FUNDAMENTACIÓN TEOLÓGICA DE LA CRISTOLOGÍA ESPIRITUAL(III)


  1. JOSEPH RATZINGER
BENEDICTO XVI

Del libro “Miremos al Traspasado”

Tercera tesis:

 Porque la oración es el centro de la persona de Jesús, la participación en su oración es el presupuesto para conocer y comprender a Jesús.

 

Comencemos con una consideración teórica general sobre el conocimiento. Según su esencia, el conocer se funda en una cierta configuración o asimilación de quién conoce con lo conocido. A esto un nos remite el antiguo axioma de que lo semejante conoce a lo semejante. Referido a una situación espiritual y personal, esto significa que el conocer exige un cierto grado de simpatía, por la cual el hombre en cierto modo toca o entra en la otra persona o en la realidad espiritual correspondiente, se hace una sola cosa con ella y de este modo es capaz de comprenderla (intellegere = de intus legere).

Aclaremos esto con un par de ejemplos. Se puede hacer filosofía solo en el acto conjunto de co–filosofar, cumpliendo o actuando el pensar filosófico; la matemática se abre sólo a un pensar matemático; la medicina puede aprenderse curando y nunca únicamente leyendo libros o reflexionando. Del mismo modo, también la religión puede ser comprendida solo por medio de religión, un axioma incuestionable en la filosofía de la religión actual. El acto fundamental de la religión es el rezo, la oración, que en la religión cristiana posee una determinación del todo especial: es entrega de sí mismo en el cuerpo de Cristo y por consiguiente un acto de amor, que amando en y con el cuerpo de Cristo reconoce y cumple necesariamente el amor de Dios en el acto de amar al prójimo, es amor a los miembros de ese cuerpo.

En la primera tesis hemos visto que la oración era el acto central de la Persona de Jesús, sí, que su Persona se constituye en el acto de la oración, en el acto de la permanente comunicación con quien Jesús llama “Padre”. Si esto es así, entonces un real conocimiento de esa Persona eso es solo posible entrando en ese acto de oración, participando en él. A esto aluden las palabras de Jesús: nadie puede ir a Él si no es llevado por el Padre (Jn 6,44). Donde no existe ningún Padre, tampoco existe ningún Hijo. Donde no existe una relación con Dios, tampoco es comprensible quien en su esencia no es otra cosa que relación a Dios, al Padre; aunque sin duda es posible asignarle muchas notas particulares. Por lo tanto, la participación en los sentimientos de Jesús, es decir, en su oración –que es (como hemos visto) un acto de amor, de desapropiación y de entrega de sí a los hombres

– no es una especie de condimento pío de la lectura del evangelio, que no contribuiría en realidad a su conocimiento o que sería, incluso, contraproducente para la estricta pureza del conocimiento crítico. Por el contrario, participar en su oración es el presupuesto fundamental para que pueda realizarse un genuino conocimiento en el sentido de la hermenéutica actual, es decir, devenir contemporáneo y sintonizar con sus mismos sentimientos.

El Nuevo Testamento ilumina esa realidad y nos propone de ese modo los elementos fundamentales de una teoría teológica del conocimiento. Doy sólo un ejemplo. Ananías fue enviado para lo de Pablo, a fin de recibirlo en la Iglesia, y como él se oponía, pues desconfiaba de ese hombre, le fue dada esta razón: ve hacia él, “mira, está en oración” (Hechos 9,11). Pablo, rezando, se encamina hacia el momento en que, liberado de la ceguera, comienza a ver, no sólo exterior, sino interiormente. Quien reza comienza a ver; rezar y ver dependen uno del otro, pues –como dice Ricardo de San Víctor- “El amor es el ojo”. Por eso, los verdaderos avances de la cristología nunca pueden provenir de una pura teología escolar, tampoco de la moderna teología escolar, como se presenta en la exégesis crítica, La historia de los dogmas, la antropología orientada según las ciencias humanas, etc. Todo esto es importante, tan importante como lo es la escuela. Pero no basta: ha de agregarse la teología de los santos, que es teología de la experiencia. Todos los avances teológicos reales tienen su origen en el ojo del amor y en su fuerza visual.