Del Libro "Misterio del dolor", Luis maría Mendizábal. S.j.
Vamos a seguir la meditación del acto redentor de Cristo. Vamos a tratar de entrar en el Misterio de la Redención siguiendo el relato evangélico, fijándonos en algunos de sus aspectos.
Ayer nos deteníamos en la Eucaristía, el lavatorio de los pies y en la agonía de Getsemaní, asomándonos un poco a este misterio tremendo de amor, a esa actitud de amor con que Jesús encaja el sufrimiento, la cruz; encaja la oblación de su vida por nosotros; no sólo aceptando el dolor y el sufrimiento, sino ofreciéndolo por nosotros. Es el acto de ofrecimiento, es la oblación en amor, asumiendo nuestra vida en su corazón. Y esto es no sólo un acto de voluntad, sino que es un acto del corazón humano del Hijo de Dios, del corazón humano de una persona divina.
1) Jesús atado
Al ir a contemplar algunos detalles de esta Pasión del Señor, sobre todo partiendo de la actitud interior, puede ser interesante que nos fijemos primero en el acto mismo en que Jesús fue entregado, el prendimiento de Jesús. Lo que San Juan Evangelista en ese momento del prendimiento quiere recalcar es que es Él, el que se entrega. Los detalles evangélicos refieren cómo Jesús, después de haber recibido el beso de Judas, sin dejar lugar a producir la impresión de que era sorprendido, lo deja a un lado, se adelanta El mismo a los que venían a buscarle y tiene con ellos ese diálogo: «¿A quién buscáis? A Jesús Nazareno. Y dice El: «Yo soy». Bien, esta palabra: «Yo soy», que sobrecoge-caen ellos para atrás-, tiene un contenido enorme en San Juan. A veces se traduce «soy yo», «no temáis, soy yo», La frase no es «soy yo», sino «yo soy». Ahora bien: esa frase tiene todo el contenido de las teofanías del Antiguo Testamento: «Yo soy el que soy». Ese «yo soy» es la afirmación divina: «Yo soy el Pan de Vida», «Yo soy la resurrección y la vida». Ese «yo soy» es, por tanto, no sólo una identificación: soy yo a quien buscáis, sino es «¡Yo soy!», ese a quien buscáis es el Hijo de Dios. Y de ahí el efecto, el efecto que podemos interpretarlo humanamente, la sorpresa con la que se echan para atrás, pero es la sorpresa, el aplastamiento de un hombre ante la majestad de Dios en el Hombre, de Jesús, Dios-Hombre verdadero.
El que se entrega a la muerte es «Yo soy»; el que puede decir «Yo soy», ése es el que se entrega por nosotros, y se entrega libremente, quiere hacer recalcar que no ha sido una sorpresa, que no lo encarcelan contra su voluntad, sino que se entrega libremente.
Por consiguiente, en San Juan la escena del prendimiento se presenta como el amor que se adelanta a entregarse, que se entrega. Lo que repetirá San Pablo: «Se ofreció porque quiso». Es la voluntariedad: Él se ofrece libremente a sí mismo. Y después de repetir la pregunta con la respuesta, Jesús, usando de su majestad «Yo soy», usando de su poder, dice: «Si me buscáis a mí, dejad primero que se marchen éstos». Y Él no se entrega hasta que no pone a seguro a quienes Él ha tomado como compañeros suyos. Una vez que ellos se marchan, entonces Él se entrega.
La palabra «entregar» aparece muchas veces en toda la Pasión y tiene todo un contenido, porque ese «entregar» está arrancando del Padre que entrega a Jesús. Recordemos, en el capítulo 3 de San Juan, que Jesús, hablando con Nicodemo, dice: «Así amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo». El entregar significa un don, pero ese entregar no sólo se refiere a la encarnación, «dio a su Hijo», «hizo que se encarnara», sino que la entrega siempre dice referencia a la muerte. «Quien no ahorró a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros» (Rom 8,32). Lo entregó es término técnico. Y ese entregar no es simplemente entregarlo a los romanos; es entregarlo al reino del pecado: «Lo hizo pecado por nosotros.» Ese entregar es del Padre, que le hace uno de nosotros, pero pecado con nosotros; para que, asumiendo ese pecado con el que se identifica, ofreciéndose en amor, entregándose El mismo, nos libere a nosotros del pecado y nos enseñe el camino de asumir también nosotros nuestro pecado y de entregarnos. Eso que nos cuesta tanto. El problema del hombre es que no se entrega, se reserva. Incluso cuando habla de amor no se entrega, continúa reservándose; es la tragedia del egoísmo humano. En cambio, Dios nos da el ejemplo de que lo más profundo suyo, la revelación que nos hace de sí mismo, es que se entrega. Dios es entrega de sí. Dios entrega al propio Hijo por nosotros; lo entrega al pecado y a la muerte. Y como veremos en la explicación que da el Papa en el documento sobre el dolor (por eso lo queremos ver ahora en el relato evangélico; luego haremos el estudio, el análisis en el documento del Papa), le hace tocar las raíces más profundas del pecado y de la muerte; lo entrega en un exceso de amor.
Pero llama la atención el parecer que todo el mundo entrega a Jesús, y la entrega, en ese caso, tiene el carácter de traición; pero de hecho lo entrega. Judas es «el que lo entregó». Jesús es entregado; lo entregó en manos de los judíos. Luego los judíos lo entregan en manos de Pilatos, lo entregan también. Pilatos lo entregará a los soldados para que lo crucifiquen, y El mismo entregará su Espíritu al Padre. Es toda la sinfonía de entregar; ese término que a nosotros nos cuesta tanto y que en toda la Pasión es la música de fondo; es entregado por nosotros; el Padre lo entrega; El mismo se entrega a sí mismo «Me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gál 2,20). Es el entregarse como oblación, como víctima, como sacrificio, entregarse sin reserva. Se entregó a la muerte por nosotros, para darnos la vida, para darnos el Espíritu.
Jesús, pues, se entrega El mismo -es el amor que se da-y entonces lo atan, dice el texto del Evangelio, y así lo llevan a casa de Anás, y empieza la Pasión atado. Es, pues, un cambio total. Desde el punto de vista que podíamos llamar práctico, humano, Jesús, en este momento, queda inutilizado, ya está inutilizado, ya no puede predicar, no puede hacer propaganda. Sin embargo, en este momento comienza el momento cumbre de la acción redentora de Cristo. Este es el misterio del sufrimiento que a nosotros nos cuesta tantísimo entender. El cristianismo no es una religión colorista. El cristianismo es una religión de alegría, es una religión de gozo. Pero, fijémonos bien, no es religión de gozo porque elimine el sufrimiento, o porque permita eliminar el sufrimiento, o porque enseñe como lección suprema a huir del sufrimiento, sino porque nos enseña el valor del sufrimiento, nos enseña la eficacia del sufrimiento y el sentido del sufrimiento; de esta manera, el sufrimiento no rompe la felicidad del hombre. Quizá uno de nuestros mayores errores es identificar felicidad con no sufrir. Tenemos una tendencia vertiginosa a evitar el sufrimiento, a rehuir el sufrimiento. Ahora bien: la felicidad no se identifica con el no-sufrir. Hay gente que no tiene sufrimientos, pero es muy desgraciada; no les falta nada de nada, pero no ven sentido a su vida. Son unos verdaderos desgraciados. Y hay gente que sufre enormemente y son felices en medio de su sufrimiento, porque tienen luz de fe y comprenden el sentido de su sufrimiento.
Lo más terrible del sufrimiento es la impresión que puede acompañarle de inutilidad, de ser un estorbo para los demás, de no valer para nada, de ser carga. Cuando uno llega a comprender, a la luz de la Pasión del Señor, que el sufrimiento es un tesoro, que es una riqueza, que es una gran aportación a la obra de la salvación del mundo, a la felicidad de la humanidad en Dios, entonces esa persona se vuelve gozosa, se vuelve alegre. Son tantos los casos de este tipo que encontramos, de esta elevación de la vida del sufrimiento, porque el que sufre ha comprendido su sentido por luz de fe, no por raciocinio, sino porque el Señor le ha hecho caer en la cuenta del valor que tiene ese sufrimiento.
Esto lo vemos en la Pasión. El momento en que Jesús es humanamente neutralizado, inutilizado; el momento precisamente en que empieza lo que llama «su hora», la hora por excelencia; es decir, el momento en que más plena-mente manifiesta su realidad de Salvador, de Mesías. Ahora, podemos decir, nos está salvando; ahora nos está redimiendo a través del ofrecimiento deliberado, lleno de amor, de los sufrimientos y de la muerte por nosotros. Va a sufrir por nosotros, y va así atado.
Creo que esta imagen de Jesús, atado, es impresionante porque indica la entrega de sí mismo y de su libertad por nosotros. Se deja atar. Él tiene indudablemente dominio superior y puede actuar por encima de todas las ataduras, pero Él se somete a esas ataduras. El contemplar las manos atadas de Cristo es lo que ha llevado a mucha gente a ir entendiendo la posibilidad de entregar su libertad al Señor, de vida religiosa, de vida matrimonial, donde muchas veces no se acepta la grandeza del misterio del matrimonio por-que uno no quiere atar su libertad, y todo amor lleva una atadura de la libertad; gozosamente mientras el amor es vivo, pero real. No se puede amar sin hacer una entrega de sí mismo, sin hacer una oblación de su libertad por la fuerza del amor. El valor supremo del hombre no es la libertad, lo que podíamos llamar el sentido psicológico de la libertad, sino que el valor supremo del hombre es la libertad al servicio del amor, y entonces quiere la voluntad de la persona a la que ama y hace suya esa voluntad desde dentro gozosamente, pero lleva una inmolación deliberada.
Quizá podríamos ver en esa misma atadura un ejemplo para la vida del seglar cristiano de cómo tiene que ser el amor. Participar de la actitud de Cristo: que nos haga adelantarnos para hacer voluntariamente la entrega de nuestra libertad, con las limitaciones que lleva consigo. Cuántos destrozos familiares tienen su origen en una invocación de la libertad que no quieren sacrificar. «Yo quiero mantener mi independencia; yo quiero que nos entendamos bien, pero manteniendo mi independencia». Entonces, un matrimonio vivido así nunca puede ser un matrimonio de verdadero amor. El verdadero amor no entiende de eso; sabe que todo verdadero amor lleva consigo una inmolación de sí mismo, y sólo entonces es amor auténtico.
Ver a Cristo atado y cómo lo llevan atado. Ahí han aprendido los Santos a atarse y a ofrecer su libertad. Jesús ha querido llevar de esta manera en sí, en su Pasión, tantas ataduras de la Iglesia, tantas ataduras de seguidores suyos que han sufrido la prisión, los encarcelamientos, y que Él ha asumido en sí mismo, en el momento de la Pasión, con actitud redentora que nosotros debemos participar. Para que nosotros vayamos teniendo esa actitud en nuestra vida hemos de entrar en la actitud de Cristo, porque sólo entrando en El aprendemos a vivirlo nosotros con la misma disposición. Por eso la contemplación de la Pasión tiene dos aspectos: entrar en el sufrimiento de Cristo, que Él toma por solidaridad con nosotros, y aprender allí nuestra solidaridad con Cristo en nuestras propias actitudes en situaciones a veces dolorosas para nuestra naturaleza. Le llevan así atado y comienza el proceso.
2) El Cáliz del Padre
En toda la Pasión hay estos aspectos. Jesús se entrega en todo momento y en todo momento mantiene su donación, su oblación personal. Y va viviendo los diversos episodios de la Pasión con ese mismo corazón que ha manifestado en la agonía de Getsemaní. La Palabra de Jesús es clara a este respecto. «El Cáliz que me dio mi Padre ¿no lo voy a beber?». Ese es el sentido de la Pasión: «el Cáliz que me dio mi Padre». El término cáliz no significa sólo suerte. Como indica A. Feuillet en su libro La agonía de Getsemaní, el término cáliz puede significar la suerte, pero la suerte en cuanto objeto de un cierto castigo de Dios; el cáliz que se derrama» si no se le añade nada, el «cáliz» simplemente, no es el cáliz de la vida feliz, sino el cáliz sangriento, doloroso; algo que tiene dentro un simbolismo de juicio de Dios, castigo de Dios. Pues bien: Jesús está bebiendo ese cáliz, el cáliz que el Padre le da, le ofrece. ¿Por qué le ofrece el Padre? ¿En qué sentido el Padre entrega a Jesús a la muerte? Porque tal es la palabra de San Pablo en la Carta a los Romanos (8,32): «quien no ahorró a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte». Santo Tomás (los pasajes más bonitos en los escritos de Santo Tomás son los comentarios de San Pablo, llenos de riqueza y de sabor), comentando ese pasaje, dice: «El Padre entregó a Cristo a la muerte cuando puso en su corazón el amor a nosotros hasta entregar su vida». Al poner en El ese corazón lleno de amor, ese amor le lleva a morir por nosotros; por eso el Padre lo entregó a la muerte (a saber: poniendo en su corazón el amor a los hombres). Entonces, en fuerza de ese amor, se entrega y se entrega a sí continuamente por nosotros.
«El cáliz que me dio mi Padre». Lo dice hablando de algo que viene visiblemente de la mano de los hombres. Es quizá lo que más nos cuesta entender: que lo que viene de la mano de los hombres pueda ser el cáliz que el Padre nos prepara. Esto es lo difícil en el sufrimiento. Porque como vemos que ha sido producido por el odio humano, por factores humanos que nosotros detectamos, entonces nos parece imposible que eso pueda denominarse «el cáliz que el Padre me da». Y, sin embargo, es así. La clave de toda nuestra vida de santidad está en esa visión de fe por la cual sabemos aceptar de la mano del Padre todo lo que viene a nosotros, concretamente lo que nos resulta más doloroso. Esta visión es objetiva; no es un pensamiento falso, falsamente piadoso; sino que es real. Jesús lo había expresado muchas veces en su vida cuando decía que «ni un cabello de vuestra cabeza cae sin que lo permita vuestro Padre»; nada sucede que no sea permitido deliberada-mente por Dios.
Aquí tenemos una visión específicamente cristiana: es la seguridad de que nada sucede sin el control de Dios. Puedo afirmar: todo lo que a mí me viene, viene de Dios. Es verdad; el sufrimiento, la incomprensión, la calumnia, eso que es tan doloroso para nosotros, ahí tocamos el punto delicado de nuestra vida. Para nosotros, ciertos valores son nuestra vida y lo que nos cuesta a nosotros es entregar nuestra vida. Vamos a ver en seguida cuáles son las posturas diversas en torno a Jesucristo. Jesucristo entrega su vida, y lo hace bebiendo ese cáliz que el Padre le ofrece, pero que lo preparan los hombres. Tenemos que saber aceptar de la mano de Dios el cáliz. Pero aquí con-viene aclarar muchas cosas.
Ahora mismo, en el viaje por la India que acabo de realizar, hablando con especialistas de sus religiones, quedaba yo sorprendido por el fenómeno de las castas, que tienen tanto vigor en la India, a pesar de que oficialmente no se admite la diferencia de castas, pero en realidad en el pueblo está arraigadísima. La casta más baja es la casta de los barrenderos. Quiere decir que los miembros de esa casta tienen que dedicarse a ser barrenderos, y nadie les puede arrancar de ahí. Y uno de los grandes problemas desde el punto de vista social es que tienen la persuasión de que se les hace un daño sacándolos de ese nivel, de esa casta. Porque tienen la persuasión de que ellos son barrenderos como fruto o castigo de su vida pasada. En esa reencarnación les ha tocado encarnarse ahí, y viviendo esa vida es como ellos se purifican. Es aceptar el castigo de Dios. Entonces, quien les saque de ahí les impide el bien de su purificación, y ellos mismos se oponen a que se les saque de ese nivel donde están cumpliendo el camino de purificación que ellos aceptan.
Es esa visión. No voy a entrar ahora en sus errores. Pero es una visión que en cierta manera corroboraría lo que dice Marx de la «religión, opio del pueblo». Ahora bien: al exhortar a que acepten el sufrimiento que les viene puede interpretarse mi exhortación como si con ella les quisiera obligar a no pretender salir de él; pero esto no es verdad.
Otro ejemplo sobre esta visión, diríamos fatalista, ‘en la India: la viruela. La viruela es considerada como un regalo o una visita de la diosa. Por tanto, quiere decir que la diosa le ha visitado. No está permitido medicar al enfermo, ya que ha sido producida por la diosa, y eso sería no aceptar el don de la diosa, por lo que esa persona no se cura de esa enfermedad; hay que respetarla.
Esto es lo que a veces se confunde en nuestra vida, en los sufrimientos, en la pasión, etc. Lo que nos enseña Jesús es a aceptarlo todo de la mano de Dios; esto sí: «el Cáliz que me dio mi Padre». Pero aceptarlo de la mano de Dios no significa resignarse a ello; no significa que uno no pueda defenderse. Significa que si lo hace lo haga sin rebelión, lo haga sin impaciencia insoportable, sino partiendo de una aceptación. Ahora se pregunta sobre cuál es la voluntad de Dios respecto a esa situación en que se encuentra. Parte de una aceptación inicial: yo acepto este cáliz, lo acepto; ahora voy a tratar de remediarlo, y trato de hacerlo sin rebelión; pongo todos los medios. Esta es la postura delicada y difícil, no es resignación pasiva fatalista, no es rebelión en un sentido de insoportación, sino de eficiencia humilde, eficiencia llena de amor. Vemos claramente en el Evangelio que cuando Jesús veía a la gente sufriendo trataba de consolarla y curarla. Esto es muy claro. Por tanto, éste es el espíritu que ha de haber en nosotros. Pero esto arranca de una postura de aceptación: «el Cáliz que me dio mi Padre», y si en ese discernimiento yo capto que el Padre no quiere, en mi caso concreto, que me libre y busque una escapatoria de este sufrimiento, lo acepto también, pero porque veo concretamente; no por principio universal, sino porque hay una invitación interior en la cual el Señor me invita a tomar esa cruz y a ofrecérsela, porque me hace sentir una llamada interior de amor para vivir esa identificación concreta con Cristo crucificado. Es lo que llamamos el sacrificio voluntario. No sólo me viene sin poder yo resistirlo, sino que, aun cuando pudiera quitarlo, no lo hago, porque siento esa invitación y percibo que el Señor me ofrece la gracia para llevarlo con amor, con fuerza interior, que es la fuerza de la Resurrección.
3) Todos le abandonan por temor a la muerte
Tenemos, pues, dos aspectos: Jesús se adelanta y acepta el cáliz que le da el Padre. Dos actitudes que iluminan toda la Pasión de Jesús. Otra consideración también clave en la Pasión es que todo el mundo abandona al Señor. Hay traición de Judas, hay abandono de sus propios discípulos, que le dejan solo. «Heriré al pastor y se descarriarán las ovejas»: existe la enemiga de los ancianos, de los fariseos contra El, que están empeñados en condenarlo a muerte, y Él se siente rechazado por todos ellos. Lo entregan a Pilatos; Pilatos lo pasa a Herodes, Herodes lo desprecia y lo devuelve; Pilatos quiere defenderle, y acaba por entregarle ante el temor de que pudiera ser denunciado como ene-migo del César y de los daños que de ahí podrían venirle.
En todos estos pasos creo que también hay una ley que se da en nuestra vida. La Pasión del Señor no termina sólo en aquel momento; en cierta manera, la vida de cada uno de nosotros es contemporánea a la Pasión del Señor y cada uno de nosotros toma postura en su vida junto al Señor. No podemos decir simplemente: aquéllos tuvieron que hacer una opción, aquéllos fueron débiles, aquéllos renegaban del Señor; nosotros no tenemos por qué hacer esa opción. Todo hombre tiene que hacer esa opción, y podemos renegar del Señor de muchas maneras. La forma de reacción ante el Señor, en la misma Pasión, es muy diversa; pero hay un elemento común. Se puede decir que los que renegaron de Cristo, los que lo traicionaron, lo hicieron siempre por temor a perder la vida. Este es el gran factor: el temor a perder la vida. Suele presentarse con frecuencia ese dilema: o dar la vida por Cristo o renegar de Cristo. Realmente es así. Pilatos no quiere perder la amistad del César, y condena a Cristo. Los judíos no quieren perder: «¿No veis que si le dejamos ir vendrán los romanos y destruirán nuestra ciudad? Y ante esto es preferible que muera uno en vez de todos; si no, pereceremos todos, porque si lo dejamos libre todos irán tras de Él y los romanos nos arrasarán». Siempre es el temor de perder la vida. Creo que aquí está el punto clave del sufrimiento. El sufrimiento es el campo preferido para la lucha de Cristo con el demonio, porque el sufrimiento es la participación inicial del Reino de la muerte, y todo sufrimiento es, en cierta manera, una abreviación de la vida. En el sufrimiento se apaga la vida, en el sufrimiento se quita el esplendor de la vida, está uno ya en cierta manera muerto; está ya parcialmente muerto; por eso se habla de «mortificación》, que significa «hacer morir». Cuando uno, por ejemplo, padece hambre, la vida no está brillante, está amortiguada. Cuando uno tiene dolores, la vida está amortiguada, no puede uno disfrutar de la vida.
Y ahí es donde se plantea la gran batalla, al presentarse la tentación de que uno desee la vida como valor supremo. Jesús había dicho en una ocasión: «El que ama su vida, la perderá; el que pierda su vida por mí, la encontrará». Y creo que aquí está el punto de nuestra vida realmente cristiana. Nosotros muchas veces queremos ser cristianos sin perder nuestra vida. Por eso preferimos multiplicar ciertos actos que no afecten a nuestra vida. Así, por ejemplo, con las facilidades que nos dan ahora, puedo escoger como hora para la Misa dominical el sábado por la tarde; es quizá la hora en que yo menos rindo y donde menos vitalmente estoy actuando; pero me quito esa carga de encima para poder disfrutar del domingo; procuro situar la misa en el momento que menos me moleste. Lo importante para mí es vivir mi vida, sacarle el mayor jugo posible. Quiero entonces cumplir con unos ciertos deberes cristianos que los puedo catalogar de cierta manera y tratar de colocarlos en mi vida de manera que no me estorben.
Esto es frecuente entre nosotros. Parece que hacemos una especie de compromiso: yo cumplo mis deberes, pero vivo mi vida. Esto es difícil de mantener. La vida de Cristo, el amor de Dios, no puede ser un elemento marginal en nuestra vida. Porque quiere decir que entonces no hemos entendido el amor de Dios. Es la frase de Jesús: «Nadie puede servir a dos señores.» No es posible aficionarse del mismo modo a Cristo y a las riquezas; no es posible porque no es compatible: no puedo tener dos señores. Ahí quizá está la gran decisión que nos plantea la Pasión del Señor: decidirse a dar la propia vida por Cristo.
¿Quiere decir esto que voy a morir violentamente? No necesariamente, pero sí que en todo momento el valor predominante es Cristo; sí que en todo momento estoy dispuesto a abrazar lo que se me presenta como muerte y que me da la impresión de aburrimiento y de muerte, pero que yo afronto sin traicionar al Señor. Y suele suceder entonces que, por ese camino verdadero, no por una mera acción voluntarista en la cual yo me cargo de sufrimientos (la mortificación y la penitencia no es acumulación voluntaria de sufrimientos, sino que es docilidad a Cristo, incluso en cosas que son mortificación de nuestra vida), cuando yo me decido a esto, muchas veces es cuando encuentro la vida: 《El que pierda su vida la encontrará».
Quiero deciros esto: el amor al Señor es vida, no es muerte. Lo que sucede es que en nuestra imaginación nos parece esa realidad del amor de Dios como una muerte, humanamente considerada. Y ahí es donde se presenta el dilema: Qué escojo yo: ¿mi vida o la vida que me ofrece Cristo? Ahora bien: la vida que me ofrece Cristo me parece muerte. Este es, en el fondo, el dilema de todo pecado. Si uno piensa lo que es el pecado es como una renovación del diálogo del demonio con Eva en el Paraíso. En esa página del Génesis, el demonio tentador se apoya en esa impresión del hombre. Hay momentos en que al hombre se le presentan los goces, los disfrutes de la tierra. Y ante esos disfrutes que se le presentan tiene la impresión clara de que muere si no los vive; que sin ellos la vida no es vida; eso que dice tantas veces la juventud: «Un sábado sin discoteca, ¿qué haces? Te mueres de aburrimiento.
Entonces, hay que vivir». Esto es lo que presenta el demonio; si tú vives esa vida que te presenta Cristo, eso es una muerte. Por eso le dice el demonio a Eva: ¿por qué os ha prohibido el Señor comer de los frutos del Paraíso? Esto es lo que en la tentación se repite: ¿por qué os ha prohibido? En sí no es verdad, pero ella admite el diálogo. Dice: «No, no nos ha prohibido comer de los frutos; sólo de uno nos ha prohibido». Pero es que en ese momento el no gozar de ese uno parece que es no gozar de nada; porque es tan vital ese uno, tal como se presenta a nuestra mirada, que, si uno no lo vive, muere. La impresión que uno tiene es de muerte. Entonces el tentador continúa el diálogo: «Y ¿por qué no de éste?». La atención se retira de todo lo demás que uno tiene abierto, una vida humana tiene inmensos horizontes abiertos. Pero no; lo que atrae, lo que es vida, es precisamente ese aspecto que está prohibido y que se presenta ante los ojos como lo más apetecible, lo que daría más vida, lo que daría más satisfacción, lo que me haría vivir con más plenitud. Y entonces es cuando Eva contempla esa fruta de la que el Señor le dijo que moriría si la comía, y le pareció que era muy buena «para la ciencia»; que era interesante experimentar, que era interesante también pasar los límites; que, de otro modo, una vida con límites no tiene interés ni vida, y que hay que romper las barreras y ser loco una vez en la vida; entonces viene la tentación de vivir para no morir. En ese momento, la fidelidad a Dios aparece como muerte o peligro de muerte y, en cambio, el disfrute de lo que el Señor ha prohibido parece que es la vida.
Es necesario dar un paso en el cual hay que fiarse en Dios y con la gracia de Dios lanzarse a lo que se presenta como muerte, y muriendo encuentra uno la vida.
He pensado muchas veces en una reflexión, a manera de parábola, que puede dar luz para entender el punto que estoy exponiendo. Pienso que si el niño, en el seno de su madre en ese momento, tuviera conciencia, tendría un miedo loco a nacer. ¡Eso de nacer, eso de salir de ese ambiente donde se encuentra bien, donde vive; eso le parecería una aventura tan tremenda! Y eso de tener que pasar por la estrechez del parto, eso es morir, es una muerte. Y, sin embargo, es entrar en la vida, ahora se abre a la vida.
Pues bien: entrar en la fidelidad de Dios es entrar en la vida. Pero se nos presenta a nosotros como la estrechez de una muerte. Es la razón por la cual nosotros abandonamos al Señor. Es una lección también de toda la Pasión. En la Pasión, los que traicionan a Cristo lo hacen por temor a perder la vida, y Cristo nos redime a nosotros, asumiendo la muerte por nosotros, en su fidelidad hasta la muerte. El mismo Pedro, cuando niega que es discípulo del Señor, le traiciona por temor a aquella criada que le decía que él también estaba con Jesús en el huerto, que también él era de los seguidores de Jesús. Y Pedro jura y perjura que no le conoce. En cuántos respetos humanos, en cuántas actitudes no cristianas está esa misma actitud de temor. Nos da miedo confesar a Cristo, nos da miedo confesarle con la vida. No sólo nos perdemos muchas veces por respeto humano, sino porque no queremos vivir en esa docilidad que en realidad sería para nosotros entrar en la vida.
4) ¿Por qué me hieres?
Otro tema en la Pasión es el del respeto humano, que se encuentra en el proceso ante Anás. En la primera parte del proceso, que podríamos llamar religioso, en el diálogo con Anás, Jesús sufre el bofetón que le propina un soldado por una respuesta a Anás, que era digna, razonable, que hacía entender a Anás que no era legítimo su comportamiento, que no era legítimo preguntar al reo mismo y pedirle cuentas. Cuando uno de los soldados le da un golpe fuerte, Jesús le dice: «Si he hablado mal, di en qué, y si he hablado bien, ¿por qué me hieres?». Es como un interrogante pacientísimo del Señor; no es un arranque de mal genio. Es la reprensión divinamente humilde de la falta de lógica de nuestro comportamiento con Cristo.
Es la pregunta que el Señor nos tiene que hacer continuamente. ¿Por qué no me haces caso? Si yo he hablado mal, si te he dado algún mal consejo, si yo te he dicho alguna palabra mentirosa, dime en qué te he aconsejado mal, en que he querido algo malo para ti; pero si he hablado bien, ¿por qué me hieres? Es la gran pregunta: ¿por qué herimos nosotros a Cristo, de quien no hemos recibido más que bienes? El busca sólo nuestra felicidad, que sólo Él es capaz de darnos y que Él nos ofrece: “Quien tenga sed, que venga a mí y beba». Sin embargo, en nuestra vida hay una tremenda falta de lógica. Por eso nos arguye. Es algo que debe entrar en el corazón del cristiano al contemplar a Cristo en la Pasión y en la Cruz: ¿por qué me has puesto de esta manera?
Después, ante Caifás y el Sanedrín se desarrolla el proceso religioso. Le acusan de muchas cosas aduciendo el testimonio de testigos falsos, sin poder demostrar culpable. Nerviosos ante el fracaso de sus intentos precedentes, los miembros del Sanedrín formulan entre ellos y le lanzan al rostro la pregunta directa: «¡Dinos claramente si tú eres el Cristo!».
Jesús, ante esta invitación a que diga si él es realmente el Cristo, quiere aclarar la idea recta del Cristo, aun sabiendo que no le escucharán. Pero quiere recalcar que tienen una idea equivocada de lo que es el Cristo. Si Él hubiese dicho simplemente que era el Cristo, su testimonio hubiera podido entenderse mal. Porque la idea de Cristo que tenían los componentes del Sanedrín era la idea de un rey terreno, del rey que debía acaudillar las fuerzas del Pueblo de Dios para liberarlo del poder extranjero; la idea, en una palabra, del liberador terreno y social. Para ellos, Mesías era Mesías-Rey. Por eso, a la pregunta del Sanedrín: «Dinos si tú eres el Mesías», Jesús contesta aclarando: «Si os pregunto, no me responderéis, y si os doy alguna aclaración, no me haréis caso». Como diciendo: «Este título de Mesías necesita matización y estoy dispuesto a responder matizando. Pero no estáis en disposición de escucharme. Me estáis preparando una trampa».
Es tantas veces nuestra postura: la falta de lealtad por nuestra parte. Interrogamos al Señor, pero le interrogamos como para cogerle en trampa; no precisamente para ordenar nuestra vida según la recta inteligencia de las enseñan-zas de Jesucristo.
Entonces el Sumo Sacerdote, en el solemne ejercicio de su función suprema, le dirige la pregunta directa: «¡Te conjuro, en nombre de Dios vivo, que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios!». Momento solemne del encuentro del hombre soberbio con el Dios de la Majestad que ha bajado en su busca. La pobreza humana ensoberbecida interroga al amor de Dios humillado. Jesús, plena-mente consciente de la trascendencia de su testimonio, formula, con humilde firmeza y claridad, una respuesta que en su tenor mismo matiza el verdadero sentido de lo que es el Mesías: «¡Tú lo has dicho! Y os digo con absoluta certeza que a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder, y que llega sobre las nubes del cielo». Quiere decir que no es un Mesías terreno, sino que es el Mesías manifestación del Poder de Dios. «Veréis al Hijo del hombre»: con referencia sin duda a la profecía de Daniel; «sentado a la derecha del Poder»: con indicación de la Divinidad; «sobre las nubes del cielo»: declarando ante el tribunal que tiene un atributo que todo judío reconoce como exclusivo de Yahveh: «Venir como juez universal de todos los hombres».
Y entonces, irritados ante la respuesta de Jesús, que consideran blasfema, gritan a coro el «reo es de muerte», y «le escupieron en la cara y le daban puñetazos y otros le abofeteaban». Tal como aparece en San Mateo, parece indicar que comenzaron los mismos ancianos. Ahí encontramos al Señor sumergido en el odio del hombre, objeto de la ofensa del hombre. Creo que esta visión de Cristo en ese momento y luego a lo largo de esa noche triste, sentado mientras es objeto de las burlas humanas, es representativa de lo que es Cristo ante el odio y malos tratos de la humanidad. Y no sólo de los alejados, sino de los mismos cristianos.
Para muchos, Cristo es objeto de burla práctica. No quieren aceptarlo como Mesías. Prefieren pasar las noches de diversión ofendiendo al Señor, que es el que lo paga todo, y diciéndole al mismo tiempo: «Si tú eres el Mesías y lo sabes todo, adivina quién es el que te ha golpeado». Esta visión de Cristo humillado es algo que ha atraído siempre a las almas cristianas, la contemplación de ese Cristo, que está así por nosotros. El asume en sí en este momento todos nuestros pecados. No nos importa ofender al Señor con tal de disfrutar de nuestras pasiones. Es ya una prefiguración del Cristo crucificado.
Jesús ha querido padecer todo. Nosotros somos muy sensibles a nuestra honra. Nos parece que ahí tenemos derecho a defendernos de todos los modos. Jesús nos da un ejemplo tremendo de sentir su honra pisoteada. El que es el Hijo de Dios, es acusado y condenado a muerte como blasfemo. Lo más contrario al Hijo de Dios. Y como blasfemo es también tratado de esa manera inhumana. Y es llevado delante de Pilatos.
5) Cristo es Rey de Amor
El proceso ante Pilatos tiene en San Juan el carácter de la entronización de Cristo. El tema de todo el proceso ante Pilatos es el Reino de Cristo. «Eres tú el Rey?». Esa será la gran pregunta. Porque como se trata del tribunal civil romano, tenían que buscar razones, aparentes al menos, para que lo condenaran como rebelde al poder de Roma. Entonces le acusan sobre todo de que quiere hacerse rey: que ha alborotado a la multitud, que desde Galilea hasta aquí está presentándose como líder, como enemigo de Roma, prohibiendo dar tributos al César y constituyéndose a sí mismo rey. Esta es la acusación. No es que fuese verdadera. Es una acusación falsa. Pero siempre acudiendo a motivos aparentes políticos. Esto nos tiene que hacer entender que en las mismas persecuciones de la Iglesia nunca han faltado las motivaciones políticas, lo cual no quiere decir que sean justificadas. Siempre se ha dado a las persecuciones un color político, pero en realidad es persecución a Cristo, a su Iglesia.
En este diálogo de Pilatos con Jesús, el diálogo profundo de la realeza de Cristo, Jesús se manifiesta tal como es: Rey nuestro. Hay una expresión que me parece clave para esto. También en el caso de Pilatos, la proposición de que Jesús es Rey podía tener un sentido político, pero, por otra parte, es verdadera. Entonces le pregunta Pilatos a Jesús: «Eres tú el Rey de los judíos?». Y Jesús le contesta: «Eso lo dices por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?». Viene a decirle: ¿qué sentido das a esa palabra? Ante la insistencia de Pilatos, Jesús contesta: «Mi Reino no es de este mundo». Primera afirmación clara. Yo no puedo ser acu-sado como rey político: mi Reino no es de este mundo. No niego que yo sea Rey, pero mi Reino no es de este mundo. No tiene las características del poder civil; no tiene un ejército; no se impone a la fuerza. Mi Reino no es del tipo de los reinos de este mundo. «Si hubiera sido del tipo de este mundo, yo hubiera tenido soldados que me hubieran defendido; pero mi Reino no es de aquí abajo». Entonces Pilatos le insta: «¿Luego tú eres Rey?”. Y Jesús le contesta: “Sí, yo soy Rey; yo para eso he nacido, y para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad; todo el que es de la Verdad, escucha mi voz».
En la contemplación de Cristo crucificado tenemos la clave para entender su realeza. Yo confieso que cuando hablo de la realeza de Cristo que se proclama, que se establece en la Cruz, lo hago siempre con un cierto titubeo. Porque me parece que es uno de esos conceptos que se prestan a una inteligencia equivocada, porque son términos que tienen una gran resonancia humana y que fácil-mente quedan desvirtuados con la resonancia humana de esa imagen, que al fin y al cabo es una parábola, del reino humano. Dice San Ignacio: «El llamamiento del rey temporal ayuda a contemplar la vida del Rey eternal». Pero es una parábola del rey temporal.
Pues bien: Jesús nos da aquí la clave para entender correctamente su reinado.
Da un poco de miedo, porque nosotros lo que queremos en Cristo es el remedio de nuestra debilidad, pero superándola con la fuerza y el poder. A nosotros nos atrae un Cristo poderoso, un Cristo Rey en ese sentido; un Cristo Rey que es capaz de derrotar a todos sus enemigos, que es capaz de hundirlos a todos. Ahora bien: Jesús no es rey a la manera de este mundo; ése es el reino de este mundo: mis soldados me defenderían, evitarían que yo fuera entregado. No es rey de esta manera, sino que Él lo dice: «Sí, yo soy Rey, para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad». Esta frase no significa que ha venido al mundo para dar testimonio de que es Rey, sino que su realeza consiste en dar testimonio de la verdad. La fuerza de su Reino es dar testimonio de la Verdad muriendo en la Cruz. Ha venido para dar testimonio de la Verdad.
¿Cuál es la verdad? Según los estudios exhaustivos de Ignacio de la Potterie, «la verdad» significa esto en labios de Jesús: «El amor del Padre revelado en su Hijo Jesucristo, que da la vida por los pecadores». Eso es «la verdad» en San Juan. Cuando encontramos esas frases: «La verdad os hará libres», «Yo soy la Verdad», etc., esa palabra, «la verdad», no significa simplemente la sinceridad, no significa la lealtad. La Verdad con mayúscula, «la Verdad», es el Amor del Padre al hombre revelado en Cristo, su Hijo, que da su vida por los pecadores. Él ha venido a esto, a manifestar el amor del Padre, a realizar la obra de amor que el Padre le ha confiado, dar testimonio de la verdad, expresar la verdad, revelar la verdad; pero no una verdad separada de Él, revelar la verdad es El mismo, es ese amor
suyo en el que se revela el amor del Padre entregando su vida por nosotros. Ha venido para esto, y éste es su Reino. Es decir, que el Reino de Cristo es Reino de Amor. Esto nos cuesta mucho entenderlo. Por eso la Pasión es el momento culminante de la revelación de Cristo y es el momento culminante del establecimiento del Reino de Cristo, porque es el momento en que da testimonio de la verdad. Entonces es cuando nos declara el Amor del Padre, cuando nos declara su propio Amor. Ese Reino de Cristo no consiste en derrotar y aplastar y destruir a los enemigos, sino en ganar el corazón de los enemigos. Entonces es cuando Cristo reina. Dando testimonio de la verdad, esa verdad brilla ante los ojos de los pecadores, y el pecador iluminado por el Espíritu Santo reconoce esa verdad, reconoce que el Padre le ama en Cristo y entonces se entrega. Ese reinado de amor se establece en quien acoge la Verdad: «Todo el que es de la Verdad, escucha mi voz». Pero la voz no es simplemente las palabras materiales que EI pronuncia. La voz es la palabra de declaración de amor en la Cruz: «Escucha mi testimonio, el testimonio de la Ver-dad». Ahí está el Reino de Cristo. Esto es grandioso.
A nosotros los hombres, dado nuestro afán de poder y de fuerza, lo que nos gustaría es que a través de la fe dispusiéramos a nuestro capricho del poder de Dios. Esto es lo que nos daría satisfacción. Que nadie se pudiera oponer a nosotros, que tuviéramos recursos para resolver todos los problemas porque tenemos el poder de Dios. Nos gusta el reino terreno. En cambio, el reino verdadero es el reino de la revelación del amor misericordioso. El reino que podríamos llamar de la debilidad del hombre. Todo amor verdadero tiene apariencia de debilidad. El amor verdadero es débil, porque se abaja. Lo que nos revela la Pasión es este camino, que ha de ser el camino de nuestra propia vida. Muchas veces un padre de familia pone todo su valor y su fuerza en dominar su casa. Aquí mando yo y aquí ordeno yo. Es como una especie de pequeño reino terreno. Y no es que el padre no tenga autoridad paterna, la tiene. Pero todo padre debería cuidar de que su familia fuera reino de amor; que él continuamente, a través de su propio abajamiento, humillación y servicio, vaya estableciendo el reino de amor. Es la visión cristiana del Reino de Cristo.
Una parábola que quizá nos ilumina sobre este sentido sería ésta: supongamos en el tiempo del colonialismo que un señor tiene esclavos y esclavas. Este señor es dueño de estos esclavos y esclavas. También Dios es dueño nuestro, es Creador nuestro. En este sentido, su Reino es semejante a los reinos de la tierra, es dueño nuestro. Este señor puede hacer de los esclavos y esclavas lo que quiera: los puede vender, los puede regalar, los puede liberar, lo que quiera. Pero supongamos que se enamora de una esclava, y ahí entra una relación nueva. Esa esclava era suya, pero no era suya por amor; era suya como propiedad. Ahora él se ha enamorado; el enamorarse le lleva a humillarse ante ella, a declararle su amor, a pedirle que quiera aceptar su amor. Es todo un camino que el amor lleva consigo. El amor no es nunca altivo; de otro modo no es amor. El amor es humilde en su naturaleza misma si es verdadero. Y entonces le coloca en otra situación respecto de esa esclava, de la cual en cierta manera empieza a depender él mismo. Él depende de la esclava. Es suya como propiedad, pero empieza a depender. Entonces viene el ofrecimiento, la petición de que quiera ser suya de una manera nueva: que sea suya por amor, y él será de ella y ella será de él. Esa relación aceptada la libera de la esclavitud, pero la introduce en una relación de dependencia amorosa, en una interrelación personal de amor, que es la propia de esa invitación de su señor.
Creo que esta imagen nos puede iluminar. Dios es dueño del hombre y del pecador, pero lo que quiere es ser dueño de otra manera; lo que desea es que el pecador sea «dueño» de Él. Esto es verdadero. Es la relación personal de amor la que se establece por la Cruz en la Pasión de Cristo. Es el Reino que El anuncia en este momento.
Asume toda la humillación de la flagelación, de la corona de espinas, de la crucifixión, siempre con ese fondo que parece continuarse en todas las escenas: «¡Salve, Rey de los judíos! Aquí tenéis a vuestro Rey». «Y estaba escrito sobre la Cruz: Jesús Nazareno, Rey de los judíos». Es una insistencia en que está estableciéndose el Reino de Cristo. Está estableciéndose el reinado de amor de Jesucristo, porque está revelando en lo supremo de su humillación lo sublime de su amor, lo supremo de su amor, ese amor al hombre que le lleva a no ahorrar la muerte por salvar a ese hombre e introducirlo en su intimidad. Y realmente Él quiere establecer el verdadero Reino de amor. Es cierto que el Señor quiere ser posesión nuestra de amor: «Yo seré tu posesión muy grande, tu herencia».
Estos son aspectos de la Pasión del Señor. Cuando vemos a Jesús en la flagelación, en la coronación de espinas y luego le vemos en la Cruz, en todo eso Jesús está viviendo esa oblación de sí mismo en la cual está expresando la grandeza de su amor, por el cual asume lo supremo de la humillación con la grandeza de su amor. Nos fijamos en ese corazón redentor con que Él se nos presenta, que nos ofrece a nosotros y que quedará abierto por la lanzada del soldado como fuente de gracia, de caridad, como objeto de la mirada del hombre, como punto al cual se refiere la vida del hombre y donde se encuentra el punto rojo de la unión de lo divino y de lo humano. Toda la grandeza del amor de Dios se concentra en ese punto rojo, que se convierte en la fuente que derrama sobre el mundo los torrentes del amor y del Espíritu Santo. Puede ayudarnos mucho esta visión de la Pasión del Señor, que culminaremos en la meditación siguiente con la contemplación del Calvario. Veremos nuestra postura al lado de la Cruz de Cristo.
