Mes del Corazón de Jesús basado en las meditaciones del Mes de Ejercicios del P. Mendizábal.DÍA DECIMOQUINTO. TENTACIONES DE JESÚS

VÍDEO:

TEXTO:

Ayer veíamos cómo Jesús hace ese gran sacrificio de perderse voluntariamente en el Templo de Jerusalén. Cómo todo aquello era, en el fondo, un anticipo de su Pasión. A los tres días le encontró María en el Templo. Y a los tres días le encontraría resucitado y vivo para no perderle nunca más. Volvemos a renovar al comienzo de esta meditación nuestro ofrecimiento al Señor y nuestro deseo de imitarle en todo. Que el Espíritu Santo nos lleve al desierto de la oración y nos fortalezca en la fidelidad al Padre

Ven Espíritu Santo inflama nuestros corazones en las ansias redentoras del Corazón de Cristo para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras en unión con Él por la redención del mundo

Señor mío y Dios mío Jesucristo, por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu Santo Sacrificio del altar con mi oración y mi trabajo sufrimientos y alegrías de hoy en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu Reino;

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones

Por nuestro Obispo y sus intenciones

Por nuestro Párroco y sus intenciones

 

DÍA DECIMOQUINTO. TENTACIONES DE JESÚS

Vamos a fijar nuestra mirada en Jesucristo, abriendo nuestro corazón hacia Él, en paz interior, con el alma quieta, pacífica, dispuesta. Fijar nuestra mirada en Jesucristo para que no se nos pierda nada, para conocerlo íntimamente, y ofrecernos con apertura del corazón a seguirle: “Que yo quiero, y deseo, y es mi determinación deliberada de imitaros”. Y para eso, estoy fijándome con amor: todo lo que hace Él, cómo piensa Él, cómo organiza Él la Redención del género humano, cómo la hace, cómo la vive.

¡Oh Hermosura que excedéis

a todas las hermosuras!

Sin herir, dolor hacéis,

y sin dolor deshacéis

del amor de las criaturas.

Oh nudo que así juntáis

dos cosas tan desiguales,

no sé por qué os desatáis

pues atado fuerza dais

a tener por bien los males.

 

Vamos a ver hoy cómo inaugura Jesucristo su vida pública –como nosotros queremos inaugurar nuestra vida de redención de las almas-; a ver qué criterios son los suyos, cómo actúa Él; porque ahí tenemos que apoyarnos, en Cristo, en cómo Él lo hace. Jesucristo inaugura su ministerio con tres pasos. Primero, se despide de su Madre. Segundo, se deja bautizar por Juan. Tercero, pasa cuarenta días en el desierto y es tentado. Vamos a ver estos tres puntos de meditación.

PRIMERO, SE DESPIDE DE SU MADRE. Jesucristo ha llegado hacia los 30 años. Juan está predicando el bautismo de penitencia por todo el Jordán. Las multitudes corren a él; todos los tipos: negociantes, soldados… A cada uno dice su palabra de perdón, de preparación para la venida próxima del Mesías. Ya está. Ya ha llegado el momento; la plenitud de los tiempos. Y Jesús oye llegar las noticias del Jordán, y Él sabe muy bien que eso significa su partida de Nazaret; que ha llegado el tiempo pleno. Y Jesús se va. María se queda sola en Nazaret. Sin José primero, viuda… y ahora sin Jesús. No es fácil para María. Esta soledad de la Virgen nos tiene que ayudar mucho en nuestras soledades. En nuestras desolaciones interiores, cuando Jesús se esconde en nuestro corazón, recurrir a la soledad de la Virgen, unirnos a Ella.

Este es el primer paso para la libertad del apóstol… El verdadero apóstol de Cristo tiene que estar libre. Si no, no salimos nunca de las faldas de mamá. Pues bien; libertad de espíritu. Pero es que la Madre de Jesucristo le sigue. Sí, le sigue. Y eso muchas veces también lo puede hacer una madre con su hijo sacerdote, por ejemplo: seguir. Pero no preceder al apóstol; nunca. Si ella va entre los fieles que le quieren seguir a escuchar la palabra de Dios, muy bien. Pero nunca supone ningún dominio sobre el apóstol de parte de sus padres. No. Está dedicado al ministerio del culto de Dios. Ministerio sagrado; apostolado. Estimar esto. Como Cristo. Dejar todo. Esto, ¿es faltar de amor a los padres? ¡Qué va a ser! Esto es aumentar el amor hacia Dios y aceptar su voluntad sobre nosotros; seguirle.

 

Y va a bautizarse. ¡El bautismo de Cristo! Es el primer misterio, un bautismo de penitencia. No para perdón de los pecados –porque tenía que venir Cristo para perdonar los pecados- pero sí bautismo de penitencia para disponer al perdón de los pecados. Quien viese a Jesucristo que se acercaba al Bautismo con un grupo de gente y que se hacía bautizar por Juan, sin juicio temerario podía decir que Jesucristo era un pecador. Iba a bautizarse. BAUTISMO DE PENITENCIA, DE HUMILLACIÓN. Y llega al Jordán. ¿Hasta qué punto conoció Juan a Jesucristo? No se conocieron nunca. Juan Bautista, desde pequeño, fue al desierto… y nada… Pero el que conoció al Señor cuando todavía estaba en el seno de su madre Isabel, lo tuvo que conocer también con aquel instinto interior, cuando lo vio venir… tan distinto de los demás… lleno internamente de la divinidad… Y lo vio; y tuvo seguramente una intuición: “Ese es el Mesías”. Todavía no había visto la señal que le había anunciado el Señor: “Sobre quien vieres bajar una paloma, ése es”. No le había visto, pero ya intuyó que era ése. Como pasa con las almas santas, que se intuyen, se conocen; una especie de intuición previa.

Y cuando Jesucristo empezó a conversar con Juan sobre el Bautismo, entonces se convenció más todavía. Al conversar con Él, comprendió que no tenía ningún pecado. Y entonces quería impedirlo: “Yo debo ser bautizado por Ti, y Tú vienes a mí”. Y Jesucristo le responde: “Deja ahora, que así conviene que cumplamos nosotros toda justicia”. ¿Qué significa esto? El que dice estas palabras, cuenta estas palabras, es San Mateo. Ahora bien; en San Mateo, ese verbo “cumplir” significa generalmente cumplir algo profetizado en el Antiguo Testamento. “Para que se cumpliera lo que estaba escrito”. Pues bien; parece que aquí el Señor lo que le dijo a Juan es esto: “Conviene que se cumplan las profecías; por lo tanto, bautízame”. ¿Cuáles eran esas profecías que iban a cumplirse? Parece que se refiere a Isaías en el capítulo 53, versículos 11 y 12, donde dice así: “El justo, servidor mío, justificará muchos. Él tomará sobre sí su iniquidad. Por tanto, Yo le daré como premio la multitud de los poderosos. Hará un gran botín, porque se ha ofrecido por sí mismo a la muerte y porque fue computado entre los malhechores”. Y esto se confirma con la palabra del Padre después del Bautismo, que es una referencia a Isaías 53, 1, cuando dice: “Este es mi Hijo muy amado en quien tengo puestas mis complacencias”, son una cita textual de una expresión que aparece tres veces para designar a Isaac, hijo de Abraham, ofrecido como víctima: “Toma a tu hijo Isaac, a tu hijo el que amas el unigénito, en quien tienes tus complacencias, y ofrécelo en el altar”. Y por eso le hace entender a Juan: “Yo no tengo pecado, pero me sumerjo en el bautismo de penitencia porque estoy cargado con los pecados de la humanidad: mis almas”; las almas de Cristo. Por eso Jesucristo inaugura su ministerio cargando sobre sí los pecados de sus almas, de la humanidad. Y baja. Y se hace bautizar.

Esto debió dejar a Juan tan impresionado, le hizo una impresión tan enorme, lo entendió tan bien, que para él, Jesucristo ya no era más que “el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo”. El CORDERO DE DIOS QUE LLEVA SOBRE SÍ EL PECADO DE LA HUMANIDAD. Y así lo ve siempre: “Ese es el Cordero de Dios”. Ahí está. Ya lo veía siempre así; como se sumergió en el Jordán: cargado con los pecados de la humanidad. Tiene otras finalidades también el bautismo y nos señalan los teólogos: la santificación del agua bautismal… Todo esto, sí es verdad. Pero creo que el sentido íntimo es este: el cumplir la profecía, el cargarse con los pecados de la humanidad y sumergirse en el bautismo de penitencia. Y cuando después de haberse bautizado –hecho este gesto de humillación, cargándose con los pecados-, sale del Jordán y se pone en oración, baja sobre Él el Espíritu Santo en forma de paloma, visiblemente. Y Juan lo ve, y se confirma definitivamente. Y el Espíritu Santo posándose sobre Él, simboliza esa plenitud de la complacencia divina, que hace ya de la Humanidad de Cristo el instrumento habitual, constante, de la predicación evangélica y del ministerio evangélico. Así se inaugura: con la plenitud del Espíritu Santo sobre la suprema humillación de Cristo que carga con los pecados de la humanidad.

“Y Jesús –tercer aspecto- LLENO DEL ESPÍRITU SANTO, dicen los Evangelistas…” Parece que con esto quieren indicar que después del bautismo, después de esta teofanía, derivó sobre Cristo un especial esplendor del Espíritu Santo. Estaba ya unido a la divinidad hipostáticamente, pero ahora parece que sobrevino a la Humanidad un nuevo enriquecimiento, esplendor; y así parece que quieren indicar al decir: “lleno del Espíritu Santo”. Subió al Jordán así, en la plenitud de su esplendor mesiánico. “Y lleno del Espíritu Santo, fue conducido por el Espíritu Santo al desierto para ser tentado del demonio”. Otra humillación de Cristo.

Vamos a penetrar en el sentido de este desierto y de esta tentación del desierto. Dice: “llevado del Espíritu”, o “el Espíritu lo condujo al desierto”. La palabra griega que aparece en uno de los evangelistas es la misma que emplea el evangelista cuando dice que Jesús lanza el demonio de los posesos; lo cual supone una fuerza, una cierta violencia. De modo que el Espíritu Santo conduce a Jesucristo –diremos- con violencia al desierto. Lo lanza al desierto. Supone casi como una resistencia de parte de la humanidad de Cristo, que estaba llena del Espíritu Santo. Y lo lanza al desierto; a la soledad, al silencio, a la penitencia. Y, ¿por qué esto? Hay una analogía curiosa entre este período de Jesucristo en el desierto y la agonía del Huerto. Aquí dice que el Espíritu lo lanzó, como con violencia; allí, en la agonía del Huerto, dice que el Señor  “se arrancó de los Apóstoles”, y entró en la soledad del Huerto de los olivos con fuerza. También allí sentía una violencia… Comienza igual. Termina en el desierto con que los ángeles le sirven; en el Huerto, un ángel le conforta. Y en medio, Jesucristo ora y es tentado.

“Pasados los cuarenta días, Jesucristo siente hambre. Y se acerca el tentador. Penetremos aquí en esto: la tentación del desierto. La tentación, la triple tentación, que es tan rica de enseñanzas para nosotros. Si no queremos quitar a este episodio su verdadero carácter y menguar su significación, notemos que esta prueba que soporta Jesús en el desierto, no consistió meramente en una triple tentación de gula, de vanagloria y de ambición. No es ése el sentido total: tenía hambre, y le propuso satisfacerla. No; no es ése el sentido. Fue mucho más grave y decisiva. Todos los comentadores de los Evangelios están de acuerdo en verlo así: Jesús fue tentado, no a título de hombre ordinario, sino a título de Mesías, de su función mesiánica, en la hora misma en que iba a presentarse ante los israelitas, ante los judíos, ante sus compatriotas, como Mesías. Este es el verdadero sentido de la tentación del desierto. Y vamos a verlo.

Se acerca el tentador. Había visto en Jesucristo algo más que un puro hombre. No era un hombre ordinario. Y entonces, sospechando que era el Mesías –quizás no el Hijo de Dios precisamente, pero el Mesías-, el demonio trata de desviarlo de su función mesiánica, para así impedir la redención de los hombres. Y se le presenta, y le dice: “Si Tú eres hijo de Dios…” eso que nos suele decir el mundo siempre con tanta insistencia y con tanta fuerza de convicción para tanta gente: si tú eres el sacerdote de hoy, si tú eres el apóstol de hoy que tiene verdadero celo de las almas… “si Tú eres el Mesías, di que estas piedras se conviertan en pan”.

¿Qué quiere decir con esto? ¿Satisfacer el hambre? No eso; sino, sabía él muy bien que el pueblo de Israel esperaba un Mesías que satisficiese las necesidades materiales del pueblo de un modo milagroso. Por lo tanto, lo que pretende es esto: satisfacer a las necesidades materiales del pueblo. Si tú eres el apóstol de hoy –nos dicen-, remedia toda la cuestión social y creeremos en ti. Por ahí tienes que empezar. Multiplica los panes. Sabía que era ésta la característica que el pueblo esperaba del Mesías. Por eso estas tentaciones después se reflejan en toda la vida de Cristo, cuando multiplica los panes y los peces, con los enfermos…. Y el demonio continúa siempre presentándole este aspecto de salvación humana solo material, para desviarlo de su función espiritual.  Y entonces Jesucristo le responde: “Escrito está: no vive de sólo pan el hombre, sino de todo lo que Dios dice”; de cualquier cosa que venga de la mano de Dios. Allí en el desierto se les dio, no pan, sino se les dieron aquellas aves… el maná… “De lo que venga de Dios”. Estamos en sus manos. O también en un sentido pleno se podía decir que el Señor le dice, haciendo referencia a escondidas a lo que es el verdadero don mesiánico de la Eucaristía: “No sólo de pan material vive el hombre, sino el pan que yo tengo que darles es mi Cuerpo y mi Sangre. Es lo que sale de la boca de Dios, que es la palabra de Dios. El alimento del hombre es la palabra de Dios, o la palabra de Dios encarnada y presente en la Eucaristía”. Pero no acepta. No es ése el camino, no. No le engaña…

Entonces el demonio pasa al segundo. El diablo lo llevó al pináculo del Templo. Y mostrándole de allí abajo la multitud que estaba en los atrios del Templo, le dice: “Si Tú eres el Mesías, échate de aquí abajo”. Como lo que esperaban es un Mesías espectacular, vistoso, triunfador humano… échate de aquí abajo… Está escrito que no te harás nunca daño… es el Mesías que no sufrirá nunca… no te harás daño porque los ángeles te protegerán para que no te hagas daño… y así caerás en medio de la gente sin hacerte daño, y verán que el Mesías ha bajado del cielo; y entonces te aceptarán.

Y Jesucristo sigue fiel. No le gustan lo maravilloso del triunfo humano, las teatralidades. No hay que hacer teatro en la vida espiritual y apostólica. Y Él entonces le dice: No… ¿Por qué me tengo que tirar? Si tengo aquí unas escaleras para bajar… “No tentarás al Señor tu Dios”. No hay que recurrir a estos medios cuando hay otros humanos. No; no me voy a tirar.

Y el demonio, ya desesperado, lo lleva a un monte alto, y le muestra, le hace ver la gloria del mundo, lo que significaría la posesión de todo ese mundo; y le hace brillar ante su imaginación todo el esplendor de los reinos de la tierra. Y le dice: “Todo esto te daré, serás rey de todo esto, si postrado me adoras”. Es decir, si me sirves, si sigues mi voluntad, si sigues mis criterios, mis normas. Todo esto te lo daré. Serás el Rey universal, que es lo que pretendes como Mesías: el reino universal. Te lo daré. Sólo con una condición: que me hagas caso, que sigas mis criterios. Y entonces, Jesús en respuesta le dijo: “Vete de ahí, porque está escrito: Adorarás al Señor Dios tuyo y a Él solo servirás”, a Él solo agradarás en todo. Es la respuesta del Principio y Fundamento: agradar a solo Dios. Nada. Si a Él no le agrada, no daré un paso. El camino no será, quizás, tan triunfante como el que tú me indicas, pero yo sigo la voluntad del Padre. “A Él solo agradarás, a Él solo servirás”. ¡Bueno…! Aquí están las tentaciones.

A nosotros nos tienta el demonio lo mismo. Y no hay cristiano que no atraviese por estas tentaciones. Es la tentación decisiva del apóstol. A Jesucristo el demonio siempre siguió presentándole estas perspectivas; constantemente, constantemente. Porque no se define de una vez para siempre. El demonio es muy inteligente, muy constante; y vuelve, y vuelve, y después de haber dicho que no, pues vuelve otra vez, y lo presenta de otra manera, y procura desviarnos siempre en este sentido. En cambio, Jesucristo siguió derecho hacia la cruz, derecho: a la voluntad del Padre. En la multiplicación de los panes le quieren desviar. En la oración del Huerto le quieren desviar. Sus mismos apóstoles le quieren desviar. Y la reacción de Cristo es siempre violenta, firme. Pocas veces fue áspero Jesucristo. Pero lo fue con Pedro, cuando Jesucristo les había preguntado: “¿Quién decís vosotros que es el Hijo del Hombre?”. Y Pedro le contestó: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo que ha venido a este mundo”. Y Jesucristo le dice: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado la carne y la sangre”. Es decir, esto no lo has sacado tú por consideraciones humanas; lo que has visto no corresponde al ideal mesiánico que tienen los hombres. Eso te lo ha revelado el Padre. Sólo con luz divina lo podías entender.  Mi Padre que está en los cielos te lo ha revelado, te lo ha hecho entender. Y Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

Y empieza a manifestar a Pedro y a los demás, claramente su función mesiánica, que era la muerte en cruz. “Que convenía que fuese Él a Jerusalén, y que allí padeciese mucho de parte de los ancianos y de los escribas y de los príncipes de los sacerdotes, y que fuese muerto y que resucitase al tercer día”. Y entonces Pedro -¡el mismo!- tomándole aparte le agarra del brazo y le dice: ¿Qué estás diciendo? ¿Mesías en la cruz? “Trataba de disuadirlo diciendo: ¡Ah, Señor! De ningún modo, no ha de verificarse eso en ti”. Que te van a matar… y que vas a ir a la cruz… No ha de verificarse. ¿Veis? De nuevo aparece la idea mesiánica humana.

Y entonces Jesús, vuelto a él le dijo: “Ponte detrás de Mí, Satanás”. Este es Cristo. A quienquiera que se pone delante de su camino hacia la cruz: ¡fuera! “Ponte detrás de Mí, Satanás. Me escandalizas. Porque no piensas como Dios sino como los hombres”. El Mesías según Dios. Aquí está la clave de todo. Aquí está: pensar como Dios, no como los hombres. El que antes había pensado como Dios, reconociéndole como Mesías, ya está ahora pensando como los hombres. Así cambiamos nosotros. Así somos de indóciles a la gracia. Así mezclamos nuestra miras humanas en nuestro apostolado: una vez todo por Dios, después mezclamos un criterio humano, un modo de ver humano. Y Jesucristo eso no lo tolera. “Apártate, Satanás”. Como fue en el desierto, igual; porque le separa de la cruz, le quiere llevar a un Mesías glorioso. Y los apóstoles insistirán siempre en el mismo sentido: que si vas a restituir el reino de Israel… que quien es el primero, que si les coloca a uno a su derecha y a otro a su izquierda… Siempre igual… vuelta… y vuelta…

 

¡Es tan difícil al hombre entender el criterio divino, apostólico…! El ser Mesías según Dios o según los hombres. Pues bien; cada uno de nosotros tiene que soportar esta tentación. Cada uno de nosotros sentirá infinitas veces: “Si eres sacerdote, religiosa, cristiano de hoy; el mundo de hoy espera esto de ti”. Y, ¿qué te importa a ti lo que espera el mundo? Si el mundo nos va a dar los criterios de Redención, estamos buenos… estamos buenos… No me importa nada lo que espera el mundo del sacerdote, de la religiosa, del matrimonio, del joven de hoy. Lo que me importa es lo que espera Dios de mí, en el mundo de hoy. Lo que espera Cristo, no lo que espera el mundo. Y eso será lo que de verdad necesite el mundo aunque no lo sepa ni lo pida, pero es lo que necesita de verdad. Y sería ya hora de acabar con todas las encuestas de lo que espera el mundo de nosotros. ¿Encuesta? Pregunta a Jesucristo lo que Él pide de ti y lo que Él quiere de ti. Y que seas un sacerdote, una religiosa, un cristiano abrazado con la cruz. Y que vayamos, sin miedo, a comunicar al mundo el mensaje íntegro del Evangelio. Y si es preciso, hasta la Cruz, como tantos mártires de ayer y de hoy.

Esta es nuestra tentación. Y ésta es la decisión que tienes que tomar. Ser cristiano según Dios, o ser cristiano según los hombres. Transformar este mundo según el evangelio o permitir que el mundo engulla el evangelio, lo pervierta, lo adapte a sus caprichos, lo neutralice y lo haga estéril, como la sal que se vuelve sosa. Y aquí está la clave de la santidad: en este programa de vida. Y si te decides de verdad con Cristo a ser lo que tienes que ser según Dios, aceptarlo hasta el fin, hasta la muerte, abrazado a Cristo crucificado.

Acabamos esta meditación a los pies de Cristo. El se ha separado de su madre con dolor, se ha sumergido en las aguas de mis pecados para purificarme y ha soportado los cuarenta días de ayuno y las tentaciones, por mí y por mi libertad. Señor, yo quiero a partir de hoy rendirme a tus pies y dejarme en tus manos.

 

Oh Dios, que en el corazón de tu Hijo,

herido por nuestros pecados,

has depositado infinitos tesoros de caridad;

te pedimos que,

al rendirle el homenaje de nuestro amor,

le ofrezcamos una cumplida reparación.

Por Jesucristo nuestro Señor. R. Amén