culto actual al Corazón de Jesús, tanto en su aspecto litúrgico como extralitúrgico, parte de las revelaciones de santa Margarita de Alacoque, o al menos del impulso dado por ella.

En los escritos autobiográficos hace constar, santa Margarita de Al-acoque, que en la visión que tuvo en junio, octava del Corpus, de 1675,Cristo le dijo: «te pido que el viernes siguiente a la octava de Corpus sea dedicado una fiesta particular para honrar mi Corazón, comulgando y reparando su honor con un acto de desagravio para reparar las injusticias que ha recibido estando expuesto en los altares» 40. Desde entonces, todo su afán fue promover el culto al Corazón de Jesús, tanto en privado como en la liturgia, mediante una fiesta sólidamente establecida por la competente jerarquía de la Iglesia en el año litúrgico. Son bien conocidas las vicisitudes por las que pasó la petición de una fiesta litúrgica en honor del Corazón de Jesús desde la Misa Venite exultemus, compuesta por el P.Gallifet, hasta que Pío XI, el 8 de mayo de 1928,elevó la fiesta, ya extendida a toda la iglesia universal por Pío IX el 23 de agosto de 1856, a doble de primera clase con octava privilegiada de tercera clase, según la terminología litúrgica de aquella época. En el calendario promulgado por Pablo VI, la fiesta del Corazón de Jesús tiene la categoría litúrgica máxima de solemnidad y se sigue celebrando el viernes de la semana siguiente al Corpus.

Esto nos muestra que los propagadores del culto al Corazón de Jesús tenían una gran estima por la celebración litúrgica y que, al menos, a partir de santa Margarita de Alacoque la devoción al Corazón de Jesús ha armonizado plenamente el culto litúrgico y la oración personal manifestada en muchos ejercicios piadosos, como letanías, oraciones, consagraciones, actos de reparación, el mes de junio, novenas, etc., etc.

No puede admitirse que este afán por el establecimiento en el año litúrgico de una fiesta en honor del Corazón de Jesús y que esa fiesta tuviese la máxima categoría litúrgica estuviese motivado sólo por el deseo de una mayor exterioricidad y prevalencia de lo referente al Corazón de Jesús. Su sentido es más hondo, y su fruto espiritual en las almas ha sido sorprendente. Nos los muestra la misma jerarquía de la Iglesia que actuó de árbitro decisorio después de un detenido examen de los hechos, cuan-do humanamente hablando bien poco o nada podía esperarse en favor de esta causa. Veamos algunos testimonios:

Pío IX, en el Decreto por el que extiende la fiesta del Corazón de Jesús a toda la Iglesia dice que: «Desde que Clemente XIII (6-2-1765) permitió a algunas Iglesias celebrar la fiesta del Sagrado Corazón con oficio y misa propios, para recordar la inmensa caridad de este divino Corazón, los fieles se sintieron movidos de tal fervor por todas partes, que apenas hay ya alguna diócesis que no sienta la alegría de haber recibido de la Santa Sede el privilegio de celebrar dicha fiesta». Los obispos franceses, al hacer la petición de que se extendiese esta fiesta a la Iglesia universal, añadían que se trata de «una fiesta tan agradable a los fieles y que tanto se celebra por La piedad concorde de todos».

Benedicto XV, en la Bula de Canonización de santa Margarita Ma-ría de Alacoque (13-5-1920) afirma que «justo es que nos alegremos de corazón y demos muchas gracias a Dios, que bendijo con toda clase de bendiciones espirituales a su sierva Margarita María y la escogió para establecer la nueva devoción al Corazón de nuestro Salvador. Desde la manifestación de esta divina voluntad hasta el presente siempre fue en aumento el número de los que procuraron subsanar la ingrata deserción de los hombres; la fiesta solemne para honrar por todo el orbe al Corazón de Jesús se ha divulgado y muchísimos templos han sido dedicados y son pedidos por los fieles cristianos para recabar la misericordia del Sagrado Corazón y el beneficio de la penitencia final».

En la encíclica Quas primas sobre la realeza de Cristo, nos asegura Pío XI que «la festividad del Sagrado Corazón fue introducida cuando debilitados y abatidos por la tristeza y penosa severidad de los jansenistas se estaban enfriando completamente los espíritus, y se alejaban temerosos del amor de Dios, perdiendo la confianza en su salvación».

En el nuevo Oficio del Corazón de Jesús aprobado por Pío XI el 29 de enero de 1929 se decía que: «entre los maravillosos avances de la piedad y doctrina sagrada, que cada vez más claramente realizan los designios de la Sabiduría divina, apenas hay otro más importante que el progreso triunfal del culto al Sagrado Corazón de Jesús».

El mismo Pontífice Pío XI, ante las consecuencias de la crisis económica mundial, que aumentó el paro, la propaganda revolucionaria y el peligro de anarquía, escribió en 1932 la encíclica Charitate Christi compulsi (3-5-1932)para exhortar a todos que se unan y se opongan a los males que oprimen a la humanidad, y a los que la amenazan. Después de mencionar la crisis económica, el exagerado nacionalismo, la campaña de ateísmo y las sociedades secretas, exige la unión de los católicos en defensa de la religión y las reformas sociales, según la encíclica Cuadragésimo anno. Por eso pide oración y penitencia y termina diciendo: «¿Y qué ocasión más oportuna podríamos indicaros, venerables hermanos, para tal unión de oraciones y actos de reparación, que la próxima festividad del Corazón de Jesús? El espíritu propio de tal solemnidad, como ampliamente demostramos hace cuatro años en la carta encíclica Miserentissimus Redemptor, es precisamente espíritu de reparación por amor».

Pío XII en Ia encíclica Haurietis aquas (15-5-1956), al aludir a la extensión de la fiesta del Corazón de Jesús a toda la Iglesia universal en el pontificado de Pío IX, dice: «Este hecho merece justamente ser recomendado al recuerdo perenne de los fieles, pues, como leemos en la misma liturgia de la fiesta: A partir de entonces el culto al Corazón de Jesús, como río desbordado, rebasó los obstáculos y dificultades y se difundió por todo el orbe».

Pero, tal vez, el que con mayor claridad y precisión haya subrayado la eficacia de la fiesta del Corazón de Jesús en orden a la vida espiritual y cómo en todo lo referente a esa devoción y doctrina se unen magníficamente la oración litúrgica y la personal, sea Paulo VI. En la Carta apostólica Investigabiles divitias (6-2-1965) dice que «setenta y cinco años después de la muerte de la humilde religiosa de la Visitación, se introdujo la fiesta litúrgica y cultos especiales en honor del Sagrado Corazón de Jesús.. De forma que, en breve tiempo, el culto al Sagrado Corazón se extendió a toda la Iglesia, produciendo en las almas abundantes frutos de santidad…Por lo tanto, es nuestro deseo y voluntad que, aprovechan-do esta ocasión (la del segundo centenario de la aprobación de la fiesta por Clemente XIII para Polonia y la Archicofradía romana del Corazón de Jesús), recordéis dignamente esta fiesta, vosotros, venerables hermanos, obispos de la iglesia de Dios, y todo vuestro pueblo; declarando del modo más completo y acomodando a los diversos auditorios la profunda c intima doctrina de los infinitos tesoros de amor del Sagrado Corazón; y también promoviendo especiales actos litúrgicos con los cuales se fo-mente más y más este culto, que debe ser estimado en grado sumo. A fin de que los fieles todos, con renovado fervor, rindan el debido honor al Sagrado Corazón, reparen con ardientes obsequios todos los pecados y acomoden toda su vida a la auténtica caridad, que es la plenitud de la ley. Ante todo deseamos que este cuito al Sagrado Corazón se concrete en la participación del sacramento eucarístico, ya que es su principal don por-que en este se inmola y es recibido el que está siempre vivo para interceder por nosotros (Heb 7,25)…Puesto que el Concilio ecuménico recomienda en gran manera los ejercicios de piedad cristiana, especialmente cuando son realizados por mandato de la sede apostólica, este ante todos hay que inculcar, ya que (como dijimos antes) todo él se dedica a adorar y reparar a Jesucristo, y está fundado principalmente en el misterio de la Eucaristía, del cual, como de todas las acciones litúrgicas, se obtiene la santificación de los hombres en Cristo y la glorificación de Dios, a la que tiende toda la actividad de la iglesia como a su fin».

En un trabajo he mostrado cómo existe una coincidencia plena entre la idea central de la Historia de la salvación, la naturaleza auténtica de la liturgia y la doctrina sobre el Corazón de Jesús, tal como ha sido propuesta multitud de veces por el Magisterio de la Iglesia. Subrayan mucho esto las lecturas bíblicas para las misas del Corazón de Jesús en el Leccionario promulgado por Pablo VI. Todo esto nos ayuda a situar la fiesta del Corazón de Jesús en el misterio pascual del Señor, Paulo VI, en la alocución antes citada, del ocho de junio de este año de 1975, decía: «Mes de junio, mes del Sagrado Corazón. ¿Todavía se expresa así nuestra religiosidad? Si, porque la guirnalda de festividades que forman la aureola del ciclo litúrgico, irradiante de misterio pascual, que acabamos de celebrar, se adorna con este esplendor». Ahí ha estado siempre la fiesta del Corazón de Jesús. Lo increíble es que no se haya querido ver lo que a todas luces era tan claro y que en nombre del misterio pascual del Señor haya querido desestimarse lo referente al Corazón de Jesús, incluso su misma fiesta litúrgica. Hace algunos años un conocido autor se preguntaba cómo podía integrarse la devoción al Sagrado Corazón en la liturgia pascual cuando en realidad estaba plenamente integrada desde siempre en el Misterio Pascual del Señor y se ha expresado con términos e imágenes eminentemente pascuales. En la liturgia de todos los siglos descubrimos el contenido más puro de la devoción al Corazón de Jesús y la intensificación de esta devoción no ha hecho otra cosa que redescubrir y hacer vivir más plenamente lo que constituye el alma misma de la liturgia y de toda la vida cristiana.

Los trabajos que se han hecho desde hace algunos decenios sobre los fundamentos bíblicos y patrísticos de la devoción al Corazón de Jesús ha contribuido vigorosamente a ver aún más lo referente al Corazón de Jesús en íntima relación con la Historia de la salvación y con la liturgia de la Iglesia. A esto contribuye también un mayor conocimiento del mensaje de Paray-le-Monial.

A algunos les pareció exagerado el piadoso cardenal Pie cuando afirmó que el culto al Corazón de Jesús es la quintaesencia del cristianismo, obra de amor en su principio, en su progreso y consumación, con ninguna otra devoción se identificará tan absolutamente como con la del Corazón de Jesús4. En verdad no hay tal exageración. Es doctrina del Magisterio Pontificio Pío XI en la encíclica Miserentissimus Redemptor decía: «En esta espiritualidad, ¿no es verdad que se encierra la síntesis de todo el cristianismo y la mejor norma de vida, porque es la que con más facilidad lleva a conocer íntimamente a Cristo, y con más eficacia impulsa a amarle con ardor y a imitarle con Exactitud?». Pío XII, que insertó este párrafo en su encíclica Haurietis aqua, añadía: «Nos, ciertamente, no menos que nuestros predecesores, hemos visto claramente y hemos aprobado esta verdad capital».