Corazón de Jesús, en quien habita toda la plenitud de la divinidad

San Juan Pablo II

 

Durante el mes de junio nuestra oración saca temas de reflexión de las letanías del Sagrado Corazón de Jesús. Nos detenemos en cada una de las invocaciones y meditamos la gran riqueza de contenido que en ellas se encierra. Es una fuente de inspiración para nuestra vida interior, para nuestra relación con el misterio de Jesucristo (…).

La iglesia entera se abrió una vez más hacia este corazón en el que habita toda la plenitud de la divinidad.

El misterio de Cristo, Dios-Hombre, tiene una elocuencia particular cuando miramos a la cruz: ¡He aquí al Hombre “destrozado a causa de nuestros pecados”! ¡He aquí al Hombre “cubierto de oprobios”!

Y al mismo tiempo, ¡he aquí al Hombre-Dios! En Él habita toda la plenitud de la divinidad. ¡De la misma naturaleza que el Padre! Dios de Dios. Luz de Luz. Engendrado, no creado. El Verbo eterno. Uno en la divinidad con el Padre y con el espíritu Santo.

Cuando el centurión en el Gólgota traspasó con una lanza al Crucificado, del costado de este salió sangre y agua. Éste es el signo de la muerte humana de Dios inmortal.

Al pie de la cruz se encuentra la Madre. La Madre Dolorosa. La recordamos al día siguiente de la exaltación de la cruz. Cuando el Costado de Cristo fue traspasado por la lanza del centurión se cumplió en Ella la profecía de Simeón: “Y a ti una espada te traspasará el alma” (lc 2,25). Las palabras del profeta son un anuncio de la definitiva alianza de los Corazones: del Hijo y de la Madre, de la Madre y del Hijo. Corazón de Jesús, en el que habita toda la plenitud de la divinidad. Corazón de María, Corazón de la Virgen Dolorosa, Corazón de la Madre de Dios.

¡Que nuestra oración a la hora del Ángelus Dómini se una hoy a esa admirable alianza de los Corazones!

  1. Jesucristo, manso y humilde de Corazón.
  2. Haz nuestro Corazón semejante al tuyo.

Oración

Señor Dios nuestro: infúndenos las virtudes del Corazón de tu Hijo y llenanos de sus mismos sentimientos, para que, configurados a su imagen, merezcamos participar de los frutos de la redención.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén