El corazón de Jesús y el agua viva

Juan Pablo II, Audiencia General. Miércoles 10 de agosto de 1988

 

Es lo que, hablando de manera figurada y muy sugestiva, Jesús dice en su diálogo con la samaritana junto al pozo de Sicar: “Si conocieras el don de Dios, y quien es el que te dice: ‘Dame de beber’, tú le habrías pedido a él, y el te habría dado agua viva. Le dice la mujer: ‘Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo: ¿De dónde, pues, tienes esa agua viva?’… Jesús respondió: ‘Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna'” (Jn 4, 10-14).

También a la multitud Jesús repitió esta verdad con palabras muy parecidas, enseñando durante la fiesta de las tiendas: “‘Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí’, como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva” (Jn 7, 37-38). Los “ríos de agua viva” son la imagen de la nueva vida en la que participan los hombres en virtud de la muerte en cruz de Cristo. Bajo esta óptica, la tradición patrística y la liturgia interpretan también el texto de Juan, según el cual, del costado (del Corazón) de Cristo, después de su muerte en la cruz, “salió sangre y agua”, cuando un soldado romano “le atravesó el costado” (Jn 19, 34).

Pero, según una interpretación preferida por gran parte de los padres orientales y todavía seguida por varios exegetas, ríos de agua viva surgirán también “del seno” del hombre que bebe el “agua” de la verdad y de la gracia de Cristo. “Del seno” significa: del corazón. Efectivamente, se ha creado “un corazón nuevo” en el hombre, como anunciaban ―de manera muy clara― los Profetas, y en particular Jeremías y Ezequiel.

 

Leemos en Jeremías: “Esta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días ―oráculo de Yahvé―:pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Jer 31, 33). En Ezequiel, todavía más explícitamente: “Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas” (Ez 36, 26-27).