Comunión de los Santos

Vamos a dedicar un rato a lo que es una vida real y -a través de la fe y de lo que nos dice la fe que nosotros conocemos los elementos de esa vida real de los cuales y con los cuales hemos de vivir. Uno de los aspectos de esta vida real es: «Nuestro contacto social comunitario», «la comunidad eclesial» y el otro aspecto: «la comunión invisible con los santos».

Estos dos aspectos están unidos uno con otro porque nuestra comunión no acaba con lo que vemos, sino que se extiende también a los que han convivido con nosotros, a los que están en el cielo. Por eso voy a hablar de este aspecto importante para encuadrarlo en el equilibrio de la vida espiritual. San Francisco de Borja en una carta escribía estas palabras: «¡Oh, si hubiera unos que nos enseñaran a conocer a Dios!, pero el mal es que los que lo conocen se callan y los que lo ignoran no pueden hacerlo conocer. El mundo permanece ciego, aunque, según creo, se pierde más por no querer que por no saber. El Señor nos mueve a todos de modo que, saliendo de nosotros, renazcamos en El hasta alcanzar la edad perfecta de los bienaventurados».

Esto es real, es toda una oración que podríamos rezar. Esto lo palpamos todos, necesitamos que nos enseñen a conocer a Dios. Y no puede enseñar a conocer a Dios sino quien conoce a Dios. Se puede hablar de métodos orientales, de meditación trascendental, pero todo esto en el fon-do no es lo nuclear de la oración misma. Lo nuclear de la oración misma es el conocimiento y amor de Dios, el contacto personal con Dios, que sólo pueden transmitirlo los que conocen a Dios. Y el hecho es que muchas veces los que hablan de Dios no le conocen, y los que le conocen no nos hablan de Dios. Esta es la función de los santos, esto es introducirnos en el conocimiento del Señor. Los santos vienen a ser los que, conociendo a Dios, nos lo transmiten.

El documento fundamental del Concilio-Lumen Gentium-en el capítulo VII habla de los santos. Ese capítulo VII se ha explotado poco, lo mismo que la llamada a la santidad. El capítulo VII es «la dimensión escatológica de la Iglesia hacia el futuro», hacia el más allá de la Iglesia. Se ha explotado bastante poco. Es un capítulo precioso; si lo leéis os hará mucho bien. El capítulo VIII, del cual habla-remos esta tarde, indica también cuál debe ser nuestra relación con los santos. Es un hecho de experiencia que hay por ahora menos devoción a los santos en la orientación pastoral de la Iglesia. Casi se considera como signo de progreso el tratar poco de los santos o no tratar de los santos. Eso de los santos, -se quiere hacer pensar-es como una deformación. No niego que puede haber deformaciones en cómo se presenta la devoción a los santos, pero tampoco quiero decir que lo de los santos sea como una especie de atenuación del auténtico espíritu cristiano. Esto es una aberración que no corresponde a la doctrina del Concilio.

Es un hecho real que hay menos devoción a los santos. ¿Motivo de esta menor devoción a los santos? No siempre es la mayor devoción a Cristo, que es lo doloroso. Si hubiera verdadera devoción a Cristo, no dejaría de haber ver-dadera devoción a los santos. Aparentemente sí, es para recalcar el altar, por ejemplo, sólo para el Santísimo -y nadie va a adorar el Santísimo-, pero hemos eliminado a los san-tos en las iglesias.

No es, desgraciadamente, por mayor devoción a Cristo. Yo creo que en algunos casos ha sido como reacción a excesos deplorables. Y muchas veces lo solemos hacer así, cuando una cosa pasa por un exceso nos vamos al extremo contrario. Debemos corregir esos excesos y quedarnos en lo que debe ser. Creo que nos hemos alejado de la verdadera medida en la relación con los santos. Y creo también que hay una falta de humildad para reconocer la necesidad de la intercesión y del ejemplo de los santos. Es cierta falta de humildad el: «yo me las arreglo sólo con Cristo». El hombre, si no necesita nada de los santos, ¿por qué no dice lo mismo de las cosas de la tierra? -Yo no necesito de nadie, yo con Cristo. Es arbitrario decir «yo no necesito, yo lo elimino». Hay un orden, y falta el sentido cristiano de la asociación, de la ayuda mutua que tenemos que prestarnos unos a otros, que necesitamos todos. En el fondo está la incomprensión del hecho de nuestra unión real con los santos.

Olvidamos, quizás, que en la Iglesia nosotros no somos los dueños, somos miembros, que debemos tener sumo respeto a la Iglesia y a los que viven en la Iglesia, a los que son miembros de la Iglesia. Nosotros entramos en esta casa y todos los demás que la habitan son miembros de la Iglesia… Solemos tener esa tentación respecto de los san-tos: seres humanos como nosotros, que han vivido como nosotros, que ahora están viviendo con Dios, y actuando con igual derecho que nosotros, y que están empeñados en la obra redentora igual que nosotros, y nos parece que podemos eliminarlos a nuestro gusto. No cuento con ellos, porque yo he decidido que no me interesan los santos. He decidido que no cuenta para mí el prójimo. Lo he decidido, elimino al prójimo. He decidido que yo no necesito director espiritual, yo con Dios directamente. Pero, esa decisión, ¿es verdadera, es provechosa, es útil? Parece que podemos determinar según nuestro juicio las relaciones que debe haber entre ellos y nosotros: «Yo digo que es inútil, que no hay por qué».

Para todos los que queremos vivir con Cristo y todos los que de una manera o de otra tenemos que ser apóstoles, intermediarios, ayuda para los demás, es importante sentirnos humildes y respetuosos con ellos. La dignidad que decíamos desde el principio en Redemptor Hominis: estamos en la casa de Dios. Yo soy hijo de Dios en la casa de Dios, no soy dueño, soy hermano con los hermanos. Por tanto, junto a la familiaridad y adoración a Dios, tengo que tener respeto a los hermanos. Esta es una unión de dos cosas características del cristiano, unir la familiaridad con el respeto. Familiaridad con Dios y sumo respeto a Dios, suma reverencia y servicio. Es familiaridad con los demás y sumo respeto y reverencia para servirles también a ellos. Cuando se procede respecto de los santos eliminándolos, descuidándolos, dejándolos a una parte sin más, no puede aducirse ningún espíritu del Concilio, no puede decirse que es la orientación de la Iglesia moderna del Concilio. Porque el Concilio dice expresamente estas bellísimas palabras: «Conviene en sumo grado que amemos a esos coherederos de Cristo, hermanos también nuestros y eximios bienhechores, y que acudamos a sus oraciones, a su ayuda y auxilio». «Conviene sumamente». Tenemos que aceptar las obras de Dios como Dios las ha hecho.

Entramos en la obra de Dios, y el orden de las realidades es que los santos son hermanos nuestros; y la visión que nos presenta el Concilio es que en la Iglesia no estamos solos. En primer lugar, no somos la pequeña comunidad que nosotros formamos, pequeño grupo, pequeño equipo, sino que estamos en la comunidad amplia de la Iglesia universal. Tenemos que tener siempre este horizonte de la Iglesia universal.

Pero, además, notemos que la Iglesia universal es una pequeña parte de la Iglesia. Esto es importante. Porque la Iglesia triunfante es Iglesia. Por eso, cuando decimos «según el sentir de la Iglesia», no sólo es de la universal actual, sino de la universal existente. Cuando empezaba a existir el cristianismo toda la Iglesia era la que vivía sobre la tierra: la Iglesia de Corinto, la Iglesia de Jerusalén, la Iglesia de Antioquía. Pero todos esos fueron muriendo, están en la Iglesia del cielo, la Iglesia triunfante. O sea que hay 19 siglos de Iglesia triunfante y hay un siglo de Iglesia peregrinante.

La Iglesia peregrinante actual es una pequeña parte de la Iglesia, y los otros que están en el cielo son la parte más numerosa. De tal manera que -yo no he hecho cálculos, porque no ha sido nunca mi debilidad hacer cálculos-, pe-ro como hoy se hacen estadísticas de todo, se podría incluso pensar: ¿a cuántos santos nos toca «por cabeza»? En lugar de decir: ¿pero ¿cómo nos van a encomendar los santos? ¿pero si no saben qué hacer, de puro santos?, qué son res-pecto de los pobrecitos y poquitos que somos nosotros? Si uno calcula esos diez y nueve siglos, a lo mejor hay, quien sabe, cien o quinientos santos por cada uno de los que estamos ahora en la tierra. Tenemos una ayuda tremenda. Y toda esa riqueza de energía no se pone en juego, porque normalmente Dios no hace que actúen en nosotros si nosotros de alguna manera no aceptamos esa ayuda. Lo que tenemos que hacer es vivir con los santos.

 

Tenemos que ver claro esto que el Apostolado de la Oración tanto recalca: somos redentores con Cristo Redentor. La empresa en la que nosotros hemos entrado es la Redención de la humanidad. Nadie puede incorporarse a Cristo sin quedar asociado a esa Redención de la humanidad, del mundo entero. Para los cristianos primitivos era clarísimo, la salvación para ellos siempre se entendía: la salvación de la humanidad. Claro está, la salvación a través de cada uno de nosotros: cada uno tiene que salvarse. Pero de ninguna manera era comprensible para ellos que uno se cerrase en su salvación. Sabían que esa salvación personal se integraba en la salvación de la humanidad entera, que pretendían redimir.

Pues bien, nuestra vida tiene esta misión redentora, que no terminará hasta que la humanidad se haya salvado. De tal manera que no es una especie de privilegio caprichoso de Santa Teresita, cuando decía: «Quiero pasar mi cielo haciendo bien en la tierra», sino que eso es propio de todo cristiano. Todos nosotros pasaremos el cielo haciendo bien en la tierra. Porque todos los que están en el cielo siguen interesados por la obra de la salvación, la obra de la Redención. Y actúan, por su parte, con su intercesión, ayuda y auxilio, en esa obra de la Redención. Claro que no como aquí, con un cuerpo mortal; no están asociados a la muerte de Cristo, porque lo han vivido ya. Están asociados a Cristo resucitado participando se su gobierno. Estas son realidades de la fe, realidades de la vida: la comunión de los santos.

El Concilio lo escribe; el Papa Pablo VI lo dice también en el Credo del Pueblo de Dios, aquella manifestación de fe pública; Pablo VI le dio una corporeidad hasta cierto punto más vigorosa. Dice así en el número 29 de la confesión de fe: «Creemos que la multitud de aquellas almas que, con Jesús y María, se congregan en el paraíso, forman la Iglesia celeste, donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios como Él es y participan también cierta-mente en gran y diverso modo, juntamente con los santos ángeles, en el gobierno divino de las cosas que ejerce Cristo glorificado, comoquiera que interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente nuestra flaqueza». Qué hermoso: «participan del gobierno de las cosas creadas junto con Cristo resucitado, interceden por nosotros y ayudan nuestra flaqueza con su fraterna solicitud”. Por eso se comprende también que los santos siguen actuando en la tierra sobre nosotros, sobre la obra de la Redención, y que el Concilio nos exhorte a venerar y a dar culto a los santos, del que derivan grandes bienes.

Ahora, habría que aquilatar qué es la veneración de los santos, porque a veces no lo entendemos bien. El Concilio nos dice que el culto auténtico de los santos no hay que ponerlo tanto en la multiplicidad de actos exteriores, cuanto en la intensidad de nuestro amor activo: un acerca-miento a ellos por el que, para mayor bien nuestro y de la Iglesia, -porque toda nuestra vida tiene siempre una proyección eclesial-buscamos con la conversación el ejemplo, con la comunión la intimidad, con la intercesión la ayuda. O sea, que podemos recibir de los santos: ejemplo, intimidad y ayuda acercándonos a ellos, y así les damos el culto auténtico. Expresando muy breve y sintéticamente esto, creo que podemos decir así: Los santos tienen un influjo y relación con nosotros, y pueden actuar sobre nosotros. Ese influjo es activo. No es un influjo que se realiza normal-mente a la manera humana social.

El origen del culto de los santos en la Iglesia es muy sencillo: inicialmente los cristianos durante las persecuciones se reunían en torno al altar, tenían la Eucaristía en las catacumbas y sus oraciones, sus alabanzas al Señor, y luego se dispersaban. Pero algunos de ellos morían mártires, ya la mañana siguiente, si habían podido recuperar su cadáver, lo traían y la Misa, la Eucaristía, se celebraba sobre el cadáver del mártir. Tenían la persuasión clarísima de que seguía participando con ellos, de que no se había roto la unión. Y de ahí que le pidieran que intercediera por los demás sobre la tierra. Hay una unidad.

Para el cristiano la muerte no es una barrera que no se supera, sino que la vida del cristiano está más allá de la barrera de la muerte; tenemos comunión también con los santos bienaventurados y por eso recurrimos a ellos. Pues bien, es lo mismo que en el orden humano, no podemos prescindir de nuestros hermanos sino que recurrimos a su oración, a su ayuda espiritual, por ejemplo en un matrimonio-claro está que es ideal que el marido y la mujer se ayuden, espiritualmente, en el camino de la santidad-,también las amistades, sacerdotes que conocemos; y no es indiferente cualquiera, sino que cada uno tiene su carisma; nosotros acudimos porque sabemos que este tiene un don especial para tratar angustias de conciencia o escrúpulos o cuestiones familiares: acudimos a él y él tiene una visión especial en ese campo. Pues bien, esto permanece también en nuestra relación con los santos.

¿En qué consiste, entonces, ¿ese culto de los santos? En que los conozco, converso con ellos. Y ¿cómo los conozco yo? Leyendo su vida, normalmente le conozco, se me ha dado a conocer. Lo mismo que en el orden humano: ¿cómo he conocido yo a una persona? -Tratándola, me la han presentado, he conversado con ella. -Pues eso es lo que tenemos que hacer con los santos. Entonces resulta que, conversando con los santos, leyendo sus ejemplos, su vida, encuentro cierta sintonía con él: este santo me resulta cercano, y así se establece una amistad.

Esto no es imaginación mía, es real, el santo es un ser vivo; aunque no tenga el cuerpo resucitado, es un alma vi-va, yo tengo con él esa comunicación, ese contacto, siento una especie de sintonía y la tiene conmigo también el santo, cierta actividad de influjo real en mi vida, el que corresponde a su propio carisma-normalmente, el carisma vivido sobre la tierra- como una especie de característica de ese santo. Conversando con él, encuentro ejemplo, porque mi conversación con él no es de puro pensamiento mío, es vital con él. Encuentro ejemplo, que él mismo me lo graba interiormente, intimidad y auxilio. Esta es nuestra veneración de los santos. Por tanto, el que haga determinadas oraciones, las puede hacer; será una forma de trato, en la intensidad del amor actuado, de esta fusión de amor, de esta vivencia con ese santo, que realmente me ayuda y con el cual yo tengo esa intimidad, y me aprovecho de su ejemplo.

No me cansaría de exhortar a leer las vidas de santos. En esto tenemos que esforzarnos todos, y a los niños hacerles leer y conocer las vidas de santos apropiadas. Es enormemente importante, creo que uno de los daños nuestros actuales es la falta de devoción a los santos y de conocimiento de sus vidas, que es un gran medio para acercarnos a Jesucristo. Los santos son todos ellos herma-nos y colaboradores nuestros para llegar a la intimidad de Cristo. Esa es su misión: acercarnos a Cristo y llevarnos a Cristo. Estoy persuadido de la necesidad que tienen todos los hombres, pero más los niños y jóvenes, de ejemplos con los cuales se identifiquen; lo sabemos por psicología. Pero resulta que les presentamos los ejemplos de…, y de…, y no figuras evangélicas. Si cualquiera de vosotros se acuerda de su vida, verá el bien que le hizo a él mismo la vida de los santos, como a muchos de nosotros un San Luis Gonzaga o un San Estanislao, San Francisco Javier; han dejado su huella porque nos han alentado, nos han elevado, son como nosotros. Han vivido problemas parecidos a los nuestros y han seguido generosamente al Señor. Que nos sirva como materia de reflexión para ver la importancia de la autenticidad de una vida cristiana, que es verdadera vida con los hermanos en la obra de la caridad, y con los santos que están en el cielo y tienen esas relaciones con nosotros, como nos expone el Concilio Vaticano II.