Luis María Mendizábal. S.J
El número 20 de la Encíclica Redemptor Hominis, habla de la acción sacerdotal de la Iglesia, en la vida sacramental y en la Eucaristía en concreto. Lo completábamos con las instrucciones de la carta del Papa Juan Pablo II, escrita con ocasión del Jueves Santo. El número 3 de esa carta, que ya hemos comentado, habla del culto del misterio eucarístico, culto dirigido al Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo. Veíamos esa profundidad, y la exhortación del Papa a ese culto no solo en el momento del santo sacrificio de la Misa, sino también cuando permanece bajo las especies presente en el Sagrario o cuando es llevado públicamente en diversas formas de culto.
Terminábamos con aquella palabra tan ponderativa: “La animación y robustecimiento del culto eucarístico son una prueba de la auténtica renovación que el Concilio ha propuesto y de la cual es el punto central». Es enorme-mente importante. Podíamos decir: el pulso de la auténtica renovación hay que verlo en el robustecimiento del culto eucarístico. Esto para todos los movimientos eucarísticos -adoración nocturna, adoración perpetua, etc.-tiene que ser un enorme estímulo, lo mismo que para las congregaciones que se dedican a la adoración eucarística. Otro de los aspectos que en la Redemptor Hominis se indicaba en este número 20, es la relación de la Eucaristía con la Iglesia.
La Encíclica dice en el párrafo 3 del número 20, estas palabras: «Es verdad esencial, no solo doctrinal, sino también existencial, que la Eucaristía construye la Iglesia”, o sea, existe una relación de la Eucaristía con la Iglesia. Dice que es verdad esencial, no solo teórica, no solo doctrinal, sino existencial; es verdad palpable que la Eucaristía construye la Iglesia y la construye como auténtica comunidad del pueblo de Dios, marcada por el mismo carácter de unidad del cual participaron los apóstoles y los primeros discípulos del Señor. La Iglesia, es como una red cuyos nudos son el culto eucarístico, que va constituyendo la comunidad eclesial que se construye sobre la Eucaristía, como ver-dad esencial. Esta es una expresión de enorme transcendencia, muy real. Podemos asegurar que una comunidad no centrada en la Eucaristía no es vital.
Se construye, sí, ¿y por qué se construye? Porque se construye en el acto redentor de Cristo, y porque se construye también en la caridad que se difunde en la Eucaristía. Así se forma la comunidad. Pues bien, este tema está indicado en la Encíclica Redemptor Hominis: la Eucaristía construye la Iglesia y la regenera mediante el sacrificio de Cristo mismo, porque conmemora su muerte en cruz con cuyo precio hemos sido redimidos. Lo amplía el Papa en el número 4 de su Carta, en el epígrafe “Eucaristía e Iglesia”. Y vuelve a hacer la misma afirmación, refiriéndose a Redemptor Hominis. “La Eucaristía construye la Iglesia, esta verdad-dice-está estrechamente unida al Jueves Santo». Entonces se refiere a la última cena: Cristo, ofreciéndose. Y participando en el cuerpo y sangre del Señor es como se forma la comunidad apostólica. Esta comunidad apostólica la vemos en torno a la mesa del Señor, en torno al Cenáculo. Ahí se forma. Cristo dice: «Tomad y comed” «tomad y bebed», y ellos, obedeciendo a este mandato, entran por primera vez en esa comunión sacramental con Cristo, el Hijo de Dios, comunión que es prenda de vida eterna.
Allí es donde se expresan sus lazos sacramentalmente, y en aquel momento, hasta el fin de los siglos, la Iglesia se construye mediante la misma comunión con el Hijo de Dios que es prenda de la pascua eterna. Ahí se construye: en la unión plena, sacramental, con Cristo. Ahora bien, dirigiéndose el Papa a los obispos y a los sacerdotes, los anima a que guarden siempre ese significado del encuentro sacramental y de la intimidad con Cristo.
El Papa, en Redemptor Hominis, había puesto ya un poco en guardia sobre una especie de desvigorización de la Eucaristía, reduciéndola a un nivel de fraternidad simplemente, fraternidad humana.
No puede reducirse a esa dimensión humana, tiene que llegar al misterio interior: «Aunque es verdad que la Eucaristía fue siempre, y debe ser ahora, la más profunda revelación y celebración de la fraternidad humana de los discípulos y los confesores de Cristo, no puede ser tratada sólo como una ocasión para manifestar esa fraternidad. Al celebrar el sacramento del Cuerpo y Sangre del Señor, es necesario respetar la plena dimensión del misterio divino. EI sentido pleno de ese signo sacramental en el cual Cristo, realmente presente, es recibido, el alma se llena de gracia y se da la prenda de la futura gloria». O sea, que hay que ver toda la profundidad del misterio. Un aspecto, en el cual se ha podido caer en algunas ocasiones es «¡lo bonito es que estemos juntos, la fraternidad!», ya que la Eucaristía es ocasión de fraternidad. Estamos ahí sintiéndonos seres humanos. Sobre ellos vuelve de nuevo en la carta, esta carta que es como un toque de atención sobre diversos aspectos que en el culto eucarístico han degenerado un poco. Recalca: «así, se construye la Iglesia».
Pero ¿en qué sentido se construye la Iglesia? ¿En el sentido de que ahí se vive nuestra fraternidad? No, no basta eso; se vive una fraternidad derivada de la comunión del Cuerpo y Sangre de Cristo. Lo explica el Papa: El sentido de esta verdad no disminuye en modo alguno, sino que facilita el carácter eucarístico de acercamiento espiritual y de unión entre los hombres. Esto es verdad, ya que se unen entre sí los hombres que participan en el sacrificio, el cual por la comunión se convierte luego en banquete para ellos.
Participan en el sacrificio y participan en la comunión. Es-te acercamiento y esta unión, cuyo prototipo es la unión de los apóstoles, expresa y realiza la Iglesia. Hay, pues, una comunión fraterna en la participación del sacrificio y de la comunión del Señor. Pero advierte inmediatamente: «pero esta Iglesia no se realiza sólo mediante el nexo de la unión entre los hombres, a través de la experiencia de la fraternidad, a la cual da ocasión el banquete eucarístico».
Es verdad que la Eucaristía produce fraternidad, es ver-dad que en la Eucaristía se expresa la comunión de la Iglesia, pero en la profundidad del misterio, no en el simple encuentro humano de quienes allí se reúnen y se juntan entre sí. La Iglesia se realiza no sólo cuando hay una pura fraternidad, sino cuando, en aquella comunión y comunión fraterna, celebramos el sacrificio de la cruz de Cristo. Cuando en esa unión anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva; y cuando, compenetrados en el misterio de nuestra salvación, nos acercamos comunitariamente a la mesa del Señor para nutrirnos sacramentalmente con los frutos del santo sacrificio. Así que la idea, clarísimamente expresada, es esta: nosotros unidos nos acercamos al sacrificio y a la comunión de Cristo. En la comunión eucarística recibimos a Cristo mismo, y nuestra unión con Él es don y gracia para cada uno y hace que nos asociemos a Él en la unidad de su Cuerpo que es la Iglesia.
Somos hermanos porque somos hijos. No existe ninguna manera de hacer hermanos sino haciéndonos hijos. Yo no puedo hacer a otro que sea hermano mío de verdad, si no es hijo de mi padre. Luego no hay otra manera de que seamos hermanos de verdad entre nosotros, en el sentido cristiano de la palabra, sino en la medida en que somos hijos. En la comunión en Cristo nos unimos unos con otros y salimos unidos. Es verdad: salimos unidos en una unión sumamente estrecha. Esta verdad, que por obra del Concilio ha recibido nuevo vigor y especial relieve, debe ser tema frecuente de nuestras reflexiones y de nuestra enseñanza y deducirse de ella toda la actividad pastoral. Que sea también alimento para nosotros mismos y para los sacer-dotes que colaboren con nosotros y para todas las comunidades hoy encomendadas a nuestro cuidado.
Existe-dice el Papa-una estrecha relación entre la vitalidad espiritual y apostólica de la Iglesia y la Eucaristía. En un discurso que dirigió en el mes de abril de 1979 a los obispos de la India, les habló de la Eucaristía y en él hizo referencia a esta misma idea. Les dijo que no tenían que desalentarse, pero que tenían que recordar que la Eucaristía construye la Iglesia. Que no se trata simplemente de organizaciones y planificaciones, sino de tener conciencia de que la Eucaristía ha de construir y ha de dar vitalidad a las instituciones apostólicas.
Esto nos ha de animar enormemente, porque tenemos que aplicarlo a nosotros: una de las comunidades es la familia. La vitalidad religiosa de la familia depende de la Eucaristía. Por lo tanto, he de suscitar esta frecuencia familiar eucarística. Diría más: la caridad de todo tipo viene de la Eucaristía. También la caridad constituye el vínculo matrimonial, se robustece y se vitaliza por la participación eucarística, del amor de Cristo que expresa la unión de los esposos. Tenemos que tener conciencia de la estrecha relación entre la vitalidad espiritual y apostólica de la Iglesia y la Eucaristía, y-añade el Papa con su insistencia-la Eucaristía entendida en su significado profundo y bajo todos los puntos de vista.
Con eso dice: todos en la Iglesia, pero sobre todo los obispos y los sacerdotes, deben vigilar para que este sacramento de amor sea el centro de la vida del pueblo de Dios. También nosotros debemos vigilar para que, a través de todas las manifestaciones del culto divino, se procure devolver a Cristo amor por amor, y llegue a ser verdaderamente vida de nuestras almas. Son palabras bien ponderativas. Nosotros queremos de veras que Él sea vida de nuestras almas. El contacto eucarístico, la adoración eucarística, parece que en algunos ambientes se ha enfriado, parece que estorba: «Basta la Misa, el momento de la Eucaristía”, “basta una vez a la semana». No corresponde a la invitación del Papa. El Papa insiste en que el empeño esencial sea crecer en la vida eucarística, y todos deben vigilar para ello.
Después, el Papa habla sobre “la Eucaristía y caridad”: tiene mucho que ver con lo que acabamos de decir de la unión fraterna. La Eucaristía es sacramento de la caridad, porque nos manifiesta la caridad de Dios. Pone de relieve la caridad por la que el Padre entrega al Hijo y el Hijo se entrega a sí mismo. La Eucaristía significa esa caridad. Por ello la recuerda, la hace presente y al mismo tiempo la rea-liza. Cada vez que participamos en ella se abre en nuestra alma una dimensión real de aquel amor inescrutable que encierra en sí todo lo que Dios ha hecho por nosotros. Es una especie de toma de conciencia nueva, es volver a recordar cómo nos ha amado el Señor. ¡Vive uno ese miste-rio de la Eucaristía!
Junto con esto, que es la caridad revelada hasta el extremo del sacrificio salvífico, nace en nosotros la respuesta de la caridad: el amor que tiene que tener el hombre a Dios. Me revela el amor de Dios, me suscita la respuesta de amor. Nosotros mismos comenzamos a amar, entramos en la vía del amor, porque estamos en el camino del amor. El amor que nace en nosotros de la Eucaristía se desarrolla gracias a ella.
El sacramento de la Eucaristía es el sacramento de la caridad: sacramento, sacrificio y comunión; entrega al Padre y comunión con los hombres. Por eso el culto de la Eucaristía es expresión de ese amor, es la característica auténtica y más profunda de la vocación1 cristiana. En ese sentido es el sacramento de la caridad, porque en él vamos creciendo en el amor de Cristo. Ahí es cómo la Eucaristía es el puente del amor hacia Dios y el amor hacia los hombres. Por eso la doctrina de la Eucaristía, signo de unidad, vínculo de caridad, ha sido profundizada en los escritos de tantos santos. Eucaristía es amor al prójimo.
Este es el siguiente subtítulo: «Eucaristía y prójimo», porque ese auténtico sentido de la Eucaristía se convierte por sí mismo en escuela del amor al prójimo porque, al ver cómo Él ha amado al hombre, cómo me ama a mí, parece que escucho de nuevo esta palabra del Señor: «Haced lo que Yo he hecho con vosotros”, “como Yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros». Y al terminar les dice: «Haced esto en memoria mía». Se refiere, sin duda, a hacer el mismo sacrificio; así les instituye sacerdotes. Pero también podemos entender: «Haced esto mismo vosotros, porque también vosotros tenéis que entregaros de la misma manera, en oblación al Padre y en comunión a los hombres».
Ahí mismo aparece la dignidad del hombre, por el cual Dios ha entregado a su Hijo, por el que Cristo se ha entregado a Si mismo. Todo eso se convierte en el motivo más profundo de nuestra relación con el prójimo. Por eso podemos hacernos particularmente sensibles -dice el Papa- a todo sufrimiento, a toda necesidad del prójimo, por la fuerza de este amor que el Señor ha depositado en nosotros a través del signo sacramental de la caridad de Dios, del amor de Dios a nosotros, buscando el modo de reparar de la manera más eficaz esos sufrimientos de las injusticias humanas.
Por lo tanto, la Eucaristía no es para retraernos de la vi-da. No, es para robustecernos para la vida, es para llenar-nos de caridad. Hablábamos el día pasado de cómo la santidad no es sólo el cumplimiento material de las cosas, si-no el espíritu con el que se vive. El espíritu de amor tiene que venirnos de la Eucaristía, y por eso vivificará toda nuestra vida. Así aprenderemos a descubrir la verdad-di-ce el Papa-del hombre interior, morada de Dios, que se hace morada de Dios en la Eucaristía. Cómo cambia la imagen de todos y de cada uno cuando adquirimos con-ciencia de esta realidad y cuando la hacemos objeto de nuestra reflexión: el Señor visita el interior de mi alma. Es también una dimensión del otro: dimensión de su intimidad con Dios, del amor que Dios le tiene, que se le entrega. Cristo viene a los corazones, visita las conciencias de nuestros hermanos y hermanas.
nuestro ser, nos da esa vida. Habla el Papa del Espíritu sacramental que la vida del cristiano tiene como calidad su-ya, un estilo sacramental: es una vida basada en los sacramentos, animada por ese sacerdocio por el que ofrece su vida como obsequio espiritual a Dios. Desear que Dios actúe en él para hacerle llegar a la plena madurez de Cristo, es el sentido de este momento. Por eso, el Concilio la llama «fuente y cumbre de la vida de la Iglesia», porque de la Eucaristía viene la caridad y el sentido sacramental de la vida; es el sentido sacrificial de la vida, el sentido de esa vida como camino de intimidad y amor, por el cual uno va viviendo cada vez más en la unión con el Señor hasta la plena madurez en Cristo.
Entre todos los sacramentos el de la Eucaristía es el que conduce a la plenitud la dimensión del cristiano; el culto eucarístico es centro y fin, porque va conduciendo al cristiano para que se ofrezca con Cristo al Padre. Y hay como una especie de movimiento: con la Eucaristía yo vivifico mi vida, y con mi vida yo me vuelvo a la Eucaristía para ofrecerla al Padre. Hay como un proceso, una especie de círculo. Igualmente, el Papa lo dice respecto de los otros sacramentos. La Eucaristía tiene una relación con ellos, particularmente la Penitencia. El Papa termina con unas exhortaciones que son también de tipo práctico: Debemos vigilar también, para que este gran encuentro no se convierta para nosotros en acto rutinario, a fin de que no lo recibamos indignamente, es decir, en estado de pecado mortal.
Es una nueva indicación de alarma por parte suya. La práctica de la virtud de la penitencia, y el sacramento de la Penitencia, son indispensables a fin de sostener el espíritu de veneración. El Papa dice enseguida: «Hemos perdido muchas veces ese respeto», es verdad que si yo no tengo pe-cado puedo ir a comulgar, porque no es el sacramento de la Eucaristía para los que ya son santísimos, es verdad; pero hace falta un deseo de purificación, que uno lo expresa por el acto de contrición, por el acto penitencial de la Eucaristía bien hecho. Todo eso es signo de la veneración que uno tiene a la Eucaristía. Esa veneración sería un propósito excelente de estos Ejercicios, por esta exhortación última del Papa; un propósito de veneración. Enseguida vamos a escuchar al Papa que nos exhorta a ello y las mane-ras como él mismo nos explica que debemos vivir la sacralidad de la Eucaristía, precisamente para expresar este respeto sacro.
Vamos a indicar las razones de la línea que el Papa sigue. Sale al encuentro de una opinión y de una corriente que tiende a desacralizar. Quizás hemos escuchado todos: «¿Por qué esas cosas, los ornamentos sagrados?, Cristo o hizo con el vestido que llevaba, con el traje que llevaba. Esas cosas son montajes, se ha creado una sacralidad en torno a eso». Van a decir una misa: «¿para qué vamos a ir a la capilla?, es mejor que sea en un aula». Hay una capilla, pero, no, va a ser en un aula y va a ser en el aula donde estudian; lo en la cocina, porque hay que quitar ese halo «sagrado». Toda esa tendencia de desacralización, incluso de la Eucaristía, tiene importancia. El Papa le dedica esta parte, con el título “La Sacralidad”.
Dice oportunamente que la celebración de la Eucaristía tiene una larga historia. En esa larga historia hay elementos secundarios, han sufrido cambios diversos ritos. Sabemos la reforma misma del papa Pablo VI, sobre ritos secundarios que algunos inoportunamente creyeron que eran intocables. Ha habido en toda la historia continuos retoques, pero ha permanecido inmutada «la esencia del mysterium» y lo llama así: la esencia de lo sacro, del miste-rio instituido por el Redentor.
El carácter «sacro» de la Eucaristía no es algo accidental que se le añadió, sino su núcleo esencial. Es sacro, acción santa y sagrada. Y santa y sagrada porque en ella está continuamente presente y actúa Cristo el santo de Dios, el ungido por el Espíritu Santo, el consagrado por el Padre para dar y recobrar libremente su vida, el Sumo Sacerdote…
¿Qué es el consagrante y el consagrado? Estas dos palabras las toma el Papa de la liturgia Bizantina del siglo IX. Es una expresión muy bonita: es el oferente y el ofrecido, el consagrante y el consagrado, acción, pues, santa y sagrada porque constituye también las Especies Sagradas. De ahí la palabra que los sacerdotes a los cristianos a veces, apenas hecha la consagración gritaban: «Sancta Sanctis», «lo santo para los santos», como constitutivo integral, nuclear, central: «Las cosas santas para los santos». Por lo tanto, la sacralidad, el sacrum de la santa Eucaristía, no es una sacralización, es decir, una añadidura, sino que es sacro, es sagrado en sí mismo. La cena del Jueves Santo fue un rito sacro, sagrado, liturgia primaria y constitutiva en la que Cristo, comprometiéndose a dar la vida por nosotros, celebró sacramentalmente el misterio de su pasión y Resurrección. Corazón de toda Misa.
Entonces dice el Papa, partiendo de este núcleo: esto reviste una forma litúrgica completa, que permanece a través de las diversidades de las otras liturgias en su núcleo fundamental.” ¡Permanece!”, aunque luego vienen otras modalidades. Afirma: lo sacro de la Misa es instituido por Cristo. Lo sacro no es sobreañadidura de ritos que le han querido dar un tono de sacralidad. No, las palabras y la acción de todo sacerdote hacen eco a las del Jueves Santo, luego es un momento sacro. Y lo indica también así: el sacerdote realiza el sacrificio en persona de Cristo. Esto es más que decir que lo hace «en nombre» o en vez de Cristo, mucho más; «es la identificación específica sacramental con el Sumo y Eterno Sacerdote». ¡Identificación específica sacramental! El sacerdote tiene una identificación en la persona de Cristo, identificación específica, sacramental con el Sumo y Eterno Sacerdote, el cual es el autor y sujeto principal de este su propio sacrificio. Entramos en ese misterio tremendo, sacro. Solamente Cristo puede ser verdadera y efectiva propiciación por nuestros pecados, sólo su sacrificio.
Ahora bien, la toma de conciencia de esta realidad indica y nos hace sentir el carácter y el significado del sacerdote celebrante. El sacerdote celebrante no actúa como el individuo normal de la vida ordinaria, sino que se identifica sacramentalmente con Cristo que es el que ofrece, el que actúa, es sujeto de ese sacrificio. Por lo tanto, obrando en persona de Cristo, es inferido de forma sacramental en ese estrictísimo sacrum; el sacerdote entra en la zona de lo más sacro que puede haber, donde a su vez asocia espiritualmente a todos los demás. En sí mismo nos introduce, en cierta manera consigo, a todos los participantes de la asamblea eucarística. Esta es la primera afirmación: es un hecho sacrum; y el sacerdote participa, sacramentalmente, en lo sacro. Consecuencia: ese sacrum actuado en formas litúrgicas diversas, puede prescindir de algún elemento secundario. Puede prescindir, pero no puede ser privado de la sacralidad y de esa sacramentalidad esencial que quiso Cristo y transmitió Cristo a la Iglesia.
Ese sacrum no puede ser instrumentalizado-dice el Papa-para otros fines, es demasiado sagrado. El misterio eucarístico desgajado de su propia naturaleza de sacrificio y sacramento deja simplemente de ser tal, no es misterio eucarístico; no admite ninguna invitación profana que se convertiría -dice- muy fácilmente, incluso como sistema, en una profanación. «Hay que recordarlo siempre» y así el Papa, como vemos, nos lleva hacia la veneración, al culto de la Eucaristía sobre todo en nuestro tiempo, en el que observamos una tendencia a borrar la distinción entre sacro y profano, dada la tendencia general tan difundida, al menos en algunas zonas, a la desacralización de todo.
Ahora bien, como consecuencia, puesto que está escribiendo a los obispos y a los sacerdotes, dice: «En tal realidad, la Iglesia tiene el deber particular de asegurar y con-memorar el sacrum de la Eucaristía; en nuestra sociedad pluralista y a veces deliberadamente secularizada, la fe viva de la comunidad cristiana, fe consciente incluso de los propios derechos, con respecto a todos aquellos que no comparten la misma fe. La fe viva de la comunidad cristiana garantiza a este sacrum el derecho de ciudadanía. Eso debe tener carácter sagrado y debe expresarse sacramentalmente.
El deber de respetar la fe de cada uno es al mismo tiempo correlativo al derecho natural y civil de la libertad de conciencia y de religión, por lo tanto, hay que respetar esa sacralidad; y esa sacralidad encuentra expresión en la terminología teológica y litúrgica. Los ministros de la Eucaristía deben ser iluminados por la plenitud de esa fe viva, y deben comprender y cumplir todo lo que forma parte de su ministerio sacerdotal por voluntad de Cristo y de su Iglesia. Esto sería un asentamiento de esa sacralidad que debe expresarse claramente. A eso tiene derecho la fe de la comunidad cristiana. E incluso esto: el sentido de la sacralidad del misterio eucarístico es tan constitutivo -dice el Papa- en la fe del pueblo de Dios, que con ella se ha enriquecido y robustecido.
Habla, en el número 9, del sacrificio, e indica clara-mente que el sacrificio de la Nueva Alianza realmente es el que un día ofreció el Unigénito Verbo encarnado, el mismo y único sacrificio. Declara con gran claridad que el sacrificio se vuelve la criatura hacia Dios, a su origen. Da culto a Dios haciendo presente ese sacrificio único: el hombre y el mundo son restituidos a Dios por medio de la novedad pascual de la Resurrección. Esta restitución no puede faltar, y es fundamento de la Nueva Alianza. En el sacrificio somos restituidos cada uno y todo el mundo, la naturaleza y la creación, con nosotros hacia Dios. Y explica: el sacerdote ministerial es el único que sacrifica, el fiel no sacrifica, pero el fiel ofrece con Cristo sus sacrificios espirituales.
Para mí es un consuelo que en nuestra revista” Reino de Cristo publicáramos hace unos cuantos números un artículo del Padre Cándido Pozo sobre la Eucaristía, en el que recalcaba esto que el Papa recalca, y además bellísima-mente. ¿A que me refiero con esto? A algo que hemos de vivir nosotros en el sacrificio de la Eucaristía. El Papa es claro y neto, dice expresamente: el auténtico sacerdote es el celebrante, el que lleva a cabo el verdadero acto sacrifical, lleva de nuevo los seres a Dios. Todos los que participan en la Eucaristía, sin sacrificar como él, ofrecen con él en virtud del sacerdocio común, sus propios sacrificios espirituales representados por el pan y el vino, desde el momento de su presentación en el altar. De modo que hay que valorar el ofertorio de la Misa.
El ofertorio de la Misa, en muchas liturgias se hace de una manera solemne: los fieles traen sus dones al altar, son los frutos de la tierra, dones que tienen este sentido de ofrecimiento de los fieles, que desde ese momento están ofreciendo sus propios sacrificios espirituales. El hombre, cuando ofrece una víctima, quiere expresar el ofrecimiento de sí mismo. No puede uno sacrificarse a sí mismo, no tiene ese dominio de sí, pero deja algo muy querido, que en cierta manera representa y expresa la entrega de sí mismo en la entrega de esa víctima que ofrece al Señor. Pues bien, esto lo vivimos en el momento del ofertorio; en ese momento llevamos el pan y el vino «fruto de la tierra que Tú mismo nos has dado y nosotros te presentamos». Simboliza la propia entrega, que entregamos al Señor, pero, evidentemente en el momento mismo que se entrega, se presenta, se ofrece. Y uno comprende perfectamente que no vale nada lo que uno ofrece, ni siquiera el propio ofrecimiento de nosotros mismos; pero Dios viene a nuestro encuentro y transustancia ese don en su Hijo. No es que simplemente sustituye, no dice: quitad todo eso que yo pongo a mi Hijo, sino que hay esa transformación que se da en nuestra vida: nuestro ofrecimiento está coronado por la presencia de Cristo en nosotros. No vale nuestra vi-da sino clasificada, y en la Eucaristía se realiza sacramentalmente cuando esos dones se transustancian en el Cuerpo y Sangre de Cristo que se entrega; pero en la misma transustanciación y ofrecimiento, permanece la misma ofrenda espiritual de nosotros mismos.
Después de la llamada «procesión de las ofrendas», prevista por la reciente reforma litúrgica, acompañadas según la antigua tradición por un salmo, un cántico, es necesario cierto espacio de tiempo, a fin de que todos puedan tomar conciencia de este acto expresado contemporáneamente por las palabras del celebrante. Algunas veces he aconseja-do que se haga el ofrecimiento del Apostolado de la Oración: al dejar las ofrendas, que uno diga: Señor mío y Dios mío Jesucristo, por el Corazón Inmaculado de María, me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu santo sacrificio del altar. Es el simbolismo realizado con el acto interior. Y la conciencia del acto de presentar las ofrendas debería ser mantenida durante toda la Misa, por-que es mi ofrecimiento con Cristo al Padre.
La Eucaristía es el sacrificio de Cristo. El sacerdote la ofrece en la persona de Cristo, pero yo me ofrezco con Cristo. El Concilio ha dicho que hay que informar a los fieles de esa oración. Y el Papa repite: debería mantenerse a lo largo de la Misa, más aún, debe ser llevada a plenitud en el momento de la consagración: el fiel mantiene esa ofrenda de ser transustanciado en Cristo.
Vamos a estar particularmente atentos para ir siguiendo este aspecto en la Eucaristía. Apenas realizada la elevación, hay una oblación, que suele ser esa: «Así, pues, Padre, al celebrar el memorial de la pasión y muerte de tu Hijo, nosotros te ofrecemos su Cuerpo y Sangre, bendición para nosotros, etc.» El Papa dice: parece útil repetir aquí algunas expresiones de la tercera oración eucarística, que manifiestan especialmente el carácter sacrificial de la Eucaristía: «Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia y reconoce en ella la víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que, fortalecidos con el Cuerpo y Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos en Cristo un sólo cuerpo y un sólo espíritu. Que Él nos transforme en ofrenda permanente». Precisamente por la acción misma eucarística, al venir Cristo a nosotros, en cierta manera nos transustancia, así que «Él nos transforma en ofrenda permanente».
Esta palabra está ya expresada en cada celebración, por las palabras con que el sacerdote concluye la presentación de los dones, cuando dice: «Para que este sacrificio mío y vuestro…» No son dos niveles iguales, no dice: para que nuestro sacrificio… ¡No es eso!, es «este sacrificio mío», el que yo sacrifico in persona Christi, «y vuestro», el que vosotros ofrecéis. «Vuestro sacrificio», también el mío como fiel simple, es verdad, ahora estoy actuando in persona Christi, y en El y dentro de Él está también el mío. «Este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios Padre»: tales palabras tienen un valor de compromiso. Todos los que participan con fe en la Eucaristía, se dan cuenta de que es «sacrificium», es decir, una ofrenda consagrada. El pan y el vino presentados por la devoción, y símbolo de los sacrificios espirituales de los participantes, son consagrados para que se conviertan verdadera, real y sustancialmente en el Cuerpo entregado, en la Sangre derramada de Cristo mismo. De esta manera, las especies del pan y del vino representan, en modo sacramental, el sacrificio cruento.
Representan, «hacen presente», representan de manera sacramental el cruento sacrificio de la cruz. Esta visión es importante. En algunas frases del Concilio expresamente se dice: «La Iglesia desea que los fieles no sólo ofrezcan la Hostia Inmaculada, sino también aprendan a ofrecerse a sí mismos y de día en día perfeccionen, por la mediación de Cristo, la unión con Dios y entre sí, de modo que sea Dios todo en todos». Ahí tenemos la fuerza radical de la Eucaristía, en el momento sacramental, en el encuentro con el acto redentor de Cristo. Porque nuestra unión con Él se hace en el acto redentor y en la oblación de nosotros como ofrenda viva al Señor.
El Papa da unos consejos que vamos a tener presentes también nosotros. «Es, por tanto, -dice- muy conveniente y necesario que continúe poniéndose en práctica una nueva e intensa educación, para descubrir todas las riquezas encerradas en la nueva liturgia». Estas son expresiones de esa nueva liturgia, pero requiere una nueva e intensa educación.
En efecto, la renovación litúrgica realizada después del Concilio Vaticano II, ha dado al sacrificio eucarístico mayor visibilidad. Se puede acompañar mejor, se expresa, se capta, y entre otras cosas contribuyen a ello las palabras de la oración eucarística, recitadas por el celebrante en voz alta, y en especial las palabras de la consagración, la aclamación de la asamblea inmediatamente después de la elevación, cuando decimos: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu Resurrección, ven Señor Jesús». Ahí está el sentido, y así estamos viviendo ese misterio. Si todo esto debe llenarnos de gozo, debemos recordar que estos cambios exigen una nueva conciencia y madurez espiritual, tanto por parte del celebrante, como por parte de los fieles. El culto eucarístico madura y crece cuando las palabras de la Plegaria Eucarística, y especialmente las de la Consagración, son pronunciadas con gran humildad y sencillez, de manera comprensible, correcta y digna como corresponde a su santidad, cuando ese acto esencial de la liturgia eucarística es realizado sin prisas, y cuando nos compromete a un recogimiento tal y a una devoción tal, que los participantes advierten la grandeza del misterio que se realiza y lo manifiestan con su comportamiento.
De hecho, las posibilidades son utilizadas de manera que nos hacen testigos y partícipes de la auténtica celebración de la palabra de Dios. Surgen grupos de lectores, de cantores, etc., y a los fieles se les prepara con el canto para escuchar el Evangelio. Todo eso son elementos que pueden ser muy positivos, se puede seguir mejor, se participa más. Ahora, esto impone una nueva responsabilidad ante la palabra de Dios. ¿En qué consiste esta responsabilidad? Primero, en la ejecución de las acciones litúrgicas, -lectura o canto-, que deben hacerse bien, y deben responder a los principios del arte. Por eso hay que expresar en ellas una familiaridad con la palabra de Dios y preservarlas de cualquier artificio, y expresar, -como digo-una capacidad y sencillez, con gran dignidad. Las exigencias que brotan de esa responsabilidad llegan a la disposición interior con que los ministros de la palabra lo deben hacer.
Sigue la responsabilidad en la selección de textos. Hay cierto campo de posibilidades de elección, pero en la liturgia de la palabra, en el conjunto de los textos de las lecturas de la Misa, sólo puede entrar la palabra de Dios. La lectura de la Escritura no puede ser sustituida por otros tex-tos, aun cuando tuvieran indudables valores religiosos y morales. No se puede poner una carta de un hermano de otro continente, mucho menos una lectura de Rabindranath Tagore. Dice el Papa: «No puede ser sustituida por otros textos», por mucho valor moral que tengan esos libros. Eso puede tener lugar en la homilía. E1 que hace la homilía puede a veces iluminar con textos que aclaren e indiquen la incidencia del espíritu cristiano, sostenido por la acción del Espíritu Santo.
La segunda, es la mesa del pan del Señor, la comunión eucarística, donde Cristo se entrega a cada uno de nosotros. Es particularmente necesaria la vigilancia de los pastores en este punto. Por eso confía ese problema, «a los venerados y queridos hermanos en el episcopado». Habla de la preocupación que él siente en lo que toca a la comunión. Con gran seriedad les dice estas palabras: impedidlo, «vosotros debéis impedirlo, en vuestra solicitud por todas las Iglesias confiadas a vosotros. Os lo pido en nombre de la unidad que hemos recibido en herencia de los apóstoles». También lo repite en otro lugar: la liturgia no puede ser elemento de disensión. No es comprensible que la liturgia y el sacramento eucarístico sea fuente de desunión, sólo puede serlo de unidad: «Os lo pido en nombre de la unidad que hemos recibido en herencia de los apóstoles», la unidad colegial. Esa unidad ha nacido en cierto sentido el Jueves Santo, en la mesa del pan del Señor. «Con la ayuda de vuestros hermanos en el Sacerdocio, haced todo lo que podáis para garantizar la dignidad sagrada del ministerio eucarístico y el profundo espíritu de la comunión eucarística, que es bien peculiar de la Iglesia como pueblo de Dios, y al mismo tiempo herencia especial transmitida a nosotros por los apóstoles».
Hay una invitación al pueblo: «Dichosos los llamados a la mesa del Señor». Y explica: «A veces esta llamada no es atendida: Unas veces por desinterés, aun no teniendo conciencia de pecado grave. No es tanto muchas veces hoy por una exagerada severidad, sino que más frecuente es una falta de disponibilidad interior, falta de hambre y sed de Eucaristía”.
En cambio, anota que en otras ocasiones comulgan todos sin una preparación penitencial precedente. Esto no siempre es consolador; podía significar que quizás los que se acercan a la mesa no encuentran en su conciencia obstáculo, pero puede esconderse aquí, al menos alguna vez, otra convicción: considerar la Misa sólo como un banque-te en el que se participa recibiendo el Cuerpo de Cristo. A estos motivos se pueden añadir cierta consideración humana, y un simple conformismo; pero no podemos permitir que en las vidas de nuestras comunidades se pierda la sensibilidad de la conciencia, guiada únicamente por el respeto a Cristo, sino que debe encontrar en el corazón de cada uno de nosotros una digna morada. La preparación para comulgar tiene que examinar la propia conciencia.
La celebración de la Eucaristía nos sitúa ante otras mu-chas exigencias: a los sacerdotes y a los diáconos es necesario recordarles que el servicio de la mesa del Señor pone obligaciones especiales, en primer lugar, respecto del mismo Cristo presente en la Eucaristía y de todos los actuales participantes de la Eucaristía. Respecto al primero, recuerda las palabras: «Imitad lo que tratáis», ese respeto, esa transformación de vida, de conformidad con Aquel que tenemos que ofrecer al Padre; y respecto de los que se acercan.
Sobre nuestro respeto a Cristo, conviene que todos nosotros examinemos con atención nuestras acciones ante el altar, en especial el modo con que tratamos aquel alimento y aquella bebida que son el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor. Dios en nuestras manos: ¿cómo distribuimos la santa comunión? cómo hacemos la purificación? Todas estas acciones tienen su significado; conviene, natural-mente, evitar la escrupulosidad, peo Dios nos guarde de un comportamiento sin respeto, de una prisa inoportuna, de una impaciencia escandalosa. Nuestro honor más gran-de consiste en ejercer este misterioso poder sobre el Cuerpo del Redentor y todo en nosotros debe estar claramente ordenado a ello. Debemos también recordar que hemos sido sacramentalmente consagrados para ese poder, debemos reflexionar sobre ello los sacerdotes.
