LOS MISTERIOS DE LA ULTIMA CENA

Del Libro "Misterio del dolor", Luis maría Mendizábal. S.j.

Vamos a reflexionar ahora sobre algunos puntos que me parecen clave para entrar en el misterio. A veces nosotros podemos ir discurriendo en una Teología un tanto abstracta, lo cual es legítimo. Lo hacemos estudiando esos documentos pontificios. Hablamos del acto de la Redención. Pero creo que el camino por el cual nosotros entramos en el misterio es la vivencia en fe de ese acto redentor.

Voy a detenerme en estos puntos. Primero voy a fijarme en la Ultima Cena con toda la riqueza de su significación. Luego contemplaremos la agonía de Getsemaní, buscando luz para ver cómo ahí vivimos el acto redentor. Por fin nos colocaremos ante la Cruz. Tres momentos clave. Y ante la Cruz ya, nos detendremos en la meditación de ese documento del Papa, Salvifici Doloris. Tiene que ser a través de una contemplación de todo el misterio del dolor. El sufrimiento no se ilumina pensando solamente, y no se ilumina con un discurso filosófico, sino que es necesario que lo viva uno en la totalidad del misterio de Cristo para encuadrarlo en todo lo que es la vida de fe. Entonces sí adquiere unas dimensiones nuevas y se convierte en un misterio que causa cierto temor reverencial, pero donde uno intuye lo que dice San Pablo: que «la Cruz de Cristo es la cumbre de la sabiduría de Dios»; que «lo que es necedad para el mundo es sabiduría para Dios».

En esta primera meditación vamos a detenernos en algunas lecciones de la Ultima Cena.

  1. La Nueva Alianza en la Sangre de Cristo

La vida cristiana es el nuevo pacto de Dios con nosotros, en oposición al antiguo. Si recorremos las Escrituras, vemos que en realidad no existe sólo un pacto. Son innumerables los que hizo Dios con los hombres. La lectura del Antiguo Testamento nos lleva a esta idea: Dios está persiguiendo al hombre; el hombre se le marchó de las manos, se le alejó, salió fuera de su relación de amor, y Dios le va continuamente ganando y amando. En su dignación con el hombre, establece con él un pacto, y así tenemos el pacto hecho con Adán y Eva en el momento en que abandonan el Paraíso, donde les promete el Redentor. Luego tenemos el pacto con Noé después del diluvio, en el que Dios se compromete con él, por el signo del arco iris, a no destruir más la tierra. Se une a él como amigo en un pacto. Luego tenemos el pacto de Abrahán. Luego, los Patriarcas; también hace su pacto con Jacob.

Pero el pacto más solemne es el del Monte Sinaí. Dios tiene compasión de aquel pueblo, afligido en tierra de Egipto, escucha sus gemidos, se fija en él y le quiere ayudar, y le quiere sacar de esa situación de esclavitud, y lo libera para que le adore en la montaña que Él le mostrará. En el Monte Sinaí, Moisés, como mediador del pueblo, es elevado a la esfera divina, y allí se realiza el Pacto por excelencia: la Antigua Alianza. Y en ese pacto siempre los elementos clave que aparecen son éstos:

  • «Yo seré vuestro Dios, vosotros seréis mi pueblo». Yo seré vuestro guía, vuestro Señor, único Señor vuestro, pero vosotros vais a ser mi pueblo.
  • «Yo habitaré en medio de vosotros». Yo estableceré en medio de vosotros mi habitación, mi templo. En este aspecto, cuando nos referimos a este templo que El establece, en la tienda, en medio del pueblo, tengamos también esto claro. Cuando nosotros hablamos del templo, el templo no se refiere directamente, inmediatamente, al lugar de convocación donde nos juntamos. Templo significa, fundamentalmente, donde se manifiesta la Gloria de Dios, donde se revela Gloria de Dios, la presencia de Dios. Quizá eso es muy comprensible, se entiende esto bien y lo vemos en la tienda donde el Señor habita y la Gloria la cubre. Pues bien: yo tendré mi morada en medio de vosotros; mi morada, pongamos ese término; donde me manifestaré a vosotros; estaré como a vuestro alcance en ese lugar, y vosotros respetaréis mi templo, mi morada.
  • «Yo os daré una ley y vosotros cumpliréis esa ley». Y en el Sinaí les comunica, a través de Moisés, la ley. Signo de la condescendencia de Dios, que de tal manera ama a su pueblo que quiere legislarle y gobernarle personalmente.

La Alianza se sella con la sangre de las víctimas. Apenas hecha esa Alianza, Moisés sacrifica las víctimas, y de la sangre de esas víctimas hace dos partes: una la derrama sobre el altar y con la otra rocía al pueblo.

 

La sangre significaba la vida. Quiere decir que por esa Alianza hay una comunión de vida. Esa sangre que está en el altar es la misma sangre con que también se rocía al pueblo. Es la misma la vida en Dios y la vida en el pueblo; la comunión de vida entre los dos.

En la Alianza Nueva encontramos los mismos elementos, pero dentro de una cierta continuidad, con una nove-dad y calidad cualitativamente superior que hacen que sea la Nueva y Eterna Alianza.

En la Eucaristía, en el momento de la Consagración, repetimos esa frase: «Este es el Cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza Nueva y Eterna.» Por tanto, hay una novedad y una eternidad. El pacto del Antiguo Testamento era temporal. La novedad no es que se hace de nuevo, sino que tiene una calidad nueva, y es eterno, por la calidad misma que tiene. La duración no es sólo porque haya agentes exteriores que impiden su deterioro, sino porque su calidad interior le da una estabilidad permanente. Por eso es la Alianza Nueva y Eterna en la Sangre de Cristo.

Esta Alianza se realiza en la Ultima Cena, que hemos de ver unida al Calvario en toda la realidad de la Pasión, desde la Eucaristía a la Cruz. En efecto, si vamos leyendo estos pasajes del Evangelio de San Juan, encontramos estos elementos:

  • El Señor se compromete a ser Señor del pueblo y a ser nuestro guía porque ese pacto lo hace con nosotros. Se compromete a ser Señor, pero con una novedad. Dice Jesús en la Ultima Cena (Jn 14,1): ¿Creéis en Dios? Creed también en mí.» En mí, dice Cristo; porque en el Nuevo Testamento Dios es Señor nuestro en Cristo: Cristo es nuestra Cabeza; Cristo es nuestro Señor. Y lo llamamos así: es nuestro Señor Jesucristo. Yo seré vuestro Señor en Cristo, en la cercanía de uno de vosotros. Es nuestra Cabeza, que es nuestro jefe, que es nuestro Señor, que es nuestro Emperador. Por tanto, no es sólo la Majestad lejana de Dios, sino Dios en Cristo es nuestro Señor; y por eso es muy cercano a nosotros; es el Señor de la Iglesia; es el Esposo de la Iglesia.

 

  • “Yo permaneceré en medio de vosotros.” Y ahora, en el Nuevo Testamento, en nuestra vida cristiana, esa permanencia del Señor es muy cercana a nosotros y muy nueva, muy especial, de muchas maneras; primero cuando afirma: “Mirad que estoy yo con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos.” El, Cabeza, Esposo de la Iglesia, la asiste continuamente. Por eso insiste San Pablo al decir: «La Iglesia es templo de Cristo.» Por tanto, es una presencia nueva del que es Cabeza en su Cuerpo.

Una presencia nueva de una calidad también extraordinariamente superior, en la Eucaristía: «Yo estoy con vosotros en la Eucaristía. 》 Y ahí está con su presencia real, sustancial, sacramental, con su Cuerpo, Alma y Divinidad; ahí tenemos a Cristo con nosotros. «Estaré con vosotros, pondré mi morada en medio de vosotros.» Ahí está, y está en nuestro templo con una presencia especial de su Gloria, que es Cristo inmolado por nosotros y glorificado.

Más aún: está con nosotros en nuestro corazón: «Si alguno me ama, mi Padre le amará y yo le amaré, y vendremos a él y haremos nuestra morada en él.» Por tanto, está en mí de verdad, con una presencia verdadera, no la misma que la sacramental de la Eucaristía; no confundamos; pero verdadera. «Mirad que yo estoy con vosotros» y en vosotros «todos los días». Y Él está en mí. Cristo mismo está en mí. El Padre está en mí, Cristo está en mí, el Espíritu Santo está en mí; por lo mismo son presencias nuevas. Y nosotros, los discípulos, nos comprometemos a respetar esa presencia, a vivir en esa presencia, a estimarla, a visitarle en la Eucaristía, a participar en la Eucaristía, a llevarle en nuestro corazón; no sólo llevarle, sino a ordenar nuestra vida según su presencia dentro de nuestro corazón. Esto es un segundo aspecto nuevo: Nueva Alianza.

 

«Os daré una ley nueva en vuestro corazón». ¿Cuál es la ley nueva? El Don del Espíritu Santo como norma interior. Os daré una ley nueva quiere decir: os daré un espíritu y un corazón nuevo. La ley estará escrita en vuestros corazones. No será una ley meramente de normativas exteriores, agotadoras, y un elenco de normas y de decretos que tenéis que seguir; habrá los decretos de la ley natural, los conocemos; pero es que el espíritu los quiere introducir desde dentro y por eso os daré una ley en vuestro corazón: la ley de la caridad, la ley del amor; os la daré escrita en vuestro corazón. Y vosotros os comprometéis a seguir esa ley, la ley del amor. Tenemos una presentación maravillosa de lo que es la vida cristiana como alianza con Dios, nueva y eterna alianza en el ambiente de la Eucaristía.

  • Leyendo el relato de la Cena en el trasfondo del Sinaí lo entendemos mucho mejor. Y se entiende por qué el Señor insiste tanto en el Espíritu Santo. Porque la nueva vida está fundada en la comunicación del Espíritu Santo al hombre. Y ahí está todo. Que en ese Espíritu Santo Dios está con nosotros; que en esa docilidad al Espíritu Cristo es nuestro Señor, y en esa realidad del Espíritu Santo nosotros tenemos la normativa de una vida según el Espíritu, según la valoración evangélica.

Y, finalmente, también en el Nuevo Testamento, hay el ofrecimiento de «la víctima», en singular, que es Cristo, y de ahí que, en el último momento de la Consagración del Cáliz, El recalque: «Este es el Cáliz de mi Sangre de la Nueva y Eterna Alianza.» Es la Sangre de la Nueva Alianza. Esta Alianza, esta forma de vida nueva, la comunicación del Espíritu Santo, la presencia del Señor nueva, la presencia eucarística, todo eso se ha hecho posible por la Sangre de Cristo derramada en la Cruz; ha sido la obra de la Redención, ha sido la manifestación del amor, ha sido la comunicación al mundo del Espíritu de Dios, y ahora ese Espíritu es el que está en nosotros y nos tiene que transformar. Por tanto, también aquí hay una víctima que se inmola, Cristo; hay una Sangre; y ahora ya no es simple-mente que es signo de la vida y que ese signo de la vida está en el altar y en nosotros. Por la Comunión recibimos en nosotros la Sangre de Cristo. Por la Comunión recibimos la misma vida de Cristo no sólo el signo de esa vida, sino la vida misma; por tanto, en la Comunión se realiza esa fusión de Cristo con nosotros, esa realidad de la presencia de su Corazón en el nuestro, esa transformación del hombre con la fuerza del amor y de la caridad para que pueda vivir esta Alianza.

Esta es nuestra vida de fe, es la que vivimos, en la cual se está realizando y presentando la oblación de Cristo y los efectos de esa oblación; porque esa alianza se ha hecho posible por el ofrecimiento de Cristo. Se ha hecho posible por su entrega; una entrega que recuerda en el momento mismo de la institución diciendo: «Este es el Cáliz de mi Sangre, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados.» Ahí está la oblación de Cristo. Él se está ofreciendo en una unidad con el ofrecimiento de la Cruz. Y como fruto de esa Redención tenemos la Iglesia, tenemos los Sacramentos, tenemos la Eucaristía. Por una parte, es fruto de la Redención; por otra, instrumento de comunicación de los bienes de la redención, colaborando a su realización plena.

 

  1. El amor extremo del Corazón de Cristo
  • Con gran deseo be deseado comer esta Pascua con vosotros. El pasaje del Evangelio referente a la Ultima Cena empieza con una frase que nos descubre la disposición del Corazón del Señor. Como decíamos, es importante que siempre entremos en la actitud intima del Señor, porque nosotros tenemos que aprender las actitudes. No que vayamos a desvirtuar las cosas y despreciar lo que son los actos. Hoy, en la Teología Moral existen ciertas tendencias que pueden tener su fundamento, pero que fácilmente se desvirtúan y se interpretan erróneamente. Me refiero a una teoría de hoy en la que se repite que nuestra moral ya no es de actos, sino de actitudes. Bien entendida esta expresión creo que es justa; pero se presta a ser mal entendida. No se deben contraponer actos y actitudes. Cuando se empieza a decir: «Ya no es de actos, sino de actitudes», no me parece buen camino. Podría serlo si me dijese: «Más allá de los actos, atiende a las actitudes»; pero lo demás da la impresión de que los actos son una concepción despreciable; y no es así. Las actitudes son formadas por actos, pero no se reducen a actos; toda nuestra actitud cristiana no se trata de reducirla a unas normas, según las cuales nosotros ponemos ciertos actos y basta, sino que el Señor va influyendo en nosotros unas disposiciones habituales del corazón, que hemos de cuidar. No basta con proceder con corrección, hace falta tener corazón bueno, hace falta tener corazón cristiano y hay que atender a esto. Pero sin despreciar los actos, sin dar la impresión de que uno puede tener actos malos y actitudes buenas; eso sería absolutamente equivocado. Entonces nosotros vamos a atender a las actitudes y vamos a fijarnos en ellas.

La actitud la describe el evangelista San Lucas cuando narra lo que Jesús, al comienzo de estos misterios, les dijo, en el Cenáculo: «Con deseo ardiente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer» (Lc 22,15). Nos descubre algo más profundo. No es que nosotros inventemos, no es que nosotros hagamos consideraciones piadosas (no me gusta la expresión «consideraciones piadosas»; no entiendo lo que significa «consideraciones piadosas»: o son verdaderas o no son piadosas. Esto me parece bastante claro. Si entendemos por consideraciones piadosas las consideraciones engañosas, hemos terminado: no sirven para nada. La cuestión es que sean consideraciones fundadas en la fe verdadera, y, evidentemente, esas consideraciones estarán a veces llenas de amor, llenas de fervor, pero son verdaderas; por eso digo: «consideraciones piadosas»: o son verdaderas o no son piadosas). Pero, en fin, quiero insistir en esto, que esa actitud del Señor está revelada: «Con deseo ardiente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer».  ¿Qué nos revela esto? Si nos acercamos a las páginas evangélicas con espíritu de verdad, comprenderemos perfectamente que esas palabras valen para cada uno de los fieles del mundo y de la historia del mundo. Con deseo ardiente he deseado comer esta Pascua de la Eucaristía «con cada uno de vosotros》 antes de padecer. Es decir, ese antes no es sólo cronológico: antes de padecer, sino al ir a padecer. Esta Pascua, que está vinculada con la Pasión; esta Pascua, que está integrada en La Pasión de Cristo. En efecto, esa Pascua es la del Cordero Inmolado, es la del Cristo Inmolado. «Con deseo ardiente he deseado comer esta Pascua»; esta Pascua, que comienza con el Antiguo Testamento y termina en el Nuevo. Comienza con el signo y símbolo y termina con la realidad. Empieza con aquel Cordero que recordaba los hechos de Dios en Egipto y termina con el verdadero liberador, el Cordero Inmolado, expiatorio de los pecados del mundo.

Pues bien: esta expresión creo que tenemos que vivirla nosotros cada vez que nos acercamos a la Eucaristía. Po-demos decir que, en cierta manera, así como nosotros nos disponemos a la Eucaristía, el Señor Jesús también se dispone a la Eucaristía. Y para que esa Eucaristía sea fecunda, para que nuestra vivencia sea realmente viva, es necesario que el ardiente deseo de comer la Pascua con nosotros que manifiesta el Corazón del Señor y que no se ha apagado con la institución de la Eucaristía, sino que lo mantiene ahora, y lo mantiene vivo, que este deseo ardiente se encuentre con el deseo ardiente de nuestro corazón, y entonces tenemos una Eucaristía viva. El desea nuestro encuentro y yo también lo deseo. Hay un deseo mutuo. Que el gesto del deseo de Jesús se encuentre cada día con nuestro deseo de renovar la Pascua con El, de vivir esa Pascua.

Este deseo muestra, pues, cómo el Señor se acerca hacia la Pasión no sólo con resignación, sino con amor. Encontrará todo el obstáculo que en la agonía de Getsemaní analizaremos, pero El «desea ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de padecer.» Ahora, a este deseo del Señor en el relato evangélico corresponde por parte de los Apóstoles una frialdad y una preocupación egoístas. Expresamente nos recuerdan los Evangelistas que ellos, cuando oyeron la palabra de Jesús que hablaba de que no volvería a beber de aquel vino hasta que lo bebiera en el Reino del Padre, empezaron a discutir ya sobre ese Reino, y discutían quién sería el primero en el Reino de los Cielos. Era un tema que continuamente les ocupaba y que los llevaba a discutir entre ellos sobre quién sería más importante en aquel Reino del Padre, en el Reino de Dios, y en ese mismo momento donde Jesús está mostrando todo su amor, todo su deseo de inmolación, ellos discuten quién sería el primero. Es, me parece, una muestra del contraste enorme que hay entre la claridad de Dios y nuestro egoísmo. Aun en las cosas más santas se nos mezcla sin querer una especie de envidias, de celotipias, de deseos de destacar, de vanidad, de ser el primero; es todo un contraste.

Pero llama la atención (porque hemos de pensar de Dios dignamente, no según se nos ocurra a nosotros) lo comprensivo que es el Corazón de Dios, el Corazón de Cristo. En el momento en que Jesús está anunciando que quiere darse por nosotros y que va a darles la Eucaristía, ellos discuten quién es el primero. Esto lo interpretaríamos nos-otros como un desacato enorme y lo afearíamos grandemente. Pues bien, es curioso: en el Evangelio no hay una palabra de reprensión por parte de Jesús, hay una bondad inmensa del Corazón de Jesús; los entiende, los conoce, conoce su fragilidad. Pero hay más todavía. En ese mismo pasaje, capítulo 22 de San Lucas, versículo 22, Jesús, ha-blando a los discípulos, les dice: «Vosotros habéis permanecido fieles a mí en los días de mi prueba; yo voy a prepararos un sitio en el Cielo.» Es impresionante esa grandeza de corazón, que parece que no se fija más que en lo bueno y positivo. De toda su experiencia con ellos, parece que no recuerda más que su fidelidad. «Vosotros habéis estado a mi lado en los días de mi prueba».

Esto me parece importante. Creo que podemos tener la tentación de empequeñecer el Corazón de Dios, de imaginar un Dios que podríamos decir minucioso. Un Dios perfeccionista, un Dios que persigue el pequeño detalle. Sinceramente, creo que no tenemos argumentos en el Evangelio para pensar así. Dios no es minucioso; los minuciosos somos nosotros muchas veces. Pero, curiosamente, por esa complejidad propia de nuestro corazón, en tantas ocasiones la minuciosidad no significa entrega; puede uno ser muy minucioso y muy preciso en su minuciosidad y, sin embargo, no entregarse, y a veces nuestra minuciosidad exigente puede ser la cobertura de una falta de entrega. ¿Qué quiere decir esto? ¿Que hemos de ser descuidados? ¡No! Pero lo que aparece muy claro en el Evangelio es que lo que el Señor desea de nosotros, lo que Él nos enseña es la lealtad sincera de servir, lealtad caballerosa. Esto lo repito mucho: Dios es caballero, Jesucristo es caballero. Y lo que quiere de nosotros es que le tratemos como un caballero. Cuando nosotros decimos de una persona: «Es todo un caballero», queremos decir que vemos en él algo que le asemeja a Dios. Dios es así, es leal, es sincero; lo que quiere de nosotros es la verdad, no precisamente la acumulación de minuciosidades. Esto me parece importante en la vida cristiana. Creo que quien tiene un corazón de caballero se entiende bien con Dios, no esconde sus cosas, no multiplica las cuadriculaturas en su vida, sino que se entrega, sirve de verdad. El Señor, pues, a éstos no les echa en cara la pequeñez de su corazón, no, sino «vosotros habéis estado a mi lado en los días de mi prueba». Esto es muy importante. Yo estoy seguro de que un hombre que sirve a Dios de verdad va a encontrarse con sorpresas grandes en su encuentro con el Señor; estoy seguro de que muchas veces el juicio de Jesucristo sobre nosotros es más benévolo que el nuestro, porque el nuestro está ofuscado por el amor propio, está ofuscado por esa minuciosidad propia nuestra. En cambio, el Señor mira de otra manera. Y estoy seguro que el día del juicio el Señor te dirá: “Mira, esto pasó así; tú te esforzaste sinceramente y resististe a la tentación; es verdad que caíste, pero te levantaste en seguida; y eso lo cuento ya como victoria tuya, como méritos tuyos». Estoy seguro de que encontraremos gran-des sorpresas. El Señor es muy comprensivo. Recordad esa palabra: «Vosotros sois los que habéis permanecido fieles a mí en los días de mi prueba, y os voy a preparar un sitio». Lo mismo que les dice también: «Vosotros estáis limpios, aunque no todos». Estáis limpios. No dice estáis necesita-dos de limpieza, sino estáis limpios, «aunque no todos»: lo que verdaderamente duele al Señor es la postura del traidor, el que deliberadamente está tomando el camino tenebroso de la traición. Pero los demás estáis limpios.

Pues bien: en el momento de ese gran amor oblativo de Jesús, de esa comprensión enorme de un corazón que ama de veras, que lo que desea es la entrega caballerosa a Jesucristo, en ese momento es cuando Jesús se levanta para lavarles los pies. Creo que es importante esta escena, enormemente rica de contenido teológico. Por eso vamos a tratar de contemplarla, porque ahí tenemos una anticipación del Misterio de la Pasión.

  • El lavatorio de los pies. San Juan, que es quien relata este hecho en el capítulo 13 de su Evangelio, introduce la escena con una gran solemnidad. Dice: «La víspera del día solemne de la Pascua, sabiendo Jesús que llegaba la hora de su tránsito de este mundo al Padre, como hubiese amado a los suyos que vivían en el mundo, los amó hasta el extremo. Y acabada la Cena, cuando el diablo ya había sugerido en el corazón de Judas, hijo de Simón el Iscariote, el designio de entregarle; sabiendo que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas y que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa, se despoja de su manto, se ciñe una toalla, echa agua en una jofaina y se pone a lavar los pies de los discípulos». Como vemos, es una introducción solemnísima. Ahora la analizaremos un poco para tratar de penetrar en el misterio, como un ejemplo de penetración en la meditación de estos misterios.

Lo que llama la atención primero es el contraste entre la solemnidad y el hecho. Si uno lo analiza un poco, tendría que deducir que no hay proporción. “La víspera del día solemne, sabiendo Jesús…, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo.” ¿Y qué hace? Les lavó los pies. Eso es desproporcionado. ¿No puede decir que los amó hasta el extremo, y qué?, ¿qué hizo? Les lavó los pies. Este es el extremo. Es desproporcionado. Pero, al mismo tiempo, el hecho de que exista una desproporción entre la solemnidad y el hecho nos está indicando que ese hecho es misterioso, que ese hecho contiene un misterio. Esto es frecuente en San Juan. San Juan lee en los hechos el significado misterioso que contienen, y levanta la mente del lector y del discípulo hacia la comprensión y contemplación del misterio significado en el hecho, en un hecho aparentemente insignificante. Aquí tenemos el caso.

Diríamos que San Juan utiliza el método de subrayar o, si queremos, el del círculo rojo con que marca un hecho para atraer la atención hacia él, como indicando: «¡Aquí, atención! ¡Aquí hay un misterio¡; no sobrevolarlo, ¡hay un misterio! ¡Y si escojo este hecho es porque veo en él la profundidad del misterio de Redención!». Y entonces viene la solemnidad.

Esto lo hace en varias ocasiones, cuando habla del agua: «Y Jesús, en la fiesta solemne, gritaba: el que tenga sed, que venga a mí». Ahí lo rodea de nuevo de solemnidad, del día solemne de la fiesta. Lo mismo al final, cuando el soldado hiere el costado de Cristo lo introduce con la misma solemnidad: «Para que no quedasen los cuerpos en la Cruz el sábado, porque era un día muy solemne aquel día de sábado».

Aquí tenemos un caso. Y es verdad, es así; no puede decirse que el amor extremo consiste en lavar los pies: «Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo.»

¿Qué significa entonces ese lavatorio de los pies? Podemos decir ya que el valor no está en la materialidad del hecho, sino en el misterio expresado en ese hecho; un hecho que tiene ciertas características sorprendentes, pero cuyo contenido, el misterio que ahí se anuncia, es infinita-mente superior. ¿Cuál es el misterio que ahí se anunciaba?

Antes de entrar en él quiero recalcar lo que un autor benedictino brasileño del siglo XVIII recuerda al llegar estas palabras. Dice que aquí se pondera lo supremo del amor cuando dice: «Jesús, sabiendo, como hubiese amado…, amó hasta el extremo». ¿Por qué se pondera aquí el verdadero amor, lo difícil del amor? Y ese autor benedictino brasileño del siglo XVIII se expresa así: «Nosotros, de ordinario, amamos porque no sabemos». Es demasiado frecuente la queja de quienes dicen: «Si lo hubiese sabido, no me hubiese casado. Si yo hubiese sabido esto, yo no me hubiese enredado». Es decir, en el fondo amamos lo que no conocemos. En cambio, quiere recalcar aquí el Evangelista que Jesús, sabiendo, amó. O sea, que no es una equivocación suya: no nos ama a nosotros por ignorancia de lo que es nuestra miseria, sino que nos amó sabiéndolo. Pero no es sólo sabiendo. «Habiendo amado», nos amó hasta el extremo. También aquí sucede lo mismo: nosotros, muchas veces, cuando hemos amado, entonces nos volvemos escépticos en el amor, porque la experiencia ya nos ha dicho que no merece la pena. Entonces, El pondera los dos hechos: sabiendo y habiendo amado, y con los dos elementos, no ignorancia y experiencia, amó hasta el extremo; conociendo y habiendo amado.

Esto me parece que es importante. En nuestra propia vida, nuestra vida muchas veces, conforme van pasando los años conocemos y hemos amado eso que se suele decir a veces: «El que no te conozca, que te compre; yo ya te conozco, yo no te compro».

Pues bien: Jesús, conociendo y habiendo amado, habiendo tenido la experiencia de amar, habiendo sabido lo que es la ingratitud respecto de ese amor, conociendo y habiendo amado, amó hasta el extremo. Esto nos consuela; no hemos de tener miedo de abrirnos en la presencia de Dios. Por qué hemos de tener esa actitud como de quien se reserva delante de Dios? Es un alivio para nosotros, porque siempre nos da miedo que nos conozcan cómo somos, con la impresión de que si nos conocen como somos, no nos amarán, no nos podrán estimar. No; Él nos conoce, Él nos ha amado y nos ama hasta el extremo.

Después de esta breve consideración de este autor, vamos al misterio: ¿cuál es el misterio que aquí nos presenta San Juan? El misterio es la Redención y la Eucaristía. El lavatorio de los pies significa la Eucaristía, significa la Redención, pero en su aplicación eucarística. ¿De dónde podremos sacar esto? Del análisis mismo de los hechos y también de una curiosa coincidencia: San Juan, que en el capítulo 6 hablaba de la Eucaristía y del anuncio de la Eucaristía, no cuenta la institución de la Eucaristía. Los otros sinópticos cuentan la institución de la Eucaristía; San Juan, no. Y creen muchos teólogos y exegetas que San Juan encubre la institución de la Eucaristía en el lavatorio de los pies. Es la institución eucarística. Y, curiosamente, en Jueves Santo el acento en la liturgia, el Evangelio que se

lee el día de la Eucaristía, es el lavatorio de los pies. Quizá esto, desgraciadamente, ha llevado a algunos a dar una preferencia en el Jueves Santo al amor fraterno. Y os digo sencilla y sentidamente que a mí me duele que en las dos celebraciones en que se venera la Eucaristía se haya sobrepuesto el amor fraterno. Y no porque tenga nada contra el amor fraterno, sino porque creo que esos días son los días de la Eucaristía, y que para eso estaría bien que al día siguiente hubiese una proyección de amor fraterno de la Eucaristía; pero que cuando vamos a venerar la Eucaristía, ya se nos atosigue con el amor fraterno, y para eso se apoye en que es el lavatorio de los pies, eso me parece poco afortunado, sinceramente. Creo que queda como en-cubierta la fuente de la caridad, que es lo interesante. No podemos vivir largamente, profundamente, una caridad fraterna sin alimentarla con la Eucaristía. Es la fuente del amor. Pero, en fin, vamos a esto. Indico esta coincidencia de San Juan, e indico cómo realmente ahí se refiere a la Redención. Perfectamente lo expresa el canon 4 de entre los nuevos cánones después del Concilio al decir: «Jesús, habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo, y tomando el pan dio gracias y dijo: Tomad y comed, esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros». Me parece absolutamente correcto. Ahí no dice: les amó hasta el extremo y les lavó los pies, sino, tomando el pan, les amó hasta el extremo. Ahí está la Eucaristía y ahí encaja la Eucaristía. O sea, que hay un misterio, hay un hecho real: que les lavó los pies; pero ese lavatorio está expresando el misterio eucarístico, el misterio de la Redención, el misterio de la entrega personal de Jesucristo. Entonces se comprende la introducción solemne: «Jesús, la víspera del día solemne de la Pascua, sabiendo que había llegado su hora, la hora del paso al Padre. Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo (los amó y les mostró su amor), ahora les amó hasta el extremo». La Eucaristía es el Sacramento del amor extremo, es el Sacramento de la Redención, es el Sacramento del Cuerpo inmolado de Cristo, de la Sangre derramada de Cristo, glorificada, ciertamente. Es la humanidad glorificada; pero es la humanidad inmolada glorificada la que se nos ofrece en la Eucaristía: «Les amó hasta el extremo.»

De hecho, si nos fijamos en el relato de San Juan, dice que Jesús, plenamente consciente, «sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía Dios y a Dios volvía, se levanta de la mesa y se despoja de su manto». Esta descripción, esta ponderación, corresponde completamente al pasaje de San Pablo en que habla, en la carta a los Filipenses (2,6-10) del anonadamiento de Cristo, del Verbo. Recordáis aquella frase: «Siendo en forma de Dios, no se agarró a su gloria de Dios, sino que se despojó de su rango, se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo». Este es el famoso pasaje que se llama del aniquilamiento de Cristo, el anonadamiento del Verbo. Pues bien: corresponde exactamente a la descripción este momento del Evangelio de San Juan. «Sabiendo que era Dios, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y volvía a Dios»: «siendo en su forma Dios»; «se levanta de la mesa», se levanta de su gloria, «se quita el manto», «se despoja de su rango», se ciñe la toalla, se ciñe la naturaleza humana, se ciñe de pecado y se arrodilla a los pies de cada uno de nosotros, en el anonadamiento de la cruz. Y digo que tiene también ese carácter eucarístico, porque Jesús se arrodilla a los pies de cada uno; no es que se reduzca a un gesto de humillación en general. O sea, que no es sólo su anonadamiento de la cruz; sino ese anonadamiento ofrecido a cada hombre: eso es la Eucaristía. Es grandioso. La Eucaristía es el anonadamiento de la Cruz entregado a cada uno: «Toma y come, esto es mi Cuerpo desgarrado por ti.» Y ahí está y lo entrega. «Esta es mi Sangre derramada por ti, toma y bebe.» Y es el gesto de Jesús arrodillado que lava los pies de cada uno de sus discípulos, que es el ofrecimiento humilde de inmolación de la Cruz, el ofrecimiento humilde de la Redención: «Si lo quieres…», y que El ofrece a cada uno de los fieles hasta el fin de los siglos. Todos nosotros, cada uno de nosotros, ha visto a Jesús arrodillado a sus pies en la Eucaristía ofreciendo su Cuerpo y Sangre: «si lo quieres…».

Ese es el lavatorio de los pies: es el misterio eucarístico, es el misterio de la Redención aplicado a cada uno, ofrecido a cada uno.

Y vemos en contraste con ese ofrecimiento dos posturas. Una es la de Judas, y otra es la de Simón Pedro; esta última la refiere San Juan explícitamente; la de Judas la podemos deducir, puesto que luego nos habla de su relación con Judas, y al final de ese lavatorio de los pies, Jesús proclama: «Vosotros estáis limpios, pero no todos»; por tanto, estaba Judas. Y añade San Juan: «Porque como sabía quién era el traidor, por eso dijo no todos estáis limpios». Por consiguiente, quiere decir que también había lavado los pies a Judas.

En esos dos hechos encontramos como la expresión de posturas de reacción ante Cristo que se entrega personal-mente a nosotros. La postura de Judas anticipa lo que podemos llamar su comunión sacrílega. No nos consta que Judas hubiera comulgado esa Ultima Cena. Hay teorías de las que difícilmente podremos salir, porque es pura lucubración, pero sí aparece que recibió el lavatorio de los pies; por tanto, el misterio de la Redención se le ofreció a él personalmente. En ese sentido, recibió la Eucaristía. Y la postura de Judas es la de la comunión sacrílega, porque acepta el signo sin aceptar el contenido. Él no se resiste, Jesús le lava los pies, se deja lavar. Jesús tiene con él toda la delicadeza de su amor redentor, consume su amor extremo hacia él mientras le lava los pies con todo amor, para ver si le puede conmover, y él, impasible. Es el misterio del endurecimiento del corazón humano. Y Jesús se separa con un inmenso dolor en su corazón, pues eso ha sido como una comunión sacrílega, porque el otro exterior-mente ha recibido el signo de amor, rechazándolo en el fondo de su corazón. Esto es la comunión sacrílega, es recibir exteriormente el amor extremo de Jesús, el amor de su inmolación personal por quien recibe la comunión, mientras interiormente le rechaza, interiormente no la acepta, interiormente no cree en ella, interiormente mantiene su postura de rechazo. Eso es una comunión sacrílega.

Hay otra comunión: la de Simón Pedro. Cuando Jesús llega a Simón Pedro, muestra una vez más que en su amor infinito no encuentra en nosotros la comprensión. Simón Pedro lo interpreta como un sentido de humillación, ver-dadera humillación por parte de Cristo. Él quiere ahorrarla y se lo expresa: «¡Tú lavarme a mí los pies! ¡Jamás me lavarás a mí los pies!». Y Jesús le dice: «Pero ¿por qué no?». «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora», lo cual está indicándonos es el misterio. El hecho de lavar los pies sí que lo entendían, pero lo que Él está haciendo no es simplemente esa materialidad, es el misterio que ahí se contiene, es el misterio de la Redención y del ofrecimiento personal de la Redención a cada uno, y esto tú no lo entiendes, lo entenderás más adelante. «No me lavarás los pies jamás». Y Jesús ya se lo dice claramente: «Pues si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo». Esto, ¿por qué? No es un capricho del Señor: es la condición para estar en el Cuerpo de Cristo, para tener parte con El, comunión con El, el recibirla Redención de Cristo. Nosotros no podemos rechazarla, la necesitamos, necesitamos tener la humildad de someternos a ese gesto de amor del Señor y aceptarlo; porque, de otro modo, no tenemos parte con El. Nosotros tenemos parte con Cristo por la aceptación de su inmolación, por la fe en ese amor personal por el cual Él ha dado su vida. Y entonces, Simón Pedro dice: «Si es así no sólo los pies, sino las manos, la cabeza y todo». Aquí es cuando Jesús dice: «El que está limpio no necesita lavarse más que los pies, porque el resto está limpio. Vosotros estáis ya limpios, aunque no todos».

Podemos detenernos mucho en este misterio de la prepa-ración de la Eucaristía. Eso que dice: «estáis limpios, aun-que no todos» y «el que está limpio sólo necesita lavarse

los pies», parece que está indicando una purificación interior de las pequeñas cosas de cada día, quizá significando al mismo tiempo para nosotros el acercarnos a la purificación sacramental de la Penitencia como preparación para una Comunión más plena, más perfecta. Pero aquí tenemos que aprender una cosa: es el espíritu con que debemos acercarnos a la Penitencia. A la Penitencia hemos de acercarnos no con un espíritu inquisitorial, con una especie de afán de tener presente todos los detalles; no vamos a atormentar la conciencia, sino a someternos al contacto misericordioso de las manos amorosas de Cristo. La Penitencia es un encuentro personal con Dios en el ministro de la Confesión; pero es el mismo Cristo el que abraza de verdad al que se acerca a la absolución, y le abraza, y le purifica y le perdona. Es un contacto sacramental con su matiz especial, no es el mismo que el contacto sacramental eucarístico; pero es un verdadero contacto sacramental, y por eso al acercarnos, con más admiración que Simón Pedro, hemos de decirle al Señor: «¡Señor, tú a mí lavarme los pecados con tu Sangre!». Esta es la vida interior, esta es la vida sacramental; ese encuentro de corazón a corazón con Cristo, con ese Cristo que viene a nosotros en su humillación redentora, en su manifestación de amor.

 

  • También vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Terminado el lavatorio de los pies, Jesús se pone de nuevo el manto, se sienta a la mesa como Maestro, como Señor, y les dice: «Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy». «Pues si yo, Maestro y Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, también vosotros lo hagáis».

Vamos a entrar en esta última frase de Jesús, que es el complemento del misterio de la Pasión, de la Redención y de la Eucaristía. «Me llamáis Maestro y Señor». Quizá quería decir con esto que a ellos se les llenaba la boca diciendo que eran discípulos de Cristo. Le llamaban Maestro y Señor. Bien, tenéis razón. «Pues si yo, Maestro y Señor, os he lavado los pies»; esta frase no deberíamos interpretarla como diciendo: Yo tengo la categoría de Maestro y de Señor y me he abajado a lavaros los pies; por tanto, también vosotros tenéis que abajaros a lavaros los pies unos a otros. Yo creo que lo que Él quiere decirnos es esto: «Si soy Maestro y Señor, lo soy lavándoos los pies. “Es decir, que el señorío de Jesús no es un señorío despótico, sino de amor. Él se constituye y es constituido Señor por su muerte en la Cruz, por su humillación de la Cruz, y ahí es donde nos revela al Padre, ahí es Maestro y Señor. Su señorío no es como los señoríos de la tierra. «Los señores de la tierra dominan a sus súbditos. Vosotros, no así». «Mi Reino no es de este mundo». Mi Reino es un Reino de amor. Por tanto, el ser Maestro y Señor es precisamente el lavar los pies, es ser Redentor. Él es Maestro y Señor siendo Redentor. Pues bien: «Si yo, Maestro y Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lava-ros los pies unos a otros». Fijémonos que el argumento de Jesús no es: «Si yo te he lavado los pies a ti, también tú se los debes lavar a tus vecinos». Esto sería discutible; no es, sin más, una deducción válida.

El argumento de Jesús es este otro: «Yo os he lavado los pies a todos vosotros; no es mucho que os lavéis entre vosotros, puesto que, si tú lavas a tu hermano, lavas a quien yo he lavado primero; por tanto, no es mucho». La gran lección de la Eucaristía es ésta. La gran lección de la Eucaristía es el amor fraterno. Es verdad; pero no un simple amor fraterno, el amor fraterno que es participación de la Redención de Cristo. Lo que nos indica, pues, y el Papa Juan Pablo II se expresaba en una de sus cartas del Jueves Santo: «No es mucho que yo ame al hermano a quien Cristo ama hasta dar su vida por él. Si Cristo lo considera digno de que El dé su vida por él, ¿cómo yo no lo voy a considerar digno de amar, si es objeto del amor redentor de Cristo?» Esta es la lección. Yo os he lavado los pies a todos; por tanto, si yo a ese a quien tú tienes quizá antipatía le he lavado los pies, merece que tú también le ames y que tú también le laves los pies.

Lavar los pies, ¿en qué sentido? De nuevo, en el sentido del misterio. No simplemente la materialidad de lavar los pies y basta, sino en el sentido de que también tú unas tu sacrificio y el ofrecimiento de tu vida por tu hermano. Si yo he dado mi vida por él, no es mucho que tú también te unas a mi ofrecimiento ofreciendo tu vida por él.

Y esto creo que debemos vivirlo y ponderarlo no sólo así, en teoría y lejano, sino en lo concreto. Es impresionante cuando uno lo vive de verdad. Pensad en cada matrimonio, por ejemplo. Al marido le dice: «Pero si yo a tu esposa le he lavado los pies, no es mucho que tú se los laves también». «Si yo a tu esposa le he entregado mi Cuerpo y mi Sangre, no es mucho que tú le entregues también tu vida». Esto es lo que acerca mucho, esto es lo que empapa la vida real de la vida de fe. Y con los hijos: ver al hijo no simplemente como un juguete que yo manejo y al que yo doy órdenes, sino es el querido por Dios, por el que Jesús ha dado su vida. Y si Él ha dado la vida por ese hijo tuyo, no es mucho que tú des algo de tu comodidad por él, algo del sacrificio de tu vida por él, cuando el Señor ha dado su vida entera por él. «Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros lo hagáis entre vosotros».

Y esto es lo que establece la relación fraterna. La relación fraterna es fruto de la Redención de Cristo, no es simplemente una acción nuestra, de nuestra fuerza, no; es expresión de ese amor de Dios por el cual Él ha muerto por nosotros, por cada uno de nosotros.

Este es el misterio del lavatorio de los pies, que es muy fecundo para nosotros. Contemplar esa oblación de Cristo que El hace conscientemente, que El expresa en esas palabras de amor, de entrega: «Si yo he hecho esto con vos-otros». La entrega de su vida es consciente: «Por vosotros me entrego a mí mismo».

  • Actitudes humanas ante el amor extremo de Cristo

A partir de este momento viene la institución de la Eucaristía. No voy a detenerme ahora en ese misterio eucarístico, que merecería la dedicación a él solo de todo un triduo. Voy a fijarme en unas posturas que me parecen importantes en nuestra vida en relación con este misterio de amor. Al comienzo de la institución de la Eucaristía hay una frase en el Evangelio y en los relatos del mismo San Pablo; ésta: insisten los evangelistas e insiste San Pablo en que Jesús instituye la Eucaristía «en la noche en que era traicionado». Todo esto es de mucha profundidad. El misterio de la Eucaristía es un misterio de amor que salta como un rayo luminoso en la oscuridad, en la noche de la ingratitud humana, y parece que lo ha querido recalcar así: «In qua nocte tradebatur». Y esto lo decimos también en la celebración eucarística: «en la noche en que era entregado». ¿De qué noche se trata cuando habla de la noche? Pues se trata (también aquí en un sentido muy profundo) de la noche de la traición de Judas, de la noche en que era traicionado por Judas. Pero no es sólo eso, sino que es también la noche de la traición de cada hombre.

El misterio de la Eucaristía, lo mismo que la Redención, es el misterio de un amor misericordioso con el cual Dios viene al encuentro del que le aborrece; por eso es un misterio de luz en la noche: «La noche de la traición de Judas».

Vamos a fijarnos en esos detalles que recoge el Evangelio, de la traición de Judas y de la reacción de los diversos apóstoles a esa traición de Judas.

Judas había decidido entregar al Señor. Es un misterio. No pensemos que Judas, desde un principio, era hostil a Cristo. Judas había sido, como los demás, entusiasta de Cristo; pero poco a poco se alejaron. Es lo que nosotros hemos de vigilar. Nadie pasa a la traición del Señor de golpe; hay un proceso lento. ¿Cuál fue ese proceso en Judas? Pues se nos indica suficientemente que fue la tentación del enemigo, que le había pedido permiso a Dios para sacudir a los apóstoles, y esa tentación, probablemente, fue en el campo de la avaricia. Él estaba encargado de las limosnas como puesto de confianza. Y San Juan dice claramente que «como tenía las limosnas, robaba». Y poco a poco le fueron entrando deseos de mayor riqueza, de mayores medios. Por ahí parece que fue la tentación.

El hecho es que si uno analiza la situación de Judas resulta impresionante, porque, por una parte, estaba al lado de Jesús, tenía el ejemplo maravilloso de la vida de Cristo, tenía las palabras de Jesucristo; pero, por otra, tenía la tentación del enemigo, tenía la inclinación hacia la posesión de bienes terrenos. Recibía ese doble influjo, y poco a poco fue cediendo al del mal, y su amor hacia Cristo, como sucede en estos casos, fue derivando hacia una antipatía, cosa que puede ser normal en este caso. Antes era amor y luego, poco a poco, va surgiendo una antipatía con excusas y justificaciones que sin duda se le ocurrirían a él: que el Mesías no era como él imaginaba, como le parecía que debería hacer; lo que fuera; pero él encontraría siempre sus razones. Notemos que yo no he encontrado nunca uno que haya apostatado de la fe sin decir que tiene razón. No se da eso de reconocer: “Yo apostato de la fe, yo me alejo de la Iglesia sabiendo que hago mal y para hacer mal». El engaño está en eso, en que acaba uno por creer a esas justificaciones, que no son auténticas y que crean un misterio en la conciencia del hombre; pero que ya realmente, cuando llega hasta ese nivel, es dificilísimo de arreglar, de corregir, porque tiene ya la postura de una cierta soberbia, un enjuiciamiento de la misma autoridad, del mismo Cristo, del Papa, de la Iglesia, que se siente superior a ellos; y eso es muy difícil de enderezar. Es el proceso lento en la vida espiritual de lo que se llama el engaño espiritual; que se realiza poco a poco. Al salir de una estación todas las vías van paralelas, pero luego se van separando no de una vez, sino poco a poco, y unas van al norte y otras al sur. Por errores pequeños se van distanciando, hasta que luego ya terminan en dirección contraria a aquella en la que habían salido. Esto es lo que sucede en el caso de Judas.

El hecho es que Judas había llegado a una auténtica antipatía. Pero como sucede también en esos casos, esa crisis interior la encubría con una corrección absoluta, cosa que sucede también con frecuencia y los demás no lo advierten. Es correcto su comportamiento. Debía de ser de una presencia de espíritu admirable. Baste este detalle: Cuando Jesús estaba diciendo «uno de vosotros me está haciendo traición», nadie piensa en Judas, porque era correcto; tenía una cierta serenidad, frialdad. Sin embargo, eso no se le escondía a Jesús, que debió de sufrir enorme-mente teniendo siempre a su lado a quien no aceptaba sus enseñanzas, a quien se las rechazaba y a quien estaba buscando ocasión para entregarle a la muerte. Y, no obstante, siempre lo tenía junto a Él. Es molestísimo cuando uno nota que alguien no acoge sus palabras y que está siempre tramando algo contra él.

Y llegado el momento del lavatorio de los pies, el corazón de Judas no se conmueve, y Jesús pronuncia esa palabra: «Uno de vosotros me hace traición, me está traicionando”. Palabra tremenda. Y me parece que, porque esto sucede en un ambiente eucarístico, lo que aquí aprendemos es lo que llamamos la reparación. Juan dice expresa-mente que en esa Ultima Cena él «estaba reclinado en el seno de Cristo»; que en la disposición en que estaban puestos en torno a la mesa, a Juan le tocaba estar cerca del Señor, con la cabeza en el seno de Cristo. Pero esta postura de Juan en el seno de Cristo, evidentemente no se escribe en los Evangelios sólo por dar detalles, sino que a La luz del Espíritu Santo lo que ellos recogen es lo que tiene contenido de enseñanza para nosotros. Por tanto, es claro que esto no es un detalle sin importancia, sino que Juan quiere recalcar que el momento cumbre cristiano es cuando llega a reclinar su cabeza en el seno de Cristo. El ideal del cristiano es que viva como descansando en el Corazón de Cristo y que participe en la Eucaristía reclinando su cabeza en el Corazón de Cristo; pero con un sentido de descanso, de paz, en medio de la ocupación y en medio del trabajo no sólo en un momento, sino en vivir teniendo su morada en el Corazón de Cristo. Así está el discípulo: en el Corazón de Cristo.

Ahora bien: al estar así en el Corazón de Cristo, en el seno de Cristo, él participa como al unísono de las disposiciones y actitudes de Cristo. Y aquí es donde se nos comunica una lección de vida. Juan, reclinado en el Corazón de Cristo, escucha las palabras de Cristo, pero vi-brando al unísono con sus disposiciones interiores. En cambio, tenemos a una cierta distancia a Simón Pedro. Simón Pedro no está reclinado en el Corazón de Cristo. Las reacciones de Simón Pedro van a ser reacciones que arrancan de su personalidad, no tanto de estar al unísono con el Corazón de Cristo.

Jesús, en ese momento, con su Corazón lleno ya de angustia, dice esa palabra: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me hace traición, uno de vosotros me está traicionando». Es palabra impresionante. Uno de vos-otros: de los que yo he escogido, de los más íntimos míos, de los que han recibido de mí el poder de hacer milagros, de predicar, enseñar, me está traicionando. No es que se me escape a mí, que sea una sorpresa; lo sé, uno de vosotros me está traicionando.

Entonces ellos dicen: «¿Soy yo? ¿Soy yo?». Es que nunca tiene uno seguridad en sí mismo. Simón Pedro reacciona ante estas palabras no como Juan, que vibra al unísono del Señor, estando en la cercanía del Señor, sino, estando a una cierta distancia, reacciona desde su personalidad, sepa-rada de Cristo, independiente de Cristo en esto; desde su reacción humana, piensa: «{Quién es ese traidor a Cristo? ¡Como yo me entere, no le traiciona, porque acabo con él!». Fijémonos bien; esa reacción parece de amor, y no lo es; es reacción humana, de egoísmo, no precisamente de conformación con Cristo y con Dios; pero aparentemente es expresión de amor. Y desde ahí, desde ese lugar y esa postura, le hace un gesto a Juan, que estaba cerca del Señor, y le dice: «Pregúntale quién es»; sin duda, con ese afán, con esa intención de acabar con él, de impedir un hecho tan vergonzoso, una traición así.

Y Juan-dice el texto del Evangelio preciosamente-, «dejó caer su cabeza sobre el pecho de Jesús», y con esa intimidad sencilla le dice: «Maestro, ¿quién es?». Pero no lo hace con la disposición de Simón Pedro, lo hace al unísono con el Corazón del Señor, como queriendo participar de su mismo dolor, de su mismo sufrimiento, de su mismo amor. «Maestro, ¿quién es?». Y Jesús le dice entonces: «Mira, al que yo voy a ofrecer ahora un trozo de pan untado en salsa, ése es».

Todo esto merece ponderación, merece consideración. Este hecho, el decirle: «Al que yo voy a ofrecer un trozo de pan untado en salsa, ése es», no quiere significar simplemente un signo de reconocimiento. Ellos se conocían todos. Hubiese sido mucho más rápido el haberle dicho: «Es Judas, el hijo de Simón»; eso era más breve que haberle dicho: «Aquel a quien voy a entregar ahora un trozo de pan untado en salsa». Por tanto, no pensemos que ese gesto tiene como finalidad simplemente decirle quién es, sino que la expresión de Jesús quiere decir esto en la intimidad con Juan: «Aquel a quien yo más muestras de amor estoy dando, ése es». A quien yo estoy amando más, esforzándome más por mostrarle mi amor, ése es precisa-mente. O sea, que no se lo da como una señal, no es una señal. Quiere recordar simplemente que es el objeto de su amor, porque ese bocado untado en salsa se lo da de veras. Y entonces unta el pan con un gesto que significa familiaridad, significa predilección, y se lo da. De nuevo aquí, en este gesto del pan untado en salsa y ofrecido, tenemos una imagen de la Eucaristía: «Aquel a quien yo me ofrezco eucarísticamente». Entonces se lo ofrece con amor y él toma ese trozo de pan y lo come. Y Juan, que le está contemplando, observa un cierto gesto de Judas en ese momento, y dice: «Tras el bocado entró en él Satanás». Quizá estuvo a punto de entregarse al amor de Cristo, quizá se sintió sacudido por esa delicadeza de amor, pero resistió y así toma la decisión definitiva. «Tras el bocado entró en él Satanás».

Hay una cosa que llama la atención: que Juan, en esos relatos de la Ultima Cena, no tiene ninguna palabra dura y áspera contra Judas, sino que se nota en él como una especie de respeto ante el misterio de la misma iniquidad. Y es ejemplar esto. Es que quien vive la vida desde el Corazón de Cristo nunca tiene aspereza, participa de esas disposiciones del Corazón de Cristo, del mismo amor con que Él se entrega; y nunca tiene amargura, agresividad, nunca recalca palabras duras contra Judas. Pero anota sencillamente: «Tras el bocado entró en él Satanás». Entonces Jesús le dice: «Lo que has de hacer, hazlo pronto». Y Judas se levanta. Juan le sigue desde el Corazón de Cristo con la mirada; le va viendo marcharse con una pena inmensa, participada de la pena del mismo Cristo que le ama. Nadie sospecha nada, ni siquiera entonces. Creían que, como tenía el dinero, tendría que hacer limosnas esa noche a los pobres. Judas abre la puerta, y nota Juan que al abrir la puerta «era de noche». Estaba toda la sala iluminada, la puerta daba a una azotea o terraza pequeña; al abrir la puerta, encuadra el marco de la puerta la oscuridad; y lo nota Juan y lo dice: «Era de noche». Y ve cómo Judas es tragado por la noche, desaparece en las tinieblas. Ha dejado la luz de Cristo por las tinieblas. Ha sido una opción firme. Él ha dejado de ser ministro de la Luz para hacerse ministro de las Tinieblas.

Yo decía antes que el gesto de Jesús al dar el bocado no era una simple señal; lo podía haber hecho de otra manera. Sino que era expresión de verdadero amor. Hay un gesto que Judas hará muy pronto desde las tinieblas, que tiene unos términos aparentemente parecidos a los de Jesús, pero con significación contraria. Cuando Jesús, un poco más tarde, está en el Huerto de Getsemaní, y Judas se

acerca con los soldados y con los ministros del templo para prenderle, les hace esta pregunta: «Lo conocéis?» y ellos le dicen: «No». «Pues mirad, aquel a quien yo daré un beso, ése es; prendedlo y llevadlo con cuidado». Hay un parecido: «Aquel a quien yo dé un trozo de pan mojado en salsa» «aquél a quien yo daré un beso». Pero el contenido es totalmente distinto. En el caso de Judas se trata de una señal traidora; no es que le va a dar un beso de amor. Da un beso solamente para que sepan quién es y lo detengan; pero el mismo beso de Judas es sacrílego, porque es una expresión exterior de afecto, cuando en realidad lo entrega y le traiciona, y es lo que Jesús le dirá: «¡Amigo, con un beso entregas al Hijo del hombre! ¿Adónde has venido a parar? ¿Hasta dónde has llegado?».

Pues bien: creo que esto puede iluminarnos. Hay que entrar en el Corazón del Señor. Las páginas evangélicas se reflejan en nuestra vida personal. En cada página del Evangelio encontramos nuestra propia historia, el lugar al que el Señor nos invita. A cada uno de nosotros nos invita a reclinarnos en el seno de Cristo; a través de purificaciones, a través de la escucha de su palabra. El ideal del cristiano es que en la Eucaristía descanse en el seno de Cristo, en el Corazón de Cristo, para considerar todo desde el Corazón de Cristo. Precisamente ése es el fruto de la Redención y el fruto de la misma Eucaristía. Esto es una cosa que la Virgen ha de enseñarnos a nosotros. Puede parecer un poco místico lo que estoy diciendo. No, no es eso; no quiero decir que son unas experiencias especiales, no; hablo en el sentido de quien descansa en fe en el Corazón de Cristo.

Podemos decir que el ideal del cristiano es éste; por una parte, descansar en el Corazón de Cristo y llegar a esta paz, a esa serenidad que no es inactiva, pero una paz que no se rompe nunca. «Os doy mi paz.» Una paz que se mantiene en medio de la actividad más febril del campo profesional, dondequiera que esté; pero nunca deja de estar reclinado en el Corazón del Señor. El Corazón del Señor lo envuelve también con su paz y serenidad. Esto hay que cuidarlo; no es fruto simplemente de un acto de voluntad; es término de un trabajo, de una educación; pero hay que buscarlo.

Pero en el Evangelio nos encontramos con dos aspectos. Uno, que nosotros hemos de descansar en el Corazón de Cristo, fruto de la Redención, y otro que Cristo quiere descansar en nuestro corazón. También es verdad. El Señor quiere encontrar en nosotros como el lugar de descanso. Nos puede sorprender, pero es verdad. Él lo dice: «Si alguno me ama, mi Padre le amará y yo le amaré, y vendremos a él y baremos nuestra morada en él». Y éste es el descanso del corazón; es una imagen, al fin y al cabo, del amor, que siempre es mutuo. En un matrimonio de verdad, el marido descansa en el corazón de su mujer, y la mujer descansa en el corazón de su marido. Es un descansar, es una seguridad en paz y es una unión. Es así la vida cristiana. Y para esto tenemos un ejemplo admirable en la Virgen: para la unión eucarística y para entrar en el miste-rio de la Pasión del Señor.

Dicen los teólogos que San Juan pudo entrar tan dentro en el misterio del Corazón de Cristo que revela en su Evangelio porque reclinó su cabeza en el Corazón de Cristo. Ahora bien: si esto es así, con cuánta mayor razón debió de entrar la Virgen en el Corazón del Señor. Porque en el caso de la Virgen, cuántas veces María había descansado su cabeza en el Corazón de Cristo. Pero es que muchas veces también Cristo descansó su cabeza en el corazón de la Virgen. Esto es lo que le da esa intimidad, esa paz, esa serenidad.

Cuando hablamos de consagrarnos al Corazón del Señor, cuando hablamos de entregarnos al Corazón del Señor, tenemos que pedir a la Virgen que nos enseñe, más allá del mismo San Juan, que Ella nos introduzca y nos enseñe lo que es el encontrar la paz y el descanso en el Corazón del Señor. Entonces es cuando vivimos la Eucaristía. La Eucaristía, celebración de la Redención personalmente ofrecida a cada uno de nosotros. Cada Eucaristía tiene que llevarnos a entrar en el descanso del Corazón del Señor, y así, viviendo en esa actitud interna, tener respecto a la visión de todo el mundo, las actitudes interiores del Corazón del Señor, las reacciones, la entrega, la bondad, la comprensión. Es todo un mundo distinto, es una creación nueva, es la creación que arranca del Misterio de la Redención.