Fundamentación Bíblica de la Devoción al Corazón de Jesús II

Alejandro DÍEZ-MACHO,MSC
  1. El amor de Dios expresado en el AT

con la figura del esposo celoso y apasionado

El descubrimiento de que Dios es esposo del pueblo escogido se debe a Oseas, profeta del Reino del Norte, Samaría, que profecitó entre 750-722. En tiempo de Jeroboam y de sus sucesores. Es el profeta que más duramente flagela el sincretismo religioso de Israel y de sus dirigentes. Practicáis, les recrimina, un matrimonio absurdo: os dirigís a los cultos cananeos de Baal y Astarté; practicáis en ellos la prostitución cúltica: os unís a prostitutas sagradas o a hieródulos, imaginando que os unís a Baal o Astarté para de tal matrimonio con las divinidades paganas obtener fecundidad de hijos, rebaños y campos. No; no es ese vuestro verdadero matrimonio. El matrimonio verdadero, sigue el profeta, es el de Yahvé con

Israel. Los profetas posteriores irán repitiendo: el matrimonio verdadero es el de Yahvé esposo con Israel, su esposa. Pablo, en el NT, recogerá la onda de Oscas y afirmará que Jesús es el Esposo del «Israel de Dios» (Gál 6,16),la Iglesia (Ef 5,32).

A Oseas remonta, pues, la estampa de Dios Esposo. A él se debe la descripción cruda, osadamente antropomórfica, del amor apasionado, celoso, de Dios Esposo. Los esposos judíos, amparándose en el presunto derecho concedido en Dt 24,1,divorciaban a sus mujeres por «indecencia de algo», sintagma interpretado por la Escuela de Shammai como «algo indecente», y por la Escuela de Hillel por una indecencia y, además, por «algo», por cualquier cosa, por quemar, p. ej., la mujer la comida. En cambio, el Esposo divino ama apasionadamente a una esposa infiel, prostituta, adúltera, y siente terribles celos por el desvío de su amada. Dios es celoso, no quiere que Israel, la esposa, ame a otros dioses. El Deuteroisaías declara que los otros dioses son nada, no existen, que sólo Yahvé es Dios, Dios de todos los pueblos.

Para consuelo de pecadores y ponderación del amor de Dios vale la pena trazar la semblanza de la esposa de Yahvé, a la que ama apasionadamente, aunque el amor «celoso» de Dios relampaguee, desde el capítulo 4 hasta el 13, en una desatada tormenta de truenos y amenazas. Es el lenguaje de los celos.

Así es la esposa de Dios:

Es una ramera (zona), es una adúltera; éticamente es una hez de mujer, porque el adulterio idolátrico es la degradación suprema del código moral israelita. Pertenece aI gremio de Gomer de Diblayim, la mujer extraviada que, por orden de Dios, Oseas tomó por esposa para ser símbolo del pésimo comportamiento de Israel. Gomer e Israel, dos adúlteras de verdad y no de metáfora, una y otra practicantes de la prostitución sagrada en los cultos de Baal.

Los blasones de la esposa de Yahvé son los siguientes: «Es una prostituta, una desvergonzada» (Os 2,7); «lleva en el rostro las prostituciones; en los pechos, adulterios» (2,4); «quema incienso a los baalim; se pone el anillo, endosa los adornos y corre tras sus amantes, olvidándose de mí, oráculo de Yahvé» (2,15).

La infidelidad de la esposa de Yahvé es rancia y de abolengo, vieja de siglos cuando el profeta se la echa en cara. Fuera del paréntesis del desierto, después de salir de Egipto, Israel protagonizó la deslealtad, y arrastró por el suelo de Canaán las tablas de la alianza pactada con Yahvé en el Sinaí.

¿Reacción del Esposo herido? Se enfurece, se encrespa, se duele, amenaza, se torna polilla y carcoma, se vuelve león, pantera, osa privada de cachorros (Os 5,12-14; 13,7s), pero sin apagar el rescoldo del amor. Oseas, a quien no espantan los antropomorfismos y terimorfismos atrevidos, pregona que el Esposo y Pastor de Israel se convirtió en fiera para el rebano: «Pero Yo (Yahvé) me convertí en león para ellos, en leopardo en acecho a la vera del camino. Los asalto como osa privada de los cachorros, les desgarro la tapadera del corazón» (Os 13,7-8)202. «Yo soy como un león para Efraín, como cachorro de león para la casa de Judá: Ataco y me retiro, arrebato y no hay quien pueda salvar» (Os 5,14). Curiosa estampa la del Esposo herido por la infidelidad de la esposa: ¡esposo y león en una pieza! Esposo amante, león desmelenado y rugiente que ruge, mezclados amor y enojo, ternuras y amenazas.

Amenazas muchas y que espantan: Dios ha escrito en un rollo los delitos de Israel y los guarda en archivo (13,12) para recordar el deber de castigarlos; no los rescatará de la muerte y pedirá a esta que aguijonee a Israel hacia sus dominios; esconderá la compasión para que no la vean sus ojos (13,14); cuando Israel abra la corola de sus flores, desatará el viento del Oriente, cuyo nombre profano es Asiria, cuya denominación religiosa es «el viento de Yahvé, que viene del desierto, que seca las fuentes, que agota los manantiales, que entra a saco donde se ocultan las cosas pre-ciosas» (13,15). Por culpas y rebeldías, Samaría caerá a espada, sus hijos serán estrellados, sus mujeres encinta reventadas (14,1).

La muerte ronda a Israel. La desgracia máxima se acerca a la máxima infidelidad. El odio ronda el corazón del Esposo; y ha logrado asiento junto al amor, y se ha puesto a soplar para apagar su llama. Yahvé «empezó a odiarlos desde Gilgal», desde la entrada en tierra de Canáan; por la maldad de sus obras los echará de casa y no seguirá amándolos (Os 9,15).Efraín no producirá más fruto; si engendra, Dios dará muerte al fruto de su vientre, y andarán errantes entre las naciones (Os 9,16-17).

Este lenguaje extremoso y antropomórfico requiere una interpretación cauta. Sería hermenéutica ingenua, superficial y viciosa deducir de él que la infidelidad de la esposa ha metamorfoseado de verdad al Esposo en león, al enamorado en enemigo, al salvador en huracán destructor, al amor en odio. La interpretación justa es esta: Dios Esposo, amante celoso, expresa su enamoramiento en el lenguaje extremoso de los celos, que suelta a borbotones enojos, amenazas, castigos, palabras de ira y de odio para que la esposa infiel frene sus pasos, recapacite, se reconcilie y vuelva a la intimidad del Esposo. El lenguaje del amor tiene su ley y estilo, patentes en los profetas: que a las amenazas suceden las anulaciones. He aquí ejemplos:

— Amenaza: «Llama a tu hija Lo-Rujama, «No compadecida», por-que no seguiré compadeciéndome de 3a casa de Israel, porque retiraré mi compasión» (Os 1,6); «Llama a tu hijo Lo-´ammi,” No-mi-pueblo “porque Israel no será mi pueblo» (Os1,8).

— Anulación de la amenaza: «Me apiadaré de Lo-Rujama, y a Lo-´ammi diré: Eres mi pueblo, y él dirá: Eres mi Dios》 (Os 2,25).

—Amenaza: «Ella no es mi mujer y yo no soy su marido» (2,4).

— Anulación: «Te haré mi esposa para siempre, te haré mi esposa: te daré salvación, te sacaré de los apuros del juicio, seré fiel en el amor, te amaré con misericordia» (Os 2,21); «te haré esposa mía en fidelidad》(2,22). Cinco palabras de amor tres de ellas de fidelidad, para borrar el amago de separación matrimonial, previamente amenazado.

—Amenaza: Voy a dejarla en cueros, como el día que nació (Os 2,5),porque va tras sus amantes.

— Anulación de este baldón y de otros castigos por remoción de su causa: Para que mi esposa no patee caminos pecaminosos, «Yo(Yahvé)levantaré una valla de espinasen su camino, una pared para que no encuentre la senda, para que persiga a sus amantes y no les dé alcance, para que los busque y no los encuentre, para que de resultas diga: Volveré a mi primer marido, pues me iba mejor antes que ahora» (Os 2,8-9).

—Amenaza: Arrebataré a Israel trigo, mosto, lana y lino (Os 2,11);destruiré viñas e higueras (Os 2,14).

—Anulación: «La seduciré, la llevaré al desierto, le hablaré al corazón» (Os 2,16). Allí le daré viñas…Allí me corresponderá, como cuando, joven, subía del país de Egipto» (Os 2,17). La hermenéutica del amor requiere quedar con la última palabra, no con la penúltima. La última palabra de Dios Esposo está tras los capítulos 4 a 13 de Oseas, que cabalgan casi exclusivamente sobre un torbellino de amenazas. Se encuentra en el capítulo final, el 14, en la frase escultural: «Los amaré sin que se lo merezcan» (Os 14,5), frase que borra la amenaza anterior: «no volveré a amarlos» (Os 9,15) y toda la jerga conminatoria precedente. Lo postrero no es que nos desgarró, sino que nos cura; no es que nos hirió, sino que pondrá remedio (Os 6,1), que «pasados dos días nos tornará a la vida, que al tercer día nos resucitará nuevamente para que vivamos en su presencia » (6,2). La estampa definitiva no es el león, sino el médico; no es la muerte, sino la vida; no el odio, sino el amor. Las palabras enemigas, primeras, medianas o penúltimas, del profeta Oseas son en realidad trucos o remedios de Dios Esposo para tornar a su intimidad a la esposa.

La capacidad amorosa de Dios es una paradoja inexplicable. No se funda en la fidelidad a la Alianza; trasciende lo jurídico; es una querencia incomprensible y misteriosa que arranca del misterio de la persona divina.

 

  1. Dios revelado como Padre en el Antiguo Testamento

Oseas descubre que Dios es Esposo amante de Israel, Esposo de una prostituta, y revela también que es Padre, que «enseñaba a andar a Efraín, que lo llevaba en brazos» (Os 11,3).

Son los profetas, e influidos por ellos el Deuteronomio, que los resume, quienes desvelan la paternidad de Dios.

Los pasajes que denominan Padre a Dios no son numerosos en el AT: quince en total (Dt 32,6; 2 Sam 7,14; 1 Crón 17,13; 22,10; 28,6; Sal 68,6;89,27;Is 63,16 [2 veces];64,7; Jer 3,4.19; 31,9; Mal 1,6; 2,10). A esa cifra hay que añadir algunos pasajes en los que se compara a Dios con un padre terreno o en los que se dice de Israel ser hijo de Dios, uno de ellos Os 11,1.El texto más antiguo del AT que indirectamente desvela la paternidad de Dios es Éx 4,22: Yahvé llama a Israel «su primogénito». Es un texto perteneciente a las tradiciones Yahvista o Elohísta, anterior, por tanto, a los profetas.

Aunque la proclama de la paternidad de Dios sea tardía, no cabe duda que el antiguo Israel conocía tal paternidad. Denominar a Dios Padre es corriente en las antiguas religiones orientales, en Babilonia, Asiría, Sumeria, entre egipcios, arameos, fenicios, cananeos, semitas del sur; es corriente incluso en los pueblos primitivos, que llaman al dios supremo «Padre de todos». Griegos y latinos saben que Dios es Padre. A Zeus o Júpiter le llaman Padre.

Apellidar «Padre» a Dios es fenómeno común a la cultura humana. Se le llama Padre nuestro o Padre mío, padre de la comunidad o padre del individuo.

El léxico de los pueblos orientales y de la Biblia contiene un largo repertorio de nombres teóforos, uno de cuyos componentes es el nombre de la divinidad y otro el nombre de Padre. He aquí un inventario, no exhaustivo, de teóforos bíblicos que recuerdan la paternidad de Dios: Ajitub, el Padre es bondadoso (1 Crón 8,11); Ajiezer, el Padre es auxilio (Jos 17,2); Abinadab, el Padre es generoso (1 Sam 7,1;16,8);Abiel, el Padre es Dios (1 Sam 9,1); Ajiyya, el Padre es Yahvé (1 Sam 8,2); Abab, Yahvé es Padre (1 Re 2,28); Eliab, Dios es Padre (Núm 1,9;16,1)205.

Hay nombres teóforos que únicamente llaman hermano a Dios: Aji-tub, el Hermano es bueno (1 Sam 14,3); Abiezer, el Hermano es auxilio (Núm 1,2); Ajiyya, el Hermano es Yahvé(1 Re 4,3); Yoaj, Yahvé es Hermano(2 Re 10,18).

Algunos teóforos le denominan tío: ‘Ammiel, el Tío es Dios (Núm 13,12); ‘Amminadab, el Tío es generoso (Núm 1,7);Eli’am, Dios es Tío (2 Sam 11,3).

Pero es curioso observar que los teóforos bíblicos, contrariamente a los de otros pueblos antiguos, nunca nombran a Dios madre. Tampoco existe un nombre propio que signifique Hijo de Yahvé. ¿Se ha querido evitar la concepción de Yahvé como Dios flanqueado por diosa paredra? En los panteones de los pueblos idólatras el dios tiene por compañía su paredra, una diosa madre que engendra hijos de dios.

Estas denominaciones de Dios como Padre están implícitas en los nombres teóforos bíblicos; pero hay que esperar a los profetas para oír el enunciado explícito de que Dios es Padre. Fuera de los nombres teóforos, probable importación de pueblos vecinos, la Biblia jamás vuelve a llamar a Dios «hermano» o «tío», ni siquiera en los profetas.

 

Parece que los hebreos se mostraron reacios a titular Padre a Dios por miedo a contaminación de cultos paganos, que a veces consideraban a la divinidad de una o de otra manera vinculada con el clan 207. El uso mismo de los nombres teóforos declina en la historia bíblica cuando el pueblo se sedentariza.

Lo cierto es que la Biblia, más tarde o más temprano, de uno u otro modo, conoce y proclama la paternidad de Dios, paternidad siempre en sentido metafórico. Hay quien cree que el teóforo más antiguo es Abrahán. El nombre antiguo de Abrahán fue Abram, un nombre, al parecer, de origen acádico que significa «El padre ama», Dios es amante.

La Biblia predica primero la paternidad de Dios respecto al pueblo de Israel; rara y tardíamente figura Dios como Padre del individuo. Lo cual no es extraño, porque el individuo de la Biblia empieza a cobrar relieve y estatura poco antes del destierro babilónico; anteriormente cuenta sólo la colectividad, el pueblo.

La paternidad de Dios en el AT está vinculada a la historia de Israel: Dios es Padre de Israel porque le ha sacado de la esclavitud de Egipto, le ha elegido, y ha hecho alianza con él: le ha dado un ser y puesto en la historia. «Israel es mi hijo, es mi primogénito» (Éx 4,22); «Yo (Yahvé) soy padre de Israel y Efraín es mi primogénito» (Jer 31,9). Yahvé es Padre de Israel «porque lo ha creado»(Dt 32,6;Mal 2,10).

Padre connota a veces en la Biblia señorío y dominio y exigencia de obediencia por parte del hijo (Mal 2,10;1,6; Tob 13,4).Da razón de esta significación el que Padre tiene como sinónimo en cananeo la raíz ‘dn (de donde deriva adon: señor), que significa a un tiempo padre y señor.

Lo corriente en el AT es que el título de Padre referido a Dios denote amor, bondad. Fuera de los tres textos antes citados, siempre expresa amor, bondad. Por amor inmerecido Dios escogió a Israel «su hijo primogénito» (Éx 4,22s.),«lo adoptó en el país de la estepa» (Dt 32,10);le alimentó «como un hombre alimenta a su hijo» (Dt 1,31),«le educó y guardó como a la pupila de su ojo» (Dt 32,10s), le instruyó «como un padre instruye a su hijo» (Dt 8,5). «Cuando Israel era niño lo amé; de Egipto llamé a mi hijo» (Os 11,1). Dice Oseas que en lugar de gritar a los hijos rebeldes: «No sois mi pueblo, van a ser llamados hijos del Dios vivo»(Os 2,1).

Jeremías es como Oseas, cuyas enseñanzas recoge. Dispara quejas por la infidelidad de Israel; le reprocha que ha olvidado a su Padre, el amigo de su juventud (Jer 3,4) en el desierto; le echa en cara que, en lugar de llamar-le Padre, se separa de Él, como mujer infiel (Jer 3,19). Pero mantiene que Dios es esposo de Israel y Dios es Padre. Oseas, Jeremías, Isaías, los profetas, saben que el secreto del amor de Dios está fuera de Israel, por encima de su correspondencia y fuera del tiempo. Es amor eterno: «Con amor fiel (jésed) eterno he tenido misericordia (rijamti) de ti (Israel),ha dicho Yahvé, tu redentor» (Is 54,8). Es amor esculpido en las entrañas: «Para mí, Efraín es un hijo tan querido, de tal manera preferido, que después de cada una de mis amenazas tengo que pensar en él, y mis entrañas se conmueven por él y mi ternura desborda hacia él» ( Jer 31,20). Entrañas de Dios que son entrañas de madre: «Una mujer no puede olvidar al niño que amamanta, no puede cesar de querer al hijo de sus entrañas. Pero si una mujer pudiese olvidar a su Hijo, Yo no te olvidaré jamás» (Is 49,15).

A esas entrañas de madre dirige el Tritoisaías su súplica cuando ve que Abrahán y Jacob, los padres de Israel, no se acuerdan de sus hijos: «Mírame desde el cielo…¿Dónde está tu celo, tu poder, la conmoción de tus entrañas? No te contengas, que tú eres nuestro Padre. Abrahán ya no nos reconoce, Israel no se acuerda de nosotros; tú, Yahvé, eres nuestro Padre, nuestro redentor. Desde siempre ese es tu nombre» (Is 53,15-16). «Yahvé, tú eres nuestro Padre» (Is 64,7).

Acabamos de ver que Profetas y Deuteronomio proclaman directa o indirectamente que Dios es Padre. Pero no lo invocan como tal en sus oraciones. Hemos de esperar a la literatura de los siglos II y I a.C .para descubrir la valentía de rezar a Dios como Padre: «El Tritoisaías había llama-do, no invocado, a Dios Padre nuestro: Tú eres nuestro Padre (Is 63,15s;64,7s). Aún ningún judío se había atrevido a invocar a Dios como Padre mío. Ben Sira se decide, aunque con una expresión debilitada: “Señor, Padre y dueño de mi vida» (Eclo 23,1), «Señor, Padre y Dios de mi vida”»(Eclo 23, 4). La invocación recae en primer término y principalmente sobre la invocación de Dios como Señor, como Kiryos, que es la manera ordinaria de designar a Dios y de invocarle en el Eclesiástico y en la litera-tura del tiempo (unas 200 veces se llama Kyrios a Dios en Eclo)».

Tal invocación es novedad, pues no hallamos en la Biblia este rezo en siglos anteriores; y es atrevimiento, porque el siglo II a. C. había desarrollado en Israel la conciencia de que no bastaba pertenecer a Israel para «ser hijos de Dios»: se necesitaba, según el propio Eclo 4,10, imitar al «Padre de los huérfanos, defensor de las viudas» (Sal 68,6),era preciso amar a los pobres, de quienes Dios es especialmente protector y Padre: «Sé cómo un padre para los huérfanos, acude como un marido en ayuda de las viudas y serás como el hijo del Altísimo, que te amará más que tu madre».

Un siglo más tarde, en los aledaños del NT, el libro de la Sabiduría (14,3) invoca a Dios como Padre, pero no sólo como Padre de mi vida, como reza el Eclesiástico, sino como Padre a secas: Padre mío y de todos los hombres: «Tu providencia (pronoya), Padre, guía a las naves porque tú hasta en el mar has trazado un camino, una senda segura en las ondas»(2,3).

Una pregunta antes de cerrar este apartado: Dios es Padre única-mente del pueblo escogido, o de los reyes de Israel, o de algún individuo privilegiado, como David o sus descendientes? La respuesta es que, aunque la Biblia no le llame Padre de los no israelitas, dice que tiene amor para ellos: Tiene piedad de todos los pueblos (Jer 12,15).

 

  1. Dios revelado como Padre sobre todo en el NT: Padre de Jesús, Padre de los cristianos, Padre de los hombres

La revelación de la paternidad de Dios era para Harnack 212 la quinta esencia de la revelación neotestamentaria, paternidad de Dios y anuncio del reinado de Dios.

Los evangelios ponen 170 veces la palabra Padre en boca de Jesús referida a Dios: 4, Mc; 15, Lc; 42, Mt, y 109, Jn. Dejando las invocaciones de Dios como Padre en las oraciones y ciñéndonos a las denominaciones de Dios como Padre, y contando los lugares paralelos como una sola vez, resulta que Mc llama Padre a Dios 3 veces, Mt y Lc juntos 4, Lc solo 31,Mt solo 4, y 100 Jn. Llama la atención las escasas veces que aparece el nombre de Padre, aplicado a Dios, en los estratos más antiguos de los sinópticos. El llamar a Dios Padre se fue introduciendo poco a poco en la tradición de los dichos del Señor. En Juan, «Padre» es ya la forma habitual de denominarlo. La tradición de Juan quiere poner el acento en que Dios es especialmente Padre de Jesús, lo que explica que corrientemente se le llame «el Padre», y que 25 veces Jesús lo denomine «mi Padre»; «vuestro Padre» sólo figura 2 veces en tal tradición.

También Mateo emplea el nombre de Padre, sobre todo en la forma de 《Padre celeste»: «Mi Padre, que está en los cielos», 9 veces; «vuestro Padre, que está en los cielos»,10. El sintagma «Padre que está en los cielos» empieza a extenderse entre los judíos en tiempo de Yojanán ben

Zakkai (ca. 50-80 d.C.), pero al propagarse el cristianismo a ámbitos no judíos, tal denominación semítica, de origen palestino, desapareció 214.

Fuera de los evangelios, Hch llama a Dios Padre 3 veces;Pablo,39;1y 2 Tim y Tit, 3; Heb, 2; Sant, 3; 1 Pe, 1; 2 Jn, 16; Jds, 1; Ap 4215.

Del parco uso de la apelación «Padre» en los estratos antiguos de la tradición no se puede concluir que llamar a Dios Padre fue una creación exclusivamente de la Iglesia primitiva, pues el «invocar» a Dios como Padre (Abba) fue una de las grandes innovaciones introducidas por Jesús, y entre las denominaciones de Dios como Padre de los sinópticos hay un cierto número que son auténticas de Jesús y que no se deben al influjo de la oración dominical o de la fórmula bautismal de Mt 28,19.Es original de Jesús, p.ej., «el Padre» en Mc 13,32; Lc 11,13 216 «vuestro Padre» en Mc 11,25;Mt 6,32;Lc 6,36;12,32; «mi Padre» en Mt 11,27,Lc 22,28-30217.

Llamar Jesús a Dios «mi Padre» era una novedad. Los judíos no lo llamaban así: únicamente, según Sifra 20,26 y Mekilta a Éx 20,6,los rabinos Eleazar ben Azarya (ca. 100 d.C.) y R. Natán (ca. 160 d.C.) usan la denominación «Padre mío» en sentido colectivo, Padre del pueblo israelita. El judaísmo palestino, en los siglos I y II d.C., es muy parco en aplicar a Dios el apelativo «Padre», El Targum evita tal apelativo o dice que Dios es «como» Padre. El judaísmo lo considera Padre de Israel más que del individuo; es Padre de los israelitas justos, cumplidores de la Ley. En raras invocaciones se le invoca en plural: «Padre nuestro, Rey nuestro»; el judaísmo palestino nunca le invoca «Padre mío».

Jesús introduce una innovación radical al invocar a Dios siempre como Abba, palabra con que los niños se dirigían a sus padres naturales :al padre le llamaban abba, a la madre hnma, «papá», «mamá» respectivamente. Las personas mayores podían continuar empleando estos apelativos de origen infantil. Es curioso observar que los judíos jamás han invocado a Dios como Abba, a pesar de haber suplantado la dicción abba, en arameo, hebreo de Misná y Tosefta, a la voz abi del arameo o hebreo; abi, «padre mío», quedó relegado al arameo imperial  y al siríaco oriental de Edesa, en el que se va introduciendo el uso palestino de abba. G. Vermes ha impugnado la singularidad de este uso de Jesús alegando el ejemplo de un carismático judío, Janán. «Cuando el mundo necesitaba lluvia, los rabinos solían enviarle niños que lo agarraban por la capa y le decían: Abba, abba, hab lan mitra («papá, papá, danos la lluvia»). Él se volvía a Dios diciendo: «Señor del universo, presta un servicio a los que no saben distinguir entre el Abba que da la lluvia y el abba que no la da».

Pero de este texto sólo se deduce que Janán aplica a Dios el apelativo Abba, pero no que lo «invoque» como tal, que es lo que hace Jesús.

Los Targumím judíos esquivan no sólo invocar a Dios como Abba, sino incluso denominarlo con tal nombre: en vez de «Padre» traducen «como» Padre, o traducen rab, rabbi, rabboni, mari, señor, señor mío.

Jesús, en cambio, como tenía conciencia de su filiación natural de Dios,226 en las quince veces que aparece en los evangelios invocando a Dios, emplea el vocativo Abba: explícitamente en Mc 14,36,y,por deducción de las cuatro formas griegas 227 empleadas en su oración, en el resto de sus invocaciones. Otra gran novedad: los cristianos deben invocar a Dios como Jesús hacía, con el nombre de Abba. Que lo invocaban así se infiere de Gál 4,6 y Rom 8,15, pasajes que fundamentan tal atrevida invocación en haber recibido la filiación adoptiva. Esa filiación divina se recibía en el bautismo, por lo que la primera epístola de Pedro, al parecer resto de una liturgia bautismal, está recorrida por la idea de la paternidad de Dios: “invocáis como Padre al que juzga a cada uno sin acepción de personas» (1 Pe 1,17). En la liturgia eucarística, antes de recibir la Eucaristía se rezaba el Padrenuestro; en él se invocaba a Dios como Abba, pues, según parece, la oración dominical comenzaba, como en Lc 11,2, por «Abba», «Padre», y no por «Padre nuestro», como en Mt 6,9228.El cambio de «Padre» a «Padre nuestro» probablemente es motivado por la dificultad de invocar a Dios con la palabra «Abba» en una comunidad como la de Mateo, compuesta en gran parte por judeoconversos. Aún hay restos en la Misa de la dificultad de los primeros cristianos en invocar a Dios como Abba: «nos atrevemos a decir» rezamos antes de pronunciar el Padrenuestro de la Misa.

Dios, además de ser Padre de Israe1, Padre de los cristianos, es Padre de todos los hombres. Algunos exegetas han negado que Jesús haya enseñado tal paternidad 229 basados en que Jesús, cuando habla de «vuestro Padre», se refiere siempre a los discípulos. Después de rechazar la opinión contraria, W. D. Davies concluye: «No hemos de pensar que Jesús negara la paternidad divina sobre todos los hombres: Dios hace llover sobre justos y pecadores», En los dichos de Mt 5,45 y Lc 6,32-36 subyace la afirmación de la paternidad universal de Dios.

La paternidad de Dios respecto a los cristianos es de orden muy superior a la de israelitas o no cristianos: Dios era Padre de los israelitas: era fundamentalmente paternidad dirigida al pueblo en conjunto por haber sido pueblo elegido por Dios; los individuos justos eran hijos de Dios por su fidelidad a la Ley; en cambio, los cristianos son hijos adoptivos de Dios: son «llamados hijos de Dios y lo son» (1 Jn 3,1-2) por una transformación en su ser, porque el bautismo es «el baño de un nuevo nacimiento» (Tit 3,5);fue verdaderamente «hijos en el Hijo»: cada cristiano hijo de Dios al participarnos el Hijo su filiación respecto al Padre:《Al participar en la “relación personal» que constituye al Hijo como tal, en la filiación (conocimiento y amor) de Cristo para con el Padre, el hombre es elevado a la dignidad de hijo de Dios (“hijo en el Hijo”) y queda incorporado realmente a la vida trinitaria.

En definitiva: Cristo es el Hijo primogénito y nosotros «la multitud de sus hermanos» (Rom 8,30). «Yo seré vuestro Padre y vosotros seréis mis hijos y mis hijas» (2 Cor 6,18).

  1. El amor de Jesús

Hemos hablado del amor de Dios en el Antiguo y Nuevo Testamento. Es amor de Jesucristo por ser Dios.

Ahora trataremos del amor de Jesús a Padre y a los hombres.

  1. Jesús ama al Padre

Aunque Jesús fue todo amor al Padre, sólo un texto, Jn 14,31, menciona explícitamente tal amor: «Para que el mundo conozca que amo al Padre y que obro como el Padre me ha mandado, levantaos y vayámonos de aquí. Ama al Padre porque le obedece, yendo al encuentro de la pasión y muerte. Pone en práctica la doctrina de Deuteronomio y Juan: ama a Dios quien cumple su voluntad.

El amor de Jesús al Padre se llama, pues, obediencia: «mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a término su obra»(Jn 4,34); «Yo hago siempre lo que le agrada» (Jn 8,29); «No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado»(Jn 5,30);«He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado» (Jn 6,38). Jesús da su vida para recuperarla después, porque este ha sido el mandato del Padre. Por esta obediencia el Padre le ama (Jn 10,17-18).

  1. Jesús ama a los hombres

En los evangelios sinópticos sólo una vez se dice explícitamente que Jesús «amó» (empleando el verbo agapao). Es el caso del joven rico que había guardado todos los mandamientos. Jesús «se le quedó mirando y lo amó» (Mc 10,21)233. Sin embargo, en Juan, el uso de «amar» no es tan parco: Jesús amaba a Lázaro: «Aquel a quien amas (filéis) está enfermo»(Jn 11,3)234.Jesús «amaba» (agapa) a Marta, a su hermana María y a Lázaro (Jn 11,5). A Lázaro le llama «nuestro amigo»(Jn 11,11).Amaba a Lázaro con amor intenso: «Al ver llorar a María y a los judíos que la acompañaban, Jesús se reprimió con una sacudida y preguntó: Dónde lo habéis enterrado? Le contestaron: Ven a verlo, Señor. Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: Mirad cuánto lo amaba… Jesús, reprimiéndose de nuevo, llegó al sepulcro» (Jn 11,33-38).

Pablo, como Lázaro, es otro beneficiario de un amor personal de Jesús: «Me amó y se entregó por mí» (Gál 2,20); nosotros somos beneficiarios: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros como ofrenda y victima a Dios» (Ef 5,2). Cristo «es el que nos ama» (Ap 1,5s).Es nuestro mayor amigo: «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos»(Jn 15,13) y «Cristo murió por nosotros cuando éramos aún pecadores: así muestra Dios el amor que nos tiene» (Rom 5,7-8). Dar la vida es saber lo que es amar: «Nosotros hemos comprendido lo que es el amor por Aquel [Jesús] que dio su vida por nosotros» (1 Jn 3,16).Nos amó hasta el fin: «Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el fin», expresión de doble sentido: hasta el final y hasta el extremo. Juan frecuentemente da dos sentidos a sus palabras 235, Cuando Juan dice: «Sabiendo Jesús que todo había llegado a su fin» (tetélestai)(Jn 19,28),y cuando Jesús pronuncia el consummatum est (todo ha llegado a su fin)(Jn 19,30),probablemente Juan empalma el sustantivo te los de Jn 13,1 (hasta el fin) con la raíz griega tel-de esos otros dos versículos (ha llegado al fin).Ese empalme de textos por palabras iguales o semejantes es lo que se llama guezerá saiva en hermenéutica judía antigua: se empalman las palabras iguales o semejantes para empalmar su sentido; por lo mismo, «todo ha llegado a su fin» o «todo había llegado a su fin» parece significar que «todo había llegado o ha llegado al final del amor.

La razón de esta fidelidad de Jesús en amar hasta la muerte es que Jesús ama al estilo de Dios, con jésed, con fidelidad: «Nos ha amado como el Padre le ha amado a Él》 (Jn 15,9).

Y así ha amado a todos: no sólo a los cristianos, porque Jesús es el Buen Pastor que ha dado su vida por las ovejas, y hay ovejas que aún no son de su redil (Jn 10,11.16).

Jesús mostró un amor especial por los amartoloi, por los pecadores. Es su médico: «No tienen necesidad de médico los sanos, sino los pecadores»  (Me 2,17), Probablemente los «pecadores» no son los amméha-ares (estos, contrariamente a lo que algunos autores han afirmado, no son excluidos de la alianza y, por tanto, de la salvación de Israel),sino los pecadores, que, por la gravedad de sus pecados, se han excluido de la alianza, como los publícanos o mokesayya. Son las ovejas perdidas, los hijos pródigos, los que han roto con la alianza y no quieren tratos con Dios. Las parábolas de la oveja y dracma perdidas, del hijo pródigo (Lc 15), fueron la réplica de Jesús a las murmuraciones de fariseos y escribas contra Jesús: Viendo que «se acercaban a Jesús todos los publícanos y pecadores, decían: Este acoge a los pecadores y come con ellos» (Lc 15,1s).Jesús llamó en su seguimiento a un publicano, Leví de Alfeo, y se sentó a su mesa rodeado de otros publícanos; lo mismo hizo con otro publicano, Zaqueo. Los adversarios de Jesús le motejaron: «Hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publícanos y pecadores» (Lc 7,34; Mt 11,19).

El mismo Juan, que acostumbra a entender el amor de Dios como amor de amistad, de familia, correspondido, recíproco, repetidamente atestigua el amor gratuito de Jesús por los pecadores: «Es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). «Al que escucha mis palabras y no las cumple, yo no lo juzgo; no he venido para juzgar al mundo, sino para salvarlo» (Jn 12,47). Juan presenta a Jesús dos veces como paráclito: en Jn14,15 como el «otro» paráclito o abogado de los discípulos; en 1 Jn 2,1-2 como abogado de los pecadores: «Hijos míos, no pequéis…; pero en caso de pecar, tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo el justo, que expía nuestros pecados y no sólo los nuestros, sino los de todo el mundo».

Gran dicha la del mundo pecador: tener por abogado defensor nada menos que a Jesucristo, que se «ha manifestado para quitar el pecado» (1Jn 3,5),«para deshacer las obras del diablo» (1 Jn 3,8), que naturalmente son los pecados.

No se puede poner en tela de juicio, por lo dicho, que el amor de Jesús, tanto en los sinópticos como en Juan, es amor gratuito e incondicionado, no sólo a sus seguidores, sino, y de manera especial, a los amartoloi, a los que han roto con Dios 238.

Otro amor especial de Jesús: los pobres, los ´anawim.

Los pobres del NT normalmente son los pobres de bienes a los que se les socorre con la limosna; pero en diversas ocasiones Jesús entiende por pobres los ´anawim del AT; «Los diversos términos usados en el AT para pobres expresan una noción de pobreza bastante distinta de la nuestra. Para nuestras lenguas modernas, como latín y griego, la pobreza es la falta de bienes; es una noción económica. En hebreo se la designa a veces como una deficiencia, o como petición de socorro, pero sobre todo ve en ella una situación de dependencia y de debilidad. Para el hombre de la Biblia el pobre es menos un indigente que un inferior, un pequeño, un oprimido: es una noción social» . Cuando Jesús se define en la sinagoga de Nazaret como el Mebasser; el heraldo de buenas noticias, entiende la palabra «pobre» en el sentido amplio del AT (Lc 4,18s.): pobres son los cautivos, los oprimidos, los cojos, los leprosos, los sordos, los hambrientos, los sedientos, los desnudos, los perseguidos, los humildes y, naturalmente, los tenuiores fortunae o pobres en sentido económico. Cuando se volvió a identificar ante los mensajeros de Juan Bautista, de nuevo se definió como el bienhechor de los ´anawim (Mt 11,4s.;Lc 7,22),

Jesús, a veces, llama «hijo» al necesitado: «Hijo, se te perdonan los pecados», dijo a un paralítico que descolgaron desde el techo y pusieron ante Jesús (Mc 2,5). «Hija, tu fe te ha curado; vete en paz», dijo a una mujer que padecía flujos de sangre y que había tocado la orla de su manto con la esperanza de ser curada (Mc 5,34).A sus discípulos, gente pobre y humilde, les llama también hijos (Mt 10,24). A los hambrientos, sedientos, desnudos, encarcelados, enfermos, a los carentes de cobijo, los llama sus hermanos y les asegura que lo que a ellos se hace, a Cristo se hace, y lo que a ellos se niega, a Cristo se rehúsa (Mt 25,40.45). Jesús otorgó a la pobreza un valor salvífico: al que la sufre, se le promete el Reino de Dios: ahí están las Bienaventuranzas. Y el que la remedía, se salva: ahí está la parábola del juicio final de Mt 25.

Jesús optó por los pecadores y por los pobres.

Y su amor por ellos y por todos fue como el amor del Padre a Jesús y a los hombres: amor de donación y de autocomunicacíón. «La Ley fue dada por Moisés, el amor fiel por Jesucristo» (Jn 1,17)241. El Espíritu que Jesús recibió en su bautismo ( Jn 1,32) lo comunica a su vez en el bautismo (Jn 1,33); es el Espíritu que prometió derramar torrencialmente sobre los creyentes cuando fuera glorificado (Jn 7,38-39); es el Espíritu Paráclito que enviará el Padre a petición de Jesús y cuando los fieles lo pidan en el nombre de Jesús (Jn 14,16.26); es el Espíritu que Jesús mismo enviará(Jn 15,26; 16,7). Jesús se da a sí mismo en la Eucaristía, y con ella la vida eterna y la promesa de la resurrección final; y hasta nos da a su propio Padre (Jn 1,12).

El amor de Jesús fue triple: amor divino como Dios, y amor de hombre, amor de su voluntad y amor también de su sensibilidad 242. Jesús amó con amor humano, sensible; así amó a Pedro (Jn 21,15), a Lázaro (Jn 11,3), a Juan el discípulo amado, a sus discípulos todos (Jn 13,17). Su amor era de verdadera «filia», amistad. A los niños que le llevaban sus madres para que los bendijera, como acostumbraban llevarlos a los rabinos para recibir su bendición, Jesús los bendecía (Mt 19,13-15). Mc 10,16 dice: «Después de abrazarlos los bendecía poniendo las manos sobre ellos»

 

  1. El amor de Cristo en san Pablo

Toda la historia de la salvación es para Gregorio Nacianceno una filantropias oikonomia, una administración de amor al hombre. Tito (3,4-7) dice que «la filantropía y la bondad de Dios nuestro Salvador se ha mostrado salvándonos, no por nuestras obras de justicia, sino por su misericordia, por medio del lavado de regeneración y renovación del Espíritu Santo, que ha derramado abundantemente sobre nosotros por medio de Jesucristo, Salvador nuestro, para que, justificados por su gracia, llegásemos a ser, en esperanza, herederos de la vida eterna».

Padre, Hijo y Espíritu Santo actúan, pues, en la «filantropía» salvífica del hombre.

La teología paulina es fundamentalmente cristológico-soteriológica: Cristo es el centro de la salvación del hombre, el centro de su «filantropía». De Dios «uno» Pablo no dice especialmente cosas nuevas: es el Dios que tiene amor, misericordia y fidelidad, y también ira ante el peca-do(Rom 1,18), el que busca salvar más que condenar. De Dios «trino»Pablo habla ya en fórmulas binarias (Padre e Hijo; Cristo y el Espíritu) o en fórmulas ternarias (Dios-Padre, Hijo y Espíritu).Una fórmula binaria presenta a Jesús como Mediador: «Dios es uno, y uno es el Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo, hombre también» (1 Tim 2,5). En las fórmulas binarias Pablo une estrechamente Cristo y el Espíritu y a los dos les atribuye casi las mismas funciones, pero aunque repite que «estamos en Cristo» o «estamos en el Espíritu», nunca dice que morimos en el Espíritu o que nos revestimos del Espíritu. Claramente los distingue (Rom 8,9ss)245. Las fórmulas ternarias normalmente unen las tres Personas divinas en su actuación salvífica del hombre (Rom 8,9-11; 1 Cor 6,11;1 Cor 12,4-6;2 Tcs 2,13s).

Pero de lo que Pablo escribe es, sobre todo, de Cristo Salvador: de cristología soteriológica. Trata extensamente de antropología, del estado del hombre, pero siempre en función de su salvación o perdición, resultantes de aceptar a Cristo (fe) o de rechazarlo (apistía).

El centro del pensamiento paulino es que Dios salva a los hombres, a todos los hombres, por Cristo. Acción salvífica que se extiende, al parecer, hasta al mismo cosmos. Pablo, consciente o inconscientemente, hace girar su teología en torno al nombre de «Jesús», «Dios es salvación» en Cristo.

El judaísmo de su tiempo, a juzgar por los testimonios evangélicos, del propio Pablo y de la literatura tanaítica de los dos primeros siglos d.C. ponía la salvación en pertenecer al pueblo de la Alianza del Sinaí: el israelita que no saliese de la alianza tenía asegurada la salvación: Kol Israel yesb lahem jéleq baolam ha-ba, «todos los israelitas tienen parte en el mundo futuro»(Sanhedrin 10,1).Únicamente aquellos que cometen ciertos pe-cados graves (p.ej.: los que niegan la resurrección, los que niegan que la Ley de Moisés sea de origen divino, los epicúreos o herejes) se excluyen ellos mismos de la alianza y, por tanto, de la salvación, supuesto que no se arrepientan o expíen sus pecados. Se salvan, pues, los que están dentro de la alianza y los que se mantienen dentro de ella por el cumplimiento de la Ley o por arrepentimiento caso de haberla incumplido.

Pablo niega que la pertenencia a la vieja alianza del Sinaí salve, niega que el cumplimiento de la Ley de Moisés le mantenga en un estado de salvación. Aquella alianza ha sido sustituida por la Nueva Alianza (1 Cor 11,25):hay «una alianza nueva, no de la letra, sino del Espíritu; la letra mata, el Espíritu da vida» (2 Cor 3,6). La alianza que perdura del AT es la de Dios con Abrahán. Las promesas de bendición fueron hechas a Abrahán y su descendencia -«descendencia» en singular, argumenta Pablo(Gál 3,16)-.Esta «descendencia» es Cristo, y todos los que creen en Cristo, a los que les corresponden, por tanto, las promesas (Gál 3,22).

Cristo es el que salvará a los creyentes: «Si confesares a Jesús por Señor y creyeres en tu corazón que dios le resucitó de entre los muertos , serías salvo»(Rom 10,9); « Todo el creyere en Él no será confundido» (Rom 10,11). Salvación para todos: « No hay distinción entre judío y gentil»(Rom 10,12), pues «Pues todo el que invocare el nombre del Señor, será salvo» (Rom 10,13). «Seremos salvados por él (Cristo) de la ira»(Rom 5,9).

Pablo utiliza el verbo salvar en futuro para indicar la salvación escatológica que implica la resurrección: «Por un hombre-alusión a Adán, que significa «hombre»- vino la muerte; por un hombre-alusión al segundo Adán, Cristo–(vendrá) la resurrección de los muertos» (1 Cor 15,21), «porque como en Adán mueren todos, así en Cristo todos, serán vueltos a la vida» (1 Cor 15,22): «Cristo el primero, después los que pertenecen a Cristo, cuando venga» (1 Cor 15,23). Los tesalonicenses «aguardan de los cielos a su Hijo, a quien resucitó de entre los muertos, a Jesús, que nos salva de la ira venidera» (1 Tes 1,10), «El Señor no nos ha destinado para la ira, sino para la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros para que, despiertos o dormidos, vi-vamos con él» (1 Tes 5,9-10).«Estaremos incorporados a él(Cristo) con una resurrección semejante a la suya» (Rom 6,5).

La resurrección siempre se considera como futura (1 Cor 6,14;15,22;Flp 3,11).Únicamente en Col 3,1 y 2,11-13 se presenta la resurrección ya acaecida; en Ef 2,6 Pablo afirma que ya «estamos sentados en el cielo». En la epístola a los Romanos, síntesis madura de su pensamiento teológico, el Apóstol enseña que el cristiano en el bautismo muere y vive una vida nueva, pero sin afirmar que resucite (Rom 5,1-11).

Hay textos paulinos que parecen a primera vista enseñar que todos los hombres se van a salvar, Uno de ellos este: «Así como el delito de uno solo (de Adán) resultó en la condena de todos los hombres, así el acto de justicia (salvífica) de uno solo (de Cristo), resulta en justificación y vida para todos los hombres» (Rom 5,18). Otro texto es el de 1 Cor 15,22:«Como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos vivirán». Pero el sentido de estos textos ha sido matizado por el propio Pablo: «Todos vivirán», de 1 Cor 15,22, por el contexto significa que todos serán vivificados, resucitados; «justificación y vida para todos los hombres» (Rom 5,18) es vida y justificación para «muchos» hombres (Rom 5,19).Pablo dice qué la cruz «es una insensatez para los que perecen y fuerza de Dios para los que se salvan» (1 Cor 1,18). En 2 Cor 2,15 distingue entre los «que se salvan y los que perecen». «Nuestro Evangelio-añade el Apóstol-está velado para los que perecen, para los incrédulos» (2 Cor 4,3-4). «Muchos andan por ahí…los enemigos de la cruz de Cristo, cuyo paradero es la perdición» (Flp 3,18-19).

Para obtener la salvación, los israelitas debían permanecer en la alianza; para salvarse, los hombres han de formar cuerpo con Cristo, ser miembros de su cuerpo, estar «con Cristo». «No hay condenación al-guna para los que están en Cristo Jesús» (Rom 8,1). Esta incorporación a Cristo, a su Cuerpo Místico, es mística pero real, y tan íntima que nos hace «un ser» con Cristo»: «Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay ni judío ni griego, ni esclavo ni hombre libre, ni varón o mujer, porque todos vosotros sois eis una persona en Cristo Jesús» (Gál 3,28). A veces se acusa a Pablo de antifeminista, de no haber defendido los derechos de la mujer, de haberla supeditado al varón, de no haber denunciado la esclavitud. En realidad Pablo proclama una gran liberación y la máxima dignidad del extranjero, del esclavo, de la mujer: forman un ser con Cristo, «como una persona mística». «Sois uno en Jesucristo», dice san Juan Crisóstomo. El Bautismo incorpora a los cristianos en el ser de Cristo, de manera que todos en conjunto e individualmente son uno, incluso Cristo.

La incorporación a Cristo es can real que el cristiano como Pablo puede afirmar: «No vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gál 2,20).Nosotros vivimos en Cristo y Cristo «está en vosotros», como repite una y otra vez el Apóstol (Rom 8,10; 2 Cor 13,5; Col 1,27).

Al estar en Cristo, el cristiano «es una nueva creación; lo viejo ha pasado, lo nuevo ha venido» (2 Cor 5,17); «¡Circuncisión o no circuncisión!, ¿qué importa? Lo que importa es la nueva creación»253(Gál 5,15).El interior del hombre ha quedado renovado y se va renovando de día en día, «Nuestra naturaleza exterior va decayendo, pero nuestra naturaleza interior se va renovando cada día» (2 Cor 4,16); «vamos siendo cambia-dos en semejanza del Señor de un grado de gloria a otro» (2 Cor 3,18).Algo muy grande ha ocurrido: al estar en Cristo nos hace hijos de Dios: «En Jesucristo todos vosotros sois hijos de Dios por la fe» (Gál 3,26).

La maravilla de nuestra filiación sobrenatural se la debemos al Padre, que nos predestinó a ser hijos adoptivos por Jesucristo (Flp 1,5), al Hijo enviado para darnos la adopción de hijos (Gal 4,5), y que es «primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,30), y, al parecer, también al Espíritu Santo, al que llama Pablo «Espíritu de filiación adoptiva» (Rom 8,15).En Gál 4,6, Pablo parece decir que el Espíritu Santo ha sido enviado a nuestros corazones por el Padre una vez que somos hijos (Gál 4,65).Como sea, el Espíritu Santo es el que nos ayuda a rezar a Dios como «Abba», como Padre (Gál 4,6; Rom 8,15) y el que garantiza que somos hijos de Dios (Rom 8,16)

El Espíritu Santo es llamado por Pablo las más de las veces Espíritu de Dios, es decir, del Padre (Rom 8,9.14; 1 Cor 2,12.14;3,16;2 Cor 3,3;Flp 3,3, etc.), pero también es llamado «Espíritu del Hijo» (Gál 4,6), Espíritu de Cristo (Rom 8,9),Espíritu de Jesucristo (Flp 1,9). Esto por sí solo ya prueba la íntima relación que hay entre Cristo y el Espíritu. Así como estamos en Cristo, también estamos en el Espíritu (Rom 8,9); como Cristo habita en los cristianos, también habita el Espíritu (Rom 8,9.11); los cristianos son templo de Dios donde habita el Espíritu Santo (1 Cor 3,16;cf.2 Tim 1,14).Habitamos en Cristo y en el Espíritu, somos habitados por Cristo y por el Espíritu. Estamos en unión con Cristo (Rom 8,10;2Cor 13,5) y en comunión o koinonía con el Espíritu (2 Cor 13,13); somos  «un Espíritu con el Señor» (1 Cor 6,17); «fuimos bautizados todos,judíos, griegos, esclavos, libres, con un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo» (1 Cor 12,13), que es el cuerpo de Cristo. Quien no tiene el Espíritu no pertenece a Cristo (Rom 8,9). Por el contrario, quien tiene el Espíritu, está unido a él y a su cuerpo.

Esa presencia del Espíritu de Cristo se manifiesta por los dones y carismas, que el Espíritu da para la edificación del cuerpo de Cristo. Por eso 1 Cor 12 y Rom 12, capítulos que hablan y detallan los carismas del Espíritu, empiezan describiendo el Cuerpo místico de Cristo 255.Los carismas son garantía de la presencia dinámica de Cristo a través de su1 Espíritu en su cuerpo. Pero la presencia del Espíritu es también la garantía de la salvación escatológica que Cristo otorgará: Cristo nos ha sellado con el Espíritu Santo como garantía de nuestra herencia (Ef 1,14), En 2 Cor 1,22 es el Padre quien «nos ha marcado con su sello y nos ha dado dentro el Espíritu como garantía».

Resumiendo lo que llevamos dicho de la soteriología paulina: Cristo es el salvador: en el futuro otorgará la salvación en plenitud, nos hará partícipes de su resurrección y glorificación; en el presente nos incorpora a su cuerpo y nos hace partícipes de su Espíritu. Nos hace hermanos suyos, hijos de Dios, una nueva creación. El Espíritu da testimonio de esta filiación y es sello y garantía de que Cristo nos dará la salvación total. Toda esta soteriología o pneumatología se subsume dentro del amor, en la categoría amor de autocomunicación. Es genuino amor agape.

Sigamos con la soteriología según Pablo:

Para salvar a los creyentes, deben estar en Cristo, en el Espíritu. Para estar en Cristo, tienen que morir con Cristo: «Cuantos fuimos bautiza-dos en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte» (Rom 6,3).«En el bautismo hemos sido consepultados con Cristo para morir, para que así como Jesús fue resucitado por el Padre, así nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6,4). Este morir o ser crucificado con Cristo (Rom 7,4;Gál 2,19s; 5,24;6,14;Flp 3,10s) es morir con Cristo a la ley, al pecado, al hombre viejo, para resucitar con Cristo a una nueva vida. Es morir a los pecados y al pecado, que es señorío de las fuerzas del mal y señorío de la muerte.

La muerte de Cristo es un sacrificio expiatorio, un hilasterion, por nuestros pecados. Cristo nos hace partícipes de esa muerte expiatoria. «Todos han pecado…y son justificados gratuitamente por su gracia, por la redención que se da en Cristo Jesús, al que Dios ha puesto como expiación (hilasterion) por su sangre… » (Rom 3,23-25). Que Cristo «murió por nuestros pecados» es una enseñanza que Pablo daba como recibida de la Iglesia (1 Cor 15,3). «Cuando estábamos sin esperanza, Cristo murió por los impíos… Dios manifiesta su amor por nosotros en que Cristo murió por nosotros cuando éramos pecadores» (Rom 5,6-8).Pero la muerte de Cristo no ha de considerarse únicamente como sacrificio expiatorio por los pecados de todos. Esta es una finalidad, pero otra, para algunos exegetas aún más importante, fue liberarnos del poder del pecado, del eón del pecado y de la muerte y para pasarnos al señorío de Cristo: «El amor de Cristo no nos deja escapatoria cuando pensamos que uno murió por todos; con eso, todos y cada uno han muerto; es decir, murió por todos para que los que viven ya no vivan más para sí mismos, sino para el que murió y resucitó por ellos» (2 Cor 5,14-15).«Cristo murió y resucitó para esto: para tener el señorío de los muertos y de los vivos» (Rom 14,8). «Ahora ya no pesa condena alguna sobre los de Cristo Jesús, pues, mediante Cristo Jesús, el régimen del Espíritu de la vida te ha liberado del régimen del pecado y de la muerte» (Rom 8,1-2). Los apocalípticos creían que este mundo estaba dominado por las fuerzas del mal: es el eón del pecado. Pablo dice que «Cristo se entregó por nuestros pecados para liberarnos, del presente eón malo» (Gál 1,4). Los creyentes «han sido liberados del pecado para servir a la justicia» (Rom 6,18), «han sido liberados del pecado y puestos al servicio de Dios» (Rom 6,22), han sido liberados «de la esclavitud de los espíritus fundamentales del mundo» (Gál 4,3).

Pablo habla de «la esclavitud del pecado» (Rom 6,20),de «estar en la carne» (Rom 7,5;2,9), de «los jefes de este mundo» (1 Cor 2,6.8),de «los espíritus fundamentales del mundo» (Gál 4,3). De todos estos enemigos, que parecen personalizar a los poderes demoníacos, enemigos de Cristo y de los humanos, nos ha liberado Cristo con su muerte, de la que hace partícipe al hombre por la fe y el bautismo.

La muerte de Cristo es, pues, doblemente liberadora: de los pecados y de algo más fuerte que es el poder del pecado. Cuando Pablo habla de la reconciliación (katallage) (2 Cor 5,17-21; Rom 5,10s) se refiere a restaurar las relaciones amistosas con Dios, rotas por los pecados.

Curiosamente Pablo habla muy poco del arrepentimiento y de la expiación de sus pecados por eI hombre, puntos en los que el judaísmo insistió sobremanera. Únicamente en 2 Cor 12,21 menciona el arrepentimiento: teme tener que llegar a Corinto y tener que llorar por lo que pecaron y no hicieron penitencia de la impureza, fornicación y disolución a la que se habían entregado». También es escaso en términos de culpa. «Culpable»  (enojos) únicamente figura en este texto: «Culpable del cuerpo y la sangre del Señor» (1 Cor 11,27). Y no es que Pablo no conozca los pecados, pues en los tres primeros capítulos de Romanos expone crudamente el panorama de los pecados de paganos y judíos; y no es que Pablo sea complaciente con los pecados, pues ofrece largas listas de pecados que excluyen del Reino de los cielos (Gál 5,19-21); 1 Cor 6,9-11; cf. 1 Cor 6,12-20; 10,6-14). La parquedad de Pablo en el tema del arrepentimiento se debe a que está interesado en destacar que Cristo es el Señor, que él nos salva, que él nos libera del señorío del pecado; él, por su muerte y resurrección. Los judíos ponían el acento en el arrepentimiento y la expiación; Pablo, sin negar que tales actos sean necesarios, habla me-nos de los actos del hombre y más de la acción liberadora de Cristo.

Lo que Pablo exige constantemente del hombre es que sea creyente, pistos: que tenga fe en Cristo. La fe, pistis, en Pablo tiene diversos signifcados, o, más bien, diversos componentes; unas veces destaca unos, otras veces otros. Fe es confianza en Dios y en Cristo, fe es creencia, creer especialmente que Dios ha resucitado a Jesús de los muertos (Rom 4,24), fe es la entera respuesta del hombre a la salvación dada por Cristo, respuesta que implica el vivir como «santos», es decir, según las exigencias de una vida en Cristo y en el Espíritu: una fe que es fidelidad. Si el hombre, cualquier hombre, es pistos, Cristo opera en él toda esa larga soteriología de amor que acabamos de explicar.

La respuesta a tanto amor de Cristo la vamos a estudiar en la sección siguiente: se resume en que el creyente, pistos, sea al mismo tiempo «santo», «consagrado» a Cristo: sea, en terminología paulina, hagios.