Corazón de Jesús, deseo de los eternos collados

Juan Pablo II

             A lo largo de estos días rezamos las letanías del Sagrado Corazón en unión particular con la Madre de Jesús.

El Ángelus dominical es, en efecto, nuestra cita de oración con María. Junto a Ella recordamos la Anunciación, que fue ciertamente un acontecimiento decisivo en su vida. Y he aquí que, en el centro de este acontecimiento, descubrimos el Corazón. Se trata del amor del Hijo de Dios, que desde el momento de la Encarnación comienza a desarrollarse bajo el Corazón de la Madre junto con el Corazón de su Hijo.

¿Es este Corazón “deseo” del mundo ¿ Mirando al mundo tal como visiblemente nos rodea, debemos constatar con san Juan que está sometido a la concupiscencia de la carne, a la concupiscencia de los ojos y a la soberbia de la vida (cf. 1 jn 2,16). Y este “mundo” parece estar lejos del deseo del Corazón de Jesús. No comparte sus deseos. Permanece extraño y, a veces, incluso hostil respecto a Él.

Este es el “mundo” del que el Concilio dice que está “esclavizado bajo la servidumbre del pecado “(Gs 2). Y lo dice de acuerdo con toda la Revelación, con la Sagrada Escritura y la Tradición, e incluso, digamos también, con nuestra experiencia humana (…).

Es el mundo que, precisamente a causa de la servidumbre del pecado, ha sido sometido a la caducidad- como enseña San Pablo- y, por ello, gime y siente dolores de parto, esperando con impaciencia la manifestación de los hijos de Dios, porque sólo por este camino se puede liberar realmente de la esclavitud de la corrupción, para participar de la libertad y la gloria de los hijos de Dios (cf. Rom 8,19-22).

Este mundo, a pesar del pecado y de la triple concupiscencia, está orientado al amor que llena el Corazón humano del Hijo de María.

Y por ello, uniéndonos a Ella, pedimos: Corazón de Jesús, deseo de los eternos collados, lleva a los corazones humanos, acerca a nuestro tiempo, esa liberación que está en el Evangelio, en tu cruz y resurrección: ¡que está en tu Corazón!

  1. Jesucristo, manso y humilde de Corazón.
  2. Haz nuestro Corazón semejante al tuyo.

Oración

Aviva en nosotros, Señor Jesús, el fervor que procede de ti, para que, experimentando la suavidad de tu Corazón, sepamos despreciar lo mundano y amar lo celestial.

Tú que vives  y reinas por los siglos de los siglos. Amén