Lo que más agrada al Señor

Luis María Mendizabal. S.J

Veíamos en las palabras de Redemptor Hominis que el camino de la liberación del mundo es la liberación del corazón del hombre. Esto es lo que en los Ejercicios San Ignacio expresa como invitación a llegar a la actitud de indiferencia ascética: la transformación del corazón humano. Por eso voy a desarrollar un poco más este matiz del texto ignaciano que corresponde en cierto modo a esta lección del Papa.

Si el sentido de nuestra vida es Cristo y en toda decisión nuestra la pauta que debemos seguir es el agrado de Cristo, la colaboración con El en la obra grandiosa que nos ha encomendado, entonces, esto requiere de nosotros que sepamos encontrar el agrado de Cristo. Decir que hemos sido llamados a conversar con Dios, no sólo a que de vez en cuando le demos un momento de culto, sino a vivir en la presencia de Dios, entendiendo esa «presencia» como vivir en el palacio mismo de Dios, en la intimidad de Dios.

Porque hay modos de vivir muy diversos. Ante el palacio pontificio hay habitaciones que están allí abajo, que están en los alrededores del Vaticano; y, evidentemente, esos pueden tener una oportunidad de encontrarse con el Papa, cuando el Papa sale fuera, al balcón o a la ventana para dialogar con ellos. Eso es vivir cerca del Vaticano. Pero habría otra posibilidad: que él nos invitase a vivir en sus propias habitaciones. Pues bien, el cristiano ha sido invitado a vivir en las habitaciones de Dios. Así lo expresa el capítulo 14 del Evangelio de San Juan, cuando Jesús dice: «En casa de mi Padre hay muchas moradas, voy a prepararos el sitio y cuando haya dado mi vida por vosotros y os haya preparado ese sitio volveré a vosotros, os tomaré conmigo para que, donde yo vivo, viváis también vosotros». En el palacio, en la familia de Dios, en la intimidad de Dios.

El término morada sabemos que es siempre término del corazón, y siempre es mutuo: si nosotros moramos en Dios, Dios mora en nosotros. Por eso dice el mismo Señor: «Si alguno me ama, mi Padre le amará y Yo le amaré y vendremos a él y haremos morada en él». Ahora bien, en cualquiera de los dos casos, morada: porque Él mora en nosotros y porque nosotros moramos en Él. Es imagen y símbolo de una realidad de amor. Evidentemente, esto de ninguna manera puede traducirse en sólo hacer ciertos ac-tos de adoración, sino que es vivir en el palacio de Dios, en la morada de Dios, término que añade al de presencia el carácter de intimidad. Tenemos que vivir en la intimidad de Dios.

Vivir en la intimidad de Dios, ¿qué quiere decir? Que uno tiene que estar acostumbrado a esa intimidad, porque no basta que el Señor nos una a nosotros, si nosotros no sabemos captar las manifestaciones de Dios. Es elemento as-cético importante, que deberíamos cuidar mucho en toda la formación y educación: prepararnos y disponernos a esta comunicación con Dios. Ahora bien, esa comunicación con Dios, la que el mismo Jesús fue preparando a lo largo de su vida pública, se realiza por la infusión en nosotros del Espíritu Santo, pero no automáticamente. Tiene que ser a la manera humana de que yo entienda lo que el Señor me comunica, que yo lo capte; no nos lo da todo hecho.

Tenemos que educarnos todos en la intimidad con Dios y esto es el elemento, quizás clave, de los mismos Ejercicios. Los Ejercicios no son simplemente una serie de conferencias, sino una refinación de la comunicación con Dios a través de la oración, pero haciéndonos particular-mente sensibles a esa palabra de Dios interior, que Él nos habla a nosotros y que nosotros debemos captar. Por esto es por lo que dice San Ignacio muy bien: el sentido del hombre es conversar con Dios, es ser llamado a la amistad íntima con El, pero esto lleva consigo una disposición del corazón. Realmente esto es lo que supone siempre una disposición del corazón. Y a esto es a lo que él llama «la indiferencia», condición esencial para la amistad con Dios.

Hoy, en muchos ambientes, como camino de tomar decisiones se habla de «discernimiento espiritual» y se dan cursos de discernimiento. Puede ser que sean útiles esos cursos como formación, como instrucción, pero no olvidemos que la condición básica de todo discernimiento es «la pureza del corazón». Y eso, nada lo sustituye. No basta decir: nos juntamos cuatro o cinco y vamos a discernir lo que agrada a Dios y lo discernimos por mayoría. Ya en el Antiguo Testamento, en el Éxodo (23,2), al hablar de cómo debe ser la manera de juzgar, se dice expresamente: en los juicios «no darás tu voto a lo que haya dicho la mayoría, si es injusto». Es decir que está claro que no basta eso de «si nos hallamos reunidos cuatro o cinco para ver cuál es el agrado de Dios, la voluntad de Dios en una cosa, por deliberación decimos: tres contra dos». Eso no vale cierta-mente en este campo.

El agrado de Dios es una comunicación de Dios verdadera y por lo tanto lo que hace falta es que esos cuatro o cinco sean aptos para captar el agrado de Dios. Ahora bien, para ser apto tiene uno que tener el corazón muy abierto. Cuando nosotros tenemos el corazón cargado se nos oscurece la visión, porque lo queremos llevar todo a nuestro interés y declinamos hacia eso. No vemos con objetividad, no estamos dispuestos, no tenemos el corazón abierto. Suelen hablar los Padres de que la conciencia del hombre es el ojo del alma que mira a Dios y en el cual se refleja la voluntad de Dios. Hay en nosotros esa capacidad, la conciencia. La conciencia no sólo como recuerdo, sino la conciencia como abertura hacia Dios: yo capto lo que

agrada a Dios. Por eso, hablando los Padres de que hay en nosotros eso que llaman «ojo del alma», que mira a Dios, que refleja la voluntad de Dios, inmediatamente dicen: Ese ojo está sujeto a anormalidades, a deformaciones, porque puede ser que ese ojo esté turbio y no refleje, puede ser que deforme lo que recibe. Se comprende el interés que tienen todos los santos y todos los grandes autores espirituales por tener limpio el ojo del alma, mantenerlo sano. A eso se refiere lo que llamamos el examen de la conciencia. El examen de la conciencia no hay que entenderlo sólo como recuerdo de las faltas que he cometido, sino que es una especie de inspección de cómo está ese ojo del alma, a ver si refleja de veras y no deforma la voluntad de Dios.

La imagen que quizás nos pueda indicar mejor este comportamiento nuestro es la de los aviones que son guiados desde tierra a través de la comunicación cerrada, teledirigidos. ¿Qué pasa en un avión? Tiene que estar siempre bien guiado desde tierra, tiene que estar bajo control y es conducido y recibe las órdenes desde tierra, tiene que pedir permiso para cambiar de ruta, porque es llevado desde abajo.

Para un avión es fundamental que tenga bien las conexiones con tierra, y, de hecho, antes de comenzar cualquier vuelo, controlará si funcionan bien los aparatos de precisión que le ponen en contacto con la base de tierra. Eso es lo que corresponde a nuestra conciencia. Es eso nuestro que nos mantiene bajo la dependencia de Dios: una con-ciencia pura, una conciencia limpia, el corazón abierto, la libertad de todas las esclavitudes pasionales. Y esto es lo que hay que cuidar para poder volar. Y así como antes de cada vuelo examina uno si los aparatos están bien, y los controla, de la misma manera, dicen los santos y dice San Ignacio, tres veces al día o al menos dos veces al día se debe examinar, ¿examinar qué?, ver si funciona bien nuestra mirada, ver si está limpia, ver si refleja el rostro de Dios. Por qué? Porque la vida entera tiene que ser caminar bajo la mirada de Dios, reflejar el rostro de Dios, conversar en la presencia de Dios. Eso es «vivir en la presencia de Dios»; no simplemente vivir pensando, de vez en cuando, que Dios está presente. Eso todavía es poco. Una cosa es que yo piense que Dios está presente y otra es que yo refleje esa presencia de Dios y lo esté acogiendo dócilmente, moviéndome bajo su moción, bajo su mirada.

De ahí viene la preparación que dice San Ignacio: es necesario que el hombre se haga indiferente a todas las cosas creadas. Es una disposición interior. El término indiferente, que usa San Ignacio, es un término ambiguo. Normalmente yo no lo emplearía sin más, porque hay que aclararlo inmediatamente; tal como suena en el oído del hombre normal, esa indiferencia da la impresión de que tiene que hacerse neutral, que le dé igual todo, que todo le deje indiferente; se le ha muerto a uno un ser querido y dice: me he quedado indiferente, porque, como dice San Ignacio que la indiferencia es necesaria, me he quedado indiferente. Este no es el sentido de indiferencia.

La indiferencia es aquella disposición del corazón por la cual de tal manera está cargado afectivamente del amor de Dios, del amor a Cristo, que tiene un amor libre de egoísmo, es decir, que es límpido en ese mismo amor. De tal manera está enamorado del Señor que no sólo quiere hacer, sino que hace con gusto incluso lo que a la naturaleza le desagrada; o sea, que no es sólo el acto de querer hacer, el acto de determinarse-a mí me cuesta mucho esto, pero si Dios quiere yo lo haré-. Pero tampoco es sólo eso, eso sería simplemente determinarse por el agrado de Dios, nada más. Aquí estamos hablando de una disposición de corazón, como decía el Papa en la encíclica Redemptor Ho-minis: la única dirección de la mente, del entendimiento, de la voluntad y del corazón es Cristo.

Hay una disposición del corazón muy humana, muy real; ponemos el aspecto del amor porque no hay indiferencia, sino amor. Por eso creo que se comete un error, una deformación, cuando se compara la indiferencia con el estoicismo de los filósofos griegos, o cuando se compara es-te estado cristiano con la postura de superación de los métodos orientales. No se trata de que yo me haga impasible, de que todo me deje frío, suceda lo que suceda yo me con-trolo y no me afecta nada. Eso sería una especie de impasibilidad, con una fórmula o con otra. ¡No se trata de eso! Eso no es cristiano, y creo que habría que esforzarse mu-cho para probar que eso es el ideal para el hombre.

Es lo que sucede donde hay verdadero amor: Un padre que ama mucho a su hijo pequeño, una madre que ama mucho a su hijo que está muy grave y le tiene que velar toda la noche…, esto una madre lo hace con gusto. Su postura no es: da lo mismo pasar la noche que no pasarla, es igual una cosa u otra, pues yo he hecho ejercicios orienta-les, yoga, zen, y ahora ya me da lo mismo, igual puedo estar la noche entera. ¡No es eso! Es por el amor que le tiene: con tal de hacer esa compañía a su hijo, con gusto renuncia al descanso, con gusto, aunque le cuesta, porque le cuesta. ¡Claro está que le cuesta, no es impasible!

Pero puede uno exteriormente tener toda esa libertad de coacción y, sin embargo, no tener la libertad interior porque no es uno libre. Si yo a un borracho le digo: «Deja de beber!», me dice: «¿No hay libertad?» Lo que no tiene es libertad para dejar de beber. Y donde hay esa limitación de la libertad por la pasión interior, ahí es donde está deformada la imagen de Dios.

Por eso el mismo Papa hablando de esa libertad del hombre, en el número 12 de Redemptor Hominis se refiere precisamente a esto, incluso emplea esta palabra en el tercer párrafo, al final: «Qué confirmación tan estupenda de lo que han dado y no cesan de dar aquellos que, gracias a Cristo y en Cristo, ¡han alcanzado la verdadera libertad y la han manifestado hasta en condiciones de constricción exterior! El que ha llegado a la verdadera libertad cristiana, aun en la cárcel donde esté es libre interiormente, porque ha llegado a su liberación interior, que es la más radical, la que el Señor directamente viene a traernos». Quiere también eso otro, desde luego, ¡pero no se lo puedo imponer al vecino! Tengo que cuidar mi libertad y, por mi parte, respetar la libertad exterior de los demás; el respeto a la dignidad del otro, de la que habla el Papa.

Pero la verdadera libertad es la de la interior esclavitud del corazón. Por eso habla de la reforma, de donde ha de venir la liberación de la creación, de la liberación del corazón humano, que queda subyugado por el egoísmo, por el amor propio, por las pasiones. Esta es la libertad que nos viene a traer Cristo. Cuando el corazón está liberado, se hace especialmente sensible a la palabra de Dios, a la comunicación de Dios, y puede vivir en esa dependencia de la comunicación de Dios. Esta es, pues, la indiferencia cristiana.

De hecho, recordemos la postura del corazón cristiano ante la creación: primero, la simpatía hacia todo lo creado. Es algo que debemos esforzarnos por mantener. Que no sea postura de rigidez, que no sea postura de desprecio. Dios no desprecia nada de lo que ha hecho. Por eso, esta postura cristiana da testimonio, porque indica una valoración: si yo trato con respeto a quienquiera que encuentro, le estoy dando testimonio de su propia dignidad de criatura de Dios, de llamado a ser hijo de Dios. Por eso es muy importante, como cristianos, tener esa mirada de simpatía hacia todo lo creado. Que hacia todo en la naturaleza, y el arte, y los ingenios del hombre, y los descubrimientos, todo ese mundo que no sea opuesto a la voluntad de Dios, hacia todo ello tengamos actitud de simpatía, de cordialidad. Esta es la postura cristiana.

Por eso tengamos muy claro que lo que llama el Kem-pis «desprecio del mundo», no hay que entenderlo desprecio formal de las realidades del mundo, sino superación de ellas, disposición a subordinarlas a la voluntad del Señor. Quiere decir que yo estoy dispuesto a renunciar también a ellas si Dios me lo pide, pero de ninguna manera porque yo las desprecie. Dicen muy bien los Padres, y San Agustín el primero, que si la virginidad vale tanto no es porque el matrimonio sea despreciable. ¿Qué mérito tiene el que uno supere o deje de lado lo que es despreciable? Precisamente, la altura de la virginidad y su grandeza está en la renuncia de algo que es sumamente digno y estimable, pero que uno subordina a la llamada del Señor. Por lo tanto, es importante esto en toda nuestra vida: revelar en nosotros la bondad de un corazón ilimitadamente bueno, respecto de toda la realidad. Y examinarnos muchas veces sobre la permanencia de esta bondad del corazón, siempre, con todos. Con toda persona que encontremos en nuestro camino, bondad del corazón. ¿Por qué? Porque si Dios la ama y la busca-esto aparece en el número 12- no es mucho que yo la mire también con amor, porque la misma Redención de Cristo me va a revelar la dignidad de esa criatura que ha sido redimida por Cristo.

Por lo tanto, primera disposición en nosotros: ese tono de respeto, de simpatía, hacia todo lo que no es opuesto a la voluntad de Dios. Una vez indicado esto respecto de toda la creación, ¿qué hago con ella? Tenemos que aprender lo que es «la norma» y «la falta» en nuestro comporta-miento cristiano. Nosotros, respecto de la creación, podemos hacer varias cosas: podemos contemplar esas criaturas; contemplación. Podemos usarlas, también para lo que necesitemos, servirnos de ellas. También podemos disfrutarlas. Tengamos en eso visión serena cristiana. A veces hay una excesiva depreciación del campo sensual-me refiero a la sensualidad en cuanto a vida de nuestros sentidos-. Sensual: lo que entra en el nivel de los sentidos.

Lo sensual en el hombre no hay que considerarlo siempre como sospechoso, que no lo es. Es un mundo de realidad, es un campo donde el hombre también tiene su acción, y ese mundo, el disfrute de la visión de las cosas bellas, no es pecado y tampoco es peligroso. No tenemos que mirarlo enseguida como peligroso, sino que es un campo de realidades a través de las cuales nuestra inteligencia misma actúa. No es la visión del hombre como la visión de un animal, sino que en la misma mirada está penetrando, la misma inteligencia actúa. La mirada del hombre es inteligente, entra dentro y puede llegar a capar toda esta realidad y, a través de ella, como que le acorrala el amor, la bondad, la benignidad de Dios.

Esto es en verdad. Y se llega a ello cuando se llega a la «contemplación para alcanzar amor», que tiende precisa-mente a hacernos ver esa presencia insistente del amor de Dios, como la verdad preeminente y primordial de nuestra existencia, a través de todo. El amor de Dios se nos cuela dentro, diríamos, a través de toda la realidad. Por eso no hay que mirarlo inmediatamente como con sospecha. No todo lo que es disfrute de los sentidos es malo, ni mucho menos, sino, como nos lo repetirán los autores espirituales y los santos, mientras sea razonable puede ser bueno, perfectamente bueno. Es lo que en un momento llama Santo Tomás virtud: que en un día de fiesta uno coma mejor, y se divierta. -Pero, ¿si Dios le pide que lo deje? -Eso es otra cuestión: Dios a este se lo pide ahora, pero no lo pongamos como exigencia universal para todos. Entonces, ¿cuál ha de ser la medida? He dicho que puede ser incluso Ia contemplación, y que puede ser el disfrute de lo que es el amor humano.

El amor humano no es simplemente usar el uno del otro. No es simplemente servirse el uno del otro. Hay un descanso del corazón verdadero en el amor mismo: se encuentra uno bien. Y eso no es contrario al Señor, sino que el Señor se complace en ello, y quiere que, a quien lleva por ese camino, encuentre ese descanso del corazón bajo su mi-rada. Todo lo que el Señor nos ha dado nos lo da con amor. Por lo tanto, quiere que lo disfrutemos bajo su mirada.

es nunca, simplemente, el no pecar. ¿Por qué? Porque si fuese él no pecar, yo no tendría una misión que cumplir, la misión sería simplemente no ofender a Dios. Por lo tanto, eso no puede ser la norma absoluta. Tampoco es norma lo que más me gusta. «Si no es pecado hago lo que más me gusta», no es la norma. ¿Por qué? Porque tampoco me consta en ningún sitio que lo que más me gusta a mí sea la misión que tengo que cumplir.

Entonces, ¿cuál es la norma? La norma es, simplemente: «Lo que más agrade al Señor», lo que el Señor quiera de mí ahora, me cueste o no me cueste, me agrade o me desagrade. Esto es lo que debería ser nuestra búsqueda. Por eso dice San Ignacio en los Ejercicios: «Ejercicios para vencerse el hombre a sí mismo, y determinarse sin condicionarse por afección alguna», para determinarse por el agrado de Dios y no por otros. Esta es la clave, la iniciación e introducción a este diálogo con Dios. ¿Dios me lo va a decir al oído? No me lo va a decir El al oído. Normalmente sería muy raro que Dios interviniera así. Entonces, ¿cómo lo hace? A través de la razón iluminada por la fe. Con la razón iluminada por la fe, voy viendo: esto es bueno, es agradable a Dios, dentro de estas circunstancias; así me revela suficientemente que esto le es más grato. Esto suele serlo normal.

Puede ser que en algunas ocasiones Dios interiormente me mueva a vivir de un modo especial, y entonces tengo que captar lo que son mociones de Dios. Pongamos un caso: el Señor me ha puesto un deseo muy grande; este deseo es una señal positiva. O sea, hay como dos niveles de acción en nosotros: el nivel en el que nos movemos por la razón iluminada por la fe, y otros momentos en los cuales Dios interviene, Dios pone dentro de nosotros impulsos, deseos, consolaciones, mociones interiores que me llevan: El me mueve a hacer. Es lo que llama en una ocasión San Ignacio, consolación «sin causa precedente», o con causa precedente. Aquí está la clave. No creo que en sí sea complicado, es cosa sencilla.

El hombre se encuentra ante una realidad que le envuelve, tiene que moverse a través de ella y ¿cómo tiene que moverse? En diálogo con Dios, en una complacencia de Dios, en el cumplimiento del agrado de Dios. Cómo se le revela ese agrado de Dios? Por la razón iluminada por la fe, que es la manera como el hombre actúa en su prudencia; pero que sea prudencia evangélica cuando no hay otra intervención de Dios, o cuando Dios mismo le mueve por una intervención suya que él capta dentro de sí. ¿Esta intervención puede darse? Se da muy frecuentemente, aunque no precisamente de manera inequívoca y absoluta. Si uno está interiormente abierto al Señor y le busca, muchas veces le mueve interiormente el Señor. Si el Señor de hecho mueve, a eso hay que darle la preferencia. Si no mueve no me quedo parado, sino que tengo la razón iluminada por la fe, y entonces trato de ver: «hay estas razones, voy a tratar de ver qué es más agradable, que es más evangélico, qué es más conforme a los ejemplos de Cristo y de los santos», y trato de seguir ese camino, lealmente. Esto es vivir en la presencia de Dios.

Vamos a matizar un poco más esto, porque realmente estamos en lo sutil, en lo delicado de la vida espiritual. Para ello la imagen que yo pondría sería ésta: lo que son los extremos. Generalmente dentro de la vida espiritual solemos fallar por extremosidades. Los extremos en este campo son el racionalismo-voluntarismo, por un lado, y por el otro el quietismo-espiritualismo.

Contra estos y en el otro extremo están los que podíamos llamar espiritualistas o quietistas: «¡todo ha de ser obra del Espíritu Santo! Él me tiene que decir: mientras no me mueva el Espíritu Santo yo no me muevo»: por eso se llama «quietismo». -Oiga, pero si Vd. tiene una norma de que el domingo debe ir a Misa. Dice: -No, mientras no haya una moción del Espíritu Santo, yo no voy a Misa, ni el domingo ni ningún día; tiene que ser porque me mueve el Espíritu Santo, Estos son los dos extremos.

Dentro del campo espiritual cristiano, normalmente el pecado se comete, más que por un error formal, por una desproporción. Por eso hemos de pedir al Señor mucha luz y serenidad, para ser cristianos con equilibrio. Cuando digo equilibrio no digo equilibrista, que confunden algunos el equilibrio con el ser equilibrista. No quiere decir que estoy aquí haciendo piruetas, no, hablo del equilibrio íntimo, de la mansedumbre y humildad de corazón, de la bondad intima del corazón abierto totalmente a Dios. El equilibrio en el uso de estos extremos que acabo de decir. Porque el camino verdadero está en conjugar estos dos elementos.

¿Cómo se conjugan estos dos elementos?

Dando una gran importancia y un gran valor a las inspiraciones interiores, a lo que es interiormente consolación del espíritu. Esto es perfectamente ignaciano. San Ignacio en los Ejercicios repite que al ejercitante se le instruya despacio y abundantemente sobre lo que es consolación espiritual. ¿Por qué? Porque luego él mismo le habla de las reglas de discernimiento de espíritu, de cómo se conoce si una moción interior es de Dios o no, y por lo tanto hay que hablarle de esto, porque es algo que va a constituir la trama de su vida interior. Yo, por ejemplo, estoy haciendo Ejercicios bien, y de repente me entra una desgana y digo: pues sabe Vd. que me ha caído como una losa encima, estoy muy aburrido, y entonces ¿qué voy a hacer?, a divertir-me un poco. Y me voy por ahí a charlar, como estoy muy aburrido…-Pues ¡ya se sabe que tiene que venir eso!, eso es lo que se llama desolación. Es normal en quien se entrega al Señor, normal en quien quiere empezar un poco de trabajo en serio. Lo peor que puedes hacer es buscarte una distracción, porque eso es lo que pretende el demonio, no dejarte ser fiel al Señor. -Pues yo creía que cuando vienen esos desánimos los Ejercicios no tienen sentido. -Esa es la equivocación.

Y puede ocurrir que estoy un rato después haciendo la visita al Santísimo y me he sentido muy a gusto, me hubiese quedado allí siempre. Es normal, eso es lo que se llama consolación espiritual: momentos en los que el Señor parece que se comunica por dentro, que nos da un impulso, que parece que toda la vida se hace fácil. Son mociones interiores, normales en la vida espiritual. La vida espiritual cuando se vive, se caracteriza por la presencia de estos con-trastes, de esos «espíritus», de esa diversidad de espíritus: consolación, desolación. En el tiempo de consolación uno se siente como elevado hacia las cosas superiores y hacia el amor de Dios. Y en el momento de la desolación se siente ligado a las cosas terrestres, a las cosas materiales, a las cosas más bajas.

Es lo que dijo San Ignacio a Javier, en su despedida: «¿Quién mandaría yo a las Indias? Nos piden uno, quién te parece, Javier, ¿que podría ir?» «-Pues no sé, yo creo que podría ir quizás Laínez o Rodríguez». Y le dice Ignacio: «mentiroso, quieres ir tú». «-Sí Padre Ignacio, es verdad, quiero ir yo. Yo iré allí y voy a convertir a la India para Cristo y no sólo la India sino Indochina y China, y Japón». Le dice Ignacio: «Un poquito menos». Y contesta Javier: «soy una calamidad, soy un soberbio, no soy capaz de nada». -Un poquito más, un poquito más. Pues bien, esa es la clave: «Un poquito menos, un poquito más». Y eso es lo que acompaña a Javier en sus correrías; cuando está desanimado: «Un poquito más». Y cuando está que cree que se traga el mundo: «Un poquito menos», «un poquito me-nos». Ese juego: «un poquito menos, que no es tanto», en el momento en que no puedo nada: «Un poquito más», que puedes, adelante.

Esto es la base de los elementos espirituales. Por lo tanto, que haya en nuestra vida esos dos momentos si vivimos de verdad. Si uno no hace caso para nada de todo esto, sí puede ser que el Señor le llame alguna vez, como a Saulo en el camino de Damasco, pero normalmente tampoco lo sentirá, porque no tiene sensibilidad para ello, no se ha abierto a este mundo del espíritu. Por lo tanto, tampoco puede tener especiales mociones.

Pero si uno quiere vivir y empieza a vivir de verdad, y tiene ilusión por la oración y busca al Señor en la Eucaristía y trata de vivir a lo largo de su vida cierto recogimiento interior, una vida de unión con Dios, como la hemos de vivir como buenos cristianos, entonces esto es lo normal, y está a la orden del día: consolaciones, desolaciones. Y aún tiene que emparejarse con la consolación que le servirá mu-cho. Por eso, mucho aprecio de estas realidades; no decir: «¡ah!, eso es de beatas», ni mucho menos. San Ignacio vivía en dependencia continua de esto. Dependencia continua, de tal manera que él decía que, si en su oficio de General de la Compañía no sintiera la presencia de la consolación de Dios, dejaría su cargo, porque sería signo de que no estaba en el camino por el que Dios le quería. Podía tener sus momentos, pero como línea general debía tener esa paz serena, esa comunicación habitual de Dios que abraza al alma.

La consolación es lo más profundo del ser, no es otra cosa sino el abrazo interior de Dios al alma. No es sólo el decirle o hacerle, tender hacia una cosa. No, es un descanso de Dios entero, abrazo en lo más profundo. Esos son los momentos que llamamos consolación sin causa.

Primera norma: estima y preferencia de esta realidad; preferencia no porque yo la busque afanosa, artificialmente, pero preferencia de estima mía, sí. Si no tengo esto, tengo la razón iluminada por la fe, no me quedo parado. No sé qué tengo que hacer: ¿si en este asunto que se me presenta conviene que tome este camino o este otro, ¿qué puedo hacer? Si vivo una vida de unión, presentarlo al Se-ñor en la oración, ver, proponer una de las soluciones y ver si realmente el Señor me da signos de que le agrada, si me

da consuelo en ello o una paz muy profunda. Puede ser que eso sea una señal de esa voluntad de Dios. Pero si no siento nada, entonces ¿lo dejo? No, para eso tengo la razón iluminada por la fe: puedo ir al Evangelio y ponderar con razones evangélicas.

Esto es importante: «Con razones evangélicas», con ponderación no de pura razón humana, sino evangélica. Decir: según el criterio evangélico, según el ejemplo de Jesús, según el ejemplo de los apóstoles, según la doctrina de San Pablo, ¿a esa luz evangélica qué me parece que es más conforme al Señor? y esto me iluminará. Pero nunca lo hago dejando definitivamente el otro camino, sino mientras estoy actuando así por la razón iluminada por la fe, estoy bien abierto a la posible iluminación de Dios, y si llega esa iluminación de Dios le doy la preferencia. Entre tanto yo estoy actuando, estoy como tomando un camino. Es una imagen que usa el mismo San Ignacio: cuando en un cruce no tengo la señal clara, lo que hago es tomar el camino que me parece más oportuno, pero al tomarlo sigo dependiendo de Dios para ver si me confirma por él. Si me encuentro con una enorme sequedad continuada, especie de inseguridad en el camino que voy, vuelvo a repensarlo. Si me encuentro con paz y serenidad en el corazón y parece que esa serenidad interior confirma el camino que he tomado, sigo adelante, pero no espero a que venga el sosiego, sino que para eso busco la razón iluminada por la fe.

Precisamente lo más difícil para nosotros es el uso de la razón iluminada por la fe. Porque fácilmente estamos bajo el influjo de nuestras pasiones, y si no tiene uno el corazón muy limpio, al razonar está influenciado por sus apetencias. De ahí que diga el mismo San Ignacio que, para poder actuar por la razón iluminada por la fe, es necesario que yo haya llegado a ese enamoramiento de Cristo que me haga indiferente, que me haya liberado de la esclavitud de las pasiones, que haya llegado a un deseo grande de seguir a Cristo lo más cerca posible, porque sólo entonces tendré garantía de que mi razonamiento se conforma con el espíritu evangélico.

Hemos recogido esta mañana de la Encíclica: mirar hacia Cristo Redentor. Esa mirada hacia ese Cristo cerca-no qu1e me guía personalmente, a ese Cristo que conduce mi vida, a ese Cristo que me llama a su intimidad, que me quiere amigo y colaborador en su obra de Redención. Yo sé que, en todo momento, siempre, estoy en la cercanía de ese amigo. En algunas ocasiones porque El me guía, porque me hace sentir su orientación; en otras, porque me ha dejado la razón iluminada por la fe y trato de aplicarla. Pero no me guío simplemente porque esto me cuesta o no me cuesta; siempre el sentido es: «lo que agrade al Señor». Lo que agrade al Señor según el criterio evangélico, pero con una voluntad radical de ser totalmente del Señor; que yo pueda decir de veras: «en obediencia de fe a mi Señor». Lo dice el Papa en su aceptación del pontificado: «En obediencia de fe a Cristo mi Señor, confiando en la protección de la Virgen, Madre de Cristo y de la Iglesia, a pesar de todas las dificultades». Es una postura-podríamos decir- pasiva: «En obediencia, y confiando en la protección de María, acepto a pesar de todas las dificultades; a pesar de todas mis debilidades quiero seguir por ese camino del Señor».

Esto es lo que constituiría la indiferencia ignaciana, término, repito, ambiguo, quizás no el más apropiado, pero que ha quedado ahí porque lo puso él en los Ejercicios. Hemos de entenderlo bien. No es la indiferencia con falta de afecto, que San Pablo precisamente critica como postura de los paganos, que son hombres sin afecto, sino con una riqueza de afecto en la que uno vive la doctrina y el seguimiento continuo a Cristo. Que esa sea, pues, nuestra postura en estos momentos de los Ejercicios. Para eso, pedirla al Señor, hacer oración, porque, abiertos así, es como iniciaremos y continuaremos este camino, en lo que nos queda por recorrer en la compañía del Señor que nunca nos abandona.