JESUCRISTO, REDENTOR DEL SUFRIMIENTO HUMANO

Del libro” Misterio del dolor” Luis María Mendizábal S.J.

Vivimos en medio de un mundo que está sumergido en el sufrimiento. El sufrimiento es una realidad circundante, que en ocasiones pasa junto a nosotros, otras veces hace garra en nosotros y otras penetra en nosotros. Ese mundo del sufrimiento que se puede transformar en el sufrimiento del mundo.

Y examinándolo, ese fenómeno nos hace cuestionarnos: ¿Por qué? Esa pregunta, ¿por qué?, se puede dirigir, y el Señor quiere que se la dirijamos a Él con humildad; no le molesta que le preguntemos humildemente. En la revelación existe esa pregunta y la consiguiente respuesta.

Lo veíamos primero en el Libro de Job. La gran lección de este libro es romper ese molde de que el sufrimiento es siempre castigo de la persona que sufre. No porque lo niegue; puede serlo, no puedo excluirlo, pero no lo es necesariamente. En el caso concreto de Job, es sufrimiento de un hombre justo, de un hombre inocente. Tiene el sentido de prueba de Dios, para hacer brillar la justicia, la santidad de Job, siendo fiel en el momento del dolor. Tan así es, que dice Job: «Si recibimos los bienes de la mano de Dios, ¿por qué no vamos a recibir también los sufrimientos de su mano?» Por tanto, no los considera castigo, sino algo que viene por los designios divinos, quizá para él indescifrables, pero reales. Además, en diversos textos del Antiguo Testamento, como en el Libro de los Macabeos, apa-rece la aflicción como camino de educación. No es sólo un castigo, sino que aun en el castigo mismo lo que se pretende es reconstruir el bien.

Y con esto llegábamos al sufrimiento vencido por el amor. Al Nuevo Testamento, a Cristo. Y ahí tenemos como luz que ilumina ese misterio el conjunto de la revelación cristiana. Pero en ella como foco principal, aquella expresión del Evangelio de San Juan (3,16): «Así amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo». Ese «entregó» sintetiza lo que hemos visto contemplando los relatos del a Pasión.

Aquí entramos en el amor que ilumina como foco de luz brillante el sentido del sufrimiento. Ya no es, pues, la simple justicia vengativa; aquí hay un misterio de amor, relacionado indudablemente con el pecado y relacionado con la justicia. Las Encíclicas Redemptor Hominis y Dives in Misericordia tratan de iluminar la relación entre amor misericordioso y justicia. De todos modos, entra este elemento nuevo: el elemento del amor. Decíamos que Jesucristo, en su misión, tiene que llegar y tocar el mal en sus raíces trascendentales. Y las raíces trascendentales del mal, Ios puntos centrales del mal, diríamos las covachas radicales del mal, son el pecado y la muerte. Pecado y muerte, por otra parte, relacionados entre sí. Lo dice la Carta a los Romanos: «Por el pecado entró la muerte». La clave de todo está ahí: en el pecado y la muerte. Los elementos básicos que pue-den impedir el disfrute de la vida eterna son el pecado y la muerte. Quien está en pecado no tiene vida eterna, quien está muerto no tiene vida eterna. Y el Señor llega hasta esas raíces y vence al pecado por la obediencia hasta la muerte. Precisamente relacionando los dos elementos.

Una vez que en el hombre existe la mortalidad, todo el afán del hombre es huir de la muerte. En gran parte, el motivo del pecador el deseo de huir de la muerte. Lo decíamos hablando de la Pasión. Jesús supera el pecado haciéndose obediente hasta la muerte y supera la muerte misma por la Resurrección. Se ha hecho obediente hasta la muerte, y el Padre le ha glorificado resucitándole de entre los muertos. Estas son las raíces trascendentales adonde llega Cristo: hasta el pecado y hasta la muerte.

Pero el Papa hace ver que Jesucristo entra también en contacto con la dimensión temporal del dolor no sólo en esa dimensión trascendental de sus raíces que son el pe-cado y la muerte, sino también en la temporal e histórica;

es decir, entra en contacto con los sufrimientos reales y concretos de esta persona en su vida temporal, en su vida histórica. Viene en contacto también con la enfermedad, el dolor, la tristeza, la desolación, la orfandad. Al mismo tiempo nos va a enseñar cuál debe ser nuestra actitud ante el sufrimiento; porque Cristo se ha hecho hombre para mostrarnos cómo debemos vivir como hombres. Ejemplo de Cristo en su vida, Hijo de Dios con una humanidad verdadera y real, nos enseña cómo debemos vivir. Precisamente en cada uno de los miembros de Cristo tiene que realizarse la figura de Cristo; por eso nos enseña y por eso lo contemplamos en lo que es tan esencial. La idea de imitación es fundamental. Como cristianos necesitamos referirnos continuamente a la figura y a la vida de Cristo. Él se ha hecho hombre porque como hombre tiene que redimirnos, es uno de nosotros; pero al mismo tiempo porque como hombre tiene que enseñarnos a ser hombres y a actuar como tales. Nosotros veremos que en nuestra vida hemos de llegar también hasta la raíz trascendental del pecado y de la muerte, pero tenemos que encontrarnos también con las dimensiones históricas, las dimensiones temporales, las dimensiones concretas del sufrimiento que se encuentra en la humanidad. Cristo, pues, toca el mal también en esa dimensión temporal e histórica.

El mal concreto: la enfermedad, el sufrimiento, está vinculado al pecado y a la muerte. Esto no lo podemos negar. Está vinculado históricamente a unas posturas del hombre y a unas consecuencias de sus posturas. Es evidente que se debe juzgar con mucha prudencia; o mejor, no nos toca a nosotros juzgar si este sufrimiento concreto es consecuencia de estos pecados concretos. Tenemos que evitar decir que con esta desgracia Dios ha castigado a esta persona por tal pecado. No tenemos nosotros evidencia de ello. Pero no puede separarse del pecado de origen. Si el hombre se encuentra en una situación corruptible, se debe a su rebelión contra Dios. Es lo que Dios había anunciado: «Si comes de este árbol, morirás». Es decir, serás mortal, perderás esa protección de tu naturaleza, que normalmente debería ser mortal, pero que tiene el privilegio de la inmortalidad, como efecto de la justicia original que la protege; al perder ese privilegio, lo que es en ti natural se convertirá en castigo por haberte rebelado contra Dios. Por eso, el sufrimiento como condición de la naturaleza corruptible es consecuencia del pecado. No lo podemos separar. Y tampoco podemos separar el mal de lo que San Juan llama pecado del mundo.

Hagamos una observación: cuando el Papa habla del pecado distingue un triple pecado:

  • El pecado personal concreto: esta persona ha cometido un sacrilegio, esta persona ha cometido un adulterio, es el pecado personal concreto.
  • El pecado de origen: el pecado original, que nos ha colocado en la condición humana tal como nosotros la vivimos;
  • Y el que San Juan Evangelista llama pecado del mundo («Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo»).

Pecado del mundo no es sólo la suma de pecados personales, de los pecados de todo el mundo, sino que el pecado del mundo lo explica el Papa cuando dice: «San Juan llama pecado del mundo a lo que es el trasfondo de las acciones personales e incluso de los procesos sociales erróneos pecaminosos». Es como una especie de «reino del pecado». El pecado como una fuerza, considerado como el trasfondo de la pecaminosidad del hombre. «Pecado del mundo» es un concepto análogo. No se trata de un acto deliberado libre. Pero hay un pecado del mundo que incluye los pecados personales y el trasfondo pecaminoso. Es el pecado del mundo en el lenguaje de San Juan. En relación con el «misterio de iniquidad», con lo oscuro e inaprehensible que hay bajo el pecado, en contacto con las fuerzas malignas (cf. Ef 6,12).

No puede separarse el sufrimiento de esta triple realidad: el pecado de origen, el pecado del mundo y los pecados personales. Con esa realidad está vinculado. De hecho, en la base de los sufrimientos humanos hay una múltiple implicación del pecado. Y lo mismo vale de la muerte. Dice San Pablo: por el pecado entró la muerte. La muerte es aliada del pecado. En el plan divino no existía la muerte. Dice San Pablo: Por el pecado entró la muerte. El pecado introdujo la muerte. Diríamos que la muerte viene a ser como una versión psicofísica de la rebelión contra Dios; se ha separado de la fuente de la vida y pierde la vida temporal. La derrota del pecado terminará con la derrota de la muerte. Nuestra resurrección será la victoria definitiva sobre el pecado mismo, no sólo sobre la muerte. Por la Redención, Cristo nos libera del pecado y nos libera de la muerte. Con la resurrección llegamos a la liberación plena para vivir una vida eterna verdadera, participada de Dios, que constituye el triunfo de Cristo Redentor, la Redención total de Cristo.

Esto tenemos que vivirlo; son elementos normales de nuestra experiencia. Nosotros nos fijamos sólo en la vivencia histórica a la que prestamos atención. Pero en realidad estamos en una gran batalla de Dios y el demonio, del bien y del mal, y llevamos en nosotros las consecuencias de esa guerra, de esa batalla; precisamente por la presencia en nosotros de esas consecuencias colaboramos al triunfo de Cristo. Nosotros hemos de vencer en nosotros al pecado y a la muerte. Esta es la gran victoria. Robustecidos en la fe, apoyándonos en la fuerza de Cristo, en la gracia de Cristo, cada uno de nosotros tiene que llevar a término una victoria que radicalmente ha sido ya ganada por Cristo. Dice Jesús: «Yo he vencido al mundo; el príncipe de este mundo ha sido echado fuera». Él ha vencido a la muerte. Nosotros tenemos ya la posibilidad de vencer; no estamos sometidos de manera dictatorial e implacable al demonio, al pecado y a la muerte. Pero tenemos que realizar en nosotros la victoria, y a medida que realizamos en nosotros la victoria, también en nosotros se cumple la Redención de Cristo: «Cumplo en mí lo que falta a la Pasión de Cristo por su Cuerpo, que es la Iglesia». La victoria se lleva a término; no añadimos nosotros energía, fuerza, sabiduría, sino que aprovechamos, ponemos en acción la fuerza salvadora de Cristo que se actúa en toda la humanidad. Toda la humanidad tiene que estar impregnada de la energía salvadora de la Redención de Cristo, venciendo en cada uno de los hombres al pecado y la muerte.

Esa victoria tiene que hacerse, pues, en cada uno de nosotros. Vale de la muerte lo que hemos dicho del pe-cado. La muerte es el mal supremo en cierta manera, aunque la muerte al realizarse no es dolorosa y ha pasado ya; pero la muerte significa y es una síntesis de la acción destructora definitiva del organismo humano y de la psique humana. Es disociación de toda la personalidad psicofísica del hombre. El mal supremo en ese sentido: la destrucción, la disociación. Jesucristo viene a liberar al hombre del pecado y de la muerte.

Nosotros preguntamos muchas veces: «Jesucristo es mi redentor, es mi liberador, ¿de qué me ha liberado?». En el momento de la Cruz ponderábamos cómo las blasfemias de los que le rodeaban venían de que querían un liberador del mal temporal, de la muerte temporal: «Si tú eres el Mesías, líbrate a ti y líbranos a nosotros» de la muerte, líbranos de esta muerte temporal. Muchas veces la llamada «teología de la liberación» insiste en que la función, la misión de la Iglesia recibida de Cristo, continuación y actuación de la misión de Cristo es, si no única, al menos principalmente, liberar al hombre de estas aflicciones corporales, temporales. Y aquí es donde nosotros perdemos la visión verdadera. No quiere decir que nosotros tengamos que desentendernos de los males físicos y temporales. Volveremos sobre ello. Pero lo fundamental que nos va a enseñar Cristo al redimirnos y al redimir al sufrimiento humano va a ser qué postura hemos de tomar ante el sufrimiento. La liberación fundamental de Cristo no es del sufrimiento temporal directamente, sino que es liberación del pecado y de la muerte. Esta es la fundamental. Liberándonos del pecado y de la muerte, con una liberación positiva que supone en nosotros presencia de la vida, de la caridad y del amor, de hecho, relativiza enormemente y vence verdaderamente al sufrimiento. Ya decíamos que el sufrimiento, en gran parte, viene de la voluntad del hombre, del egoísmo del hombre ante el sufrimiento de los demás. Pero no es sólo eso; no sólo yo podría remediar el hambre de mucha gente si no fuese tan egoísta con mis bienes (evidentemente, si contribuyera sólo individualmente podría hacer bien poco para remediar el hambre mundial, pero como nación, como enfoque de economía, si no fuera egoísta, podría ayudar a tantos que mueren de hambre), sino que los sufrimientos serían más soportables si son rodeados de amor humano. Una persona que está abandonada de todos sufre terriblemente, se hunde en la desesperación; cuando se siente comprendida, acompañada, alentada por la cercanía de un amor verdadero, que le muestra estima, que le atiende, el sufrimiento se hace más soportable. El sufrimiento disminuiría mucho si llegara a establecerse la civilización del amor, si llegara a establecerse la cercanía de la caridad. Por tanto, la liberación directa de Cristo es ésta: la liberación del corazón, la liberación del pecado y de la muerte, y a través de ésta, sobre todo de ésta, la liberación llega a la liberación del mismo sufrimiento temporal, por lo menos a la atenuación de ese sufrimiento temporal y muchas veces a la liberación también, porque a medida que se va estableciendo el reino de la caridad, del amor de la caridad, de la cercanía de la caridad, se eliminan los mismos sufrimientos temporales.

Cristo libera al hombre del pecado y de la muerte. Esa es la obra mesiánica. Él no ha venido simplemente para dar vista a los ciegos. Si hubiera sido así, la Iglesia tendría que seguir esa misión de dedicarse a dar vista a los ciegos, a hacer andar a los paralíticos, etc. Y esto el Señor no lo ha instituido así en la Iglesia. La Iglesia no es una institución que tiene simplemente como misión remediar todas las enfermedades. No lo puede hacer. Al fin y al cabo, todo hombre tiene que morir alguna vez; de modo que nunca se pueden remediar todas las enfermedades. Las curaciones realizadas milagrosamente por Cristo eran «signos», símbolo de lo que es en realidad la curación de la enfermedad espiritual del pecado y de la muerte. Consiguientemente, a través de eso, e incluso directamente, también la curación activa según las posibilidades de cada uno. Una norma en la Iglesia será que nadie puede pasar indiferente ante el sufrimiento del hermano. Y esto es una exigencia de esa salud nueva, de la liberación del corazón, porque le han liberado de su egoísmo, que le hacía pasar ciego ante las necesidades de los demás.

¿Cómo nos ha librado del pecado a nosotros? ¿De qué maneras? ¿En qué niveles? El Papa recorre estos niveles haciendo observaciones profundas y atinadas. Ante todo, borra de la historia del hombre el dominio del pecado. No nos hacemos idea de lo que significa esta liberación traída por la gracia. El gran mal del hombre es entrar bajo el dominio del pecado, ser esclavizado, sin poder salir de él. Lo experimentamos hoy en ciertas situaciones, que a veces afectan a la misma libertad del hombre. Así, por ejemplo, el gran mal de la drogadicción es la imposibilidad práctica de salir de ella. Si uno hubiera caído por un momento o hubiese tenido una debilidad, se le podría levantar; pero lo malo es cuando ya se ha convertido en drogadicto; entonces es dificilísimo sacarlo de esa situación. Hasta que vino Cristo había un dominio despótico del pecado, de manera que el hombre no tenía fuerza para liberarse del pecado, y en este sentido era esclavo del pecado y del demonio. Y llega Cristo, y por su Pasión lanza de este mundo al príncipe de este mundo y nos da la victoria, de tal manera que ahora nosotros hemos sido liberados y nadie está en poder del demonio sino porque él se entrega; pero puede liberarse. Él le da la gracia de hacerlo. En este sentido ha borrado de la historia del hombre el dominio del pecado, que se había radicado bajo la influencia del demonio, del maligno. Es la gran victoria de Cristo. Él nos ha obtenido gracia para superarlo. Nos ha dado la posibilidad. El hombre no lo ha superado del todo, en el sentido de que nadie peque nunca. No; no es eso. Pero ya no somos esclavos del pecado. Podemos nosotros entregarnos al pecado; pero Él nos da gracia para vivir en santidad y nos llama a vivir en santidad.

Y ha borrado también el dominio de la muerte, abriendo camino a la futura resurrección de los cuerpos. Aquí tenemos las dos cosas. Nosotros estamos liberados: no estamos esclavizados por el pecado ni condenados a la muerte. Tenemos la seguridad y la esperanza de la resurrección; estamos hechos para vivir. Con más razón que Job, podemos decir: «Sé que mi Redentor vive y que El pondrá esta piel en torno a mi cuerpo y que con mis ojos veré a mi salvador». Yo lo sé. Es un esponjamiento del corazón. El sufrimiento no es nuestra barrera, no nos ahoga, no nos limita, no nos lleva hasta los límites extremos de la muerte y ahí nos acaba. Nos ha liberado el Señor; la muerte, que era efecto del pecado, es superada también por el liberador de nuestro pecado. Nos ha liberado tomándola sobre sí.

Respecto a este tema de la muerte, esta consecuencia del pecado de la que también nosotros hemos sido liberados por la Redención de Cristo, me parece que puede ser útil hacer unas reflexiones al margen de las indicaciones del Papa. Cuando San Pablo dice: «Por el pecado entró la muerte», la muerte tenemos que entenderla con ese sentido que tiene en el lenguaje oriental, en el lenguaje he-breo. La muerte no se entiende en el lenguaje hebreo solamente del momento de la disociación de alma y cuerpo, de la destrucción de la personalidad psicofísica, sino que se entiende el reino de la muerte; es decir, todo lo que es atenuación de vida es vigorización de la muerte. Corresponde mucho lo que quiere expresarse en esta mentalidad hebrea a la teoría actual filosófica, que ve la muerte no como algo exterior al hombre, sino como un principio interior. El hombre mortal está constituido por vida y muerte. La muerte no viene de fuera, la llevamos dentro. Hay como una lucha interior de vida y muerte desde el momento que el hombre nace. Podemos decir que empezar a vivir es empezar a morir, empezar a desgastarse, empezar a debilitarse. Hay elementos que se fortifican, pero hay un desgaste. Decir que tengo cincuenta años es decir en realidad que tengo cincuenta años menos de mi vida. Me quedan sólo veinte, o treinta, o diez, pero ya he vivido ésos, ésos son de menos, los he pasado. Es el con-traste entre la vida y la muerte.

Y, precisamente en esa concepción, la enfermedad es reino de la muerte, es muerte, está uno bajo el poder de la muerte. La muerte ha ganado una batalla cuando me ha hecho enfermar, y la vida lucha con la muerte. En ese sentido, interiormente lo doloroso de los arrechuchos que uno tiene, cuando se tiene una crisis de enfermedad, es que notamos que la muerte va avanzando. Yo he superado esto, estoy bien; pero he notado que la muerte ha dado pasos adelante en mi vida. Me voy acercando a la muerte.

En esta concepción, el estar encarcelado es estar en el reino de la muerte. Cuando el salmista da gracias a Dios porque lo ha librado de las garras de la muerte, se refiere no sólo a un simple peligro exterior de morir, sino al estado doloroso en el cual se ha encontrado, y que era ya el dominio de la muerte; le ha sacado fuera, le ha librado de la muerte. La muerte estaba ya apoderándose de mí, me ha librado; doy gracias a Dios porque me ha librado de la muerte.

Según esto, la muerte coincide con nuestra corruptibilidad. La corruptibilidad de nuestra naturaleza es efecto del pecado. No sólo la muerte formal. Todo mi ser corruptible es como una encarnación del pecado en mí. Es la situación de la naturaleza como efecto del pecado original: la corruptibilidad. En ese sentido puedo decir que el sufrimiento, que es parte de esa corruptibilidad, es un efecto del pe-cado; está vinculado así al pecado en nosotros.

La liberación de Cristo no me quita la muerte, pero me libera de muchas maneras. Me libera en primer lugar en cuanto me hace comprender lo relativo de esa muerte. La actitud del cristiano de fe, liberado por Cristo, es muy distinta de la actitud de quien no tiene esa salvación y para el cual la muerte es lo definitivo. Para nosotros se relativiza; la muerte para mí no es una barrera sofocante; sé que para el cristiano no hay barreras. La muerte es un paso a la vida. En primer lugar, porque el alma vive, porque yo puedo en ese mismo momento ver a Dios gracias a la liberación del pecado. Pero además porque sé que mi cuerpo resucitará, y entonces tengo la esperanza de la resurrección de mi ser entero, porque estoy llamado a gozar de Dios con mi ser entero, con lo que soy, como el Señor me ha hecho, apreciando inmensamente lo que es la realidad de nuestro cuerpo y de nuestra alma. Por tanto, tenemos aquí una liberación verdadera. Como resultado de esa salvación de la superación del dominio de la muerte tenemos dentro de nosotros la esperanza de la vida y santidad eternas.

O sea, que hay ahora ya una verdadera liberación res-pecto de mi corruptibilidad y tenemos una esperanza. La esperanza de la vida eterna. Evidentemente, la liberación de Cristo no suprime los sufrimientos de la vida humana, pero la victoria de Cristo que nosotros contemplamos proyecta sobre la dimensión sufriente y sobre cada sufrimiento una luz nueva. Se va a transformar el sufrimiento, se va a iluminar, y en el centro de esa luz está el gran foco de la expresión evangélica: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo». Entrega a su Hijo, al que ama infinita-mente, para que llegue hasta las raíces mismas del mal humano, para que se aproxime de manera salvadora al mundo del sufrimiento en el que el hombre está sumergido.

Y tocándolo, como con esa especie de varita mágica que es la Cruz, cambia la calidad del sufrimiento; el sufrimiento va a ser distinto. Va a haber una calidad nueva del sufrimiento. Esto es lo que va a redimir el mundo del sufrimiento humano. Nosotros lo tenemos que vivir según esa calidad nueva. Hay una inspirada formulación del Papa:

«Por el sufrimiento, Cristo nos ha redimido y ha redimido nuestro sufrimiento». Le ha dado una calidad nueva al sufrimiento. Intrínsecamente, la tonalidad del sufrimiento es distinta. Es un sufrimiento que lleva en sí la participación del sufrimiento de Cristo.