Mes del Corazón de Jesús basado en las meditaciones del Mes de Ejercicios del P. Mendizábal.DÍA DEXIMOSEXTO. ELECCIÓN DE LOS APÓSTOLES

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Decía san Juan Pablo II: ser llamado significa ser amado. En el fondo de la llamada de Jesucristo a cada uno de nosotros hay un gran amor, que eligiéndonos desde  antes de la creación del mundo va resonando en cada momento de la historia y de nuestra historia, la de cada uno de nosotros. Vamos a hacer hoy la meditación o contemplación sobre el llamamiento de los Apóstoles, que es el modelo de nuestra vocación cristiana. Comenzamos el día ofreciéndonos al Señor y recordando ese amor de Cristo por cada uno de nosotros, que es el origen de toda llamada.

 

 

Ven Espíritu Santo inflama nuestros corazones en las ansias redentoras del Corazón de Cristo para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras en unión con Él por la redención del mundo; Señor mío y Dios mío Jesucristo, por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu Santo Sacrificio del altar con mi oración y mi trabajo sufrimientos y alegrías de hoy en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu Reino

 

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones

Por nuestro Obispo y sus intenciones

Por nuestro Párroco y sus intenciones

 

DÍA DECIMOSEXTO. ELECCIÓN DE LOS APÓSTOLES

Toda vida cristiana, como recordó el Concilio Vaticano II está llamada a la santidad. Es la llamada universal a la santidad, fundada en el Bautismo. Hemos sido elegidos, amados, adoptados como hijos, reconciliados, perdonados, redimidos, lavados, santificados, restaurados… muchas expresiones que reflejan esa Vida Nueva en Cristo.  Pero en el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, no todas las vocaciones son iguales. Todas son llamadas a la perfección de la caridad, a la santidad, pero no todas son iguales. El matrimonio es una verdadera vocación a la santidad cristiana pero existe una vocación en la Iglesia que podríamos denominar vocación apostólica, que fue la que recibieron los apóstoles y que es el modelo de la vida consagrada actual.

La vida matrimonial o la vida que se desempeña en tareas seculares, es vida de apostolado y debe tener actividad apostólica en los límites tiene que uno pueda hacerlo; pero vida apostólica es aquélla que está toda ella ordenada al apostolado, en todos sus elementos. Por eso, LA VIDA DE MATRIMONIO NO ES APOSTÓLICA, no se puede llamar vida apostólica; nunca. Y tampoco se puede llamar vida apostólica la vida de negocios seculares. No es apostólica. Tiene que hacer apostolado, tiene que dar buen ejemplo, tiene que ejercitar ese negocio o esa vida de negocios de un modo cristiano, ejemplar; pero no es vida apostólica.

Podemos decir que hay un sentido amplio de vocación, porque Jesús llama a todos a su seguimiento, pero existe un tipo de vocación específica que significa una llamada de Dios a un acercamiento a Él y a una consiguiente mayor participación en su obra redentora. Eso es vocación apostólica, al estilo de los apóstoles. Y es vocación se entiende a un estado de vida, algo habitual; a un estado definitivo de vida; más cerca de Cristo; con mayor participación de la cruz de Cristo.

El matrimonio es una vocación, en cuanto que Cristo llama a formar una familia y a santificarse en ese estado de vida, siendo fermento, sal y luz en medio del mundo. Pero la vocación matrimonial no lleva de suyo una vocación especial a dejarlo todo y seguir a Jesús. No hace falta esa vocación para casarse. Por eso, el Señor no dice: El que tiene oídos –para casarse- que oiga. No. Y hablando de la vocación consagrada dice también la Escritura: “No todos entienden esta palabra, sino a los que les ha dado el Padre”. Para entender que se pueden casar, no hay necesidad de una palabra del Padre. Es la tendencia natural que Dios ha inscrito en el varón y la mujer a unirse y formar una familia. Y elevada esta unión natural por los sacramento de iniciación cristiana, sobre todo el bautismo, y por el matrimonio, constituyen una Iglesia Doméstica donde se vive la vida cristiana.

Pero existe esa vocación apostólica en la cual Jesús llama a estar con Él y a evangelizar. No vemos ningún caso en el Evangelio, en el cual Jesús llamase a uno y le dijese: Ramón, ven aquí; ven conmigo a casarte con Ramona. Vente conmigo para casarte con ésta. No aparece nunca en el evangelio. No es que Él llame a mayor intimidad para que se casen; llama para estar con Él. Esa es la vocación apostólica.

Entendiendo así la vocación, no basta para seguirla la llamada a la santidad común a todo cristiano. Hace falta una llamada específica porque supone la elección de un modo de vida, que de hecho, implica la renuncia a formar una familia, que sería la vocación común del hombre y la mujer.

¿En qué consiste esta vocación? En primer lugar hay que recordar que no consiste en hacer tres votos: pobreza, castidad y obediencia. En la vida religiosa, y en la vida sacerdotal de modo parecido aunque no igual, se hacen votos, promesas. Pero no consiste la vida apostólica en hacer votos, sino en seguir a Jesús. Y ese estilo de vida siguiendo a Cristo lleva consigo este modo de vida pobre, casto y obediente, pero no consiste en hacer votos.

Consiste en que Jesucristo mismo, personalmente se ofrece al alma con particular amabilidad, y así atrae al alma a esa intimidad con Él. Ahí está la verdadera vocación: Jesucristo que se abre, se manifiesta al alma se le manifiesta amable, capaz de polarizar su afectividad hacia Él, capaz de satisfacer al alma con su amistad; y entonces el alma se lanza a esta amistad de Cristo que Él le ofrece, y acepta ella libremente. De modo que hacen falta las dos cosas. No basta que uno diga: yo ahora, para sacrificarme, renuncio a todo; no basta eso. Sino que la renuncia tiene que venir porque el Señor internamente se me ofrece a su intimidad. Y claro, cuando Él se me ofrece… consecuencia: me quita todo lo demás. Vamos a poner el ejemplo humano, que es el del amor humano.

En el amor humano, el que una joven renuncie a todos los demás afectos para aceptar el amor de un joven concreto, no es que el amor consista en renunciar a todos los demás, no; sino que, en fuerza del amor que ha nacido, lleva como consecuencia el que uno tiene que renunciar a todo, incluso para que pueda madurar este amor hacia él. Una vez que ha empezado a brotar, aunque todavía no domina del todo a la persona, ya uno lo tiene que cuidar; y va cortando todo lo demás para fomentar y favorecer este amor exclusivo y total a esta persona. De modo que, el amor, esa llamada de esa persona hacia sí, no hay que confundirla con la mera renuncia de los demás. Y así podéis comprender que una joven que dijese: Pues yo no me voy a casar más que con el rey de Bélgica; con ningún otro. Y le ofrecen aquí, y le ofrecen allá… No señor; yo con el rey de Bélgica. A nadie. ¡Y qué! ¿Con eso se ha casado con el rey de Bélgica? Me parece que no. Si el rey de Bélgica no se le ofrece… Pues entonces, ¿qué hace? Pues, pobrecita; se queda sin el rey de Bélgica y sin ningún otro. Sin nada. Se ha empeñado, se ha emperrado en esto, que tenía que ser así, y ahí se ha quedado.

Ahora; si fuese que él, el rey de Bélgica, le hubiese invitado, entonces ésta tiene que dejar todo lo demás, incluso para madurar este amor exclusivo y total que nace. Esta es la vida con Cristo. Es un trato personal con Él; que Él se abre a nuestra amistad y nos invita a su intimidad. Y sólo así se realiza. No por puro sacrificio: “renuncio a todo”; no. Si fuese por sacrificio, pues podía hacer otro distinto: llevarse una piedra encima de la cabeza, por ejemplo. Si es por sacrificio… que escoja otro.

De modo que hace falta que haya dentro del alma esta vivencia de tendencia a Cristo, de llamada de Cristo, de polarización hacia Cristo. Y entonces sí; todo lo demás lo lleva consigo. Si el Señor no le ha invitado, no es que esté obligado a darle; y resultaría como les he dicho: “Pues usted se queda sin una cosa y sin otra”. Sería como si en una casa en la montaña tuviéramos teléfono fijo, y de repente uno dice: ¡Ah! Pues mucho mejor el teléfono móvil… -Y, ¿cómo lo va a hacer usted? Pues, corto los cables del teléfono, ¿verdad? Y va, y corta los cables. Se queda sin la teléfono fijo y sin móvil porque mientras no tenga conexión móvil y un teléfono que recoja la señal… Esa telefonía móvil está hecha para teléfonos móviles. Pues esto mismo pasa en la vida espiritual.

Tenemos el ejemplo en el capítulo 5 de San Marcos, que es muy bonito. Jesucristo había pasado a la otra parte del mar y estaba en Gerasa. “Pasaron al otro lado del lago, al territorio de los gerasenos. Apenas desembarcaron, les salió al encuentro un energúmeno, salido de los sepulcros, el cual tenía su morada en ellos y no había hombre que pudiese refrenarle ni aun con cadenas, pues muchas veces, aherrojado con grillos y cadenas, había roto las cadenas y despedazado los grillos sin que nadie pudiese domarle”. Era el terror de la región este endemoniado; furioso. Tenía una legión de demonios dentro de él y los demonios le pidieron a Jesús que los mandase poseer a los cerdos ya que les mandaba salir de aquél hombre. Y Jesús se lo permitió”. ¡Hala, marchaos: a los cerdos! “Y saliendo los espíritus inmundos entraron en los cerdos, y con gran furia toda la piara, en que se contaban al pie dos mil, corrió a precipitarse en el mar en donde se anegaron todos”. El hombre quedó sano, curado de aquella terrible posesión diabólica. “Los que se hallaban presentes les contaron lo que había sucedido al endemoniado y lo de los cerdos. Y temiendo nuevas pérdidas comenzaron a rogarle que se retirase de sus términos”. Es lo que suele pasar, ¿eh? Cuando entra el Señor en el alma, al primer demonio que echa…: los conejillos. ¡Dos mil cerdos al agua! ¡Hala! ¡Con el demonio! ¡Todos muertos! Y la gente empieza a decir: si sigue éste avanzando, no deja aquí títere con cabeza. “Y temiendo nuevas pérdidas: .Señor, si te puedes marchar… Esto pasa al alma. “Señor, vamos ya… ya está bien, ya está bien. Nosotros estamos muy contentos de que le has dejado a éste en paz, pero si vas a limpiar más todavía… Márchate un poco, un poquito, un poquito; a distancia”. Y el Señor humilde, se va, se va. “Y al salir Jesús a embarcarse, el que había sido atormentado del demonio, se puso a suplicarle que lo admitiese en su compañía”. ¡Pobrecito! Ya curado. El que hubiese estado endemoniado no significa nada. De María Magdalena había echado siete demonios… Eso no significa nada. Todos hemos estado endemoniados con el pecado. Eso no significa nada. Y éste le pedía que le dejase ir en su compañía con los otros Apóstoles. “Mas Jesús no le admitió, no le admitió. Sino que le dijo: Vete a tu casa y con tus parientes”. Lo contrario de ir con Jesús. “Y anuncia a los tuyos la gran merced que te ha hecho el Señor y la misericordia que ha usado contigo”. Tiene que hacer apostolado; sí, también. Pero no vida apostólica con Cristo. No. “Y se fue aquel hombre, y empezó a publicar por el distrito cuantos beneficios había recibido de Jesús”. Y si le encontrásemos a este pobre hombre allí, sentado, un poco triste, y le preguntásemos: ¿Por qué estás triste?, nos diría: Pues el Señor no me ha acogido en su compañía; no me ha querido coger. Nosotros, que somos tan fáciles de consolar, le diríamos enseguida: pues haz los tres votos; si es lo mismo… haz los tres votos. Haz voto de pobreza, de modo que des cuenta de lo que vas gastando al jefe de la sinagoga; después haces voto de castidad; haces voto de obediencia también al jefe de la sinagoga, y es lo mismo. Pues no es lo mismo; porque éste no ha sido recibido en la compañía de Cristo. No ha sido… No lo ha recibido en su intimidad como los Apóstoles. ÉL QUERÍA, Y JESUCRISTO NO LO ADMITIÓ. No hay vocación.

 

Segundo ejemplo. Otras veces, JESUCRISTO INVITA, Y EL HOMBRE NO ACEPTA. Lo trae San Mateo en el capítulo 19 y San Marcos y los demás en los lugares paralelos. “Se le acercó un hombre joven, que le dijo: “Maestro bueno, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la vida eterna? -“Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos. “Los he guardado desde mi infancia; ¿qué más me falta?”. Y era verdad, ¿eh? Era un joven puro; porque, el Señor “le miró y le amó”. Notaron los Evangelistas que se complacía en aquella alma. Que era verdad, era verdad. Lo miró con cariño, con amor. “Y entonces le dice: Si quieres ser perfecto, anda, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y después, ven y sígueme”. Aquí lo invita; aquí se abre a su amistad: haz esto y sígueme, sígueme. “Habiendo oído el joven rico estas palabras, se retiró entristecido porque tenía muchas posesiones”. –Ved lo que impide la intimidad con Cristo y el seguir la vocación. No son los pecados pasados –éste no tenía pecados; había guardado los mandamientos-, sino los apegos presentes. Tenía muchas posesiones… tenía muchos apegos… y el hombre espiritual que había en el joven rico se fue triste, porque fue mortificado.

Tenía una tendencia hacia Cristo, y tuvo que mortificar esa tendencia para mantener sus posesiones. Y se marcha. Cristo lo ha invitado; él no ha querido. Por sus apegos. También a éste le hubiésemos consolado nosotros fácilmente si le hubiésemos encontrado triste: ¿Por qué estás triste? ¡Ay! es que tengo que venderlo todo, darlo a los pobres… Imaginaos que le decimos: pues… no hace falta. Haz voto de pobreza y te quedas con todo, como antes. Y sólo nos das cuenta de cómo lo administras. Ya está. Ya te graduaremos un poco en ciertos gastos; ya está. Y es lo mismo. ¡Qué no es lo mismo! “Vendetodo lo que tienes y dáselo a los pobres”, -no a tus parientes- “a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos”. Aquí en la tierra, se acabó; no hay tesoros. Y entonces, vienes; sígueme, porque yo seré tu tesoro. Entonces me poseerás a Mí. Pues no, no, no; el joven rico no fue admitido, porque no se desprendió de sus riquezas y Jesús lo pedía.

Tercero.- Jesucristo llama, se ofrece, y el hombre responde. Son los Apóstoles. Y vamos a examinar y ver esta preciosidad del llamamiento de los Apóstoles. Parece que Cristo llamó a los Apóstoles en tres etapas. En la primera, más que llamarles, les admite a su intimidad. Son ellos los que vienen, y Él los acepta, los admite para que vean un poco la vida que hace. Un primer encuentro. Después los llama a más continua compañía en la pesca milagrosa; al menos había cuatro de ellos. Y por fin, los llama ya para ser sus Apóstoles.

Vamos a ir siguiendo esto para ver la figura de Cristo, que es tan amable; tan simpático… A veces le imaginamos como esas figuras bizantinas, que están serias… que parece que asusta, el pantocrátor. Pues no era así, no. Era simpático; les tomaba el pelo a los Apóstoles… Algunos dicen que no se rió nunca; pues yo creo que más de una vez, más de una vez. Tenía mucha gracia… y les tomaba el pelo a los Apóstoles. Y a ellos les gustaba mucho. Estaban muy a gusto con el Señor. Eso es una realidad. Estaban muy a gusto con el Señor. Y cuando les dijo que se marchaba, les parecía que se quedaban huérfanos. Eso supone un trato muy delicado de parte de Cristo. Pues bien; vamos a verlo así. Cuenta San Juan en el capítulo 1: “Los primeros discípulos” “Al día siguiente –dice- otra estaba Juan allí con dos de sus discípulos: Andrés y Juan Evangelista”. Estaban los dos con Juan Bautista. “Y viendo a Jesús que pasaba…”. Allí estaban los tres; y Jesús como si no supiese nada, un poco haciéndose el despistado… sucedió que pasó cerca; y pasaba como si no cayese en la cuenta de que estaban los tres; serio… adelante… Y lo ven pasar. ¡La hermosura de Cristo! “Y Juan cuando lo ve, les dice: He aquí el Cordero de Dios”. Lo que le había quedado del Bautismo. “He aquí el Cordero de Dios”. “Los dos discípulos al oírlo hablar así, se fueron en pos de Jesús”. -¡Bueno! Adiós. Y ellos detrás. ¡Qué ejemplo es el de Juan el Bautista! El hombre desinteresado y desprendido, que busca solamente llevar las almas a Cristo y está siempre señalando a Cristo: “Ese es el Cordero de Dios”. Y cuando se van todos detrás de Él, él queda contento, “porque el amigo del Esposo se alegra oyendo la voz del Esposo”. Y él tiene esa función. Y Cristo debe crecer y él disminuir. Y es fiel a su misión hasta dar su vida por Cristo.

Y allá se van los dos: Juan y Andrés. Pensad lo que significa en ellos este encuentro. Ellos que conocen el Antiguo Testamento, que conocen las profecías, se encuentran con el Mesías de carne y hueso. Ahí está. Y vamos a hablar con Él. ¿Sabéis lo que eso significa? Ahora tenían dentro un miedo… un respeto… una emoción… que no acababan de arrancar. Y el señor caminaba delante y los dos detrás. -Oye; dile tú, dile tú, diría Andrés a Juan. ¡Hala! Empieza; tú dile algo. Y el otro: No, no; dile tú que eres mayor. -Bueno; y, ¿qué le decimos? -Pues yo que sé qué le decimos. ¿Qué le preguntamos? Tanto es así, que el Señor les estaba oyendo bisbisear detrás, y que no acababan de arrancar. Y Jesús… “Volviéndose Jesús a los dos, y viendo que le seguían les preguntó: ¿Qué buscáis? Es la gran pregunta de Cristo siempre: ¿Qué buscas? Con tu caminar, con tu llorar, con tu reír, con tu trabajar, ¿qué buscas?, ¿qué estás buscando? Buscar sólo a Cristo, agradar sólo a Cristo; esa sería la respuesta ideal para Cristo: A Ti te busco, a Ti. Y ellos respondieron: -Maestro, ¿dónde vives?”. Nosotros venimos así… a estar… a estar… ¿Dónde vives? “Y Él les dice: venid y lo veréis”. ¡Hala! Venid conmigo. Y ellos, felices; con el Mesías. “Fueron, pues, y vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. Y Jesús les habló del Reino de Dios. Y ellos estaban pendientes de sus labios. Era entonces como la hora de las diez”, a las cuatro de la tarde. Y se quedaron. Felices.

Y lo que pasa siempre cuando uno se encuentra con Cristo: el deseo de llevar otras almas a Cristo. Eso es característico del encuentro con Cristo. Uno que se siente feliz quiere hacer felices a los demás. Y estos dos salieron con ese plan. ¡Eh!, al primero que encontremos, lo traemos aquí; al primero. Y salieron. “Uno de los dos que habían oído lo que dijo Juan y que siguieron a Jesús, era Andrés, hermano de Simón Pedro”. Andrés y Juan evangelista. “El primero con quien éste tropezó” –porque éste iba al primero que encuentre- “el primero con quien se tropezó fue su hermano Simón”. Simón era hombre de armas tomar, ¿eh? Simón era un jefecillo; éste tenía carácter de jefe; y se ve que allí en su pueblo, entre su grupo, entro los pescadores, mandaba él; se remangaba. Y se encontró con él. “Y le dijo: hemos hallado al Mesías. Y lo cogió y lo llevó a Jesús”. Ese es el apóstol: llevarlo a Jesús. Le llevó a Jesús. Él iría un poco prevenido: vamos a ver a este Mesías; vamos a ver. Tenía una mirada tremenda Pedro, ¿eh? Vamos a ver el Mesías. Y Jesús que le ve venir –que venía un poco tieso-, Jesús fijó los ojos en él –más fuerte que Pedro-, le mira a los ojos y le dice: “Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te vas a llamar Roca”. Y le gustó, le gustó. Este me ha entendido. Eso de Roca… Eso está bien. Bien, bien, bien; me quedo, me quedo. Este me ha entendido. Le pudo con su mirada. Y se acomodó a él. A Juan y a Andrés, los trajo a casa. A éste, al primer golpe: Roca. Muy bien. Eso me va bien.

“Al día siguiente determinó Jesús encaminarse a Galilea; y en el camino encontró a Felipe”. Felipín, majete… bueno… Este Felipe era un hombre culto, griego; el nombre es Philipos, griego. Un hombre culto, tímido… pero muy bueno. Y claro, pues… el Señor después le tomaba un poco el pelo. Se encontró con Felipe y le dice: “Sígueme”. Sin duda; sígueme. Porque si le hubiese dicho: si quieres venir… todavía estaría dudando, ¿eh?: Si será verdad, si no será; si me habrá dicho, si no me habrá dicho; si será sólo por cortesía, si no será. Estaría dudando hasta ahora. “Sígueme”. Y él como un corderito detrás. ¡Qué bonitas son las relaciones de Felipe con el Señor! Es simpático. Aquí le pasa igual. El primero con quien se encuentra él es Natanael, que es doctor de la Ley. Lo que les pasa a los tímidos, que se tropiezan siempre con las dificultades. A ellos les toca todo. Y a éste fue con Natanael. Pero aún en el resto de la vida. ¿Os acordáis cuando un grupo de griegos querían ver a Jesús, poco antes de la Pasión?, y se acercaron al grupo de los Apóstoles y tropezaron con Felipe y le dicen: “¡Señor! –se quedaría… ¿yo, señor? – “Queremos ver a Jesús”. Y él dice: ¡Ay va!, y, ¿qué hago yo ahora? Si les llevo y no le gusta, me echa una bronca… Y fue – lo que hace todo tímido- fue a Andrés, y le dice: oye, Andrés, éstos quieren ver a Jesús. Y entonces los dos juntos – con Andrés- al Señor. Dice: -ahora, si nos viene una bronca, para los dos.

Ya está tranquilo. “Y le dicen: Ahí hay unos griegos que quieren verte”. Y entonces tiene el Señor el gran sermón del grano de trigo. Y lo mismo le pasó en la multiplicación de los panes, cuando llegan allí al atardecer y le dicen los Apóstoles al Señor: Señor, mándales a casa que todavía no han cenado, y les dice el Señor: ¿Cómo…? No, no; tenéis que darles de cenar vosotros. ¡Cinco mil hombres que había allá! “Dadles de cenar vosotros”. Y Felipe se rascaba la oreja. -Pero, ¿qué ha dicho? ¿Nosotros? Estaba el pobre apurado. Y el Señor le dijo a él, a él: “Oye, Felipe, ¿de dónde sacaremos panes para todos éstos?”. Y dice San Juan que se lo dijo, tomándole el pelo, probándolo. Y el pobre Felipe dice: “Aunque tuviésemos un millón, no llega para que les toque a cada uno un currusco, un currusquín. Y entonces el Señor les da, les da. Que se sienten. Pero a Felipe le toma el pelo. ¿Por qué? Pues porque era tímido… tímido… se asustaba… Y así hasta la última cena, el pobre.

En la última cena estaba el señor hablando de aquellas grandezas: que voy hacia el Padre… y vosotros no sabéis el camino… Y Felipe -que no cogía el obre nada de aquello- le dice: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”. Tanta cosa… Y el Señor con un poco de ironía amable: -“Felipe, Felipe, ¿tanto tiempo conmigo como estoy con vosotros y todavía no me conoces?”. ¡Pobre Felipe! Se asusta… “Quien me ve a mí ve al Padre”. Pues éste es Felipe. Y el Señor le trata así… así… Lo mismo podíamos hablar de los demás. De Tomás; el hombre pesimista que encuentra el Señor. Es el hombre que tiene miedo de que le jueguen siempre alguna mala partida. Es el que dice: “Vamos también a morir con Él”, cuando Jesús les dice que van a Jerusalén. Y después de la resurrección, pues le pasó igual. Y el Señor le trató con inmensa paciencia. Pero se emperró lo mismo: a mí no me engañan, a mí no me engañan. Y por poco le cuesta el apostolado. Y el Señor también lo sabe tratar, y le dice: “Tomás, no seas incrédulo, no seas desconfiado, sino fiel”. Y lo cura también. Y así de cada uno de ellos. Los trata así.

Pues bien; al día siguiente Felipe halló a Natanael y le dijo: Hemos encontrado a aquél de quien escribió Moisés en la Ley y los Profetas: a Jesús de Nazaret, el hijo de José”. Y Natanael le dice: ¿Qué estás diciendo? “¿Pero acaso de Nazaret puede salir cosa buena? Si de Nazaret no está profetizado nada en los libros sagrados…”. ¡Pobre Felipe! ¡Menudo jarro de agua fría! ¡Al Doctor de la Ley! ¡Le tenía que tocar a él! Y entonces él dice: Bueno, bueno, mira; “Ven y lo verás”. ¡Hala! Vete, vete, vete. A mí no me vengas con líos. Ven y lo verás. Vete a hablar con Él. “Vio Jesús venir hacia Él a Natanael, y dijo de él… ¡Qué delicado es el Señor! No a él directamente. Dijo de él a los demás, pero de modo que él le oyese: “He aquí un verdadero israelita en quien no hay doblez ni engaño. Y Natanael le dice: ¿De qué me conoces? Jesús le respondió: antes de que Felipe te llamara, yo te vi cuando estabas debajo de la higuera”. Nadie sabrá jamás a qué se refería el Señor aquí, ¿eh?, jamás. Él lo entendió. Es esa delicadeza de Jesucristo. Tocar el punto: “cuando estabas debajo de la higuera”. Y Natanael: “¡Oh, Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel!” Le dice el Señor: “¡Pero hombre!, porque te he visto debajo de la higuera, ¿por eso crees? Mayores cosas verás cuando veas a los ángeles del cielo subir y bajar sirviendo al Hijo del Hombre”. Ya verás, ya verás. Les va introduciendo. Es el primer encuentro con Cristo con los Apóstoles.

Segundo. Les llama a más continua compañía. Esto lo describe muy bien San Lucas en el capítulo 5, que es delicioso, delicioso. Pedro, con su hermano Andrés, Juan y Santiago habían estado pescando toda la noche en el lago. Echa la red por aquí, echa la red por allá. Nada. Cogieron ramas y piedras… ¿Peces? Nada; ni un pez. Y cuando llegó la mañana y salió el sol, pues vuelta a casa; a limpiar las redes y a dormir.  Y estaban ellos allí limpiando las redes –unas barcas que no eran muy grandes tampoco, pero bien… buenas…-, y entretanto Jesucristo estaba ya predicando. Y estaba predicando allí cerquita del lago, y la gente se iba amontonando; y cada vez le empujaban más, le empujaban más, de modo que ya Él veía que el lago estaba detrás, que a la siguiente le tiraban. Y entonces dice… “Hallándose Jesús junto al lago de Genesaret, las gentes se agolpaban alrededor de Él ansiosas de oír la palabra de Dios”. En esto, vio dos barcas a la orilla del lago, cuyos pescadores habían bajado y estaban lavando las redes. Subiendo, pues, en una de ellas, la cual era la de Simón, le dice a Simón: Simón, ven aquí, trae la barca. Y Simón enseguida, obediente, sube arriba, cansado como estaba, mete las redes en la barca y… al sitio donde estaba el Señor. Rema. Le dice: -Ven aquí, ven aquí. Sube a la barca, y le dice a Simón: -Separa un par de metros. Separa un par de metros y dice: ya basta, quieto ahí. Y sentado en la barca, le hablaba a la gente. Ya no había peligro de que le empujasen. Estaba a una separación del agua… Perfectamente. Y les siguió instruyendo.

Acabada la plática -Pedro estaría con los dos o tres que tenía consigo, el grupo que estaba allí, oyéndole también sentados en la barca, con sueño, cansados; después, por no haber cogido nada, pues con mal humor, un poco de mal humor-; “Y acabada la plática dice Jesús a Simón: guía mar adentro”. Vamos a alta mar. Mar adentro. Mar adentro. Y a Pedro, eso no le haría mucha gracia, porque ya pensaba él que no iba a descansar. Y le diría: ¡Hombre! Bueno… si quieres… si quieres… Vamos allá; a coger los remos; mar adentro, mar adentro. Cuando estaban así, un poco fuera, un poco dentro del mar, les dice el Señor: “Echad vuestras redes para la pesca”. Y aquí Pedro le miraría al Señor un poco así…: -pero éste… qué bien habla y qué bueno es, pero de pesca… Yo creo que es de secano éste, de secano. Como es de Galilea éste… Le miraría un poco así y le diría: Señor, de pescar, se suele pescar de noche… de noche… Hemos estado toda la noche pescando y no hemos cogido nada; ¿y ahora vamos a echar con el sol? No se suele echar de día la red. “Y le dice: Maestro; toda la noche hemos estado fatigándonos, y nada hemos cogido”. Pero parece que le está diciendo eso, ¿verdad?: Señor, sí; pero de pesca… yo creo que no es tu fuerte ése, ¿eh?, pescar. Pero en fin… “No obstante, sobre tu palabra, echaré la red”. ¡Hala! Mira; me fío tanto… echo la red; por darte gusto, por agradarte a Ti Y echa la red. “Y habiéndolo hecho, empiezan a venir peces…” Y el Señor estaba tan tranquilo en su sitio; mirando.

Y Pedro se asomaba allí por le babor y el estribor; y mira, y peces que vienen por allá; y va al otro, y peces por el otro lado. Jamás había visto tantos peces juntos. Y tira de aquí, y la red llena. Y miraba, miraba al Señor, miraba los peces; estaba… Dice el Evangelio que “les había invadido el estupor; el asombro se había apoderado así de él como de todos los demás que con él estaban”. Veía por todas partes peces, peces. Y los pescadores ya saben dónde hay peces, y cuándo vienen los peces y cómo vienen los peces. Aquello no lo había visto jamás Pedro. Y el Señor tranquilo; miraba como si no pasara nada. Y Pedro asustado; los otros asustados; y hablaban entre ellos, tiraban… Y nada, que no daban abasto con las redes. Empiezan a sacar las redes, y peces… y que se iba a fondo la barca. Y entonces a pegar gritos a los de la orilla: que viniesen de la otra barca para sacar peces. Y el Señor tan tranquilo. “Hicieron señal a los compañeros de la otra barca que viniesen y les ayudasen. Vinieron luego y llenaron tanto las dos barcas, que faltó poco para que se hundiesen”. Y el Señor tan tranquilo. Dice que no entendía de pesca… -estaría Pedro diciendo- pero… Es decir, Pedro estaba viendo la Majestad de Dios. En Cristo estaba viendo el dominio absoluto que tenía. Para el pescador eso es claro. Para el que estudia en su mesa de trabajo, podrá decir que no es milagro absoluto, que a lo mejor los peces estaban ahí. ¡Pero si tú no has montado en una barca ni en figura! ¡Qué vas a saber cómo van los peces! Los peces saben cómo van, lo pescadores. Y él estaba asombrado. Eso no, no; no pasaba nunca. “Y viendo Simón Pedro, se arrojó a los pies de Jesús”. El pobre no sabía qué hacer ante aquello. “Y se arrojó a los pies de Jesús diciendo: Apártate de mí, Señor”. El hombre ante la presencia de la gloria de Dios se siente como indigno y desea alejarlo. “Apártate de mí, Señor, que yo soy un hombre pecador”.

Pero, Señor, si supieses lo que yo soy… ¡Qué hermoso es este gesto de Pedro! ¡Humilde! Soy un hombre pecador. Se sentía como indigno de aquella majestad de Dios que se había manifestado en ese portento de la pesca. Este no dice como el joven rico: “Todo eso lo he observado desde mi juventud”. “¡Soy un pecador, apártate!”. “Y es que el asombro se había apoderado, así de él como de todos los demás a vista de la pesca que acababan de hacer”. “Entonces, Jesús dijo a Simón: -No tienes que temer”. No tengas miedo, hombre, no tengas miedo. ¿Has visto lo que es pescar? Tú que te crees un gran pescador, ¿has visto? Bueno. Pues mira; esto, con hombres, ¿entiendes? Vas a ser pescador de hombres. Pero como te he dicho yo, ¿eh?: sobre mi palabra, sobre mi palabra. En las condiciones más desfavorables, sobre la palabra de Cristo, tú conseguirás pescar. En las condiciones más favorables, que a ti te parecían, sin mi palabra, no pescarás nada, ¿eh? Pues bien. ¿Has visto lo que es pescar? Con hombres. ¡Hala! De hoy en adelante, serán hombres lo que has de pescar. Así. “Y ellos, sacando las barcas a tierra, dejadas todas las cosas, le siguieron”. Dejando las redes y al padre; todo. El negocio; todo. No es que fuera en el mismo momento. Probablemente llegaron a tierra, pusieron en orden las cosas, confiaron el negocio al padre, y dejando el negocio y al padre, fueron con Jesús. Paso más definitivo; atraídos por la majestad de Cristo que se les ofrece a que vengan con Él, a la intimidad suya.

Último paso. El Señor los escoge ya como sus Apóstoles. Y esto lo cuenta Marcos en el capítulo 3, y también Lucas en el capítulo 4. Lucas, en el capítulo 6 insiste en las circunstancias en que elige el Señor a los Apóstoles. Las circunstancias fueron cuando más arreciaba la persecución; cuando empezaban ya a perseguir al Señor de una manera sistemática, y se aumentaba el odio y la animosidad contra Él, entonces se escogió a los doce consigo. Y lo hizo así. Subió una noche solo al monte a orar; para orar por sus Apóstoles. “Por este tiempo, se retiró a orar en un monte. Y pasó toda la noche haciendo oración a Dios” por sus Apóstoles: “Padre, los que me has dado los he conservado”. Le da al Padre sus Apóstoles. Y Él está en esa intimidad con el Señor. Contemplarle allí en la montaña, en la noche, en la oscuridad, solo, orando. “Así que fue de día, llamó a sus discípulos”. Y llamó –dice el Evangelio- “a los que Él quiso, a los que Él quiso” No a los que quisieron ellos. “A los que Él quiso”. “Llamó a Sí a los que Él quiso”.

Veamos esa escena: Jesús, que baja con esa riqueza interior de su oración de unión íntima con el Padre. Está la multitud abajo, en el monte, en los prados. Y Jesús empieza a llamarles uno por uno. “Los que Él quiso”. -“Simón, ven aquí”. Y Simón se separa del grupo; se pone junto a Él. “Andrés, ven aquí”. “Santiago, Juan, Felipe” Y van viniendo todos… uno a uno. Momento de emoción, que todo sacerdote recuerda cuando ha oído su nombre para la ordenación sacerdotal, y ha respondido: estoy presente. Uno a uno. Escogió doce. ¿Para qué? Para tenerlos consigo; para que estuvieran con Él y para mandarlos a predicar, “dándoles potestad de curar enfermedades y de arrojar demonios”. Esta es la vocación de los Apóstoles. Los llama el Señor a cada uno. ¡Qué grandeza de delicadeza de Cristo! Para estar con Él… Como en la misma vida religiosa: para estar con Jesucristo, para extender el reino de Cristo; para educar, para formar a Cristo en las almas. “Dándoles poder de curar enfermedades y expulsar demonios”.

Y ahí están los doce Apóstoles. ¡Qué planes de Cristo! ¡Cómo ha querido iniciar su apostolado! ¿Instituyendo una gran Universidad? No. ¿Escogiendo grandes lumbreras de ciencia? No. Pescadores… publicanos… pobres… ¡Los planes de Dios! Si hubiese escogido grandes hombres, se diría que la obra de Cristo era debida a los talentos humanos. Aquí nadie puede decir eso. Son hombres recios. Son pobres, enfermos, débiles, sin cualidades, aparentemente de ninguna formación, y el Señor tiene una paciencia infinita para tratarles, para irles formando con paciencia.

¡Cuánto, cuánto tiene que sudar el Señor! ¡Hay momento en que le salen con cada cosa! Y hasta el fin, nunca entendieron la cruz; nunca. Es famoso aquel pasaje en el cual el Señor después de haber disputado con los fariseos les dice: “Guardaos del fermento de los fariseos”. Dicen ellos: ¡Ay va! ¡Si nos hemos olvidado del pan! Por eso nos lo dice; no hemos cogido el pan. Les dice el Señor: Cuando Yo he multiplicado los panes, ¿os ha faltado pan alguna vez? ¡Pero cómo os voy a decir Yo eso! ¡Si estoy hablando del fermento de los fariseos que es la hipocresía! ¡Que no seáis hipócritas! -¡¡¡Ah!!! Y lo mismo en tantas otras ocasiones. Con Pedro, cuando se le acerca el que recogía el tributo del Templo y le dice: Oye, ¿vuestro Maestro paga? -¡Claro! Y el Señor le dice: “Mira, echa el anzuelo y al primer pez le abres la boca y encontrarás dos piezas, una para ti y otra para Mí; paga. Y cuando llega a casa le dice: Oye, Pedro, los reyes de la tierra, ¿de quién toman los tributos, de los hijos o de los súbditos? –De los súbditos. –Luego los hijos no pagan. ¡Hala! Aprende. ¿Para qué les has dicho que Yo pago?

 

Con una paciencia les forma; no le entienden, y vuelta y vuelta. Llega la última cena. Está hablando de que va a morir. Y a pesar de eso, Él les entiende y les dice: Vosotros estáis limpios, aunque no todos; pero estáis limpios; y vosotros habéis sido fieles, y habéis permanecido conmigo en mis tentaciones y os preparo un buen sitio en el cielo. Ese es Jesucristo.

Que nos entre muy dentro esto. Nuestra vida es para vivirla con Cristo, con ese Cristo, que es un caballero, tan amable, tan lleno de gracia y bondad, que sigue atrayendo y seduciendo. Que hoy recordemos tantos momentos en los que hemos experimentado la seducción de amor de Jesucristo. Como decía Carlos de Foucault, que pronto será canonizado: desde el momento en que conocí a Jesucristo, supe que solo podría vivir para Él.  Acabamos rezando.

 

Oh Dios, que en el corazón de tu Hijo,

herido por nuestros pecados,

has depositado infinitos tesoros de caridad;

te pedimos que,

al rendirle el homenaje de nuestro amor,

le ofrezcamos una cumplida reparación.

Por Jesucristo nuestro Señor. R. Amén