Luis María Mendizábal. S.J
Esta mañana, después de haber hablado de nuestra necesidad de refugiarnos en el Señor tal como somos, recordábamos en la homilía de la Misa, cómo tenemos que tener una inmensa esperanza. Y dejando el pasado a la misericordia, el futuro a la providencia, debemos ocuparnos, en el presente, en el amor, y de esta manera realizar la santidad a la cual el Señor nos llama.
Antes de seguir con las líneas del documento Redemptor Hominis, quiero hablar de esta llamada a la santidad, decir que el Señor nos acoge, pero quiere recorrer con nosotros el camino de la vida. En la Encíclica Redemptor Hominis, en el número 13, «del hombre redimido y su situación en el mundo contemporáneo», se indica cómo Cristo Señor se ha unido mediante la Encarnación, en cierto modo, a todo hombre, es decir, que hay diversas formas de unión. Por eso dice: «en cierto modo». En esa unión de Cristo con cada hombre, hay grados diversos.
Por el hecho mismo de que Él se ha hecho hombre forma parte de la humanidad. Hay un principio que nosotros no estimamos suficientemente; muy citado por los Santos Padres, y muy sentido en la Iglesia primitiva: que todos los hombres somos uno, aun como hombres, prescindiendo todavía de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo. Hay una unidad de la humanidad, unidad real, no sólo de concepto, de razón. Quiere decirse que entre todos existe un lazo verdadero. Esto lo vemos más fácilmente en los miembros de una familia. Los miembros de una familia tienen una vinculación, podríamos decir, de sangre de los padres: la unión de los que nacen de ellos; al hijo que ha estado unido a su madre casi formando con ella un sólo cuerpo físico, luego la separación local no le rompe esa unidad, que permanece. Así una familia es y se siente uno, de una manera especial. Ahora bien, si comprendemos el origen de la humanidad de un solo principio, vemos que hay una unidad de todos nosotros. Es importante: nunca puedo yo ver al otro como separado, simplemente; somos una sola cosa. Al hacerse el Verbo de Dios hombre, se une a esa humanidad. Toda la humanidad participa de esa unión con el que es el miembro más digno de ella, el Hijo de Dios hecho Hombre. Por eso comprendemos cómo los Padres dicen que al encarnarse el Verbo nos ha levantado en cierta manera a todos y a cada uno de nosotros, se ha unido con todos y cada uno de nosotros. Esta es la unión primera.
Luego, en fuerza de esa unión, nos redime como miembro de esta humanidad, ofrece satisfacción al Padre asumiendo y teniendo en sí los pecados de todos nosotros y en ese momento nos une a sí con amor, con el amor en la solidaridad con todos nosotros.
Y al ofrecerse al Padre y redimirnos y obtener de El para sí la resurrección de su humanidad, en esa humanidad, y a través de ella, nos da el Espíritu Santo. Entonces forma una unión mucho más estrecha, la unión se consolida, se confirma, se hace más profunda y es la unión en la que nosotros participamos del Espíritu Santo, que es nuestro Espíritu; esta unión constituye el Cuerpo Místico de Cristo. Ya somos la Iglesia, unidad de todos en Cristo, en sentido pleno, y signo al mismo tiempo de la unidad que toda la humanidad debe adquirir en ese mismo Cristo.
Ahora bien, el proceso por el cual se pasa de la primera unidad a la tercera es, precisamente, asimilando la Redención de Cristo. Creciendo cada vez más en nosotros esa presencia del Señor a través de su Espíritu, hacemos una unión más íntima con El y entre nosotros: vamos creciendo en la unión con Dios y en la unión fraterna. Cuanto más crecemos en la unión con Dios, más crecemos en la unión fraterna de unos con otros. Eso es la caridad.
¿Cómo crecemos? Crecemos, y no hay otro camino, a través de la contemplación de Cristo. Ya que estamos unidos a Él, tenemos su Espíritu por el Bautismo, por la infusión de la gracia; y el Espíritu nos induce y nos lleva a fijar nuestra mirada en Cristo: contemplar el amor de Cristo, las actitudes de Cristo, con una mirada contemplativa que, por la acción del Espíritu Santo, nos va transformando interiormente, y va poniendo en nosotros las disposiciones mismas de Cristo. Es lo que en los Ejercicios repite tantas veces San Ignacio cuando pide: «Conocimiento íntimo del Señor para que más le ame y le siga», para que más me va-ya transformando en El, a través de una contemplación sostenida por el Espíritu Santo, que va de esta manera transformándonos en Cristo. Noes una acción puramente mecánica, sino fruto de la asidua contemplación de Cristo. Y esta va a ser nuestra aportación cristiana, el camino de nuestro crecimiento con Cristo. Por eso se dice ahí que «Cristo se ha unido, en cierto modo, a todo hombre».
La Iglesia pone, por tanto, su cometido fundamental en lograr que esa unión pueda actuarse y renovarse continuamente. Actuarse: primero, que exista; y luego, que se renueve continuamente. Y renovar no es sólo mantenerse, sino que se vaya profundizando cada vez más, que se vaya intensificando. La Iglesia desea servir a este único fin: que todo hombre pueda encontrar a Cristo, para que Cristo pueda recorrer con cada uno el camino de la vida, con la potencia de la verdad acerca del hombre y del mundo con-tenida en el misterio de la Encarnación y de la Redención, con la potencia del amor que irradia de la verdad. 《Esta ver-dad y este amor, el amor radicado en la verdad». De este modo va creciendo respecto de toda la realidad. Esa es la madurez del hombre.
La perfección de la santidad como tal, no consiste simplemente en «no pecar»; eso sería una especie de justicia le-gal. La perfección cristiana consiste en que el hombre llegue a ese estado de madurez. Y la madurez no es sólo el no faltar; en el mismo orden humano, la madurez de la persona se consigue por «la integración personal completa». ¿En qué consiste esa integración personal completa? En que se llegue a una unidad. La actuación de esa unidad en nosotros, en el hombre, -y ahora hablo del nivel humano-, se obtiene en gran parte por la actuación equilibrada, ordena-da, de la afectividad. Cuando vemos a una persona, un hombre, una mujer descontrolados, inmaduros, de ordina-rio no suele ser por defecto de inteligencia o por defecto de la simple voluntad, sino por defecto de la integración afectiva. Esa persona no ha llegado a esa unidad interior que actúa en gran parte de la afectividad, entendiendo por afectividad, no la sensibilidad, no el sentimentalismo, sino esa potencia que hay en el centro de nuestro ser, para responder a los estímulos del orden objetivo. De tal manera que hay una respuesta desde el centro de la persona a los estímulos del orden afectivo y los acoge según su propio valor.
Según esto, hablamos nosotros de que hay una madurez en el orden humano, en primer lugar, cuando la inteligencia se conforma a la verdad objetiva. Segundo, cuan-do la afectividad responde, en proporción, al valor de lo que ha captado la inteligencia; y tercero, cuando el comportamiento corresponde a esa visión de la verdad y a esa respuesta afectiva proporcionada. Cuando tenemos un hombre así, que refleja el orden objetivo en sus juicios, tiene una respuesta afectiva proporcional, lo integra, y se adhiere a ella, entonces realiza esa unión interior cordial y se comporta tal como corresponde a esa verdad vista con esa respuesta afectiva proporcionada. En ese caso hablamos de un hombre maduro. La madurez está ahí. No es simplemente que no ha pecado, sino que ha llegado a esta visión, a este comportamiento, a este estado que llamamos madurez.
Esto es importante, porque a veces ponemos todo, simplemente, en salvar la buena voluntad: -Este hombre, como tiene buena voluntad, no ha pecado, es bueno. No, ¡no basta! En el orden espiritual no basta la buena voluntad, y si me aceptáis un consejo os diría: ¡No os fieis de la buena voluntad! La buena voluntad se invoca mucho, como se invoca mucho la conciencia. Pues bien, si os hablan de «la buena voluntad» y «según conciencia», poned siempre un interrogante, un poco de desconfianza, para no apoyarse demasiado en ella. ¿Por qué? Porque no es tan importante la buena conciencia cuanto la sana conciencia. La buena conciencia, que llamamos la buena voluntad, puede ser peligrosa.
Pienso el daño que se ha hecho en la Iglesia sin pecar; y, lo peor de todo, lo que más duele en eso es que no pecan, porque son gente buena, y además hacen mucha oración. Peor que peor. Los santos han desconfiado, con frecuencia, de las largas oraciones. El mismo San Ignacio solía decir que el noventa por ciento, y hasta el noventa y nueve por ciento de los que tenían largas oraciones, eran duros de cabeza. Esto se lo daba la experiencia.
Entonces, ¿es mala la oración? ¡No!, la oración es buena. Pero la duda está en si esas personas hacen oración, o si no están todo ese tiempo remachando sus ideas y entonces se hacen cada vez más duros de cabeza. ¿Por qué? Porque, en realidad, no se ponen «a remojo» en Dios, si-no que van con lo suyo adelante. No hay cosa más fatal que justificar ciertas posturas no correctas en la Iglesia, con decir: «es un hombre que hace mucha oración». Peor, ¡mucho peor! Por eso San Ignacio, cuando le decían de alguno: «es un hombre de mucha oración», él corregía y decía: «lo será si es de mucha abnegación». Si a la oración no se acompaña la abnegación, no le envidio, aun cuando tenga una excelente voluntad, porque puede ser que todo ese tiempo esté dando vueltas a sí mismo más que abierto hacia el Señor. Si fuese verdadera oración no le daría a uno miedo. Pero hay un peligro; es una de las cosas que más se pueden deformar, por lo tanto, no justifica nada la buena voluntad, y que hace oración. Por eso hay que ver siempre, más que si tiene buena voluntad, si tiene espíritu sano. Esto es lo que tenemos que controlar muchas veces: si hay verdadera madurez.
¿Por qué? Porque hay graves errores en esto, y con la mejor voluntad del mundo puede uno estar equivocado. Pues lo difícil en la vida espiritual no es tanto la buena voluntad cuanto el tener la cabeza sobre los hombros. Buena voluntad, todo el mundo la tiene, a nadie se la podemos negar. Pero lo importante es que tenga un criterio, un pensamiento maduro evangélico, que se guíe por el criterio de Dios, de verdad, y no por «la buena voluntad». Es cuestión de sana voluntad. Por eso, cuando uno dice: «Ah, no, ¡es que yo me guío según mi conciencia! 》¡Ojo! porque, si es conciencia sana, está bien, pero si no… Por ejemplo: si yo puedo determinar en un caso que la con-ciencia no es sana, yo no me fío de esa buena conciencia, porque no es sana. Y, ¿cómo sabe uno que es sana la conciencia? Es más fácil y controlable en el funcionamiento habitual de la conciencia.
Voy a pasar al nivel humano, por ejemplo: un hombre pasa un semáforo, le detienen, y le dicen: ¿Vd. no ha visto que estaba en rojo? Y él contesta: perdone, pero estaba en verde. -Pero oiga, ¿Vd. no lo ha visto? ¡Resulta que es daltónico! Y se dice: bueno, lo ha hecho con buena voluntad. -Si, pero: Vd. cree que esa persona no sabía que era daltónica?, ¿qué llegando a los treinta y cinco años o cuarenta no ha visto que tenía un defecto en su vista? Esto es imposible. ¿Por qué? Porque a lo largo de su vida ha tenido que encontrarse con una infinidad de hechos, de circunstancias. en las cuales ha tenido que percatarse de que no tiene una vista sana, sino que tiene un defecto.
Pues bien, algo de eso sucede en la conciencia. Es claro que yo a lo largo de la vida tengo que ver que mi conciencia funciona del todo bien. Admito sin dificultad que hombre yerre con buena voluntad, pero me cuesta admitir que un hombre persevere en el error de buena voluntad. Esto me parece muy difícil. En casos tan sonados-respetando las personas-como el de…, que está diez años discutiendo con el Papa, con la Santa Sede y no da su brazo a torcer, no hable Vd. de buena voluntad, no lo puedo aceptar, no es sana esa voluntad. Si un hombre dice: «yo tengo formada mi conciencia, ¡ya puede decir el Papa lo que quiera!», esa conciencia no es sana. ¿Por qué? Porque uno de los elementos de la conciencia sana es la humildad, la abertura para dejarse iluminar. Donde hay esclerosis y la conciencia se ha vuelto rígida y endurecida en su yo, no hay conciencia sana; por lo tanto, no puedo guiarme del juicio de esa conciencia.
Puedo notarlo: me he endurecido, estoy en una postura que no está abierta, me he vuelto rígido en mí mismo. Entonces, tengo que ejercitarme en la humildad, en el conjunto de las actitudes interiores que sean propias de una madurez personal. Este es el camino de la madurez, de la maduración. Así como he dicho que, en el orden humano, la perfección, la madurez de la persona humana está en la integración personal en la cual el juicio de la razón se conforma a la verdad objetiva de las cosas y la refleja, y la respuesta objetiva es proporcional; es decir, que si una cosa es muy valiosa, la siento yo como muy valiosa y la asimilo como muy valiosa, pero si una cosa no vale nada, no la estimo como valiosa, porque no vale-hay una respuesta afectiva proporcionada y un comportamiento que corresponde a ese juicio y a esa valoración-, lo mismo tenemos que aplicarlo al orden espiritual, sobrenatural.
Cristo se ha unido a cada uno de nosotros. En esa unión suya nos ha enriquecido con la gracia, con los dones del Espíritu Santo, nos ha enriquecido con las virtudes teologales. Todo eso lo tenemos. Ahora, es muy importante que ese ser cristiano llegue a su madurez. Este es el trabajo de la educación cristiana: ese niño no es sólo su naturaleza humana, tiene toda la riqueza del orden de la gracia, pero es muy importante que no se haga una separación entre la naturaleza y la gracia. Hay que evitar cosas como: «vamos a desarrollar su humanismo, y luego desarrollaremos su as-pecto espiritual o religioso». ¡No!, es una unidad. Eso sería romper la unidad, y esta persona se encontraría siempre como a caballo, entre dos realidades no integradas.
En el orden humano no hay una animalidad por su cuenta y una racionalidad por su cuenta; nadie desarrolla la animalidad por su cuenta, sólo la animalidad: cuanto más animal, mejor, y luego la racionalidad por otro lado: a ver si le desarrollo la razón por otro lado; sino que la animalidad está impregnada de racionalidad y la racionalidad está siempre integrada en la animalidad. Es una unidad de la razón, si no la rompe, la separa. Pues de manera parecida, no hay cosa más fatal que hablar de los valores humanos y de los valores sobrenaturales por separado, porque esta persona está siempre dividida: ahora estamos desarrollando sus valores humanos y ahora sus valores sobrenaturales. Todos los valores hay que mirarlos bajo la luz sobrenatural, ¡todos! Sí puedo hablar de: la valoración cristiana de las realidades humanas; pero también aquí hay una unidad.
La característica de Redemptor Hominis yo la vería, en gran parte, en esta unidad que ve al hombre siempre a la luz sobrenatural, incluso en su dignidad humana. Esto es lo que hay que formar en la persona para que llegue a su madurez. El deporte, aun el deporte, hay que mirarlo siempre iluminado por la luz de la fe, en su valoración cristiana. ¿Por qué? Porque también el deporte entra en la integración de esa persona. También ese desarrollo es algo querido por Dios, en la misión que Dios nos confía. También eso está impregnado, envuelto, en esta atmósfera, que es la atmósfera real en la cual hemos sido introducidos, la atmósfera de la fe. Así hay que llegar a una unidad de la persona cristiana, y valorar todo siempre a la luz de la fe.
Claro está que hay que ir desarrollando la afectividad propia del orden sobrenatural, que es este que se nos ha comunicado: esta voluntad y este corazón nuevo en Cristo, por el que yo me siento hijo de Dios y amo a Dios como Padre de verdad, como Padre amigo, y le amo de veras. Y al decir amar, hablo de amar de verdad, no simplemente que tengo voluntad de servirle, sino que le quiero, quiero a Jesucristo, quiero a la Virgen, quiero a mis hermanos. Porque eso es desarrollar la afectividad sobrenatural. La misma capacidad de nuestras potencias de amar queda toda ella impregnada de esa afectividad sobrenatural.
Esto es importante, no se hace con un acto de voluntad, estoy de acuerdo. Pero se hace con una educación sobrenatural, y por eso tengo que pedir al Señor que me inflame en su amor y que El ponga en mí su caridad; yo trataré de poner en juego la caridad que El me infunde, y de aplicar à las cosas esa caridad sobrenatural que es don que Dios me ha infundido para que yo lo desarrolle, como desarrollo también esa afectividad que ha puesto en mi naturaleza. Para eso se viene a los Ejercicios, para desarrollar la vida espiritual.
San Ignacio nos hace pedir siempre «sentimiento interno del pecado». Y sentimiento interno quiere decir vivido, profundo, radicado en mi ser, no un sentimentalismo voluble y superficial, sino interno, con una valoración interna con la que voy asumiendo, integrando esos valores que hay en el orden objetivo de la vida. Como esto tiene que irse desarrollando en nosotros cada vez más, lo va uno notando en ese progreso de maduración: Dios es cada vez más el centro psicológico de la propia vida; uno, casi sin quererlo, valora todo a la luz de la fe, lo ve desde esa luz, esa realidad del mundo de la fe es como su atmósfera connatural. Es, pues, vivir en espíritu de fe; es lo que tenemos que ir realizando en toda nuestra vida: vivir en la presencia del Señor, vivir en espíritu de fe.
¿Cuándo llegaré a la madurez en este campo?, pues llegaremos a una madurez en este campo cuando todos mis juicios estén espontáneamente bajo la luz de la fe, cuando todo lo vea según lo que vale a la luz de la fe. Notando bien que la luz de la fe no nos saca de la realidad.
El mundo de la fe no es otro mundo, dejando este aparte y volando lejos; es esta misma realidad, pero en la atmósfera de la revelación, según el valor que tiene el con-junto del misterio de Cristo; así, quedando esta realidad en su realidad existente, se relativiza su valor, porque lo veo enmarcado en el mundo grandioso del misterio de Cristo, y dentro de él toda la realidad, aun la sensible, tiene su función. Lo veo todo a esa luz; por lo tanto, todo lo juzgo a la luz de la fe. En ese momento hay una respuesta afectiva proporcionada al valor de las cosas y a la luz de la fe: si una cosa es mala, hace que yo la deteste interiormente y que tenga repugnancia hacia ella. Y, por fin, cuando el comportamiento sea correspondiente al juicio de la fe y a la respuesta afectiva proporcionada, entonces tendríamos la madurez. Hacia eso vamos humana y cristianamente, hacia esa integración de nuestro ser, hacia esa madurez. Bien, esta es la estructura interior progresiva. En este sentido es como tenemos que entender la llamada a la santidad. El Concilio ha insistido en esta llamada a la santidad de todos los cristianos.
Una de las páginas más dolorosas para Cristo es la página del joven al que el Señor llamó a su seguimiento. Es página dolorosa porque primero se nos presenta un joven encantador, un joven que puede decir al Señor con con-ciencia tranquila: «He guardado todos los mandamientos desde mi infancia». San Marcos recalca que el Señor le miró y le amó. Y entonces le dirigió una llamada: «Si quieres ser perfecto, si quieres llegar hasta el fin, vete, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme». Y el joven se fue triste, porque tenía muchas posesiones. Jesús, al verlo marchar triste, ha-ce una ponderación impresionante: «Qué difícil es para un rico entrar en el Reino de los cielos». Era como la moraleja de lo que había pasado. Se le había invitado a entrar en el Reino de Dios y se fue triste. Qué difícil es para un rico entrar en el Reino de Dios. Los discípulos se extrañaron de esas palabras y Jesús añadió: «Hijos, qué difícil es que entre en el Reino de Dios quien pone su confianza en el dinero (es la definición de «rico»: «quien pone su confianza en el dinero»). Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de Dios». Ellos se espantaban al oír esto, y comentaban: «Pues entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios, Dios lo puede todo».
Digo que esta página es triste por el fracaso de Jesús. Jesús, que era capaz de dominar la tempestad, de curar a los enfermos, de resucitar a los muertos, se encuentra con un joven estupendo que ha guardado los mandamientos desde la juventud, lo llama y fracasa; no le sigue. Es impresionante. Es el respeto de Cristo a la libertad del hombre. Lo que decíamos comentando la Encíclica del Papa; es la dignidad del hombre que El respeta. Jesús le llama; más no le puede ofrecer; le promete todo lo que se puede prometer. Pero ahí se queda en el umbral. No lo quiere; y Jesús le ve marchar con tristeza. Le da pena, porque era un chico estupendo, hubiera sido un apóstol; pero decidió quedarse con los bienes que tenía.
Esta página se repite con frecuencia a lo largo de la historia. Cuando el Señor ha querido que figurara en el Evangelio, es porque se trata de una lección de valor perpetuo. La historia se repite en muchas vocaciones no seguidas, en muchas vocaciones verdaderas que luego se abandonan, en muchas vocaciones clarísimas de dejarlo todo y seguir al Señor en pobreza, en un seguimiento corporal, como es el caso del joven rico. A eso Dios no llama a todos, ni mucho menos. Pero también está el fracaso de Cristo en muchos que El llama, no ya a ese despojo real, sino a la santidad, y sin embargo no le siguen; llama a esa madurez plena y no le siguen. Es el fracaso de Jesucristo, en la llamada del hombre a la santidad.
A través del Concilio, en este momento el Señor ha renovado la llamada universal a la santidad, la conciencia de la llamada universal a la santidad. Pero es bien curioso que, después del Concilio, ni se ha puesto de moda la santidad, como se han puesto de moda otras cosas del Concilio, mu-chas veces muy marginales. En cambio, esto que es una lección grandiosa, casi ha pasado desapercibido, no se ha puesto de moda, y se puede decir que muchas veces ni si-quiera se ha elevado el nivel de vida de santidad. Esta es la realidad. Es como la repetición de la página triste del Evangelio. Es Jesús, el Señor, que vuelve a llamar y no se le hace caso.
Tengamos esto muy presente todos y cada uno de nosotros: el Señor nos llama a la santidad, entendiendo bien la palabra santidad. Santidad no es beatería; santidad no es hacer cosas raras. Es verdad que, a veces, en algunas vidas de santos se recalcan cosas extraordinarias que hicieron: Vivian en la soledad, vivían de una manera muy áspera; eso no es la santidad. Dios puede pedir eso a uno: si Dios se lo pide tiene que ser fiel a lo que Dios le pida. No voy a menospreciar o marginar esas formas de santidad que han existido. Pero la santidad no es, no consiste en eso esencialmente. La santidad es el cumplimiento fiel de la misión que el Señor nos ha confiado, la que sea.
Dios. Lo que sí quiero subrayar es que no se trata sólo de la materialidad del cumplimiento de los propios deberes. A veces se dice así, con fórmulas que hay que matizar para que no nos lleven a engaño. Una fórmula que se suele usar es ésta: la santidad es fácil. Suele decirse: «La santidad es fácil, porque la santidad consiste en cumplir los deberes del propio estado». Esta expresión me parece engañosa; porque se puede entender bien y se puede entender mal. – ¿La santidad es fácil? – ¡Niego!, no es fácil la santidad.
Fijémonos que en las obras que nosotros hacemos hay dos factores: uno, el cumplimiento fiel: uno es notario y es un buen notario, cumple fielmente su deber; este nivel es necesario; sin este nivel no hay santidad. Por eso, a veces los grandes autores espirituales cuando tenían que examinar un caso, si realmente esa persona era de gran virtud, lo primero que preguntaban era; si era virtuoso; y llamaban «virtuoso» al que cumplía los propios deberes; veían: sí, es una persona que cumple. ¿Con eso es ya un santo? No; ahora veremos el otro nivel de profundidad; aunque este es importante, es un primer control; si yo me encontrase con una persona que dice que tiene grandes comunicaciones con Dios y descuida el cumplimiento de sus deberes, aunque diga que tiene comunicaciones de Dios no quiero ni investigar; si no hay cumplimiento de sus propios deberes no hay que preguntarse siquiera; falla en lo sustancial. Ahora, cumple sus deberes bien, ¿luego ya es un santo? No, hay que ver con qué nivel de espíritu lo vive, hay que ver con qué profundidad, con qué caridad lo vive; hay que entrar en el fondo.
Son, pues, dos niveles: cumplimiento del deber y espíritu con que lo vive. A una persona se le da un trabajo en Îa oficina, cumple ese trabajo, lo ha hecho bien; ahora tenemos que fijarnos en la actitud interior con que actúa al hacer este trabajo. Hay dos dimensiones: una, la densidad de riqueza que yo pongo en el trabajo que estoy haciendo, otra, la riqueza de caridad, de amor. Una misma cosa puedo hacerla por puro cumplimiento del deber, o puedo hacerla como expresión de amor y de caridad. Vamos a poner un caso concreto, para verlo aun en el orden humano: una mujer que cuida a su marido, le prepara la comida, le atiende bien, ¿en qué me voy a fijar, en la materialidad de que lo ha hecho bien? De acuerdo, pero vamos a ver si eso Io ha hecho como expresión de su amor o como cumplimiento del deber, con cierta frialdad, aunque lo haga todo muy bien, sin amor.
Recordemos la expresión de San Juan de la Cruz: don-de no hay amor, pon amor y encontrarás amor. Y aquí viene el punto clave de nuestra profesión, de nuestra vida de cada día, que debe hacerse cada vez más expresión de amor. ¡Ahí está la calidad, que es muy distinta! Por eso, el Señor nos habla en las bienaventuranzas: bienaventurado el que tiene un corazón bueno, corazón pobre, corazón paciente. ¿Por qué? Porque todo el cristianismo es religión del corazón. No del corazón aislado, sino del corazón que se expresa en obras; pero del corazón. Aquí está la calidad del cristianismo: el cristiano no se distingue del no cristiano normalmente porque hace cosas raras, distintas, aunque tenga que hacer actos suyos explícitos y quizás no pueda participar en otros.
La famosa epístola a Diogneto, citada por el Concilio, dice y repite: «Nosotros, los cristianos, no tenemos costumbres especiales, sino que nos acomodamos en todo a las costumbres de la región donde vivimos, mientras no sean pecado. No tenemos como un gueto aparte, seguimos las costumbres, nos acomodamos en todo si no es pecado: si aquí la costumbre es el aborto, nosotros no podemos, pero en lo que no sea pecado nos acomodamos. En todo nos acomodamos a las costumbres»; y, sin embargo, dice que los cristianos deben ser como el alma en el cuerpo, es decir, deben tener calidad de espíritu. La característica de la santidad cristiana está en la calidad de la actuación, en la limpidez, en la honestidad, en la bondad que se pone, en la caridad de hacer de la vida entera expresión de amor.
Esta diferencia se ve de una manera muy clara en cómo una enfermera de oficio atiende a un paciente en la clínica, en un hospital, y cómo le atiende su propia esposa. Quizás hacen las mismas cosas, tienen que ponerle las mismas inyecciones o tienen que traerle los mismos alimentos, tienen que cuidarle o curarlo, pero es muy distinto el amor que pone su mujer del que pone una enfermera de oficio. Una da las causas de por qué muchas veces las religiosas son tan apreciadas es porque lo hacen con amor, ponen amor, hay una dedicación, hay un espíritu, mientras en otros muchos casos se hace para sacar dinero, porque es su jornal, porque es un paciente; y ya ha cumplido con eso. Pues bien, aquí es donde tenemos que poner interés: «Donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor». La santidad es el arte de poner amor donde muchas veces no hay amor y uno no lo encuentra. Ahí es donde tiene verdadero mérito que uno ponga amor, porque cuando uno encuentra amor, es fácil. Pero donde no hay amor, debe poner ese amor, y entonces es cuando él actúa como cristiano de verdad.
De ahí que el Señor insista en que la ley del Nuevo Testamento es el corazón nuevo. Es lo que decía el Papa en la Encíclica: la liberación del corazón, un corazón bueno, ilimitadamente bueno. Y es lo que exige Jesús como ley del Nuevo Testamento: la limpieza del corazón, la elevación del corazón, como aparece en todo el sermón de la montaña.
Responde Jesús y le dice: ¿Por qué me llamas bueno? sólo hay uno bueno, Dios. Si me llamas bueno es porque ves en Mí el reflejo del Padre; «sólo hay uno bueno». Donde quiera que encontramos un corazón de verdad bueno, ilimitadamente bueno, bueno siempre y con todos, no buenazo con unos y duro y cruel con los demás -eso no es la bondad-; hemos encontrado al Maestro bueno. Todos somos buenos con alguien, todos, pero eso no es la bon-dad. Como dice el mismo Señor: «¿Si saludáis sólo a los que os saludan a vosotros, qué mérito tenéis, qué gracia tenéis?, eso lo hacen también los gentiles». Pero el que es bueno con todos y siempre, -lo que llamaba tanto la atención en el Papa Juan XXIII, llamado «el Papa bueno», que decía: «Seré bueno a pesar de todo y cueste lo que cueste», «seré bueno siempre con todos»-, es reflejo de Dios; el signo de la presencia de Dios es cuando uno mantiene siempre, para con todos, la bondad ilimitada del corazón.
Bienaventurado Jesús, que tiene Corazón pobre, bueno, Él lo tiene, y nosotros participando de Él. A esto quizás exhorta el Señor, cuando dice: sólo Dios es bueno. Y al final: “Es imposible para el hombre, pero todo es posible para Dios”. Es decir, Él tiene que ser el dador de ese corazón bue-no. Por eso la santidad es don de Dios. Así pues, tenemos es-te contraste: estamos llamados a la santidad, obligados a la santidad, la cual por otra parte es don de Dios. Pero es un don de Dios que Él está dispuesto a dar a todos. Si colaboramos con Él, Él va infundiendo en nosotros cada vez más su Espíritu, que nos va haciendo ilimitadamente buenos.
Voy a referir tres frases del Concilio en que nos habló de esta santidad.
En primer lugar: «Cultivan una santidad en múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que guiados por el Espíritu de Dios y obedientes a la voz del Padre, adorándole en espíritu y en verdad, siguen a Cristo pobre, humilde, y cargado con la cruz, a fin de merecer ser hechos príncipes de su gloria». Fijaos cómo dice: guiados por el Espíritu, obedientes a la voz del Padre, adorándole en espíritu y en verdad: a esto nos llama el Señor a todos. -Es que yo soy seglar, estoy metido en negocios. -Te llama el Señor, te está urgiendo interiormente, y quizás no encontrarás nunca la felicidad si no aceptas ese camino del Señor. Es verdad que a veces nos parece como una muerte, es cierto, pero entonces tiene lugar la palabra del Señor: el que pierde su vida la encontrará. Eso que parece ser un salto en el vacío, que es como suicidarse, te invita el Señor a hacerlo. Si te lanzas, Él te ayudará.
Segunda frase del Concilio: «Por tanto, todos los fieles están llamados, y aún obligados, a la santidad». Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado. ¡Atención! No es: tienes que ser santo a pesar del matrimonio. ¡No!, tienes que ser santo a través del matrimonio; en todas las circunstancias y a través de ellas. -Entonces, si a mí el Señor me ha llevado por la vía del matrimonio, ¿tengo que renunciar ahora al matrimonio? ¡No! En el propio estado, no contentarse con no pecar. No pensar que la santidad será tanto mayor cuanto más se imite a los monjes. La santidad será mayor cuanto más amor ponga en el matrimonio, cuanto más amor ponga en los hijos, cuanto más me niegue a mí mismo por ellos, cuanto más me ponga yo al servicio de la familia y de los demás en lo que es la vida en ella y por ella. En el matrimonio y por él, por las exigencias que lleva la misma con-vivencia, por la prontitud de servicio, por la superación del egoísmo en ese campo matrimonial. Lo mismo en los negocios: Si el Señor te ha puesto ahí, tiene su rompecabezas, pero pon amor en todo, que no sea simplemente un desahogo de la pasión de dominar y de ganar más.
Ultima frase preciosa, programática: «Por tanto, todos los fieles cristianos en las condiciones, ocupaciones o circunstancias de su vida y a través de todo eso, se santificarán más cada día si lo aceptan todo con fe de la mano del Padre celestial y colaboran con la voluntad divina. Cumplen la voluntad del Señor, haciendo manifiesto a todos, incluso en la dedicación de las tareas temporales, la caridad con que Dios amó al mundo». Aquí tenemos un ver-dadero programa; en cualquier ocupación donde yo me encuentro, donde el Señor me ha colocado, ¿qué tengo que hacer? Aceptar con espíritu de fe de la mano de Dios todo lo que El permite. Lo acepto, pasivamente, no haciendo nada; yo trabajo, pero cuento con esto dentro del plan de la providencia del Señor. Lo acepto, conformándome con el cumplimiento de su voluntad. Dios quiere que yo trabaje, yo trabajo; que me empeñe, yo me empeño; que yo ceda en esto, cedo: «Manifiesten a todos, incluso en su dedicación a las tareas temporales»: incluso en la actuación de la empresa donde estoy trabajando, tengo que manifestar el amor con que Dios ama a aquellos con quienes trabajo. Ser instrumento de la mirada de Dios, de la sonrisa de Dios, del amor de Dios hacia ellos, poniendo amor en lo que hacemos y sirviendo, en todo, como expresión de la manifestación de la caridad de Dios.
El programa es grande, y es doctrina del Concilio. Este capítulo V de la vocación universal a la santidad, en la Constitución sobre la Iglesia, es realmente maravilloso, objeto de una dedicación profunda para todos nosotros, que nos encamina al cumplimiento de los planes de Dios sobre nosotros.
