Corazón de Jesús, salvación de los que en ti esperan. Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren.

Juan Pablo II

En esta hora del Ángelus detengámonos durante algunos instantes Para reflexionar sobre esa vocación de las letanías del sagrado Corazón, que dice:” Corazón de Jesús, salvación de los que en ti esperan, ten piedad de nosotros. “

En la Sagrada Escritura aparece constantemente la afirmación de que el Señor es “un Dios que salva” y la salvación es un don gratuito de su amor y de su misericordia. El  apóstol Pablo, en un texto de gran Valor doctrinal, afirma incisivamente: Dios” Quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1Tim 2,4 ).

Esta voluntad de salvación, que se manifestó en tantas intervenciones admirables de Dios en la historia, alcanzó su culmen en Jesús de Nazaret, Verbo Encarnado, Hijo de Dios e Hijo de María, pues en Él se cumplido con plenitud la palabra dirigida por el Señor a su siervo: “Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación llegue hasta los confines de la tierra” (Is 59,6; Lc 2,23).

Jesús es la manifestación del amor salvífico del Padre. Cuando Simeón tomó en sus brazos al niño Jesús, exclamó: “mis ojos han visto tu salvación” (Lc 2,30).

En efecto, en Jesús todo está en función de su misión de Salvador: su nombre (Jesús significa Dios salva), Las palabras que pronuncia, Las acciones que realiza y los sacramentos que instituye.

Jesús será plenamente cuenta de la misión que el Padre le ha confiado: “el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido“( Lc 19,1). De su Corazón, es decir, del núcleo más íntimo de su ser, brota ese celo por la salvación del hombre, que lo impulsa a subir, como manso cordero, al monte Calvario, a extender sus brazos en la cruz y A “dar vida en rescate por la multitud” (Mc 10,45).

Por tanto, en el Corazón de Cristo podemos colocar nuestra esperanza.

El Sr. Mismo, que en la víspera de su pasión pidió a los apóstoles que tuvieran confianza en Él –“no se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en Mí” ( Jn 14, 1)–, nos pide hoy a nosotros que confiemos plenamente en él; nos lo pide porque nos ama; porque para nuestra salvación tiene su Corazón traspasado y sus pies y manos perforados.

El que confía en Cristo y cree en el poder de su amor renueva en sí la experiencia de María Magdalena como nos la presento la liturgia pascual: “Cristo, mi esperanza, ha resucitado” (Victimae Paschali, estrofa 7ª).

¡Refugiémonos, por tanto, en el Corazón de Cristo! Él nos ofrece una palabra que no pasa, un amor que no desfallece, una amistad que no se resquebraja, una presencia que no cesa.

Que la bienaventurada virgen María, “que acogió en su Corazón Inmaculado el Verbo de Dios y mereció concebirlo en su seno virginal “(prefacio, Misa de María Madre de la Iglesia), nos enseñe a poner en el corazón de su hijo nuestra total esperanza, con la certeza de que no quedará defraudada.

Contemplamos también, bajo la luz de fe y de esperanza, la muerte del cristiano, para la cual las letanías del Sagrado Corazón nos ponen en los labios la invocación: “Corazón de Jesús, esperanza de los que en ti mueren, ten piedad de nosotros”.

La muerte forma parte de la conciliación humana; es el momento terminal de la fase histórica de la vida en la concepción cristiana, la muerte es un paso los la luz creada a la luz increada, de la vida temporal a la vida eterna.

Ahora bien, si el Corazón de Cristo es la fuente de la que el cristiano recibe luz y energía para vivir como hijo de Dios, ¿a qué otra fuente se dirigirá para sacar la fuerza necesaria para morir de modo coherente con su fe? Como “vive en Cristo”, así no puede menos de “morir en Cristo”.

La invocación de las letanías recoge la experiencia cristiana ante el acontecimiento de la muerte: el Corazón de Cristo, su amor y su misericordia son esperanza y seguridad para quien muere en Él.

Pero conviene que nos detengamos un momento a preguntarnos: ¿qué significa morir en Cristo? Significa ante todo leer el acontecimiento desgarrador y misterioso de la muerte a la luz de la enseñanza del Hijo de Dios, y verlo, por eso, como el momento de la partida hacia la casa del Padre, donde Jesús, pasando también Él a través de la muerte, ha ido a prepararnos un sitio (Jn 14,2). Es decir significa creer que, a pesar de la destrucción de nuestro cuerpo, la muerte es premisa de vida y fruto abundante (Jn 12,24).

Morir en Cristo significa, además, confiar en Cristo y abandonarse totalmente a Él, poniendo en sus manos de hermano, de amigo, de buen pastor, el propio destino, así como Él, muriendo, puso su Espíritu en las manos del Padre (Lc 23,46).

Significa cerrar los ojos a la luz de este mundo en la paz, en la amistad, en la comunión con Jesús, porque nada, “ni la muerte, ni la vida… Podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom 8, 38 -39).

En aquella hora suprema el cristiano sabe que, aunque el corazón le reproche algunas culpas, el Corazón de Cristo es más grande que el suyo y puede borrar toda su deuda si él está arrepentido (cfr. 1 Jn 3,20).

Morir en Cristo significa también fortificarse para aquel momento decisivo con los signos santos del “paso pascual”: el sacramento de la Penitencia, que nos reconcilia con el Padre y con las criaturas; el Santo Viático, pan de vida y medicina de inmortalidad; la Unción de los Enfermos, que da vigor al cuerpo y al espíritu para el combate supremo.

Morir en Cristo, finalmente, morir como Cristo: orando y perdonando; teniendo junto a sí a la bienaventurada Virgen María.

Como Madre, estuvo junto a la cruz de su Hijo; como Madre está al lado de sus hijos moribundos, ella que, con el sacrificio del corazón, cooperó a engendrarlos a la vida de la gracia. Estaba al lado de ellos, presencia compasiva y materna, para que del sufrimiento de la muerte nazcan a la vida de la gloria.

  1. Jesucristo, manso y humilde de Corazón.
  2. Haz nuestro Corazón semejante al tuyo.

Oración

Señor Dios nuestro: que el amor del Corazón de tu hijo encienda nosotros en fuego de la caridad, que nos vuelva a unirnos más a Cristo y a reconocerlo presente en nuestros hermanos.

Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén