El corazón, en la Biblia, centro de la persona humana

Por Salvatore GAROFALO

En la antropología elemental de los pueblos del Medio Oriente. El corazón no es el símbolo «natural» del amor, sino el centro de toda la vida psíquica y moral del hombre, es decir, de su personalidad. Si se trata de señalar la sede propia de la vida profunda, el corazón, diversamente de todo lo que sucederá en la cultura griega bajo el influjo de la filosofía, es la sede de la inteligencia, en tanto que los sentimientos, las emociones, se localizan en las entrañas. Esto vale también para el Antiguo Testamento, el judaísmo tardío y el Nuevo Testamento, así como para los hagiógrafos que escribieron en griego, pero con mentalidad semítica.

 

Una sumaria ojeada estadística muestra que el término «corazón” figura 858 veces en los textos, en hebreo y en arameo, del Antiguo Testamento y 148 en el Nuevo Testamento; en los textos de Qumrán, más de 120 veces.

Para la palabra «corazón» se usan, en hebreo, indistintamente, las dos formas leb y lebab, que también son sinónimas de qereb: «lo que está dentro». El «corazón de los cielos» (Dt 4,11) es la parte que se considera más interior, a diferencia de la que se expone a la vista; el «corazón del mar» (Éx 15,8) es el abismo, el agua profunda; y si se trata de algo redondo, el corazón nos indica el centro: el «corazón del ojo» es la pupila.

El corazón es el vocablo que con mayor riqueza y elasticidad describe la intimidad del hombre: en la máxima «el hombre mira las apariencias, pero Yahvé mira el corazón》 (1 Samn 16,7) se expresa claramente la idea de que el hombre puede juzgar el aspecto exterior del hombre, pero Dios nos penetra en lo íntimo, «ve en lo secreto”, dice Jesús (Mt 6,4.6.18).De esta manera, el corazón, órgano central, escondido y aun misterioso, viene a ser la fuente y la sede de todas las mociones del alma, y a él hace referencia lo que es propio del hombre: la vida espiritual y emotiva en sus más variados aspectos.

El corazón cubre completamente el área de la sensibilidad con una gama de expresiones típicas y pintorescas. Ante todo -según la experiencia universal-el amor. La esposa del Cantar de los Cantares, para decir que su amor, hace que ella esté siempre atenta a la presencia del es-poso, afirma: «Yo duermo, pero mi corazón vela» (Cant 5,2); y Dalila reprocha a Sansón: «; Cómo puedes decir: “¿Te amo”, si tu corazón no está conmigo?» (Jue 16,15). La fórmula de cuño deuteronomístico «con todo el corazón» (Dt 4,29; 6,5; 10,12;11,13)se aplica a los sentimientos religiosos inspirados por el amor.

Los semitas no distinguen netamente entre el deseo y el querer. El profeta Samuel anuncia al rey Saúl que Dios lo repudia para buscarse «un hombre según su corazón» (1 Sam 13,14), esto es: que corresponde a sus deseos y es obsecuente a su voluntad (cf. 1 Sam 2,35).

Quien desea sinceramente al Señor, lo «solicitará de todo corazón “y, por lo mismo, lo encontrará (Jer 29,13). «Hacer lo que el corazón dic-te» equivale a hacer lo que se desea y se quiere (1 Sam 14,7);a la vez se trata de un deseo, particularmente acentuado: en el salmo 21,3, el sal-mista agradece a Dios porque le ha satisfecho los deseos más intimos y ardientes de su corazón y no le ha negado lo que «pedían sus labios».

La concupiscencia por la mujer anida en el corazón (cf. Prov 6,25),y Job declara que su corazón no fue tras sus ojos (cf.Job 31,7).Las tentaciones que nacen de aspiraciones secretas se sitúan junto a las que se ofrecen a los ojos (cf. Núm 15,39).

Cuando el deseo y la voluntad logran conquistar su objeto, entonces se da la alegría; no alcanzarlo causa tristeza; una y otra residen en el corazón. El 《corazón bueno》 es el corazón contento, y el colmo de la alegría estáen tenerla en el corazón (cf. 1 Re 8,66). Lo que produce regocijo, como un buen trago de vino, recrea el corazón (cf. Sal 104,15). El «corazón malo» es un corazón melancólico, triste (cf. Prov 25,20), como el de Ana, que no pudo tener hijos (cf. 1 Sam 1,8). Una prolongada espera,causa de ansiedad y tristeza, «hace mal al corazón”, lo enferma (cf. Prov 13,12).

También los sentimientos opuestos al amor, como el odio y sus manifestaciones externas, la cólera y la ira, tienen su sede en el corazón, sobre el que producen además efectos físicos.

La Ley ordena: «No odies en tu corazón a tu hermano» (Lev 19,17);la ira «arde en el corazón» del «vengador de sangre» (cf. Dt 19,6).

El corazón se excita también para encontrar la fuerza morad que em-puja a afrontar el peligro, es decir, el coraje. David, después de haber conocido la promesa del Señor de «construirle una casa», a saber, de darle una posteridad, «encuentra el valor» para pedir a Dios que su «casa “permanezca por siempre (cf. 2 Sam 7,27).«Afírmese tu corazón》 (Sal 27,14) es el augurio de tener coraje, y los «fuertes de corazón» son, por antonomasia, los valientes. El cocodrilo, que no teme las agresiones, tiene «el corazón duro como roca», resistente como la piedra inferior de un molino de mano (cf. Job 41,16). Por el contrario, cuando el hombre

 

 esta desanimado o tiene miedo es porque su corazón lo ha abandonado (cf.Sal 40,13);tiene el «corazón débil» (cf. Dt 20,3; Is 7,4), un corazón que le reduce el valor (cf. Sal 40,13). La desesperación perturba el corazón (cf.Lam 1,20).

La fortaleza del corazón indica asimismo la fidelidad, fruto de un asiduo coraje: el «corazón firme》 (cf. Sal 57,8;108,2; 112,7) es índice de perseverancia serena, de esforzada confianza, no obstante la adversidad y las persecuciones. El «corazón inconstante» es, por eso, sinónimo de infidelidad (cf.Sal 78,8).

El orgullo se expresa gráficamente con el corazón que «se engríe》, como el de la ciudad de Tiro, la cual se cree divina y confía descaradamente en su hermosura y riqueza (cf.Ez 28,2.5).

Si en las lenguas modernas el corazón expresa también emociones y sentimientos, sin embargo, es característico del estilo bíblico atribuirle la función de sede de la vida intelectual y de la voluntad; tal es el sentido de cerca del 50 % de los textos en los que se menciona el corazón. En una palabra, puede decirse que las funciones que nosotros atribuimos al cerebro (para el que no hay un término específico en hebreo), en el Oriente Medio y en Egipto se asignan al corazón.

El profeta Oseas(7,11)compara a Efrain, que, en lugar de confiarse a Dios, invoca el auxilio de los paganos, con una «paloma necia y sin cordura». Para expresar que él, así como sus amigos, también sabe razonar, Job (12,3) afirma que tiene «un corazón» lo mismo que ellos y que es, como ellos, un «hombre de corazón», es decir, inteligente. Salomón es alabado por haber pedido a Dios «un corazón hábil para gobernar al pueblo y capaz de discernir» (1 Re 3,9).El corazón aparece frecuentísimamente, en los textos sapienciales (99 veces en los Proverbios, 24 en el Qo-hélet, 51 en el Deuteronomio), en íntima conexión con la 《sabiduria》;a Salomón, el rey sabio por excelencia, Dios le ha concedido «liberalidad de corazón» (1 Re 5,9).

En el salmo 139,23, el corazón se coloca paralelamente a la inteligencia: «Dios mío, sondéame para conocer mi corazón, ponme a prueba para conocer mis pensamientos».

Cuando se tiene una idea, ella «sube del corazón》 (cf.Jer 7,31;19,5;32,35), como del corazón sube eI recuerdo (cf. Jer 3,16; 51,50) que está depositado en él (cf. Dt 11,18), escrito en é como en una tablilla: «El pecado de Judá…está grabado en la tabla de su corazón》 (Jer 17,1).Para tener siempre presentes las enseñanzas de los sabios, es necesario escribir-las en el corazón (cf, Prov 3,3; 7,3), allí donde el Señor escribirá la ley de la Nueva Alianza (cf.Jer 31,3).

 

«Hacer que el corazón vuelva» significa reflexionar: el pagano que fabrica ídolos de madera no reflexiona en la estupidez de su acción: «No reflexiona (no ha hecho que el corazón vuelva), no tiene ciencia ni entendimiento» (Is 44,19).

El corazón es la sede de las decisiones y de los proyectos del hombre (cf.2 Sam 7,4; 1 Re 8,17; Is 10,7;etc.). «Robar él corazón» a alguien quiere decir influenciarlo en sus decisiones, engañarlo, como lo hizo Absalón a través de su propaganda para suceder a David (cf. 2 Sam 15,6; en Gén 31,20.26, se dice que Jacob engañaba a Labán).

Mudarse el corazón significa cambiar de actitud (cf. Éx 14,5).

La importancia del corazón en la antropología bíblica aparece también por su gran relieve en la descripción de la vida religiosa y moral.

Para vivir rectamente hay que «guardar el corazón» (Prov 4,23).El hombre vive según «los caminos del corazón» que son observados por Dios (cf. Is 57,17-18), y Él solo conoce el corazón del hombre (cf.1 Re 8,39; 2 Crón 6,30). Un corazón recto y puro es signo de una conciencia ordenada y en paz (cf. Sal 7,11; 11,2; 24,4; etc.), mientras que el corazón quebrantado y humillado expresa la conciencia del propio pecado, que lleva al arrepentimiento.

Es conocido el lugar que, en la literatura deuteronómica, ocupa la «circuncisión del corazón» (cf. Jn 4,4; Dt 10,16), según la cual la ley de Dios se observa, con sinceridad interior, por una adhesión personal total, y no solamente como una exigencia externa. Por esto, es necesaria una transformación interior, que es obra de Dios (cf. Dt 30,6).

En 26 textos del Antiguo Testamento se habla del corazón de Dios,el cual, según un evidente antropomorfismo, tiene analógicamente las mismas funciones del corazón humano.

Dios se aflige y se arrepiente en su corazón de haber creado al hombre (cf.Gén 6,6); ese corazón, «que le da un vuelco», le induce a tener pie-dad para no destruir a Efraín pecador (cf. Os 11,8), y en su corazón Dios decide no enviar más el diluvio (cf. Gén 8,21). Los proyectos para el futuro son propios del corazón del Señor (cf. Is 63,4; Sal 33,11). Dios «pone su corazón en el hombre», en el sentido de que está atento a las vicisitudes de su críatura predilecta (cf. Job 7,17), y manifiesta su benevolencia con el pueblo elegido prometiendo que «su corazón estará siempre» en el templo (cf. 1 Re 9,3; 2 Crón 7,16).

En conclusión, para la antropología del Antiguo Testamento el corazón expresa globalmente a la persona humana: su inteligencia, conciencia, voluntad, emotividad; es la síntesis y la plenitud del «hombre interior», de modo que, en los Setenta, es decir, en la antigua versión griega del Antiguo Testamento, «corazón» se traduce también por el simple pronombre reflexivo (cf.Jos 4,14;Sal 55,2;Est 6,6;etc.).

Bien se ha dicho que «el hombre vale lo que vale su corazón» (Dhor-me).

El Nuevo Testamento se mantiene en la línea del Antiguo, discrepan-do por el uso del griego, que es la lengua de su texto original.

En el corazón tienen su origen los sentimientos y los afectos, la concupiscencia y las pasiones, el amor, la alegría, el dolor, los deseos, etc.; del corazón nacen los pensamientos y las opciones. Bastaría citar a Mc 7,21-22: «Porque de dentro, del corazón del hombre, salen las malas ideas: fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, perversidades, fraudes, desenfreno, envidias, calumnias, arrogancias, desatino». «El hombre oculto del corazón» (1 Pe 3,4) se opone a su «rostro》(cf.1 Tes 2,17;2 Cor 5,12).

La perífrasis con el término «corazón》 equivale frecuentemente al simple pronombre reflexivo (cf. Mc 2,6.8; Lc 3, 15; Jn 16,22; Rom 10,6;Gál 4,8;Sant 5,5).

En el corazón se hallan: la turbación y el miedo (cf.Jn 14,27),la tris-teza y el dolor (cf. Jn 16,6; Rom 9,2), la alegría (cf. Jn 16,22; Hch 4,32),la ira (cf.Hch 7,54), el orgullo (cf. Lc 1,51), los deseos (cf. Mt 5,28), las sospechas (cf.Lc 24,38),los recuerdos y la reflexión (cf.Lc 1,66;2,19.51;Hch 7,23),los proyectos y las decisiones (cf. 1 Cor 4,5; 7,37; 2 Cor 9,7).

En el corazón se ha derramado el supremo carisma de la caridad (cf.Rom 5,5), el Espíritu Santo de Dios (cf. 2 Cor 1,22; Gál 4,6); recuérdese el bellísimo y macizo texto de 1 Jn 3,19-20: «De este modo (por el verdadero amor fraterno) sabremos que estamos de parte de la verdad y podremos apaciguar ante Dios nuestra conciencia, y eso aunque nuestra con-ciencia nos condene, pues por encima de nuestra conciencia está Dios».

Un solo texto del Nuevo Testamento habla expresamente del corazón (kardia) de Cristo, en Mt 11,29: «Cargad con mi yugo, y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón». Para algunos exegetas, la mansedumbre y humildad de corazón indica la pobreza de espíritu de la primera bienaventuranza (cf. Mt 5,3); para otros, se trata de la dulce paciencia de Cristo en sus relaciones con el prójimo. A diferencia de los fariseos, que oprimen al pueblo de Dios con sus inhumanos preceptos (cf. Mt 23,4), Jesús mira con mucha comprensión la fragilidad humana y, de esta manera, gana al hombre y lo salva; es un Mesías que no disputa ni grita, que no apaga la mecha humeante (cf. Mt 12,19-20), que se presenta como rey, pero sin aparato que manifieste violencia y opresión (cf.Mt 21,5).

 

La mansedumbre es, en resumen, la manifestación de un amor tierno, y la humildad se refiere a los pensamientos de Jesús, a sus comportamientos, a todos los hechos de su espíritu.

Otro texto que se refiere directamente al Corazón de Jesús, aun si no usa el término específico, es Flp 1,8. Pablo dice de sus amadísimos filipenses: «Bien sabe Dios cuánto os añoro a todos vosotros en las entrañas de Cristo». Las entrañas, en el lenguaje bíblico, son la sede de las pasiones y, sobre todo, del amor. «Entrañas» es un plural abstracto que significa piedad, compasión; el singular se refiere al seno materno que, en la mentalidad hebrea, es la sede de la piedad materna-fruto, obviamente, del amor por: los hijos (cf. Is 49,15). En el Cantar de los Cantares (5,4), las «entrañas» estremecidas expresan los trémulos y apasionados sentimientos de la esposa al acercarse el esposo. En el griego clásico, las entrañas indican la más viva sensibilidad. La expresión «entrañas de Cristo» se encuentra únicamente en el texto arriba citado; el verbo que de ahí se deriva–«me conmuevo en las entrañas»-aparece 12 veces en los Sinópticos para señalar sentimientos de misericordia y manifestaciones de ternura (cf. Mt 18,27; Lc 15,20);en otros 9 textos, se trata de la conmiseración, la bondad enternecida de Jesús ante las necesidades materiales y espirituales de la multitud (cf.p.ej.,Mt 14,14ss; Mt 9,36), ante la trágica condición del leproso (cf. Mc 1,41),ante el dolor inconsolable de la viuda de Naín (cf. Lc 7,13), ante la porfiada fe y confianza de los ciegos de Jericó (cf.Mt 20,34).

La ternura de Jesús por las muchedumbres, que parecen ovejas sin pastor (cf. Mt9,36), revela su voluntad de salvación, y el texto de la carta a los Filipenses, en el conjunto de la teología paulina, puede muy bien interpretarse del Corazón de Jesús, que los hombres han conocido sobre todo en su inmolación en la cruz.

En el amanecer del evangelio, se decía que la remisión de los pecados será como el fruto de las «entrañas misericordiosas» de nuestro Dios, sol que nace para iluminar a quienes viven en tinieblas y para guiar nuestros pasos por el camino de la paz, es decir, de la reconciliación con Dios.

En el apócrifo Testamento de los XII Patriarcas, que, en estos últimos años, ha vuelto a llamar la atención de los estudiosos gracias a los descubrimientos de Qumrán, se afirma que, al final de los tiempos, Dios enviará «sus entrañas sobre la tierra» (Lev 4,4); y en una glosa cristiana a Zac 8,2, inspirada evidentemente en Lc 1,78, se dice que Dios ha visitado a todas las gentes «en las entrañas de su Hijo».

Esperamos que, en estas rápidas anotaciones, se puedan encontrar nuevas razones para proponer la devoción al Corazón de Jesús con toda la riqueza del lenguaje y de la revelación de la Biblia.