Corazón de Jesús, delicia de todos los Santos.

Juan Pablo II

La Iglesia se alegra hoy por aquella “inmensa muchedumbre” que la liturgia nos ha invitado a contemplar en la solemnidad de todos los Santos. Ante un espectáculo tan exaltante sube espontáneamente a los labios la invocación de las letanías: “Corazón de Jesús, delicia de todos los Santos, ten piedad de nosotros.”

De la esperanza al cumplimiento, del deseo a la realización, de la tierra al cielo; este parece ser el ritmo según el cual suceden las tres últimas invocaciones de las letanías del Sagrado Corazón.

Tras las invocaciones “salvación de los que en Ti esperan” y “esperanza de los que en Ti mueren”, Las letanías concluyen dirigiéndose al Corazón de Jesús como “delicia de todos los Santos”. Es ya visión del paraíso; es rápida anotación acerca de la vida del cielo; es palabra breve que abre horizontes infinitos de bienaventuranza eterna.

Sobre esta tierra el discípulo de Jesús vive en la espera de alcanzar a su Maestro, en el deseo de contemplar su rostro, en la aspiración ardiente de vivir siempre con Él.

En el cielo, en cambio, terminada la espera, el discípulo ya ha entrado en el gozo de su Señor (Mt 25, 21.23); Contempla el rostro de su Maestro, ya no transfigurado por un instante, sino resplandeciente para siempre con el fulgor de la eterna luz; vive con Jesús y de la misma manera de Jesús.

La vida del cielo no es más que la Fruición perfecta, indefectible e intensa del amor de Dios—Padre, Hijo y Espíritu Santo–, Y no es más que la revelación total del ser infinito de Cristo, y la comunicación plena de la vida y del amor que brotan de su Corazón. En el cielo los bienaventurados ven satisfecho todo deseo, cumplida toda profecía, aplacada toda sed de felicidad, colmada toda aspiración.

Por eso, el Corazón de Cristo es la fuente de la vida del amor de los Santos: Cristo, y por medio de Cristo, los bienaventurados del cielo son amados por el Padre, que los une a sí con el vínculo del Espíritu, divino Amor; en Cristo, y por medio de Cristo, aman al Padre y a los hombres, sus hermanos, con el amor del Espíritu.

El Corazón de Jesús es el espacio vital de los bienaventurados; el lugar donde permanecen por el amor, sacando de él gozo perenne y sin límite. La sed infinita de amor, sed misteriosa que Dios ha puesto en el corazón humano, si apaga en el Corazón divino de Cristo.

Allí se manifiesta plenamente el amor del Redentor hacia los hombres, necesitados de salvación; del Maestro hacia los discípulos, sedientos de verdad; del amigo que anula las distancias y eleva a los siervos a la condición  de amigos para siempre, en todo.

El intenso deseo que sobre la tierra se manifiesta en la súplica: “¡Ven, Señor Jesús!”, ahora, en el cielo, se transforma en visión cara a cara, en posesión tranquila, en fusión de vida: de Cristo en los  bienaventurados y de los bienaventurados en Cristo.

Elevando hacia ellos la mirada del alma, y contemplando los en torno a Cristo junto a su reina, la virgen santísima, repetimos hoy con firme esperanza, la alegre invocación: “¡Corazón de Jesús, delicia de todos los Santos, ten piedad de nosotros!

  1. Jesucristo, manso y humilde de Corazón.
  2. Haz nuestro Corazón semejante al tuyo.

Oración

Señor Dios nuestro: infúndenos las virtudes del Corazón de tu Hijo y llénanos de sus mismos sentimientos, para que, configurados a su imagen, merezcamos participar de los frutos de la redención.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén