Luis María Mendizabal. S.J
Juan Pablo II promulgó la Encíclica Redemptor Hominis en el mes de marzo de 1979. Tiene tal contenido y riqueza que puede servirnos como línea de los Ejercicios, completándola con meditaciones del Misterio Pascual.
Voy a seguir esta Encíclica, sin empeñarme en acomodarla directamente a la línea de los Ejercicios ignacianos. Como estamos ya habituados al tejido de los Ejercicios, la podremos colocar en el esquema ignaciano. Pero antes recordemos una actitud necesaria. Todo suele depender, en el orden espiritual, de la sinceridad y de la limpieza de corazón con que nos acercamos a los hechos y a las personas. Cuando Jesús en el Evangelio explica por qué los judíos no creen en El, enumera los motivos por los cuales deberían creer (cf. Jn 5,32-38): «Juan el Bautista ha dado testimonio de Mí; mis obras dan testimonio de Mí; el Padre da testimonio de Mí»; y en este punto añade: «Bien, esto último lo comprendo, no lo podéis tener, porque el Padre no está en vosotros»; el testimonio del Padre es interno, es la unción del Espíritu Santo que El da al que cree.
Hay una acción del Espíritu que asiste iluminando para reconocer la fuerza del testimonio. Pero hay otra acción del Espíritu: la acción consoladora, lo que podríamos llamar el abrazo de Dios al alma que ha creído en El. Este es un verdadero testimonio del Padre. Ese no lo tenéis. No habéis creído a San Juan el Bautista, no habéis creído a mis obras; tampoco habéis tenido el testimonio interior de la unción del Espíritu Santo.
Después de enumerar los motivos para creer, explica Jesucristo por qué no han creído: «porque, -les dice-, vosotros buscáis los testimonios por vuestra cuenta; entre ellos, las Escrituras. Estáis todo el día con las Escrituras y, sin embargo, no reconocéis que las Escrituras hablan de Mí» (cf. Jn 5,39).
Esto nos pasa tantas veces. Estamos manejando los mismos documentos válidos y no le reconocemos, porque nos falta la actitud interior con que debemos acercarnos a esos documentos. ¿Qué nos suele impedir? El mismo Se-ñor dice: «¿Cómo podéis creer vosotros que buscáis la gloria los unos de los otros y no buscáis la gloria que viene sólo de Dios?» (Jn 5,44). Es decir, en el fondo buscamos una satisfacción de nuestras exigencias y de nuestras mentalidades propias. Y, si no va conforme a lo que un1o previa-mente ha pensado, lo rechaza.
Es impresionante en este sentido la ligereza con que nos acercamos a documentos pontificios. Fácilmente hacemos un juicio así: «Ha dicho poco de esto, debería haber dicho más». Proyecto lo que creo que debía haber dicho. Nos falta la humildad necesaria.
Aquí tocamos un punto clave que a lo largo de los Ejercicios quisiera que estuviera resonando siempre: la humildad necesaria. Me parece que es la virtud más cristiana, no obtenible sino en la cumbre del amor; sin embargo, es la más necesaria para todos nosotros, en todos los campos en que vivimos. El sacerdote peca frecuentemente por falta de humildad; el padre de familia peca, por falta de humildad, cuando se queja de que no le hacen caso: «Yo aquí, en mi casa, ¿qué soy?». Muchas veces es falta de humildad: «¡Ah!, entonces, ¿voy a dejar que me arrinconen?». No es eso; pero es necesario que, dondequiera que actúes, actúes con humildad. En cambio, nos servimos de todo lo que nos viene a mano para subrayar nuestra actitud de soberbia, de afirmación de nosotros mismos, incluso en las cosas más sagradas, incluso en el mismo ministerio sacerdotal o episcopal: «Porque, como yo tengo la autoridad, yo me impongo ahora». ¡Aprovecho la ocasión para imponerme!
Esto lo siente todo el mundo, lo siente hasta el niño pequeño. Cuando al niño pequeño le castiga su padre, saca a veces mucho provecho; otras, queda herido para toda la vida. ¿Por qué?
Porque el deber que tiene el padre de corregir al hijo no le da derecho a satisfacer su venganza o su ira, que es cosa muy distinta. Y, si se confunden esas dos cosas, se confunde «castigar» con «desahogar la ira». Precisamente esa es la imagen que a veces proyectamos en Dios: cuando hablamos de Dios justo, creemos que es un Dios vengativo, que está esperando a vengarse de lo que se le ha hecho. No es eso; es otra línea en la que tenemos que entrar, una línea de santidad, una línea de justicia en el sentido pleno y trascendental de la palabra, que no significa que el Señor aguanta por el momento todo, pero se lo reserva, y un día será El quien diga la última palabra, porque «el que se la hace, la paga».
La humildad, pues, es enormemente necesaria: actitud del corazón abierto y maleable, dispuesto a escuchar y a dejarse conducir por el Señor.
Con esa disposición, nos acercamos a la introducción de la Encíclica, lo que el Papa llama «la herencia», y donde manifiesta unas disposiciones que podrán servirnos como pauta para una toma de postura de nuestra parte. El Papa se apoya en la realidad presente: se fija en qué circunstancias nos movemos; y recoge el pasado para abrirse hacia el futuro.
- Jesucristo, centro de todo
La primera cosa que el Papa recalca en esa Encíclica es Jesucristo Redentor. Es la frase inicial: «Jesucristo, Redentor del hombre, es el centro del cosmos y de la historia»; una primera afirmación enormemente densa y rica. La debe repetir cada uno de nosotros, en el momento en que se encuentra de su propia vida. La vida de cada uno de nosotros ante Dios es tan importante como la del universo. Es cierto, Dios nos conduce a cada uno de nosotros.
Me impresionó en una ocasión un accidente aéreo, momentos en los que uno cae en la cuenta-porque en sí, teóricamente, lo sabemos-; estaba yo en Roma y cayó un avión en la cumbre del Terminillo, cuando entraba ya en el área del radar del aeropuerto romano. Fue uno de los primeros grandes accidentes, allá por 1954. No era de los grandes aviones de ahora, pero murieron noventa y tantas personas. Saltó enseguida el comentario que nosotros solemos hacer: «¿pero ¿cómo permite Dios la muerte de noventa y tantas personas?» Nos parece que ponderamos mucho las cosas y que tenemos mucho interés por las víctimas. La respuesta se me hizo clara en aquella ocasión; así, esquemáticamente, es ésta: «No son noventa y tantas personas, usted ha igualado a todos». Una madre que tiene diez hijos, no cuenta nunca los hijos, sino que ella tiene a este, y a este, y a este, y a este. Y cuando no están los diez, ella no tiene que preguntar quién falta porque los ha contado y ha visto que están sólo ocho. No le falta uno, le falta su hijo: tal hijo es el que le falta.
De modo semejante, no es verdad que han muerto no-venta y tantos, no; sino que ha muerto este y este y este. Una de las que murió, era la que había sido en el verano inmediato anterior Miss Italia; y otra de las que murió era la fundadora de las Auxiliadoras Misioneras Seglares. En el mismo avión iban las dos. Se me hizo claro que ese accidente tenía su significado en la vida de cada una de esas personas; era parte de un diálogo que Dios había mantenido con cada una de ellas. Y, si nosotros pudiéramos seguir la vida de cada uno de los pasajeros, veríamos que en la vida de cada uno este punto final vendría dentro de la trayectoria de la obra de la gracia. Lo que pasa es que coincidieron noventa y tantos hilos en ese nudo; porque Dios entrelaza entre sus dedos los hilos de nuestras vidas, sin que se le enrede nunca la madeja. Pero cada uno de ellos tenía su sentido, venía a terminar en ese accidente que el Señor permitió en ese momento: lo mismo la fundadora de las Misioneras que iba entonces hacia el África, como Miss Italia, que venía de una excursión después de haber triunfado por su belleza en un concurso.
Pues bien, esto vale de cada uno de nosotros. La vida de cada uno de nosotros es preciosa a los ojos de Dios. No sólo «la muerte del justo es preciosa a los ojos de Dios» (cf. Sal 115,15), la vida es preciosa. La muerte no es más que el momento último de la vida; pero es vida, vale en cuento es vida también; y la muerte la aceptamos. La muerte la vive el que muere, la vive mientras tiene conciencia frente a ella.
La vida de cada uno de nosotros es preciosa a los ojos de Dios. Y en este momento de la vida de cada uno de nosotros, es bueno tomarse el pulso, según lo que hace el Papa, partiendo de su vida.
Lo primero que tendríamos que decir con el Papa es: «Jesucristo, mi Redentor, es el centro de mi vida, de mi cosmos y de mi historia». Es centro del cosmos en su universalidad; pero lo es de mi historia, de mi cosmos: todo lo que en ese universo se refiere a mí, es el mundo que me rodea. San Ignacio dice: «Todas las cosas han sido creadas para el hombre». Jesucristo es el centro, no soy yo el centro de mi cosmos. Jesucristo es el centro de mi vida, el centro de mi cosmos, y de mi historia.
que el 1980. El año dos mil tiene cierto simbolismo, por-que uno cuenta de diez en diez o de cien en cien, pero podíamos haber contado de setenta en setenta. Eso tiene mucho de artificial.
Nos impresiona porque somos muy sensibles a los simbolismos, a pesar de que nos queremos defender de ellos. Por eso el Papa se refiere a esta fecha del año dos mil, y recalca bien que «es una fecha que nos hará recordar y renovar, de manera particular, la conciencia de la verdad-clave de la fe», la Encarnación del Verbo. La fecha misma nos pone ante los ojos el Misterio de Cristo.
¿Año dos mil de qué? Del nacimiento de Cristo. Es una fecha muy significativa para traernos la conciencia de esa verdad-clave: Cristo Redentor, Cristo, que es el sentido de mi vida.
Pero nosotros podemos decir en verdad, y este año me lo van a traer a la memoria los Ejercicios: recordad y renovad. Porque el Misterio de la Redención se vive. Tenemos que seguirlo viviendo y, por lo tanto, tenemos que renovarlo en ese sentido. Aduce el Papa las palabras de San Juan: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros», «Tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo Unigénito para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna».
Es la verdad clave, así es el centro de la historia. El Verbo se hizo hombre, pero dado por el Padre al hombre, al mundo; entregado al mundo por el Padre, hecho hombre mortal, que va a dar su vida. Por lo tanto, el Padre entrega al mismo Cristo a la muerte; porque entregarlo a la vida mortal es entregarlo a la muerte. Ahí vemos la profundidad de la expresión de San Pablo (cf. Rom. 8,32). También todos nosotros-dice el Papa-estamos en cierto modo en el tiempo de un nuevo adviento, tiempo de espera hacia ese año dos mil donde deberíamos renovarnos de manera especial, y así tener un común adviento.
«En este acto redentor de Jesús, la historia del hombre ha alcanzado su cumbre en el designio del amor de Dios». La historia del hombre-y de cada hombre, como el Papa va a repetir-se enriquece de manera definitiva. Cristo enrique-ce al hombre: viene a salvar al hombre, y le salva por este camino misterioso que analizaremos y trataremos de vivir. Por ese camino misterioso del hacerse hombre se cumple el designio de amor de Dios.
Nos vamos a acostumbrar en estos días, -y lo vamos a hacer con frecuencia-, a contemplar el Corazón abierto de Cristo. «Mirarán al que atravesaron», dice San Juan (Jn 19,37) aplicando a la escena del Costado abierto de Jesús la palabra del profeta Zacarías. La postura que el Papa recalca es ésta misma: «Hacia Él, hacia ese Corazón tenemos que mirar», porque tenemos que penetrar en el Misterio de ese Corazón. Para nosotros, en la adoración al Corazón de Jesús, no se trata sólo de adorar un órgano simplemente tal, como sería la veneración del corazón de Santa Teresa en Alba de Tormes. No es la adoración de su corazón material. La adoración es la mirada, el amor, el respeto, la veneración de ese Cristo de Corazón abierto. En ese Corazón abierto encontramos el designio de amor de Dios que nos sobrepasa inmensamente. Ese designio es el centro de mi cosmos y de mi vida.
Dios ha entrado en la historia de la humanidad, se ha hecho hombre: ¡Es el gran paso, increíble para nosotros! Al decir «se ha hecho hombre», «ha entrado en la historia», quiere decir que ese Dios se ha unido a nosotros, se ha he-cho uno de nosotros. «Uno de nosotros»: como nosotros, aunque único evidentemente, porque Él es Dios, pero es Dios-Hombre verdadero. «Y en cuanto hombre se ha con-vertido en sujeto de la humanidad». Dios tiene historia, en el hombre, en el Dios-Hombre: «Es uno de los millones y millones, y al mismo tiempo único», porque es el Hijo de Dios.
«A través de la Encarnación Dios ha dado a la vida humana, la dimensión que quería dar al hombre desde sus comienzos». Si yo me fijo en el Corazón de Cristo, veo ahíla expresión de un designio de amor, que se ha realizado a través de ese Cristo hecho hombre, con lo que se ha rehecho el designio primitivo. Desde el principio Dios quiso que el hombre entrara en su intimidad, que nuestra vida fuese una vida en El, Dios ha querido que tu vida estuviera en El desde el principio. En su primera planificación, -diríamos en términos humanos- El, al crear al hombre, dijo: «A este hombre lo quiero en mi conversación, en mi intimidad, viviendo de mi vida». El hombre no aceptó y lo rechazó, no lo quiso. Entonces Dios podía haber dicho: «Bien, yo también rompo mi proyecto»; pero no lo hizo.
Para que comprendamos este misterio, entre las mu-chas maneras teológicas como se puede expresar, puede ser interesante recordar al menos la postura de la escuela franciscana, a la que el Papa parece inclinarse. El Papa es un hombre que está por encima de las escuelas, aun por formación personal. Un gran filósofo, que lo conocía de los congresos de filosofía en que había participado, me decía que a su parecer es una de las mentes más privilegiadas, que se encuentra siempre por encima de cuadriculados de escuelas. En algunas ocasiones, como en esta, parece seguir a la escuela franciscana: el decreto de la Encarnación no es racionalmente posterior, en el plan divino, a la caída del hombre, sino que Dios tenía el designio de la Encarnación como coronación de su plan creador: que el mismo Dios se hiciera hombre. Si el hombre hubiese respondido a la invitación de Dios, Dios se habría encarnado en una humanidad que se habría mantenido en intimidad con Dios. Entonces vendría a ser como coronación, muy bella, de la humanidad fiel.
Pero, al pecar el hombre, se coloca en situación mortal, como consecuencia del pecado. Y Dios podía decir: «se han roto las condiciones; el Verbo no se hace hombre». En cambio, lo que recalca el Papa es que «su amor al hombre no se ha echado atrás, ante las exigencias que en El mismo pone su justicia»; porque realmente se hace hombre mortal para, de esta manera, sacar al hombre mortal de su situación, consecuencia del pecado, para elevarlo a la intimidad divina. Su amor es tan grande, que no se echa atrás ante el hecho de asumir la condición humana mortal; la toma con ese «tremendo amor de Dios» que es misericordia, no una misericordia floja de simple perdón, sino una misericordia que asume sobre sí las exigencias de la justicia santa de Dios.
Se comprende que el Papa diga que «por la Encarnación Dios ha dado a la vida humana la dimensión que quería dar al hombre desde sus comienzos». «Y se la ha dado de una manera definitiva», esto es, de una manera única, «peculiar a él sólo»; y lo ha hecho «según su eterno amor y misericordia», con absoluta y plena libertad, «con toda la libertad divina», «y a la vez con una magnificencia» a lo divino, realizando la obra de la elevación del hombre, de la vivencia de gracia, de la comunicación del Espíritu Santo.
Al contemplar esta maravilla de Dios en mi vida, tengo que decir: por el pecado yo estaba alejado de Dios; Dios podía haberme dejado en ese nivel, pero Él ha querido asumir la condición mortal para infundir de esa manera, en mi vida, la riqueza de la vida divina. Es lo que nos hace exclamar: ¡Feliz culpa! Porque nos ha revelado la grandeza del amor de Dios. Si no hubiera habido esa condición humana mortal con esa exigencia, no hubiéramos palpado la grandeza del amor de Dios; nos hubiera parecido casi como un paseo triunfal.
Dios se hace hombre mortal; Dios se hace hombre tomando sobre sí nuestra condición humana. Ha sido la expresión más brillante del amor de Dios. Por eso la Iglesia exclama «¡feliz culpa que ha merecido tener tal Redentor!». No quiere decir que sin la culpa no se hubiese encarnado. Quiere decir que por la culpa se encarna como Redentor. Es una encarnación redentora. Es «feliz culpa» porque ha hecho que se nos revelara la grandeza de ese amor de Dios, que no se ha echado atrás, que hasta ese punto me ha ama-do y se ha metido en la vida de la humanidad, en la vida de cada uno de nosotros.
- Obediencia en fe a Cristo Redentor
Esta es la visión inicial: la mirada hacia Cristo en nuestra vida. Ver así esa maravilla, ese acto redentor grandioso. Pero el Papa pasa a hablar de sí mismo y lo que dice de él podemos aplicárnoslo sinceramente a todos nosotros. El habla de que su ministerio pontificio está vinculado a ese acto redentor. Y en nuestro lugar, nosotros podemos y debemos decir también, de cada uno de nosotros: nuestra misión concreta está vinculada al acto redentor. Porque nuestra vida ya no es una vida que podemos mantener en un nivel rastrero; estamos insertados en el plan redentor, y, por lo tanto, ese va a ser el sentido de nuestra propia vida.
El Papa dice: «A Cristo Redentor he elevado mis sentimientos y mi pensamiento el día 16 de octubre del año pasado, cuando después de la elección canónica me fue hecha la pregunta ¿aceptas?». Aquí revela un secreto de aquel cónclave en que fue designado Papa; ha querido revelarnos cuáles fueron las palabras literales de su respuesta; son bien hermosas y podemos aplicarlas a nosotros:
«Respondí entonces: En obediencia de Fe a Cristo, mi Señor, confiando en la Madre de Cristo y de la Iglesia, no obstante, las graves dificultades, acepto», Es una aceptación plenamente consciente. Por eso me parece acertado que haya dicho: no obstante, las graves dificultades; consciente, pero en obediencia de fe a Cristo, mi Señor: Él es mi dueño, yo estoy en obediencia de fe, del orden sobrenatural pleno, a Cristo mi Señor. «Confiando en la protección de la Vir-gen»: Esta frase podrá extrañar a alguno. Quizás piense que la confianza hay que ponerla en Cristo, en Dios, y basta.
Sin embargo, tenemos que decir que no es tan sencillo. Hablaremos un poco de esto. Nunca seamos en el orden sobrenatural milagristas, como si Dios lo hiciera todo. Cada ser en el orden sobrenatural tiene su propia función y tenemos que recurrir a esa función de cada uno de nosotros. Yo no puedo decir: «Oiga, Vd. ¿tiene una causa? Pues no vaya a buscar un abogado, fíese de Dios. No recurra a nadie». Eso no está bien; porque Dios no suple los medios que Él ha puesto como camino para realizar lo que Él nos ha encargado. Igualmente, si Vd. no tiene un director espiritual, porque sólo Dios le guía, no llegará muy alto. ¿Por qué?, porque no basta. Vd. tiene que tener una ayuda. Para eso ha establecido la Iglesia y no se le ha ocurrido decir: «No hay Iglesia, ni nada, yo basto». Sino que ha puesto esos instrumentos. Pues bien; la Virgen tiene una misión, y hemos de acudir a Ella y confiar en esa misión que la Virgen cumple con nosotros. Por eso es también tan perfecta esa respuesta, tan completa: «En obediencia de fe a Cristo mi Señor, confiando en la Madre de Cristo y de la Iglesia, no obstante, las graves dificultades, acepto».
¿No es verdad que podríamos hacer esa misma aceptación nosotros del puesto concreto en que el Señor nos pone? En esta familia, en este matrimonio, en esta sociedad, en esta empresa, en este lugar donde tenemos que ser y actuar, en esta nación, en esta actividad que uno tiene que ejercitar para llevar adelante la obra de Cristo. No podemos retirarnos, no podemos tirar la toalla, sino renovar esta misma aceptación unida al acto redentor de Cristo, en obediencia de fe: Creo en El. La fe indica seguridad, con-fianza en El. Indica al mismo tiempo que no hay visión; es en la obediencia de fe a Cristo que es mi Señor. Al fin y al cabo, yo no soy mío, soy de Cristo; por lo tanto, Él puede disponer de mí y yo no me echo atrás; que el disponga de mí; acepto.
Dice el Papa: «Quiero hacer conocer públicamente a todos sin excepción ésta mi respuesta, para poner así de manifiesto que, con esta verdad primordial y fundamental de la Encarnación, ya recordada, está vinculado el ministerio que, con la aceptación de la elección a obispo de Roma y sucesor del apóstol Pedro, se ha convertido en mi deber específico en su misma cátedra». Es decir: yo acepto una participación en el acto redentor, lo acepto, me integro en él.
Es una lección para nosotros. Es lo que el Apostolado de la Oración tanto inculca y trata de llevar a todos los fieles: que en cualquier sitio donde estén como cristianos son redentores con Cristo Redentor.
- Acoger el pasado, abiertos al futuro en el Espíritu
Tomó los nombres de Juan Pablo II. Al tener que suceder al Papa Juan Pablo I apenas pasados treinta y tres días, le pareció que él debía elegir esos dos nombres. Con esa elección quería expresar lo mismo que su antecesor: «EI amor por la herencia singular dejada a la Iglesia, por los pontífices Juan XXIII y Pablo VI». Nos indica una cosa muy importante: saber acoger lo que recibimos. No es buena postura aquella por la que, a veces, uno diría: «yo rompo con todo esto». No. Hay que saber acoger. Entonces, ¿quiere decir que yo voy a seguir las mismas líneas absolutamente?; ¡No!, pero todo lo que en nuestra vida no sea acoger lo que has recibido, incluso para superarlo, para mejorarlo, no nos da seguridad y, por lo tanto, no nos coloca en el plan de la providencia.
El Papa indica que: «A través de esos dos nombres, conecta con toda la tradición de esta sede apostólica»; en ellos y por ellos conecta con toda la tradición. Todo caminar hacia adelante ha de ser recogiendo lo que ha venido de atrás; y si no, no hay progreso, no hay avance. Esto tampoco quiere decir quedarme inmóvil en lo que he recibido.
Inmediatamente añade: «Juan XXIII y Pablo VI constituyen una etapa a la que deseo referirme directamente como a umbral, a partir del cual quiero seguir hacia el fu-turo dejándome guiar por la confianza ilimitada y por la obediencia al Espíritu que Cristo ha prometido y enviado a su Iglesia». ¡Admirable actitud de docilidad confiada! Con mucha facilidad dictaminamos sin más según nuestro parecer, tomando posturas no ponderadas a la luz del Espíritu.
Con frecuencia cometemos ese error. Apenas nos con-fía el Señor una obra, ya queremos hacer o deshacer a nuestro gusto. Y debemos entrar en los planes de Dios. Porque yo acojo el pasado y, al asumirlo y unirme a toda la tradición que el mismo Espíritu ha ido realizando en la Iglesia, sigo dócil bajo la guía del Espíritu Santo. Por Io tanto, es una firme fe en que me apoyo; es un deseo del Espíritu que Cristo ha prometido y enviado a su Iglesia. Y ahí es donde ya desde el principio habla de este Espíritu Santo, en el que confía, el que Cristo había prometido y dio a los apóstoles, el que dará testimonio y que guiará hacia la verdad completa. Por eso, con plena confianza en el Espíritu de Verdad, entra en la herencia de los recientes pontificados.
Para muchos, esperanza es simplemente el recuento de las posibilidades que tienen controladas. Cuando creen que pueden hacer mucho, tienen una gran esperanza. Eso no es la esperanza teológica. En cambio, ocurre muchas veces -y es uno de los peligros grandes de la edad avanzada-cuando se llega a cierta edad, se dice: «si no lo he hecho antes, ya no lo puedo hacer, me tengo que contentar con una medianía». Y cuando se trata del camino de la santidad, de la Redención, de la generosidad, se ve a mu-chas personas que han perdido toda ilusión porque, como dicen, ¡ya no les queda esperanza! Esa esperanza no es teológica, y esto me parece un punto importante.
La gran esperanza de las personas mayores es su colaboración a la Redención, ahí no se trata de un juego; son quizá los que más pueden hacer por la Iglesia, porque tienen la posibilidad de ofrecer su vida; no sólo de pasar un tiempo entretenido, sino su vida, la que pueden vivir. Ahí está la verdad sin fingimientos: la Redención, llegar a las cumbres de la unión con Dios. ¡Es formidable! Si no lo pudieron hacer antes, lo pueden hacer ahora.
El Espíritu Santo puede hacer que mi mirada hacia el futuro no esté condicionada por lo que he hecho hasta el presente, ni por las fuerzas que yo pueda constatar en mí, sino que esté confiando en la acción del Espíritu Santo que hace que lo que no existe, exista. Esto lo vemos clarísimamente en todo el Antiguo Testamento cuando Abraham era anciano y Sara era estéril (cf. Heb 11,11-12); cuando Ana no podía tener hijos (cf. 1 Sam 1,10). En esos casos es donde se materializa esta acción de Dios.
- Contenido de la herencia recibida
Con plena confianza tenemos que entrar también nosotros en la rica herencia de los recientes pontificados. El Papa habla de esta herencia, de esto que también a nosotros nos puede servir como examen de nuestra propia vida.
- Conciencia de la Iglesia
- aa) De ser misterio, misión y debilidades. Como primera obra del Espíritu Santo, en el cual confiamos, que obra y está obrando en nosotros y nos coloca en una disposición abierta. Como primera manifestación, señala la conciencia que ha dado a la Iglesia de sí misma: conciencia de Iglesia. Una de las cosas que hace el Espíritu Santo es darnos con-ciencia de nosotros mismos, conciencia de lo que somos en el plan divino, conciencia de Iglesia. Y así, con palabras de gran respeto y de amor al Papa Pablo VI, y con delicadeza, recuerda esta conciencia contemporánea de la Iglesia, sostenida, iluminada, por el Espíritu Santo.
Conciencia, primero, de su misterio divino, conciencia de que la Iglesia es cuerpo de Cristo: ¡El misterio de la Iglesia! Diríamos que, en este caso, el Espíritu Santo nos da conciencia de lo que somos en Cristo, el misterio divino de cada uno de nosotros, porque somos un misterio divino: Yo no soy yo, soy Cristo. «Vivo yo, ya no yo, Cristo vi-ve en mí». Es real y yo no cuento con la realidad de todo mi ser si yo descarto el misterio divino que hay en mí. Lo mismo, la Iglesia está constituida por hombres, tiene elementos de organización jurídicos, pero es misterio divino; también yo tengo que decir: soy misterio. El misterio de la Iglesia se realiza en cada uno de sus miembros: yo también soy misterio. Debo tener conciencia de la gracia divina, conciencia del misterio divino, conciencia del sacerdocio común de los fieles participado de Cristo.
Segundo, conciencia de su misión humana, de su misión en la humanidad. Conciencia que yo debo tener, en Jesucristo, de mi misión en la humanidad. Hay un misterio en mí y ese misterio me comunica una misión, unidos los dos elementos muy profundamente: Yo no estoy en este mundo por acaso, estoy para cumplir una misión; una misión redentora con Cristo, una misión de salvación; una misión de ayuda a los hermanos, de servicio; misión de amor.
Y tercero, conciencia de las debilidades humanas. Se ha reconocido, se ha palpado, se ha visto a través de ese hecho extraordinario del Concilio, a la luz del Espíritu, Io que es la debilidad humana. O sea que tenemos aquí un campo, un tríptico de lo que es la toma de conciencia: de mi misterio divino, mi misión en la humanidad y mis debilidades humanas, que no eliminan el misterio divino, que subsisten bajo esa realidad del misterio divino y que subsisten en la realidad de mí misma misión confiada por Cristo, en la que continuamente siento en mí la presencia de esas debilidades.
- ab) Apertura universal, -dinamismo apostólico y diálogo-, Como consecuencia de esa conciencia, también nosotros hemos de verlo así, la Iglesia siente una apertura universal: ¡Ensanchar el corazón! Tenemos que trabajar muchísimo, esa es la gran obra del Espíritu Santo, para superar todo lo que son limitaciones del corazón. Tendemos a retraernos, y a replegarnos en nosotros mismos con una actitud de cierta autosuficiencia. Se palpa continuamente; se dice:
«Cada uno que se arregle!». Al decir eso, despectivamente, se menosprecia a los demás. Esto no es el Espíritu del Señor. La misma vocación contemplativa, si estuviera fundada en eso, no sería vocación, sino simplemente recurso del amor propio, una fuga. La vocación contemplativa es un anhelo de salvación de un mundo que se ama: Por ese mismo mundo yo me ofrezco, por ellos yo me santifico y me entrego. Pero me entrego sin desprecio, me entrego sin amargura. Esta apertura universal hay que ejercitarla mucho y luchar contra ese movimiento de involución en sí mismo, retracción de la realidad. De la conciencia de lo que es la Iglesia, del misterio divino con esta misión universal, surge el abrirse a esa misión universal. Porque, ¡tengo que buscar a Jesús!, ¡tengo que atraerlos a Cristo!:«¡Tengo otras ovejas, las tengo que traer también!».
Por eso dice el Papa que esa apertura universal, «orgánicamente unida a la conciencia que hemos dicho ahora de su misión, de su misterio divino, a la conciencia de sus debilidades y a la certeza de la propia verdad determina el dinamismo apostólico». Precisamente porque tengo la certeza de la propia verdad, tengo que comunicarla; precisa-mente porque el Señor me ha revelado su intimidad y su amor y me ha indicado que quiere que todos los hombres se salven, tengo que abrirme para la realización de esa misión, como fruto de esa conciencia. Esto, dice el Papa, es lo que determina el dinamismo apostólico, «profesando y proclamando íntegramente toda la verdad transmitida por Cristo».
He ahí un elemento que hemos de mirar en nosotros mismos. Vamos a ver si realmente nosotros nos hemos dejado llevar por el Espíritu. El dinamismo apostólico según la misión de cada uno; es claro que no se pueden identificar todos. Pero sí que debe haber dinamismo apostólico, que se ha suscitado en la Iglesia.
Prosigue el Papa: «Dinamismo apostólico que conduce al diálogo». Aquí viene la palabra «diálogo», sobre la que Pablo VI había hablado en Ecclesiam Suam. Al llegar a este punto fácilmente brota una reacción de cansancio; porque se ha abusado tanto de la palabra «diálogo», que ya nos produce alergia. Pero fijémonos qué significa y lo que lleva consigo. Aquí también el Papa va a iluminarnos. Dice así: «Aquel diálogo que Pablo VI en la Encíclica Ecclesiam Suam llamó «diálogo de la salvación», distinguiendo con precisión los diversos ámbitos dentro de los cuales puede ser llevado a cabo». Diálogo en una línea de comprensión; diálogo en el sentido de no mostrar una especie de mecanismo rígido, sino sensibilidad, cercanía cordial. No se trata de poner en discusión las verdades de fe; sí de aceptar la postura de quien no se pone de punta, sino de quien habla. ¿Cómo no va a ser diálogo si tengo que anunciar el Evangelio? Dice San Pablo: «¿Cómo van a creer si no se les predicó?» Y predicar no es simplemente decir: les suelto este «rollo» y el que quiera que lo siga, el que no que se las arregle. Es comunicarse, hablar, comprender.
Podemos pensar también nosotros si realmente tenemos esa disposición de diálogo que deberíamos tener; que viene en el fondo de la humildad; humildad que no es debilitación de la certeza de fe. No confundamos certeza de fe con soberbia: mantengo la certeza de fe, pero no me afirmo a mí mismo. Esta es la diferencia. Cuando yo asumo la verdad como motivo de afirmación de mí mismo, entonces la traiciono en cierta manera. Soy seguidor humilde de la fe. «¡Que yo no puedo ceder! ¡es verdad!» Pero, eso «¡es verdad!» no es como un punto de honra mío; yo soy servidor humilde que acepto esa fe, la transmito con fidelidad y la transmito con una comprensión incluso de la pobreza de esa persona que me causa lástima.
con amor y humildad. Y ahí está la eficacia. Lo mismo la certeza de fe: con amor y humildad. Esa postura hace que cuando uno puede conversar, venga a esa conversación, trate con amor al que se le acerca, imitando lo que hace el Papa: no cede en nada, habla claramente, pero con cerca-nía de corazón hacia todo el mundo.
¿Esto suscitará su comprensión? No, muchos no comprenderán. Pero no por eso me tengo que hacer duro, no por eso tengo que sentirme herido en mi pundonor, en mi amor propio, como si me rechazaran a mí.
«Se ha manifestado la tendencia a superar el así llamado triunfalismo, del que se discutía frecuentemente en el Concilio». Pero si es justo que la Iglesia, siguiendo el ejemplo de su Maestro que era humilde de corazón, esté fundada asimismo en la humildad, que tenga el sentido crítico respecto a todo lo que constituye su carácter y actividad humana y que sea siempre muy exigente consigo misma, del mismo modo el criticismo debe tener sus justos límites». Aquí está la confusión. La Iglesia debe ser humilde, de acuerdo. La Iglesia debe ser exigente consigo misma. Pero el criticismo no es eso. Todo lo que sea ayudarnos en ese espíritu de amor, de humildad, es un bien.
A continuación, el Papa habla muy fuertemente contra ese criticismo que ha entrado en la Iglesia. Lo llama espíritu crítico, y dice que suele ser expresión del amor propio; es decir, que no suele venir de la actitud de servicio. El espíritu crítico, en el fondo, es manifestación de soberbia: el espíritu crítico del que se siente por encima de todo; no es el que delata una cosa con la que sufre y lo manifiesta con amor para que se supere; sino, el que se gloría de sí mismo. Suele ser una postura que no es de servicio a la Iglesia. Y, por lo tanto, debe moderarse. Bien dice el Papa que es la voluntad de dirigir la opinión de los demás según la propia, divulgada a veces de manera demasiado desconsiderada.
Creo que también puede servirnos de examen para ca-da uno de nosotros. Cuál es mi postura: ¿de diálogo, o de criticismo?; ¿de dureza, de aspereza, de falta de amor? El verdadero diálogo conlleva una delicadeza cordial, abierta en las cosas que lo permiten, no por cesión de su contenido, sino en la manera de presentar la verdad, de proponer-la con claridad y con firmeza al mismo tiempo. Pero quizás hay, al mismo tiempo, algo de ese criticismo que exagera las críticas destructoras interiores.
- Colegialidad de la Iglesia
La segunda obra del Espíritu Santo que indica el Papa -no vamos a detenernos, sino sólo a sugerirlo-, es la colegialidad de la Iglesia, es decir: la toma de conciencia de la colaboración de todos, de la unión de todos, sea dentro del Concilio Ecuménico, sea en la colaboración de las conferencias episcopales en lo que deben tratar ellas, sea también en los sínodos más locales, en las diócesis, incluso las parroquias; una mayor colaboración de todos. Salir de cierto aislacionismo de cada uno. Y eso me parece que también debe ser un elemento que en nosotros produzca el Espíritu Santo: la prontitud de colaboración en lo que se pueda actuar, ayudar, sentirse unidos; no destruirse los unos a los otros, sino estar juntos para ayudar a cada uno en el puesto que la providencia le ha señalado.
- Aspecto ecuménico
Por fin el último don del Espíritu Santo ha sido el as-pecto ecuménico. También en eso hay deseo de acerca-miento, hay tanteos; habla de hasta qué punto ha sido eficaz; que se puede discutir; que algunos querrían cortar todo eso; y dice: «Pero si hiciéramos esto, estamos seguros de que no seguiríamos la acción del Espíritu Santo, sino que debemos poner de nuestra parte todo para llegar a la posible unión». Intentar en todo lo posible esa unión de los cristianos, pero con unas condiciones que han de ser de lealtad, y de firmeza. Por eso dice: «De ninguna manera esto significa ni puede significar renunciar o causar per-juicio a los tesoros de la verdad divina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia». Entonces; ¿habrá que disuadirlos de la búsqueda de la unidad universal? No, hay que decirles una vez más: No nos es lícito no hacerlo, ¿podemos no tener confianza en la gracia de nuestro Señor? Eso mismo lo dice también respecto de las religiones no cristianas.
Por lo tanto, encontramos en la introducción de la En-cíclica una indicación de postura. En nuestro grado nos lo podemos aplicar todo; creo que podemos justamente reavivar la conciencia de nosotros mismos, conciencia del misterio divino, conciencia de la misión que tenemos dentro de la Iglesia en nuestro nivel, de nuestras propias debilidades, de las actitudes que el Espíritu Santo produce en nosotros, con las cuales, con enorme confianza en El, nos lancemos adelante. Esto en los Ejercicios no sea para nosotros simplemente una reflexión, sino un abrirnos hacia los grandes proyectos de Dios que con su gracia realizaremos en nuestra vida.
