Corazón de Jesús, en quién el Padre tuvo sus complacencias

Juan Pablo II

             Rezando así, particularmente ahora el mes de junio, meditamos en aquella complacencia eterna que el Padre tiene en el Hijo: Dios en Dios, Luz en Luz. Esa complacencia significa también Amor: este Amor al que todo lo que existe le debe su vida: sin Él, sin Amor, y sin el Verbo–Hijo, “no se hizo nada de cuanto existe” (Jn 1,3).

Esta complacencia del Padre encontró su manifestación en la obra de la creación, en particular en la creación del hombre, cuando Dios “vio lo había hecho y he aquí que era bueno… era muy bueno” (Gen 1,3).

¿No es, pues, el Corazón de Jesús ese “punto” en el que también el hombre puede volver a encontrar plena confianza en todo lo creado? Ve los valores, ve el orden y la belleza en el mundo, ve el sentido de la vida.

¡Corazón De Jesús, en quién el Padre halló sus complacencias!

Nos dirigimos a la orilla del Jordán.

Nos dirigimos al monte tabor

En ambos acontecimientos descritos por los evangelistas se oye la voz de Dios invisible, y es la voz del Padre: “Éste es mi hijo amado, en quien tengo mi complacencia. Escuchadle” (Mt 17,5).

La eterna complacencia del Padre acompaña al Hijo: cuando éste se hizo hombre, cuando acogió la misión mesiánica que tenía que desarrollar en el mundo, cuando decía que su comida era cumplir la voluntad del Padre.

Al final Cristo cumplió esta voluntad haciéndose obediente hasta la muerte de cruz, y entonces esa eterna complacencia del Padre en el Hijo, que pertenece al íntimo misterio del Dios Trinidad, se hizo parte de la historia del hombre. En efecto, el Hijo mismo se hizo hombre, y en cuanto tal tuvo un corazón humano, con el que amó y respondió al amor. Antes que nada, al amor del Padre.

Es la complacencia salvífica. En efecto, el Padre abraza con ella -en el Corazón de su Hijo-a todos aquellos por los que este hijo se hizo hombre. Todos aquellos por los que tiene corazón todos aquellos por los que murió y resucitó.

En el Corazón de Jesús el hombre y el mundo vuelven a encontrar la complacencia del Padre. Éste es el Corazón de nuestro Redentor. Es el Corazón del Redentor del mundo.

En nuestro rezo del Ángelus Dómini unámonos  A María. Unámonos a Ella, de la que el Hijo de Dios tomó un Corazón humano,  pidámosle que nos acerque a Él. Pidamos a Ella, en el Corazón del Hijo, que acerque al hombre y al mundo la complacencia del Padre, el amor del Padre, la misericordia de Dios.

 

 

 

  1. Jesucristo, manso y humilde de Corazón.
  2. Haz nuestro Corazón semejante al tuyo.

Oración

Oh Dios, Padre de misericordia, que, por amarnos sin medida, nos has dado con inefable bondad a tu Hijo Unigénito: haz que, en perfecta unión con su Corazón, que ofrezcamos nuestra vida como oblación digna de ti.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén