Corazón de Jesús, víctima por los pecadores

Juan Pablo II

            Esta invocación de las letanías del Sagrado Corazón nos recuerda que, según la palabra del apóstol Pablo, “fue entregado por nuestros pecados” (Rom 4,25); Pues, aunque no había cometido pecado, “Dios lo hizo pecado por nosotros” (2Cor 5,21): sobre el Corazón de Cristo cargo, enorme, El peso del pecado del mundo.

En Él se cumplió de modo perfecto la figura del “cordero pascual cerro , víctima ofrecida a Dios para que signo de su sangre fuesen librados de la muerte los primogénitos de los hebreos. Por tanto, justamente reconoció en Él al verdadero “cordero de Dios”: cordero inocente que había tomado sobre sí el pecado del mundo para sumergirnos las aguas saludables del Jordán; cordero manso, que “era llevado al matadero, como oveja que está muda ante los esquiadores” (Is 53,7), para que con su silencio divino quedase confundida la palabra soberbia de los hombres inicuos.

Jesús es víctima voluntaria, porque se ofreció libremente a su pasión, como víctima de expiación por los pecados del hombre, que consumió en el fuego de su amor

Jesús es víctima eterna. Resucitado de su muerte y glorificado a la derecha del Padre, conserva en su cuerpo inmortal las señales de las llagas de las manos y los pies taladrados, del costado traspasado, y los presenta al Padre en su incesante plegaria de intercesión a favor nuestro.

La admirable “Secuencia” de la Misa de Pascua, recordando este dato de nuestra fe, exhorta:

“A  la víctima pascual elevemos en sacrificio de alabanza. El cordero ha redimido a su grey. El inocente nos has reconciliado a nosotros, pecadores, con el Padre”  (victimae paschali, estrofa1ª).

Y el prefacio de esta misma solemnidad proclama: Cristo es “el verdadero cordero que quitó el pecado del mundo; muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida”.

En esta hora de la plegaria mariana hemos contemplado el Corazón de Jesús víctima de nuestros pecados; pero, antes que todos y más profundamente que todos, lo contempló su Madre dolorosa, de la que la liturgia canta: “por los pecados de su pueblo vio a Jesús en los tormentos del duro suplicio” (Stabat Mater, estrofa 7ª).

Recordemos esta presencia intrépida e intercesora de la Virgen bajo la cruz del calvario, y pensemos con inmensa gratitud que, en aquel momento, Cristo, que estaba para morir, víctima de los pecados del mundo, nos la confió como Madre: “Ahí tienes a tu Madre”.

 

Confiemos a María nuestra plegaria, mientras decimos a su Hijo Jesús:

Corazón de Jesús, víctima de nuestros pecados, acoge nuestra alabanza, la gratitud perenne, el arrepentimiento sincero. Ten piedad de nosotros hoy y siempre. Amén

 

  1. Jesucristo, manso y humilde de Corazón.
  2. Haz nuestro Corazón semejante al tuyo.

Oración

Dios todopoderoso: al venerar el Corazón de tu hijo Unigénito recordamos los beneficios de tu amor para con nosotros; concédenos recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracias.

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén