Con Juan sobre el Corazón de Jesús

Luis María Mendizábal,S.J.

 

Nos recogemos en la presencia de Jesús Eucaristía, para acompañarle en este atardecer del jueves. En la Hora Santa recordamos los misterios de su amor extremo. Y unas veces nos detenemos en la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní, y otras en el misterio de su amor, que es la Eucaristía, el misterio de la condescendencia del Señor; las frases maravillosas, sublimes de aquel discurso de la Última Cena; el misterio insondable de la Eucaristía en torno al cual los mejores maestros del espíritu han entretejido reflexiones teológicas, reflexiones espirituales sobre el Pan de Vida. Y ponen en nosotros un hambre espiritual de ese Pan que ha de llevarnos al amor, y a la elevación, y a la transformación de nuestra existencia.

Podemos decir con más verdad que los judíos y más conocimiento:

“Danos, Señor, de ese pan de vida”

Pero hoy, en esta Hora Santa, en la presencia eucarística, vamos a detenernos en el misterio de la Eucaristía como signo de contradicción, en torno al cual parecen unirse el amor y la ingratitud; la salvación y la condenación, y vamos a poner las bases de una reparación eucarística.

La Eucaristía aparece siempre como el lugar de confluencia de los sentimientos humanos; es el punto en el que se concentra el mayor amor y el mayor desprecio. Ya en el anuncio del misterio eucarístico, en el capítulo VI de San Juan, cuando el Señor en Cafarnaúm promete el “Pan de vida”, anuncia la fuente de la ley del amor, ya entonces se escucha una palabra de contestación: “dura es esta palabra” y ¿quién podrá creer?

Y en aquella ocasión, Jesús dirigiéndose a sus discípulos, a los apóstoles predilectos, les pregunta:

“¿Qué, también vosotros os queréis marchar?”

“Señor, ¿a dónde iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”

Y Jesús concluyó aquel diálogo profundo, conmovedor, con una frase dolorida que dirige a aquellos sus apóstoles:

“¿No os he escogido yo a los doce, y con todo uno de vosotros se ha vuelto demonio?”

Y añade Juan que Jesús se refería Judas, el traidor, que ya entonces estaba tramando.

Y todo esto sucede precisamente en el contexto del anuncio del sacramento del Amor; y en la institución misma del Eucaristía. Al subrayar el Señor aquella obra de amor, lo que San Ignacio llama en los ejercicios “signo grandísimo de su amor” parece que, al mismo tiempo, quería significarnos que sería el signo de nuestro desamor.

Estos dos elementos aparecen siempre unidos, la Eucaristía es el lugar privilegiado de la reparación por muchas razones, en primer lugar porque el misterio eucarístico es el gran Medio que Dios nos ha dado para reparar la ofensa a Dios; la Eucaristía es la perpetuación de la oblación de Jesús en la cruz, del gran sacrificio redentor. Pero además la Eucaristía es también víctima de desamor humano, y es una llamada al amor, porque es el sacramento del amor.

En la Eucaristía está presente Jesús en el acto de darse; el Corazón mismo de Jesús está ahí, ese Corazón al que llega tan profundamente el desamor humano.

Cuando los Evangelistas y el mismo San Pablo en su primera carta a los Corintios, refieran la institución de la Eucaristía, parece que tienen especial interés en subrayar que la expresión suprema del amor de Jesús se realiza precisamente en el momento en el cual el hombre le ofende; le rechaza. Nos puede presentar gráficamente este contraste el simbolismo penetrante del Corazón traspasado de Jesús en la cruz, que derrama sangre y agua; símbolo de la vida nueva, símbolo del Espíritu Santo, del don de Dios a la Iglesia, y es precisamente respuesta a la agresión del hombre que le ataca con su lanza y le abre el costado.

Es decir, que el misterio del amor loco de Dios, que al exponerse al rechazo del amor humano y al producirse el rechazo del amor humano responde a ese rechazo con más profundas delicadezas de amor; con una humillación más profunda todavía, hasta ponerse de rodillas a lavar los pies de sus discípulos y de su traidor.

La expresión de San Pablo al narrar la institución eucarística es conocida:

“Yo he recibido del Señor lo que os he transmitido a vosotros, a saber, que el Señor Jesús, en la noche en que era traicionado tomó el pan, recitó la plegaria de bendición, lo partió y se lo dio diciendo”

 

            “En la noche de la traición”

Es lo que parece que quiere subrayar. La Eucaristía está ahí como sacramento o rememora activo, actualizado, por un lado La noche de la traición humana, por otro la inmensidad del amor de Dios. Es una luz que brilla en las tinieblas; podríamos decir con las palabras del prólogo de San Juan:

“La noche de la tenebrosidad humana, del drama, de la ingratitud humana, y en medio de esa noche como respuesta de Dios a la ingratitud su manera, el esplendor fulgurante de la Eucaristía, como sacramento del Amor“.

¿Cuál es esa noche?

“En la noche “. Esa noche que acompaña siempre a la Eucaristía; esa noche que no sólo se da en el momento de la institución, sino que es algo que perpetua también la ingratitud humana; que perpetua el misterio del Amor y le acompaña siempre. ¿Cuál es esa noche?

 

Al Sinaí, en donde se manifestaba la gloria de Dios en la cumbre , le envuelve una doble oscuridad, la de las nubes que significa la gloria de Dios, y la de la ingratitud humana que se fabrica un ídolo ante el cual se postra sin esperar los signos del amor de Dios.

Algo así es también la Eucaristía. En este nuevo Sinaí, la gloria de Dios se manifiesta con un brillo, con un fulgor que nos deslumbra. Es como una nube para nosotros; y al mismo tiempo al pie de la montaña se acumula la ingratitud humana.

“En la noche en que él ha traicionado” 

            Sin duda, Juan, se refiere ante todo a la noche de la traición de judas. Judas en el relato de la pasión tiene un papel ejemplar. Aquel hecho no fue una simple anécdota momentánea, sino que está representado en una postura de la humanidad respecto de Jesús; la postura del hombre llamado al amor, a la intimidad con Dios en Jesús, colmado de sus favores y de sus gracias, y que sin embargo rechaza a Jesús, y lo rechaza con el gesto despectivo del que lo vende. Es el desprecio.

La noche de la traición de judas fue durísima para el Señor. En aquella noche, lo mismo que en la noche actual nuestra, lo mismo que en esta hora Santa, en que estamos en torno a la Eucaristía reflexionando, rumiando este tema eucarístico, también le envuelve la misma noche. “En aquella noche”, recuerda el evangelista que él estaba reclinado junto al pecho de Jesús; lo dice así en ese maravilloso capítulo trece de San Juan:

“El discípulo amado estaba reclinado en el seno de Jesús”

Y ven aquí los exégetas que está representando el cristiano perfecto, el que llega a reclinar su cabeza en el seno de Jesús. Y estando en el seno de Jesús la reclinar en el seno del Padre. En Jesús y en el Padre. Es pues, el cristiano perfecto invitado a participar de la intimidad de Dios, invitado a participar de los latidos de su Corazón.

Desde esa intimidad del Corazón de Jesús, contempla Juan al otro invitado del Señor, contempla el misterio de aquel amor y de aquel desamor, de la traición y de la venganza. Y es el testigo privilegiado porque lo contempla participando de los sentimientos de Jesús.

No Vemos en el relato de San Juan ni una sombra de amargura, de animosidad contra Judas; no hay en él nada hiriente contra la persona del traidor. La observa desde el Corazón de Jesús, con los sentimientos del Corazón de Jesús. En aquella noche, la noche de la traición de Judas, Juan observa lo que está sucediendo. Recogen las palabras de Jesús, palabras impresionantes:

“En verdad, en verdad os digo, que uno de vosotros está haciendo traición”

Uno de vosotros. De los más íntimos, de los que Él había dicho:

“No me habéis escogido vosotros a mí, yo os he escogido a vosotros”

Decir “uno de vosotros” quiere decir, uno de los que yo he escogido entre toda la humanidad. “Uno de vosotros” quiere decir, uno de los que yo he llamado personalmente, de los que he invitado a que me siguieran. Uno de vosotros que ha gozado de mi intimidad desde hace tiempo, me está traicionando ahora; me hace traición; está a punto de entregarme ya.

Palabra fuerte del Señor. Palabra que Él repite a lo largo de toda la historia. Siempre.

Si no hubiera sido más que un hecho aislado los evangelistas no lo hubieran recogido. Pero refleja algo que constantemente está repitiéndose en el Corazón de Jesús.

“Uno de vosotros me está traicionando”; me traiciona; lo sé, lo conozco. Y ese era Judas.

Sólo el Señor sabe lo que Él debió sufrir con la convivencia de judas; tenerlo simple allí a su lado, escuchando todas sus palabras de intimidad que el rechazaba y despreciaba desde el fondo de su corazón, que disimula, que consigue disimularlo ante sus compañeros, pero evidentemente sin poder esconderlo ante el que penetraba los corazones y sus sentimientos.

Ninguno de sus compañeros sospecho, ninguno; pero para Jesús debió ser un tormento la convivencia continuo con aquel corazón que le rechazaba, que no entendía sus palabras, Que las debes figuraba, que estaba siempre contra Él; la convivencia de aquel que integrado entre los elegidos del Señor, ya en el discurso de Cafarnaúm, dice Jesús, que se había hecho un demonio.

Reflexionemos en estos sentimientos de Jesús, asimilando dos para aprender la actitud que nos enseñe a Juan, reclinado en el costado de Jesús.

“Uno de vosotros me hará traición”

Es el grito del Eucaristía, el que repite continuamente el signo sacramental. Esta palabra la oye Juan desde la intimidad en el Corazón de Jesús. Es lo que nosotros llamamos reparación. Esa realidad sencilla, evangélica. Es saber reclinar la cabeza en el Corazón de Jesús: saber unir el propio Corazón al de Jesús, y escuchar sus latidos, y acoger sus sentimientos, y comprender vitalmente esa palabra verdadera.

“Uno de vosotros me hace traición”

Uno de vosotros; así en plural, porque no es lo que hacen simplemente otros, sino que somos uno; somos uno. Y es seguro, es uno de vosotros. Nosotros mismos lo hemos traicionado; nosotros mismos nos sentimos unidos a los demás. No es uno de fuera. Eso uno de nosotros.

Participa uno de esos sentimientos con humildad, con delicadeza de amor. De ninguna manera sintiéndose separado de los demás, sino profundamente vinculado con ellos. Y en ese momento tenemos dos reacciones de dos amigos de Jesús:

Simón Pedro que escuchar también esa palabra y la escucha con un gran amor, es verdad, pero con un amor lleno todavía de mezcla de sí mismo, porque hace falta más amor para dejarse amar que para amar. Nosotros amamos, nos gusta amar, pero fácilmente solemos amar a nuestra manera.

En cambio el Señor quiere que nos dejemos amar, y eso nos cuesta porque nadie puede dejarse amar sin dejarse, y preferimos servir al Señor a la manera de Marta, como nosotros queremos.  Servirle y amarle, pero según nuestra manera de amar, sin renunciar a nuestra manera de ver para dejarse amar.

Todavía pero tiene esa mezcla de imperfección; él ama al Señor, Pero a su manera; él no ha recriminado aún su cabeza en el Corazón de Jesús, sino que Desde su sitio, donde él estaba hace un gesto a Juan a distancia, diciéndole: pregunta al Señor, ¿Quién es? Sin duda con la intención de intervenir el mismo de manera activa, para impedir que se lleve a cabo aquella traición.

Y Juan entonces reclinó su cabeza sobre el Corazón de Jesús y escucha sus latidos, y siente el fuego de aquel amor, de aquel hogar infinito de caridad, Y le pregunta con sencillez:

Señor, ¿Quién es?, ¿Quién es?

Pero no lo preguntara para impedir que se haga; no lo pregunta cómo dejándose llevar por un impulso de curiosidad, si no participando de una actitud, de un sentimiento. Y ahí está en conexión íntima con las disposiciones de Jesús.

Señor, ¿Quién es? Y el Señor le contesta, y aquí estamos en pleno misterio eucarístico:

“Aquél a quien yo de un bocado con mi propia mano, como símbolo de amor que se ve, ése es”

Prestemos atención a este detalle. No es que Jesús diera un signo exterior ficticio; no es que Jesús va a fingir que le dé un bocado solamente para dar una señal a Juan; no es eso. Para eso podía haberle dicho sencillamente es Judas.

Hay un contraste entre dos signos parecidos en la Pasión; éste y otro momento del huerto de Getsemaní.

Aquí Jesús da una señal:

“Aquél a quien yo tiene un bocado untado en salsa, ése es”.

Era un gesto de delicadeza y de amor. En el huerto de Getsemaní va a haber otro signo y será Judas el que lo de, y será Judas el que va a decir a los que van con él:

“Aquél  a quien yo besare,  ese es”

Pero hay una diferencia fundamental. El beso de Judas es ficticio, es puramente para dar una señal, para que sepan a quién tienen que apresar. El bocado untado en salsa y entregado como signo de amor, es verdadero.

Jesús lo que quiere recalcar es que aquél a quien yo más amo, a quien yo doy de corazón, como le he lavado los pies, de la misma manera, con todo el cariño de mi corazón, para ver si consigo reblandecer ese corazón duro. Y como entonces en el momento del huerto le dirá también:

“Amigo, ¿a qué has venido?”

Amigo, no porque lo eres, sino porque lo puedes ser: amigo porque por mi parte lo eres ya. De la misma manera es Jesús el amigo, el que da ese bocado untado en salsa como expresión del amor más sincero; del esfuerzo más delicado, conmover aquel corazón mostrándole toda la riqueza de su Corazón abierto. Se lo ha dado de veras.

Aquel a quien yo más amo; ése es. A quien yo he elegido de veras. Y le da ese bocado con amor, con cariño, de corazón para ver si consigue conmover aquel corazón pervertido.

Y Juan lo mira y sabe lo que significa esto. Viene será algo así como una recepción sacrílega; y nota y lo dice el mismo que tras el bocado entró en el Satanás.

Exteriormente recibe el bocado de Jesús, pero es ficción la suya, no lo recibe de verdad: lo rechaza, mientras materialmente lo traga. Y debió notar Juan algún rasgo, algún gesto, algo. Quizá en esos momentos Judas estuvo a punto de rendirse a la gracia y tuvo que hacerse violencia para oponerse a aquel océano de amor que le invadía, que le llenaba. Es el misterio de la libertad humana, de la acción humana que se cierra, que tomó una determinación definitiva.

“Y tras el bocado entró Satanás”

Y cuando oye Juan aquella palabra de Dios:

“Lo que has de hacer, hazlo pronto”

Ve como Judas se levanta, y lo sigue con su mirada penetrante, tratándole con sumo respeto, porque Juan está amando, está amando al mismo Judas porque está mirándole con la mirada de Dios, con la mirada de Jesús, desde el Corazón de Jesús.

Estas la actitud reparadora; la actitud redentora, la que arranca del Corazón de Jesús, la que no mira con odio, la que no mira con desprecio, sino con respeto del misterio.

Y Juan se fija en el momento de salir Judas y ver cómo se abre la puerta sobre la azotea de la casa dónde están comiendo aquella última cena, y al abrirse la puerta se dibuja una oscuridad. Lo dice el mismo San Juan:

“Era noche” 

Se ve la obscuridad de fuera, contraste con la sala iluminada interior, y ve como Judas se pierde la obscuridad, la obscuridad lo traga materialmente. Era noche.

Juan quiere indicarnos que Judas había escogido dejar la luz por las tinieblas; que había sido tragado por las tinieblas; que había entrado en el reino de las tinieblas; que como tras el bocado entró en el Satanás, él entró también como bocado en las tinieblas, que ya en adelante preferiría ser instrumento de las tinieblas por no haber sido instrumento de luz.

Era noche; noche en el corazón de Judas; noche en la ciudad de Jerusalén; noche en el Corazón de Jesús, en ese triunfo momentáneo de las tinieblas, “en la noche en que él ha traicionado”.

Esta noche se repite en la historia, se repiten cada uno de nosotros, la podemos palpar muchas veces en nuestra propia vida, la noche de la traición; la noche de la oscuridad haz interior, la noche de la tentación, fue también la noche de la traición de Pedro.

 

“Esta misma noche me negará tres veces “

            La noche negra de Jesús. Esa fue la noche de la institución de la Eucaristía donde brilló el fulgor del amor. La entrega a nosotros del Pan de Vida, en la noche precisamente de la traición de cada uno de nosotros.

Aquí tenemos que aprender a descansar en el misterio eucarístico. La Eucaristía perpetuación de esa Última Cena a la cual hemos de ir como el Sacramento del amor de Jesús para aprender a reclinar nuestra cabeza en ese amor de Jesús; en la noche del mundo, esa noche que a veces nos parece muy oscura; en la noche de las tinieblas, de las traiciones, en la noche de los sacrilegios, en la noche de las blasfemias, de las injusticias humanas. Es cuando Él quiere darse a cada uno de nosotros y nos pide que descansemos en Él. Él Quiere descansar en nosotros, es nuestra postura, es la perpetuación de la actitud del discípulo amado que ama a Jesús  participando de los sentimientos de Jesús. El discípulo fiel figurado por San Juan se acerca a la Eucaristía, sin duda para adorar al Señor como lo adoramos, pero más adelante para realizar el misterio de Juan, para reclinar su cabeza en el Corazón de Jesús y sentir y amar y sufrir como Él y con Él.

La figura de Juan reclinado en el seno de Jesús, que contempla la mirada de Jesús unido a Él en la traición de su compañero, no con desprecio, no con amargura, sino con profundo dolor, con respeto ante el misterio del corazón humano, tiene que ser para nosotros un estímulo de reparación; es el Valor de la Eucaristía, porque lo que vale de la Institución, vale de su permanencia, es la actuación permanente de la Eucaristía en medio de nosotros. Ese misterio que comienza en esa noche persevera también en esta otra noche de la ingratitud humana en torno a la Eucaristía; en esa noche perilla el amor del Señor y continuó así a través de los siglos. Y junto a Jesucristo Eucaristía estarán siempre reclinados los hombres a los que el Señor hace confidentes de sus secretos íntimos.

Descansemos también nosotros sin prisa, con espíritu abierto; que nos enseña el Señor los secretos de su amor.

Contemplábamos en la Pasión del Señor el misterio del amor de Dios en la noche de la traición humana. Vamos a detenernos en estado última parte de nuestra Hora Santa en el tema de la reparación eucarística.

Nos ha introducido a ella lo que el evangelio nos refería, lo que hemos meditado sobre la postura de los apóstoles en la postura de Jesús. Pero tratemos de entrar más adentro; ante todo cuando hablamos de reparación, Hora Santa.

No debemos identificarlo sin más con consolar a Jesús. Si existe esa consolación como creo que existe será también reparación, Pero podría existir una reparación sin que se hable de una estricta consolación.

La postura de Juan no está determinada por que supiera que el Señor estaba consolado por lo que él hacía; la actitud de Juan era una necesidad psicológica, espiritual, sobrenatural; diríamos que es la postura normal dada su situación del discípulo del Señor en aquellas circunstancias concretas, en aquellas relaciones íntimas concretas con Jesús.

Es imposible amar a una persona sin tener deseo de consolarla, de amar la más, prescindiendo de si ese consuelo de hecho le llega uno, pero es la postura típica de quien está a ti. Y no olvidemos que en la Eucaristía vista Jesucristo vivo, y que hemos de tratarle como a persona viva. La reparación es imposible donde no hay un fuerte amor personal; no tiene sentido en otro caso, por eso se no se su oscurece a veces ese concepto y esa vivencia, porque nos falta a la intimidad de ese amor personal; porque nuestra relación con la Eucaristía no es de persona a persona, sino que quizá los absorben otros aspectos más o menos teóricos, más o menos abstractos.

Este es el punto clave; el amor personal al Padre, del amor personal a Jesús, el amor personal a Jesús con nosotros en la Eucaristía: el amor personal que reconoce la grandeza del amor inmenso, del amor íntimo a los hermanos como hermanos queridísimos, con los cuales constituimos una unidad. Es uno de nosotros, uno de nosotros.

Hay un punto en el que podríamos reflexionar en la presencia del Señor; una pregunta. Pero Jesús, ¿siente ahora el desamor humano?

Creo que aquí está la cuestión fundamental para entender nuestra postura de reparación eucarística. Al llegar a este punto espiritual teológico se concluye a veces con excesiva rapidez, sentenciando que Jesucristo no sufre porque ha sido glorificado y está ya resucitado y ya no sufre. Y es verdad en partes, pero la solución no es tan sencilla.

Decir que Jesucristo sufre la soledad, Sufre la traición actual de los hombres, que Jesucristo sufre ahora, no es exacto; no es correcto del todo. son expresiones que requieren una matización delicada.

Pero decir que Jesucristo no sufre ahora, es aún menos exacto; aún necesita mayor matización porque esto produce la impresión de que a Jesucristo ahora le da lo mismo que le amemos o que no lee amemos; que le veneremos en la Eucaristía o que no le veneremos; que respondamos a su amor o que no respondamos. Y esto es falso.

La teología actual habla incluso del sufrimiento de Dios sabiendo que está tocando un punto misterioso. Es importante caer en la cuenta de que no debemos simplificar estas realidades por un proceso excesivamente abstracto. Hablan los teólogos del misterio del “cuasi sufrimiento de Dios”.

Presentar a  Dios, presentar a Jesús que ve el pecado del hombre, que ve la desgracia del hombre, que ve la condenación del hombre y ante ella se queda inmutable es deformar la imagen de Dios; eso no es verdad, es lo más contrario a la revelación que nos presenta siempre a Dios interesado por la salvación del hombre; que nos muestra cómo a Dios le llega al alma la respuesta del hombre; como es el Buen pastor que busca la oveja perdida, y se alegra cuando la encuentra. Y es que solemos confundir demasiadas veces una expresión del orden metafísico con los aspectos de resonancia psicológica que acompañan al mismo término.

Metafísicamente Dios es inmutable, es verdad, pero no podemos negar la revelación que nos habla del interés inmenso de Dios por los hombres:

“Así Amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito para que no perezca”.

Cómo vamos a decir que le da lo mismo a Dios que el hombre se salve o qué no se salve. No podemos reducir la figura de Dios a esa expresión como mecánica. No sufre físicamente luego le da lo mismo. Eso no es Verdad. Estamos en un campo delicado. Es verdad que no debemos humanizar a Dios en exceso ciertamente; es siempre Dios. Pero tampoco podemos desfigurar la palabra de Dios. Y aquí tiene lugar la posible invitación de Dios a descansar en su Corazón para ser enseñados en la ciencia misteriosa de Dios.

Sabemos ciertamente que aquí hay un misterio; hay algo sumamente real. Sabemos que Dios es felicísimo, que Dios tiene en si la bienaventuranza; pero no podemos olvidar Esta verdad revelada.

Cuando el Señor nos ilumina, descansando nosotros en su Corazón sobre este sentido, entonces comprendemos como el hombre está llamado a participar de la intimidad de Dios Y está llamado a tener en si los sentimientos de Dios.

Es una realidad misteriosa y sobrecogedora. Dios es sensible a la respuesta del amor del hombre. Como escribe un famoso exegeta actual mundialmente estimado:

“Dios, al amar al hombre con amor de amistad, se ha hecho vulnerable en el amor”.

Porque Él lo ha querido, ciertamente, nadie se lo ha impuesto, nadie le puede herir, es verdad, pero en su amor infinito, se ha hecho vulnerable en el amor.

Tenemos que decir que Dios tiene sed del amor del hombre porque el amor infinito que le tiene. No es vana la palabra que Jesús dirige a aquella mujer samaritana:

“Mujer, Dame de beber”

Esa palabra no se refiere al agua material, se refiere a la realidad que es el amor del hombre hacia Dios.

Aquí tenemos una realidad de Dios que si la estudiamos, la contemplamos, la penetramos orando, irá calando cada vez más dentro de nosotros. Por eso cuando hablamos de querer reparar a Jesucristo en la Eucaristía en la noche de la traición, que también nos afecta nosotros, no es que nos hagamos nosotros nos consideremos inocentes al lado de los otros pecadores; nada de eso. Necesitamos reparar nuestro desamor; necesitamos participar de los sentimientos y de las actitudes de Juan.

Podemos hablar de reparación eucarística: podemos hablar sabiendo que no se trata de decirle palabras humanas de consuelo, de lástima, de una simple compasión humana. Será la realización del plan redentor de Dios; será la correspondencia a su deseo de que nos dejemos amar por Él. Y eso será de hecho la reparación por los que no le aman, por los que rechazan su amor.  Por uno de nosotros: por lo que nosotros mismos tantas veces hemos hecho con Él.

Nuestra postura será muy semejante a la de María, a la cual Jackson, el canciller de la Universidad de París llamaba “Madre de la Eucaristía”. Ella vivió en su vida tan cerca del misterio de Jesús, gozando de sus sentimientos íntimos, que le  amó cuando los hombres le perseguían y le odiaban, como en la huida a Egipto, a lo largo de toda su vida, pero sobre todo le amo en la cruz, cuando llovían sobre Él las injurias de los hombres, y Ella íntimamente unida a Él le amaba, y le amaba participando de su actitud ante el Padre, y ofreciendo al Padre la oblación misma de Jesús.

Qué duda cabe que María estaba reclinada en el Corazón de Jesús.

De esta manera podemos ver en María el modelo y el ejemplo de la actitud que veíamos en cuanto el evangelista; esa participación de los sentimientos de Jesús para aprender a mirar el mundo con el mismo amor, con la misma mirada de misericordia, con la misma identificación de amor con que Jesús lo amó y dio su vida por él.

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