JESUS SE ACERCA AL SUFRIMIENTO HUMANO, LO ASUME CON ACTITUD REDENTORA Y LO REDIME, HACIENDOLO REDENTOR

cordero de Dios
Del libro” Misterio del dolor” Luis María Mendizábal S.J.

El tema que estábamos desarrollando era difícil y quizá nos deteníamos en él con reflexión un tanto abstracta o complicada. Vamos a seguir de todas maneras el discurso del Papa, la presentación del sentido del sufrimiento.

Veníamos diciendo que Cristo nos ha liberado del pecado y de la muerte en cuanto ha roto la esclavitud del pecado y de la muerte; podemos vivir en santidad y nos ha dado la esperanza de la resurrección. Podemos vivir en santidad y vivimos al mismo tiempo con una esperanza de la vida y de la santidad eternas.

 

  • Jesús se acerca al sufrimiento

Ahora preguntamos cuál es la postura práctica de Jesucristo respecto del sufrimiento. En su misión mesiánica, Jesucristo se acercó incesantemente al mundo del sufrimiento humano. Jesús era anunciado como el que viene a consolar a los afligidos. Él se presenta así curando a los enfermos: «Le traían a todos los enfermos, Él los tocaba, y sólo con tocarlos les curaba». El Señor se acerca a ese mundo del sufrimiento humano. Es ya para nosotros lección importante, porque nos va a urgir a que nos acerquemos a todo sufrimiento humano. Hay en nuestro egoísmo una cierta tendencia a ignorar el sufrimiento humano. Es claro que en el orden práctico sabemos todos muy bien que el sufrimiento que nos presentan para conmovernos muchas veces es teatral. No me refiero sólo a que yendo por la calle un señor con un niño en brazos pide una limosna, y sabemos que mucho de eso es comedia, eso es verdad. Pero no me refiero sólo a eso. Me refiero a que no queremos conocer el verdadero sufrimiento humano. Y cuando en una familia hay sufrimientos, sentimos una cierta timidez al acercarnos a ese sufrimiento. Jesucristo, en cambio, nos enseña una tendencia a acercarnos. El cristiano debe ser presencia de Cristo cerca del sufrimiento humano. Jesucristo era sensible a todo sufrimiento humano, de cuerpo y alma. Ese era su primer acercamiento.

Centra su enseñanza en las ocho Bienaventuranzas. Ahora bien: esas Bienaventuranzas están dirigidas a hombres probados por el sufrimiento en su vida temporal «Bienaventurados los pobres, bienaventurados los que tienen hambre y sed, bienaventurados los que lloran, bien-aventurados los que sufren persecución». Por tanto, no sólo es que se acerca por su sensibilidad, sino que su doctrina la centra también en una referencia al sufrimiento humano.

Pero sobre todo se acerca asumiendo el sufrimiento en sí mismo. El sufrió también, experimentó la fatiga, experimentó la incomprensión de los suyos; principalmente, el círculo de hostilidad y de odio de muerte. Todo esto que para nosotros es tan doloroso, Él lo experimentó también: cómo le aborrecían, cómo buscaban matarle. Cristo era consciente de ello, de que le buscaban para matarle; huía porque le querían apedrear y huía a la otra parte del Jordán. Sabía que le buscaban para matarle. Hablaba de su muerte. Cristo va hacia la muerte-y esto es importante con plena conciencia de la misión que ha de realizar en este mundo: «Mirad que el Hijo del hombre será entregado en manos de los gentiles, y será azotado y crucificado, y al tercer día resucitará», Precisamente por ese sufrimiento suyo hace posible que el hombre no muera, sino que tenga vida eterna. Jesucristo vive en estrecha relación del sufrimiento: se acerca al sufrimiento y asume el sufrimiento. También nosotros en nuestra vida tendremos siempre una relación estrecha con el sufrimiento: nos acerca-remos a los que sufren, pronunciaremos palabras sobre el sufrimiento y tendremos también en nosotros la presencia del sufrimiento, por la cual también nosotros colaboraremos a que los hombres tengan vida eterna.

 

  • Jesús asume el sufrimiento

Cuando Simón Pedro le quiere apartar del camino de la Redención y de la Cruz, del sufrimiento, Él lo rechaza: «Apártate, Satanás; me escandalizas, porque no piensas como Dios, sino como los hombres». Su actitud muestra cuán convencido estaba de sus palabras, de que realmente tenía que dar su vida, de que tenía que pasar por el crisol del sufrimiento; cuán convencido estaba de aquellas palabras a Nicodemo: «Así amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo», lo entregó a las fuerzas de la muerte y del pecado. Y cómo camina hacia la Cruz consciente de su misión salvífica, obediente al Padre y unido al Padre en el amor. Esto hay que considerarlo mucho para poder trasladarlo dentro de nosotros. En medio de nuestra vida tenemos que actuar, en docilidad al Padre, el acercamiento al sufrimiento.

La cumbre de este acercamiento es la Cruz, Jesucristo crucificado. El Siervo de Yahveh. En el Profeta Isaías, en el capítulo 53, se describen los sufrimientos y la historia de la Pasión. La Iglesia, el día de Viernes Santo, suele comenzar la memoria litúrgica de la Pasión de Cristo precisamente leyendo ese capítulo de Isaías. Descripción de los sufrimientos exteriores de la historia de la Pasión, de tal manera que sorprende la correspondencia, casi visual, de los sufrimientos de Jesús, con la predicción de Isaías. Pero en ese pasaje lo que más impresiona es la descripción que se hace de la profundidad del sacrificio de Cristo. Es la gran lección que nosotros tenemos que aprender: aprender a sufrir; no sólo tolerar los sufrimientos que pasivamente nos vienen, sino aprender a dar profundidad al sufrimiento. Es lo que llamábamos en la meditación de la Pasión aprender la actitud de sufrir, la dimensión profunda, personal, del sufrimiento. Tales disposiciones hay que aprenderlas y educarlas.

Jesús carga con los sufrimientos de todos porque carga con el pecado de todos. Hay una conexión entre tomar sobre sí nuestros sufrimientos y tomar sobre sí nuestros pecados. En el capítulo 8 de San Mateo leemos un pasaje en el cual Jesús cura a los enfermos que le traen, y dice el Evangelista que se cumple en ese momento lo que había dicho Isaías: «Él tomó sobre sí nuestras flaquezas y tomó sobre sí nuestras enfermedades» (Mt 8,17). Es decir, que las curaciones que El hace son imagen de la Redención. No es que simplemente los cura; es que los cura tomando sobre si las enfermedades de ellos. Toma sobre sí sus pecados. Decíamos que en la Escritura hay siempre esa conexión enferme-dad-pecado. Entonces quiere recalcar esto: la curación nuestra se obtiene porque Él toma sobre sí nuestras enfermedades; Él toma sobre sí el sufrimiento de todos, porque tomó sobre sí el pecado de todos. Y ese «tomar》es una realidad vivida personalmente por El. No es que de hecho sucediera así, pero Él no sabía que estaba sucediendo. Esto es importante. No es admisible en sana teología la tendencia a decir que el Señor Jesús no sabía si Él era Hijo de Dios y tampoco conocía el valor redentor de su muerte. No es eso una cuestión de comprensión teológica moderna, no; es una cuestión de error; e incluso como error no es moderno; es muy viejo, pero se ha reavivado ahora. En el fondo se esgrime un principio teológico que no tiene valor. La cuestión, simplemente, es ésta: «Es que a mí me parece más humano que no sufriera». Como si pudiéramos decidir si Jesús conocía o no conocía por lo que nos parezca a nosotros más o menos humano. Esos no son criterios teológicos; esas son lucubraciones de una manera de pensar, pero no es apoyarse en la Revelación. Toda teología que es pura lucubración, es una teología que no tiene solidez, por muy inteligente que sea el que haga las lucubraciones. Tengo que apoyarme en los hechos consignados en las fuentes de la revelación. Se nos dice expresamente en la Carta a los hebreos que al entrar en este mundo dijo: «No has querido holocaustos ni sacrificios por el pecado, pero me has dado un cuerpo. Aquí vengo, Dios, para cumplir tu voluntad» (Heb 10,6-7). Esto tengo que salvarlo; es un punto firme. Tengo que salvar lo que Él dice: «El Hijo del hombre tiene que padecer mu-cho…y ser entregado a la muerte y al tercer día resucitar» (Lc 9,22). Hay una manera teológica falsa de argüir: si algo me parece menos humano y, sin embargo, se encuentra en el texto del Evangelio, afirmo que es algo inventado o añadido por la primera comunidad cristiana. Con semejante fundamento teológico no podemos hacer nada serio. Porque lo que me parece que no debía estar, lo quito, y afirmo que lo han metido más tarde porque no debía estar; porque yo decido que originariamente no debía ser así.

Aparece muy claro que el Señor va acercándose conscientemente a la muerte, y Él sabe que se ofrece. Lo dice en la institución de la Eucaristía (Mt 26,28): «Esta es mi Sangre de la Alianza, que es derramada por todos para el perdón de los pecados»: Y antes había proclamado: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida por la redención del mundo» (Mt 20,28). Hay una vivencia en El. La actitud con la cual Cristo se acerca a la muerte es una actitud de ofrecimiento. No puede decirse simplemente que El sufrió y que ese sufrimiento, como tal, tuviera valor. No lo tiene el simple sufrimiento; lo que sí lo tiene es la vivencia humana del sufrimiento. Y Cristo no sólo soportó el sufrimiento, sino que lo ofreció. Dice la Carta a los hebreos: «Y hemos sido salvados por el ofrecimiento, hecho de una vez para siempre, del Cuerpo de Cristo» (Heb 10,10). Por tanto, es importante entrar, como lo hace Isaías, en la descripción de la profundidad del sacrificio de Cristo. Carga con la iniquidad de todos, carga con el sufrimiento de todos. El pecado del hombre es la verdadera causa del sufrimiento de Cristo. La verdadera causa no del sufrimiento físico simplemente, como si se acumulasen sufrimientos, sino de la actitud de sufrir de Cristo. Todo el pecado del mundo pesa sobre el Corazón de Cristo. Es lo que veíamos en la agonía de Getsemaní y lo que recordará el Papa: «Esto nos está introduciendo directamente en la agonía de Getsemaní».

 

  • La actitud redentora

Sufrimientos, pues, que son «sustitutivos». Esa palabra hay que utilizarla siempre con prudencia, porque no es que El simplemente nos ha sustituido, y, como nos ha sustituido, quedamos ya exentos de toda colaboración y expiación. Son sufrimientos solidarios más que sustitutivos. Quiere decir que El sufre no por sus pecados, sino en solidaridad con nosotros. Y tomando sobre sí esos pecados nuestros, su sufrimiento es redentor; es el Cordero de Dios que lleva sobre sí el pecado del mundo; es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo llevándolo sobre sí. No lo quita por una acción de poder divino, sino tomándolo sobre sí por el ofrecimiento de sí mismo en expiación de nuestros pecados.

Cristo puede hacer esto por el misterio de su dualidad de naturaleza en unidad de persona. Porque todo el sufrimiento humano es acogido por el amor divino en ese corazón humano. La dignidad divina de la persona da valor infinito a unos sufrimientos humanos, al ser el único sujeto personal del sufrimiento redentor. En el Hijo Unigénito que Dios nos dio, que sufre como hombre, el sufrimiento tiene dimensiones humanas y profundidad divina. Así está en la Cruz y así está en la agonía de Getsemaní.

Nosotros vamos a participar en nuestro grado de ese misterio. Quizá objetemos que Jesucristo era Dios, y yo no soy Dios. Es verdad; pero yo tengo gracia divina. Yo no soy Dios, pero tengo en mí el Espíritu Santo y la caridad difundida por el Espíritu Santo. Por eso hay en mí una participación de Cristo, de la dignidad de Cristo, que me hace también sacerdote de la oblación de mi sufrimiento. Y con

este espíritu me acerco al sufrimiento, y hablo del sufrimiento, y enseño el valor del sufrimiento, y vivo el sufrimiento también en mi vida.

El siervo de Dios se carga con los pecados de manera plenamente voluntaria. Cristo sufre voluntaria e inocente-mente: «Este, ¿qué mal ha hecho? Es el ofrecimiento voluntario, la actitud de sufrir voluntaria. Es el Hijo de Dios que sufre inocente. Y esto es todavía mucho más profundo y más alto que el caso de Job. Job era un hombre justo que sufría siendo inocente. Aquí es el Hijo de Dios que sufre siendo inocente. Y ahí se nos ilumina con la realidad de lo que es el Hijo de Dios y con lo que es el amor del Padre que entrega a su Hijo.

Cristo, pues, responde al interrogante de lo que es el sufrimiento, no sólo con su enseñanza; lo hace con su vida. Para decirnos que nos ama da su vida por nosotros. Para enseñarnos el valor del sufrimiento, asume el sufrimiento y muestra toda la riqueza que tiene, todo el valor redentor del sufrimiento llevado con actitud redentora. Toma su propio sufrimiento, que está integrado orgánicamente, indisolublemente, en la buena nueva del Evangelio y la última palabra de su enseñanza es la doctrina de la Cruz.

Por eso el Huerto de Getsemaní tiene una importancia decisiva; por eso el Señor nos invita muchas veces a acompañarle en la agonía de Getsemaní. Las palabras de Jesús, cuando grita: «Padre, si es posible, pase de mí este Cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya», nos confirman en dos cosas. Primera, la verdad de su amor al Padre. Ahí es donde se demuestra que ama de veras: «Para que conozca el mundo que amo al Padre, y que como me lo mandó el Padre, así lo hago» (Jn 14,31). Y segunda, la verdad de su sufrimiento: que sufrió muy seriamente, muy de verás; más aún -y aquí viene una frase también de las lapidarias de Juan Pablo II-: «Prueba la verdad del amor, mediante la verdad del sufrimiento. Y el punto culminante de la Cruz lo tenemos en aquel grito que parece de desesperación: “Dios mío, por qué me has abandonado». Es lo supremo del sufrimiento de Jesús. Estas palabras nacen en el terreno de la unión inseparable de Cristo con el Padre».

Tenemos que ver lo que está realizándose en la Cruz. Hay una unión inseparable de Cristo con el Padre, aunque el Padre cargó sobre La nuestra iniquidad y lo hizo pecado por nosotros. Hay una unión profunda: aunque el Padre lo entrega al pecado, a la muerte; Jesús está sintiendo todo el mal de dar la espalda a Dios. O sea, que siente en sí todo lo que es ofender a Dios estando profundísimamente unido con El. Pero lo siente porque pesa en Él lo que es el pecado como rechazo de Dios. Está cargado con el contenido del pecado, y gracias a la profundidad divina de su unión con el Padre, percibe de manera humanamente inexplicable el sufrimiento que hay en la separación y en el rechazo del Padre, del que Él se hace responsable. Experimenta en sí la actitud de rechazar al Padre estando profundamente unido con El. Diríamos que nadie puede entender lo que es rechazar a Dios como el que está profundamente unido a Él. Experimentar ese rechazo estando unido debe ser espantoso. Y mediante ese sufrimiento realiza la Redención.

El sufrimiento humano alcanza su punto culminante en la Pasión, y ésta entra en una dimensión nueva, en un orden nuevo, porque ha sido unida al amor. El sufrimiento se ha vivido en el amor de Dios. La Cruz se ha convertido en fuente de la que brotan torrentes de agua viva.

Cuando queramos plantear el interrogante sobre el sentido de la cruz tenemos que plantear la pregunta ante esa realidad de la Cruz de Cristo. Ahí es donde se nos va a iluminar el sentido de nuestro propio sufrimiento.

 

  • Participamos de los sufrimientos redentores de Cristo

Decíamos en la meditación de la Pasión que nosotros, contemplando y entrando en la actitud redentora de Cristo, nos iniciábamos a la actitud cristiana en nuestro propio sufrimiento. Vamos a ver este aspecto. Este capí-rulo el Papa lo titula «Participantes de los sufrimientos de Cristo». El sufrimiento humano va a tener un cambio y va a tener un sentido distinto.

El sufrimiento es cristiano no sólo porque está en uno que es cristiano, sino que es el sufrimiento vivido en actitud cristiana. Y el sufrimiento vivido en actitud cristiana es nuevo. Vamos a ver si esto lo entendemos.

Con la Pasión de Cristo, todo sufrimiento humano tiene ahora una situación nueva. El pasaje que nos va a servir -al margen del texto del documento pontificio-para entender esto es el capítulo 5 de San Lucas, del versículo 33 en adelante. Es la discusión sobre el ayuno. Nos sirve para lo que es el sentido de la Cuaresma y para lo que es el sentido del sufrimiento cristiano. Ha adquirido por la Redención de Cristo una dimensión nueva, es una realidad nueva.

«Se juntaron los saduceos, los escribas, incluso los discípulos del Bautista, y juntos fueron donde Jesús, y le dijeron: «Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente y hacen oración, igual que los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben”. Jesús les contestó: “¿Podéis hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Vendrán días en que le será arrebatado el novio; ya ayunarán en esos días”. Les dijo también una parábola. “Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo; de otro modo, rompería el nuevo y al viejo no le iría el remiendo del nuevo. No se echa el vino nuevo en pellejos viejos, sino que se echa en pellejos nuevos, porque si no se romperán los pellejos y el vino se derramará».

Vamos a ver si interpretamos este pasaje, que es importante. La pregunta que se le hace a Jesús es ésta: ¿Tus discípulos no ayunan, todos los demás ayunamos, ¿cómo es posible esto? En la respuesta de Jesús hay una serie de indicaciones que caracterizan la vida cristiana y que son muy profundas, aunque aparentemente son unas respuestas muy sencillas: «Podéis hacer ayunar a los convidados a la boda (en el pasaje de Mateo dice «a los amigos del esposo») mientras el novio está con ellos?». Basta esto. Ahora fijémonos todo lo que tiene de sentido esta respuesta de Jesús. Primero, a sus discípulos los llama amigos del novio. Es una definición del cristiano. La definición del cristiano es «amigo de Cristo». Por tanto, lo que caracteriza al cristiano es que participa del amor de Dios. Ellos le decían: «Tus discípulos»; Él dice: «Los amigos del novio». Son los amigos de Cristo. Bien, esto ya es importante: el concebir la vida cristiana como una amistad con el Señor. Esto ya hace ver que todo nuestro ser cristiano está caracterizado por una realidad nueva. Tan nueva y tan importante que Jesús llega a decir en otro pasaje: «Juan Bautista es el mayor de los nacidos de mujer, pero el más pequeño en el Reino de los Cielos es superior a él». Todo esto nos indica nuestra situación nueva, la situación de la Redención de Cristo. Juan Bautista es el mayor de todos, porque no es un simple profeta que ve a distancia, sino el Precursor, que señala ya con el dedo al que está presente. La grandeza de un personaje se mide por su cercanía a Cristo. Los profetas son lejanos, Juan Bautista es más que profeta. Juan Bautista es el amigo del esposo: «el amigo del esposo se alegra oyendo la voz del esposo», decía San Juan. Entonces, el más pequeño del Reino de los Cielos que se establece en Cristo es mayor que el Bautista, es decir, está más cerca de Cristo que el Bautista, es miembro de Cristo, es íntimo de Cristo, ha recibido el Espíritu de Cristo, Cristo está en él, está en su corazón y él está en el Corazón del Señor.

Jesús, pues, cambia la palabra de discípulo, llamándole «amigo del esposo», que da la característica de su situación nueva; es el amor de amistad con el esposo.

Supuesto esto, aparece la palabra ayuno, lo que llamamos nosotros penitencia cuaresmal: el sufrimiento, porque el ayuno es una forma de sufrimiento voluntario. La característica de la llamada penitencia es que es un sufrimiento corporal voluntario. La razón de ser de ese ayuno es que no

sólo es ejercicio material, sino que el ayuno es un acto humano; por tanto, no es un simple ejercicio para mantener la línea (no es ése el ayuno), sino que el ayuno significa tristeza. Significa, por consiguiente, que a uno le duele algo; el ayuno es sufrimiento, no mero ejercicio ascético. Así se entiende el cambio de palabra que Jesús hace. Cuando le preguntan por qué no ayunan, les dice: «¿Pueden los amigos del esposo entristecerse mientras está el novio con ellos?». La palabra ayuno, pues, ha pasado a un significado de contenido: «entristecerse». El ayuno es expresión de tristeza, no simplemente ejercicio exterior. Es expresión de un dolor interior. Cuando ha ocurrido la muerte de un ser próximo a la familia, el afectado por esa muerte ayuna. Quiere decir que ha perdido las ganas de comer, está hundido en la tristeza; por tanto, no participa en aquellas cosas que llevan un signo de alegría, porque está triste, ayuna.

La pregunta había sido: ¿Por qué todos los discípulos de os demás ayunan y los tuyos no? Jesús responde: «Los míos son amigos del esposo. No pueden entristecerse mientras están en las bodas, mientras el novio está con ellos». De aquí han querido sacar algunos la conclusión de que en el cristianismo no debe ayunarse, aunque el Señor dice que los otros sí, porque no tenían a Cristo; nosotros tenemos a Cristo, luego no hay por qué ayunar. Sin em-sargo, esa conclusión no es verdadera, ya que Jesús mismo ice expresamente: «Vendrán días en que les será arrebatado el esposo, y ayunarán en esos días».

La situación de la Iglesia en la unidad de esa humanidad redimida es una situación en la que Cristo es arrebatado continuamente a la Iglesia. Le es arrebatado por el pecado, le es arrebatado por el dolor, por el sufrimiento. Le es arrebatado no sólo subjetivamente a cada uno de nosotros muchas veces por nuestra infidelidad, sino también a la humanidad. La Iglesia siempre se siente en unión con todos los hombres de los cuales es arrebatado Cristo. La Iglesia es sensible a ese ser arrebatado de ella: el esposo. Y precisamente el ayuno cristiano es expresión de esa pena por no tener plenamente al esposo. Porque el esposo le es arrebatado muchas veces.

El sufrimiento cristiano viene a ser una asociación a la Pasión de Cristo. La Pasión de Cristo marca el sufrimiento cristiano. Todo cristiano está unido a Cristo, todo cristiano está llamado a completar en sí lo que le falta a la Pasión de Cristo. Su sufrimiento tiene el matiz de la Pasión de Cristo. Esto es realmente nuevo. Esto no es una práctica actualizada del Antiguo Testamento, con más o menos ayuno, sino que es un cambio de la calidad del ayuno. El ayuno del Nuevo Testamento no es el mismo que el del Antiguo. Ese dolor que internamente caracteriza al ayuno caracteriza al sufrimiento. El dolor tiene una calidad distinta, es participación de la Pasión de Cristo, es unión al sufrimiento de Cristo, es presencia en nosotros del sufrimiento de Cristo.

Y entonces dice Jesús: «Nadie rompe un vestido nuevo para echar un remiendo a uno viejo.» El ayuno cristiano no es un remiendo del Antiguo Testamento; es una realidad nueva. Por tanto, hay que introducirla en mentes nuevas, hay que introducirla en mentalidades nuevas. Mientras uno la siga teniendo vieja, le rompe la mentalidad; no le entra, no es capaz de mantenerse, y entonces se pierde el contenido de esa realidad nueva.

El Papa lo recoge en esta frase: «Con la Pasión de Cristo todo sufrimiento humano se ha encontrado en una nueva situación». Ahora nuestro sufrimiento tiene otro valor.

Estamos unidos a Cristo. Participamos por lo mismo del sentido que en Cristo tiene su propio sufrimiento. Es decir, nuestro sufrimiento va a aparecer como colaboración a la Redención. No sólo es una penalidad de la naturaleza humana, no sólo es una prueba de la honradez o un simple camino de maduración. Tiene un valor redentor.

En la Cruz se cumple la Redención por el sufrimiento. La experiencia del mal total del pecado determinó la medida incomparable del sufrimiento de Cristo, que fue el precio de la Redención. Cristo inocente carga el mal total del pecado. Como de hecho experimenta el mal total del pecado, podremos barruntar cuál sería el sufrimiento de Cristo. Ese sufrimiento de Cristo así entendido es lo que llama San Pablo el precio de la Redención: «Habéis sido redimidos con pecio». Ha sufrido en nuestro lugar (el aspecto de sustitución) y por nosotros. Cuando decimos Él ha muerto por mí, ese por mí tiene un doble sentido: en sustitución de mí y en favor de mí, por mi santificación.

Todo hombre tiene ahora participación en la Redención con su sufrimiento. Cada uno está llamado a participar en el sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la Redención. Y todo sufrimiento humano ha sido también redimido. Al haber sido redimido cambia su naturaleza externa. Estamos asociados a la Pasión de Cristo. En nuestro sufrimiento podemos hacernos partícipes del sufrimiento redentor de Cristo. A esto somos llamados todos por el hecho de ser bautizados. El sufrimiento humano vivido con actitud personal tiene valor redentor.

Hay una frase muy densa en el capítulo 3 de la Carca a los Filipenses. Pablo estaba perfectamente situado, estimado, dignificado en el judaísmo, donde tenía un lugar privilegiado. Pero todas las ventajas que tenía en el judaísmo, dicen Pablo, las consideró estiércol al lado de lo que es ganar la justicia de Cristo, en comparación con lo que es encontrarse existiendo en Cristo. Y al describir lo que es ese estar en Cristo, distingue tres aspectos: «para conocerle a Él, la fuerza de su resurrección y la compañía de sus

pasiones». Esto es el cristianismo. Él lo ha vivido y lo transmite. Los tres elementos se dan en el ser cristiano ya desde el Bautismo.

Primero: conocer a Cristo. La incorporación a Cristo, el Bautismo, requiere una condición previa: que nosotros conozcamos el Misterio de Cristo por la fe, la fe en El; y, conociéndole, penetrando por la fe en ese Misterio de Cristo, lo profesamos y somos bautizados. Por tanto, primer elemento: conocimiento de Cristo, ser introducido a la intimidad de Cristo, ser consagrados por el Bautismo.

Segundo: la fuerza de la Resurrección. Pablo, personal-mente, en su encuentro con Cristo en el camino de Da-masco, se encontró con la fuerza de la Resurrección de Cristo. Y él habla de que en el Bautismo se nos comunica la fuerza de la Resurrección de Cristo. No precisamente, directamente, la Resurrección misma, sino la fuerza de la Resurrección. La fuerza de la Resurrección de Cristo es la gracia, es el don del Espíritu Santo. A cada uno de nos-otros, por ser cristianos, al confesar a Cristo, se le da la fuerza de la Resurrección, el Espíritu Santo, la gracia.

Tercero: la compañía de sus pasiones. La fuerza de la Resurrección nos lleva la compañía de las pasiones de Cristo, a participar en las pasiones de Cristo. Esto podría parecer paradójico. Muchas veces, en nuestra tendencia superficial, solemos pensar que el sufrimiento es algo previo a la resurrección con Cristo, y que, por tanto, el sufrimiento será la penitencia previa, la preparación; pero una vez que hemos resucitado con Cristo, piensan algunos que ya no tiene lugar la pasión. Tiene que ser un cristianismo de alegría, un cristianismo de gozo, un cristianismo de Resurrección; y de ninguna manera insistir ya más en las pasiones con Cristo. Por consiguiente, optarían por un cambio del orden: conocer a Cristo, la compañía de su pasión y luego la fuerza y el gozo de la Resurrección para que vivamos en la alegría de la Resurrección. Tal interpretación no es justa, no es verdadera.

La realidad del cristiano está constituida por estos tres elementos simultáneos que van vitalizándose progresiva-mente. Primero siempre, el conocimiento de Cristo. Todo nos viene por el conocimiento de Cristo, por la fe de Cristo, por esa fe profesada en la Iglesia y por los Sacramentos de la Iglesia, que nos comunican inmediatamente la fuerza de la Resurrección. No se puede vivir la vida cristiana sin la fuerza de la Resurrección, sin el vigor de la gracia, sin la continua ayuda benévola del Señor. Por tanto, contamos con esa fuerza de la Resurrección, el don del Espíritu Santo, que nos viene a través de los Sacramentos de la Iglesia. Pero esa presencia de la gracia nos hace capaces de ofrecer nuestra propia vida con Cristo. Esto debe estar muy claro en nuestra mente. Nuestra vida es mortal, y no deja de ser mortal al recibir el Bautismo. Por tanto, no es que hemos resucitado; recibimos la fuerza de la Resurrección porque el Espíritu Santo que se nos da es el que nos hará resucitar. Y ahí está con nosotros la fuerza de la Resurrección. Pero esa fuerza del Espíritu Santo lo que hace es darnos la caridad, el amor para ofrecer nuestra vida mortal. Entonces, nuestra mortalidad ha pasado de ser una pena del pecado a ser un instrumento de redención. Y ahora nosotros, ofreciendo nuestra vida mortal, estamos colaborando a la Redención. Por la fuerza de la Resurrección podemos unir nuestros sufrimientos a la pasión de Cristo.

El pasaje paulino cada uno de nosotros lo puede vivir de manera diversa; es verdad. Cuando hablo de sufrimiento, hablo de todo sufrimiento que llega a nosotros, por lo que sea. Tenemos que habituarnos a darle este valor. Nuestros padres cristianos, nuestras madres, lo hacían con una sencillez maravillosa. Cuando una madre cristiana, nuestra madre, ante un sufrimiento, un dolor, exclamaba: «Señor, por nuestros pecados», tenía este sentido: «te lo ofrezco por nuestros pecados». Cuando ante un sufrimiento decía: «Señor, por la salvación del mundo, para que los pecadores se conviertan», tenía ese sentido redentor. Sabía que ese sufrimiento ofrecido tiene valor redentor. Así, todo lo que en nuestra vida sea molestia, sea costoso, sea en cierta manera sufrimiento, tiene valor redentor.

Pero es cierto que hay especiales vocaciones, hemos de tenerlas presente. Vocaciones llamo cuando ya no es el sufrimiento un elemento en cierta manera integrante de la vida, en una medida que podríamos decir discreta, sino cuando el sufrimiento viene a ser como el contenido fundamental de esa vida, cuando ya puede llamarse al sufrimiento la vocación de esa persona, por una determinación de la providencia de Dios. Me refiero al caso de una persona que tiene que yacer en la cama crónicamente, donde diríamos que la ocupación de esa persona es la enfermedad. Entonces podemos hablar en cierta manera de una vocación de enfermedad, costosa, pero que entra en los planes divinos.

Muchas veces, al abrazar esa vocación, suele preceder una verdadera lucha, una verdadera agonía de Getsemaní, una verdadera batalla de oración: «si es posible, pase este cáliz…». Ahí surge una cierta resistencia de la naturaleza, a veces momentáneamente, incluso una rebelión; hasta que llega el momento de la aceptación. Toda vocación de Dios -no olvidemos nunca esto-lleva consigo la gracia para llevarla. La lucha suele estar en aceptarla como vocación y aprovecharla como vocación. En algunas ocasiones no se acaba de aprovechar y se la soporta únicamente de forma marginal, sin aceptarla, buscando sólo librarse de ella.

Al hablar de este estado de resistencia no quiero en modo alguno condenar el esfuerzo sereno y vigoroso por superar la enfermedad o el sufrimiento; no es cristiano un cierto fatalismo que impida el defenderse del mal y del sufrimiento. Me refiero a una postura tiesa, amarga, rebelde, que puede fomentarse y que rechaza absolutamente la posibilidad de que ese camino del dolor pueda ser una vocación y misión. Hasta que llega el momento en que lo acepta y ya cuenta con ella, y busca la manera de cómo servir al Señor a través de esta vocación, a través de esta

enfermedad, no pasivamente llevada, sino vivida y ofrecida con dignidad. Esto es lo que llamamos vocación de expiación, vocación redentora de una manera especialísima. Todos los que de alguna manera estamos en contacto con el sufrimiento humano, de forma vocacional, tenemos que comprender que, en esa persona, de un modo singular actúa Cristo crucificado; es una participación especial.

En este mismo sentido advertimos en la historia de la santidad cristiana, una vocación, una llamada amorosa del Señor que resuena en el corazón de cristianos generosos, moviéndoles a ofrecerse al Señor como víctima de expiación. Es un tema en sí delicado. No voy a hablar ahora de la prudencia necesaria para hacerlo, de la cautela para discernirlo, de las condiciones que lleva consigo, etc., pero afirmo que es una realidad indudable en la Iglesia de Dios v en la historia de la santidad cristiana. Hay llamadas a una especial vinculación dolorosa con Cristo. No es lo general, no es lo que debe predicarse de manera universal, pero las hay. Y cuando existen, son el camino de la comunicación de Dios, que de una manera también especialísima se da a quien El asocia a su obra de expiación.

Respecto de este punto, para entender este doble nivel recordemos que San Pablo recalca que todo cristiano está llamado a ser sacrificio espiritual con Cristo. Todo cristiano, por el mero hecho de ser consagrado por el Bautismo, es sacerdote, y es sacerdote de verdad. No en el mismo sentido que el sacerdote ministerial; no es sólo intensiva-mente distinto, sino esencialmente distinto. Pero, por otra parte, tenemos que afirmar que se trata de verdadero sacerdocio.

Ahora bien; el sacerdocio común cristiano no se ordena simplemente a orar, quiero decir que para orar no hace falta ser sacerdote; todo hombre puede orar. Por tanto, la oración, simple oración, no es el objetivo, la razón de ser del sacerdocio. La razón verdadera del sacerdocio es el ofrecimiento del sacrificio, por lo que, si todos y cada uno de nosotros, cristianos, tenemos un sacerdocio, somos verdaderos sacerdotes por la consagración bautismal y participamos del sacerdocio de Cristo, ¿cuál es el sacrificio que tenemos que ofrecer? Y nos responde la Iglesia en el Concilio Vaticano II: el sacrificio de la Eucaristía. Todo cristiano está llamado a ofrecer el sacrificio del Aliar, y lo podemos ofrecer porque tenemos ese sacerdocio. Se ordena, pues, a la oblación de la Eucaristía, a participar en su grado en la oblación eucarística. No a realizar el sacrificio de la Eucaristía, que eso es propio del sacerdote ministerial, pero sí el ofrecimiento sacerdotal de la misma Eucaristía, del sacrificio de Cristo perpetuado en el Altar.

Pero, además -y así lo dice el Concilio- ese sacerdocio nos capacita para ofrecer el sacrificio de nuestra propia vida. La vida cristiana es esencialmente sacrificio de Dios si se vive con espíritu sacerdotal. En el momento del Bautismo vuelve a actuar en nosotros la oblación que hizo Cristo al entrar en este mundo. Cuando yo recibo esa unción sacer-dotal propia del cristiano, digo: soy sacerdote de mí mismo ofrecido como sacrificio y unido al sacrificio del Altar, al sacrificio de Cristo. Esto es de todo cristiano; y es sacrificio espiritual, no cruento precisamente; no doloroso necesariamente. Basta notar que las mismas alegrías familiares son sacrificio espiritual, como dice el Concilio en el número 34 de la Constitución sobre la Iglesia.

Toda nuestra vida es sacrificio espiritual: lo ofrezco sacerdotalmente a Dios. Es el ofrecimiento de la vida de cada uno. Dentro de esa vida encontramos su dosis de sufrimientos y de dolores. También los ofrezco. Por tanto, esos sufrimientos así ofrecidos en mi vida en el espíritu son también sacrificios espirituales.

Pero, así como hay vocaciones para un sacrificio personal más pleno en la vida de consagración a Dios, en la vida religiosa, en la vida monástica, hay también un llamamiento a una vocación especial de sacrificio, que podríamos llamar asociado a la Pasión de Cristo. Es la vocación que hemos dicho se da cuando la Cruz constituye ya como la ocupación primordial de esa persona. Todos, en el momento de la enfermedad grave, recibimos una vocación de identificación con Cristo crucificado. Por eso, en ese momento de la enfermedad grave, que es para nosotros como sentido de la vida y ocupación de la vida, recibimos el Sacramento de la Unción, que es el Sacramento que nos asocia sacramental-mente a la Pasión de Cristo, por el cual quedamos, como estado, identificados con la Pasión de Cristo. Es el crucificado con Cristo, unido a Él, que ofrece su vida ya con un matiz concreto: el matiz de la asociación de la Pasión de Cristo.

Puede serlo también como vocación de vida. En este sentido he encontrado significación a una frase misteriosa que aparece al comienzo del capítulo 9 de la Carta a los Romanos. Es un pasaje misterioso, cruz de los exegetas, al que se han dado muchas explicaciones, pero al que sinceramente yo no le había encontrado sentido de verdad hasta que leí un estudio reciente sobre el tema, que me ha dado luz. Dice San Pablo en este pasaje: «Digo la verdad en Cristo, no miento, mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo, que siento una gran tristeza y un dolor incesante en el corazón, pues desearía ser yo mismo anatema de Cristo por mis hermanos, los de mi raza según la carne, los israelitas, de los cuales es la adopción filial», etc. La primera parte es clara: «Digo la verdad, no miento, siento una gran tristeza, un dolor incesante en el corazón». Es una actitud que tiene una cierta semejanza con Getsemaní: siente un dolor constante y una tristeza en el corazón. Es una disposición del corazón. Y ¿por qué esa tristeza? Dice: «Desearía yo mismo ser anatema de Cristo por mis hermanos según la carne». Esto último no lo entiendo. Que tenga tristeza, sí; pero que yo desee ser separado de Cristo por mis hermanos, no lo entiendo; porque no en-tiendo qué ventajas pueden tener mis hermanos de que yo me separe de Cristo. Deseaba ser separado de Cristo por mis hermanos. Sin embargo, es la traducción frecuente, habitual. Y tratan de explicarlo haciendo referencia a un pasaje del Éxodo, donde Moisés dice: «Si no perdonas al pueblo, bórrame a mí también del libro de la vida». En San Pablo, dicen entonces, hay una disposición análoga, una exageración y ponderación de su amor. La verdad es que esto yo no lo entiendo ni veo que haya semejanza ninguna. Entiendo perfectamente que, hablando yo con el Señor, pidiéndole perdón para mi pueblo, le diga: «Perdónalos, y si no les perdonas, no me tengas por amigo». Eso lo entiendo, es como una especie de coacción de amor. «Si no les perdonas, me borras del libro de la vida, no cuentes conmigo como amigo; cuando ésos, que son mi pueblo, reciben de ti el rechazo y la condenación». Es una exageración, pero se entiende.

Pero en el caso de Pablo, no: «Yo tengo un gran dolor por mis hermanos, y deseo ser separado de Cristo por ellos». Esto no lo entiendo; no hay tal agonía.

Parece que la explicación válida, presentada reciente-mente y que juzgo sólida y buena, entendería el pasaje de Pablo así: «Yo tengo una gran tristeza por mis hermanos, y deseaba ser anatema de parte de Cristo en favor de mis hermanos.» Deseaba que Cristo me escogiera como víctima de expiación en favor de mis hermanos». Mi deseo era que el Señor me escogiera unido a la Pasión de Cristo como víctima de expiación; no sólo ofreciendo mi vida en sacrificio espiritual, sino con esa vocación especial de que el Señor me escogiera a mí, a la manera del mismo Cristo en la Cruz, como víctima de expiación, por mis hermanos, ofreciendo mi vida por ellos. Este sentido no es nuevo. Con su penetración habitual lo había captado y expresado el padre Bover, primero en la traducción atinada: «Desearía yo mismo ser anatema de parte de Cristo», y luego en la breve nota que le dedica en su edición del Nuevo Testamento (BAC, Madrid 1951): «Una comparación precisará exactamente el alcance de estas palabras. Como Cristo se hizo objeto de MALDICIÓN POR NOSOTROS (Gál 3,13), tomando sobre sí nuestros pecados para satisfacer por ellos y salvarnos, proporcionalmente San Pablo desea hacerse anatema por los judíos, cargando sobre sí sus pecados para pagar por ellos y así salvar a sus hermanos».

Esta interpretación me parece justa, porque respeta el verdadero sentido de anatema. Anatema no indica directamente una simple separación. Una ciudad que se declarara anatema quiere decir que es una ciudad consagrada a Dios como holocausto puesto sobre el altar. Por tanto, debe ser destruida, consumida como holocausto; nadie debe aprovechar nada de ella; por eso nadie podía sacar nada de esa ciudad, enseres, animales, ni nada, porque era «anatema”, estaba consagrada a Dios. Esta sería la interpretación del deseo de Pablo.

Su amor a Cristo y su celo lleva a muchas almas cristianas a ese mismo deseo. Y cuando el Señor llama a esa vocación, hay que hacerles entender que ése puede ser el gran apostolado que realizan; que dentro de todo lo que es Ja vida cristiana hay una posible asociación especial a Cristo crucificado, hay un valor especial del sufrimiento cristiano participado de Cristo, al cual invita a algunos. Y cuando el Señor invita a este camino, derrama en el corazón escogidos gracias especiales de unión, propia de quien tiene que llevar adelante ese sacrificio, esa oblación de sí mismo, cuya fuerza ha de estar no en la materialidad del sufrimiento, sino en la actitud redentora, en la actitud de amor, en la identificación de amor con Cristo crucificado.

En este sentido se comprende lo que un alma buena escribía en sus apuntes espirituales, que el Señor le había dado a entender esto: «Cuando yo amo mucho a una persona, le doy dos grandes deseos: de padecer por mí y de Eucaristía. El deseo de padecer por mí, para que se identifique con mi Cruz, y el deseo de Eucaristía, para que tenga de ella la fuerza y la energía para poder vivir esa identificación conmigo en la Cruz».

Viendo estos niveles, este valor del sufrimiento, este sentido cristiano del sufrimiento en el grado en que el Señor lo quiera en nosotros, hemos de prepararnos para reconocer esos valores, para no hundirnos en la presencia del sufrimiento, sino que guardemos el vino nuevo en pellejos nuevos. Que tengamos en nuestra mente la visión del gran misterio del amor de Cristo y sepamos que el sufrimiento no es signo de rechazo de Dios necesaria-mente, sino que muchas veces El da a sus amigos lo mejor que tiene, lo que le dio a su propio Hijo, dándoles al mismo tiempo participación de aquel amor con que se entregó a sí mismo por nosotros.