El Corazón de Jesús, el Espíritu Santo y María

San Juan Pablo II, homilía en Innsbruck – 27 de junio de 1988

Queridos hermanos en Cristo, junto con María lo miramos a Aquel, “a quien han traspasado” (Jn 19, 37). ¿Por qué con María juntos? Porque ella, como ningún otro ser humano, ha unido su vida con el camino y la obra de salvación de Jesús… Con toda la fuerza del corazón de madre, participó en los sufrimientos del Hijo en su batalla contra la muerte, y aceptó su entrega al Padre, para que el mundo encontrara la salvación en Él. “Stabat mater dolorosa” – “La madre se mantenía firme bajo dolor” bajo la cruz. Esta experiencia impactante que penetró en las raíces de su vida abre la mirada de María al mensaje de salvación que viene de la cruz de Jesucristo. Observado de cerca, Jesús apareció golpeado por el “furor de la ira” de Dios (cf. Oseas 11: 9) cuando tomó sobre sí mismo todos los “pecados del mundo”. Sin embargo, María miró aún más profundo: no, no fue el “furor de la ira” lo que amenazó con aniquilar a su Hijo; fue más bien el calor del amor de Dios lo que devoró al cordero del sacrificio y así confirmó la aceptación del sacrificio de la vida. Esta total disponibilidad de dedicación para nosotros ciertamente no provino de la estrechez y debilidad del corazón de un hombre sencillo, es más bien “el santo”, “el Hijo de Dios”, de quien María, según las palabras del Ángel, se convirtió en Madre. Es Él quien ofrece su vida terrenal en la cruz para borrar los pecados de sus hermanos y hermanas de todos los tiempos.

 

María reconoce en su Corazón, atravesado por la “espada”, el Corazón moribundo del Hijo y el ardor de su amor divino; ahora sabe lo que Juan nos anunciará en su Evangelio con las siguientes palabras: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su único hijo para que quien crea en Él no muera sino que tenga vida eterna “(Jn 3, 16s).

Queridos hermanos y hermanas. El Evangelio de la fiesta de hoy ha dirigido nuestra mirada con María hacia el corazón abierto del Salvador. Verdaderamente: “De su Seno manarán ríos de agua viva. Dijo esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyerán en Él “(Jn 7, 38).

 

Cuando el Espíritu de Dios descendió sobre la Iglesia reunida en Jerusalén el día de Pentecostés, María, la madre de Jesús, también estaba en medio de ellos. Hasta hoy ella es la modelo de la fe cristiana. En ella, la fe ha encontrado su mayor esplendor, su  íntimo canto. Junto con ella también nuestra vida debe convertirse en un constante agradecimiento a Dios: “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se goza en Dios mi Salvador” (Lc 1, 46 ).