Del Libro "Misterio del dolor", Luis maría Mendizábal. S.j.
Contemplábamos el lavatorio de los pies tratando de penetrar en la riqueza del misterio que ahí se nos revela y en esa «noche de la traición» en medio de la cual brilla el Sacramento de la Eucaristía.
Ahora vamos a entrar en la profundidad del Misterio de Getsemaní, siempre tratando de llegar a una mejor comprensión del acto redentor. Y realmente la Iglesia ha profundizado en la teología del acto de la Redención, especialmente a través del Misterio de la agonía de Getsemaní.
1) Sufrimiento y actitud de sufrir
Cuando entramos en la contemplación de la Pasión, ante esos pasos que en España se presentan en las grandes ciudades, ante las figuras de la Pasión que aparecen en las procesiones de Semana Santa y que muestran a Jesús en la Flagelación, Corona de espinas, en la Cruz, ante esos Cris-tos ensangrentados hay una postura fácil, sencilla, que es el detenerse en los sufrimientos de Cristo. Fácilmente tenemos la tendencia a quedarnos en la ponderación de ese sufrimiento. Sobre todo, eminentemente, el sufrimiento físico de Jesús. También quizá el sufrimiento de su soledad, el sufrimiento de su situación de abandono, el sufrimiento de la traición de sus amigos. Y muchas veces, cuando se pretende la imitación de Cristo crucificado, también se insiste más particularmente en ese sufrimiento de Jesús. Ahora bien; creo que tiene mucha importancia aprender lo que podemos llamar la actitud de sufrir. Es otro matiz.
Para nosotros, el sufrimiento es un misterio, sobre todo el sufrimiento inocente. Parece que cuando se trata del sufrimiento del culpable lo entendemos, lo vemos en cierta manera justificado; pero la gran pregunta nuestra suele ser:
¿Por qué el sufrimiento del inocente?;Cómo esta persona que es inocente sufre?
Un interrogante que lleva con frecuencia hasta la negación de Dios y no raras veces suele expresarse de esta manera: ¿Como puede existir Dios cuando hay tanto sufrimiento en el mundo? ¿Cómo puede ser un Dios bueno el que permite tanto sufrimiento en la humanidad?
Y, sin embargo, esa pregunta tendría una respuesta que yo diría casi inmediata y cortante, aun cuando todo el tema del sufrimiento hay que tratarlo con sumo respeto, huyendo de toda palabra que hiera. La persona que sufre, la persona que está ocupada por el sufrimiento merece de nuestra parte todo respeto y toda delicadeza. Pero la res-puesta, una respuesta inicial, podría ser ésta: la mayor parte de los sufrimientos del mundo son o dependen de la voluntad libre del hombre. Es culpable de la mayor parte de los sufrimientos del mundo. Es culpable, no siempre de una manera directa, inmediata. Es culpable en realidad, porque la mayor parte de los sufrimientos de la humanidad vienen como efecto de la voluntad libre del hombre.
No digo nada del sufrimiento del hambre, del sufrimiento de las situaciones sociales desesperadas, que evidentemente serían remediables si los hombres no fueran egoístas o si no lo fueran las naciones, si los valores de la verdadera unión y amor de la humanidad fueran prevalen-tes.
Pero no es sólo eso, sino que muchas de las enfermedades tienen en su raíz el pecado del hombre que libremente se ha dejado llevar por el vicio; muchas de las enfermedades hereditarias, taras, alcoholismos, muchísimas, dependen en el fondo de la voluntad del hombre. La violencia, las guerras en el fondo son obras del hombre, de la voluntad del hombre.
Por tanto, no va a ser el hombre el que pida cuenta a Dios de cómo hay tanto mal y sufrimiento en el mundo, sino que va a ser Dios el que nos pida cuenta a nosotros de por qué hay tanto sufrimiento en el mundo, cuando Dios quiere que haya mucha más caridad, amor y bienestar en el mundo. Va a ser Él, el que nos pida cuentas a nosotros. Es absurdo pretender cada uno dejarse llevar de su egoísmo y luego pretender que Dios haga milagros para que no haya mal en el mundo y no haya sufrimiento en el mundo.
Esta es una primera respuesta, inmediata, cortante, por decirlo así. Pero indudablemente no nos satisface del todo en muchísimos aspectos. Cuando el sufrimiento es en una persona culpable, solemos decir: «Bueno; ése se lo ha merecido al menos; es un hombre que ha cometido muchas injusticias”, y parece como que lo entendemos. Y de ahí ha venido la tentación-la analizaremos más adelante-de pretender explicar todo sufrimiento como castigo personal de las culpas del hombre.
Cuando nosotros nos acercamos hacia la Cruz, vemos en ella, ante todo, el sufrimiento de un inocente, Jesucristo es inocente. Pero vemos además el sufrimiento puro. Porque de nuevo el trabajo y sudores y luchas de quien trabaja por obtener algún beneficio, por obtener algún éxito en la vida, eso también parece que lo entendemos. Es un sufrimiento que es connatural con el esfuerzo que hay que hacer para superar tantos obstáculos; eso lo entendemos también. Para nosotros, el verdadero misterio está en el sufrimiento puro, que es el sufrimiento al que no vemos utilidad alguna humana, y éste es el que vamos a encontrar en Cristo, el inocente. La Pasión de Cristo es un sufrimiento sin utilidad aparente de nadie como tal sufrimiento, es el sufrimiento de su agonía, es el sufrimiento de su flagelación, es el sufrimiento de la Cruz. No es el sufrimiento y fatiga que acompaña una gran campaña apostólica, sino el puro sufrimiento. Cuando nosotros hablamos pues de la Pasión de Cristo nos referimos a ese puro sufrimiento de una persona inocente.
En todo sufrimiento tenemos que aprender -y es la gran lección de la Cruz-a no quedarnos sólo en el hecho de sufrir, sino que tenemos que entrar más adentro hasta llegar a la actitud personal de sufrir. Me parece que tenemos un gran campo ante nosotros; creo que es una de las grandes asignaturas que hemos de aprender: la asignatura del sufrimiento, la asignatura de la Cruz. Y para eso me parece que esta distinción es importante. Una cosa es el sufrimiento y otra es la actitud personal con que uno sufre. En la Pasión esto es importante. En la Pasión no se trata sólo de ver los sufrimientos de Jesús; se trata de ver la actitud con que Jesús sufre; y esto es lo que hemos de aprender. Eso es lo que llamamos entrar en los sufrimientos de Cristo.
Cuando nos acercamos a Getsemaní o cuando hablamos del dolor de Cristo, lo que pretendemos no es simplemente consolar humanamente a Cristo, sino entrar en el dolor de Cristo, entrar en ese misterio, entrar en la actitud sufriente de Cristo. Entrando en la actitud sufriente de Cristo es como aprendemos a poner en nuestra vida la misma actitud de Cristo; y esto es lo que llamaremos participar de la Pasión de Cristo; esto es que lo que llama-remos unirnos a la Pasión de Cristo. En el fondo es vivir los sufrimientos con las mismas disposiciones y la misma actitud de Cristo. Por tanto, tenemos que entrar en el sufrimiento de Cristo, entrar en la actitud sufriente de Cristo, teniendo presente esa distinción, que es básica: una cosa es sufrir y otra es la actitud de sufrir.
- Tener lástima de uno y compadecer con uno
Junto a la distinción indicada entre sufrimiento y actitud de sufrir es fundamental en este tema la distinción entre tener lástima de y compadecer con. No es lo mismo sentir lástima o compasión del sufrimiento de una persona que compadecer con esa persona. Aquí es donde marcaríamos el punto fundamental. Hay una compasión que es un sentimiento de lástima; lo llamamos así: «Me da lástima ver a esa persona que sufre»; yo veo a Cristo sufriendo: «Me da lástima». Pero veo también a un hombre que yo no conozco, pero que lo encuentro en la carretera que está malherido, me da lástima. Pues bien: en la Pasión lo que pretendemos no es simplemente tener lástima de Jesús, sino compadecer con Jesús. Tener lástima es simple sentimiento humano, es instintivo, y no sólo respecto de los hombres, sino incluso de los animales. Si veo a un animal sufriendo me da lástima. Si tiene uno un corazón noble un poco sensible, le da lástima. Por eso es curioso que Jesús más bien reprenda a las mujeres de Jerusalén, que lloraban por El, y les diga «Mujeres de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras»; como diciendo: «No me tengáis lástima; las dignas de lástima sois vosotras».
A ver si esto lo podemos captar un poco, porque tiene mucha importancia en nuestra misma vida social, incluso en la visita a un enfermo, en la visita a un hospital. La lástima puede herir al enfermo, porque el sentimiento de lástima es un sentimiento de superioridad sobre el que sufre; le tiene uno lástima; le da a uno lástima. Y se siente humillado aquél de quien se siente lástima. Por tanto, en el campo del trato con los enfermos hay que evitar el mostrar simple lástima, porque la impresión del que está en el sufrimiento, al ver la lástima que le tiene el otro, es que está mirando desde la otra orilla donde el otro se encuentra perfectamente; y usted, claro, está muy bien, me puede tener lástima a mí que estoy hundido; entonces yo soy digno de lástima. Es como una cierta humillación de la persona.
Esta es una de las razones por las que en algunos ambientes hay una menor estima teológicamente de la vivencia de la devoción al Corazón de Jesús. Porque creen interpretar que lo que en esa devoción se busca es suscitar y promover lástima de Jesús, tener lástima de Jesús; y entonces, con razón, creen que eso no corresponde al mensaje evangélico, que eso es una actitud que no se apoya en el Evangelio. No se trata de tener lástima de Jesús como del que está triste, y todos se agolpan a su alrededor como teniendo lástima del Jesús que sufre; no es ésa la figura del Jesucristo del Evangelio.
Muy distinto es ese otro aspecto al cual me refería ahora: compadecer con una persona. Para tener lástima no hace falta que yo haya conocido a esta persona, no hace falta ni siquiera que esa persona esté con pleno uso de sus sentidos. En cambio, yo no puedo compadecer con una persona a la que no he conocido antes, no puedo compadecer con una persona que ella misma no padezca de manera consciente y humana personal pleno. El «compadecer con» es un acto humano mucho más perfecto, mucho más pleno.
Para entenderlo mejor nos serviremos de una parábola humana. Supongamos una situación de persecución. Y su-pongamos un matrimonio muy unido, muy preparado, de mucha altura de espíritu. Llega el momento de la persecución, y el marido es hecho prisionero, es interrogado, es torturado y por fin lo matan. Y este hombre, que es un hombre de gran temple espiritual, soporta esos sufrimientos dolorosos, atroces, con un gran temple de espíritu. Fijaos que estoy indicando una actitud de sufrir: “Con un gran temple de espíritu” asume esos sufrimientos, pide por los que se los causan, ofrece su vida por ellos, acepta su muerte con una gran dignidad espiritual. Esta es una de las cosas que el Papa recordará en la gran lección del dolor: que el sufrimiento dignifica al hombre muchas veces, le da una elevación cuando lleva el sufrimiento con esa nobleza. Pues bien: él sufre así. Supongamos que es un matrimonio, como decíamos, muy unido; y supongamos que la mujer está presente en esos interrogatorios y sufrimientos de su marido y en su muerte. Esta mujer, con el temple espiritual del que hablábamos, no es que simplemente tenga lástima del sufrimiento de su marido, sino que esta mujer compadece con él. ¿Qué significa compadece con él? Significa que ofrece el sufrimiento de su marido, vibra con su marido con el mismo tono espiritual, perdona también ella a los que le hacen daño, ella misma ofrece la vida de su marido por los que le atormentan, compadece con él. Es una actitud interior, es una sintonía de compadecer con él, no sólo de sufrir pasivamente, sino una actitud de sufrir.
Esto conecta con lo que refería antes, cuando hablaba de que tenemos que distinguir entre sufrir y actitud de sufrir.
- La actitud personal de sufrir
El sufrimiento es algo pasivo. Incluso cuando el hombre se produce el dolor a sí mismo. Pero, en cuanto sufrimiento, es algo que se recibe en la naturaleza, algo que yo no puedo impedir. A mí me llevan atado y me castigan o me azotan, y eso no lo puedo impedir, eso me viene encima. Pero es distinta la actitud de sufrir, que es la actitud personal con la cual yo encajo el sufrimiento. Estos principios, estos aspectos, son muy importantes para comprender la Redención. En la Redención no es simplemente el sufrimiento el que nos redime, sino la actitud de sufrir. De nuevo no la sola actitud, no el solo amor, sino la actitud con que sufre; el sufrimiento y la actitud de sufrir, esa unión de los dos elementos, es lo que constituye el acto redentor. La actitud de sufrir es personal, la actitud de sufrir es libre, la actitud de sufrir es deliberada.
Ante un sufrimiento que se me viene encima yo puedo reaccionar de muchas maneras. Puedo hacerlo rebelándome contra él; puedo reaccionar blasfemando de Dios; puedo hacerlo aceptándolo; puedo reaccionar asumiéndolo en una postura de amor, no sólo de paciencia, sino de amor. Serán realidades diversas. Ahí es donde nosotros tenemos que entrar-con la luz de la fe y con la meditación y contemplación, como lo ha hecho la Iglesia-, en el miste-rio de la Pasión, en la postura redentora de Cristo para compadecer con El, para sintonizar con El, para no que-darnos sólo en el sufrimiento pasivo, sino para entrar en la actitud con que Cristo sufre. Y ahí es donde tenemos que pedir mucha luz, siempre que nos acercamos a la Semana Santa, siempre que nos acercamos al misterio de la Redención, tratando de vivir en nosotros la actitud redentora de Cristo.
Tenemos, pues, dos elementos: sufrimiento y actitud de sufrir. Podemos decir más todavía. El sufrimiento –el Papa lo repetirá, mañana lo analizaremos– está vinculado al pecado, es fruto del pecado, tiene su raíz, dirá el Papa, antropológica y teológicamente en el pecado. No necesariamente en el pecado personal del que sufre, como si fuera un castigo personal, pero sí en el misterio del pecado. Porque con el pecado entró la muerte en el mundo, entró la corrupción, entró el dolor, entró el sufrimiento. Muchas veces, además, el sufrimiento mismo es fruto del pecado real o personal de otro hombre. En el caso de la Pasión, es claro que los sufrimientos de Jesús fueron infligidos por el pecado de sus perseguidores y verdugos. Por tanto, el sufrimiento es fruto del pecado, algo que se echa sobre la naturaleza del hombre como efecto vinculado al pecado. En cambio, la actitud de sufrir de Cristo viene de Dios, es la actitud del amor redentor; viene de Dios.
Y aquí es donde está el gran misterio. Hay una unión. EI acto redentor está formado por un elemento fruto del pe-cado y por un elemento fruto del amor de Dios, y esta fusión de estos dos elementos constituye el acto redentor. Aquí ya podemos barruntar desde ahora un misterio, el misterio del sufrimiento de la humanidad, que queda transformado por la Redención de Cristo. Y el misterio del sufrimiento viene a ser esto: es voluntad de Dios que todo efecto del pecado, que todo sufrimiento, sea asumido por el amor redentor de Cristo; lo sea porque Él lo tomó sobre sí entonces; pero que, en su realización, también en cada uno de nosotros, sea vivido con el amor redentor de Cristo. ¿Cómo? Teniendo nosotros, cada uno de nosotros, la participación del amor redentor de Cristo. Y entonces, en la vida de cada uno de nosotros, la parte de sufrimiento que nos toca la vivimos participando del Amor de Cristo. Ese es el plan de Dios, y participando de ese amor redentor de Cristo, nuestro sufrimiento se convierte en colaboración con Cristo a la salvación del mundo. Es el plan maravilloso, misterioso de Dios, hacia el cual tenemos que ir entrando a través de la contemplación del acto redentor de Cristo.
- La actitud redentora del sufrimiento de Cristo
La actitud redentora de Cristo no la podemos nosotros inventar o imaginar arbitrariamente; tenemos que apoyarnos en la revelación. La revelación nos indica las cualidades de esa actitud redentora.
Las encontramos primero anunciadas proféticamente en el Libro de Isaías, capítulo 53, donde se describen anticipadamente, proféticamente, unas disposiciones del siervo de Dios que da su vida por los pecadores, en quien están los pecados de todos nosotros, con cuyos moratones hemos sido salvados. La figura del siervo de Dios sufriente la ponen los Evangelistas como trasfondo de la Pasión del Señor; por tanto, ahí entendemos esa actitud sufriente de Cristo. Esta actitud sufriente de Cristo no es simplemente la actitud de aceptar, de aguantar, de tener paciencia, sino que es la de asumir en amor al hombre: “por nosotros”; que es muy distinto. Una cosa es aguantar y otra “lo ofrezco por la humanidad”, “lo ofrezco por la redención del mundo”, “lo ofrezco en expiación de los pecados”. En el poema del Siervo de Yahveh, aparece claro que pesan sobre el Siervo de Dios nuestros pecados: “por sus moraduras hemos sido sanados”.
También encontraremos esa actitud redentora de Cristo en la Pasión en el capítulo 20 de San Mateo, versículo 28, donde dice que «el Hijo del hombre ha venido no a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención por muchos». Es decir, que su postura es la de dar su vida en redención. El sufrimiento que le viene, la muerte que se le echa encima, la acepta, da su vida en redención por la humanidad. Jesucristo tiende hacia la Pasión, no coaccionado y sorprendido, sin saber adónde va, sino con plena conciencia.
En numerosas predicciones de su muerte manifiesta que ofrece su vida por la redención del mundo: «Yo amo a mis ovejas, las llamo por su nombre y doy mi vida por ellas» (Jn 10,14-16). «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida por mis ovejas» (Jn 10,17).
También encontramos la descripción de esa disposición interior, de esa actitud de ofrecimiento del sufrimiento y de la muerte, en la Carta a los hebreos: «Al entrar en este mundo dijo: No has querido holocaustos ni sacrificios por el pecado, pero me has dado un cuerpo.. aquí vengo, Padre…, para cumplir tu voluntad» (Heb 10,6-7). Y explica el autor de la Carta: «Y en esa voluntad hemos sido santificados todos, por la oblación una vez del Cuerpo de Cristo» (Heb 10,10).
Pero sobre todo se nos revela esta actitud redentora de Cristo en la agonía de Getsemaní. Por eso tiene tanta importancia la agonía de Getsemaní. Mientras en la Cruz se nos revelan más los sufrimientos redentores de Cristo, en la agonía de Getsemaní se nos revela la actitud, la disposición interior de Cristo. Además de atender a las otras palabras de Jesús en la Cruz -que también nos iluminan sobre esa actitud-, para penetrar en las disposiciones de Jesús tenemos que acercarnos a las palabras de la institución de la Eucaristía y a la agonía de Getsemaní. Y ahí encontramos la actitud realmente de amor. Podemos sintetizar esa actitud de Cristo como un amor inmenso, infinito, para nosotros incomprensible, amor al Padre, que le lleva a entregar su propia vida en obediencia, asumiendo sobre sí el pecado de la humanidad, la debilidad y la muerte por los hombres, a los cuales ofrece el amor misericordioso del Padre. El, deliberadamente, entrega su vida; El ofrece y tiene actitud de ofrecimiento de sus sufrimientos, de su muerte en su entrega obediente al Padre. “Por eso me ama el Padre, porque yo doy mi vida”; “esta orden La he recibido de mi Padre” (Jn 10,17-18).
Con esto comprendemos un poco lo que es el acto redentor. Lo vamos a analizar en la agonía de Getsemaní. Pero fijémonos antes en un aspecto importante del Miste-rio de la Cruz. Decimos que la Cruz es un sacrificio y que lo ofrece Jesús como sacrificio cruento, sangriento.
Este sacrificio es agradable al Padre. Pero podíamos hacer esta pregunta: ¿quién es el sacerdote de ese sacrificio? Hay una víctima, que es inmolada, que es ofrecida: ¿quién es el sacerdote? Y en una respuesta demasiado rápida, podríamos tener la tentación de decir que son los verdugos que le matan; como se sacrifica la víctima en el altar, donde el sacerdote es el que mata a la víctima. Igualmente, deduciríamos, en la Cruz los verdugos matan a Cristo; luego ellos vendrían a ser entonces como el sacerdote. No, el verdadero Sacerdote es el amor de Jesucristo. El sacrificador, el que inmola, el que ofrece esa vida es su amor redentor, su amor misericordioso. Y con ese amor asume su muerte, la ofrece voluntariamente, amorosamente; inclina su cabeza y entrega el espíritu. Es el amor el que le hace aceptar su muerte, y de esa manera es constituido sacrificio agradable al Padre, ofrecido por su amor.
- La Revelación de Getsemaní
Supuesto esto, vamos a acercarnos a la agonía de Getsemaní; ahí veremos este matiz. Históricamente, el tercer Concilio de Constantinopla definió que en Jesucristo hay dos voluntades. Fue un momento difícil en la historia de la Iglesia y hubo necesidad de hacer esta aclaración. Algunas teorías sostenían que en Jesús no había más que una voluntad. Estaba tan identificado con la voluntad del Padre, que en Él no había más que una voluntad. Y fue mérito de San Máximo el Confesor, el inducir a la Iglesia a contemplar el misterio de la agonía de Getsemaní para entender la doble voluntad de Cristo. No fue un capricho del Concilio Constantinopolitano definir esa voluntad humana de Cristo. No fue una simple lucubración teológica de agudeza mental argüir a priori que si es perfecto hombre debe tener una voluntad humana. No fue ése el camino. Simplemente, la Iglesia, contemplando la agonía de Getsemaní, analizando que si en Cristo no había una voluntad humana no había redención, porque la redención es a manera de mérito, y no existe mérito en la voluntad divina, sino que para que lo haya debe ser voluntad humana. Por tanto, si no había en Cristo voluntad humana libre, no había mérito; luego no había redención. Por consiguiente, era esencial al acto de la Redención que fuera acto de la voluntad humana de una persona divina. Y ahí es donde somos introducidos por la agonía de Getsemaní.
Fijémonos bien en esto: que la Redención no ha sido un simple perdón de Dios, una acción que viene de arriba abajo, sin más; Dios perdona al hombre, y se ha acabado; eso sería un acto divino. No es así. Es un acto de reparación. Por tanto, un acto humano, un acto de la humanidad. Pero ese acto humano no tendría valor infinito si no fuese de una persona divina. Y éste es el misterio de Cristo y el de la cruz: es el acto humano de una persona divina. Es el acto de la voluntad humana de una persona divina. Esto lo vemos en Getsemaní. En Getsemaní aparece esa voluntad clara. “No se haga mi voluntad, sino la tuya.” “Padre, si es posible, pase este Cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
Pero hay todavía más: en Getsemaní no sólo se nos revela esa voluntad humana de Cristo, sino que también se nos revela la actitud redentora como expresión del amor humano de una persona divina. Y este matiz aparece en el temor, en la angustia, en el tedio, en toda la descripción que se nos hace de la agonía de Getsemaní. No se trata sólo de un acto de voluntad; se trata de una actitud interior de amor, y esto sí que es importante también para nosotros.
En nuestra vida a veces sobrevaloramos la voluntad, y todo lo remediamos con ella. Solemos decir que para amar a Dios basta querer amarle. Y esto me parece que es una equivocación. Hay una simplificación excesiva. Lo comprendemos en otros campos. Para ser un buen médico no basta querer serlo; hay que serlo. Para ser un buen marido no basta querer serlo; hay que serlo, y el serlo es más que el simple querer serlo. Pues bien: esto tan claro se nos oscurece. Para muchas personas, cuando piensan que es preciso amar a Jesucristo, que hay que amar a Dios, dicen: «Bueno, pues como yo quiero amarle, pues ya basta». Quizá baste para decir que yo no peco; pero una cosa es querer amar a una persona y otra es amarla; son dos cosas distintas. Con el querer amar tengo el comienzo y puedo aplicarme a ver cómo irme enamorando de esa persona; tengo voluntad de enamorarme, pero no basta el querer para que yo pueda hablar de que estoy enamorado. Yo quiero enamorarme de Cristo, pero no por eso estoy enamorado de Cristo. Esto es importante. Creo que mu-chas veces abusamos, en el orden espiritual, contentando-nos simplemente con querer. Y es bueno el querer, pero tiene que llevarnos a realizar eso que queremos, a realizar la purificación del corazón. No basta que lo quiera; es un buen comienzo, pero hay que aplicarse; voy a hacer Ejercicios espirituales, voy a contemplar al Señor; voy a pedirle que me vaya infundiendo esa pureza de corazón; pero eso es un trabajo lento.
Pues bien: en el campo de la Redención pasa lo mismo. Creo que frecuentemente confundimos la recta intención con disposiciones determinadas del corazón. Cada mañana puedo renovar la recta intención y querer actuar con recto motivo. Pero eso es una cosa, otra es llegar a ofrecerme a mí mismo con actitud de redención. Esto es más perfecto, más puro. Tengo que pedir al Señor que me comunique sus disposiciones redentoras, tengo que pedirle que vaya grabando en mi corazón una actitud de redención, de ofrecimiento. De esta manera se obtiene un desarrollo de vida espiritual. Yo creo que desgraciadamente nuestra vida cristiana se queda en un nivel diríamos ínfimo, porque nos contentamos con que tenemos voluntad. Eso lo solemos decir muchas veces: tengo buena voluntad. No basta, pues, con decir que quiero ofrecer, sino que tengo que ofrecer; no basta «quiero amar», sino que tengo que amar. Tengo que aprovechar esa voluntad para poner en juego todos los resortes y todo el dinamismo que me permita llegar a amar.
En el caso de Jesús en Getsemaní, tenemos también algo parecido. El acto redentor de Cristo no es sólo la voluntad de dar la vida, la voluntad de aceptar la muerte, sino que el acto redentor lleva consigo una asunción de la vida de los hombres en amor en su corazón, en fuerza del cual Él se ofrece de veras por esa humanidad. Por tanto, es un acto de amor redentor. En Getsemaní no vemos sólo un acto de voluntad de Cristo, sino también que le invade la tristeza, el tedio; pesa sobre Él el pecado de la humanidad; en su Corazón, Él toma toda esa realidad de la humanidad, de cada uno de nosotros, de cada uno de los hombres de toda la historia, lo toma sobre sí y entonces El entrega y ofrece su vida en oblación de amor en expiación de los pecados del mundo. Hemos sido redimidos a precio de la Sangre de Cristo, y esto lo vemos en Getsemaní.
¿Qué elementos encontramos para esto en la oración de Getsemaní? Jesús, después del Cenáculo, baja al torrente Cedrón, pasa a la otra parte, deja al grupo de los ocho discípulos a la entrada del huerto, toma consigo sólo a tres, y cuando entra con ellos, tiene lugar una especie de revelación. Notemos que sólo toma a tres de los discípulos, a los otros ocho los deja descansar. Todo esto nos indica que el Señor no admite a todos de la misma manera a la revelación personal de su corazón. Por eso no hay que pretender que todo el mundo lo entienda igualmente. Lleva a tres sólo. Cuando está a solas con ellos, su rostro empieza a desfigurarse, le notan que se pone muy triste, está como agobiado, está angustiado, cosa que no habían visto nunca en su vida. Y El, de palabra, les explica lo que le pasa:” Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí, orad y velad conmigo”. Este es el gran misterio, el gran misterio por dos motivos: primero, por lo que es su actitud interior; segundo, por la exhortación a los discípulos a que le acompañen en ese momento. Y aquí se inicia lo que será dentro de la vida de la Iglesia la asociación a la Pasión del Señor; será revelación de esa realidad del Señor y asociación a Él. Son, pues, dos aspectos:
1) El sufrimiento de Cristo, la tristeza del Señor.
2) La asociación, la petición de Jesús de acompañarle: «Quedaos aquí, orad y velad conmigo, en unión conmigo»; la invitación es a compadecer con Él. Esto es lo que es misterioso en la Oración del Huerto.
Dichas estas palabras, dice San Lucas que Jesús, arrancándose de ellos con violencia, iba cayendo una y otra vez y oraba en voz alta, a gritos, y decía caído en tierra: “Padre, si es posible, pase este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». Aquí entramos en el misterio del Corazón de Cristo que Él nos ha revelado: mi alma está triste hasta la muerte, mi corazón está triste hasta la muerte. Ante el Padre: «Padre, pase este cáliz si es posible; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya». ¿Qué es lo que está sucediendo aquí? Esto no es sólo un acto de voluntad: hay una invasión de tristeza, de tedio; hay una vivencia del corazón, hay un amor que se entrega.
Notan los especialistas, A. Feuillet lo recoge en su obra sobre la agonía de Getsemaní, que los términos aquí empleados son términos de sentido mesiánico. Hay una serie de palabras técnicas de las que él se admira que no se haya sacado más jugo de ellas, porque son palabras de fuerte contenido en el contexto mesiánico: cáliz, hora, tentación, vigilancia. Todos esos son términos mesiánicos. Entonces, ¿qué podemos sacar a través de un análisis exegético-teológico?
Es la hora de la tentación, la prueba tremenda de Jesús, que no está causada por ningún nuevo acontecimiento exterior. Esto es lo sorprendente. Jesús iba serenamente hasta el huerto de Getsemaní; y ahora, sin una realidad exterior nueva, de repente queda invadido por esa tristeza; es una prueba tremenda. No está causada solamente por el temor de la muerte y los sufrimientos, sino que esas palabras están indicando un suceso mesiánico o, más exacta-mente, el punto culminante de la función mesiánica de Jesús. Es la cumbre de lo que ya había sido inaugurado por el Bautismo y las tentaciones. Él se había sumergido en el Bautismo, había sufrido las tentaciones inicialmente. Ahora culmina esto en la gran tentación. Y la gran tentación es la de echarse atrás ante la gran prueba final. El dirá la frase, que algunos interpretan como expresión de su propia experiencia: “El Espíritu está pronto, pero la carne es flaca”. Él tiene un amor inmenso, pero siente en sí la debilidad, la angustia, el temor, la tristeza.
Todo ese misterio está causado por la caridad de Cristo. Comprendemos perfectamente que en ese momento están pesando sobre Él todos los pecados del mundo. Él tomó sobre sí el pecado de la humanidad, todos los pecados del mundo. Y Él es consciente. El Papa tiene una frase impresionante: si la medida del sufrimiento es la experiencia del mal, ¿quién podrá expresar la medida del sufrimiento del Corazón de Cristo al experimentar en sí el mal del pecado del mundo? Ese mal pesa sobre Él; precisamente porque EI ama tanto al Padre, toda la ofensa del Padre le llega al alma terriblemente. Pero luego resulta que quien ofende al Padre es el hombre, que Él tanto ama. Es como una madre que estuviese entre el padre y el hijo, y el padre es ofendido por el hijo; la madre, que quiere muchísimo a su marido, siente su corazón destrozado; pero resulta que el que le ofende es su hijo, al que ella ama también intensamente. Estaría así como en un lagar que le aprieta en su corazón. Esta es la postura de Cristo. El obedece al Padre, El entrega su propia vida, pero la entrega teniendo sobre sí el pecado del mundo. En ese momento Él vive en su corazón el drama del mal de la humanidad, el sufrimiento de la humanidad; siente en su corazón el sufrimiento de todos los corazones; en sus manos, el pecado de todas las manos, y así está ofreciéndose ante el Padre que le conforta. Pensemos un poco que, en Getsemaní, si lo queremos ver en sentido cristiano, no es que el Padre se haga insensible; no debemos imaginar que el Padre descarga sobre Jesús su ira, su severidad, no; el Padre escucha la oración de su Hijo, le llega al alma el sufrimiento de su Hijo; pero conforta al Hijo para que ofrezca ese sacrificio hasta el fin, lo alienta por amor a nosotros. Este es el gran misterio de Getsemaní: es el acto redentor del Corazón humano de una persona divina que toma sobre sí el pecado del mundo y se entrega a la muerte por él.
Pero queda un último aspecto que tenemos que tener también presente y es que asocia a los apóstoles a su pasión. Velad y orad conmigo. En todo el relato de la agonía de Getsemaní continuamente se entrelaza la oración de Jesús y la búsqueda de los discípulos. Primero les exhorta a que estén con El; va a orar. Vuelve hacia ellos y les encuentra dormidos; les dice: “¿Cómo No habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad para no caer en la tentación.” Y vuelve a orar, y vuelve otra vez a ellos y de nuevo los encuentra dormidos, y vuelve a orar.
Esto confirma lo que aparece en todo anuncio de la Pasión hecho por Jesús. Jesús, en su vida, cuando anunciaba su propia pasión, siempre la extendía a la participación de sus discípulos. Cuando dice (Mt 16,21): «El Hijo del hombre será entregado en manos de los enemigos”, Pedro le interpela: “jNo te sucederá eso!”. Y Jesús, convocada la gente, añade: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Siempre hay una asociación.
Cuando uno ve el hecho de la agonía de Getsemaní, recibe la impresión obvia de que Jesús necesita del amor de sus amigos, que viene a ellos; tiene necesidad de su cercanía. Se puede sin duda aplicar aquí lo que Juan Pablo II dice en la Encíclica sobre la misericordia: “Que la cumbre de la misericordia es cuando Jesús nos pide misericordia”, cuando viene Jesús pidiéndonos que tengamos misericordia de Él. Esto sí que es impresionante.
Cuando Jesús dice en la agonía: “Padre, si es posible, pase este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”, esas palabras las pronuncia cuando van cayendo sobre El los pecados de todos nosotros. Pasamos todos depositando nuestros pecados sobre El. Quizá al llegar cada uno de nosotros Él nos mira con ese gesto de agonía y nos dice: “Si es posible, pase de mí tu cáliz, el que tú me has preparado; si es posible, pase este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».
Es un misterio grande, el Misterio de la Redención, diríamos en su contexto interior, en su estructura interior, en el acto redentor de Cristo, que no es sólo una voluntad humana, sino que es un corazón humano que toma sobre sí el pecado del mundo, y en ese amor inmenso al Padre y a los hombres es abrumado por esa tristeza, este tedio que produce en Él, el peso del pecado de la humanidad y que El con firmeza asume amorosamente ante el Padre, en el sacrificio de su propia vida ofrecida en la Cruz. Y nos invita a asociarnos a él misteriosamente participando de su oración, de su ofrecimiento y de sus actitudes.
