Cardenal Albert VANHOYE, SJ
La carta a los Hebreos nos ayuda a comprender que las dos cualidades del Corazón de Jesús, «manso y humilde» (Mt 11,28) corresponden a las dos dimensiones de la mediación sacerdotal (Heb 5,1-10),que está al servicio de la alianza entre Dios y los hombres. La nueva alianza, prometida por Dios, debía establecerse en el corazón (Jer 31,33; Ez 36,26).Se ha establecido efectivamente en el Corazón de Jesús, gracias a su sacerdotal misericordia para con los hombres y a su docilidad sacerdotal para con Dios. La Pasión de Jesús ha sido para Él una consagración sacerdotal, pues ha hecho de su corazón un corazón sacerdotal.
La expresión que sirve de título a esta conferencia, «El Corazón sacerdotal de Jesucristo», nunca ha sido utilizada en el Nuevo Testamento; sin embargo, cabe afirmar que el Nuevo Testamento revela de muchos modos el Corazón sacerdotal de Cristo y que esta revelación es sumamente importante.
Hay, en efecto, estrechas y profundas relaciones entre el único texto evangélico que habla del Corazón de Jesús y el único escrito del Nuevo Testamento que presenta a Cristo como sumo sacerdote. En el evangelio de san Mateo, llama Jesús a los que sufren y se presenta a ellos como «manso y humilde de corazón》 (Mt 11,28-29). En la carta a los Hebreos, el sumo sacerdote es descrito de forma que coincide exactamente con esta presentación: según el autor, el sumo sacerdote es comprensivo para con los hombres (Heb 5,2) y humilde ante Dios (Heb 5,4).Comprensivo y amable para con los hombres, pues el autor quiere que sea «capaz de comprender a ignorantes y extraviados, porque está también él envuelto en flaqueza» (Heb 5,2), Humilde ante Dios, porque «nadie se arroga tal dignidad, uno es llamado por Dios» (Heb 5,4). Según el autor, esta descripción del sumo sacerdote ha hallado su perfecta realización en Cristo, pues este es un «sumo sacerdote misericordioso»(Heb 2,17)para sus hermanos, capaz de «compadecerse de (sus) flaquezas» (Heb 4,15) y, por otra parte, «no se glorificó él mismo» (Heb 5, 5) sino que tomó un camino de extrema humiIdad (Heb 5,7-8), al término del cual ha sido «proclamado sumo sacerdote por Dios》 (Heb 5,10).
Por lo tanto, me parece que puede decirse que la carta a los Hebreos nos ayuda a comprender la dimensión sacerdotal de la expresión del evangelio. El corazón «manso y humilde» de Jesús es un corazón sacerdotal, el corazón del «mediador de una nueva alianza» (Heb 9,15); las dos cualidades que le caracterizan corresponden a las dos relaciones, con los hombres y con Dios, necesarias para la mediación sacerdotal. El contexto inmediato, en el evangelio de Mateo, confirma esta perspectiva, pues Jesús se presenta ahí como el único mediador capaz de ponernos en relación personal con el Padre: «.. nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27). Según el célebre oráculo de Jeremías, la «nueva alianza» comunicaría el conocimiento de Dios (Jer 31,34), es decir, la relación personal de cada hombre con Dios. Esto es lo que hace Jesús «manso y humilde de corazón».
Para profundizar en nuestro tema, nos conviene ahora partir de las relaciones que la Biblia establece entre Dios y los corazones, con lo que entenderemos mejor después las exigencias de la alianza y el papel del corazón en la mediación sacerdotal de Cristo.
- Dios y el corazón, alianza y sacerdocio
La Biblia afirma con fuerza una estrecha relación entre Dios y el corazón de los hombres. Dios conoce los corazones. Dios pide el corazón de cada uno. La mirada del hombre se detiene en lo exterior, la mirada de Dios penetra hasta lo más íntimo. Tal es la revelación que recibe Samuel cuando ha de elegir a uno de los hijos de Jesé para darle la unción real. “Dios ve no como el hombre, pues este mira las apariencias, mientras que Dios mira al corazón» (1 Sam 16,7).Esta convicción, fundamental para toda vida religiosa auténtica, fue arraigando cada vez más en la fe de Israel. 《Tú me escrutas, Señor, y me conoces», reconoce el Salmista, «sondéame, oh Dios, conoce mi corazón» (Sal 139,1.23;cf.Jer 17,10;Eclo 42,18).
La exigencia divina corresponde justamente a este nivel de conocimiento. No se puede contentar a Dios con honras y homenajes exteriores, que sólo tratarían de enmascarar una indocilidad interior. Semejante duplicidad: la denuncia Él incesantemente: «Este pueblo se me acerca de palabra y me honra sólo con sus labios, pero su corazón está lejos de mí»(Is 29,13; cf. Os 10,2; Jer 5,23; 7,24; 18,12), y exhorta a su pueblo a convertirse interiormente. «No endurezcáis vuestros corazones» (Sal 95,8);«volved a mí con todo vuestro corazón» (Jl 2,13).
La alianza con Dios no puede, pues, parecerse a una negociación entre potencias rivales en la que cada una intenta engañar a la otra. La alianza con Dios sólo le es posible al hombre si este procede con total sinceridad y docilidad. Si no, el encuentro acabará en fracaso, peor aún, en catástrofe, porque la santidad de Dios es «un fuego devorador» (Dt 4,24), que jamás toleraría el mal. El problema de la alianza con Dios atañe al corazón.
Si la historia de la antigua alianza es la historia de un fracaso, se debe a que el pueblo «tiene un corazón traidor y rebelde» (Jer 5,23) y siempre ha seguido las inclinaciones de su corazón malvado (Jer 7,24; 18,12).Tal historia evidencia la necesidad de un cambio de corazón que solamente Dios podía efectuar. Y, de hecho, en el momento mismo de la más trágica ruptura, Dios promete realizar ese cambio: establecerá una alianza nueva, escribiendo su ley no ya en piedras, sino en los corazones (Jer 31,33);mejor aún, dándoles a los hombres «un corazón nuevo», en el que Él infundirá su «Espíritu» (Ez 36,26-27).
El Nuevo Testamento proclama que esta promesa ha sido cumplida gracias a la pasión y a la resurrección de Jesucristo. Tomemos aquí por punto de partida tan sólo el texto neotestamentario que cita explícita-mente el oráculo de Jeremías sobre la nueva alianza, es decir, la carta a los Hebreos. Esta carta es también el único escrito del Nuevo Testamento que presenta a Cristo como nuestro sumo sacerdote; tiene la particularidad de afirmar que hay un vínculo muy estrecho entre la alianza y el sacerdocio, entre la nueva alianza y el sacerdocio de Cristo. El oráculo de Jeremías, como ustedes saben, es citado in extenso en la sección central de la carta, en 8,8-13.Luego se le vuelve a citar, parcialmente, en la siguiente sección (10,16-17),donde sirve de conclusión a la exposición doctrinal sobre el sacerdocio de Cristo, exposición que se extiende de 7,1 a 10,18. La predicción de Jeremías no comporta en sí misma ninguna alusión al sacerdocio ni al culto sacrificial. Tampoco indica de qué medios se servirá Dios para escribir su ley en los corazones. La carta a los Hebreos se cuida, por el contrario, de señalar que la primera alianza se inauguró con un sacrificio (9,18-21) y tenía un ritual y un sacerdocio (9,1-10).Completando la predicción de Jeremías, el autor hace comprender que una alianza nueva no podía establecerse sin un fundamento nuevo y que este nuevo fundamento no es otro que el sacrificio personal de Cristo. Y añade que, en virtud de su sacrificio, Cristo es ya el «mediador de una nueva alianza» (9,15). La expresión «mediador de alianza» se repite tres veces en la carta, aplicándose siempre a Cristo (8,6; 9,15; 12,24). Es evidente que el autor la emplea para explicitar el título de sumo sacerdote, manifestando así una penetración teológica que no carece de originalidad y que, por otra parte, resulta muy esclarecedora de nuestro asunto.
En el Antiguo Testamento, el sacerdocio estaba seguramente destinado a una función de mediación entre el pueblo y Dios. El sacerdote presentaba a Dios las ofrendas del pueblo y transmitía al pueblo las res-puestas y las bendiciones de Dios. Pero cuando se quería definir la dignidad del sacerdote no se atendía a este papel de mediador, sino más bien al privilegio sacerdotal de relacionarse directamente con Dios. Sólo los sacerdotes podían entrar al santuario. Dios le había dicho a Moisés: «Haz que Aarón se acerque… y ejerza para mí el sacerdocio» (Éx 28,1). El sacer-dote lo era para Dios. La expresión se repite tres veces en cuatro versículos (Éx 28,1-4),y todo el ritual de la consagración expresa exclusivamente este aspecto; la relación del sacerdote con los hombres no es explicitada.
Por el contrario, en la carta a los Hebreos se atiende constantemente a la doble relación indispensable para que pueda ejercerse una mediación. «Todo sumo sacerdote es tomado de entre los hombres y está constituido en favor de los hombres para las relaciones con Dios» (Heb 5,1). Esta perspectiva es interesante para nosotros, porque describe al sacerdote como un centro de relaciones, y lo que permite a un hombre ser verdaderamente un centro de relaciones es su corazón. Lo primero que dice el autor a propósito del sacerdocio de Cristo es a este respecto muy significativo y bien puede entenderse como una definición del «corazón sacerdotal» del Salvador. Cristo, afirma el autor, «tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser un sumo sacerdote misericordioso y fidedigno en lo que toca a Dios, y expiar los pecados del pueblo» (Heb 2,17).Esta frase, muy diferente del texto del Éxodo citado hace un instante, expresa con claridad las dos relaciones, con Dios y con el pueblo, y además insiste en la segunda presentándola desde el comienzo como condición para acceder al sacerdocio: «tuvo que hacerse semejante en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote… ». La doble relación se halla igualmente en los dos calificativos que fijan la orientación del sacerdocio: un sumo sacerdote digno de este nombre debe ser, por una parte, «misericordioso» para con sus hermanos y, por otra parte, «fidedigno en las relaciones con Dios». La frase recalca de nuevo el calificativo concerniente a la solidaridad fraternal. El vocablo eleémon, «misericordioso», es puesto en primera posición y destacado del resto de palabras, El texto dice literalmente: «para que fuese misericordioso y creíble sumo sacerdote en lo tocante a Dios».
«Misericordioso» (eleémon) y «fidedigno» (pistos) designan dos cualidades del corazón, en el sentido bíblico de este término; «misericordioso» corresponde también al sentido afectivo que damos a «corazón». Estos dos adjetivos son importantes para el autor de la carta, que se sirve de ellos para anunciar las dos secciones de su primera exposición del sacerdocio de Cristo (3,1-5.10). Puede afirmarse que ha visto ahí las dos cualidades esenciales del corazón sacerdotal en general, cualidades que sólo el Cristo glorioso posee en plenitud.
- Relación con los hombres: la misericordia del corazón sacerdotal
Conviene que estudiemos especialmente la «misericordia», principal característica del corazón sacerdotal en las relaciones con los hombres. Sobre este punto, el autor de la carta introduce una innovación muy audaz con respecto al Antiguo Testamento. Que yo sepa, ningún texto vererotestamentario pide al sacerdote que sienta compasión por los hombres, en especial por los pecadores. Numerosos episodios de la historia bíblica apuntan en un sentido diametralmente opuesto. Tras el pecado del pueblo en el desierto, es castigando sin piedad a los pecadores como obtienen los levitas la investidura sacerdotal (Éx 32,26-29). Semejante-mente, es por haber matado a un israelita infiel y a su cómplice por lo que Pinjás recibe la promesa de un sacerdocio perpetuo (Núm 25,6-14).En la bendición que pronuncia Moisés sobre la tribu de Leví, el sacerdocio se basa en la ruptura de todos los vínculos de familia (Dt 33,9).
El Levítico le prohíbe al sumo sacerdote ponerse de luto por cualquier persona, ni siquiera por su padre o por su madre (Lev 21,10-11).Como ya he dicho, toda la atención se centraba en la relación del sacer-dote con Dios, y había el convencimiento de que esta relación exigía en muchos casos la ruptura de las relaciones humanas. Para ser el campeón y abogado de Dios, el sacerdote tenía que mantenerse separado de los demás hombres.
Pues bien, el autor de la carta toma la perspectiva inversa: le exige al sacerdote una completa solidaridad con los hombres e insiste en la necesidad de la misericordia. ¿Dónde ha encontrado tan nueva inspiración? La respuesta apenas admite dudas. Es contemplando la vida y la muer-te de Jesús como ha comprendido toda la importancia de la relación del sacerdote con los hombres, relación caracterizada por la misericordia. Para demostrar esto, la investigación no puede a buen seguro restringir-se al empleo de la palabra eleémon, que sólo aparece otra vez en el Nuevo Testamento y no aplicada a Jesús sino empleada por Él en una de las bienaventuranzas: «Felices tos misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt 5,7). Aquí lo decisivo no es la palabra, son los hechos. El ministerio de Jesús ha sido una continua revelación de admirable misericordia, para con los enfermos, los lisiados, los posesos, los ignorantes, los débiles, los pequeñuelos y-lo más sorprendente de todo para con los pecadores. Para dar idea de esta actitud de Jesús, los evangelios emplean a menudo un verbo que tiene que ver no con el vocablo «corazón» sino con el vocablo «entrañas» (σπλάγχνα), cuyo empleo metafórico corresponde, de hecho, a la acepción afectiva que le damos al término «corazón»; efectivamente, los diccionarios griegos lo traducen entonces por « corazón» (Bailly, Zorell, Bauer). Viendo a un leproso, Jesús, «conmoviéndose de piedad en sus entrañas» (σπλαγχνισθείς) le cura (Mc 1,41).«Al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque aquella gente estaba fatigada y abatida como ovejas que no tienen pastor»(Mt9,36).Se podría traducir: «Al ver a la muchedumbre, se le conmovió el corazón…»,«…sintió compasión… y se puso a enseñarles muchas cosas》 (Mc 6,34).En otra ocasión, Él mismo dice: «Siento compasión por estas gentes»(Mc 8,2) y se preocupa de alimentarlas. Su compasivo corazón le mueve también a curar a los enfermos (Mt 14,14).
A estas tres actividades (curar, alimentar, enseñar), inspiradas todas ellas por la misericordia y que suscitan admiración, añade Jesús una cuarta que, entre los más religiosos de sus compatriotas, provoca el escándalo: acoge a publicanos y a pecadores y llega incluso a comer con ellos. A ojos de los fariseos, aceptar tales contactos era incompatible con el servicio de Dios. Juzgaban que había que elegir: no se podía estar a la vez del lado de Dios y del lado de los pecadores; era preciso optar claramente por un lado o por el otro. Desde su punto de vista, la actitud de Jesús era antisacerdotal, puesto que se ponía del lado de los pecadores. Pero Jesús nunca aceptó aquel dilema y les opuso la declaración de Dios expresada por el profeta Oseas: «Misericordia quiero y no sacrificio» (Mt 9,13).
Podría considerarse esta respuesta de Jesús como contraria al sacerdocio, puesto que critica y rechaza eI culto sacrificial. Tal postura me parece perfectamente defendible, a condición de precisar que se trata del sacerdocio antiguo. En el Antiguo Testamento, el corazón del sacerdote estaba necesariamente apegado a los sacrificios rituales, pues el ofrecerlos constituía su principal tarea, de la que dependían todas las demás. El gran día de la expiación, el sumo sacerdote sólo podía entrar al santuario mientras se celebraba una liturgia sacrificial. Dando, pues, a la misericordia para con los pecadores la prioridad sobre los sacrificios rituales, tomaba Jesús una orientación contraria a la del sacerdocio antiguo. Se alejaba irremediable-mente de aquel sacerdocio.
El mérito de la carta a los Hebreos está en el haber sabido superar ese estadio de oposición y haber realizado una inesperada síntesis de la misericordia con el sacrificio, de la misericordia con el sacerdocio, síntesis preparada por los evangelios pero no efectuada por ellos.
El texto decisivo a este respecto es el de Heb 5,1-10, primer texto en la carta-y también, por tanto, en todo el Nuevo Testamento-que atribuye a Cristo una actividad sacrificial, expresada con el verbo προσφέρEIV, «ofrecer» y parangonada con la actividad sacrificial de los antiguos sumos sacerdotes. Declara ahí el autor que «Todo sumo sacerdote… está constituido… para ofrecer dones y sacrificios» (5,1). Y aplica esta definición a Cristo, diciendo que Él ha «ofrecido» (5,7). La descripción de esta ofrenda de Cristo recuerda los relatos evangélicos de la Pasión en sus momentos más dramáticos: la agonía en Getsemaní y el gran grito de Jesús en la cruz. La nueva claridad que la carta a los Hebreos añade a la tradición evangélica comporta varios aspectos estrechamente unidos entre sí: la Pasión es presentada la vez como una oblación (προσενέγκας)y como un acto de solidaridad que produce la misericordia. El autor ha tenido la habilidad de descubrir incluso en el Antiguo Testamento el as-pecto de solidaridad entre el sumo sacerdote y los pecadores, que allí se atestigua indirectamente sin ser nunca subrayado de un modo explícito: el ritual obligaba al sumo sacerdote a hacer la ofrenda por sus propios pecados (Lev 9,2.7.8-11; 16,6-11) y, por lo tanto, a reconocerse pecador con los pecadores. La solidaridad de Cristo con los pecadores no es del mismo orden, ya que Cristo ha estado siempre «sin pecado» (Heb 4,15;cf. 7,26;9,14 amómon), pero no ha sido menos íntima solidaridad, antes al contrario.
La oblación de Cristo, en efecto, no ha tenido lugar en un contexto de separación ritual, como los sacrificios antiguos, sino en un contexto de extrema unión existencial con los hombres pecadores destinados a morir.
Lo que Cristo ha ofrecido son «ruegos y súplicas a aquel que podía salvarle de la muerte» y los ha ofrecido «con fuerte clamor y lágrimas» (5,7).Su oblación se confundía pues con su dramática situación de hombre angustiado intensamente suplicante. Cristo ha tomado en verdad sobre sí la suerte de los hombres pecadores, ha asumido en su oblación el combate del hombre contra la muerte. Ha llevado así hasta el extremo la solidaridad humana y ha hecho, al mismo tiempo, una oblación.
El resultado es que, con ello, ha conseguido la plenitud de la misericordia. Tal es la perspectiva en que sitúa el autor la oblación de Cristo. La introducción de este pasaje no deja ninguna duda al respecto; dice: «No tenemos nosotros un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia… » (4,15-16). Esta introducción no hace más que repetir la afirmación de 2,17-18 que ya he citado antes (Cristo «tuvo que hacerse semejante en todo a sus hermanos, para ser un sumo sacerdote misericordioso… y expiar los pecados del pueblo. Pues habiendo pasado él la prueba del sufrimiento, puede ayudar a los que la están pasando»). Lo que se añade en 4,15-5,10 es la relación entre la misericordia y el sacrificio; la oblación de Cristo es un acto de fraternal misericordia llevada hasta el extremo, que hace de Cristo el sumo sacerdote misericordioso. La oposición entre misericordia y sacrificio, expresada en la frase del profeta Oseas, es totalmente superada en la Pasión de Cristo, que es a la vez e indisolublemente misericordia y sacrificio. La misericordia de Cristo se ha expresado en un acto de oblación; el sacrificio de Cristo ha consistido en un acto de misericordia.
Los evangelios nos muestran que Jesús tenía un corazón misericordioso y que su muerte ha sido un acto de misericordia (él «ha venido…a dar su vida como rescate por muchos», Mc 10,45; «buen pastor”, ha «dado su vida por sus ovejas», Jn 10,15); la carta a los Hebreos revela que este corazón misericordioso es un corazón sacerdotal y que la muerte de Cristo ha sido una oblación gracias a la cual es él «sumo sacerdote misericordioso», una oblación cuyas causa y finalidad son la misericordia. Según la carta a los Hebreos, el resultado de la Pasión es que en la humanidad de Cristo se ha formado un corazón sacerdotal, fuente inagotable de misericordia.
- La relación con Dios: la obediencia del corazón sacerdotal
Para entender correctamente la misericordia sacerdotal de Cristo, no es suficiente considerar su relación con la miseria humana. Hay que observar también cómo se relaciona con la situación del hombre ante Dios. De lo contrario se correría el riesgo de confundir la misericordia sacerdotal con la simple filantropía. La misericordia sólo es sacerdotal si se ejerce con intención mediadora.
El texto de Heb 5,1-10 es especialmente esclarecedor a este respecto. Es precisamente la situación del hombre ante Dios lo que ahí asume Cristo. Su solidaridad con la miseria humana le mueve a presentarse como un suplicante ante Dios. Toma Cristo sobre sí toda nuestra angustia, pero transformándola en intensa súplica y en oblación. El sufrimiento huma-no se convierte de este modo en el paradójico medio de lograr una más perfecta unión de la naturaleza humana con Dios. Cristo «por sus padecimientos aprendió la obediencia» (5,7)
Se distingue aquí otro aspecto del Corazón de Cristo, ampliamente atestiguado por los evangelios y por las epístolas paulinas: el aspecto de su adhesión a la voluntad del Padre. Los sinópticos nos muestran un Jesús que se dedica a anunciar el reino de Dios y a cumplir la voluntad divina. El episodio en que más se manifiesta esta disposición del Corazón de Jesús es el de Getsemaní, cuando, presa del espanto y la angustia, lucha Jesús suplicante y dice: «No sea lo que yo quiero, sino lo que quieres tú» (Mc 14,36par.). El cuarto evangelio insiste varias veces en hacer notar esta actitud de Cristo: «He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado» (Jn 6,38); «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra » ( Jn 4,34; cf. 8,28-29; 14,31).Por su parte, san Pablo presenta la pasión de Cristo como un acto de obediencia que ha reparado las desastrosas consecuencias de la desobediencia original (Rom 5,19) y el himno cristológico de Flp 2,5-11 pone muy de realce la obediencia cumplida «hasta la muerte, y una muerte de cruz». Varios de estos textos patentizan que la obediencia nunca le ha llevado a Cristo a separarse de los hombres, antes, por el contrario, a unirse a ellos para salvarlos (cf. Jn 6,39; Rom 5,19;Flp 2,7).
Muy semejante es la perspectiva de la carta a los Hebreos. La obediencia de Cristo a Dios aparece ahí como un aspecto de su solidaridad con los hombres. Para llegar a ser sumo sacerdote, Cristo «no se ensalzó a sí mismo» (Heb 5,5); no trató de elevarse por encima de los demás hombres, sino que tomó un camino de humillaciones, aceptando el bajar hasta el fondo de la miseria humana. Su obediencia tiene, pues, un aspecto de doble relación, con Dios y con los hombres, correspondiendo por lo tanto a la misión de mediación. Y confiere igualmente a la misericordia el mismo aspecto de doble relación: derivándose de la adhesión al designio divino, la misericordia de Cristo para con los hombres no es simplemente la compasión de un hombre por sus semejantes, sino que es una expresión humana de la misericordia de Dios mismo. Hallamos aquí de nuevo, a propósito de la Pasión, lo que los evangelios nos revelan de la actitud de Jesús en su vida pública: al acoger misericordiosamente a los pecadores Jesús tenía consciencia de estar actuando en unión con su Padre; para responder a las críticas de los fariseos, cita una frase que expresa la preferencia de Dios mismo por la misericordia y les cuenta la parábola del hijo pródigo, en la que se revela el corazón del Padre. El Antiguo Testamento había preparado esta revelación. En él la cualidad de «misericordioso» (Eλεήμωv) es atribuida principalmente a Dios.
Lo que la carta a los Hebreos añade a los evangelios es la revelación del aspecto sacrificial y sacerdotal de la obediencia y de la misericordia. Respecto a la obediencia, el autor se hallaba en la misma situación que respecto a la misericordia: tenía que superar la oposición expresada en el Antiguo Testamento. A Saúl, culpable de indocilidad para con Dios, le hizo Samuel saber que «la obediencia vale más que los sacrificios》(1 Re 15,22). Numerosos textos de los profetas habían insistido después en lo mismo (Is 1,10-16; 29,13-14; 58,1-8; Miq 6,5-8; Am 5,22-24; Jer 6,20;Jl 2,13; Zac 7,4-6) y varios salmos inculcan la misma enseñanza. Uno de los más explícitos es el Sal 40, que expresa el rechazo por Dios de todo género de sacrificios rituales, y dice que, más bien, se ha de «hacer lo que Dios quiere» (40,7-9). La carta a los Hebreos cita ese salmo (Heb 10,5-9), pero supera la oposición expresada en él y añade que Cristo ha hecho lo que Dios quiere al ofrecerse en sacrificio (10,10.12.14).En el misterio de Cristo el sacrificio no es ritual, sino persona1(9,14); obediencia y sacrificio, lejos de oponerse, coinciden perfectamente, lo mismo que la misericordia y el sacrificio. Por ello, la docilidad y la misericordia se revelan como cualidades del corazón sacerdotal de Cristo. Su recíproca vinculación hace de ellas efectivamente unas cualidades de mediador.
- Consagración sacerdotal por transformación del corazón
La aportación más original de la carta a los Hebreos es el aspecto dinámico de sus afirmaciones atinentes a la misericordia y a la obediencia de Cristo. Este aspecto constituye, a mi parecer, el más profundo elemento teológico concerniente al corazón sacerdotal de Cristo. De qué se trata? Para comprenderlo bastará con comparar la frase de Mt 11,29 con las frases de Heb 2,17 y 5,8. En la primera de estas dice Jesús lo que él es: «Yo soy manso y humilde de corazón»; en las segundas, el autor describe un hacerse. Cristo ha tenido que asemejarse a sus hermanos «para hacer-se misericordioso» (Heb 2,17) y ha tenido que sufrir para «aprender la obediencia»(5,8).Tales afirmaciones resultan chocantes, pues equivalen a decir que Cristo no poseía desde el comienzo un corazón sacerdotal, sino que este se le fue formando durante el misterio de su Pasión. Cristo se hizo perfecto sumo sacerdote sólo al final de su Pasión y sólo entonces su corazón se hizo plenamente sacerdotal.¿ No es demasiado atrevido hablar así? ; No, no lo es!, porque las afirmaciones de la carta a los Hebreos expresan con coherencia y profundidad el proceso de instauración de la nueva alianza y nos permiten comprender el decisivo papel que desempeña el Corazón de Cristo.
Según las bien conocidas profecías de Jeremías y de Ezequiel, la nueva alianza debería caracterizarse por un cambio en el corazón del hombre. Dios había prometido escribir su ley en los corazones de los fieles (Jer 31,33) e incluso darles un «corazón nuevo» (Ez 36,26), enteramente dócil a Su voluntad. Ezequiel había precisado que esta maravillosa transformación sería obra del Espíritu de Dios. «Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos» (Ez 36,27). Sabido es que, según la Biblia, el corazón del hombre es el receptáculo del espíritu: esta concepción se comprende con facilidad si se da a «corazón» el sentido de «parte interior» y se recuerda que «espíritu» significa originaria-mente «soplo, hálito, aliento». El aire o soplo de la respiración penetra, efectivamente, al interior del cuerpo deja su oxígeno en la sangre, que en seguida pasa por el corazón. De manera análoga se concibe la acción interior del Espíritu Santo.
La nueva alianza se realizaría, pues, gracias a la acción del Espíritu Santo, que haría al corazón humano dócil a Dios. Ni Jeremías ni Ezequiel explican las circunstancias de tal transformación. Ni uno ni otro menciona a este respecto un acto de mediación ni la figura de un mediador. El autor de la carta a los Hebreos sí que ha comprendido que una alianza nueva sólo podía establecerse sobre un nuevo fundamento. La alianza del Sinaí había sido externa, por estar fundada en un rito exterior al hombre, la inmolación de algunos animales y la aspersión hecha con su sangre (Éx 24,3-8; Heb 9,19-21). La nueva alianza, transformación interior de los fieles, debía fundarse sobre un acto de mediación que llegara al corazón del hombre.
A menudo, al leer la predicción divina expresada por Jeremías: «Escribiré mi ley en sus corazones», no se da uno cuenta de sus presupuestos, que eran terribles. Se imagina uno que la realización de esta promesa no presentaba ninguna dificultad y que una dulce experiencia de unión afectiva con Dios podía ser suficiente. Pero en realidad, una simple emoción es impotente para transformar de veras el corazón del hombre, deforma-do por la rebeldía original. El corazón sólo se transforma realmente en el crisol del sufrimiento, y aun por sí solo el sufrimiento no asegura una transformación positiva, puede también acentuar la rebeldía. Para que dé un resultado positivo, el sufrimiento ha de ser acogido, aceptado de manera perfecta.
Para establecer la nueva alianza era, pues, preciso encontrar un hombre capaz de arrostrar la total refundición de su ser en el «devorador fuego» de la santidad divina. Ningún hombre pecador era capaz de soportar tan tremenda prueba. Al hombre pecador le era imposible acoger en su corazón, de un modo positivo y benéfico, la acción del Espíritu de Dios a través del educador sufrimiento, porque el corazón del pecador era un «corazón de piedra» (Ez 36,26), siempre se resistía, no comprendía, se rebelaba. « ¿Quién arriesgaría su corazón-preguntaba Dios-para llegarse hasta mí?» (Jer 30,21). Cristo se presenta: «He aquí que vengo, oh Dios, a hacer tu voluntad» (Heb 10,9). Y se sometió a la prueba requerida para la transformación radical del corazón del hombre pecador, aunque personalmente no necesitaba tal prueba, puesto que era el absolutamente «sin pecado» (4,15; cf. 7,26; 9,14). Se sometió a la prueba en beneficio de todos, llevando hasta el extremo su solidaridad con sus hermanos (2,14-18).
¿Cómo afrontó él y superó la prueba? Pues presentándose a Dios con toda la angustia humana, en actitud de súplica y de ofrenda. Mediante su intenso suplicar abrió a la acción divina todo su ser de hombre y, en especial, su corazón. A la súplica responde Dios enviando el Espíritu Santo al corazón (cf. Lc 11,13). El autor de la carta a los Hebreos nos enseña que la Pasión de Cristo, que ha comenzado como una ofrenda de plegarias y súplicas (Heb 5,7), acaba como una oblación cumplida gracias al Espíritu Santo. Cristo «por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios» (9,14). La prueba así arrostrada tuvo como resultado que Cristo «aprendió por sus padecimientos la obediencia» y «se hizo perfecto»(5,8-9). Con ello se cumple, en el corazón humano de Cristo, la profecía sobre la nueva alianza: habiendo aprendido la obediencia, tiene Cristo la Ley de Dios escrita de un modo nuevo en su corazón de hombre, según lo predijera Jeremías. El Cristo resucitado tiene el «corazón nuevo» que Ezequiel profetizó, y Dios ha enviado a él su Espíritu. En el Corazón de Cristo, «hecho perfecto» gracias a como ha sufrido su Pasión, se ha cumplido por tanto la nueva alianza.
Hay que añadir que no se trata de un cumplimiento simplemente individual, cuyo valor para los demás hombres sería sólo el de un modelo. En tal caso, el problema no habría quedado resuelto, pues los hombres pecadores son incapaces de imitar a Cristo y de afrontar la prueba con la misma apertura a la acción divina. Realmente, la Pasión de Cristo tiene un alcance universal, funda la nueva alianza, ejerce una acción mediadora en beneficio de todos y constituye a Cristo «mediador de alianza» (8,6; 9,15). Se comprende fácilmente si se tiene en cuenta que la Pasión no ha sido vivida sólo en una actitud de docilidad a la acción de Dios, sino a la vez como manifestación de completa solidaridad con los hombres. La transformación del Corazón de Cristo se ha efectuado en beneficio nuestro. Acaba, pues, haciendo del Corazón de Cristo un «corazón sacerdotal», centro de la nueva alianza. En la perspectiva de la carta a los Hebreos, sólo al final de la Pasión se hace plenamente sacerdotal el Corazón de Cristo. Por supuesto que ya desde su entrada en este mundo había tenido una orientación sacerdotal, como se dice claramente en Heb 10,5-9; sin embargo, para hacerse plenamente sacerdotal hubo de sufrir la transformación sacrificial a la que aspiraba y que alcanzó en su Pasión. Fue entonces cuando llegó a ser «sumo sacerdote misericordioso y fidedigno», entonces cuando su mediación sacerdotal se hizo efectiva. La Pasión de Cristo fue para él una consagración sacerdotal, no ritual sino existencial, llevada a cabo por la acción del Espíritu Santo en su corazón de hombre. Es, en efecto, el impulso interior del Espíritu Santo el que ha dado a Jesús el ánimo preciso para transformar su muerte de condenado en un acto fundador de alianza (acto de perfecta obediencia, a Dios y de completa solidaridad con los hombres).
La acción del Espíritu Santo en la Pasión de Cristo consistió en formar en él para los hombres un «corazón nuevo», un corazón sacerdotal, «hecho perfecto» y capaz de comunicar a todos esta perfección de docilidad a Dios y de solidaridad fraternal que realiza la nueva y eterna alianza.
La doctrina de la carta a los Hebreos está en estrecha relación con numerosos textos del Nuevo Testamento que nos revelan el Corazón de Cristo. Sitúa estos datos en una perspectiva de mediación sacerdotal que los ilumina potentemente. Nótese en particular la estrecha relación que hay entre la doctrina sacerdotal de Heb 9,11-28 y las palabras pronuncia-das por Jesús sobre la copa de vino en Mt 26,28. Todos los términos de este pasaje de Mateo se vuelven a encontrar en el de la carta que presenta a Cristo como sumo sacerdote mediador de la nueva alianza. Para quien reflexione un poco, la institución de la Eucaristía aparece como la más explícita revelación del corazón sacerdotal de Jesús. Desde este punto de vista convendría analizar otros dos pasajes de la carta: Heb 10,19-25,en el que el movimiento de conjunto y los diversos elementos corresponden perfectamente a la celebración de una eucaristía, y Heb 13,10-16,que define el culto cristiano en relación con un altar del que se come y con la santificación obtenida mediante la sangre de Cristo.
Es también observable una sustancial convergencia de la cristología sacerdotal de la carta a los Hebreos con varios importantes textos del cuarto evangelio. El episodio de la transfixión del costado de Jesús, del que brotan sangre y agua(Jn 19,34) atestigua a su modo lo que la carta dice a propósito del sacrificio de Jesús: la Pasión de Cristo ha formado en él un corazón plenamente sacerdotal, del que mana la misericordia. Cabe afirmar que en cierto sentido, la sangre brotada del corazón es verdaderamente lo que caracteriza al sacrificio de Cristo y lo diferencia de los sacrificios antiguos. En efecto, según Heb 9,14,lo que ha conferido a la sangre de Cristo su eficacia redentora es la ofrenda que de sí mismo ha hecho Cristo impulsado por el Espíritu Santo. Todo ha dependido, pues, del corazón, que ha recibido al Espíritu y realizado la ofrenda. El Antiguo Testamento no conocía, en su ritual, este género de sacrificio. Los sacerdotes ofrecían la sangre de los animales, creyendo que su elemental sacralidad aseguraba la validez de la ofrenda. El corazón no desempeñaba papel alguno. En cambio, en el sacrificio de Cristo el corazón humano se abre a la acción del Espíritu y, con ello, un derramamiento de sangre, que era jurídicamente penal pero de hecho criminal, se transforma en sacrificial efusión expiatoria y de alianza.
Una expresión muy profunda de la mediación sacerdotal de Cristo se halla en Jn 17,19: «Por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad» (compárense Heb 5,9; 10, 14; 13, 12).Cotejando esta declaración de Jesús con la frase introductoria del relato de la Cena y la Pasión (Jn 13,1: «Habiendo amado a los suyos…los amó hasta el extremo»),puede comprenderse que la mediación santificante de Cristo es una perfecta realización de su corazón sacerdotal. La carta a los Efesios expone una doctrina similar mostrando la vinculación entre el amor de Cristo, su ofrenda sacrificial y la santificación de la Iglesia (Ef 5,2.25-26). Análogamente, un texto del Apocalipsis (1,5-6) relaciona el amor de Cristo con el perdón de los pecados (prometido en el oráculo de la nueva alianza: Jer 31,34; cf. Ez 36,25; 37,23) y con el sacerdocio de los bautizados (Éx 19,6). El Nuevo Testamento revela, por tanto, de múltiples maneras, el corazón sacerdotal de Cristo, fuente y centro de la Nueva Alianza.
