Corazón de Jesús, Lleno de bondad y amor

San Juan Pablo II

             Deseamos, en nuestra Plegaria del Ángelus, dirigirnos al Corazón de Cristo, siguiendo las palabras de las letanías deseamos hablar al Corazón del Hijo mediante el Corazón de la Madre. ¿Qué puede haber más bello que el coloquio de estos dos Corazones? Queremos participar en él.

El Corazón de Jesús es horno ardiente de caridad porque el amor posee algo de la naturaleza del fuego que arde y quema para iluminar y calentar. Al mismo tiempo, en el sacrificio del Calvario el Corazón del Redentor no fue aniquilado con el fuego del sufrimiento aunque humanamente muerto, como constató el centurión romano traspasando con la lanza el costado de Cristo, la “economía” divina de la Salvación este Corazón quedó vivo, como manifestó la resurrección.

Y he aquí que el Corazón vivo del Redentor resucitado  y glorificado está lleno de bondad y de amor: infinita y sobreabundantemente lleno. El rebosar del corazón humano alcanza en Cristo la medida divina.

Así fue ya este Corazón durante los días de la vida terrena. Lo testimonia cuanto está narrado en el Evangelio. La plenitud del amor se manifiesta a través de la bondad: a través de la bondad irradiaba y se difundía sobre nosotros, en primer lugar sobre los que sufren y los pobres. Sobre todos según sus necesidades y expectativas más verdaderas.

Así es el Corazón humano del Hijo de Dios, incluso después de la experiencia de la cruz y del sacrificio. Mejor dicho, todavía más: rebosante de amor y de bondad.

En el momento de la Anunciación comenzó el coloquio del Corazón de María con el Corazón del Hijo un nos unimos hoy a este coloquio, meditando el misterio de la Encarnación en la plegaria del Ángelus Dómini.

 

  1. Jesucristo, manso y humilde de Corazón.
  2. Haz nuestro Corazón semejante al tuyo.

Oración

Oh Jesús, Señor nuestro, que con amor especial quisiste revelar a tu Iglesia las riquezas inefables de tu Corazón dos concédenos ser enriquecidos y recreados con las gracias que brotan de esa fuente perenne.

Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén