EL EVANGELIO DEL SUFRIMIENTO

Agonía en Getsemaní
Del libro” Misterio del dolor” Luis María Mendizábal S.J.

Vamos a terminar en esta primera reflexión de la tarde lo que el Papa llama el Evangelio del sufrimiento, el Evangelio de la Cruz. El mismo sufrimiento cristiano, que ad-quiere una calidad nueva, un contenido nuevo por su relación a la Pasión del Señor, tiene una fuerza especial precisamente por la Resurrección. Como veíamos en la Carta a los Filipenses, la participación de la fuerza de la Resurrección es la que nos hace capaces de acompañar a Jesús en el sufrimiento cristiano, porque la actitud de sufrir viene precisamente de la Resurrección. Por la participación de la Resurrección de Cristo tenemos en nosotros el fervor de la caridad, con el cual no sólo sufrimos, no sólo aguantamos, sino que ponemos amor en el sufrimiento, y de esta manera hay una sintonía en nosotros con las disposiciones del sufrimiento redentor de Jesucristo. Esta mañana hablábamos de esta participación en el sufrimiento redentor de Cristo.

El sufrimiento, por otra parte-dice el Papa-, está relacionado con la gloria, está ordenado a la gloria. Y lo muestra con dos expresiones:

  • «El sufrimiento lleva una esperanza de la gloria». La palabra de San Pablo es clara: «No son dignos los sufrimientos de este mundo, de la gloria que tiene Dios prepa-rada para nosotros». Entonces esta esperanza se convierte en un móvil en nuestro mismo sufrimiento. El sufrimiento está creando gloria para después; por tanto, hay una esperanza de la gloria.
  • «El sufrimiento cristiano, bien llevado, lleva una gloria intrínseca». Es esperanza de algo que va a venir, pero que en sí mismo es una glorificación. Para iluminar el significado de esta expresión un tanto paradójica creo que puede servirnos el recordar que para San Juan la muerte de Cristo es ya glorificación de Cristo. No sólo Cristo será glorificado después de su muerte, sino que su muerte es ya glorificación, porque su muerte es la expresión más plena de su propia dignidad.

¿Cómo podemos desarrollar un poco este doble concepto? El Papa lo hace de esta manera: a la perspectiva del Reino de Dios, al cual entramos por el sufrimiento, está unida la esperanza de la gloria, cuyo comienzo está en la Cruz de Cristo. La Resurrección de Cristo, como veremos en las meditaciones siguientes, ha revelado esa gloria. En la Resurrección de Cristo se nos revela lo que es la glorificación a la diestra del Padre. Y así en la Resurrección resplandece esa gloria, que en tiempos de sufrimiento parece estar nublada. San Ignacio dice que en la Pasión parece esconderse la divinidad, que luego, en la Resurrección, se manifiesta tan milagrosamente. La Resurrección, pues, revela una gloria que parecía nublada por la grandeza del sufrimiento. En el momento del sufrimiento, uno se siente totalmente despreciable, totalmente incapaz, impotente. En este sentido, la Resurrección es manifestación de la gloria que corresponde a la elevación de Cristo mediante la Cruz. Cristo muriendo, luego es glorificado: «El que me siga en la pena (San Ignacio, en los Ejercicios, pone en labios de Jesucristo, Sumo Capitán, esta palabra) me seguirá también en la gloria». La Cruz es como despojo a los ojos humanos, humillación, pero es elevación ante Dios, y éste es el aspecto de la gloria intrínseca de la Cruz. Puede sorprender que Jesús diga, en el Evangelio de San Juan: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre». «Padre, glorifica tu Nombre»; y una voz del Cielo responde: «Lo he glorificado y lo glorificaré todavía» (Jn 12,28). Y cuando esta voz resuena, se refiere a la muerte de Jesús en la Cruz; es la glorificación de Cristo. ¿Cómo se puede entender esto?

Creo que este concepto es muy bello y muy importante. La Cruz, despojo humanamente, es ante Dios la manifestación más alta del hombre, es elevación del hombre; porque en la Cruz Cristo cumple su misión. La Cruz es el cumplimiento pleno de la misión de Cristo. Por tanto, podemos decir que es la cumbre de su realización. Y aquí viene un concepto del cual fácilmente abusamos con un sentido aparentemente humanista, o invocadamente humanista. Con mucha frecuencia se plantea como ideal de la vida humana y vida cristiana la realización del hombre: «Yo, por encima de todo, tengo que realizarme». Llega a la vida del matrimonio, y el marido tiene que realizarse, y la mujer tiene que realizarse. Y hay ocasiones en las cuales dice una mujer: «Yo necesito trabajar en tal cosa, porque, de otro modo, no me realizo»; y en el mismo ambiente psicológico se insiste en que cada ser se realice.

Es un término muy delicado que yo no voy a juzgar pasando a todos por el mismo nivel, pero que es muy delicado desde el punto de vista cristiano. Porque fácilmente se subordina un servicio de Dios verdadero a una realización proclamada. Es claro que el hombre debe realizarse, por ejemplo, en el matrimonio: pero debe realizarse en la vivencia del matrimonio, no al margen. No como diciendo: yo me voy a casar, pero asumo los compromisos del matrimonio salva mi realización, y mi realización, en el fondo, muchas veces es una expresión del propio egoísmo. Es mi realización. Yo tengo que mandar, tengo que aparecer ante los demás triunfante; si no, yo no me realizo. Este es un campo muy delicado.

La realización verdadera de Cristo se hace en la Cruz; es donde realiza plenamente la misión que el Padre le ha confiado. Es verdad que yo debo buscar mi realización; pero debo buscar mi realización en el cumplimiento de mi misión; que ésa sea mi realización; que yo no guarde el nombre de realización para la defensa de mis pasiones y diga que he de realizarme, satisfaciendo mis inclinaciones, mis pasiones desordenadas. Hay mucha gente que está deprimida y culpa de ello a que no se realiza, y no se realiza porque no acepta su camino. Subordina lo demás a su realización. En el campo del matrimonio quiere decir que yo me realizo amando a esta persona, y si no me realizo amando a esta persona, yo no debo unirme en matrimonio con esta persona.

No que esto sea espontáneo y no haya que trabajarlo. ¡Atención! Que en eso también se están cometiendo errores graves, diciendo que cuando se acaba el amor ya no vale el matrimonio; eso no es verdad. De ahí viene que a los primeros obstáculos se toma el camino de una separación, cuando en realidad todo camino de amor tiene obstáculos, y si no hay superación de obstáculos no hay realización en el amor. Los obstáculos son camino de maduración en el amor, y no inmediatamente signo o demostración de falta de amor, y no camino de abandono de la línea del amor.

Pues bien: la Cruz es así. El momento en que Él se ofrece al Padre, en el despojo total de la Cruz, es el momento supremo de la realización de Cristo. Como El mismo dice en el capítulo 12 de San Juan, cuando ante la cercanía del enorme sufrimiento de la Pasión que se le viene encima siente profunda turbación: «El que ama su vida, la pierde; el que odia su vida en este mundo, la guarda para la vida eterna; el que me sirva, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Ahora mi alma está turbada (corresponde en cierta manera a la agonía de Getsemaní: «mi alma está triste hasta la muerte»). ¿Y qué voy a decir?; ¡Padre, líbrame de esta hora!» . Y sigue con una exclamación impresionante: «¡Pero si he llegado a esta hora para esto!». ¡Pero si es mi hora! ¡Si yo me he hecho hombre para esto!; ¡Cómo voy a decir que ahora me libre, si he venido para esto!

Estas palabras yo las repetiría en muchísimas ocasiones a muchísima gente. Viene el momento de la dificultad, de la incomprensión momentánea; dicen: ¡Líbrame de esta hora! Pero ¡si has venido para esto! ¡Si esto es lo que madura el amor! ¡Si aquí es donde es necesaria la fuerza del amor! ¡Aquí, ahora!

Es incomprensible que se haya llegado a decir que, en determinadas circunstancias, como el hombre ya no puede amar a su mujer porque está enferma (o la mujer a su marido), tiene derecho a unirse a otra, porque tiene derecho a amar. Eso es incomprensible desde el lenguaje del verdadero amor. El amor es algo más serio. La realización de una persona se hace en el amor, pero en el amor que sabe inmolarse, que sabe entregarse, que sabe afrontar las dificultades sin ceder automáticamente, pensando que ya no puede realizarse, sino que se realiza precisamente trabajando diligentemente la solidez y delicadeza del amor, que requiere mucho vencimiento, y mucha oración, y mucha entrega de sí mismo, y mucha humildad, ¡humildad!, y no simplemente una exigencia.

Pues bien: la Cruz es la plena realización de Cristo. Cumpliendo la voluntad del Padre se realizó a sí mismo. En la totalidad de su amor inmolado reveló la paternidad de Dios y el Amor Misericordioso del Padre. En la debilidad de la Cruz manifiesta su poder. Y en la humillación, toda la grandeza moral del hombre. Este es un aspecto impresionante. La grandeza moral del hombre se manifiesta en la dureza del sufrimiento. Por tanto, ser llamado a sufrir es serlo a manifestar la grandeza moral de la persona, su madurez espiritual. Es la prueba que dan, por ejemplo, los mártires y los confesores de Cristo. En los mártires de la fe, incluso en los que, sin creer quizá en Dios, sin creer al menos en Cristo, dan la vida por la Verdad, por una causa justa, se confirma la gran dignidad del hombre. No cabe duda de que imponen respeto. Precisamente a través del martirio aparece su grandeza, y los admiramos porque vemos su temple heroico: ¡Hay que ver qué figura, qué dignidad la de esa persona!

Pues bien: a nosotros nos sucede lo mismo en las dificultades de la vida y en los sufrimientos. Es para nosotros como un martirio hacia el que el Señor nos llama para manifestar la dignidad interior, la dignidad moral.

La Resurrección de Cristo, al par que revela gloria del siglo futuro, lo que Él nos tiene revelado, también con-firma el honor intrínseco de la Cruz. Confirma la gloria que se contiene en el sufrimiento mismo de Cristo. Es el esplendor de esa honra interior que se refleja también en nuestro sufrimiento, como expresión de la grandeza espiritual del hombre. Es un valor interno de la Cruz, del sufrimiento, esta relación con la gloria en ese doble aspecto: esperanza de gloria futura y gloria intrínseca actual de la dignidad en ella del hombre.

San Pablo también presenta al sufrimiento cristiano como una prueba por la cual tenemos que pasar. Ya veíamos en el Libro de Job este aspecto de prueba, pero aquí es una prueba cristiana, a veces muy dura. San Pablo suele hablar de esa paradoja: la debilidad y la fuerza; y repite que nuestra debilidad suele manifestar y revelar la fuerza de Dios. Realmente es así. Él dice que «sentía en sí el estímulo de la carne, el ángel de Satanás que le abofeteaba». Pero luego, «para que esa grandeza de las elevaciones de Dios no le ensoberbeciera», dice: «Se me ha dado un estímulo a mi carne: el ángel de Satanás que me abofetea》. Qué quería decir San Pablo con esta expresión es discutido por los comentaristas y por los teólogos. En alguna ocasión se ha dicho que ese estímulo significaría el estímulo de la carne, la sensualidad que le apretaba. Dios le había agra-ciado con dones y comunicaciones altísimas. Había sido elevado hasta el tercer cielo y había contemplado misterios de los que al hombre no le es lícito hablar. Se ha dado, pues, esta interpretación: que después de todas esas elevaciones sentía en sí el aguijón de la carne. En sí no es absurdo, ni mucho menos. No hay que creer que por haber llegado a ciertas experiencias espirituales quede exento de tentaciones de la carne, sobre todo tentaciones espirituales, como son las que pueden venir de Satanás.

Pero otros creen que ese estímulo a su carne eran las tribulaciones y desprecios a los cuales era sometido; muy principalmente, la incomprensión y persecución por parte de los judíos. Debía de ser doloroso ciertamente -quizá le pasaba a Él eso-que cuando enseñaba el mensaje que traía como apóstol y contemplador personal de misterios altísimos, le despreciaban; y quizá le dijeran que habían venido otros mensajeros de la fe, que hablaban mejor que él, que decían que él era una persona despreciable y casi les hacían avergonzarse de ser discípulos de Pablo. Esto es muy doloroso. Cuando uno anuncia el Evangelio y predica la doctrina de Cristo y vienen otros a decir que eso está pasado de moda, que son antiguallas, etc., esto duele mu-cho. Y creen algunos que esto era lo que a él le hería terriblemente: el que le desprestigiaran ante la gente. Según estos comentaristas, a eso lo llamaría él el estímulo a mi carne, el ángel de Satanás que me abofetea. Que Dios lo permite para que yo no esté satisfecho de mi doctrina, de la experiencia que he tenido, por la humillación que lleva consigo. Y entonces dice: «Tres veces pedí al Señor que quitara de mí ese ángel de Satanás», que me librara de eso. «Y el Señor no accedió a mi petición, sino que me dijo: Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en tu debilidad». Precisamente en ese sentirse impotente, en ese sentirse a veces poco estimado, poco apreciado, ahí es donde se manifiesta la fuerza de mi palabra. Cuando tú estás insatisfecho de ti mismo, cuando tú sientes la impotencia de tu palabra, ahí actúa la fuerza de mi gracia: «Te basta mi gracia, porque la fuerza de Dios se manifiesta en la debilidad del hombre». Y esta paradoja la repite San Pablo en muchas ocasiones: La debilidad del hombre y la fuerza de Dios.

La hemos de sentir nosotros muchas veces. Quizá una de nuestras cruces más grandes es la percepción de nuestra fragilidad. En muchos campos. Partiendo del de la propia perfección, en la cual tantas veces experimentamos que, a pesar de nuestras buenas voluntades, a pesar de nuestros esfuerzos, estamos lejos del ideal cristiano que hemos entrevisto y deseado en determinados instantes de nuestra vida espiritual. Entonces siente uno la flojera, la incapacidad; que es la que puede llevarnos a la actitud de desaliento y de desesperanza. Y, sin embargo, es el momento de confiarnos a la fuerza de Cristo.

La fuerza de Cristo actúa en la humillación y en la debilidad del sufrimiento y de la Cruz. San Pablo lo experimentó y San Pablo anuncia y proclama que lo experimentan todos los que participan en los sufrimientos de Cristo. Dice el Papa: «Si en la debilidad suprema de la Cruz se cumple la elevación de Cristo, confirmada con la fuerza de la Resurrección, esto significa que la debilidad de todos los sufrimientos humanos puede ser penetrada por la misma fuerza de Dios manifestada en la Cruz y resurrección de Cristo». En este sentido, sufrir significa hacerse particularmente abierto a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios, por nuestra impotencia misma; y hay que creer en la fuerza del Señor.

«En Cristo, Dios ha mostrado que quiere actuar especialmente por medio del sufrimiento». Esto es verdad. Quiso librarnos por la Cruz, por el sufrimiento que es debilidad y despojo del hombre, que lo debilita y lo humilla. Una de las grandes cosas del sufrimiento es que humilla al hombre; le humilla, porque además le hace depender de los demás, y tiene que pedir socorro y ayuda, y eso es humillante. Y Dios quiere manifestar su fuerza precisa-mente en esa debilidad y en ese despojo del sufrimiento.

Además, en el sufrimiento hemos de ver una especial llamada a una virtud que tenemos que ejercitar, que es la perseverancia. Lo que pone a prueba el sufrimiento es la perseverancia. Hay que cuidar esa perseverancia al soportar lo que molesta; aguantar poniendo amor. Tener presente la frase de San Juan de la Cruz: «Donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor».

Con ese soportar, con la perseverancia, surge, brota la esperanza, que en nosotros mantiene un convencimiento. Yo no me desespero, yo mantengo viva la esperanza de que no prevalecerá el sufrimiento, de que no será lo definitivo, que no privara de su dignidad al hombre, que le dará la viveza del sentido de la vida. Ese sentido se manifiesta junto con la conciencia de la acción del amor de Dios. Lo dice San Pablo en la Carta a los Romanos (Rom 5,5): «Porque la caridad de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.» Esa acción de la gracia del Espíritu Santo corona la perseverancia y la esperanza; esa esperanza que no confunde, puesto que la gracia de Dios ya está actuando en nosotros.

El valor mayor del sufrimiento cristiano es el de completar la Pasión de Cristo. Vamos a decir unas palabras sobre esta expresión de la Carta a los Colosenses: «Ahora me alegro en mis padecimientos por vosotros». Está muy claro. En el libro de L. Cerfaux El cristiano según San Pablo se hace notar que San Pablo se atribuye unas funciones redentoras semejantes a las de Cristo; pero, evidentemente, dependientes de Cristo. Pero es curioso que utiliza terminología semejante a la que se atribuye a la acción redentora de Cristo. Y aquí tenemos un caso: «Me alegro ahora de mis padecimientos por vosotros». Ese por vosotros es el sentido redentor. San Pablo, cuando habla de Cristo, dice que murió por nuestros pecados, por nosotros. La Iglesia lo repite: que se hizo hombre y murió por nuestra salvación; ese «por» (byper) significa siempre en favor de nosotros, por nosotros, significa amor redentor a nosotros. Pues bien: esto se lo aplica San Pablo a sus propios sufrimientos: «Me alegro de mis padecimientos por vosotros», de lo que yo padezco por vosotros. Sentido redentor participado de los sufrimientos de la Pasión, «completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia». Nos va a ocupar como materia de meditación esta gran palabra de la Carta a los Colosenses. Y en otra ocasión pregunta a los destinatarios: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?». Por tanto, podemos deducir: «¿Que vuestros cuerpos doloridos son miembros de Cristo?». «Estáis cumpliendo lo que falta a la Pasión de Cristo por su cuerpo (sus otros miembros), que es la Iglesia». ¿Qué quiere decir este cumplir, completar lo que falta a la Pasión de Cristo?

Por su obra redentora, Cristo ha establecido la unión con el hombre en la comunidad de la Iglesia. Cristo ha fundado la nueva humanidad, en la cual Él se une a cada hombre y los hombres se unen entre sí en la comunidad eclesial, en eso que llamamos y es el Cuerpo de Cristo, la Esposa de Cristo. El misterio de la Iglesia se expresa en que ya desde el momento del Bautismo, que nos configura con Cristo, y luego a través de la Eucaristía, la Iglesia se edifica espiritualmente de modo continuo como Cuerpo de Cristo. Hablábamos en otro lugar de la unidad de todos los hombres; ahora hay una unidad especial, concreta, que es la Iglesia: la unidad del Cuerpo de Cristo por el Bautismo, y luego, especialmente, por la Eucaristía: «Que, fortalecidos con el Cuerpo y Sangre de tu Hijo y llenos del Espíritu Santo, seamos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu» (Canon III de la Misa).

Las palabras de la Carta a los Colosenses indican el carácter excepcional de esta unión. El que sufre en unión con Cristo, gracias a esta unión no sólo saca de Cristo la fuerza de la que ha hablado preferentemente, sino que completa con sus sufrimientos lo que falta a los padecimientos de Cristo. Este es el misterio. En este marco evangélico se pone de relieve la verdad sobre el carácter creador del sufrimiento. El sufrimiento es una fuente crea-dora. El sufrimiento cristiano, evidentemente; no la mera materialidad de sufrir, sino el sufrimiento unido a la actitud cristiana de sufrir, es creador. El sufrimiento de Cristo creó el bien de la Redención del mundo: «Por tu Santa Cruz redimiste al mundo». Este bien es inagotable.

Es verdad que ninguno de nosotros puede añadirle nada al mérito y satisfacción de Cristo. Por eso vamos a ver si entendemos bien qué es completar. Completar se podría entender que El ofreció, pero no llegó al nivel y hace falta completarlo; fue un buen acto, una «cantidad» buena de mérito; ahora lo que hace falta es añadir más, completar más en ese sentido para que llegue al nivel justo. Tal interpretación es falsa, no podemos nosotros añadir nada a ese bien inagotable e infinito.

Pero a la vez, en el misterio de la Iglesia como Cuerpo suyo, Cristo, en cierto sentido abre el propio sufrimiento a todo sufrimiento del hombre; el sufrimiento del hombre entra en El, y a su vez El impregna todo sufrimiento del hombre. Podríamos quizá utilizar esta imagen para que lo entendamos. El mérito de Cristo, la riqueza salvadora de Cristo, los sufrimientos de Cristo han obtenido todo, son perfectamente suficientes y, por tanto, nadie puede añadir-les nada más; pero vendría a ser como una gran fuerza de energía nuclear, de una central nuclear. Ahí está toda la energía necesaria; si luego yo pongo otros elementos: transformadores, máquinas, etc., no añado energía, sino que completo, en el sentido de que llevo a cumplimiento esa energía que existe, y esa energía es la que mueve, es la que actúa esos otros instrumentos-medios por los cuales esa energía llega a cada uno y realiza las funciones a las cuales está destinada. Todo eso que yo añado, ese transformador, no añade energía a la energía nuclear, pero «completa”, y por cierto utilizando la misma energía, aquella fuerza de energía nuclear, para llevarla a su actuación total.

Es una imagen imperfecta, indudablemente, pero que puede dar un poco de luz. Toda la energía de la Redención de Cristo no está dedicada a quedarse como en sí misma, sino que ella es la que produce las realidades cristianas en cada uno de nosotros que participamos de la energía de la pasión de Cristo; y nos hace vivir al unísono con la pasión de Cristo, llevando a pleno desarrollo esa fuerza que el Señor nos ha adquirido por su pasión.

En este sentido, pues, todo sufrimiento humano ha sido acogido por Cristo. Él lo ha vivido en su corazón. Pero no por eso deja de existir en mí. Cuando existe en mí, yo tengo que tomar las actitudes de Cristo para vivirlo en mí. Diríamos que el ideal divino es que no haya realidad sufriente, que no haya consecuencia alguna dolorosa del pecado original, que no sea vivida con la actitud sufriente de Cristo. La vivo teniendo yo en mi corazón las actitudes de sufrir de Cristo. Entonces estoy unido al sufrimiento de Cristo. Me uno a Él, particularmente en la Eucaristía, por-que en la Eucaristía se perpetúa la actitud de la inmolación cruenta de Cristo. Él se está ofreciendo en la Eucaristía con la misma actitud cordial de la Cruz. Por la Eucaristía participo de la caridad inmolativa de Cristo, que me hace informar de amor el sufrimiento que tengo. Así «cumplo en mí lo que falta» no como riqueza que se añada, sino lo que es necesario que se cumpla en mí de la pasión de Cristo por el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

La Iglesia es la unión de todos aquellos en los cuales el sufrimiento humano es vivido con la fuerza redentora del sufrimiento de Cristo. El Papa lo expresa de esta manera: «En el misterio de la Iglesia, Cristo ha abierto en cierto sentido el propio sufrimiento redentor a todo sufrimiento del hombre. En cuanto el hombre se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo, en tanto a su manera completa aquel sufrimiento mediante el cual Cristo ha obrado la redención del mundo». Lo une, es el complemento. E1ha tomado mi sufrimiento, pero yo ahora vivo el sufrimiento que yo tengo, con la actitud del mismo Cristo. Y de esa manera se completa, se realiza en todo el Cuerpo de Cristo, el misterio de la Redención del Señor.

Y lo aclara el Papa preguntándose: «Esto quiere decir que la Redención de Cristo no es completa?». Y se responde: «No, no es que no sea completa la Redención realizada por Cristo; esto significa sólo que la Redención realizada en virtud del amor satisfactorio permanece constantemente abierta a todo amor que se expresa en el sufrimiento humano. Está siempre irradiando en todo amor con que se lleva el sufrimiento humano. Está irradiándose en todo corazón cristiano; y en esa dimensión, la Redención ya realizada plenamente se realiza en cierto sentido constantemente».

Esta sería la presentación del sufrimiento cristiano. De este modo, con esa apertura a todo sufrimiento humano, Cristo ha obrado la Redención del mundo, y esa Redención, realizada plenamente en el sufrimiento de Cristo, vive y se desarrolla en la historia del hombre. Esa Redención está en nosotros, sigue actuando en nosotros, nos mueve; pone en nosotros amor como el de Cristo. Lo completa como la Iglesia completa a Cristo; no le añade la Iglesia a Cristo, pero la Iglesia es Cuerpo de Cristo; la Iglesia es instrumento de Cristo; todo lo que tiene la Iglesia de bien lo ha recibido de Cristo, pero es instrumento de redención con Cristo. Precisamente esa manera de colaboración fundamental es a través de nuestra oblación redentora; la Iglesia aprovecha los recursos de la Redención introduciéndola en la vida de la humanidad; es la dimensión en la que el sufrimiento de Cristo es completado constantemente por el sufrimiento del hombre.

En toda la visión del dolor, éste es el momento culminante. A través de todo cuanto hemos visto en la historia de la Revelación desde Job hasta entrar en Cristo. Cristo que se acerca al sufrimiento humano, Cristo que asume el sufrimiento, Cristo que ofrece su vida en el momento de la Cruz y Cristo que da valor redentor al sufrimiento humano con su Redención. La fuerza más grande de la Redención consiste en dar valor redentor al sufrimiento humano.

Llegamos a la cumbre y al final sintetiza el Papa lo que llama el «Evangelio del sufrimiento»: sus últimos pensamientos son estos dos: el Evangelio del sufrimiento, modélicamente concentrado en María, y la parábola del Buen Samaritano, como modelo de nuestro acercamiento al sufrimiento humano.

En Evangelio del sufrimiento lo anuncia mostrando primero la figura doliente de la Virgen y luego el valor del sufrimiento humano. El sufrimiento humano tiene su suprema expresión en el sufrimiento de la Virgen: el sufrimiento de colaboración. Es consolador que, al lado de Cristo, en primer plano está siempre María, su Madre. Y es consolador por el testimonio que da con su vida entera al Evangelio del sufrimiento. En Ella, los numerosos sufrimientos se acumulan con tal conexión y relación que, siendo prueba de su fe inquebrantable, fueron también una contribución a la Redención de todos. Y esto lo sabemos cómo verdad cierta. Para Ella es una prueba, pero es una contribución a la Redención. María es socia del Redentor. En realidad, desde el primer coloquio de la Anunciación con el Ángel, María entrevé su destino a compartir de manera única con Jesús, y Ella lo acepta: está unida hasta el fin a Jesús. La confirmación le viene pronto, tanto por los acontecimientos que acompañan en Belén al nacimiento de Jesús -la pobreza, el abandono, la huida a Egipto-cuanto por el anuncio formal del anciano Simeón, cuando le profetiza que la espada que atravesará a Cristo atravesará también su corazón. Están muy unidos los dos en ese camino de la espada del dolor que les va a atravesar; la espada que atraviesa a Cristo es la misma que le atraviesa a Ella. Y luego-después de todos los acontecimientos de la vida pública, después de los acontecimientos que sin duda la Virgen compartió en toda su sensibilidad materna-, en el Calvario, el sufrimiento de María alcanza un vértice supremo, difícilmente imaginable en su profundidad desde el punto de vista humano, pero fecundo sobrenatural-mente. En efecto, el subir al Calvario, el estar a los pies de la Cruz junto con el discípulo, es su participación especialísima en la obra redentora de Cristo. Las palabras que escuchó de labios de Jesús fueron como una entrega solemne de este Evangelio, que hay que anunciar a todos los pueblos: «Ahí tienes a tu hijo». Fíjate bien: es tu hijo. Son como los dolores de parto para dar a luz a ese Hijo.

Los demás testigos también se unieron al sufrimiento de Cristo con la compasión, y son títulos especialísimos los que ellos tienen para cumplir lo que falta a la Pasión de Cristo.

Jesús anunció este Evangelio del sufrimiento. Nunca escondió que su seguimiento iba acompañado de sufrimiento. Lo dijo claro: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». Y les anuncia: «Y os perseguirán»; «si a mí me han perseguido, a vosotros también os perseguirán». Anuncia que encontrarán múltiples persecuciones y múltiples dificultades; les alienta a que tengan confianza; que ni un solo cabello de su cabeza perecerá; «con vuestra paciencia salvaréis o compraréis la salud de vuestras almas» (Lc 21,19). El Evangelio del sufrimiento está claramente expresado. Es un llama-miento al valor, a la fortaleza, a la confianza en el Señor para seguir adelante.

La Iglesia lo ha vivido así. A lo largo de toda la historia de la Iglesia encontramos figuras de grandes santos enamorados de la Cruz de Cristo. Entre ellas, cómo no citar a San Francisco de Asís, a San Ignacio de Loyola, que han aprendido en la contemplación de la Cruz este Evangelio del sufrimiento. Siempre, repito, evitando pensar que el cristianismo sea dolorismo. Pero es nítido el cristianismo en anunciar que el seguimiento de Cristo es un seguimiento por la Cruz. Esto es lo que dice Jesús: «Tome su cruz y sígame». De esta manera llegan a la grandeza espiritual y madurez espiritual tantos de esos santos que encontramos en la Iglesia.

¿Cuál es la postura de la Iglesia y la nuestra respecto del que sufre? Esto lo expresa el Papa con la parábola del buen samaritano. En esa parábola se indica qué hay que hacer con el sufrimiento y se vitupera a todo el que pasa de largo junto al que sufre. Nos dice la parábola que pasó un sacerdote sin mirar, sin detenerse. Luego un levita y también pasó de largo. Sin embargo, el buen samaritano es sensible al sufrimiento. Y dice el Papa: «El buen samaritano es todo hombre que se para junto al sufrimiento de otro, de cualquier género que sea». Y cada cristiano debe ser un buen samaritano.

Ahora, ¿qué hace el buen samaritano? Primero, contempla el sufrimiento; segundo, se conmueve por el sufrimiento, y tercero, pone remedio al sufrimiento. Ahí tenemos como los tres pasos de la postura cristiana frente al sufrimiento. El sufrimiento personal es un sufrimiento redimido cuyo valor uno conoce, pero que no hace que pase junto al otro y le diga que aprenda a sufrir, sino que la lección evangélica lleva, precisamente como parte de esa lección del sufrimiento, a mirar, conmoverse y remediarlo en lo posible.

¿Cómo lo va a hacer? A título personal, con los medios personales, a través de instituciones posibles organizadas, como sea. Pero es necesario que no se reduzca a unas organizaciones, sino que dentro de las organizaciones esté la mirada y la conmoción del corazón. Es necesario participar en el sufrimiento del hermano con una cordial cercanía a él, y entonces sí se vive la disposición y la actitud del buen samaritano.

Creo que con esto tenemos una visión de esa carta del Papa sobre el valor y el sentido cristiano del sufrimiento humano. El sufrimiento es una gran riqueza. Se comprende que termine diciendo que «el sufrimiento de los cristianos es un tesoro para la Iglesia», que «la Iglesia cuenta con ese sufrimiento, que completa lo que falta a la Pasión de Cristo». Pero, al mismo tiempo, la Iglesia, llena de caridad y de amor, se inclina a todo sufrimiento humano mirándolo con corazón conmovido para tratar de poner remedio a ese sufrimiento humano.

Así, pues, lejos de todo dolorismo, de una especie de exaltación del sufrimiento, de una especie de obsesión por el dolorismo, la Iglesia sabe que debe hacer cuanto pueda para evitar los sufrimientos del mundo, para sanar los sufrimientos del mundo, mitigar los sufrimientos del mundo, pero valorando al mismo tiempo eso que puede ser una llamada de amor del Señor que nos acerca a su Hijo en la Cruz, para que participemos con El del valor redentor de su sufrimiento.