El Corazón de Jesús en la liturgia de la Iglesia II

Por Aurelio GARCÍA MACÍAS
  1. Liturgia de las Horas

El Oficio divino antiguo carecía de unidad de contenido y criterios por estar compuesto de fragmentos heterogéneos pertenecientes a los oficios del Corpus y de la Pasión. Fue el papa Pío XI quien deseó dar cierta uniformidad a este Oficio divino relacionándolo con el objetivo teológico explícito de esta fiesta, y enriqueciéndolo con nuevos elementos bíblicos y eucológicos. Ya sabemos que confió la tarea de su redacción a una comisión de teólogos cuyos trabajos dirigió él mismo. La idea directriz de tal reforma se inspiró en las palabras reveladas por Cristo a santa Margarita María de Alacoque, tal como ella relata en la descripción de sus visiones: «He aquí el corazón que tanto ha amado a los hombres y que tan poco ha sido correspondido», De nuevo, el aspecto devocional de una revelación privada primó sobre el trasfondo bíblico de este misterio y su celebración en la liturgia. Las I Vísperas resaltan la benignidad y misericordia de Cristo. En los Maitines se contempla el Corazón de Cristo, herido por amor. Las Laudes focalizan su atención en la herida abierta del costado y el amor de Cristo. Por último, las II Vísperas retoman las antífonas de laudes y el himno vincula el misterio de la Iglesia nacida como esposa del

costado abierto de Cristo, en clara conexión con la interpretación paulina del relato del Génesis.

La liturgia de las Horas propuesta actualmente por la Iglesia continua con elementos del antiguo Oficio Divino, pero ha incorporado elementos nuevos.

Las I Vísperas subrayan el tema del amor divino. Las antífonas sálmicas hacen referencia al Amor eterno de Dios, expresado en el amor misericordioso y humilde de Cristo, Buen Pastor. La lectura breve de Ef5,25-27continua esta temática del amor de Cristo a su Iglesia.

El Oficio de lectura conjuga los temas tradicionales del amor y la fuente viva. Las antífonas están relacionadas con la imagen del agua viva que mana del costado salvador de Cristo como el agua viva manó de la roca en el desierto. La incorporación de la lectura de la carta a los Ro-manos 8,28-39 supone una novedad. De nuevo la iluminación bíblica de esta oración litúrgica contempla el amor de Dios manifestado en Cristo crucificado. En la segunda lectura, se lee el texto de san Buenaventura, ya presente en el Oficio anterior como lectura en el tercer nocturno y comentario del texto evangélico seleccionado para ese día. El gran teólogo franciscano contempla a Cristo como la fuente viva de la que nace la Iglesia y la salvación de los cristianos: «Manando de la fuente arcana del corazón (su sangre), dio a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, siendo para los que viven en Cristo como una copa llena en la fuente viva que salta hasta la vida eterna».

Las antífonas de Laudes se aplican a Cristo que habla en primera persona dirigiéndose al orante. Jesús invita a acercarse a Él para beber el agua de la salvación ofertada gratuitamente por Dios: «Venid a mí», especialmente los más lastimados, cansados, agobiados… La lectura breve y el responsorio reafirman esta idea: Jesús es el Siervo que quiere enseñar a los hombres el camino de la salvación.

Las antífonas de la Hora intermedia se centran en la espiritualidad de la Pasión, tal vez por la conexión de esta oración con las «horas joánicas» de la pasión de Jesús.

Las II Vísperas se fijan en el amor misericordioso del Dios rico en misericordia. La incorporación del himno cristológico de la carta a los Filipenses (Flp 2,6-11)y la lectura breve de la carta a los Efesios (Ef2,4-7) nos adentran en la espiritualidad paulina de la kénosis de Dios por amor a los hombres.

 

  1. Aspectos teológicos

El vaivén histórico de formularios litúrgicos diferentes para la celebración eclesial del Sagrado Corazón de Jesús refleja las dificultades para determinar el objeto específico de esta fiesta. Cada una de las revisiones o reformas ha acentuado un aspecto diferente de este misterio cristológico. La configuración actual de los textos litúrgicos para esta solemnidad ha enriquecido las propuestas tradicionales, sobre todo, con la aportación de nuevos textos bíblicos y el desarrollo de nuevos aspectos vinculados al amor misericordioso de Jesús. Algún autor opina que la riqueza de los tex-tos bíblicos propuestos para esta fiesta complementa los vacíos existentes en la eucología 10. En definitiva, los esfuerzos de la reforma litúrgica actual han tratado de devolver a esta fiesta su contexto litúrgico primordial y enriquecer teológicamente los textos celebrativos!!.

 

  1. Fundamentación bíblica

Ya el papa Pío XII, en su encíclica Haurietis aquas, había manifestado su preocupación por fundamentar bíblicamente está arraigada devoción popular al Corazón de Jesús. Es una tentativa que emprende en su pontificado y culmina en la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, especialmente al afrontar la espectacular reforma del Leccionario. Ya hemos señalado la ampliación del número de lecturas para los tres ciclos anua-les de esta fiesta y los temas que desarrolla cada una de ellas. Las lecturas proclaman el amor de Dios para con su pueblo. El Antiguo Testamento revela el gran Corazón de Dios; el Nuevo Testamento lo manifiesta completamente: «Tanto amó Dios al mundo que entregó por él a su Hijo único» (Jn 3,16). El amor de Cristo a toda la humanidad le llevará al sufrimiento y la muerte en cruz, que son una muestra evidente de su amor por nosotros: «Dios mostró su amor para con nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,8).

No cabe duda de que, entre el número de las lecturas bíblicas propuestas, se retoman como referenciales los dos textos joánicos histórica-mente más vinculados a esta fiesta; Jn 7,37-38 y Jn 19,33-34.

– El primer texto (Jn 7,37-38) se inspira en las antiguas profecías de Isaías, Zacarías y Ezequiel que anunciaban la fuente cuyas aguas debían regenerar a Sión y todo el pueblo de Israel 12 Juan ve cumplidas estas profecías en Jesús. Hablar de las corrientes de agua viva que manan de las entrañas de Jesús equivale a declarar a Jesús como el Mesías anunciado, porque se cumplen en El las figuras proféticas contenidas en los textos y ritos antiguos. La roca espiritual donde bebía el pueblo de Israel prefigura a Jesús como el verdadero y nuevo Templo de donde mana el Espíritu, la sangre y el agua, es decir, la gracia de los sacramentos, el misterio de la Iglesia, la salvación de los hombres.

-El segundo texto (Jn 19,33-34) relata el misterio de la transfixión. La sangre simboliza el Cordero inmolado que quita los pecados del mundo (Jn 1,29). El agua es el símbolo del Espíritu que desde Cristo pasa a la Iglesia. Según la interpretación teológica de los Padres, la transfxión señala el nacimiento de la Iglesia, nacida del costado del Nuevo Adán, como Eva había salido del costado del primer Adán dormido, Y en este texto también se relaciona el misterio del Corazón Sagrado de Jesús con el misterio pascual. No olvidemos que el acontecimiento de la transfixión ocurre porque era el día de la preparación de la Pascua («quoniam paras-ceve erat»).

Por tanto, los textos propios de esta fiesta sitúan el misterio del Corazón de Jesús en el contexto pascual: muerte y resurrección de Jesús. El profesor Murray analiza el sentido de esta solemnidad y descubre en ella 《un eco del viernes santo». De ahí la importancia dada al versículo Improperium exspectavit cor meum, tomado del Salmo 68,que formaba parte también de la liturgia del Viernes Santo. Se unen de esta forma la fe en el amor que lleva a Jesús hacia la Pasión y la fe en la eficacia redentora de los misterios que brotan de su Corazón traspasado.

 

  1. El corazón es símbolo de amor

La devoción al Corazón de Jesús brotó, sobre todo, de la meditación de estos textos. En el relato de la transfixión el original griego dice ek tes koilias y la Vulgata traduce «de ventre eius». Tanto koilias como venter designan las entrañas, las vísceras, es decir, se refieren según la tradición unánime de toda la patrística al corazón (kardia) de Jesús. El corazón es la víscera más importante del ser humano: físicamente porque anima el organismo entero: y espiritualmente porque es el símbolo de la realidad interior. La atención se centró en el corazón más que en el costado herido, pero el misterio subyacente es el mismo.

Cuando hablamos de corazón no nos referimos simplemente a un órgano humano, sino que en sentido metafórico-como decía Karl Rahner-,es uno de esos términos primordiales que encierra un rico significado. El corazón representa al ser humano en su totalidad; es el centro original de la persona humana, el principio de unidad. El poeta Yeats habló del «núcleo profundo del corazón». Es el centro de nuestro ser, la fuente de nuestra personalidad, el motivo principal de nuestras actitudes y elecciones libres, el lugar de la misteriosa acción de Dios.

Según Rahner, la esencia más íntima de la realidad personal es el amor. Y puesto que Cristo tuvo un amor perfecto, su corazón es para nosotros el perfecto emblema del amor. Como verdadero Dios y verdadero hombre, el amor de Jesús es totalmente, pero no solamente humano. En él descubrimos el misterio de un amor humano-divino: El amor «divino» de Dios que se ha encarnado en el amor «humano» de Jesús, Hombre-Dios.

Pero hemos de tener cuidado al identificar sin más «el amor» con «el corazón», porque como advierte M. Figura «el corazón humano» puede estar cerrado «al amor». «El Corazón de Jesús es la expresión para designar el centro más íntimo de la persona encarnada de Jesucristo. El corazón es un concepto humano global que incluye, a la vez, la dimensión intelectual y la dimensión corporal del hombre. El Corazón de Jesús se ha dado a conocer como amor supremo. Sin embargo, no podemos identificar simplemente “corazón” y «amor», porque el corazón puede permanecer también cerrado al amor. Cuando en el Corazón de Jesús se venera el amor redentor de Jesús, entonces no se expresa con ello una cosa obvia, sino la más alta experiencia en la historia de la salvación. En el Corazón de Jesús se experimenta a Dios como el Padre amoroso que reconcilia consigo al mundo y perdona la culpa».

La contemplación del misterio del Corazón de Jesús se ha vinculado tradicionalmente con sentimientos de fe, amor, adoración… y también compasión. Se buscaba compadecer a Cristo en sus sufrimientos y penas como aspecto importante de la piedad cristiana. Tal vez sea este un aspecto particularmente exagerado en el planteamiento devocional de la época moderna. Sin embargo, nuestra devoción no debe quedarse en el nivel del puro sentimiento; sino que la meditación y el culto al Corazón Sagrado de Jesús ha de provocar también una voluntad decidida de servicio y entrega completa de nuestras vidas a la voluntad de Dios, como lo hizo el mismo Jesús. «El objetivo último de la devoción al Corazón de Jesús es una consagración total del creyente a dicho Corazón, a fin de verse marcado por el amor de Jesús».

 

  1. Celebrar a Cristo

El contenido central de esta celebración es el misterio de Jesucristo. Un misterio de amor que culmina en el mayor gesto de amor jamás pen-sado: «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Qué bien lo remarca el evangelista Juan en los versículos escritos a modo de prólogo antes del relato de la gran hora de Jesús: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Cuando se habla del Corazón de Jesús nos referimos a la totalidad de su persona y misterio, en su naturaleza divina y humana. La representación plástica del corazón humano de Cristo, en su humanidad, remite inexorablemente a su amor humano-divino; y hacía Él se dirige nuestra oración y adoración. Pero, como ya indicamos al inicio, no siempre ha estado tan claro en la historia de esta festividad. «Hasta el siglo de la Escolástica, forzoso es decirlo, la mentalidad sigue siendo muy bíblica, es decir, se mantiene más ligada al misterio global de la salvación que al detalle preciso que constituye su realización. Hasta entonces, el culto va dirigido a la Persona y no a determinadas actitudes o gestos. Tanto es así que el amor de Dios y el de Cristo, presentes siempre en el pensamiento cristiano, no se expresaban de una manera particularmente individualizada en una celebración especial. La muerte de Cristo y todo su misterio parecían recordar sin cesar y de modo suficiente el amor del Señor a nosotros. No se habría pensado en celebrar una fiesta particular del amor, y menos tratándose de una fiesta que se centrara en el corazón mismo de Dios, La evolución de la teología y de su forma de pensar, su progresivo deseo de entrar en los detalles y la sistematización arrastraron a la contemplación, privada en un principio y luego más generalizada, del amor del Señor, vislumbrado bajo la imagen popular del corazón, símbolo del amor» 19.

Por tanto, el culto de la Iglesia a Jesucristo se dirige a toda su persona. Cuando se dirige particularmente a su corazón humano y divino lo hace como símbolo de su amor infinito, no sólo amor de hombre sino también amor del Hombre-Dios. Es el símbolo del amor del Verbo hecho carne, del amor de Dios hecho carne. El corazón que adoramos es el corazón glorioso del Señor, Nuestra adoración no se detiene en el corazón humano de Jesús, sino que desea sumergirse en el amor trinitario. El corazón abierto de su cuerpo se convierte en la epifanía de su amor. Este es el mensaje de la fiesta litúrgica que tratamos: celebrar el inmenso amor de Dios a toda la humanidad manifestado en Jesucristo, especialmente en su misterio pascual.

Me gustaría terminar con unas palabras de Juan Pablo II en una audiencia previa a esta solemnidad y primer año de su pontificado (20 de junio de 1979)21, Quería descubrir la conexión existente entre el corazón del Cristo y el corazón del hombre, Según él, el corazón es un símbolo que habla del hombre interior y espiritual. Por eso todo corazón humano, que es iluminado por la gracia de Dios, está llamado a comprender las insondables riquezas del Corazón de Cristo. De tal forma que se atreve a ofrecer una preciosa expresión lingüística para hablar de la relación entre estos dos corazones: «cor ad cor loquitur», es decir, «el corazón habla al corazón». El Corazón de Cristo habla al corazón humano, y el corazón de los hombres habla al Corazón de Cristo. La solemnidad litúrgica que celebra el amor de Dios simbolizado en el corazón herido de Cristo, alienta el corazón humano para buscar y vivir el amor de Dios amando a todos los hombres. Hay una clara correspondencia entre el corazón del hombre y el Corazón de Cristo.