Del libro” Misterio del dolor” Luis María Mendizábal S.J.
Llegamos a esta última reflexión para concluir nuestros Ejercicios. Voy a escoger como tema, dentro de este Misterio de Resurrección en un retiro sobre el sufrimiento, una escena que en cierta manera lo sintetiza: la aparición de Jesús a los discípulos de Emaús. Es una obra de arte de San Lucas en el capítulo 24. Y creo que sintetiza la gran lección del sufrimiento, de la Cruz iluminada por la Resurrección, y al mismo tiempo nos muestra esta vida actual, fruto de la Muerte y Resurrección de Cristo y su connotación eclesial. Parece que San Lucas ha querido recoger y sintetizar todos estos aspectos.
Cuando nos acercamos a estos Misterios de Resurrección en el Evangelio llama la atención el comportamiento de Jesús, distinto del de su vida pública. En el sentido de que, en los relatos de la Resurrección, incluso en esos más ampliados de San Lucas y de San Juan, no aparece la actividad de milagros de Jesús. Jesús no se caracteriza por hacer milagros. Hay un hecho que parecería contradecir mi afirmación: creo que no puede llamarse milagro estrictamente hablando, ni como tal lo presenta el Evangelista, la pesca a la orilla del lago de Tiberíades, cuando Jesús les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis, y echaron la red y la sacaron llena de 153 peces grandes» (Jn 21,6). Ese hecho no me atrevería a decir que está presentado como milagroso, sino que se presenta como misterioso. Esto sí; es un hecho que San Juan contempla como verdadero misterio. Hay un misterio ahí: el misterio de la pesca en la vida de la Iglesia, que recoge y lleva a los pies de Cristo la humanidad a través del ministerio de Pedro. Pero no se trata de milagro. Esto es significativo.
Creo que una explicación la tenemos en que los milagros en el período de la vida mortal de Jesús son signos, verdaderos hechos prodigiosos, pero son signos de la Redención. La curación del ciego significa la luz de la fe, la nueva luz que el Señor trae al mundo; la curación del paralitico significa que Jesucristo es salud; la resurrección de Lázaro significa que Jesucristo es resurrección y vida. Al fin y al cabo, signos de la redención: él cura tomando sobre sí esas enfermedades. En esas señales está significándose la salvación.
En cambio, en la Resurrección, en lugar de signos, el Señor comunica el fruto de la Redención ya hecha. Su palabra es: «La paz sea con vosotros». Y la paz es la síntesis de los bienes mesiánicos. Transmite, comunica la pacificación de su Resurrección. Da el Espíritu Santo: «Recibid el Espíritu Santo». Ya está transmitiendo el fruto de la Redención. Esta será la gran misión de la Iglesia. La obra de la Iglesia es transmitir el fruto de la Redención. Ser portadora. Es verdad que la Iglesia, en ocasiones, aún hará milagros, signos, de una manera muy discreta, en circunstancias muy especiales, como anuncio, como preparación. Pero la obra de la Iglesia no es hacer milagros. La obra de la Iglesia es transmitir la Salvación, comunicar a los hombres el cono-cimiento y el amor de Cristo, y en Cristo, al Padre. «Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti y al que has enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Es lo que aparece en estas escenas de la Resurrección.
Los Misterios de la Resurrección nos ponen ante los ojos La vida nueva que el Señor nos ha adquirido. Comprobábamos esto, sobre todo en San Lucas y en San Juan. Quieren describirnos esa vida nueva en relación personal con Cristo. Esa vida nueva es en el fondo transmitirnos, comunicarnos la vida misma de Cristo a través de su Espíritu. Y así como la divinidad en Cristo glorificado invade ya toda su humanidad, a través de ella, hecho Espíritu vivificante, nos comunica la gracia santificante, el fervor de la caridad, que son los elementos de esa vida nueva. Por eso la Iglesia, en la liturgia de la Pascua que se ocupa de estos misterios, suele exhortarnos e inducirnos a que pidamos la unidad de la caridad, la vida nueva; que caminemos en una vida nueva. Es lo que debe ser una vida cristiana. Es la espiritualización de la vida cristiana. De nuevo, no una especie de separación, una especia de segregación de la vida real, sino la calidad de esa vida real que queda espiritualizada, impregnada de la manifestación de la caridad de Dios en los hombres.
Vamos a considerar uno de estos hechos: el encuentro con los discípulos de Emaús. San Lucas cuenta cómo el mismo día de la Resurrección, dos discípulos iban a una aldea distante de Jerusalén unos doce kilómetros, llamada Emaús. Iban hablando entre sí de todos los acontecimientos en torno a la muerte de Jesús. Los acontecimientos de la pasión, del dolor, de la cruz, de la humillación de Jesús. Este es el hecho; iban caminando así. Creo que contiene ya una lección para nosotros. Es algo que nos refleja, porque nos pasa continuamente que vamos por la vida caminando, hablando, comentando, y el objeto de ese comentario suele ser, de ordinario, los disgustos que uno recibe, la situación desastrosa en la cual se encuentra. Es el comentario y la reacción a la presencia del sufrimiento. Es una especie de retrato de nuestra vida.
Ellos son discípulos de Jesús. Por lo menos se consideraban discípulos de Jesús, en cuanto que habían asistido a su predicación, habían participado en su vida. Creían ser discípulos del Señor y creían también haber aceptado las enseñanzas del Señor. En realidad, como pasa a veces, y nos pasa a nosotros, habían entendido muy poco y no habían aceptado las enseñanzas de Cristo. Es tan frecuente en nuestra vida que nos acerquemos al Evangelio con nuestras ideas preconcebidas, con nuestros planes, con nuestra manera de pensar y de ver. Entramos en el Evangelio y lo interpretamos según nuestra manera de ver. Hace falta una gran docilidad. Por eso es conveniente que alguien nos diga las coas; es más difícil entonces el interpretarlas a nuestra manera. Pero cuando uno se cierra a solas con el Evangelio y entra en su consideración, muy fácilmente lo lleva al cauce de su propio pensamiento. Esto hay que tenerlo presente y ponerse un poco en guardia. Muchas veces es el miedo que produce ver grupos que se ocupan del Evangelio por su cuenta. Es muy importante que haya alguna persona autorizada que vele por la rectitud del pensamiento evangélico. Porque de otro modo se interpreta con criterio subjetivo preconcebido, como uno quiera, v. gr., los pobres, la pobreza en la Iglesia. Es evidente que el Señor protege y privilegia a los pobres; requiere de nosotros pobreza de espíritu, nos manda distribuir rectamente las riquezas, etc. Pero la interpretación de qué es esa pobreza y de que sus palabras favorecen a los revolucionarios, o cosas semejantes, es muy poco fundada en el Evangelio. La experiencia dice elocuentemente que es muy frecuente el que cada uno lo interprete a su manera.
Este es el caso de estos discípulos, creían entender al Señor. En el fondo no habían hecho más que irse confirmando en su idea de que el Mesías debía ser vencedor, triunfador de sus enemigos; debía llevar a su pueblo a la victoria contra todos los invasores, colonizadores, etc., y claro, como tenían esa idea, habían concebido un Cristo, un Mesías sin cruz. ¡Cuántas veces el Evangelio recalca la idea que ellos tenían del Reino de Dios, que debía ser establecido por Cristo! Y dice repetidas veces el Evangelio que cuando Jesús les hablaba de que sería entregado a los enemigos y de que éstos le matarían, ellos no entendían una palabra. De manera que hay en nosotros como un filtro. Yo observo esto: que hoy día se lee mucho el Evangelio, pero cada vez menos del Evangelio. Es decir, que uno va haciendo como una especie de filtro del Evangelio. Hay páginas que le gustan y otras a las que da de lado. Entonces se aferra a las que le gustan, y las invoca y enarbola incluso como armas; y quizá lucha con otro que también enarbola el Evangelio. Entonces uno habla de la horizontalidad y otro de la verticalidad. Y ambos invocan el Evangelio. En realidad, el Evangelio dice que hay que atender a los que tienen hambre y que hay que hacer oración y mortificarse. Hay que leer todo el Evangelio. Y suele suceder que vamos al Evangelio a ver si el texto sagrado confirma mi modo de pensar. Cuando encontramos un texto que nos parece confirmativo, besamos el Evangelio y lo enarbolamos contra quien no piense como nosotros. Cuando tropezamos con textos que van contra lo que pensamos, o los ignoramos simplemente, dejándolos resbalar, o tratamos de desvirtuarlos para eximirnos de sus exigencias; por ejemplo, insistiendo en que está pasado, en que hay que sujetarlo a una explicación, en que hay que repensarlo, está condicionando por los tiempos y cosas semejantes. Es muy difícil, por tanto, el llegar al Evangelio de veras, dispuesto a escucharlo, con oídos abiertos para dejarse guiar por la palabra verdadera de Dios.
A los de Emaús les había pasado esto, y de ahí les viene la crisis. La crisis suele venir en nosotros de una falsa inteligencia de la vida, que no está iluminada por la luz del Evangelio. Hemos imaginado falsamente lo que será el ideal de la vida cristiana y no esperamos tales desenlaces. A los dos de Emaús, cuando Jesucristo muere en la cruz, se les viene por tierra todo lo que habían creído entender. Les parece que éste no puede ser el Mesías, el Mesías no podía terminar de esta manera. Y entonces entran en una enorme crisis… Situación lógica cuando no se ha entendido bien el camino de Dios.
Y esto nos acecha porque somos perseverantes en seguir guiándonos por luces de carácter mundano en la misma vida evangélica. Y vuelve a brotar la mundanidad, y es el triunfo, y el éxito, y el poder, y el acogotar y ahogar a los enemigos, etc.
Hay otro elemento que entra aquí y que me parece también característico en nuestra vida. Como consecuencia de esa crisis de fe, cuando han perdido la fe y la esperanza y están desesperanzados se separan de la comunidad apostólica. Ellos dejan la comunidad del Cenáculo. Creo que esto es también real en nuestra vida ordinaria. Cuando comienza ese tipo de crisis, muy frecuentemente se achaca la culpa a la comunidad eclesial, es decir, a la Iglesia. Falta de comprensión de las cosas, falta de iniciativa, como están anclados allá…; y entonces ellos deciden seguir el camino por su cuenta. Se separan de la comunidad, desconfían de la comunidad eclesial y van a buscar ellos su propio futuro.
Estos son los dos de Emaús. Se separan de la comunidad eclesial, incluso para formar una pequeña comunidad entre ellos. Y esto es ya pura imaginación, pero me parece que sería interesante el que pudiéramos acercarnos a escuchar-los. Lo único que San Lucas nos dice es que «iban hablando entre sí de todos esos acontecimientos». Pero digo que sería interesante oír su conversación. Muy probable-mente, dado ese espíritu, ¡cómo pondrían a los del Cenáculo! Los pondrían verdes. ¡Aquellos hombres anquilosados, encerrados allí, sin iniciativa, sin futuro, incapaces de tomar una decisión como hay que tomarla en ese momento! Toda una crítica a los que estaban en el Cenáculo esperando, y achacándose a sí mismos la valentía del paso que estaban dando. Había que saber tomar una decisión. Nosotros la vamos a tomar. Hay que reconocer las cosas. Esto ha sido un fracaso. Pues ahora hay que intentar caminos nuevos.
Querría decir con esto que muchas posturas críticas y fanfarronadas de iniciativa son un encubrimiento del desaliento personal. En el fondo, lo que hay es un desaliento personal. Estos están hundidos. Lo recubren con una especie de capa de decisión; pero están hundidos materialmente. Es la actitud humana ante el sufrimiento y el dolor, cuyo sentido no se ve.
Estaban bajo la impresión de la muerte de Cristo, que había roto sus proyectos. No había sido fracaso para Cristo, pero sí para sus proyectos. Entonces, como sucede con esas personas así hundidas, lo único que hacen es dar vueltas siempre a las mismas ideas y a los mismos acontecimientos: ¿Qué ha pasado? ¿Has visto qué fracaso? ¿Cómo ha sido posible esto? Esto es típico del hombre desolado, que vuelve y revuelve sus propios problemas, los acontecimientos. Curiosamente, la figura de Cristo desaparece del horizonte de esos discursos. Ya Cristo no cuenta. Esto es propio del momento de desolación. Está uno muy cogido con los oleajes, con las cosas; pero la figura de Cristo se ha borrado.
Siempre volvemos a aquella imagen tan hermosa de Jesús apareciéndose a los Apóstoles en medio de la tempestad de la noche; ellos se asustan, empiezan a gritar, temiendo que sea un fantasma, y Jesús les dice: «No temáis, yo soy». Y Pedro le dice: «Señor, si eres tú, ¡manda que vaya a ti por encima de las olas!». Y Jesús le dice: «Ven». Eso es lo significativo de la llamada de Cristo, de una vida en Cristo. A nosotros nos gusta ir al Señor, pero después que se ha hecho la calma, después que han cesado las olas y el temporal. Lo que nos preocupa inmediatamente es cal-mar el temporal. Y, sin embargo, es absurdo esperar a que se calme el temporal para ir a Cristo. Lo que tenemos que aprender, o lo que nos enseña el Evangelio, lo que nos enseña el mismo Cristo, es ir hacia El por encima de las olas; por encima, no haciendo desaparecer las olas. Y así se lo dice a Simón Pedro. «Ven». Y Simón Pedro, con valentía, se echa al agua, empieza a caminar, y camina sobre las olas porque tiene la mirada en Cristo y la confianza en El. Pero el ruido de las olas y el silbar del viento le asustan; entonces separa su mirada de Cristo, se fija en el oleaje y empieza a ponderar el peligro; le entra vértigo y empieza a hundirse.
Eso es lo que les pasa a estos dos: han perdido su mirada en Cristo. El oleaje, los acontecimientos, les producen vértigo; no entienden y se están hundiendo. Y ahora es cuando Jesús va a venir para sacarlos. Esto lo podemos ver en nuestra propia situación, en muchos momentos de nuestra vida.
Cuando estaban así, Jesús se les acercó. Ellos no le reconocieron. En estas escenas quiere el relato evangélico señalar que Jesús se acerca. El acercarse de Jesús es algo que nosotros experimentamos también en nuestra vida. A veces solemos decir: Percibo a Dios muy cerca. Otras veces decimos: Siento a Dios lejos. Me siento muy alejado de Dios. Es verdad, hay algo experimental, hay algo verdadero. Jesús está presente en nosotros, pero nos sentimos cerca o lejos, depende. En este momento, Jesús se les acerca, pero no podían reconocerlo. Los relatos evangélicos quieren recalcarnos que no basta que Jesús se haga ver para que el hombre realice ese encuentro de fe con El, sino que es necesario que el hombre reconozca. Y no basta ver para reconocer. Sino que el reconocer supone una actuación especial de la fe. Ellos no le reconocen. No es que Él se disfrace, sino que no le reconocen. Vemos por nuestra vida misma real que el reconocer es una función mucho más compleja que el ver. Incluso, en casos patológicos, el enfermo ve al que le visita, pero no le reconoce; lo está viendo y nos parece sorprendente, pero el reconocer, en efecto, es una función más compleja. Ellos le ven, pero no le reconocen porque tienen los ojos como vendados, les falta la disposición interior de apertura, de esperanza, de confianza en Dios, de entrega a Él, de creer en El, y Él les va a preparar poco a poco.
Cuando se acerca a ellos sin que le reconozcan, Jesús abre el diálogo con ellos, toma la iniciativa. Viene precisa-mente a consolarles; consolarles en el sentido pleno de la palabra. No sólo a decirles unas palabras de aliento, sino a comunicarles la consolación de la gloria de Cristo, confirmarlos en la fe, darles la riqueza de una vida íntima. Viene a eso, lo va a hacer; pero los va a ir preparando poco a poco. Jesús, dirigiéndose a ellos, les dice: «Qué discursos son estos que vais haciendo entre vosotros mientras camináis? Ellos se detuvieron entristecidos». Jesús les pregunta. Jesús quiere el diálogo, quiere conocer nuestras necesidades por nuestra confesión. No porque lo necesite para saberlas. La vida de oración no hay que entenderla como si con ella nosotros informáramos a Dios de algo que Él no sabe. Pero una cosa es que Él sepa y otra que se lo comuniquemos. Es distinto como postura interior. Y la oración no
es simplemente que Dios sepa, sino que yo me descubra a Dios, le abra a Dios mi corazón, mis preocupaciones. Es distinto. Hay una visión negra de esos problemas cuando los miro en mi corazón. Entonces Jesús nos invita a abrir-nos a Él. Así se lo dice a éstos, como notando la cara de preocupación que llevan: «Qué conversación es ésa, qué discursos, ¿de qué estáis hablando? ¡Estáis tan tristes! ¿De qué estáis hablando entre vosotros mientras camináis?”. La frase la tenemos que entender con este matiz. Los discursos los hacen entre ellos. Es típico del hombre que se autonomiza de Dios. La desolación tiende a eso; la opresión del sufrimiento nos lleva a centrarnos mucho en nosotros mismos, en nuestras preocupaciones, en las soluciones que podemos dar a nuestras preocupaciones. Y los discursos los hacemos «entre nosotros», es decir, con la gente que participa de la misma preocupación. Entre gente que tiene la misma concepción humana del sufrimiento. Esto nos ocurre muchas veces. «¿Qué discursos son esos que hacéis entre vosotros mientras camináis?».
En el orden espiritual, muchas veces es así. Empieza a tener uno dudas de fe, y consulta a otro que tiene las mismas dudas. Tiene uno problemas de familia, y ve a otro que también los tiene. «Entre ellos», y claro, de ahí sale poca luz. Pero es muy normal, muy nuestro, muy humano. Jesús se lo echa en cara: «¿Qué discursos son esos que traéis entre vosotros mientras estáis caminando?». Parecéis preocupados. Y ellos le contestan: «Pero ¿cómo? ¿De qué vamos a hablar? ¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido en Jerusalén estos días?». O sea, el objeto de la preocupación es lo que ha sucedido, los hechos, los acontecimientos; y, por cierto, vistos con un criterio humano, con el criterio con que lo ve la gente. Jesús les dice: «¿Qué? ¿Qué ha pasado?». Es la postura de Jesús, que quiere sacar y que pregunta, no para saber, lo repito, sino para que ellos se abran a Él. Esta pregunta la dirige muchas veces a todos los hombres: «¡Cuéntame lo que te pasa!». Pero ¿por qué se lo voy a contar al Señor? Porque las cosas cambian cuando se presentan a la luz de Cristo. ¡Cuántos problemas resolveríamos mejor si en lugar de discutirlos simplemente entre marido y mujer se los contáramos a Cristo los dos juntos! Contárselos a Él. Para escuchar la respuesta que viene de la luz de Cristo. No sólo la que viene de la susceptibilidad de cada uno de los que discurren y de los que conversan, sino preguntando a esa luz del Señor. ¡Señor, quiero contarte lo que nos está pasando! ¡Vamos a contárselo al Señor! Y cuando uno se lo cuenta al Señor, el Señor habla de muchas maneras.
Aquí, en este paso evangélico, tenemos el diálogo exterior a través de los sentidos; pero es que lo hace también interiormente. Y nos deja desahogarnos; pero luego, sobre ese desahogo nuestro, El proyecta la luz evangélica, la luz de la fe, y nos desarma a todos, porque nos introduce en el proyecto divino.
¿Qué ha hundido a estos hombres? La presencia del sufrimiento, de la Cruz, ha roto todos sus criterios y categorías. Jesucristo lo va a remediar: primero llevándolos a que se lo digan, y cuando se lo digan, Él les pondrá el dedo en los puntos dudosos, vulnerables, para hacerles entender que les falta la comprensión de la Cruz, y les iluminará sobre el sentido de la Cruz. Esto es lo que hace también ahora con nosotros. Por La acción del Espíritu Santo enviado por Él nos va iluminando con su doctrina, transmitida por la Iglesia, acerca del sentido de la Cruz, del sufrimiento que nosotros consideramos negativo, sin sentido, deprimente y que en realidad es camino de progreso espiritual.
Pregunta, pues, Jesús: «¿Qué es lo que ha sucedido? Decídmelo, contádmelo». Ellos le contestaron: «Pues lo de Jesús Nazareno. Nosotros lo oíamos, lo seguíamos, creíamos que era un gran profeta y lo aceptamos. De eso no tenemos la menor duda, porque, como todo el mundo, hemos visto los signos que hacía. Era un gran profeta en obras y en palabras, ante Dios y ante todo el pueblo. Pero nosotros creíamos más, nosotros llegamos a concebir la esperanza de que fuera el Mesías, mucho más allá que profeta. El que esperábamos, el Mesías, el Mesías-Rey.
Llegamos a concebir esa esperanza. Y ahora, ¿qué pasa? «Pues que se nos ha ido, porque lo han agarrado sus enemigos, lo han atormentado, lo han matado en cruz. Se nos ha hundido todo».
En su concepción, este final no tenía sentido. Esto rompe todos sus esquemas. Es verdad que ellos tenían dentro algo; algo les quedaba: si resucitaría al tercer día; pero para ellos esa resurrección, si se diera, sería a la manera de la resurrección de Lázaro, significaría un volver a la vida temporal para seguir llevando adelante los ejércitos de Israel y dar la gran batalla. O sea, que quizá les quedara esa esperanza: la posibilidad de que volviera a la vida, de que la muerte hubiera sido un momento, un bache, pero que volviera a la vida. Y entonces terminan diciendo: «Ya son tres días que han pasado estas cosas, y ¡nada! ¡Es verdad que algunas mujeres han ido y dicen que no estaba en el sepulcro, e incluso que habían visto unos ángeles que les dijeron que estaba vivo, pero a Él no le han visto!». La fuerza de la crisis está en que la idea de Resurrección que parece vislumbrarse en esas palabras era de una resurrección a la vida temporal. Por tanto, s la resurrección era a la vida temporal, era a la misma condición de antes. Y si era a la misma condición de antes, no podía por menos de vérsele. Y si no le ven, todo eso son fantasías. «¡A Él no le han visto!». Es el grito final de la desesperanza.
Jesús les escucha como lo hace a nosotros. Podemos desahogarnos con El. Le agrada que con sinceridad le expongamos nuestros problemas con claridad, en voz alta. Porque al expresar nuestra crisis, muchas veces a la luz del espíritu, en la presencia del Señor, se nos hace tangible que es una crisis que no corresponde a la luz del amor. Muchas veces, conforme me voy expresando, pues casi me quedo sin palabras. Yo mismo he vivido muchas veces este diálogo:
“Usted me dirá que no tengo fe, usted me dirá que no consta así en el Evangelio… Sí, claro que se lo digo. ¡Ah! ¡Es que no se puede vivir de fe! ¿Pues de qué vamos a vivir? De fe hay que vivir. ¡Es que, si me arguye usted con la fe, entonces me quita todas las armas! Pues mire, no sé si se las quito, pero que tiene usted que iluminarlo todo con la fe, eso es exigencia del orden mismo de las cosas, que tenemos que ver en su valoración real».
Jesús les escuchaba con paciencia, sin interrumpirles; es paciente con esa paciente escucha que necesita tanto la gente. Es importante que no le censuremos desde el primer momento y que no nos precipitemos, sino que le dejemos hablar, por más disparates que haya dicho en su discurso. Jesús está escuchando con interés hasta que llega el momento. Y cuando terminan de hablar, les dice: «Sois necios y tardos de corazón para entender las Escrituras». Aquí está la clave: sois tardos de corazón para entender la Palabra de Dios, para entender los caminos de Dios y no confundirlos con los caminos propios. «Pero ¿no habíais entendido que el Mesías tenía que sufrir y así entrar en su gloria?». Formulación clara del misterio del sufrimiento que hemos ido viendo a lo largo de estos días. El Mesías tenía que salvarnos por el sufrimiento; no por la victoria aplastante, sino por el sufrimiento de la cruz. Con su sufrimiento nos ha redimido. Por el sufrimiento redentor de Cristo nos viene el torrente de agua viva. Y Jesús desarrolla la gran lección sobre el sentido del sufrimiento redentor. A partir de Moisés, siguiendo por todos los Profetas -la Ley y los Profetas-, les fue hablando y demostrando cómo se anunciaba el sufrimiento redentor de Cristo, el Mesías. Lo que les parecía contrario al ser del Mesías era precisamente su misión fundamental. Muriendo nos dio la vida. Así debía entrar en su gloria. La lección del sufrimiento y la lección de la cruz. La Sabiduría de Dios. Ellos le escuchan embelesados por la luminosidad de su discurso, que les hacía ver que realmente el Mesías tenía que morir y así entrar en la gloria.
Esta es la obra que hace Cristo con nosotros, también ahora, a través de las enseñanzas de la Iglesia; a través de las inspiraciones interiores nos va iluminando para entender el camino de Cristo, y conforme vamos entendiendo el camino de Cristo, que Él nos hace entender por su comunicación personal, el corazón se enardece de amor. Es la Palabra de Dios que nos enciende. Y conforme se iban enardeciendo los dos, el camino se les hace breve, llegan ya al lugar donde tenían que pasar la noche y se lo indican: “Nosotros nos quedamos aquí». «Y El hizo ademán de seguir adelante». En el Señor no hay ficciones. Quiere decir en ese ademán que su presencia no se agota con el acompañamiento de los caminantes, sino que Él está en la gloria y está en el tiempo. El que conduce a la Iglesia entera a todos los fieles no se reduce a ninguno en concreto. «Pero ellos le forzaron a quedarse. Quédate con nosotros, le dijeron, porque ya la tarde empieza a caer». Se está haciendo tarde. ¡Quédate con nosotros, que anochece! que empieza a atardecer. Y se quedó «y entró para quedarse con ellos». Es la palabra de San Lucas.
Vemos el proceso: la Palabra de Cristo les ilumina en la fe y en el sentido de la Cruz. Ellos acogen esas palabras sobre el sentido de la Cruz y se adhieren personalmente a Cristo. Sin saber que es el Cristo; pero ya están pegados a Él. Están enardecidos y se sienten unidos a Él. Y entonces, estando así unidos a Él, no quieren separarse y le piden que se quede con ellos. Y El entra para quedarse con ellos. No sólo para un momento, sino que Jesús quiere quedarse definitivamente con ellos. Entró para quedarse con ellos para siempre.
Y tiene lugar la fracción del pan. Cenar juntos, y EI tiene el gesto de la bendición lo mismo que en la Ultima Cena, el gesto de la fracción del pan, término técnico en San Lucas para designar la Eucaristía. Y al bendecir y partir el pan con las palabras de acción de gracias, palabras de consagración, «se les abrieron los ojos y ¡le reconocieron!». El momento del reconocimiento es la Eucaristía. Estamos en plena Iglesia. La predicación de la palabra, la palabra de la Cruz y la adhesión a Cristo presente y la Eucaristía. La Eucaristía, que es como el fogonazo del amor a cuyo resplandor ellos le reconocen. La Eucaristía se convierte en un haz de luz que hace brillar el rostro de Cristo y le reconocen; y en aquel mismo tiempo desaparece. Desaparece no quiere decir que deja de estar con ellos. Significa que ya no estaba al alcance de sus sentidos; como indicándonos antes que al lado de la presencia eucarística lo que los sentidos pueden captar tiene menos importancia. Lo importante es la presencia verdadera de Cristo resucitado en la Eucaristía. Ahí está presente. Aun cuando yo no lo vea. Aun cuando El deje de estar al alcance de mis sentidos. Es también importante para nosotros, para toda la vida eclesial, la estima de la Eucaristía. No como algo espectacular, teatral, que está acompañado siempre por una especie de percepción experimental de los sentidos, que sienten la presencia del Señor. Pero en realidad está El con nosotros y agradecemos esa presencia del Señor.
Y en ese mismo momento le reconocen y se quedan mirando uno al otro. Y la expresión es: «¡Qué tontos hemos sido!»; pero «¡no es verdad que estaba ardiendo nuestro corazón cuando nos hablaba?»; pero si era tan claro que jera El! ¿Cómo es que no le hemos reconocido? Es así, la palabra verdadera del Señor enciende el corazón, pone dentro fuego. En cambio, muchas veces, en ese momento, no se es reflejamente consciente de que el calor existe y viene de esa presencia de Jesús. Pero Él lo hace así. Él pone fuego dentro del corazón. «Nuestro corazón ardía cuando nos explicaba las Escrituras». En efecto, el Señor les ha ido a buscar como buen pastor; les ilumina sobre el sentido de la Cruz; ellos se enardecen de amor, y a la luz de la Eucaristía-actuación de las disposiciones interiores de Cristo en la entrega de la Cruz-, en la Eucaristía, le reconocen. E inmediatamente vuelven a la comunidad eclesial. Cesan todos los prejuicios que habían almacenado e inmediatamente van al Cenáculo a unirse al grupo de los Apóstoles, a integrarse en la jerarquía eclesial.
Esto es lo que hará en nosotros también la viveza de nuestra fe en Cristo. A medida que nuestra fe en Cristo sea pura, sea ardiente de amor, sentiremos un impulso a adherirnos a la Iglesia. Esa especie de dicotomía: «Cristo, sí; la Iglesia, no», nunca viene de la presencia del Espíritu Santo. Viene de un modo humano; en el fondo, muchas veces por soberbia, pues creemos no necesitar de nadie y menos de algo que pensamos es tan imperfecto como la Iglesia. Uno es más perfecto; no necesita de esos medios. Ese no es el camino del Señor. Cuando el Espíritu Santo llena nuestro corazón, nos lleva inmediatamente al recurso humilde a la Iglesia, a adherirnos a la Iglesia.
Que sea también esto lo que nos suceda a nosotros al término de estas conversaciones. Ojalá el Señor nos haya hablado también en el corazón. Ojalá el Señor, viniendo a nuestro encuentro, nos haya iluminado sobre nuestra vida, donde tanto conversamos sobre el sentido de los acontecimientos, muchas veces olvidando la presencia de Cristo, y tanto hablamos de los sufrimientos del mundo de hoy. Ojalá comprendamos la lección del sufrimiento: el sentido cristiano del sufrimiento humano. ¡Que lo entendamos! Y que lo que parecía que para nosotros era la crisis fundamental se convierta en el camino del encuentro con Cristo, que culmina en la Eucaristía, donde Cristo, inmolado y glorificado, nos comunica la riqueza de la caridad y del amor que nos lleva a unirnos más a la Iglesia, a amarla filialmente y a hacernos instrumentos dentro de la Iglesia del Amor misericordioso del Señor.
