El Corazón de Jesús, manantial de reconciliación

San Juan Pablo II

Ángelus 24 junio de 2002

Queridos hermanos y hermanas!
1. El mes de junio está marcado, de manera particular, por la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Celebrar el Corazón de Jesús significa dirigirse hacia el centro íntimo de la Persona del Salvador, ese centro que la Biblia identifica precisamente en su Corazón, sede del amor que redimió al mundo.

Si el corazón humano representa un insondable misterio que sólo Dios conoce, ¡cuánto más sublime es el Corazón de Jesús, en el que late la vida misma del Verbo! En él, como sugieren haciendo eco de las Escrituras las bellas letanías del Sagrado Corazón, se encuentran todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, y toda la plenitud de la divinidad.

Para salvar al hombre, víctima de su propia desobediencia, Dios ha querido darle un «corazón nuevo», fiel a su voluntad de amor (Cf. Jeremías 31, 33;

Ezequiel 36, 26; Salmo 50, 12). Este corazón es el Corazón de Cristo, la obra maestra del Espíritu Santo, que comenzó a latir en el seno virginal de María y fue traspasado por la lanza en la Cruz, convirtiéndose así para todos en manantial inagotable de vida eterna. Ese Corazón es ahora prenda de esperanza para todo hombre.

2. ¡Qué necesario es para la humanidad contemporánea el mensaje que brota de la contemplación del Corazón de Cristo! ¿Dónde, si no en ese manantial, podrá obtener las reservas de humildad y de perdón necesarias para sanar los ásperos conflictos que la ensangrientan?

Al Corazón misericordioso de Jesús quisiera confiar hoy, de manera particular, a cuantos viven en Tierra Santa: judíos, cristianos, musulmanes. Ese Corazón que, colmado de oprobios, no nutrió nunca sentimientos de odio y de venganza, sino que pidió perdón por sus asesinos, ese Corazón indica el único camino para salir de la espiral de la violencia: el camino de la pacificación de los espíritus, de la comprensión recíproca y de la reconciliación.

3. Junto al Corazón misericordioso de Cristo, veneramos el Corazón Inmaculado de María Santísima, mediadora de gracia y de salvación.

A Ella nos dirigimos con confianza para implorar la misericordia y la paz para la Iglesia y el mundo entero.