Corazón de Jesús, vida y resurrección nuestra

Juan Pablo II

            Esta invocación de las letanías del Sagrado Corazón, fuerte y convencida como un acto de fe, encierra en una frase lapidaria todo el misterio de Cristo redentor; nos recuerda las palabras que Jesús dirigió a Marta, afligida por la muerte de su hermano Lázaro: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11,15).

Jesús es la vida que brota eternamente de la divina fuente del Padre: “en el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios… en Él estaba la vida, y la vida era luz de los hombres” (Jn 1,1.4).

Jesús es vida en sí mismo “como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo” (Jn 5,26). En el íntimo ser de Cristo, en su Corazón, la vida divina y la vida humana se unen armónicamente, en plena e inseparable unidad.

Pero Jesús es también vida para nosotros. “Dar la vida” es el objetivo de la misión que Él, Buen Pastor, recibió del Padre: “yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

Jesús es también la resurrección. Nada es tan radicalmente contrario a la santidad de Cristo—el Santo del Señor (Mc 1,24)—como el pecado; nada es tan opuesto a Él, fuente de vida, como la muerte.

Un vínculo misterioso une pecado y muerte (Rom 5,12): ambas son realidades esencialmente contrarias al proyecto de Dios sobre el hombre, que no fue hecho para la muerte, sino para la vida.

Ante toda expresión de muerte, el Corazón de Cristo se conmovió profundamente, y por amor al Padre y a los hombres, sus hermanos, hizo de su vida un “prodigioso duelo” contra la muerte (liturgia pascual): con una palabra restituyó la vida física a Lázaro, al hijo de la viuda de Naín, a la hija de Jairo; con la fuerza de su amor misericordioso devolvió la vida espiritual a Zaqueo, a María Magdalena, a la adúltera y a cuantos supieron reconocer su presencia salvadora.

Nadie como María ha experimentado que el Corazón de Jesús es “vida y resurrección nuestra”:

— de Él, vida, María recibió la vida de la gracia original y, en la escucha de su palabra y en la observación atenta de su gesto Salvador es, pudo custodiar la y nutrirla;

— por Él, resurrección, Ella fue asociada de modo singular a la victoria sobre la muerte: el misterio de su Asunción en cuerpo y alma al cielo es el consolador documento de que la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte se prolongan los miembros de su cuerpo místico y, como primero entre todos, en María, miembro Excelentísimo de la Iglesia (LG 53).

Glorificada en el cielo, la Virgen está, con su corazón de Madre, al servició de la redención obrada por Cristo. “Madre de la vida”, está cerca de toda mujer que da a luz un hijo; está al lado de toda fuente bautismal donde, por el agua y el Espíritu, nacen los miembros de Cristo. “Salud de los enfermos”, está donde la vida se consume por el dolor y la enfermedad. “Madre de misericordia, ”llama a quien ha caído bajo el peso de la culpa para que vuelva a las fuentes de la vida. “Refugio de pecadores”, señala, a quienes se han alejado de Él, el camino que conduce a Cristo. “Virgen dolorosa” junto al hijo que muere, está donde la vida se apaga.

Invoquémosla con la Iglesia: “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.

  1. Jesucristo, manso y humilde de Corazón.
  2. Haz nuestro Corazón semejante al tuyo.

Oración

Oh Jesús, Señor nuestro, que con amor especial quisiste revelar a tu Iglesia las riquezas inefables de tu Corazón: concédenos ser enriquecidos y recreados con las gracias que brotan de esa fuente perenne.

Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén