Mes del Corazón de Jesús basado en las meditaciones del Mes de Ejercicios del P. Mendizábal. DIA NOVENO.EL PERDÓN DE DIOS: LA MISERICORDIA

 

DIA 9

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Después de meditar sobre el pecado y mis pecados, para aborrecerlos y ser libre por dentro, vamos a meditar en un paso difícil que hay que dar vitalmente antes de avanzar en el seguimiento del Señor: construir y fundar sobre las ruinas del propio yo, en confianza, el edificio de la santidad.

 

Ofrecemos este nuevo día al Señor.

Ven Espíritu Santo inflama nuestros corazones en las ansias redentoras del Corazón de Cristo para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras en unión con Él por la redención del mundo, Señor mío y Dios mío Jesucristo, por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu Santo Sacrificio del altar con mi oración y mi trabajo sufrimientos y alegrías de hoy en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu Reino

 

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones

Por nuestro Obispo y sus intenciones

Por nuestro Párroco y sus intenciones

 

DIA NOVENO.EL PERDÓN DE DIOS: LA MISERICORDIA

Ante el espectáculo que hemos visto de nosotros mismos, de nuestra respuesta al amor de Cristo, no podemos menos de exclamar como decía San Pablo: “Miserable de mí, hombre”. Como comenta San Agustín: Miserable, porque soy hombre, y miserable porque soy yo entre los hombres. Hemos podido percibir con dolor nuestra ingratitud al Señor, nuestra mezquindad con Él, de ese modo de caminar siempre a medias con el Señor. Pues bien; sobre esas ruinas de nuestra nada, vamos a fundar ahora, en confianza, el edificio de la santidad; o mejor, va a fundar el Señor sobre nuestras ruinas el edificio de la santidad.

Así pues, poniéndonos desde ahora en la presencia del Señor en actitud de oración, con el corazón abierto a la acción de Dios, no tanto estrujando nuestro cerebro, nuestras fuerzas, nuestros nervios, sino abriéndonos a la acción de Dios como se abren las ventanas para que entre la luz del sol; en esta actitud, le pedimos de nuevo la gracia de la santidad heróica, agradar en todo a Jesucristo, en todo y siempre.

Y vamos a pedir hoy una gracia muy muy importante: sentir internamente, de verdad, que Jesucristo me perdona todo, que estoy en su amistad. Mirad que esto es fundamental para una vida de fervor y una vida espiritual intensa. Que el alma, para poder avanzar con generosidad, tiene que tener la seguridad moral de que está en la amistad de Cristo, de que Cristo la ama, que Jesucristo tiene ilusión sobre ella, que le comunica sus gracias y que está así cooperando con Cristo. Es importante. Si yo creyese y sintiese estar siempre en enemistad con Cristo, ¿qué entusiasmo podría tener para lanzarme a la santidad? Ninguno. El paso que hay que dar en esta meditación está constituido por una serie de pequeños peldaños que vamos a ir dando uno por uno, eliminando todos los obstáculos que el demonio quiera introducir en este momento de los Ejercicios.

1º RECONOCER HUMILDEMENTE MI PECADO; humildemente, con verdad. No huir de Jesucristo. A veces tenemos esa especie de inclinación interior, que casi nos avergonzamos de presentarnos delante del Señor, y casi hacemos una ficción interior; que cuando vamos a la oración parece que nos presentamos como si fuéramos distintos de lo que somos en la vida normal. Y no. Hay que abrirse al Señor como somos, tal como somos; no huir de su mirada, no tratar de esconder nada a la mirada de Dios, sino abrirnos; ponerlo todo en su presencia, no huir de Jesucristo. Los pecadores malos, no arrepentidos, huyen; los pecadores sinceramente arrepentidos, quedan ante la mirada de Jesucristo.

Vamos a ver algunos ejemplos de la Escritura. En el Antiguo Testamento, Adán y Eva cometen el pecado y huyen del Señor. Tratan de esconderse del Señor porque no están en buena disposición. En el Nuevo Testamento, Judas traiciona al Señor y huye del Señor, desesperado, y se cuelga de un árbol, y muere. Los escribas y fariseos huyen del Señor, no resisten su mirada, sino que se escapan, esconden sus pecados, quieren presentarse como justos. Mientras que los pecadores arrepentidos, éstos se quedan, resisten la mirada del Señor. Fruto del quedarse ante la mirada de Cristo: el perdón de Jesucristo; nos perdona enseguida. Fruto del escaparse de la presencia de Cristo: la desesperación. Nunca volverán a Cristo mientras estén así.

En el Antiguo Testamento tenemos un ejemplo maravilloso del Rey David en el segundo libro de Samuel, en el capítulo 12. El santo Profeta David, el hombre según el corazón de Dios, sin embargo, cometió aquel pecado de adulterio, grande; más grande que esas pequeñas angustias que a nosotros se nos pueden presentar. Pecado de adulterio que quiere cubrir trayendo al esposo de aquella mujer. Y el esposo de aquella mujer no quiere ir a su casa porque están en lucha. David le da una carta a él mismo para el General que está en el frente. Decía: “Poned a Urías en el puesto de mayor peligro, y cuando ataquen los enemigos, dejadlo solo para que lo maten y acaben con él”. Y así yo estoy libre. El santo profeta David!!! Y en efecto, le ponen en lugar de peligro, y muere. Y David, con todo lo que era, seguía tan tranquilo, como si no hubiese pasado nada. Él llamó a aquella mujer… la podía ya casar… y siguió feliz. Y entonces mandó el Señor al profeta Natán a David. Se presentó con aquel valor que tenían aquellos profetas, y le empezó a hablar en forma de parábola. Y le dice: “Rey, vengo a contarte un caso muy triste que ha sucedido en tu reino. Y es que había un señor que tenía muchas riquezas, muchos rebaños, todo lo que quería de dinero; y junto a él vivía un pobrecito que no tenía más que una ovejilla, nada más, y una ovejilla que él había cuidado como hija suya, que la reclinaba en su seno. Como una hija la quería; lo único que tenía así, posesión suya. Pues bien; aquel hombre recibió una vez un huésped, y para honrar a su huésped, en lugar de tomar alguno de los animales de sus rebaños, se fue al vecino, le quitó la oveja, la mató, y se la preparó al otro para comer”. Y el rey se enfureció, y dice: “¿Quién ha sido ese?, que es digno de muerte. Tendrá que pagar cuatro veces más que lo que ha quitado a su compañero”. Y Natán le dice: “Ese eres tú. ¡Cuántas cosas te ha dado Dios! ¡Cuántos favores te ha hecho! Y te promete dar más todavía. ¿Por qué has ido a pecar con la mujer de otro? ¿Y por qué después has hecho matar a Urías con la espada de los enemigos? Pues mira; el Señor se vengará de ti, y entrará la espada en tu casa, y verás a tus enemigos que se reirán de ti”. Y David dice entonces: “he pecado”. Sin excusa ninguna; he pecado. Y el profeta Natán a él: “También Dios te ha perdonado”. No huir de Dios. No empezar a excusarse como Adán y Eva: “Es que la mujer que me diste por compañera… es que la serpiente me tentó… “He pecado”. “También Dios te ha perdonado”. En el mismo momento. Este es el fruto de no huir de Dios.

Y lo mismo en el Nuevo Testamento: La Magdalena que se echa a los pies de Cristo; Pedro, que después de haber renegado del Señor, va a su encuentro en la Resurrección. El buen ladrón, que maravillosamente en el momento de su muerte, después de haber perdido toda su vida en una vida llena de crímenes, de pecados, cuando le quedan sólo un par de horas de vida, se encuentra con Cristo en la cruz, se sacia de Cristo, y entonces sale en defensa de Cristo contra las blasfemias de su compañero, y le dice: “¿Ni tú temes al Señor estando en el mismo suplicio? Y nosotros padecemos lo que hemos merecido, pero éste, ¿qué mal ha hecho?” Y entonces con esa nobleza, volviéndose a Jesucristo dice sólo: “Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu gloria”. Y el Señor le dice: “Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso”. Qué ejemplo ¿eh? Aun cuando yo viese que toda mi vida hasta ahora ha sido nada, perdida, no he hecho más que pecar, nada, solamente engañarme y engañar, supongamos… ¿qué voy a hacer ahora? “Acuérdate de mí cuando vinieres en tu reino”. Y entonces el Señor te dirá: “Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso, hoy mismo”.

No debemos, pues, huir ante Jesucristo, no. Caeríamos en la desesperación. Quedémonos siempre, con el corazón abierto, sin esconderle nada. “He pecado”; aquí estoy, Señor. Y esto no impedirá tu intimidad con Él. ¡Qué bueno ha sido Jesucristo conmigo en mi pecado, en mi mismo pecado! Cuando yo me alejaba de Él, Él me amaba e impedía que yo cayera aún más bajo. Es el primer paso: no huir de Jesucristo, quedarme ante Él.

 

2º JESUCRISTO ME PERDONA. Jesucristo me abraza contra su Corazón. Que yo lo sienta así. Jesucristo es el gran perdonador. Basta leer las parábolas, preciosas, de Jesucristo, donde habla de ese perdón: la oveja perdida, el pastor que deja las noventa y nueve en el redil y sale en busca de la única que se le ha perdido entre los montes; y va a buscarla con fatiga, y por fin la encuentra, y la toma sobre sus hombros, y va alegre y convoca a sus compañeros y a sus amigos: “Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido”. Y la lleva sobre sus hombros porque está herida la pobrecita, está herida, y aun cuando se ha separado culpablemente del rebaño… pero el Señor sólo piensa en que está herida y que tiene que llevarla Él sobre las espaldas. Y así caminamos también nosotros de vuelta hacia el paraíso: sobre las espaldas de Jesucristo. Y no maravillarnos nunca de que seamos pobres y heridos, porque por eso nos lleva Él sobre sus espaldas, porque sabe que estamos así. La parábola del hijo pródigo, siempre tan nueva y siempre tan antigua… “Oh hermosura siempre antigua y siempre nueva”, como decía san Agustín. Podemos oírla como de labios de Jesucristo que te habla ahora; al volver a tu casa, al hogar, te habla de todo lo que pasó antes. Te dice Él: ¿Te acuerdas, hijo mío, hija mía, te acuerdas? Cuando tú en aquel hervor de tu juventud viniste un día y te presentaste con actitud un poco soberbia y orgullosa… que tú ya eras mayor… que tú sabías lo que había que hacer… que te diese todas las facultades porque tú querías despacharlas a tu gusto… Yo te lo di… y tú te marchaste y te alejaste de Mí. ¿Te acuerdas cómo poco a poco fui despareciendo de tu horizonte…? Y ya no contabas conmigo porque casi te molestaba, porque no tenías aquella tranquilidad en la vida que llevabas… Y empezaste a derrochar tus cualidades… y grandes planes y grandes cosas… Y la gente te admiraba y te seguía… Hasta que se fue acabando todo aquel brillo, aquel esplendor, y entró el hambre en aquella región. Y entonces, ya te veías mal, con un vacío en el corazón que no podías más. Y te pusiste a cuidar animales inmundos, a poner todo tu cuidado alrededor de eso: de sensualidad, de comodidad, de egoísmo… lejos de Dios. Pero aun eso, aun eso que comen también los animales, eso, no llegaba a saciar tu hambre, y estabas siempre con hambre, no encontrabas la felicidad. Hasta que un día, reflexionando un poco, por la acción de mi gracia, dijiste: “Me levantaré, iré a casa de mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo, pero recíbeme, al menos, como uno de tus criados”. ¿Te acuerdas aquel día, aquella decisión…? Y… viniste. Pero yo te estaba esperando, porque yo estaba más dispuesto a recibirte que tú a volver. Y, ¿te acuerdas del abrazo… cuando Jesucristo te abrazó contra su Corazón…? Que yo sienta esto. Yo le digo al Señor: Señor, he pecado contra el cielo y contra ti. Y Él no me deja terminar, y me ahoga entre sus brazos, y me dice: Pero, ¿qué estás diciendo? Y te mira, y te ve que estás descalzo, descalza, porque has consumido todos los bienes que habías llevado, y te has quedado sin nada, caminando y lastimándote por esta tierra. Y dice: “Pronto, ponedle las sandalias”. Y el vestido todo hecho harapos: “Traedle el vestido mejor y ponédselo pronto”. Y mira la mano: “¿Y el anillo…? Si lo has perdido… Lo has vendido, ¿verdad, hijo?, ¿verdad? Te encontrabas tan mal… Has vendido el anillo de hijo mío… Pues mira: “Ponedle un anillo en el dedo”, que yo le recibo como hijo, como antes. “Y preparad un buen banquete, que tenemos que celebrarlo”. -¡El gran perdonador! Y es Jesucristo el que describe así el perdón de su Padre.

Y podríamos completar la parábola. Cuando están en aquella fiesta, en aquella alegría general, si imaginamos que este pobre hombre, hijo pródigo, se pusiese triste en un determinado momento. Y su padre le ve y le dice: Pero hijo mío, ¿qué te pasa? ¿Es que no estás contento? ¿Te quieres marchar otra vez de casa? –Y él le dice: Padre, no, no. No es eso. –Pues, ¿qué te pasa? –Es que… es que no sé… no sé si me has perdonado… ¿No es verdad que esto sería como una puñalada en el corazón del padre? Pero, cómo que no te he perdonado? Pero, ¿por qué puedes dudar de mi perdón? Eso me hiere mucho, casi más que el que te hayas marchado. Después de todo lo que he hecho por ti, ¿vas a dudar de mi perdón? Pues así te dice también Jesucristo: No dudar de mi perdón. Jesucristo te perdona. Sentirte entre los brazos de Cristo que te perdona, te ama. Todo eso, el pasado, se ha pasado. Él todo lo echa en el fondo del mar de su Corazón; allí desaparece totalmente. Nada.

Y esto NOS CUESTA MUCHO a nosotros, porque, como generalmente nosotros proyectamos nuestra psicología en Cristo, como somos tan mezquinos en el perdonar, NO ACABAMOS DE COMPRENDER LO QUE ES EL PERDÓN DE DIOS. Como siempre nos queda algo… pues… decimos con la boca que sí, pero en el corazón no lo entendemos del todo. Pues Jesucristo es distinto; es un Corazón muy grande, y especial en perdonar. Y Él no se acuerda más. Nosotros tenemos que acordarnos para mayor agradecimiento, para mayor generosidad en el resto de nuestros días; pero Él, lo olvida. No me traeréis un ejemplo del Evangelio en el cual Jesucristo eche en cara a alguno los pecados que Él le ha perdonado una vez; nunca. No existe, no existe. Se cuenta de una santa, que el Señor le preguntó: ¿Sabes cuál es el título que más me gusta que me den? Y ella empezó a darle títulos… Pues no sé…: El de Emperador, Rey de cielos y tierra, Hijo de Dios… Y dice que el Señor le dijo: “No; el título que más me gusta es Cordero de Dios que quita los pecados del mundo; porque eso es lo que yo he venido a hacer aquí, a la tierra: a quitar los pecados del mundo”. Olvida, pues, todos nuestros pecados.

Por eso, ante esta realidad, y sintiéndome en los brazos de Cristo, tengo que hacer, hacer, no pensar, hacer un gesto generoso, que es éste: ACEPTAR TODA MI VIDA PASADA, aceptarla tal COMO HA SIDO. Hay algunas almas que no acaban de aceptar la propia vida pasada. Eso… no pueden con ello. Y casi diría yo, que no acaban de perdonar al Señor el que haya permitido los pecados que han cometido. ¿Por qué el Señor ha permitido esto en mí? ¿Por qué no ha tenido el mismo cuidado en evitar mis pecados como el de tantas otras almas predilectas suyas…? No es sano esto. Aceptar mi vida pasada, tal como ha sido, sin esconder nada de ella, toda entera. Porque Jesucristo te ama tal como eres. No tal como hubieras querido ser ahora, sino tal como eres. Así te ama el Señor. Lo que pasa es que nosotros mismos nos vemos a veces tan feos, que no quisiéramos vernos así. Y como no nos amamos a nosotros mismos tal como somos, pues nos parece que tampoco Jesucristo nos quiere tal como somos. Pues… no señor!! Aceptar mi vida pasada de verdad. ¿Tantos pecados y tantas cosas…? Todo, todo, todo, todo. Aceptarlo tal como ha sido. Y… entonces, ¿tengo que ir recordando y confesando mis pecados? No. Pero aceptarlo, sí. No para estar siempre repitiendo las confesiones, no. Eso no siempre ayuda, ni mucho menos, y muchas veces significa de parte del alma una menor confianza en Dios. Parece que el alma quisiera tener la satisfacción de poder decir: le puedo responder al Señor a cualquier dificultad que me ponga. Si el día del juicio me dice: Es que cometiste esa falta… Pero lo confesé. Es que hiciste esto… Pero ya hice penitencia. Pues no señor!!; tener un poco de humildad delante del Señor y confiar más en Él que en nuestras diligencias. Y una vez que hemos puesto la diligencia conveniente, a juicio del confesor, para confesar nuestros pecados, Dios no quiere que estemos ansiosos, no quiere eso; porque en el fondo es pensar mal de Él. Y al fin y al cabo, Jesucristo, yo creo que el fondo es una buena persona… Es una buena persona. Y no le gusta eso. A Él le gusta que le tratemos como caballero, como caballero, de verdad. Y también a nosotros, Él nos tratará como caballero. Pues bien; una vez que has hecho lo conveniente, a juicio del confesor prudente, no quiere Él que demos más vueltas a las cosas. Y puede ser que si a veces estás dando vueltas y vueltas y vueltas, te ayude esto que voy a decir ahora: Hacer un PROPÓSITO FIRME de no tocar nunca, jamás, ningún pecado de la vida pasada en confesión, ni siquiera en la hora de la muerte. Y esto EN OBSEQUIO A LA MISERICORDIA DE JESUCRISTO. Y puede ser que te ayude eso, incluso escribir un papelito con esta fórmula: “Corazón de Jesús, en Ti confío. En obsequio de tu misericordia, propongo no tocar nunca ningún pecado de la vida pasada en confesión, ni siquiera en la hora de la muerte”. Y pones la fecha de hoy, y basta, basta. Es que a lo mejor no me confesé bien de aquello… -¿Es de antes? Se ha acabado. Eso es obsequio a la misericordia del Señor. No tocar. Aceptarlo todo limpiamente, pero no para volver a tocarlo en confesiones.generales, no. Tener siempre un dolor general, eso sí; confesarlo en la presencia del Señor, también: Señor, todo mi ser está patente a tus ojos, todo mi pasado. Pero no para estar revolucionando siempre el corazón; no. No tocar. Confío a la misericordia del Corazón de Cristo.

Más. Puedes hacer también esto: un acto, si lo puedes, si lo sientes, un ACTO GENEROSO DE AGRADECER A JESUCRISTO EL QUE HAYA PERMITIDO MIS PECADOS, el que los haya permitido. Para superar eso que decía, que algunos no acaban de perdonar al Señor el que haya permitido sus pecados . Y decirle: Señor, te lo agradezco por el bien que se me sigue de ellos, te lo agradezco. No querer servir al Señor sólo a condición de que haga de nosotros un monumento de inocencia, sino aceptar también si quiere hacer de nosotros un monumento de misericordia; aceptarlo.

3º Y por fin, PEDIR DOS GRANDES GRACIAS:

Primera gracia: Que saque de mis pecados el provecho que Jesucristo pretendía cuando los permitió. Cuando permitió mis caídas, mis faltas, algo pretendía Él. Pretendía quizás que yo tuviese más humildad, o que tuviese más comprensión para los demás, o una experiencia para poder educar a otros. Él sabe la ventaja que podía sacar. Porque, aun mi pecado una vez cometido, viene ordenado también para bien mío y para bien de las almas. Que saque ese provecho que Él pretendía: de humildad, comprensión, ayuda de las almas.

Y segunda gracia: que en el futuro ame a Jesucristo más de lo que le hubiera amado si no hubiese cometido esas faltas. Y ya está, ya está. Ahí lo dejas todo, con paz y felicidad en el Corazón de Cristo. Hacerlo esto, hacerlo; no pensar sólo, hacerlo; y hacerlo de verdad, tratando con Jesucristo como con un caballero y caballerosamente.

4º OTRO PASO MÁS. Puede ser que el demonio ahora, para quitarte ánimos para lo que empezamos ahora de

los Ejercicios, te esté sugiriendo al oído esto: Mira; es inútil todo lo que estás haciendo; porque, tantas veces has propuesto tantas cosas… Después pasan los Ejercicios y se pasa también todo; y esto va a ser igual, igual. -¡Mentira! Es mentira. NO VA A SER IGUAL QUE OTRAS VECES; ciertamente que no, no va a ser igual. Cuando Jesucristo cogió a San Pablo en el camino de Damasco y lo echó por tierra, se acabó la vida de Saulo, y comenzó una vida nueva. -Saulo, Saulo, yo soy Jesús, a quien tú persigues. -Señor, ¿quién eres? -Pues… yo soy Jesús a quien tú persigues. -Y, ¿qué quieres que haga? Y el Señor a él: -Saulo, me das pena; duro es para ti dar coces contra el aguijón. Es una frase delicadísima del Señor, que tiene un doble sentido finísimo. El uno de decir: Saulo, es inútil que te defiendas; si eres mío… Es inútil que estés dando coces contra el aguijón; ya te tengo, eres mío. Y otro de compasión de Jesucristo: Pero Saulo, ¿por qué estás coceando contra el aguijón? Me das pena porque te haces daño. No, no seas así; deja ya. Pues esto mismo pasa ahora contigo en los Ejercicios.

Hay una analogía –y hemos visto- en la devoción al Corazón de Cristo y en la aparición de Damasco. Y como ahora estamos ordenándolo todo, fiándonos en el Corazón de Cristo, a quien hemos consagrado los Ejercicios, que está derramando sus gracias extraordinarias a quien se fía de Él… lo estás notando ya: que los Ejercicios no son iguales, no son iguales. En la paz… y en la generosidad… y en el amor de Cristo… y en la confianza en Cristo y solo Cristo… pues no va a ser igual que otras veces; no, no, no. Porque nos vamos a fiar de solo Él y de la gracia extraordinaria de su Corazón.

5º Pero todavía el demonio te puede decir esta OTRA IDEA DESALENTADORA. Puede decirte: Bien; supongamos que no va a ser igual que otras veces. Pero en todo caso, cuando tú empezabas tu vida espiritual con aquel ímpetu, aquella generosidad, y te lanzabas a las grandes alturas de la santidad, mira, aquello ya lo has perdido para siempre. Has sido infiel, te has arrastrado en una vida más o menos mediocre, y ahora ya, aun cuando no sea como otras veces –y admito que vas a vivir una vida de un cierto fervor-, ya NUNCA LLEGARÁS A LAS ALTURAS A QUE EL SEÑOR TE LLAMABA ANTES. Te acuerdas de aquella llamada del Señor a una grande santidad, a las grandes alturas de la vida de oración?. Pues se ha acabado!!! te dice al oido el tentador. Mentira!!! Esto también es falso, es falso. Jesucristo restituye al mismo estado. Es así… lo ha hecho así el Señor. Dice Santa Teresa que: “en arrepintiéndonos, vuelve el Señor al mismo estado o más alto del que antes tenía”. Tenemos un caso en San Pedro. Había recibido de Jesucristo la promesa del Primado; y el Señor había mostrado hacia él una predilección muy particular. Llega la noche de la pasión… el único apóstol que reniega explícitamente de Cristo. Dice tres veces “que no conoce a aquel hombre”.  Los apóstoles conocían un poco a Jesucristo; habían estado tres años junto a Él, y algo sabían de sus sentimientos, de su modo de actuar, de su Corazón. Pues fijaos: a ninguno de los apóstoles se le pasó por la cabeza que Pedro hubiera perdido la prerrogativa que tenía de la promesa del Primado; y le siguen tratando como al Jefe de ellos. Y cuando llega la Resurrección, de hecho el ángel anuncia: “decidles a los apóstoles, y a Pedro…”. Y a Pedro. De modo que mi infidelidad, aun después de haber conocido a Cristo, no es óbice para las grandes elecciones del Señor. Recordemos a San Agustín hasta los treinta y tres años; recordemos a San Ignacio después de una vida bastante dejada, abandonada. No es óbice para las grandes gracias, para los grandes planes del Señor. Y recordemos que –es un detalle muy curioso- a la Magdalena la pone Jesucristo junto a su Madre. Dice san Juan: “Y estaba junto a la cruz de Jesús, María su Madre, María Magdalena…” No se avergüenza de ello. Junto a la Virgen Inmaculada, la pecadora arrepentida. Todo esto no es óbice para las grandes gracias del Señor.

6º Más; -y llegamos con esto al último punto, al último escalón; es la conclusión-. Luego, ¿yo PUEDO Y DEBO ASPIRAR A UNA GRANDE SANTIDAD? Puedo y debo. Por muchas razones: en primer lugar, porque como dice el Señor mismo, A QUIEN MÁS SE HA PERDONADO, MÁS DEBE AMAR. Es un deber de gratitud. ¿Que se me ha perdonado mucho? Tengo que amar mucho!!! Y como al fin, la santidad está en el amor, en la intensidad del amor, luego a quien más se ha perdonado, más santo tiene que ser. Y esto nos tiene que ayudar mucho a tener mucho empuje en la vida. Y en las pequeñas cosas que se nos presenten, acordarnos de lo que tenemos que amar a Cristo para reparar lo poco que hemos amado. Y en las dificultades, y en los sacrificios que se presenten, tener siempre ese ánimo grande y generoso. Todo es poco para reparar lo poco que hemos amado a Cristo. Segunda razón: PARA REPARAR EL TIEMPO PERDIDO. Precisamente porque hemos perdido mucho tiempo es necesario que –sin ansiedad, sin intensidad nerviosa, pero con una plena disponibilidad en las manos de Cristo- lo reparemos también. Tercera razón, y es la que más me mueve: porque esa miseria nuestra y esa respuesta nuestra mezquina al Señor hasta ahora, ES BUENA BASE PARA QUE JESUCRISTO EDIFIQUE MI SANTIDAD. Ese es el fundamento que Él busca, ya que así no puedo gloriarme de mi santidad. Y Jesucristo, Dios, es muy celoso de su gloria; y muchas veces no concede grandes gracias porque el hombre se gloriaría de ellas. Y en la santidad pasa lo mismo. Por eso, cuando uno ya se ha curado en raíz, y no puede gloriarse porque tiene experiencia vivida de la propia miseria, esto puede ser una base excelente para que el Señor construya el edificio de la santidad.

Recordemos el modo de actuar de Dios con Gedeón, en el libro de los Jueces, cap 7- iba con su ejército de 22.000 hombres al encuentro de sus enemigos, se le muestra el Señor y le dice: -“Mucha gente llevas, Gedeón; con tanta gente no podré darte la victoria”. Os invito a leer el texto completo porque es precioso. Después de regatear con Dios, quedaron solo 300 hombres nada más. Fijaos: de 22.000 a 300. Y entonces le dice el Señor a Gedeón: “YO te daré la victoria”. Con estos pocos hombres. Es la clave de todo lo que es nuestra vida espiritual y vida de santidad: tenemos que tener trescientos hombres; tenemos que aplicar nuestras cualidades, pero no son ellas las que nos dan la victoria. “Yo, con estos hombres. Yo te daré la victoria”. Ya no se pueden gloriar. Y con aquellos hombres derrota a los enemigos. Y así sigue también el Señor en el Nuevo Testamento. La Iglesia la quiso edificar sobre Pedro, el pecador, el renegado; y no sobre Juan, el inocente, el fiel, el virgen; sino sobre Pedro. Sobre ese Pedro cuyos restos están en el fondo de la Basílica Vaticana y del cual, la misma Basílica parece que es todo un símbolo. Cuando uno ve toda esa grandiosidad, esa cúpula, y en el fondo aquellos huesecillos calcinados, dice uno: ¡Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia! Sobre esto. ¿Qué hay aquí? ¡Nada! Es lo que está en la base, lo que Jesucristo ha escogido para fundar la Iglesia; porque así el fundamento es Él, es Cristo. Y sigue Jesucristo siempre construyendo sobre nuestra nada. Y sólo sobre nuestra nada. Y sobre otra cosa no suele contruir. Así pues, ver toda nuestra vida como un campo lleno de ruinas. Todo. Sin asustarnos. Presentándolo a la mirada del Señor. Descansando al mismo tiempo en el Corazón de Cristo. Y así, reclinados sobre su Corazón, repetimos: “Miserable, yo hombre pecador”; y le decimos al Señor: no puedo gloriarme de nada. Y entonces Jesucristo, muy contento, te coge de la mano para conducirte así a la más alta santidad. Tú no puedes nada, pero con Jesucristo lo puedes todo. Fíate de Jesucristo. Él tiene sus planes sobre ti. Deja el pasado a la Misericordia, el futuro a la Providencia, y vive el presente en el Amor. Nunca imaginar la santidad como una especie de combinación de trenes que, si se pierde uno se pierden ya todos y todas las combinaciones; no. Más bien es una excursión por la montaña que, aun cuando uno haya perdido el camino, si encuentra un buen guía que le lleve adelante, puede ser que resulte una excursión más maravillosa de la que uno había creído comenzar. Y ese guía tiene que ser Cristo y la base, nuestra confianza en Él. Es la confianza. Cerramos para siempre esta última puerta para ir en alas de la confianza a solas con Jesucristo. Se lo dijo el Señor a santa Margarita Mª: “Si confías, verás el Poder de Mi Corazón”.

 

En verdad, ¡Qué mal me he portado con Él! Pero, ¡qué inmensamente bueno ha sido Jesucristo conmigo! La verdad. ¡Qué bueno ha sido conmigo! Y ahora preguntarme: y yo, ¿qué he hecho hasta ahora por Jesucristo? ¿Qué he hecho para agradar a Jesucristo? ¿Qué hago ahora por Jesucristo? Y sobre todo, mirando a este futuro luminoso que se abre ante mí, ¿qué debo hacer por Jesucristo? Pues Señor, ahora te amaré, solo deseo vivir para amarte y… con tu gracia, llegar a dar mi vida por Ti.

Acabamos orando y cantando las misericordia del Señor. Gracias, gracias, Señor.

 

Oh Dios, que en el corazón de tu Hijo,

herido por nuestros pecados,

has depositado infinitos tesoros de caridad;

te pedimos que,

al rendirle el homenaje de nuestro amor,

le ofrezcamos una cumplida reparación.

Por Jesucristo nuestro Señor. R. Amén