El misterio del Corazón de Cristo, aprended de mí

Del libro” Vivir de veras con Cristo”, Luis María Mendizábal. S.J.

Lo que te falta

El mundo de hoy está necesitado del Corazón de Cristo, pero no lo sabe y le parece que no. Entonces la gran tarea es decirle a esta persona que está hundida quizás en la desesperación, a esta persona que está alejada de Dios y hundida en el materialismo, a esta persona que en el fondo está inquieta y desgraciada, y es desgraciada en el corazón: «Mira, lo que te falta es conocer el Corazón de Dios, el Corazón de Cristo. Lo que te falta es conocer su misericordia, conocer el amor con que Él te envuelve, te ama, con que Él ha dado su vida por ti. Que eso va a ser su felicidad.  Y transmitir a esos hombres lo que necesitan y dárselo discretamente, sencillamente. “Mira, ahí tienes a ese Jesús que tiene Corazón, Él te ayudará”.

Mirar suavemente su amor

A esa gente sencilla sí, y a gente que sufre dejarle una imagen del Corazón de Jesús sí, gente que tiene tormentos interiores, inquietudes, dejársela y decirle: «Mírela, y mire cómo Jesús le mira con amor, que sea una mirada como que descanse en su Corazón».

¡Cuántas veces, cuántas inquietudes y cuántas turbaciones se han ido suavizando de esa manera! En momentos de turbación y de agitación, tener una imagen del Corazón de Jesús a la cual mirar suavemente, mirar a su Corazón como dejándose penetrar por el amor que eso significa y que se dirige a uno mismo, descansando en el Corazón del Señor.

Como una piscina enorme

Por eso tenéis que establecer vuestra morada actual y perpetua en ese Corazón de Cristo. Ahí aprenderéis todo, ahí aprenderéis el Corazón del Padre y ahí aprenderéis las inmensas virtudes de Cristo; porque ese Corazón es como una piscina enorme donde uno se sumerge. Ahí puede refugiarse y sentirse rodeado por todas las virtudes del Corazón de Cristo que necesitamos continuamente en nuestra vida y que se nos contagian, se nos dan como don verdadero que viene a sanar una impotencia nuestra.

Grandes almacenes de las riquezas divinas

De ese Corazón, de ese acto redentor, de la Redención de Cristo, del amor redentor de Jesucristo viene a nosotros, se nos comunican los torrentes de misericordia y de gracia. La misericordia en orden a nuestra miseria, y la gracia en orden a la santificación. El mundo necesita misericordia, nosotros necesitamos misericordia. Y gracia, gracia, don del Espíritu Santo, santidad. Necesitamos virtudes. De ese corazón abierto gracias a la redención de Cristo se nos comunican los torrentes del Corazón de Cristo. Y esos tesoros son las virtudes que necesitamos, los dones del Espíritu Santo, el don del mismo Espíritu, los frutos del Espíritu.

Podemos ir a Él: «Venid aquí y comprad gratis, gratis cuanto podáis desear». Mucho más que todos los almacenes humanos son «los grandes almacenes de las riquezas divinas», a las cuales podemos tener acceso por la herida abierta de Jesucristo, por su amor redentor abierto a nosotros.

De tal manera que yo puedo decir de veras a Jesús: «Señor, en tu corazón lo encuentro todo, Tú eres todo para mí. Fuera de ti, ¿qué quiero yo?; ¿Qué necesito yo?».

Es como si tuviera de todo en uno de esos grandes almacenes. Para qué voy a ir a una tiendecilla donde no tienen apenas nada de nada, cuando aquí tengo eso mismo, en grado y en calidad extraordinaria, superior y en abundancia, ¡y gratis!

Es el océano infinito de todas las virtudes. «Corazón de Jesús, en el cual están todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios». «Corazón de Jesús, océano infinito de misericordia», y ahí es donde uno se pierde.

Los altos hornos

Ese acudir a Él con nuestras pequeñeces es muy importante.

En una ocasión, un empresario que tenía unos altos hornos para el acero, para construcción del acero, fabricación del acero, me invitó amigablemente a ver sus instalaciones, y disfruté mucho viendo cómo está eso montado, cómo han mejorado técnicamente las cosas, porque yo conocía de niño los altos hornos, y era muy sucio y poco atractivo. Ahora las cosas están muy bien montadas. Pero lo que más me llamó la atención y me hizo mucho bien espiritual es que la gran preocupación que ellos tenían siempre era comprar chatarra, comprar chatarra. De modo que había una sección solamente dedicada a buscar chatarra y a comprar chatarra. Y estando allí con él le llamó por teléfono un hijo suyo que estaba fletando, en Venezuela, un barco de chatarra que llegaría en tal ocasión a Bilbao para que lo recogieran. Y bien, me dijo: «¡Ah, pues es una gran noticia!, porque tenemos que buscar en todo el mundo la chatarra». Y venía la chatarra, la descargaban, la cogían, la echaban en los hornos y salía el acero nuevo. Y dije: «Miré, eso es. Esos altos hornos son el Corazón del Señor, y Él va buscando chatarra: nuestras imperfecciones, nuestros pecados. Pero los recoge, los recoge todos, y lo echa en el horno, en el horno de su Corazón ¡y sale más amor, más misericordia!, más refinada la misericordia, más refinada».

Pues bien, algo así es real, eso es verdad. Y esa es la Eucaristía, ir allí a ofrecerle al Señor la chatarra, ofrecerle a Él para que arda más en misericordia, ofrecérselo.

Entrar en un inmenso océano

Tenéis que habituaros a sumergiros en el Corazón de Cristo. Tenéis que haceros pequeñas, lo suficientemente pequeñas para entrar por la herida

del Corazón de Cristo. Pero entrar es como sumergirse, entrar en un inmenso océano, en un mar, y perderse en ese mar: mar de bienaventuranza, de amor, de lealtad, de fidelidad, de paciencia, de mansedumbre…. ¡de todo lo que necesitamos nosotros! ¡Para todo eso que nosotros necesitamos, ¡ahí tenemos el remedio!

Nunca cesó de amarnos

 

«El que nunca cesó de arder en amor a los hombres», ¡nunca! El Amor siempre amó a los hombres. No ha habido un instante de la existencia de Cristo en que no nos haya amado, nunca, ni un instante. Porque el primer instante de Jesús fue su oblación por nosotros, siempre nos amó. Y el Padre siempre nos amó, no hubo nunca… Por eso, el Corazón de Cristo nunca latió sin amarme. Ese es el Corazón redentor de Cristo. […] Es el Corazón del que me amó siempre, del Esposo que me amó siempre, que nunca titubeó en su amor. Por mucho que yo haya sido infiel, Él siempre me sigue amando siempre. “Nunca cesó de amarnos”.

Heriste mi corazón

Ese costado abierto y ese Corazón de Cristo herido nos quiere mostrar que el amor de Cristo siente nuestra ingratitud, siente el pecado del mundo, siente, le llega al Corazón. Eso no se ve, pero se hace visible por la herida. Cuando vemos el costado abierto de Cristo tenemos que ver que esas ofensas no han sido solo una causa física, sino que el Señor lo ha sentido en su Corazón, la ingratitud del hombre, la ofensa del hombre, el mal del hombre.

Pero esa herida interior se da porque antes Él haba sido herido de nuestro amor, es decir, había sido presa de nuestro amor. Como se dice en el Cantar de los Cantares: «Heriste mi corazón, amada mía, heriste mi corazón». Esa herida es la herida del amor, la herida del sentirse enamorado.

Las heridas interiores

Y ahí está la raíz de todo. Si en Cristo vemos lo que vemos en Él, su inmolación hasta la muerte, su obediencia al Padre, todo eso arranca en el fondo de que nos ama, de que fue herido de nuestro amor. Y porque fue herido de nuestro amor, nuestro desamor le hiere, porque está herido de nuestro amor. Y la herida de la cruz es visibilidad de estas heridas interiores.

Ahí lo tenemos todo

Tenemos, pues, todo en el Corazón de Cristo, todo. Y teniéndolo todo, uno siente como esa paz y satisfacción de quien nadie le puede arrebatar su tesoro.

Clave de interpretación

Nuestro corazón tiene que estar donde está nuestro tesoro, que es Jesús, que es el Corazón del Señor. Y ahí tiene que encontrar como una especie de punto fijo hacia el cual orientarse, que es algo que le ilumina y le acompaña siempre, y que en todas partes le da la clave de interpretación de lo que sucede. Todo lo ve desde ese Corazón del Señor: todos los acontecimientos del mundo, la historia, los problemas que surgen sin saber muchas veces la interpretación precisa y concreta, pero sí que le hace abandonarse en la seguridad de que todo está regido por el Corazón de Jesucristo.

Sumergirse en las virtudes del Corazón de Cristo

Esto vale muchas veces hasta para el examen o la atención particular que uno presta a algunos defectos, (examen particular de sus defectos). Muchas ve-ces nos quedamos en un nivel que es casi de contabilidad: he cometido estas faltas y propongo no cometerlas más. Creo que puede ayudar mucho eso, más que el mero contar las faltas que he cometido y proponer remediarlas, es de vez en cuando sumergirse en la virtud contraria del Corazón de Cristo, sumergirse en Él. Rezumar esa bondad contraria del Corazón de Cristo, la caridad o la humildad o la generosidad, y dejarse como impregnar de ella, pidiéndole al Señor que con la fuerza de su Espíritu la vaya sellando, marcando en nosotros, que la vaya haciendo madurar en nosotros para que produzca esos frutos de santidad. Y presentar muchas veces la virtud contraria del Corazón de Cristo como reparación de nuestra falta de virtud, presentarla al Padre: Padre, te ofrezco la caridad del Corazón de Cristo por mi falta de caridad. Te ofrezco la paciencia del Corazón de Cristo por mis impaciencias. Te ofrezco la humil-dad del Corazón de Cristo por mi soberbia, por mi vanidad, etc.

Aprended de Mi

Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quisiera revelar, pero para eso ¿qué tenemos que hacer? Acudir al Hijo. Y entonces Jesús añade inmediatamente: «Venid a mí todos los que estáis agobiados» y los que os sentís cansados en el camino de la vida. «Venid a mí», y extiende sus brazos y abre su Corazón, porque a lo que invita es al abrazo de su amor. «Venid a mí». ¡A mí! ¿Qué significa ese “a mí”? «Venid a mí todos los que estáis agobiados», que ¡yo os puedo aliviar! Yo os aliviaré, yo os salvaré. ¿Cómo? «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». Dios es mansedumbre y humildad. Dios es Amor, y el amor es mansedumbre y humildad, y si no, no es amor.

Es lo que nosotros celebramos en la fiesta del Corazón de Jesús, el amor redentor. Sentimos su llamada, nos dice: «Venid a mí». Y; ¿cuándo dice más Jesús «venid a mí y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» que cuando en la cruz nos muestra su corazón y nos dice «aprended de mí, que soy manso humilde de corazón»? Os amo hasta la humillación suprema de la cruz, hasta dar mi vida, y dando mi vida, os ofrezco la vida, los torrentes de gracia que brotan de mi corazón.

Y aquí está el gran principio: el Señor abre su Corazón a quien le suplica que se lo abra, pero no abre su Corazón a quien no se lo pide porque cree que no lo necesita.

Nadie puede entrar en Dios si Dios no le abre su corazón, por muy inteligente que sea. Nadie puede entrar en la intimidad de Dios si ÉÎ no le abre su corazón. Y Él nos abre su corazón por Cristo, por el Corazón de Cristo.

«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». La cumbre de la caridad en su mansedumbre y humildad es la oblación sangrienta de la cruz con su grito de perdón y la efusión del Espíritu Santo.

Es un último grado de la mansedumbre y humildad del Corazón de Cristo, expuestas a nosotros en la cátedra de la cruz, porque la mansedumbre y humildad se patentizan al afrontar las injurias, las ofensas y los dolores. El amor de Jesucristo se muestra manso y perdonador en medio de la tempestad del Calvario, respondiendo a las injurias, a las afrentas y a las heridas con la palabra del perdón y el ofrecimiento de su propia vida. Encarnación de la mansedumbre y humildad de Dios, que, ofendido y despreciado por el hombre, responde a este con la locura de amor infinito que es la Encarnación y Redención. El costado abierto, efecto del odio humano, es el cauce de los torrentes de gracia y salvación con que inunda el amor de Dios a los mismos que le hirieron.

“Aprended de mí”, dice al hombre el costado abierto de Cristo inmolado.

Causa de nuestra alegría

El Corazón de Jesús es la causa de nuestra alegría, la fuente de nuestra alegría, porque sabemos que Él nos ha salvado, sabemos que Él nos ama, sabemos que Él cuenta con nuestra vida. Sabemos que esa vida nuestra unida a la suya es fecunda, aun cuando nosotros no veamos en este momento su fecundidad. Y sabemos que Él nos espera siempre como lugar de misericordia y de descanso para nuestro corazón.

Es muy importante caer en la cuenta de lo personal que tiene que ser esa intimidad con el Corazón del Señor. Tendrá ciertos elementos indudables, como son, sin duda, los tesoros del Corazón del Señor, del Corazón traspasado de Cristo, y la contemplación eucarística.

El padre Hoyos habla del Corazón Sacramentado. Corazón Sacramentado, porque entiende perfectamente que la devoción al Corazón de Jesús no es algo separado de la Eucaristía, sino como una penetración de la Eucaristía misma y una comprensión del infinito amor de la Eucaristía, del amor redentor de Cristo presente, sacramentalmente presente en la Eucaristía. Y lo fundamental es ese penetrar, contemplar.

Ese captar cómo es el Señor, cómo el Corazón del Señor es descuida-do por los hombres, el desamor humano, la falta de correspondencia. En santa Margarita, por ejemplo, no se habla tanto de reparar los pecados del mundo como de reparar los pecados de los cristianos que creen en la Eucaristía y no le dan la reverencia o el amor que le corresponde; y, más concretamente, de las personas consagradas a El que obvian la Eucaristía, al Cristo resucitado vivo, el Corazón Sacramentado de Cristo. Mira ese Corazón que tanta ama a los hombres y que, en cambio, es despreciado por ellos.

En la devoción al Corazón de Jesús hay una tal diversidad de vivirla y, sin embargo, todos son devotos del Corazón de Jesús, todos admiten el mensaje, lo reciben, pero cada uno le imprimirá su modalidad, su modalidad personal. Muy devoto del Corazón de Jesús era el padre Arrupe, Pedro Arrupe; era muy devoto del Corazón de Jesús el padre Solano; era muy devoto del Corazón de Jesús gente muy distinta, Teilhard de Chardin… Eran todos devotos, pero con sus matices muy distintos, muy distintos, pero en lo fundamental de ese Corazón que tanto ama a los hombres y que es ignorado y ultrajado; la respuesta, la manera de devoción concreta es muy diversa, muy diversa, y por eso no la debemos encajonar.