Luis María Mendizabal. S.J
Meditábamos antes, siguiendo la exposición del Papa en su Encíclica Redemptor Hominis y tomando posición en el momento concreto, histórico, con su vinculación al acto redentor de Cristo, ese misterio que es centro del cosmos y de la historia.
Recogiendo la tradición, el Papa se abre a la esperanza y a la confianza en el Espíritu Santo, en la guía de ese Espíritu de verdad, hacia una visión de lo que ese Espíritu produce en la Iglesia en este momento: conciencia de su misterio divino, de su misión humana, de sus debilidades humanas, que la lleva a una abertura dinámica, apostólica, con la certeza de la fe que debe transmitir; y que la lleva también a un diálogo; como fruto de ese diálogo registraba el Papa la reacción más favorable desde fuera de la Iglesia, que, quizás, la aspereza de las críticas interiores. Veíamos la dimensión ecuménica, y la actitud ante las religiones no cristianas.
Todo esto nos puede servir a nosotros para un examen de conciencia sobre la acción del Espíritu Santo en nosotros. Somos miembros de esa Iglesia, nuestra vida tiene que unirse al acto redentor de Cristo, la aceptamos en espíritu de obediencia de fe, confiando en la ayuda de la Santísima Virgen y queremos vivir nuestra vida con apertura, con bondad de corazón, con espíritu de sano diálogo, como postura radical e inicial de nuestros Ejercicios.
Ahora vamos a la parte central de la Encíclica, el miste-rio de la Redención. También nos servirá de punto de partida para otras reflexiones.
La pregunta que se hace el Papa es que, si las vías del Concilio permanecen válidas, si las vías que todos nosotros debemos seguir son estas, ¿de qué modo hay que proseguir? La pregunta que uno se hace en los Ejercicios y en la vida. Bajo la acción del Espíritu Santo, ciertamente, pero, ¿cómo?;¿qué hay que hacer para que este momento de la historia que concretamente se acerca hacia el año dos mil, -pero que es el momento de nuestra vida personal corresponda plenamente, y nos acerque a aquel que es «Padre del siglo futuro»? La pregunta que todo Papa tiene que hacerse, que él se hace al encargarle el cuidado del rebaño de Cristo, de la Iglesia, es la que tenemos que hacernos nosotros en el campo que el Señor nos ha confiado: ¿qué tenemos que hacer?, ¿cómo seguir adelante?
Nos puede servir de orientación que el Papa utiliza unas palabras que corresponden a las que usa San Ignacio en la meditación del «principio y fundamento». Voy a recordar estas palabras en los dos pasajes en que aparecen.
El primer texto es: «He aquí, carísimos hermanos, hijos e hijas, donde se impone una respuesta fundamental y esencial». Diríamos que es establecer el principio y fundamento. La respuesta tiene que ser el principio y fundamento, la verdad fundamental.
El segundo texto, al término de las observaciones que hace en este número 7, dice: «La Iglesia permanece en la esfera del misterio de la Redención que ha llegado a ser precisamente el principio fundamental de su vida y de su misión». De nuevo, el principio y fundamento; el principio fundamental realmente corresponde a lo que San Ignacio llama principio y fundamento.
Si nos fijamos en la mentalidad ignaciana, creo que legítimamente podemos ver así el principio y fundamento: San Ignacio, que vivía una vida desgarrada y vana, en el momento de la conversión en Loyola cayó en la cuenta de
que el sentido de su vida era Cristo: Esa fue su luz radical. Leyó las Vidas de los Santos, y leyó Vita Christi del Cartujano. Y precisamente, la Vita Christi del Cartujano empieza con estas palabras de San Pablo: «Ninguno puede poner otro fundamento que el que ha sido puesto, a saber: Cristo Jesús». Y es curioso que luego escriba San Ignacio: «Principio y fundamento», «nadie puede poner otro fundamento que el que ha sido puesto» como principio fundamental.
Podría tomarse el texto ignaciano en el sentido de que el hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y mediante esto salvar su alma, como refiriéndose a que el hombre tiene que llegar al cielo, y que ha sido creado para que alabe a Dios en la eternidad. Es verdad eso; pero no creo que es el sentido que le da aquí San Ignacio. El sentido primario es este: al preguntar-me por el significado de la vida del hombre en cada instante, la pregunta que me hago es esta: ¿esa vida del hombre, ahora, qué sentido tiene? ¿qué es lo que este hombre tiene que hacer ahora, no sólo al morir? Ahora. Y la res-puesta es: el sentido de la vida del hombre es agradar ahora a Cristo, el sentido de su vida es Cristo. Y esto porque es el fundamento mismo del Evangelio: Cristo, centro del cosmos y de la historia, centro de la vida de cada hombre, alfa y omega. El sentido de la vida de cada uno es Cristo. EI sentido de la historia de la humanidad es Cristo. El sentido del cosmos es Cristo. Este es el significado ignaciano: «El hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios Nuestro Señor ya en este mundo». En concreto creo que se puede decir perfectamente y profundísimamente: el hombre ha sido creado para agradar a Jesucristo. Nuestro Señor y Dios.
El hombre ha sido creado para esto, no refiriéndose tanto al hecho material de que realmente fue creado. Eso es un análisis que podrá ser válido; se puede de hecho hablar de la creación del hombre, pero el sentido ignaciano no va directamente a ello: el hombre está puesto en la tierra, donde quiera que esté colocado, para agradar al Señor para Cristo, por Cristo y en Cristo; y esto porque lo dice el Evangelio y la fe. Este es el principio y fundamento. Hasta tal punto que si dices: «¡Yo no admito eso!», cierra el libro de los Ejercicios y no sigas. ¿Por qué? porque esto es fundamental. «Y, ¿cómo me lo demuestra? Por la fe, no por una demostración de razón. Es lo que recibo de Cristo y de su Iglesia; es lo que la Iglesia me enseña.
Pero hay que subrayar ulteriormente que lo que dice San Ignacio de «alabar a Dios» no hay que tomarlo como si se tratara sólo de alabarle rezando. Ésta es, a veces, la imagen que se puede presentar, como si el fin del hombre fuera en todo momento estar rezando. Eso sería aburrido. Igualmente: el hombre ha sido creado «para hacer reverencia». Tampoco hay que entenderlo: para que esté haciendo reverencias y genuflexiones a Dios Nuestro Señor. Y «servir» tampoco hay que reducirlo a cumplir unas le-yes, unas normas que Él ha dado y que yo sigo. Es algo mucho más vital. Digo esto porque a veces las palabras nos suenan a actitudes que nos resultan difíciles de entender. La imagen que puede quedar es la de un Dios que está muy lejos, al cual yo alabo, ante el cual yo me postro; pero, diríamos, es un Dios lejano, que no está cerca de mi vida; al que yo me refiero a través de esos actos: le alabo, le hago reverencia, le sirvo.
El sentido es, más bien, este otro: el hombre ha sido creado, puesto en este mundo y llamado a la intimidad de la vida de Dios. Nosotros estamos llamados para vivir en la intimidad de Dios, una intimidad que es gozosa alabanza. La alabanza es «la alegría de una vida». Yo he sido puesto en este mundo para gozar de la intimidad de Dios, gozosamente, alabando; respetuosamente, con este respeto hondo del misterio de Dios, pero que no me aleja de Él; me atrae y, mientras lo gozo con alabanza y con alegría, lo reverencio hondamente.
Puede dar la impresión de que «servir» es el cumplimiento de la ley de Dios. Lo vamos a repetir a lo largo de los Ejercicios. Y de que eso de la santa voluntad de Dios y cumplir la voluntad de Dios es una especie de reino despótico en que El da unas normas y todos a cumplir esas normas: el hombre ha sido creado para cumplir esas normas: la voluntad de Dios. Creo que debemos tener con-ciencia de que esa voluntad de Dios hay que entenderla también vitalmente. Nunca hay que desprender la norma de la actitud de Dios. No es una norma que El dio: Él está por su lado y la norma por otro, sino que la voluntad de Dios hay que entenderla como la cercanía amorosa de Dios que nos contempla, nos conduce. «La cercanía amo-rosa de Dios», eso es la santa voluntad de Dios. Le pongo el término santa por ser camino de santidad, no simplemente por ser la santidad una especie de objetivo en la norma. Y la no aceptación de la voluntad de Dios es un rechazo de los brazos de Dios que nos envuelven conduciéndonos; un decirle: «Déjame en paz, quita, no quiero eso».
Viéndolo así, comprendemos cómo, en la línea ignaciana, para el hombre el sentido de su vida es la intimidad de Dios, la intimidad de vida con Dios, gozosamente, respetuosamente vivida, en una entrega plena para agradarle en todo, dentro de esta relación de amor. De esta manera, «se salva el alma», es decir, se encuentra la plenitud de felicidad, se vive la plenitud de la felicidad. Es la postura de San Ignacio para indicar el sentido de mi vida.
Esto vale en cualquier instante de mi vida: en cualquier momento en el que me encuentre, tengo que vivir en la intimidad de Dios, y tengo que vivir en el amor de Dios, que me está conduciendo. Este fue el gran descubrimiento de San Ignacio.
Por eso, la característica de la santidad que San Ignacio quiso estampar en los Ejercicios, -que han hecho tanto bien en la Iglesia-, es que él comprendió, se entregó, a la guía personal de Dios desde el principio. Término del que hoy a veces se abusa, cuando se habla de la guía personal cuando no existe guía; y con un personalismo en el cual, con excusa de que es la guía de Dios, uno hace lo que quiere. Esto es muy delicado. El mismo San Ignacio para ello exigía muchísimo; exigía una preparación con la que se fuera introduciendo para poder vivir bajo esa guía personal de Dios. Pero él lo captó: Dios no es un ser lejano, si-no el amigo que conduce al hombre, el amigo que colabora con el hombre. Por eso el hombre, -en esa visión que está en el fondo del principio y fundamento-ha sido llama-do como a una nueva creación. Como llamó de la nada por su palabra a los seres, llamó de la nada con su palabra a la amistad con El. Hemos sido llamados a la intimidad con El, a la colaboración con El.
Llamar a la amistad quiere decir que comunica sus proyectos, sus planes, que admite a sus confidencias. Es lo propio del amigo: admisión a las confidencias. Por eso, cuando se pregunta a veces ¿qué, es más, ser amigo o ser hijo? Yo digo: ser amigo, es más. Es más, ser hijo-amigo. Cuando queremos ponderar mucho lo que es un padre, solemos decir: es que es un padre-amigo, porque es un ver-dadero amigo de sus hijos. Y con eso lo estamos ponderando. ¡Amigo de sus hijos! Uno puede tener hijos y no admitirlos a los secretos de los negocios que lleva. Es el hijo, gozará quizás de ventajas, pero no le admite a sus confidencias, no le da el papel de consejero. En cambio, llega un momento en que va creciendo; y el ideal es, en la misma vida familiar, que conforme el hijo va creciendo se va-ya haciendo amigo de su padre y entre en la categoría de confidente de su padre en todas las cosas. Es lo que dice el Señor: «Ya no os llamo siervos, os llamo amigos. Porque todo lo que el padre me ha comunicado yo os lo he transmitido a vosotros”(Jn 15,15).
Estamos llamados a esa amistad de colaboración. El Se-ñor tiene este estilo; hace una cosa y la confía al hombre. Una de las ideas que el Papa Juan Pablo II repetirá es la dignidad del hombre, que se deduce de lo que Dios le cui-da y le respeta y hace por él. De tal manera estima y respeta esa dignidad del hombre que le confía sus obras, dejándoselas realmente en sus manos; de tal manera que el hombre pueda incluso estropear las obras de Dios; pero le da esa responsabilidad. Sería algo así como si Miguel Ángel, cada obra de arte que ya tuviese muy adelantada y casi para terminar, se la dejase a uno de sus discípulos. Le da el cincel, le da el martillo y le dice: «Toma, termínala». Puede deshacerle la obra de arte, pero se la entrega.
Así ha hecho Dios y así lo hace siempre. En la creación, crea este mundo, y dice al hombre: cuida este mundo, termínalo. Y el hombre se mete en este mundo y se lanza a terminar el mundo: ¡Vamos a hacer una sociedad perfecta, vamos a hacer el mundo ideal! Y ahí estamos todos en la tarea. ¿Qué es lo que hace el hombre en el caso del mundo que se le confía? Su gran tentación, apenas se encuentra con el cincel y el martillo, es la de no seguir normas que se le den, sino obrar por su cuenta; y allá se mete. «Dice el Señor que no es bueno el divorcio, y lo prohíbe, pues yo digo que lo que hace a la sociedad perfecta es el divorcio». Y viene el divorcio. «Y digo que los niños en el seno de su madre, si a esta le parece, puede matarlos». Y se establece el aborto. Para que la sociedad vaya mejor. Estamos en una sociedad que no quiere ya dependencia de Dios. Y Dios no confió el mundo al hombre para que no dependiera de Él; se lo confió para que él libremente, sirviendo a Dios, dominara el mundo. Entonces el hombre, apenas se encuentra con la creación, dice a Dios: «Me sobras; no te metas en mi vida; te doy el derecho, si quieres, de existir, pero con tal de que no te metas en mi vida. Ahora yo lo voy a hacer todo por mi cuenta; y en lugar del amor, pondré el egoísmo, que cada uno saque lo más que pueda y que ese sea el principio supremo». ¡Y así estamos! Eso hemos hecho con la creación.
Pero el Verbo se hace hombre, y realiza la obra de la Redención; y otra vez, como si no se hubiese arrepentido: «la sangre de Cristo te la entrego, hombre, para que tú la ad-ministres. La gracia de Cristo ahí la tienes, adminístrala; la Iglesia, ahí la tienes». Toda la obra de la Redención la deja en manos de sus amigos: «Ya no os llamo siervos, os llamo amigos; id por todo el mundo, predicando el Evangelio, haced discípulos, transmitid y comunicad los tesoros de la Redención». Y otra vez somos responsables, y otra vez nuestra tentación es, incluso en este campo, desentendernos del Señor, y otra vez por mi cuenta, como a mí me parezca. ¿Cómo hay que administrar los Sacramentos? -Como quiera; según lo que me parezca mejor o más poético. -Y ¿cómo el perdón de los pecados? – ¿Y qué moral vas a enseñar? -La que me parezca: esto no es pecado, aquello es pecado. Nuestra tentación continua.
Pero volvamos a lo que es fundamental, y lo que ve San Ignacio: Dios ha creado al hombre, lo ha puesto en este mundo, para que viva su vida de intimidad con El y, viviendo su vida de intimidad con El, colabore a la obra de la Redención y de la creación, que están unidas. Porque la Redención es una creación nueva. La realización de esa creación nueva debe ser según los principios de la Redención.
Por lo tanto, el sentido ignaciano de la vida de cada uno de nosotros es este: Cristo. Y de ahí se sacan las otras deducciones: todo lo que encuentre yo en la vida, las circunstancias en las cuales me halle, todo eso son ocasiones para vivir una vida en Cristo; por lo tanto, en todas esas ocasiones lo que tengo que hacer es lo que más agrade a Cristo. Eso es lo que tengo que preguntarme en cualquier circunstancia.
¿Hay un enfermo en mi casa, y yo qué hago por él? Un principio general: primero, agradar a Cristo. Me preguntaréis lo que yo pretendo es agradar a Cristo, porque el sentido de la vida de cada uno de nosotros, y de la familia, es Cristo.
Para poder vivir así hace falta vivir en intimidad con El, enamorarme de Él, llenarme de amor profundo a Jesucristo; y entonces, cuando yo me haya llenado de amor profundo a Jesucristo, eso hará que, en las circunstancias en que me halle, lo que busque sea amar a Jesucristo. Entonces iré encontrando el camino que El me señale por la acción del Espíritu Santo. Este es mi principio y fundamento.
El Papa en su encíclica Redemptor Hominis, no hablan-do de otro hombre concreto, sino de él mismo y de la Iglesia, se plantea esta misma cuestión: ¿qué vamos a hacer ahora?, que es, en el fondo, preguntar por el sentido de nuestra vida en este momento. Su respuesta es: el principio fundamental es Cristo. En efecto, dice así: «Redentor del mundo». La única dirección que recoge el hombre entero, dice, es la orientación del espíritu. La única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón, es decir, del ser entero, con las dificultades más profundas, -distingue entendimiento, voluntad y corazón, para que no sea sólo la pura voluntad, sino el «afecto», con Ío que llamará San Ignacio en su lugar «la indiferencia»-es ésta: «hacia Cristo redentor del hombre, hacia Cristo redentor del mundo»; los dos aspectos de Cristo: redentor del hombre y redentor del mundo.
Pero es también redentor del mundo; por lo tanto, no es sólo mi santificación, no es sólo mi realización personal, sino que también colaboraré con El en la Redención del mundo. Por lo tanto, mi mirada va hacia Él como redentor de cada hombre y redentor del mundo. Si queremos, redentor de cada hombre y de la humanidad y del cosmos, que en el hombre es redimido también por Cristo.
De esa manera es centro el mismo Cristo crucificado. El que es objeto de nuestra mirada, única dirección nuestra, es Cristo crucificado glorioso, es el Cristo redentor. Hablar de Cristo redentor es inseparable de hablar de Cristo crucificado, porque Cristo no es redentor plenamente sino hecho hombre y levantado en la cruz: Cristo crucificado y glorificado; porque no sería redentor eficaz si no hubiese sido aceptada su oblación por el Padre, aceptación expresada en la Resurrección de Jesús. Por lo tanto, «Cristo crucificado glorioso»: hacia Él va nuestra mirada.
Nos está poniendo ante los ojos al Cristo de Corazón abierto. Hacia el Corazón de Cristo, podríamos decir con perfecta equivalencia, hacia el Cristo del costado abierto. “A El queremos mirar, porque sólo en El, Hijo de Dios, hay salvación». Usando la palabra salvación en su sentido pleno, salvación del hombre, salvación del mundo y salvación que no es únicamente salir del pecado, sino la salvación total. Recordemos que San Pablo habla de que nosotros hemos sido salvados «en esperanza». Quiere decir: la salvación que ya tenemos por la gracia es sólo en esperanza respecto a la salvación plena, cuando sea glorificado nuestro cuerpo con el cuerpo de Cristo, con El y entregado a Él. Sólo en El hay salvación, renovando la afirmación de San Pedro: «Señor, Tú tienes palabras de vida eterna».
Por lo tanto, enfoque fundamental: Cristo, sentido de mi vida y sentido de la historia.
¿Pero cómo proseguir ahora? Nos gustaría tener unos proyectos detallados, unas líneas determinadas de acción…No se pueden hacer programas cuadriculados. Y, si se hacen, hay que evitar siempre el peligro de ceñirse a ellos excesivamente. Sobre todo, el considerar la vida como el cumplimiento de la cuadrícula hecha. La vida no es así. Los programas son como flechas indicativas; pero la vida supera todo lo que puede ser una cuadrícula, y tiene que tender a su plenitud. Por ejemplo, para purificar nuestra vida, un programa. No lo vamos a hacer así, como suman-do: haga Vd. esto y esto y esto. Se puede hacer el programa, y a veces tiene uno la satisfacción de que lo ha cumplido. Pero, está desarrollando su respuesta plena al Señor, ¿o no? Porque eso sería quizás un aspecto, un matiz. Hay gente que por mentalidad es cuadriculada y cuadricula la vida, con tal de no entregarse ellos mismos. Incluso, cuando uno es ayudado por esa cuadrícula, debe ser ayudado de manera que no limite la entrega de sí mismo, que vaya más allá.
En nuestro caso, eso de que «no se puede detener el río, sino hay que dejar correr el agua, bajo los rayos del sol», vale también para nosotros: yo no puedo perfeccionar mi vida simplemente haciendo un corte ahora, sometiéndola a un análisis con computadoras y salir de allí con todo rehecho y reformado. No es así el orden de la vida; si yo paro la corriente de agua, probablemente se me enfanga más el agua parada y se me contamina más. Es mejor dejarla correr bajo los rayos del sol. Entonces el agua sube, baja, salta, acaba por desinfectarse. Pues bien, algo así pasa en el orden espiritual. Es necesario que nuestra vida corra en la presencia del Señor. No la pretendamos limitar, estancar, sino dejarla correr bajo la mirada del Señor; recibiendo luces que nos iluminan. Levantar la mirada hacia Cristo redentor del hombre, hacia Cristo redentor del mundo, enfocar la vida hacia Él. Que para eso me puede ayudar el ponerme un programa, que yo lo recuerde una vez por la mañana, otra vez al mediodía, o ¿que yo haga una lectura? Puede ser que me ayude; pero lo fundamental es la mirada hacia El redentor del hombre, redentor del mundo.
A través de la conciencia de la Iglesia, tan desarrollada por el Concilio, y a través de todos los campos de la actividad, en que la Iglesia se expresa, se encuentra y se confirma, debemos tender constantemente a Aquel que es la cabeza. Entonces, ¿qué hago yo a lo largo de mi vida, de la mañana a la noche? Tender hacia Dios. ¡No olvidar nunca esto! Porque hemos sido salvados por El, admitidos por El a su intimidad, para tender hacia Él, confiándole nuestras cosas. Tenemos que tender hacia Él, a lo largo de todo lo que hagamos, «hacia aquel que es la cabeza, hacia aquel de quien todo procede y para quien somos nosotros, hacia aquel que es al mismo tiempo camino, verdad, resurrección y vida, hacia aquel que, viéndole a Él, nos muestra al Padre». En estas expresiones se indica todo lo que es Cristo. Realmente es camino, es el revelador del Padre, es la cabeza, es todo para nosotros.
¡Él es todo! Por eso es el fundamento: «Todo y en todo Cristo»; «Todas las cosas son vuestras, vosotros de Cristo, Cristo del Padre». «Aquel que debía irse de nosotros por la cruz y ascensión, para que el Espíritu, el Abogado, viniese a nosotros y siga viniendo constantemente como Espíritu de verdad». Son matices que el Papa repite, y me parecen muy vitales. Cristo no mandó al Espíritu de una vez, Él va dándonos el Espíritu. Sigue viniendo constantemente enviado por Cristo a nosotros. «En El están escondidos todos los te-soros de la sabiduría y de la ciencia»; «La Iglesia misma es su cuerpo”. De modo que tengo que ver que la institución eclesial no es separable de Cristo, es cuerpo de Cristo. «Cuerpo» en el sentido de la palabra: significa visibilidad e instrumentalidad: es la imagen paulina del cuerpo.
Quizás no la comprendamos porque no sabemos las costumbres de los griegos y la mentalidad que tenían. La imagen es simplemente esta: ellos distinguían cabeza y cuerpo, pero no como nosotros: cabeza del cuello para arriba; y cuerpo, el resto. No, en la medicina y en la filosofía griega, cabeza significa lo invisible, lo interior del cerebro. Los ojos no son la cabeza, es eso invisible que está dentro. Ese punto equiparable a «la persona» que está dentro. Todo lo demás visible, es el cuerpo. En consecuencia, según su mentalidad, la cabeza, informando el cuerpo, se sirve de él para expresarse. Entonces las manos no actúan por su cuenta, es el yo, es la cabeza la que actúa por las manos: yo toco. No toca la mano, toco yo. Es la cabeza, por las manos. Por lo tanto, es cuerpo en ese doble sentido: en cuanto es visibilidad, porque la cabeza es invisible; y es cuerpo también en cuanto que por él actúa y se expresa.
Cristo resucitado. No es que el cuerpo sea la cabeza. No, pero, en el cuerpo, se hace visible la cabeza; en el cuerpo actúa la cabeza y por ese mismo cuerpo. De tal manera que, así como dice «la mano», puede decir «la Iglesia»: es Cristo el que actúa en los sacramentos y por los sacramentos; es Cristo el que gobierna por los obispos y en los obispos. En este sentido es cuerpo de Cristo.
Por lo tanto, nuestra misma visión eclesial es inseparable de la realidad de Cristo resucitado vivo en ella y actuante por ella. La Iglesia es su cuerpo. La Iglesia es como un sacramento, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano; por-que ahí se dan los dos aspectos: unión con Dios y unión entre nosotros. Y esto aparece y es visible en la Iglesia, que es la realidad de nuestra salvación, de nuestra incorporación a Cristo. «De todo esto, es Él la fuente, Él mismo, el redentor». Es, pues, como un canto vibrante, lírico, a ese Cristo que da sentido a nuestra vida.
Para poder vivir así, para poder hacer esta realidad así, dice el Papa que la Iglesia está pendiente de Cristo. Porque de todo esto, «es Él la fuente: El mismo ¡el Redentor!». Por eso, «la Iglesia, no cesa de escuchar sus palabras», de escucharlas vitalmente. La Iglesia recoge esas palabras de su Cabeza, del que es todo para Ella, el Salvador, el Redentor y «las vuelve a leer continuamente, reconstruye todo detalle particular de su vida» o sea, tiene su mirada fija en Cristo, en las palabras y en la vida de Cristo sobre la tierra. «Estas palabras son escuchadas también por los no cristianos», también a ellos les llegan las palabras, pero de manera distinta. «La vida de Cristo habla al mismo tiempo a tantos hombres que no están en condiciones de repetir con Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». O sea que, por la Iglesia y la comunicación de la Iglesia, Cristo es también presentado a otros.
Pero hay también muchos fieles que escuchan esa palabra de la Iglesia. La Iglesia, por una parte, mira a Cristo continuamente, a su Cabeza, y continuamente lo refleja. Todos los aspectos los medita y los transmite, vive interiormente y vive hacia afuera, mostrando exteriormente la riqueza de su estado interior. «El, Hijo de Dios vivo, habla a los hombres también como hombre». Los detalles de su vida, su misma manera de vivir, son una palabra dirigida a los hombres. Es su misma vida la que habla, su humanidad, su fidelidad a la verdad, su amor que abarca a todos, los sentimientos de su Corazón expresados, todo eso se dirige a la humanidad, habla a su Iglesia, y la Iglesia lo escucha. Cuando decimos «la Iglesia», es toda la Iglesia y es cada miembro de la Iglesia. La vida de cada uno de nosotros debe estar ocupada en la contemplación de Cristo, en sus palabras, en sus gestos, en sus sentimientos y así lo vamos penetrando. Ahí se nos revela, en el Espíritu Santo que nos asiste en esta contemplación. Otro aspecto de Cristo que se comunica a la Iglesia es su muerte en la cruz. Esto es, «la insondable profundidad de su sufrimiento y de su abandono». ¡El dolor de Cristo, el abandono de Cristo! Ahí también habla El a su Iglesia, nos habla a nosotros. Y la Iglesia no sólo contempla y escucha ese mensaje, sino que «no cesa de revivir su muerte en la cruz y su Resurrección». ¡«¡Revivir», es distinto que meditar! Primero viene la meditación, pero en los sacramentos y «en la Eucaristía se revive el misterio de la cruz y de la Resurrección, que constituyen el contenido de la vi-da cotidiana de la Iglesia».
La vida cotidiana de la Iglesia está fundada en el revivir su Muerte y Resurrección, ¡el misterio de su Redención! Por eso el acto redentor está en el centro de la vida de la Iglesia, como objeto de contemplación y como algo que revive cotidianamente. Por mandato del mismo Cristo, su Maestro, la Iglesia celebra incesantemente la Eucaristía. Y ahí está el misterio redentor de Cristo, encontrando en Ella la fuente de la vida y de la santidad. «La Iglesia vive su misterio, lo busca, lo alcanza sin cansarse nunca, y busca continuamente los caminos para acercar ese misterio al género humano».
La Iglesia continuamente se fija en El, vive continua-mente, busca continuamente los caminos, ya sea para conocer a Cristo, ya sea para transmitirlo. Es lo que tenemos que hacer cada uno de nosotros: alzar la mirada hacia Cristo para conocerle mejor, como dice San Ignacio en los Ejercicios, «para que más le conozca y más le ame y le siga» y lo transmita. Porque, viviéndolo yo, lo comunico, lo transmito a los demás. Y todo el esfuerzo de la Iglesia es buscar caminos de comunicación de Cristo a los hombres, de llenarse de Cristo y comunicarlo a los hombres. Por eso dice San Pablo: a los pueblos, a las naciones, a todo hombre en particular tiene que ser anunciado, «que nunca entre vosotros me glorié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado». Por lo tanto, la Iglesia permanece en la esfera del misterio de la Redención, y la vida de cada uno de nosotros debe saber de ese misterio.
Este misterio de la Redención ha llegado a ser el principio fundamental de la vida de la Iglesia y de la misión de la Iglesia. El misterio de la Iglesia es el misterio de la Redención en ella, el misterio divino en ella; y su misión, comunicar esa Redención al mundo, en todo lo cual está palpando sus propias debilidades.
Esta Redención la trata e Papa en el número 8 de la Encíclica, y la llama «creación renovada», «creación empapada de Redención», «nueva creación». Hace referencia al Génesis, a la primera creación. Jesús, Redentor del mundo, ha revelado de un modo nuevo la verdad fundamental sobre la creación, que testimonia el libro del Génesis: «vio Dios que era bueno». Esto es lo que sucedió en la creación: «Vio Dios que era bueno». ¿Por qué era bueno el mundo? No porque era bueno en sí mismo, sino porque estaba unido a la fuente de la sabiduría y de la bondad, que es Dios. La creación hecha por Dios estaba unida a Dios, y por eso era buena. La bondad, el bien, tienen su fuente en la sabiduría y en el amor. Por lo tanto, quiere decir: vio Dios que era bueno, porque estaba en Dios, porque lo había hecho Él; al hombre lo unía consigo, era bueno, era inocente.
Al pecar, se rompe esa bondad. No diríamos que «era malo”, porque tampoco es malo en sí mismo. Pero se rompe esa dependencia de la sabiduría y justicia. Y cuando viene Jesús, el mundo visible creado por Dios para el hombre,-por eso es Redentor del mundo, no sólo del hombre, si-no del mundo-,adquiere de nuevo el vínculo original con la fuente divina de la sabiduría y del amor, y por eso se vuelve a hacer bueno, se ordena de nuevo por Cristo, Cristo lo une a la sabiduría, justicia y santidad de Dios, salva también a ese mundo, lo redime, es Redentor también del mundo, es una «creación nueva», ha renovado la creación. Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito. Así como en Adán quedó roto este vínculo, así en el Hombre-Cristo ha quedado unido de nuevo.
Hay que realizar esa creación nueva. Porque la creación, a través de los hombres que la viven, tiene que ordenarse hacia Dios. Por eso dice San Pablo: «La creación en-tera gime y siente dolores de parto y está esperando la manifestación de los hijos de Dios». Cuando Dios ha confiado el mundo al hombre, lo ha confiado para que, por el hombre que sirve a Dios, quede ordenado el mundo a Dios. Desde el momento en que el hombre rechaza a Dios, la creación se desprende también de Dios; entonces la creación queda violentada, como dice San Pablo: queda violentada porque está sometida al egoísmo del hombre y no está sometida a la caridad y amor del hombre, para lo que Dios le había dado ese mundo. Así está en violencia. Esa violencia es la que nosotros palpamos en todo un mundo que se nos presenta como algo que nos asusta, como una especie de monstruosidad en las manos del hombre y de su egoísmo. Por eso dice el Papa: «¿Cómo es posible que no nos convenzan a nosotros, hombres del siglo XX, las palabras del apóstol, pronunciadas con arrebatada elocuencia, acerca de la creación entera que «hasta ahora gime y siente dolores de parto», acerca de la creación que está sujeta a la vanidad?”
La creación nueva va a consistir en la liberación del yugo de la vanidad. La creación toda, podemos decir, está su-jeta a la vanidad del hombre-pensemos en esos grandes negocios, en esas grandes sociedades de consumo, multinacionales, ingentes almacenes, etc.-, está sujeta, no precisamente al hombre como Hijo de Dios, sino a su vanidad, porque ese hombre se ha desprendido de Dios y ha centra-do todo eso en sí mismo, en su utilidad egoísta, independizándose de Dios, y está esclavizado.
Dice el Papa: «Toda la naturaleza, en cierta manera, se le ha rebelado al hombre, y quizás podríamos decir que, precisamente porque el hombre es egoísta, está sintiendo la rebelión de Ia naturaleza contra él». Porque si el hombre no fuese egoísta sería mucho más parco en el uso de la naturaleza, en orden a sus bienes verdaderos y no tendría el afán de explotar esa naturaleza lo más que pueda para su egoísmo. Nos preocupa tanto remediar problemas como la amenaza de contaminación del ambiente natural, los conflictos armados que se repiten continuamente, las perspectivas de autodestrucción, los problemas ecológicos, la capa de ozono, etc. Todo eso depende en gran parte de que el criterio ha sido un criterio de egoísmo. Y el hombre no sabe limitarse; entonces, la misma naturaleza está rebelándose contra el hombre. Además, el mundo de la nueva época, de los vuelos cósmicos, de las conquistas científicas, ¿no es al mismo tiempo el mundo que gime y sufre, y está esperando la manifestación de los hijos de Dios?
Podríamos decir, -considerando esta imagen del mundo que espera aplicada a nuestro ambiente- que ahora, cuando nosotros nos retiramos a Ejercicios, la naturaleza está deseando nuestra conversión, porque sabe que, si nosotros nos entregáramos a Dios, la trataríamos como instrumento para servir a Dios, y se liberaría de nuestro egoísmo. La naturaleza, está sin libertad-diríamos-, está encadenada por nuestro egoísmo, por nuestra vanidad.
El Concilio Vaticano II, -dice el Papa en su análisis penetrante del mundo contemporáneo-llegaba al punto más importante del mundo visible: el hombre. En el mundo visible el punto más importante es el hombre; pero bajando como Cristo a lo profundo de las conciencias humanas. Aquí está nuestro gran error. Queremos remediar el mundo, queremos promover el progreso de la humanidad, y para eso, ¿qué? Mejorar la economía, multiplicar los bienes materiales. ¡Equivocado! Lo primero que hay que hacer es cambiar el corazón del hombre. Por eso, la gran obsesión del Papa Pablo VI en los últimos años de su vida era crear la civilización del amor. ¿Qué quiere decir? Crear la civilización del hombre de corazón bueno, del amor. Si la civilización del amor se crea, lo demás es inmediato.
Me diréis: «es una utopía». Sé que es una utopía, por-que siempre habrá gente que no quiere meterse por ese camino. El egoísmo los corroe como nos corroe nuestra vida de cada día, porque es evidente que lo que haría a las familias felices sería la liberación del corazón. ¡Evidentemente! El corazón del marido bueno, el corazón de la mujer buena, el corazón de los hijos buenos serían un paraíso. ¿Qué es lo que hay que remediar en las comunidades religiosas? ¿Qué se debe hacer? ¿Poner más medios, buenas butacas y televisión? ¡Si no es eso! La pureza del corazón es lo que les unirá; la no búsqueda de su egoísmo como norma de vida. Pero si lo que pretendemos cada uno es que haya paz, y la paz consiste en que yo sea respetado en mis derechos, simplemente, no habrá entonces una paz positiva; lo único que se podrá conseguir, a lo más, es que no haya guerra.
Mientras no haya un puente, mientras no lleguemos a la superación de ese corazón con la bondad del mismo, no se dará la liberación del corazón humano. Mientras no comprendamos cada uno de nosotros que nuestra misión es hacer felices a los demás, no llegaremos a esa felicidad. Porque siempre existirá la disputa, en la que uno dirá: esto es derecho mío, y el otro dice que es derecho suyo. Así, estamos riñendo los dos… ¡por salvar los derechos!, naturalmente. Cuando no se ve más que eso, salvar los derechos, el hombre se convierte en centro egoísta, con unos límites que se admiten más o menos de buen corazón, pero no hay más que un centro, el yo. Entonces hay tantos, tantos centros, ¡y no queremos poner como centro a Dios!
Liberación del corazón, civilización del amor, familia del amor. De ahí la importancia enorme del Corazón de Cristo. Y ahí es donde el Papa llega: «Bajando a lo profundo de las conciencias humanas, tocando el misterio interior del hombre, que en lenguaje bíblico y no bíblico también se expresa con la palabra corazón»; baja al corazón del hombre. Esto es lo que tenemos que salvar nosotros. La creación espera que nosotros cambiemos de corazón. Al venir nosotros aquí podríamos ver la naturaleza que nos rodea anhelando la manifestación de los hijos de Dios, que nos mostremos como hijos de Dios, con corazón de hijos de Dios.
Cristo, Redentor del mundo, es aquel que ha penetra-do de modo único e irrepetible en el misterio del hombre, y ha entrado en su corazón. La acción de Cristo ha llega-do al corazón del hombre. No va primeramente a las estructuras y a todo lo demás. No. Mientras el corazón esté sin curar, todo eso no hace más que aumentar el instrumento del egoísmo. Será de uno, será de otro, pero no salimos de ahí, del egoísmo, hasta que el corazón lo supere. Por eso, la gran batalla que nosotros tenemos que dar en todos los campos es la liberación espiritual del corazón humano. Ahí es donde hay que trabajar mucho. Lo demás, pues sí. Esta liberación es de otro tipo, ¿por qué? Porque llevamos dentro el egoísmo. El corazón del hombre es un corazón egoísta.
«Cristo ha bajado al corazón del hombre, ha entrado en su corazón». Justamente lo enseña el Concilio Vaticano II: el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. O sea, que nunca llegaremos al hombre sino por el Corazón de Cristo. Es curioso esto. Entre las diversas cosas que se pueden aducir, una de las crisis mayores que hay hoy sobre el Corazón de Jesús, una de las grandes causas, es la crisis del corazón humano. Al estar en crisis, la proyecta en el Corazón de Cristo; pero es el corazón humano el que está en crisis. Y, precisamente porque el corazón humano está así, no se puede remediar sino por el Corazón de Cristo.
Pretender que primero vamos a sanear el corazón humano y luego lo llevaremos a Cristo, sería como decir: mira, antes de ir al médico, nos vamos a curar y luego vamos al médico. ¡No hay salud sino en Cristo! Él Corazón de Cristo es la medicina y la salud del corazón humano. Y por eso el demonio se esfuerza tanto en que no vaya por ahí. Pero es el camino verdadero. Y por ahí es por donde llegaremos a la verdadera liberación.
