FUNDAMENTACIÓN TEOLÓGICA DE LA CRISTOLOGÍA ESPIRITUAL(VI)

JOSEPH RATZINGER
BENEDICTO XVI

Del libro “Miremos al Traspasado”

Sexta tesis:

Para una correcta comprensión de la unidad interior de teología bíblica y de teología dogmática, de teología y de vida religiosa, la denominada teología neocalcedónica, recapitulada en el III Concilio de Constantinopla (680 -681), cumple un aporte muy importante. Sólo a partir de esta teología se abre plenamente el sentido del dogma de Calcedonia (451).

Los manuales teológicos desatienden a menudo el desarrollo teológico posterior al Concilio de Calcedonia. Por eso, con frecuencia queda la impresión de que la cristología dogmática termina con un cierto paralelismo de las dos naturalezas de Cristo. Esta impresión fue también la que condujo a divisiones luego de Calcedonia. En realidad, la apreciación del verdadero ser humano y del verdadero ser divino en Cristo solo puede conservar su significado si también es aclarado el modo de la unión de ambos, que el concilio había circunscrito con la fórmula de “una Persona” en Cristo, que por ese entonces aún no había sido sondeada en todo su significado. Pues no el ser uno junto al otro, sino el ser uno en el otro, la unidad de ser Dios y ser hombre en Cristo significa “salvación” para los hombres, ya que solo así se realiza aquel verdadero “devenir como Dios”, sin el cual no existe ni liberación ni libertad.

A esta cuestión se consagró el III Concilio de Constantinopla (680-681), luego de dos siglos de una lucha dramática, con frecuencia también marcada por la política imperial. Ese concilio enseña, en primer lugar, que la unidad de Dios y hombre en Cristo no incluye en modo alguno una amputación o reducción del ser hombre. Cuando Dios se une a una criatura, no la lastima ni disminuye, sino que la lleva finalmente a su totalidad plena. Por otra parte (y esto no es menos importante), no subsiste ningún paralelismo o dualismo de las dos naturalezas, que en el correr de la historia fue una y otra vez considerado necesario para salvaguardar la libertad humana de Jesús. En esos intentos fue olvidado que la asunción del querer humano en la voluntad de Dios no destruye la libertad, sino que libera la verdadera libertad. El Concilio de Constantinopla ha analizado la cuestión de la dualidad y unidad en Cristo, concretamente, en la cuestión de la voluntad de Jesús. Él afirma de modo expreso que existe una voluntad humana propia del hombre Jesús que no es absorbida por la voluntad divina. Pero, esa voluntad humana sigue a la voluntad divina y así, no de un modo natural, sino haciéndose camino en la libertad, se transforma en una sola voluntad con la divina: la dualidad metafísica de una voluntad humana y una divina no es anulada, pero ambas se fusionan en el espacio personal¸ en el espacio de la libertad, de modo que ambas devienen una voluntad, no naturalmente, sino personalmente. Esta unidad libre -el modo de unidad creado por el amor- es una unidad superior y más profunda que una mera unidad natural. Ella corresponde a la unidad suprema por excelencia: la unidad trinitaria. El Concilio aclara esa unidad con una palabra del Señor transmitida en el Evangelio según san Juan: “Yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me ha enviado” (Jn 6, 38). Aquí habla el Logos divino, y habla de la voluntad humana del hombre Jesús nombrándola su voluntad, la voluntad del Logos. Con esta exégesis de Juan 6,38, el Concilio muestra la unidad del sujeto en Jesús. En Él no existen dos yo, sino uno solo: el Logos habla del querer y del pensar humano de Jesús en primera persona; ambos se han transformado en su Yo, han sido asumidos en su Yo, porque la voluntad humana se ha unificado totalmente con la voluntad del Logos y con él en un puro sí a la voluntad del Padre.

Máximo el Confesor, el gran intérprete teológico de esa segunda fase del desarrollo del dogma cristológico, ha explicado estas relaciones en la oración de Jesús en el Monte de los Olivos, que encontramos ya en la primera tesis como expresión de la relación única de Jesús con Dios. En verdad, en esa oración nos es dado mirar en la vida interior de la Palabra hecha carne. Ella se nos muestra en las palabras que permanecen medida y modelo de toda oración real: “(…) pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que Tú quieras” (Mc 14, 36). La voluntad humana de Jesús se ordena y dispone en la voluntad del Hijo. Y en tanto lo hace, recibe su identidad, es decir, el perfecto sub-ordinarse del Yo al Tú, el donarse y traspasarse del Yo al Tú, que es la esencia de quien es pura relación y puro acto. Cuando el Yo se dona al Tú, se transforma en libertad, porque es recibida y aceptada la “forma de Dios”.

Podemos también, e incluso de una mejor manera, describir este proceso desde su otro lado: el Logos se humilla, se abaja de tal modo que asume la voluntad de este hombre como la suya propia y habla con el Yo de este hombre al Padre, transfiere su Yo a este hombre y así transforma el hablar de un hombre en la Palabra eterna, en su bienaventurado “sí, Padre”. En cuanto entrega como propio su Yo –su propia identidad- a este hombre, libera al hombre, lo redime, lo hace Dios. Lo que significa realmente la frase “Dios se hace hombre”, lo podemos tocar aquí con nuestras manos: el Hijo transforma la angustia de un hombre en su obediencia filial, transforma el hablar del siervo en la Palabra que es el Hijo.

De tal modo, también se hace visible la forma de nuestra liberación, de nuestra participación en la libertad del Hijo. En la unidad de la voluntad de la que hemos hablado, acontece la más grande transformación pensable del hombre y, a la vez, la única deseable: su divinización. Así, la oración, que entra en la oración de Jesús y en el cuerpo de Cristo se transforma en oración de Jesucristo, puede caracterizarse como un laboratorio de la libertad. Aquí y solo aquí acontece la profunda transformación del hombre que nosotros necesitamos para que el mundo sea mejor. Pues solo por este camino la conciencia alcanza su rectitud más profunda y su fuerza inquebrantable. Y solo a partir de esta conciencia puede surgir aquel orden de las cosas humas que corresponde y protege la dignidad del hombre; un orden que debe ser buscado siempre de nuevo por cada generación desde la conciencia vigilante del hombre, hasta que venga el Reino de Dios, que solo Él puede instituir.