La redención del hombre

Luis María Mendizábal. S.J

 

Seguimos los Ejercicios de la mano de la Encíclica Redemptor Hominis. Son temas sumamente sugestivos que nos llevan al fondo del cristianismo, que no es sólo una suma de prácticas y nada más. Es claro que no se deben suprimir esas prácticas, porque vienen a ser como la vestidura. La relación de espíritu y letra es también humana, que si no fuera más que espíritu se volatilizaría. Pero es suma-mente importante reencontrar continuamente el fondo. Esta Encíclica del Papa no es sólo una lucubración de ideas más o menos complicadas; en el fondo, es un programa que él va realizando en las acciones sucesivas que vive.

Algunos comentaron que la Encíclica rompía un poco la tradición según la cual en su primera Encíclica el Papa proponía como una línea programática. Creo que lo ha hecho sin decirlo. Es su visión, es lo que él al frente de la Iglesia ha visto como la línea que se debe seguir, e insiste en ello. Es verdad que rompe esquemas: rompe unos mol-des escolásticos o de escuela, presenta-de una manera que a veces podría parecer filosófica y no lo es-, la verdad, sin interpretaciones; la verdad a la manera evangélica, la verdad fundamental. Nos lleva al misterio de Cristo, pero del Cristo total.

El Padre Jesús Solano, con gran penetración, presentaba la cuestión de esta manera: la Encíclica Redemptor Ho-minis se centra en Cristo. Y de tal manera presenta a Cristo, que coincide plenamente con la presentación del Corazón de Jesús sin apenas citarlo. Pero todo lo que expone es lo que nosotros damos en la teología del Corazón de Jesús: ese centra todo en el misterio de la Redención, en el misterio tremendo del amor de Cristo. Las mismas presentaciones de la Iglesia unida a Cristo, y la figura de Cristo, se corresponden totalmente. Quizás una de las razones por la que se ha hecho silencio en torno a esta Encíclica y no se le ha dado relieve, se debe un poco a que corresponde a esa visión profunda cristiana que no declina hacia un horizontalismo, que no declina hacia una línea política, sino que sustancialmente presenta el conjunto del misterio de Cristo en lo profundo del Corazón del Señor y del corazón del cristiano, de donde luego tiene que derivar el comportamiento personal de cada uno por una línea de fidelidad, en la cual insiste largamente el documento, como veremos.

Vamos a continuar un poco en esta línea, en la dimensión divina del misterio de la Redención. Recordábamos este misterio de la santidad, cómo en la Encíclica describe el Papa el misterio de la plenitud de la justicia de un corazón humano en el Corazón del Hijo primogénito, para que se haga justicia y santidad en los corazones de muchos, en los corazones de todos los hombres. Y así, a través de ese misterio del Corazón humano de Cristo, tenemos que insistir en eso. La devoción al Corazón de Jesús misma recalca que se trata del misterio del Dios-Hombre. Y, aun cuando es verdad que el corazón simboliza también el amor divino, nuestra devoción a Cristo no sería auténtica si no lo viera como Dios-Hombre verdadero, que sigue siendo Dios-Hombre verdadero. Por lo tanto, es nuestro mediador, nuestro hermano, porque es uno de nosotros, como nosotros, aunque Hijo único de Dios. Este es el gran misterio de su cercanía de amor.

Si quitáramos esta dimensión, Dios nos quedaría siempre lejos. Nosotros no podemos amar a Dios sino a través de nuestros sentidos. Este es el gran misterio de la Redención. No podemos amar a Dios, ¿por qué? Porque el hombre es hombre; siendo Hombre-Dios no hace milagros para llegar a ese hombre. Dios no hace milagros para comunicarse por un contacto interior no normal en el hombre. El hombre conoce, el hombre se enriquece, a través de los sentidos; no sólo de los sentidos, es verdad, pero el hombre se comunica a través de los sentidos. Sólo que los sentidos tienen dentro la capacidad inteligente del hombre. Por lo tanto, nuestra mirada es mirada inteligente. Vamos conociendo.

Para enamorarse un hombre tiene que conocer a través de los sentidos, si no, no podría enamorarse. Tenemos en el misterio de la Encarnación-como dice la Iglesia-que el Verbo se hizo hombre para que, viendo nosotros visible-mente a Dios, nos arrebatara al amor del invisible. Claro, una vez que nosotros captamos a ese Dios que se ha hecho accesible a nuestros sentidos en Cristo, entonces sí; una vez que estamos en contacto con Él, Él se nos comunica, nos enriquece, mucho más allá de lo que captan los sentidos, su iluminación interior es mucho más profunda. Pero El no suele crear la comunicación interior sin más, de la nada, porque no sería manera humana de proceder. El res-peta mucho lo que Él ha creado en nosotros.

Él ha encontrado este camino: el Verbo se hace hombre para que captemos visiblemente a Dios, porque en Cristo se nos revela lo íntimo de Dios-cuando Jesucristo llora sobre Jerusalén, Dios llora; cuando Jesucristo se compadece de la multitud, Dios se compadece de la multitud-.Eso lo vieron los que estaban con El, nos lo transmitieron como se transmiten los hechos humanos, y consiguientemente nosotros lo «vemos», lo captamos, somos arrebatados. Así actúa el Señor. Como en nosotros actúa la inteligencia junto a esta iluminación nuestra normal, así actúa la acción de la gracia, la comunicación del Señor que se nos da. Nos va calentando, nos va enamorando de Cristo. Por eso no podemos nosotros entrar en la intimidad de Dios sino en Cristo y por Cristo. No hay otro camino. Por eso repetirá Jesús: «nadie llega al Padre sino por Mí». En ese Corazón humano de Cristo es donde se nos revela el amor divino con que nos ama El. Pero lo vemos en el Corazón humano, lo vemos en su comunicación con nosotros, en el amor con que da la vida por nosotros.

Esta es la dimensión divina de la Redención, la satis-facción, la reconciliación realizada entre nosotros y el Padre. Esa satisfacción a la paternidad de Dios en la creación, a la paternidad de Dios rechazada por el hombre. Es una nueva manifestación de la paternidad de Dios, que sigue siendo Padre nuestro, y nos engendra dándonos su Espíritu. Esta es toda la dimensión grandiosa de la Redención: «No se echó atrás ante las exigencias de la justicia».

Pero, al mismo tiempo, esta misericordia de Dios descubre al hombre y descubre la dignidad suprema del hombre, y la descubre en el misterio de la Redención. En la realidad de un Hombre Dios, que se ofrece al Padre y redime a la humanidad, vemos la cumbre a donde ha sido llevado el hombre. En la Resurrección, la humanidad ha sido introducida a la diestra del Padre; de nuevo la dignidad de lo que es el hombre.

También en el amor mismo de Dios y en la misericordia con que actúa con el hombre aparece la dignidad del hombre. Vamos a detenernos un poco, porque entramos en un tema para nosotros particularmente delicado y difícil. ¿Por qué razón? Porque el hombre no cree en su propia dignidad. El hombre suele tener una idea baja de sí mismo, y una idea baja de los otros, por lo tanto, el hombre no estima demasiado al hombre. Es verdad que hablamos de respeto, de la dignidad de la persona humana con ese término profano, pero la realidad es que no estimamos demasiado al hombre. Y esa falta de estima al hombre llega a veces incluso hasta el ateísmo. Porque no podemos creer que ese hombre sea obra de Dios, que sea algo querido por Dios, algo hecho como una cosa grande por Dios. ¡No estimamos al hombre!

En el fondo de toda la tragedia-diríamos-del progreso humano, está esto: el hombre no estima al hombre. Habla de la dignidad del hombre, eso sí, pero generalmente lo hace desde el egoísmo propio. Esto aparece claramente desde el punto en que se equipara a todos los hombres: ¡Todos los hombres son iguales! Es un disparate, tan grande, que indica lo poco que el hombre estima al hombre. ¡Ah, es que esto es para estimar al hombre! No; para estimarle no se puede convertir en número a nadie. Hay algo que parece manifestar una contradicción de la manera humana de pensar: Yo a ese hombre quiero asignarle ciertos derechos que muchas veces, más o menos arbitrariamente, se los asigno, pero también se los limito, etc. En el fondo depende un poco del interés de la persona que empieza a delimitar esos derechos. Pero es clarísimo que yo no me siento estimado como hombre sino siendo estimado como persona; y como persona todos somos distintos. Persona, es lo que estima un marido en su mujer. ¿Cómo va a decir que su mujer es un número como las otras? ¡No puede ser!, ¡no lo es!, es algo personal. Es el valor de la persona que real-mente tiene unos derechos, es verdad, hacia las cosas que se pueden delimitar. Pero aquí está la dignidad.

¿De qué viene la mayor parte de nuestros desórdenes? De la falta de estima del hombre. Cuando yo me pongo furioso con una persona que me está ayudando, sirviendo, ¿qué pasa? Pues que no lo estimo, que soy soberbio yo mismo, y a esta persona la trato como a un trapo, como si tu-viese que hacer eso por necesidad, pues no tiene que hacer otra cosa. Hablo de la dignidad de la persona, hablo de esa dignidad; pero, vitalmente no la reconozco como dignidad.

Esto vale de sí mismo; cada uno de nosotros tiene un concepto muy bajo de sí mismo. Habla de su dignidad precisamente como contraste. No hay grandeza mayor que la de la persona honrada que ni siquiera habla de su dignidad; pero se le ve con un comportamiento tan digno, tan caballeresco, tan perfecto, sin hablar de su dignidad. Ocurre muchas veces que ponderamos la dignidad cuando sabemos nuestra indignidad. Precisamente porque nos muerde esa indignidad interior que tenemos, insistimos tanto en otros elementos exteriores.

Así como el mundo no tiene felicidad dentro y no tiene alegría, y eso se ve precisamente por la necesidad que tiene de producirse alegría artificialmente; tiene miedo de que se le escape, de que se quede a solas consigo mismo. Como no tiene esa felicidad perfecta, entonces queda como abrumado por las causas de esta felicidad desde fuera, es decir, por pura alegría artificial que le mantiene en una especie de distracción; en el fondo, por no buscarse a sí mismo. La persona que tiene alegría interior, la busca también, pero no con ese afán.

A mi parecer es lo que sucede con la dignidad del hombre. Se habla de esa dignidad, se filosofa sobre esa dignidad, pero cuando uno empieza a decir: ¿Por qué el hombre es digno?, nos encontramos en una de esas verdades que han sido recibidas del cristianismo, aunque ahora no se tenga conciencia de que deriva del cristianismo, del Evangelio. Reto a cualquiera, filósofo o no, a cualquiera, a que me demuestre que todos los hombres son iguales y que todos los hombres tienen que tener los mismos derechos. Reto a cualquiera a que lo demuestre, porque me parece que es lo más difícil de demostrar. Hablo prescindiendo de la fe, hablo sin revelación de Dios, solamente por discurso humano.

No he visto nunca refutar de verdad, con verdaderos argumentos, a Nietzsche cuando dice que ocuparse de los inválidos, de los subdesarrollados, es rémora para el progreso de la humanidad, y lo que pasa es que el hombre no tiene valor para deshacerse de ellos; pero lo que debería hacer es deshacerse, desentenderse de ellos para seguir adelante en el progreso de la raza, de la humanidad, y que es desordenado detener esa marcha por atender a unos cuan-tos inválidos que no merecen la atención de los demás. Esto humanamente, desde un punto de vista humano, no puedo refutarlo. Afirmamos que todos tienen los mismos derechos, pero será por el egoísmo, por las consecuencias que eso pueda traer. El hecho es que cada uno lo aplica luego en su campo; en el aborto, ¿qué derecho tiene a vivir el niño no-nacido que se sabe que va a ser minusválido? Ninguno. – ¡Pero, oiga, es una persona humana! -Nada de eso. La madre dispone de eso como le parezca, tiene todos los derechos para hacer ella lo que quiera. Y el otro ninguno. ¿Por qué hemos de mantener en la vida a un subdesarrollado, a una persona que es minusválida, a una persona deforme en su nacimiento? ¡Acabar con él!, ¿por qué no? Si no hay fe, qué difícil es demostrar que ese tiene la misma dignidad que cualquier otro. El hecho, -digo-, es este en la práctica: cada uno se sirve del principio de Nietzsche, para promover lo que le parece es la mejora de la nación, del estado, de la idea, del partido, de lo que sea.

Hablamos de que hay que tener respeto a la vida humana, que uno no la destruya; pero ¿que haya que detenerse tanto por los que no están a la altura del progreso?:Que todos son iguales en su dignidad? Humanamente no Io encontraríamos. Cada uno que demuestre lo que es capaz de hacer, ¿por qué va a ser igual?

Con todo esto quiero indicar: estamos en un punto de enorme importancia: «La dignidad del hombre». Y por eso el Papa Juan Pablo II, indudablemente, se ha proclamado campeón de la dignidad del hombre. Ya es un hecho en sí significativo, porque es consecuencia de la vida, que aboliera la silla gestatoria. Sé toda la presión que se hizo para que no la dejara, por bien de la gente, porque la gente en las grandes aglomeraciones no ve al Papa y quiere verle. En Ia basílica gritaba gente de atrás: «¡En la silla!, ¡en la silla!, ¡en la silla!», porque no veían. Él lo comprendió y pidió claramente que encontrasen un método para que la gente pudiera verle. ¿Por qué suprimió la silla gestatoria? Lo dijo claramente: «He hablado demasiado de la dignidad del hombre para que sea llevado a hombros de hombres». Es

una coherencia: No, eso no lo puedo hacer. No critico que lo hayan hecho; yo no lo puedo hacer. Es un campeón ver-dadero de la dignidad del hombre; pero de una dignidad del hombre que no es separable de su vocación a la plenitud de la vida divina.

No quiero decir: quien no tenga fe no respeta la dignidad del hombre. No, pero el hombre tiene muchísima más dignidad que eso que puede reconocer un hombre con su luz natural, muchas veces muy discutible. El Papa explicará esto, como una filtración misteriosa de esa realidad del hombre y de esa valoración del hombre, que se realiza plenamente en el misterio de la Encarnación, en el misterio de la Redención. Es decir, Cristo revela al hombre a sí mismo, le revela su propia dignidad en el misterio de la En-carnación. No valor humano, sino dimensión, como repercusión humana en el hombre mismo de esa realidad divina de la Redención. Tiene como una doble cara: una revelación del amor de Dios y una revelación de la dignidad del hombre. Precisamente en la revelación del amor de Dios al hombre se revela la dignidad del hombre. Este es el contenido de este número décimo. Es de enorme importancia, porque si acentuamos en nosotros la estima del hombre le estimaremos, le serviremos y con amor y con alegría; con humildad.

Aquí está otra deformación de la «dignidad». Dignidad se concibe muchas veces como orgullo del hombre. Y la dignidad no es igual a orgullo del hombre; la verdadera dignidad del hombre me hace estimarlo. Porque soy orgulloso yo no acepto la dignidad del otro, y lo desprecio. Es lo más anticristiano que puede haber, el desprecio. Dios nunca desprecia nada de lo que ha hecho, Dios no desprecia ni al pecador. Diremos más: Dios no desprecia ni al condenado.

Una de las cosas que más me impresiona en el Evangelio es el respeto con que los evangelistas hablan de Judas. En el momento mismo de la traición dirán: es «el que lo vendió»; incluso: «no le importaba tanto el gesto que se había hecho, a él le importaba el dinero porque era ladrón, robaba de lo que se le concedía». Pero junto a eso hay un respeto enorme. Lo mismo respecto de las religiones, a los que van a predicar los apóstoles: no hay ningún gesto de desprecio. Es ejemplar en este sentido el discurso de San Pablo en el Areópago: «Atenienses, os veo los más supersticiosos-no en nuestro sentido sino: los más religiosos-y ahí tenéis un altar al Dios desconocido». Les habla con res-peto, diciéndoles: vosotros sois religiosos, tenéis una preparación «y a ese Dios desconocido os lo vengo yo a anunciar», como complemento de algo que ellos estaban intuyendo. Siempre este respeto, no la actitud de desprecio, que no la encontramos en los Hechos de los Apóstoles. No la encontramos en la misma figura de Cristo cuando trata con sus enemigos.

En todo esto hay una luz, que viene a ser ésta: la visión del hombre desde el Corazón de Dios, la visión de mí mismo desde el Corazón de Dios. Porque el drama de la dignidad, en el fondo, es el drama personal de cada uno de nosotros. Nosotros nos sentimos indignos interiormente. Conocemos algo de nosotros mismos, conocemos nuestras flaquezas, nuestras miserias, nuestros fallos, y en el fondo tenemos una idea baja de nosotros mismos, muy baja y tratamos de encubrirla con aspectos exteriores de «dignidad», tratamos de encubrirla también mostrándonos ante los demás distintos de lo que somos. Una buena parte de las energías se nos va en disimular lo que somos, o en justificarnos en lo que hacemos, que suele ser, por ejemplo: «Nada es pecado», «no tiene importancia», «todos son buenos», «nadie peca», «eso es un tabú». Todo eso es una gran mentira que nos decimos a nosotros mismos.

¿Por qué?, porque somos un poco histéricos. Está demostradísimo que todos podemos ser histéricos, porque la raíz de la histeria está en la falta de conciencia de la propia dignidad. El fenómeno del mecanismo de la histeria, desde el punto de vista psicológico, es simplemente este. Luego, los síntomas serán distintos, pero lo recalco, porque realmente puede explicar muchas cosas.

Pues bien, esto es lo que nos pasa muchísimas veces en el no querer reconocer nuestro pecado. En el fondo nos humilla, nos hace sentirnos indignos. En cambio, lo grandioso del misterio de la Redención es que Dios nos muestra su estima en la misericordia que tiene de nosotros. Ahí está lo grande y por lo tanto nos enseña el camino por el cual nosotros hemos de mantener nuestra dignidad: a través del reconocimiento de nuestras miserias, pero a la luz de Dios, de Cristo, en el cual hemos de encontrar el perdón, la paz y nuestra dignidad.

Y luego, cuando uno ha encontrado este camino de la libertad verdadera en la verdad, ¿por qué nos cuesta tantas veces manifestar las debilidades que hemos tenido? Pues porque tenemos la impresión de que el que lo va a escuchar en una confesión o en una cuenta de conciencia, no nos va a estimar, se le va a venir abajo nuestra figura. Esto nos cuesta enormemente, y sin embargo es la verdadera realidad mía interior.

Si Dios nos busca no es por nuestra apariencia exterior, sino por nuestra realidad interior. Esa realidad interior a la luz de Dios, no es pérdida de la dignidad del hombre, por-que ese hombre está llamado, está buscado por el Señor. El Señor dijo la parábola de «la oveja perdida», y la lección fundamental del pastor que busca la oveja perdida expresa gráficamente el misterio de la Redención. La verdad fundamental, tal como se ve en el hijo pródigo es que ese hombre pecador, alejado de Dios, que ha perdido toda su fortuna con malas mujeres, enviciado, embrutecido, sigue siendo tesoro para Dios.

Esto es la verdad fundamental. Cuando el pastor, dejando a las noventa y nueve, va en busca de ésta, y cuando la encuentra se alegra y la pone sobre sus hombros y se la lleva y dice: «alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido», la verdad fundamental que nos enseña es que aun al más depravado Dios le sigue mirando con amor. No con amor de complacencia, es verdad, no está viviendo su amistad. Pero es precioso a sus ojos, lo busca. ¡Nunca Dios despreciará al hombre!, ¡nunca!, ni condenado siquiera. Dios nunca lo desprecia. Dios es grande, por eso Dios es amor y es humilde, muy humilde.

Tengámoslo muy claro: cuando Jesús nos dice: «Aprended de Mí que soy manso y humilde de Corazón», está hablándonos de Él como revelador del Padre. Siempre Jesús nos transmite la vida divina y así como nos enseña el amor, también nos enseña: «Aprended de Mí», que el Maestro verdadero es Dios. Cristo, si no fuera Hijo de Dios, no se-ría Maestro. Por eso es Él el único Maestro que nos revela lo que recibe del Padre: «Mi palabra no es mía, sino la palabra del Padre, la que el Padre me ha comunicado». Por lo tanto, cuando Él nos dice: «Aprended de Mí que soy manso y humilde de Corazón», nos está revelando al Padre, está diciendo: «En Mí aprended lo que es el Padre que veis reflejado en Mí». Y ¿qué es?, aprended de Mí, o aprended del Padre, que es manso y humilde de Corazón. Dios es manso y humilde de Corazón; Dios es la mansedumbre infinita. Por eso lo decimos también muchas veces: es paciente. Esa es la mansedumbre de Dios. Es paciente porque es Dios. Es paciencia infinita en Dios, infinita en esperanza. Dios es humilde de Corazón.

No creamos que la humildad es una virtud puramente humana, sino que es de las reveladas y traídas por la Redención. No veremos la humildad en el catálogo de las virtudes de los paganos. No existe; es algo divino que nos ha traído Cristo. Por eso es curioso este contraste: Dios es humilde. Y es que la humildad plena no existe sino en la caridad infinita, perfecta. Porque en la medida en que en un hombre hay verdadero amor, hay humildad hacia aquel a quien ama. En la caridad infinita de Dios hay una humildad infinita, que le lleva a la humillación hasta la cruz, por nosotros: «Aprended de Mí que soy manso y humilde de Corazón», por amor.

Ahí es donde aprendemos la dignidad del hombre. Dios ama a ese depravado. Eso es impresionante. Porque no es que podamos decir: «ese es un hombre de virtud», que ahí ponemos nosotros esa gran dignidad, o en lo que ese hombre ha hecho. Lo que el hombre tiene en el orden de la fe se lo da Dios gratuitamente, porque busca a ese hombre. Nosotros tenemos que imitar esa actitud de Dios. Tenemos que aprender a mirar a cada hombre desde el Corazón de Dios, con esa mirada correspondiente al amor de Dios en nosotros. Esto nos hace humildes: «Aprended de Mí que soy manso y humilde de Corazón». Cuando yo desprecio con gestos, con palabras, a una persona, no estoy reflejando de ninguna manera el corazón de Dios. Ciertamente tendrá explicación: será un momento en que yo estaba de mal humor, me he lanzado, es verdad. Pero no hagas paces con eso, porque no estás en la postura divina, en la postura cristiana. Esto no quiere decir que seamos unas mosquitas muertas. No es eso, pero como decía el día pasado: un padre a un hijo ha de tenerle una estima inmensa por su dignidad de hijo de Dios, de amado por Dios, por el Padre, porque Cristo ha dado su vida por él. No lo trata como un objeto que domina, nunca; le presta un servicio con su autoridad, pero con una autoridad ejercida con espíritu de mansedumbre y humildad, por la dignidad del hombre.

Vamos a entrar en ese número diez, que expresa uno de los elementos fundamentales del misterio cristiano. Dice el Papa: «El hombre no puede vivir sin amor». ¿Qué quiere decir sin amor? Creo interpretarlo justamente si decimos que no puede vivir sin ser amado, y sólo se ama lo que se estima. Cuando uno no se siente amado se hunde. Por eso hay que cuidar mucho esto: el niño que no se siente ama-do de sus padres será después psicológicamente anormal.

Por este peso que lleva dentro no se realiza, y en el fondo viene a convencerse de que no merece estima. Es el punto inicial de lo que llamamos una reacción histérica. En el hombre pasa lo mismo: si no se siente amado, no se realiza. Por el contrario, saberse amado lleva consigo la realización plena del ser, de sí mismo. No es el egoísmo de sentirse amado, pero es verdad que sin ser reconocido por los otros como digno, el hombre no se realiza; no puede vivir sin amor, él permanece para sí mismo como un ser incomprensible. Si yo me quedara sólo conmigo mismo, sin comunicación de los otros, que me aman, que me estiman, yo solo, ¿qué sentido tendría mi vida?

La vida del hombre está privada de sentido si no se le revela el amor. ¿Por qué muchas veces cuando entran en unas relaciones bien llevadas de noviazgo, las personas parece que reviven? Porque esta persona le estima y le estima tanto, que hace del otro el centro de su vida y se apoya en él. Eso, nadie lo ha reconocido, es la explicación de la tragedia de tantas decepciones de la vida sacerdotal y religiosa; muchas veces se han ido haciendo por ese camino. Hablo de las verdaderas vocaciones, que se iban desarrollando quizás muy bien, pero que en un determinado momento se sien-ten incomprendidos. Y cuando una persona se siente incomprendida puede pasar cualquier cosa. Es tal su situación, que basta que cualquiera le diga que vale un potosí y ya se va detrás. Porque es una persona que le comprende. A eso llamamos comprendernos: es la estima, la comprensión, que es el amor. Por eso, cuando se dice: «es que mi marido ya no me comprende», o «mi mujer no me comprende», es peligroso, porque puede encontrar otra que le comprenda. Ahí está la explicación de muchísimos divorcios y separaciones: por encontrar a uno que le comprendía.

lo quieren, entonces ya se afirma a sí mismo: yo valgo.

Si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente, su vida está privada de sentido, está como fracasada, frustrada. Y podrá ser una realización de amor superficial porque, al fin y al cabo, el que no acaba de empeñarse en una entrega de amor, en el fondo no se realiza, es una persona que no es madura. Tiene que ser en esa entrega de amor, amor vivido, no simplemente de mariposear con las relaciones de amor que nunca se llevan adelante. Por esto, precisamente, «Cristo Redentor revela plenamente el hombre, al mismo hombre».

¡Ah!, si Dios me ama así, hoy mi vida tiene sentido; me revela a mí mismo. Es decir, Cristo es en cierta manera el camino del hombre. No es subordinado, pero sí es camino del hombre. Así como también es camino del Padre: nadie conoce al Padre si Cristo no se lo revela, nadie se conoce a sí mismo si Cristo no se lo revela por el amor que le tiene, y entonces comprende toda la grandeza. Esto lo repetían mucho los autores clásicos, cuando hablaban del hombre imagen y semejanza de Dios; no sólo porque tiene las tres potencias, sino que la imagen y semejanza consiste en la actuación de la inteligencia y del fondo del alma. La actuación, en cuanto que, en esa actuación refleja a Dios mismo, conoce a Dios y ama a Dios y, por lo tanto, el hombre no llega a conocer toda su capacidad hasta que no llega a ser reflejo de Dios mismo, por la inhabitación de Dios dentro. Hasta entonces no ha captado todas las posibilidades que tiene, no se ha conocido enteramente. Mas cuan-do ya refleja a Dios en el fondo de su alma y, reflejando a Dios dice esa palabra interior con conocimiento, es cuan-do de hecho es imagen de la Trinidad en sentido pleno. Porque es una vivencia de la vida divina.

Pues bien, en este mismo sentido, dice el Papa con mucha razón: «Cristo es el que revela plenamente el hombre al mismo hombre». Yo soy estimado -voy a poner esa palabra-por Dios, Dios me estima. ¿Dónde me lo demuestra? En la Redención: hasta tal punto me estima que se ha hecho hombre y ha dado su vida por mí, para venir a mí, para renovarme interiormente, para enriquecerme, amándome. Tal es, si se puede expresar así, la dimensión humana del misterio de la Redención. Y quiero referirme a esto: en esta dimensión, el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. ¡Es grande ser hombre! Es una dignidad inmensa ser hombre: ¡Cuánto vale de hecho!, ¡yo no me apreciaba tanto!

En el misterio de la Redención el hombre «en cierto modo es nuevamente creado». Es una obra de la omnipotencia redentora de Dios, Dios lo enriquece todavía más, es una nueva creación. Es creado de nuevo: «ya no es judío ni griego, esclavo ni libre, no es hombre ni mujer, todos vosotros sois uno en Cristo Jesús». Esta frase a veces se ha interpretado mal, no quiere decir: no es judío ni griego; sigue siendo judío, sigue siendo griego, esto es clarísimo. Pero ante Dios, esas categorías no establecen diferencia. Ante Dios no es que valga más si es judío o griego, ni si es hombre o mujer.

Ante Dios, esa categoría no es la significativa de esa persona, sino el hecho de ser amado por Dios, cualquiera que uno sea, en Cristo Jesús. «El hombre que quiere comprenderse profundamente a sí mismo, con su inquietud, incertidumbre, incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, debe acercarse a Cristo»; y no solamente si quiere comprenderse según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes, sino el hombre que quiere valorizarse, el hombre que quiere conocerse y comprenderse hasta el fondo a sí mismo, no sólo por criterios psicológicos, nada más.

Existen unas valoraciones admitidas en la vida social -capacidad para esto, capacidad para lo otro-, que son medidas inmediatas del propio ser, y a veces, parciales y superficiales. No es ese el valor profundo que tiene el hombre. Se quedaría todavía en la superficie si se parase en esto. Debe con su inquietud -en el fondo estamos comidos de esa inquietud, de esa insatisfacción, porque somos conscientes de las propias debilidades y pecaminosidades-, con toda su vida, con su muerte, -la mortalidad misma tan frágil-con todo eso, acercarse a Cristo. Esto es lo que solemos hacer en la primera semana de Ejercicios, en lugar de huir del Señor, con las meditaciones del pecado, de la muerte y del juicio, que son las de la Redención que me ha merecido Cristo. Así, con toda mi debilidad, sin esconder nada, me entrego, me acerco a Él, a El que me bus-ca y me ofrezco a Él. ¿Ese es el camino de la valoración mía en mi esfuerzo?, en lo que yo he hecho en esto? No, sino en Cristo, en el amor de Cristo, en lo que significó para Cristo que le ha llevado a hacerse hombre, no sólo por algunos pecadores, sino por mí. De tal manera me ha amado que ha dado su vida por mí.

Estamos en el fondo de la cuestión. Eso me da el sentido de una estima, de una dignidad, que yo luego tengo que aplicar a los demás. Y esa dignidad no se confunde con el orgullo, sino que exige una actitud de humildad. Pero ahí está mi gran dignidad: ante Cristo que me ama. La dignidad está en esta postura. Por eso precisamente desfiguramos nuestra idea de dignidad, poniéndola en comparación con los demás: en el triunfo, en la apariencia, en el superar a otros. No está ahí mi dignidad, está en que soy objeto del amor infinito de Dios. Dios me ama, y me ama conociéndome como soy, y me ama sin que yo tenga que ocultarle nada de lo que soy, sino al contrario, lo que quiere de mí es la apertura plena, el reconocimiento pleno, que no le esconda nada.

Por eso no vivo en un estado de angustia; yo sé que he merecido el infierno, lo sé, sé que he ofendido al Señor, acepto esto, pero esto no me coloca ahora en un estado de angustia, sino que me hace dirigir la mirada hacia Cristo crucificado que es el que me ama y entonces comprendo el acto redentor. El acto redentor de Cristo es realismo: es el que da su vida, es el que me abraza contra su Corazón y el que dice al Padre: «Padre, no te fijes en sus pecados, fíjate en mi amor y en mi sangre, que por eso lo he buscado, lo quiero para mí». Ese es el acto redentor. El acto redentor aplicado en el momento de la reconciliación, de la penitencia, y vivido por nosotros en humildad en la presencia del Señor; sin escondernos, sin disimular, sin buscar unas soluciones que son más bien de tipo histérico, sino en la verdad de nuestra postura ante el Señor. «Debe, por decirlo así, entrar en El con todo su ser», entrar en Cristo con todo su ser; «debe apropiarse y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo».

¿Cómo me ama a mí Dios?, ¿qué debo ser yo para Dios? El me estima tanto que ningún hombre de la tierra me estima así. Y yo, que estoy buscando esto, no encuentro esa estima muchas veces, pero el Señor me la ofrece, y la consecuencia es que yo estime a los demás. ¡Consecuencia lógica! Por eso, la postura del cristiano es humilde, agradecida y llena de paciencia y estima de los demás.

Si queremos hablar de la caridad tenemos que arrancar de aquí, del misterio completo. No podemos, en el orden cristiano, desarrollar un aspecto de la vida aislándolo del resto. Nuestra vida es así: es ese estar bajo la misericordia del Señor, abiertos a Él, sintiéndonos amados por El, bus-cados por El, que pone en nosotros un respeto, una estima hacia todos los demás, tratando de amarlos, de estimarlos incluso en sus miserias y no escandalizándonos de eso. Si Dios busca al hombre como es, así lo debo buscar yo también y estimarlo aun en eso mismo tan depravado que a él le da vergüenza; y le estimo, no porque ignoro lo que tiene dentro, sino que no me meto en ello. Pero, aunque de hecho viniera a mi conocimiento, no me quitará la estima que tengo de esa persona. El sacerdote que trata de ser fiel al Señor lo experimenta por la gracia de su misma misión sacerdotal. Es verdad, yo puedo hacer una pequeña confesión: nunca he confesado a nadie, ni he oído la confesión a nadie sin sentir profundamente que era mucho mejor que yo. Es decir, que no me haya suscitado una inmensa estima; así comprende uno lo que debe ser para Dios esa estima del hombre.

Estamos en lo más profundo del hombre, en lo que aparece más depravado del hombre. «; Qué valor ha de tener el hombre a los ojos del Creador si ha merecido tener tan gran Redentor!», esta es la expresión. Pero, fijémonos bien, no es una dignidad que destaca sobre los otros. Es malo presentar un humanismo que ensalza al hombre con una dignidad orgullosa. No es eso; es su dignidad ante Dios; implícitamente es la humildad del hombre. No es dignidad igual a soberbia, no, esto sería lo que sucede con el concepto de «dignidades» de una persona. Las dignidades están unidas a una especie de exaltación y soberbia. Ante Dios, ese hombre tiene un valor que le hace entrar en la vida divina, ya que «Dios ha dado a su Hijo a fin de que el hombre no muera, sino que tenga la vida eterna». Por-que, como dice San Juan: «Tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo Unigénito».

Pues bien, ese profundo estupor-dice el Papa-al ver lo grande que es Dios, lo bueno que es y la dignidad del hombre y cómo Dios lo ama tanto, lo quiere tanto, esto se llama Evangelio. ¿Qué es el Evangelio? El anuncio de este amor de Dios al hombre: la revelación de ese amor infinito de Dios y de la dignidad del hombre, de donde de he-cho han derivado luego las otras expresiones de la dignidad de la persona humana, pero muchas veces con esta otra exaltación-la dignidad en cuanto uniformidad de todos-con esos contrastes que indicaba al principio y la dignidad en cuanto el hombre es digno en el sentido de que se ensalza sobre otros. El anuncio evangélico lleva al hombre pecador el gran consuelo de decirle: Dios te estima mucho, te quiere. -Pero, ¡si estoy hundido! – ¡No importa, Él te busca! -Pero, ¡si no valgo nada! -Vales infinitamente; y ahora te busca, te busca vitalmente, te quiere dar su Espíritu, quiere habitar en tu corazón…

Cuando veáis a un hombre destrozado, que la gente se aleja de él, borracho, que va perdido por ahí, pensad: Dios le ama y desea ser amado por este hombre, tiene sed del amor de este hombre, de hacerle feliz. Es lo que los santos han vivido como contagio de su cercanía al Señor: su sed de almas, su sed de comunicación de esa vida divina a los demás. «A esto se llama Evangelio, se llama también Buena Nueva, se llama cristianismo. Y ese estupor justifica la misión de la Iglesia en el mundo, incluso, y aún más, en el mundo contemporáneo. Y este estupor, y al mismo tiempo persuasión, es una certeza que, en su raíz profunda, es la certeza de la fe»: Paz en la tierra a los hombres que ama el Señor, que son objeto de la mirada divina del Señor. Esto, de modo escondido y misterioso, vivifica todos los aspectos del humanismo auténtico. Porque realmente, la dignidad del hombre, si no tuviera por filtración subterránea algo de esta realidad, de la presencia evangélica, no se explicaría.

Todo auténtico humanismo que quede abierto a más, está expresamente vinculado con Cristo. Eso vendría a ser una explicación, no explícita sino misteriosa, pero que está ahí. Si es humanismo auténtico tiene algo filtrado de esta realidad grandiosa de Cristo. Y El determina su parte particular de ciudadanía en la historia del hombre y de la humanidad. El cristianismo recoge las dos cosas: la Iglesia sabe con toda la certeza de la fe que la Redención ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad del sentido de su existencia en el mundo. De hecho, el hombre se pregunta: ¿Qué hacemos en el mundo?, ¿qué sentido tiene mi existencia?, y si la vida de esos es como la mía, ¿por qué a otros sí y a mí no?

Pues bien, esta es la certeza de la Iglesia, en la fe: la Redención ha vuelto a dar definitivamente al hombre la dignidad y sentido de su existencia en el mundo, sentido que había perdido en gran medida a causa del pecado. El pecado es el terror del sentido de esta vida: como se desordena, se echa sobre la creación, no ve más que a sí mismo y no ve en sí mismo una dignidad real, se olvida y pierde el sentido de su existencia y de su valor. Por eso la Redención se ha cumplido en el misterio pascual.