La dignidad del hombre

Jesucristo me ama ahora
Luis María Mendizabal. S.J

Hasta ahora hemos visto siguiendo fundamentalmente las primeras expresiones de Redemptor Hominis: cómo nuestra mirada tiene que ir centrada hacia Cristo. Lo hemos visto en las expresiones de la Encíclica y hemos hecho una aplicación al principio y fundamento ignaciano y a las disposiciones que se requieren para vivir en el agrado de Dios, eso que llamamos: «Vivir en la presencia del Señor». La presencia no es una mera actividad nuestra, es vivir dependientes, bajo la acción continua del Señor que nos conduce a través de la vida, en la misión que nos ha confiado.

La Encíclica, en los números 9 y siguientes presenta un cuadro maravilloso bajo el epígrafe de «la dimensión divina y la dimensión humana del misterio de la Redención». Es una contemplación del Corazón abierto de Cristo, al cual hace referencia explícita. Vamos a tomarlo como materia, para saborearlo luego en la oración; porque realmente es una presentación grandiosa, original y sumamente sintética. Haré también una exposición del misterio del Corazón de Cristo.

Al final del número octavo, el Papa había hecho referencia a dos textos de Gaudium et Spes donde se dice de Cristo nuestro Señor que en la manifestación del amor del Padre y de su propio amor, manifiesta plenamente al propio hombre. Esto es una idea muy del Papa, muy del Con-cilio, que no solemos expresar con frecuencia y que me parece muy luminosa.

A veces hay una tensión en nosotros entre lo que es el hombre y lo que es Dios; vemos toda la revelación, como revelación de Dios a nosotros; y tratamos casi con sospecha todo lo que se refiere a la dignidad del hombre. La visión del Concilio, -que el Papa recoge y vigoriza, porque lo analiza y lo enriquece-, es ésta: en la Cruz se nos revela el amor del padre y la dignidad del hombre. Cristo revela al hombre lo que él es; porque la revelación se hace en un hombre, Dios-Hombre. Dios sí, pero también Hombre. Lo que no vemos del Padre se nos manifiesta en un Hombre. Por lo tanto, al mismo tiempo en ese Hombre se nos revela la dignidad del hombre, a lo que está llamado: está llamado a ser imagen de Dios, está llamado a ser reflejo de Dios. Es la cumbre a la que puede llegar el hombre. Por lo tanto, la dignidad del hombre se manifiesta al revelarnos precisamente el amor del Padre.

En el Corazón de Cristo en la cruz se me revela a mí el amor del Padre: «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito». En el amor de Cristo se me revela el amor del Padre, es verdad; pero en el Corazón de Cristo también se me revela el modelo del amor que el hombre debe tener al Padre: porque Él se ha ofrecido y entregado al Padre. Me revela el amor del Padre y me revela lo que debe ser mi corazón para con el Padre, con una entrega total de mí mismo en amor. Estas son las cosas que simultáneamente se revelan, lo mismo que debemos ser cada uno de nosotros en nuestro ambiente. Cuando vivamos este misterio, por un lado, tendremos que reflejar el amor de Dios al hombre en mí, y así el que se acerca a mí tiene que encontrar el amor de Dios que sale a su encuentro en mí, y al mismo tiempo tiene que aprender de mí cómo responder al Padre; tengo que ser para él modelo. Estas dos cosas se funden en la plenitud del corazón humano santo. Es el misterio al que hace referencia el Concilio: en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente al propio hombre, pone de relieve lo que es el hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.

Esta es una primera afirmación del Concilio. «El, que es imagen de Dios invisible, es también el hombre perfecto que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En El la naturaleza asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a una dignidad sin igual». Hay una elevación del hombre, al contacto con Dios, a la intimidad con Dios: «El Hijo de Dios, con su Encarnación se ha unido en cierto modo con todo hombre». Al hacerse Dios hombre se ha unido con todo hombre, no sólo con aquella humanidad que El asumió, sino con cada uno de nosotros. Al decir «en cierto modo», no es para atenuar la unión sino para seña-lar que se trata de una unión de cierto tipo, de un tipo especial, no es física, no es hipostática, pero es verdadera unión: se ha unido con cada uno de nosotros. Cristo, al hacerse hombre, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, amó con Corazón de hombre». Es importante esto: pensó con inteligencia de hombre, trabajó con manos como las nuestras, y amó con Corazón de hombre, con amor humano. Nacido de la Virgen María, «se hizo verdaderamente «uno de nosotros», semejante en todo a nosotros excepto en el pecado». Tenemos, pues, tres afirmaciones respecto al misterio de Cristo hacia el cual nos dirigimos; que es revelación del misterio del Padre; que es la revelación de la dignidad del hombre; y es para cada hombre. Son matices de la Redención.

Mas el Papa, inmediatamente, en el número siguiente, quiere insistir en que no nos quedemos sólo en esto, esto es hermoso; pero la Redención es algo más: es una expiación. Por lo tanto, no nos quedemos solamente en que es una revelación, un amor manifestado, una unión con cada hombre; no es sólo encarnarse sino redimir. Por eso añade en-seguida: «No olvidamos ni por un momento que Jesucristo Hijo de Dios vivo se ha convertido en nuestra reconciliación ante el Padre». Aquí entramos en el acto redentor.

La obra redentora de Cristo tiene muchísimos aspectos. La Redención la realiza El por la Encarnación, por la revelación del amor del Padre, por la unión con cada uno de los hombres, por la enseñanza y magisterio de su doctrina. Todos estos son elementos que también intervienen en la Redención; pero nunca hay que olvidar que sobre todo es una reconciliación con el Padre y que este es el as-pecto que suele expresarse más formalmente, más explícitamente. Es la cruz, es la expiación del pecado de la humanidad: «Precisamente Él, sólo Él ha dado satisfacción al amor eterno del Padre». Aquí estamos en un punto suma-mente importante para que nos dirijamos a Jesús como a nuestro Salvador y Redentor: «El ha satisfecho al amor eterno del Padre». ¿Qué amor es este del Padre, al cual ha satis-fecho? Matiza el Papa: ha satisfecho, primero, al amor de la paternidad creadora de Dios; segundo, al amor de Dios rechazado por el hombre. He aquí los dos matices.

Es decir, Jesucristo se pone ante el Padre. Y es Jesucristo Hombre, Dios-Hombre. Es muy hermoso comprender que nos ha salvado. ¡A mí me ha salvado Cristo! El punto de partida es el reconocimiento de mi indignidad, el reconocimiento de mi pecado, de mi situación de ruptura de alianza con Dios, y que Él ha venido a mi encuentro. Pero quien ha redimido al hombre es el Hombre-Dios. La voluntad humana de Dios, pero de un Cristo que es Hijo de Dios. Es decir, la Redención no la ha hecho simplemente la divinidad. La divinidad no me ha redimido, porque el acto redentor es el acto de un hombre, unido hipostática-mente a la divinidad; pero es acto humano; de una persona divina, pero acto humano. Entonces-indica el Papa-Cristo en la Redención nos reconcilia con el Padre; Cristo ha satisfecho al amor del Padre, al amor creador y al amor rechazado por el hombre por el pecado.

Y explica esto que acabo de indicar, para que compren-damos el Corazón de Cristo, punto central. La Redención del mundo, misterio tremendo del amor, es del amor y por eso creo que siempre tenemos que filtrar y matizar, pues a veces no se presenta bien. Hay dos elementos que el Papa explica: justicia y amor, justicia y amor que van constituir la misericordia. Justicia y amor; quiero recalcar esto: el misterio de la cruz no es simplemente misterio de justicia, sino misterio de amor, tremendo misterio de amor. Es un amor tan grande que ha asumido sobre sí las exigencias de la justicia. Ahí está la explicación. ¡Pero es misterio! Por eso se llama misterio tremendo de amor.

Pues bien, esto-dice el Papa-es el «tremendo misterio del amor en que la creación es renovada». Aquella primera creación se estropeó, y ahora el plan divino la restaura. Es una nueva creación, creación renovada por el tremendo misterio de la Redención. Esa Redención del mundo «es en su raíz más profunda, -expresión bellísima-la plenitud de la justicia en su Corazón humano, el Corazón del Hijo Primogénito», el Corazón de Jesús, el Corazón de Cristo. Esto es: la plenitud de la justicia, de la santidad, en un Corazón humano; y humano en la condición que estaba la humanidad como consecuencia del pecado.

La Redención se ha realizado en un Corazón humano,-unido hipostáticamente a la segunda Persona de la Trini-dad-en el que hay una plenitud de santidad que le lleva, como plenitud de santidad, a asumir esa naturaleza humana, esa mortalidad, ofreciéndola al Padre en sacrificio, según la exigencia de la justicia, para que de ese Corazón, derive la santidad a los corazones de todos los hombres:《para que pueda hacerse justicia de los corazones de muchos hombres». Y este es el Corazón de Cristo, el Corazón del Unigénito. Eso viene a ser la Redención. De ahí tiene que derivar a mi corazón, y así ha derivado a mi corazón.

No estamos hablando de teorías, estamos hablando de lo que es la estructura del acto redentor, lo que tiene que constituir mi vivencia interior de santidad. Por eso Jesús es mi Redentor. De la plenitud de justicia de su Corazón, ha derivado la justicia al mío, dándome el Espíritu Santo como fruto de su expiación, como fruto de su voluntad de entrega de amor total, asumiendo la condición humana, asumiendo la consecuencia del pecado, en amor. Ahí está la clave de la Redención. Al hacer esto, evidentemente está revelando su amor, no como elementos que se separan, que se excluyen uno de otro, sino completándose. Dando así su vida en expiación, es como me revela su amor y el amor del Padre. No sólo como modelo, sino que me reconcilia con el Padre, y al aceptarlo yo, tomándolo en espíritu de fe, creyendo en Cristo Redentor, mirando al que hemos atravesado, el Espíritu Santo se me comunica. Es la expresión de San Juan en la contemplación del Corazón herido de Cristo. Es mirar al que hemos atravesado, con fe; es comprender que ese Corazón atravesado lo he atravesado yo con mi pecado, que mi pecado ha pesado en Él y Él ha ofrecido su vida amándome a mí, y amándome en ese ofrecimiento y aceptando yo ese amor, se me ha comunicado el don del Espíritu Santo. Esto es lo que cada cristiano vive en su conversión; se entrega en el acto redentor de Cristo, asume el acto redentor de Cristo.

Esta es la conversión que se realiza en la Iglesia, como en el número 20 lo dice la Encíclica hablando del sacramento de la reconciliación. Y precisamente porque esto no es una realidad mecánica, sino que es el abrazo redentor de Cristo que me ama, precisamente por eso -dirá el Papa en el número 20 de la Encíclica- tienen derecho Cristo y el hombre, a la penitencia individual, al sacramento de la reconciliación a solas, no necesariamente sumergido por un acto comunitario. Y da esta razón: es el derecho de Cristo a encontrarse con cada hombre redimido por El, es el derecho a encontrarse con cada uno de nosotros en aquel momento clave de la vida del alma, que es el momento de la conversión y del perdón. «La Iglesia, custodiando el sacramento de la penitencia, afirma expresamente su fe en el misterio de la Redención».

Lo que llama San Ignacio primera semana de los Ejercicios no es sino actuar conscientemente el misterio de la Redención. Es encontrarse con Cristo Redentor, comprender que Cristo me redime con su amor, con la entrega de su vida por amor a mí. Es la expresión que dirá S. Pablo: «Vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a la muerte por mí». Fijémonos bien en la fuerza de estas palabras: «Me amó y se entregó a la muerte por mí». Aquí no se trata de teorías teológicas, se trata de la revelación. Si yo digo: «Me amó y se entregó a la muerte por mí», quiero decir que entonces me conoció y ofreció su vi-da por mí, porque simplemente por haber hecho un ofrecimiento, un sacrificio generoso, indeterminado, yo no puedo decir que lo hizo por mí.

Por ejemplo, si Don Pelayo comenzó la guerra de la reconquista en España y lo hizo con todo sacrificio pensando que hacía un bien a los futuros habitantes de la península, yo no puedo decir en verdad que Don Pelayo me amó y se entregó a la batalla por mí. No lo puedo decir. “Él me amó», quiere decir, conscientemente amándome a mí. Este es el acto redentor respecto de cada uno de los hombres.

Por eso se había dicho antes que «estaba unido, en cierto modo, con cada uno de los hombres». Hay una unión ontológica participando de nuestra naturaleza-que es ver-dadera-y una unión de caridad y de amor, con la cual ya antes de expiar por mí, estaba ya unido a mí por amor. Él se hizo hombre por amor a mí, y desde el primer momento se ofreció al Padre por mí, y en el momento de la cruz me unió a Él en la oblación de la cruz para infundir en mí el Espíritu Santo y establecer la unión perfecta, que se da por la presencia en nosotros del Espíritu Santo. Pero, ya antes, en amor estaba unido a mí y estaba unido por la participación de la misma naturaleza. Este es el gran misterio que tenemos nosotros como fondo de nuestra vida. Cristo es algo muy mío, Cristo está unido a mí, Cristo ha dado su vida por mí, me ha revelado de esta manera el amor del Padre, me ha revelado lo que es ese amor suyo personal a mí, y también me ha revelado lo que es la oblación de su vida por mí; y finalmente, me ha dado el Espíritu Santo.

Todos comprendemos la riqueza de esta indicación: Jesucristo, el Verbo, me ha revelado el amor del Padre, se ha unido a mí, pero me ha reconciliado con el Padre, satisfaciendo a la paternidad de Dios creadora y a la paternidad de Dios rechazada por el hombre con el pecado y con los siguientes pecados de la humanidad. Por eso la Redención viene a ser, en la expresión del Papa, «la plenitud de la justicia en un corazón humano». Ahí está la fuerza del Corazón de Cristo: Corazón humano que revela y simboliza también el amor de Dios. Pero es en el corazón humano donde simboliza el amor de Dios y aI mismo tiempo el amor del mismo Cristo al Padre y a los hombres. Todo eso se condensa en el Corazón de Cristo. De ahí que la veneración, lo que llamamos devoción «al Corazón del Hijo Unigénito, del que ha derivado la justicia, la santificación a todos nosotros», no es simplemente una devocioncilla. ¡No!, ese Corazón de Cristo de hecho simboliza una riqueza inmensa. De ninguna manera hemos, pues, de confundirlo con la veneración a una reliquia, y menos a la representación de una reliquia, sino que nos dirigimos al misterio de Redención sintetizado en el Corazón humano de Cristo.

Por lo tanto, como solemos expresarlo y lo hemos indicado en otras ocasiones, el Corazón de Jesús significa Jesucristo resucitado vivo, de Corazón palpitante, que me amó y se entregó por mí y me ama ahora, y me sigue amando con Corazón humano, con Corazón palpitante. Ahora. Y el mismo simbolismo del Corazón herido me recuerda su oblación de la cruz por mí. Al mismo tiempo sigue recordando que ese amor redentor suyo es rechazado por muchos, es descuidado, y eso mismo le llega al alma. Por eso Él es ahora también sensible a la respuesta de los hombres.

Es la riqueza de esa presentación: propone el misterio del amor de Dios revelado a nosotros, y el modelo de lo que debe ser el corazón humano. Las dos cosas, al mismo tiempo: el amor de Dios para nosotros y el modelo de lo que ha de ser nuestro propio corazón que ha de identificarse con el suyo, que ha de amar al Padre y ha de asumir también en sí la Redención de la humanidad. Por lo tanto, participando de las mismas heridas de ese Corazón, del sentimiento que le causa que el amor de Dios no sea aceptado por los hombres y que los hombres se pierdan por no querer entrar en el camino de la salvación.

«La cruz sobre el Calvario, por medio de la cual Cristo Hombre, Hijo de María Virgen, Hijo putativo de José de Nazaret, deja este mundo», Cristo crucificado sobre el Calvario, el Corazón abierto de Cristo sobre el Calvario, es al mismo tiempo la reconciliación con el Padre y es la santidad del corazón humano del que deriva, pero «es al mismo tiempo una nueva manifestación de la eterna paternidad de Dios». En la cruz se nos revela el amor del Padre:

Así amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito. Al ver a Cristo muerto en la cruz tenemos que decir: ¡Cómo ha amado el Padre al mundo, que le ha dado a su Hijo he-cho hombre para que ofrezca su vida! ¡Lo ha entregado a la muerte!

Como dice San Pablo con una expresión suya: «A su propio Hijo no lo perdonó, sino que lo entregó por nosotros». Y se pregunta Santo Tomás: ¿qué quiere decir eso de que lo entregó por nosotros? ¿a quién lo entregó, ¿a sus enemigos?, ¿quién lo entregó? Y responde Santo Tomás: «Lo entregó por nosotros cuando puso en Él, el amor a los hombres y el deseo de Redención». Porque, al ponerle ese amor, lo entregó al amor. Porque El por amor se entregó a la muerte. Entonces el Padre lo entregó, en cuanto puso en El este amor, en cuanto el amor del Padre estaba en EI y en este amor se dio por nosotros. Por eso aquí se nos revela la paternidad de Dios. En la cruz el Padre nos engendra a nosotros como hijos. En el Corazón herido de Cristo se revela la paternidad de Dios. Son todas ideas gran-diosas de este amor, realidades maravillosas de las cuales tenemos que vivir.

verlo siempre unido a la comunicación del Espíritu Santo. Hay que ver en la cruz la Redención, la aceptación del Padre y la comunicación del Espíritu Santo.

Esto lo explica el Papa al añadir inmediatamente que aquí se da esta revelación del Padre y la efusión del Espíritu Santo. La revelación no es sólo decirnos «Dios es Padre», si-no «se muestra como Padre», nos engendra como hijos. Con esta revelación del Padre y con la efusión del Espíritu Santo que marcan un sello imborrable en el misterio de la Redención se explica el sentido de la cruz y de la muerte de Cristo. O sea que, cuando ahora contemplamos a Cristo crucificado, no sólo nos dice cómo sufrió y lo que padeció, nada más, sino: ahí está toda la revelación del amor del Padre, del amor de Cristo y de nuestra filiación en El.

Sigue el Papa con estas palabras tan densas: «El Dios de la creación se revela ahora como Dios de la revelación, de la Redención». «¡Es el Dios de la Redención! 》 Como Dios, es fiel a sí mismo, fiel a su amor al hombre y al mundo que ya había revelado el día de la creación. Si al crear le reveló al hombre su amor, se ha mantenido fiel a ese amor. Dios quiere amar al hombre y el hombre se le escapa, y Dios le sigue amando. Esta es la fidelidad de ese amor de Dios, fidelidad precisamente en la misma infidelidad del hombre. Ahí es donde aparece la grandeza del amor. El Dios de la creación se presenta ahora como el Dios de la Redención. Continúa el Papa: «El suyo-esta frase me parece una síntesis genial, a lo Santo Tomás-es amor que no retrocede ante nada de lo que en él mismo exige la justicia». Ahí es donde se revela el amor. Es ese misterio tremendo: pero Dios, ¿cómo nos ama tanto?, ¿por qué no toma otro camino? La grandeza del amor lo ha revelado en esto. Nosotros humanamente desfiguramos nuestra idea del amor de Dios al hombre en cuanto que inmediatamente solemos decir-sufre uno un poco, le duele a uno una pierna-: Dios, que es tan bueno, cómo no me quita esto, si Dios me ama, cómo no me quita todo el sufrimiento que yo

tengo; si Dios me ama, ¿cómo no suprime todo lo desagradable de la vida? Eso es no entender la seriedad de Dios. ¡No es así! La grandeza del amor de Dios no consiste en que simplemente ha jugado con el hombre, y después de la gravedad de lo que ha sido su rebelión contra El, todo queda como si no hubiese pasado nada. No puede ser ¡Dios no es así! La santidad de Dios exige una justicia que no es venganza a la manera humana.

No es que Dios esté diciendo: «Ahora me la pagas», en sentido de venganza. No es eso. La santidad de Dios es tan grande que exige, -pero no por amor propio; el pecado lleva consigo esa necesidad- una reparación, la necesidad de un castigo justo.

¿Cómo lo diríamos? La cruz en Cristo no es castigo del pecado. Evidentemente, no es castigo sobre El, sobre todo si entendemos esa palabra en el sentido humano de castigar. Pero sí es una exigencia de la justicia de Dios la muer-te de Jesús. Porque es la muerte de un hombre que está en condición mortal, consecuencia del pecado. Y por lo tanto esta justicia de Dios, -no entendida en sentido vengativo-, es sumamente seria. Requiere, de tal manera, una persona amante de Dios, y cuanto más cerca está de Dios más claramente ve que debe expiar su pecado. No porque vea a Dios justiciero, sino porque comprende la santidad de Dios. Y la santidad de Dios requiere esa justicia.

La grandeza del amor de Dios no está en que ha jugado con el hombre y le ha quitado las molestias, y a su Hijo le ha dicho: «perdono y todo pasó»; sino en que no se ha echado atrás ante todo lo que en Él podía exigir la justicia. Por la fuerza de su amor lo ha tomado todo sobre sí. Esa es la expresión genial: «El suyo es un amor que no retrocede ante nada de lo que en El mismo exige la justicia». Si la humanidad había caído y ahora Dios quiere hacerse hombre, tiene que hacerse hombre en la condición mortal humana, y no se echa atrás. Y aceptó la condición humana en amor, con toda la riqueza de la santidad y de la caridad y del amor de Dios, precisamente para elevar esa naturaleza y de esta manera satisfacer a la santidad de Dios, satisfacer el amor del Padre y hacer posible que el hombre haga lo mismo con la riqueza del amor que Él le da, y así se realice la elevación del hombre a la dignidad de hijo de Dios. Es el misterio de la Redención.

Su amor es un amor que no retrocede, «que no se echa atrás ante las exigencias que en El mismo tiene la justicia» y por eso «el Hijo que no conocía el pecado se hizo peca-do por nosotros, para que en El fuéramos justicia de Dios», según la expresión de San Pablo. «Se hizo pecado», quiere decir que el Padre le trató en todo como correspondía al estado de consecuencia del pecado, no le eximió de nada; en todo se hizo semejante a nosotros menos en el pecado formal, pero en todo lo demás Él lo asume.

De esta manera aprenderemos nosotros mismos cuan-do contemplemos la Pasión de Cristo, cuál ha de ser nuestra actitud para colaborar con El a la Redención del mundo, por el mismo camino: por la aceptación en amor de nuestra condición humana, consecuencia del pecado. Si el Padre trató 《como pecado》 a aquel que estaba absoluta-mente sin pecado alguno, lo hizo revelando su amor, que es siempre más grande que todo lo creado, que es El mismo. Porque Dios es amor y es más grande que todo lo creado. El amor que Él nos revela, nos revela mucho más que lo que podía revelarnos por toda la creación. Porque, al fin y al cabo, la creación son cosas bellas, cosas hermosas que a Él no le cuestan nada, pero el amor al hombre lo manifestó asumiendo la condición humana y así asumió las exigencias de la justicia por amor a ese hombre. Eso mismo nos revela la dignidad del hombre, lo que vale el hombre cuando Dios ha procedido así con él, lo grande que es el hombre a la luz de Dios, en la revelación de Dios.

Sobre todo, indica que el amor es más grande que el pe-cado. El amor vence al pecado. Es más grande que la debilidad del hombre, es más grande que la vanidad de la creación, al superarla por la cruz. Es más fuerte que la muerte, ya que asume la muerte misma. Es amor siempre dispuesto a perdonar. Es, en fin, la misericordia. Esto es lo que nos revela la cruz de Cristo, la Redención de Cristo. No fue sólo aquel acto, sino que ahí se nos revela Cristo crucificado, la permanente propuesta del perdón. Siempre, pero un perdón gracias a la expiación de Cristo, un perdón de un pecado que siempre ha sido asumido en ese Cristo que contemplamos. Por eso estoy contemplando al que yo he atravesado, porque Él lo ha asumido. «Me amó y se entregó a la muerte por mí», siempre dispuesto a perdonar, siempre dispuesto a ir al encuentro del hijo pródigo, siempre con los brazos abiertos para perdonarme y, «que por no castigarme estáis clavado». Siempre abiertos. Es la misericordia abierta, es Cristo resucitado.

El Corazón abierto de Cristo es el símbolo de la misericordia siempre pronta, el amor siempre a la búsqueda de la manifestación de los hijos de Dios que están llamados a la gloria. Esta revelación del amor se define también con el nombre de misericordia. Este amor tan grande que asume la exigencia de la justicia y que propone el perdón y se abre al perdón se llama: la misericordia. Ahora bien, «tal revelación del amor y de la misericordia tiene en la historia del hombre una forma y un nombre, se llama Jesucristo». ¿Qué es Jesucristo?, la revelación de la misericordia, la revelación del amor del Padre, del amor que satisface al Padre, que satisface a la paternidad, que asume el pecado del hombre, que se ofrece en la cruz, que ofrece el perdón, que da el Espíritu Santo. ¡Eso es Jesucristo! Y eso es el Corazón de Cristo. Lo que sintetiza esa revelación del amor y de la misericordia es el Corazón de Jesucristo. Así, pues, podemos contemplar nosotros también ese Corazón de Jesucristo en el misterio eucarístico, que vamos a exponer dentro de unos momentos.

En el número 10° habla el Papa de la dimensión humana, también sumamente interesante. Está un poco en contacto con la postura del hombre por el camino por el que tiene que encontrar su liberación, precisamente, en Cristo. Ahí es donde tiene que encontrar su dignidad plena, en una unidad del ser humano.

Dejemos ya aquí nuestra consideración de este gran misterio del amor de Cristo contemplando su Corazón. Eso que nosotros llamamos Corazón de Cristo: es Cristo resucitado vivo, que está así, que está cerca de nosotros ahora con Corazón palpitante, con ese mismo Corazón con que nos amó, como dice la Encíclica: «Él nos amó con Corazón humano, con aquel Corazón que dejó de latir en el momento de la muerte, pero volvió a latir después de la Resurrección para seguir latiendo hasta la eternidad».

Y es verdad, y es tan impresionante decir con Gaudium et Spes que Jesucristo pensó con inteligencia de hombre, trabajó con manos de hombre, amó con Corazón de hombre. Tenemos que decir que Jesucristo ahora nos ama con Corazón de hombre. Eso es lo que queremos decir al hablar de Cristo resucitado vivo, con Corazón humano.

Ahora Jesucristo, -y lo dice expresamente Haurietis Aquas nos ama con Corazón palpitante, humano, porque si no nos amase con Corazón humano, no sería Dios-Hombre ahora. Y es Dios-Hombre verdadero, sigue siendo, será eternamente Dios-Hombre verdadero. Como la Virgen será eternamente la Madre de Cristo, la Madre de Cristo resucitado, y Él tiene el cuerpo que María le dio: ¡Un cuerpo eternamente feliz y bienaventurado! Es impresionante decir: me ama con Corazón humano, así me ama Cristo. Y a ese Corazón humano le llega mi respuesta, le llega, le afecta, le interesa mi vida, estoy dentro de Él, Él se ha hecho mi amigo de verdad, me ha hecho hijo-amigo: 《 ¡hijo amigo del Señor! 》

Ahora bien, el mismo simbolismo de este Corazón abierto, al que hace referencia el Papa precisamente, es la santidad en el Corazón del Unigénito. Ese simbolismo lo vemos en el Costado abierto que recuerda San Juan. Habla del Costado abierto de Cristo, no habla del velo corrido. El símbolo es el mismo. El velo estaba puesto en el Sancta Sanctorum, venía a simbolizar que quedaba un misterio en Dios que no se había revelado. Por eso estaba el velo corrido. Ese velo no lo podía pasar nadie, ni los sacerdotes, más que el sumo sacerdote una vez al año. Era indicación de que algo íntimo de Dios no estaba abierto al hombre. El hombre no tenía acceso a lo íntimo de Dios.

Llega el momento de la Redención, el momento de la Cruz, la muerte de Cristo, y el velo se rasga de arriba abajo, y se rasga precisamente en este acto de reconciliación del hombre con Dios, con la expiación que simultánea-mente es expiación y revelación del amor. Y se rasga por-que la manifestación del amor ha sido tan patente, que no es que se ha corrido, es que se ha rasgado de arriba abajo, y al rasgarse nos revela lo que es ese misterio de Dios: que Dios es amor. Nos revela la paternidad de Dios, nos revela el amor con que ha amado aI mundo dando a su Hijo Unigénito. Nos revela el amor del Hijo que no se ha echado atrás ante las exigencias que en El mismo tiene su justicia, y es un amor superior a todo lo creado, y al pecado, y a las debilidades; en todo se ha revelado el amor de Dios. Pero notemos que se ha revelado, -como se expresa el Papa-para decir que es el perdón ofrecido, la búsqueda de la oveja perdida, los brazos abiertos al hijo pródigo. Cuando decimos que nos revela que Dios es amor, no caigamos en la idea de que nos revela que «en Dios existe el amor»; lo que nos revela es que Dios nos ama, que Dios me ama.

Esa es la gran revelación de la cruz: ¡que Dios me ama!, ¡Dios me ama y me reconcilia consigo por la sangre de Cristo, por el amor de Cristo! Es como una declaración de amor personal, es como decirte personalmente: ¡Te amo y he dado mi vida por ti!; personalmente me amó y se entregó a la muerte por mí. Eso es la declaración de amor. Consiguientemente, por la misma realidad de la Redención reveladora, declarar el amor, en el fondo, es invitar a entrar en lo íntimo del alma. Toda verdadera declaración de amor es invitación a entrar en lo íntimo. Y esto es el gesto del velo rasgado de arriba abajo, que en San Juan queda sustituido correspondientemente por el Costado de Cristo abierto. Es la revelación del Corazón de Dios, y al mismo tiempo el camino abierto para entrar por la herida en el Costado de Cristo, para entrar, por el acto redentor, por la manifestación del amor de Cristo, hasta la intimidad del Padre. Porque en Cristo se nos ha abierto el acceso a este lugar.

Esto es lo que revela el Corazón del Señor. Esto es lo que en el misterio eucarístico se nos propone a la veneración, es el misterio de la Redención, es el misterio de la oblación de Cristo al Padre, de su entrega a nosotros tal como está en la cruz, entregado al Padre y ofrecido a nosotros. Así es como también se nos expone en el misterio de la Eucaristía, ese misterio que nos hará recibir en nosotros esa caridad de Cristo para que desde la vida sea reflejo del acto redentor de Cristo.