Redimidos y Redentores

Luis María Mendizábal. S.J

A las reflexiones que hemos ido presentando siguen, en la parte tercera, unas consideraciones más amplias, más generales, sobre el hombre redimido y su situación en el mundo contemporáneo. No vamos a detenernos en ellas, las podéis leer. En ella, más o menos, la línea que sigue el Papa es ésta: El hombre, con el que se ha unido Cristo, es el objeto de la solicitud de la Iglesia. Habla de la situación actual de la humanidad, después de haber indicado cómo Cristo debe ser el que nos acompañe en todo nuestro proceder. Recalca en el número 14 que la Iglesia en todas sus intervenciones se encuentra con el hombre, y todos sus caminos conducen al hombre, en la verdad de su vida y en su conciencia, viéndolo tal como es. Y habla de que en el hombre existe una lucha interna: junto a la continua inclinación al pecado, hay una continua aspiración a la verdad, y esta acompaña al hombre en su lucha interior.

Pero no es sólo lucha interior, sino también con lo que le rodea. En este sentido, el mismo progreso humano está produciendo en el hombre un temor, (n. 15) tiene temor de su mismo progreso, temor de no poder controlarlo. Teme que sus productos, que contienen una parte de su genialidad, puedan ser dirigidos de manera radical contra sí mismo. Es la tragedia del hombre que, progresando, se crea él mismo su propio peligro. Por eso se pregunta si es progreso o es amenaza (n. 16) lo que llamamos progreso. Al mismo tiempo indica que la Iglesia debe estar junto al hombre en toda esta lucha, y tiene que ayudarlo para que, en este grave drama que no puede dejarnos indiferentes, vaya encontrando los caminos justos: el principio de solidaridad, que debe inspirar la búsqueda de los mecanismos adecuados. Estas indicaciones son de carácter más general, por eso resulta muy hermosa la presentación de ese hombre en medio del mundo por el que se preocupa la Iglesia, el hombre que es objeto de la Redención de Cristo.

En el número 17 de esta tercera parte, el Papa habla de los derechos del hombre: una cosa son los derechos del hombre y otra es el espíritu, una cosa es la letra y otra es el espíritu. La proclamación de los derechos del hombre desgraciadamente en muchas ocasiones no está acompañada del espíritu de esa proclamación. Hay que trabajar en eso, hay que trabajar mucho, hay que trabajar intensamente.

Indica el oficio de la Iglesia con el triple oficio del mismo Cristo: Sacerdote, Profeta y Rey. Señala qué misiones tiene la Iglesia, la postura de la Iglesia ante la verdad, su misión de custodiar la verdad; los sacramentos. Por fin, en un párrafo precioso en el que voy a detenerme ahora, la vocación cristiana, que es «servir y reinar». La estructura de esta parte la podríamos concebir de esta manera: en el núm. 18 se habla de la vida del cristiano, la vida nueva; es su vida en Cristo en el Espíritu Santo. Aquí se mezclan dos elementos: lo que es esa vida del cristiano, y lo que es la preocupación de la Iglesia por sostener esa vida y comunicar esa vida. Estos dos elementos se van alternando, entrelazando. A veces no sabe uno en cuál de los dos puntos se encuentra, porque de hecho están profundamente condicionados el uno con el otro. La vida es una incorporación a Cristo a través del misterio de su Redención por la comunicación del Espíritu Santo. Eso es la vida nueva, y la Iglesia cuida esa vida nueva teniendo ella misma esa vida. Este es siempre el proceso normal.

En esta parte se habla de una manera bastante amplia de la invocación del Espíritu Santo. Se indica cómo el hombre está llamado a la vida nueva en Cristo, a la unión con Cristo. Este es el misterio: se nos dice que nace el hombre nuevo cuando participa de la vida de Dios, creado nuevamente en Cristo en la plenitud de la gracia y de la verdad, que transforma interiormente al hombre como principio de una vida nueva que no se desvanece ni pasa, sino que dura hasta la vida eterna. Estos aspectos los desarrolla el Papa: el aspecto de esta vida nueva, y de la vida que hemos de vivir. Estamos llamados a vivir en la presencia del Señor, en fuerza de esta riqueza, de esta vida nueva, que nos viene de Cristo. Por eso, esto es lo que debemos tener ante los ojos como camino por encima de todos los problemas que a nosotros nos acosan. En el fondo, la verdad fundamental de nuestra vida es ese vivir en Cristo, siempre a través de todos los obstáculos y dificultades. Esto para siempre, porque no es una vida temporal, sino eterna. Lo vemos en Cristo resucitado, que se nos presenta como algo que transciende la misma muerte. Hemos entrado ya en esa vida eterna que desde ahora vivimos. Esa vida nuestra con Cristo no cesará nunca. Ha empezado ya y no tiene término; la muerte no la corta, sino que hace que esa unión con Dios sea más total, más plena. Pero, ahora ya, vivimos esa vida divina.

Y esto, ¿cómo? En el Espíritu Santo. Se alarga el Papa en esta indicación del Espíritu Santo, con una expresión que me parece especialmente plena. Habla de la invocación al Espíritu Santo como invocación de toda la Iglesia y de todos los que son miembros de la Iglesia: «Ven Espíritu Santo». Esta súplica es la respuesta a todos los materialismos. En medio del materialismo que trata de invadirnos, hay en nosotros un deseo de Espíritu Santo. Ahora bien, si el Señor había dicho: «Cuánto más el Padre dará el Espíritu bueno al que se lo pida», Él nos dará ese Espíritu. Es el anhelo de la superación de todo materialismo que tiende a ahogarnos. Y en esa súplica-indica el Papa-está también incluido todo deseo bueno. En el fondo, sin saberlo el hombre, está deseando este Espíritu Santo y el Espíritu le está moviendo a pedir.

Aquí es donde viene esta frase que parece muy densa, muy profunda. Deteniéndonos por párrafos, nos encontramos en el cuarto párrafo de este número 18, que dice así: «La invocación al Espíritu y por el Espíritu no es más que un constante introducirse en la plena dimensión del misterio de la Redención». Hay un anhelo de entrar en ella. ¿Cuál es esa plena dimensión? Que Cristo, unido al Padre y uno con nosotros: con cada uno de nosotros, con todos nosotros, nos comunica continuamente el Espíritu y está siempre dándonos su Espíritu. Tenemos que entenderlo bien: el Espíritu no es una cosa que se da y ya se desentiende el que lo ha dado. El Espíritu es amor personal y el amor nunca se da y se deja. El amor es un continuo dar, lo mismo que el Hijo es un continuo engendrarse. No digo continuo porque sea eterno, -no hay continuidad en el tiempo-sino porque es un engendrar, el ser engendrado. Pues bien, el Espíritu es el ser enviado, el ser «espirado» por el Padre y el Hijo. El Espíritu se está dando siempre, siempre. Así continuamente se me da, en el amor continuamente se comunica.

El misterio es ese: Cristo, unido con el Padre y con cada hombre nos comunica continuamente el Espíritu Santo, el Espíritu que infunde en nosotros los sentimientos del Hijo, que va formando en nosotros el Corazón del Hijo y nos orienta hacia el Padre. ¡Es la vida divina! Ser llamado a la vida divina no es simplemente que está uno ahí como testigo, sino que hemos sido llamados a ese misterio profundo. Así, no vemos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo como contemplación nuestra, separada, sino que, al ser introducidos en la vida divina, esto es ser parte de esa vida divina y en cierta manera vivimos esa vida divina. Por lo tanto, se nos da el Espíritu Santo y nosotros amamos al Padre y al Hijo en el Espíritu Santo; nos orienta el Espíritu Santo, estamos dentro de la corriente vital, pero no como un peñasco en medio de la corriente, sino en la corriente misma. Estamos ahí recibiendo el Espíritu del Padre y amando con el Espíritu y en el Espíritu al Padre y al Hijo, en la comunión del Padre y del Hijo.

Por esta razón -una vez indicada la riqueza de vida, que daría para una meditación amplísima pero no pretendo ahora, pues quiero venir ya a la Eucaristía, para ver cómo queda enfocada en la misma Encíclica- debemos concentrarnos y reunirnos en torno a ese misterio de la Redención actuada, no de la Redención como un hecho histórico, simplemente pasado, sino tal como se está viviendo. Es lo que Cristo nos obtuvo a nosotros. Cristo resucitado está comunicando ese Espíritu Santo a la Iglesia, encontrando en este misterio la luz y la fuerza indispensables para su propia visión. «Si el hombre es el camino de vida cotidiana de la Iglesia», ese camino es por donde la Iglesia continuamente se encuentra andando. El camino diario de la vida de la Iglesia es este misterio, esta unión.

La Iglesia está buscando al hombre, llevando al hombre al misterio de la Redención, comunicando el misterio de la Redención a cada hombre. Es necesario que la Iglesia sea siempre consciente de la dignidad, -y este binomio lo repite el Papa una y otra vez- de la adopción divina que obtiene el hombre en Cristo por la gracia del Espíritu Santo. Que no se tome la dignidad, simplemente, porque es una criatura en sí mismo muy inteligente y nada más, sino en su orientación: «Está llamado, pues, a la vida divina, a la gracia y a la gloria». De esta manera, la Iglesia se hace más apta para servir al hombre, para ayudarle a que encuentre su plenitud en Cristo.

¿Cómo hace esto la Iglesia, y nosotros, miembros de la Iglesia? Lo hace según el triple oficio o función, del Cristo profético, sacerdotal y real. La Iglesia participa de ese carácter profético, sacerdotal y regio de Cristo.

Profético, ¿qué quiere decir? Que enseña la verdad en nombre de Dios, la verdad recibida de Dios. La Iglesia es servidora de la verdad, tiene esa misión profética. El número 19 habla de ella: su fidelidad a la verdad. Es el punto clave de su misión. Es sujeto social de la responsabilidad de «la verdad y vida». Así como Cristo repite: «Mi palabra no es mía sino del Padre», así la Iglesia tiene que decir: «Lo que yo transmito no es mío, tengo la responsabilidad de comunicar lo que yo he recibido». Y esto debe estar clarísimo. La Iglesia no debe hacerse juguete de los hombres, para mostrar qué inteligencia tiene cada uno y para que se luzca porque ha escrito un libro que ha llamado la atención, porque tiene unas ideas interesantísimas, extraordinarias. Eso podrá ser bueno para una novela, será bueno para un planteamiento de ciencia-ficción o de economía del futuro. La Iglesia tiene que transmitir lo que ha recibido. No crea ella su doctrina: «Mi palabra no es mía, sino del que me ha enviado». Por eso la Iglesia tiene que tener una actitud de enorme servicio y de humildad. Y quien es instrumento de la Iglesia para hacerlo, también; tiene que desaparecer ante la verdad, desaparecer, para que aparezca el mismo Cristo.

Cristo, a lo largo de todo el Evangelio, desaparece ante la misión que Él tiene: «Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre». «Mi palabra no es mía, sino del que me ha enviado»; «El que no me recibe a Mí, no recibe al que me ha enviado». Pues bien, esa misma fidelidad, dice el Papa, debe ser una cualidad constitutiva de la Iglesia, cuando enseña la fe, cuando la profesa; en ambos casos, no es algo de ella; ¡fidelidad! Por eso se exige de la Iglesia, cuando profesa y enseña la fe, que esté íntimamente unida a la verdad divina y traduzca en conductas vividas de obsequio, conforme con razón, y por eso tiene la asistencia del Espíritu Santo.

Los Padres siempre actuaban así. Al referirnos a los Padres, ocurre una objeción: Luego la Iglesia es cosa vieja, su doctrina está anticuada. La verdad de Dios no es vieja, su doctrina es eterna, por tanto, joven siempre y siempre nueva. Supuesta la verdad, la Iglesia puede buscar conocimiento más profundo, relaciones con otras verdades; pue-de buscar matizaciones para la vida; tendrá una evolución como tiene una evolución la humanidad, un proceso de evolución legítima. Pero no es anticuada, como las modas de los vestidos del siglo pasado; la verdad no fue simple-mente para los Padres, porque no fue pensamiento de ellos. San Agustín repite: «Esto es lo que yo recibí, nada más. Y si no es lo que yo recibí, no os puede ser instrumento de salvación». No sé cómo no tenemos vergüenza, a veces; sería ridículo que yo quisiera influir en vuestra vida por lo que yo pienso. ¿Quién soy yo para que mi pensamiento sea el que determine vuestra vida? Sería ridículo, y por parte vuestra sería una servidumbre humillante. Es la servidumbre de la gente que se aficiona de tal manera al maestro que airea la moda, que todo lo que él diga o haga ya está bien dicho o hecho. Eso se llama esclavitud. Eso no es talento, eso no es teología. Yo me someto al que me transmite la verdad de Cristo, no al que me transmite lo que él piensa. Tengo soberbia suficiente para pensar que yo también tengo cabeza para ver lo que me parece mejor, y talento como el que habla o escribe.

O sea, que la misión de la Iglesia es humilde: transmitir lo que hemos recibido del Señor, que es la verdad saludable, sin confundir con la verdad saludable otros aspectos que se pueden añadir. Este es el punto clave y fundamental, luego hay otras prácticas que lo acompañan. Pero llamo la atención en esto: a veces en esta fidelidad, con el temor de no estar suficientemente al día, de no ser moderno, de no ser actual, se oye decir: qué mentalidad tiene, qué anticuado. Y ¿por qué? Porque cree que el matrimonio es indisoluble, y que la pureza y la virginidad no son cosas trasnochadas. ¿Que hoy la mentalidad es distinta? Eso que tú llamas moderno, es exactamente lo que san Pablo llamaba hombre viejo. ¡Exactamente lo mismo! Si lees lo que dice San Pablo en la Carta a los Romanos, te encuentras con que a todo eso que hoy se llama moderno, él lo llama: «el hombre viejo». En tiempo de San Pablo eso ya era viejo; ¡y ahora quieren hacernos creer que eso es lo moderno!

San Pablo repetía: «Revestíos del hombre nuevo, que ha sido creado según el espíritu de santidad». No viváis según el hombre viejo. Dice en el primer capítulo de la Carta a los Romanos.

«La cólera de Dios se revela desde el cielo contra la impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la ver-dad en la injusticia, pues lo que de Dios se puede conocer está en ellos manifiesto. Dios se lo manifestó; porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno, su dignidad. De manera que son inexcusables, porque, habiendo conocido a Dios no le glorificaron como Dios ni le dieron gracias»-no establecieron contacto con El sino, sabiendo que hay un Dios le dieron la espalda…- «Antes bien, se ofuscaron en vanos razonamientos,-ahí es donde peca el hombre, en sus razonamientos, en lo que él construye-y su insensato corazón se entenebreció; jactándose de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria de Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, -se refiere a los ídolos; yo diría que pusieron al hombre en vez de Dios: El hombre, el hombre, lo primero es el hombre!-, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles, lanzados a la naturaleza que venera, que ensalza. Por eso Dios los entregó a las apetencias de su corazón -El mayor castigo de Dios es cuando nos abandona a nuestras apetencias. Y eso es a lo que nosotros llamamos libertad, y eso es lo que queremos que esté legislado: que todo hombre pueda seguir las apetencias de su corazón, por-que eso es lo que es la verdadera libertad. Caemos exacta-mente en ello, ¡y esto es lo moderno! -Llegaron hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos. Cambiaron la verdad de Dios por la mentira y adoraron y sirvieron a la criatura en vez de al creador, Dios bendito por los siglos. Los entregó Dios a pasiones infames, pues sus mujeres invirtieron las relaciones naturales por otras contra la naturaleza-y nosotros decimos: este es el pensamiento moderno, ahora nos entregamos a esa modernidad-. Igualmente, los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos unos por otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su pecado. Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, les entregó Dios a su mente réproba para que hicieran lo que no conviene. Llenos de toda injusticia, perversidad, codicia, maldad, henchidos de envidia, de homicidios, de contienda, de engaño, de malignidad, chismosos, detractores, enemigos de Dios, ultrajadores, altaneros, fanfarrones, ingeniosos para el mal, rebeldes a sus padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados; los cuáles, aunque conocedores del veredicto de Dios que declara dignos de muerte a los que tales cosas practican, no sólo las practican, sino que aprueban a los que las cometen».

La Iglesia tiene que mantener la fidelidad a la verdad. Habla el Papa de las relaciones con los teólogos, con los científicos. Esa verdad que hay que mantener y la Iglesia tiene la responsabilidad de custodiar. Habla de la catequesis en la cual el Papa ha dado un paso sumamente importante, él se ha reservado a sí la aprobación de todo catecismo, porque la formación catequética es esencial, es parte de esa misión de custodia de la verdad, de la Iglesia.

Segundo, la misión de la Iglesia en su preocupación por introducir al hombre en el misterio pleno de la Redención, es el ejercicio de su función sacerdotal. Aquí es donde apa-rece la Eucaristía. En ella vamos a detenernos esta mañana, para coronar nuestras reflexiones con la Eucaristía de hoy. Que deje huella en nuestra vida, la Eucaristía vivida en su profundidad. El número 20 de la Encíclica, que habla de la función sacerdotal, habla de la Eucaristía, y en ella y con ella de la penitencia, de la reconciliación. Luego, el 21, habla de la función regia, el servicio real de lo que hablábamos ayer, o sea, la triple función de la Iglesia. El número 20, lo completo hoy con la carta del Papa sobre el misterio y el culto de la Eucaristía.

La Redención es actual, porque es la acción salvífica realizada por Jesucristo, «La Iglesia participa en el Evangelio de Jesús, de su Maestro, no sólo mediante la fidelidad a la palabra y el servicio a la verdad, sino que mediante la su-misión llena de esperanza y de amor, participa de la fuerza de la acción redentora, expresada y concretada en forma sacramental, sobre todo en la Eucaristía». Diríamos que tiene la función santificadora de aplicación de la Redención, sacramentalmente. No sólo enseña la verdad, sino que hay una acción que es acción de Cristo en la Iglesia, que actúa en los sacramentos; «Cristo actúa en la Iglesia y por la Iglesia en los sacramentos, con esa acción propia sacramental, en la cual hay una aplicación sacramental de la Redención y el principal de los sacramentos es la Eucaristía». De ella dice el Papa que es el centro y el vértice de toda la vida sacramental.

Todos los sacramentos de alguna manera se ordenan a la Eucaristía. Todos los sacramentos de alguna manera toman su fuerza de la Eucaristía. En el caso del Bautismo, se completa esa unión establecida con Cristo, por la unión sacramental eucarística. Lo mismo diríamos de la Confirmación. La Penitencia está vinculada a la Eucaristía, como preparación a la Eucaristía y la Eucaristía misma lleva al espíritu de penitencia. El Matrimonio, el Sacerdocio, la Unción. La Iglesia, de hecho, vincula la administración de todos los sacramentos a la Eucaristía. Incluso últimamente, la Unción de los enfermos es posible administrarla dentro de la Eucaristía. De este modo está unida a la Eucaristía.

Centro y vértice; cada cristiano recibe la fuerza salvífica de la Redención por medio de la vida sacramental, empezando por el Bautismo en el que somos sumergidos en la muerte de Cristo, para ser participantes de la Resurrección de Cristo.

En la Eucaristía se renueva continuamente, el misterio del sacrificio que Jesús hizo de sí mismo al padre sobre el altar de la cruz. Llegamos al punto culminante: toda la vida sacramental es comunicación sacramental de la Redención de Cristo, en la Eucaristía se renueva, se perpetúa el acto redentor. La Eucaristía es muy compleja: No es sólo el sacramento de la comunión; como sacrificio, es donde se perpetúa la Redención de Cristo que, a través de la vida sacramental, se hace participar a los fieles. Por lo tanto, es centro de la vida sacramental o de la Iglesia, «centro y cumbre». Sacrificio que el Padre aceptó intercambiando, correspondiendo a esa entrega total de su Hijo, con su entrega paternal.

El momento de la cruz, tendríamos que verlo así: en la cruz Cristo se ofrece al Padre, sacrificio de sí mismo, hace la entrega de sí mismo; y el Padre le responde con la entrega de sí mismo en la Resurrección, comunicando a ese mismo Cristo la vida resucitada. Por eso la Resurrección confirma la aceptación de la oblación de Cristo. En el misterio eucarístico estos dos elementos están presentes; porque nosotros renovamos el misterio de la Redención gracias a la permanencia de Cristo resucitado, que sigue manteniendo la oblación de la cruz en el espíritu interior de su Corazón. Y la realiza en el sacrificio de la cruz, donde hay una oblación permanente del sacrificio que entonces se realizó sangrientamente y sigue realizándose en la Eucaristía. En la Eucaristía se hace presente Cristo resucitado, pero Cristo resucitado en el acto de ofrecer al Padre su propio sacrificio de la cruz. Por eso, es Cristo crucificado que muestra al Padre las llagas de su cruz, las llagas permanentes en su humanidad resucitada, Cristo ofreciéndose. Por eso se renueva el sacrificio de Cristo, se ofrece, se continua, se perpetúa la oblación del sacrificio de Cristo.

La Eucaristía es signo eficaz del nuevo don concedido a la humanidad, don que es el Espíritu Santo, mediante el cual la vida divina que el Padre tiene en sí y que da a su Hijo, se comunica a todos los hombres que están unidos a Cristo; o sea que, en la Eucaristía, se realiza la oblación de Cristo, la aceptación del Padre y la comunicación de esa vida nueva, dando el Espíritu Santo. Todo eso se concentra en la Eucaristía. La Eucaristía es, por eso mismo, el misterio grandioso, maravilloso.

En su carta el Papa insiste en el culto del misterio eucarístico. Habla de la unión de la Eucaristía con el Sacerdocio. Escribe a los obispos y sacerdotes e indica cómo el Sacerdocio está vinculado a la Eucaristía, cómo en la última cena ordenó sacerdotes a los apóstoles precisamente dándoles la Eucaristía: «Tomad y comed, haced esto en memoria mía».

Una vez indicada esa conexión, el Papa dice que el culto del misterio eucarístico está dirigido a Dios Padre, por medio de Jesucristo, en el Espíritu Santo. Ahí, en el misterio eucarístico, hay un misterio profundamente trinitario: es el culto a Dios Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo.

El Papa lo explica así: es culto a Dios Padre porque «tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo unigénito», y lo que ahí veneramos es el amor con que el Padre da a Cristo y lo entrega por nosotros. Se dirige también, en el Espíritu Santo, al Hijo encarnado, sobre todo en el momento de su entrega suprema. Lo que yo venero ahí es el amor con que Cristo se entrega por mí al Padre, en aquel momento de abandono total de sí mismo, al que se refieren las palabras pronunciadas en el Cenáculo: «Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros». Lo que ahí veneramos es el acto de entregarse: es Cristo entregándose. Por lo tanto, el Padre entregando a Cristo, Cristo entregándose al Padre por nosotros. Por eso, «anunciamos su muerte», dice la aclamación; y al mismo tiempo «proclamamos su Resurrección»: anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, ¡ven Señor Jesús! Al proclamar la Resurrección abrazamos en el mismo acto de veneración a Cristo crucificado y glorificado a la derecha del Padre y la perspectiva de su venida gloriosa.

anonadamiento voluntario, agradable al Padre y glorifica-do por la Resurrección, lo que, al ser celebrado sacramentalmente, junto con la Resurrección, nos lleva a la adoración del Redentor, que se humilló haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz». Porque en la Eucaristía vivimos ese misterio. Y si lo viviéramos de verdad, el Señor nos comunicaría especial luz, especial vivencia. ¡Es el misterio del amor, del anonadamiento de Cristo que se humilla hasta la muerte y muerte de cruz!

Esta adoración nuestra, -prosigue el Papa, indicando la profundidad de este misterio-, contiene otra característica: está compenetrada con la grandeza de esa muerte humana en la que el mundo, -es decir, cada uno de nosotros-es amado hasta el fin. Es la humillación de Cristo, sí, pero amándonos hasta el fin. Así, pues, es una respuesta que quiere corresponder a aquel amor inmolado que llega hasta la muerte en la cruz; es nuestra Eucaristía, es decir, nuestro agradecimiento, nuestra alabanza por habernos redimido con su muerte y hecho participantes de su vida inmortal mediante su Resurrección. Esto es en síntesis la Eucaristía. Nos centramos ahí: en el sacrificio, en la oblación de Cristo, la revelación del amor del Padre. Ahí veneramos al Padre en el Espíritu Santo, que se nos da también en ese misterio de Redención, y la humillación de amor inmenso, hasta la muerte por nosotros; y todo eso, dándole gracias y alabándole.

Este culto acompaña y se enraíza ante todo en la celebración de la liturgia eucarística. Pero, -añade el Papa-, debe llenar así mismo nuestros templos incluso fuera del horario de las Misas. Hay que llevar al pueblo a que llene el templo en la veneración, -Ese culto debe llenar el Templo-. En efecto, dado que el misterio eucarístico ha sido instituido por amor y nos hace presentes sacramentalmente a Cristo, es digno de acción de gracias y de culto. Ese culto debe manifestarse en todo encuentro nuestro con el Santísimo Sacramento, tanto cuando visitamos las Iglesias como cuando las Sagradas Especies son llevadas y administra-das a los enfermos. El fiel cristiano debe ser absorbido por ese amor del Señor, en ese sacramento del amor, donde se hace presente esa oblación de Cristo: Cristo que se entrega, el Padre que se entrega a Cristo, el Espíritu Santo que se nos da, el Espíritu Santo en el cual nosotros veneramos al Padre y al Hijo. Eso es algo que nos llena y por eso en la Eucaristía vamos a darle gracias y alabarle, y a sumergirnos en ese misterio de amor; en la santa Misa muy especialmente, pero también en toda forma de culto eucarístico, cuando está expuesto o cuando es llevado a los enfermos.

Eso es el culto a la Eucaristía: es el sacramento maravilloso que nos pone el acto redentor de Cristo: Muerte, Resurrección, y comunicación del Espíritu Santo. A este respecto merece una mención particular la solemnidad del Corpus Christi como acto de culto público tributado a Cristo presente en la Eucaristía, establecida por Urbano IV en recuerdo de la institución de este gran misterio. Todo ello corresponde a los principios generales y normas particulares que existen desde hace tiempo, formuladas de nuevo durante y después del Concilio Vaticano II. Llega a decir el Papa estas palabras con las que termina la síntesis, «La animación y robustecimiento del culto eucarístico son una prueba de la auténtica renovación que el Concilio ha propuesto». ¡Es bien fuerte! Es una profecía, y es precioso. O sea, que la animación y robustecimiento del culto eucarístico es una prueba de la auténtica renovación que el Concilio se ha propuesto y de la que es el punto central. Esto merece una reflexión aparte.

La Iglesia y el mundo-dice el Papa- tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. – «La adoración reparadora, el culto reparador»-. Algunos decían: pero si no tiene sentido teológicamente el reparar las graves faltas y delitos del mundo. El Papa dice: «No ce-se nunca nuestra adoración». Sólo eso ya es maravilloso, lo que acabo de comentar es solamente un número.

Es necesario ese número 3 de la carta del Papa, sobre el culto del misterio eucarístico. El Papa luego insiste, ya lo veremos en la meditación siguiente, en los aspectos eclesiales que trataré de resumir, dando los puntos claves que el Papa quiere proponer y que son una ampliación del número 20 de la Encíclica «Redemptor Hominis».