Mes del Corazón de Jesús basado en el Mes de Ejercicios del P. Mendizábal. DÍA VIGÉSIMO OCTAVO.LA MORTIFICACIÓN

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Hablábamos hace unos días de la reparación en sus tres grados, negativa, afectiva y aflictiva. Y decíamos en la aflictiva que la eficacia depende de dos elementos: la intensidad del sufrimiento y la dignidad de la persona que sufre, sea por penitencias voluntarias o por aflicciones de la vida. Los dos elementos son importantes; si cualquiera de ellos es cero, la eficacia es nula como reparación. Pero decíamos que lo más importante es la dignidad de la persona que sufre, su unión con Cristo.Vamos a detenernos hoy en estos dos aspectos. Y lo hacemos como cada día pidiendo luz al Espíritu de la Verdad.

Ven Espíritu Santo inflama nuestros corazones en las ansias redentoras del Corazón de Cristo para que ofrezcamos de veras nuestras personas y obras en unión con Él por la redención del mundo Señor mío y Dios mío Jesucristo, por el Corazón Inmaculado de María me consagro a tu Corazón y me ofrezco contigo al Padre en tu Santo Sacrificio del altar con mi oración y mi trabajo sufrimientos y alegrías de hoy en reparación de nuestros pecados y para que venga a nosotros tu Reino

Te pido en especial

Por el Papa y sus intenciones

Por nuestro Obispo y sus intenciones

Por nuestro Párroco y sus intenciones

DÍA VIGÉSIMO OCTAVO.LA MORTIFICACIÓN

Abordamos hoy este tema delicado pero muy importante para la vida cristiana. ¿Puede ponerse como regla de eficacia de reparación que cuanto más uno se imponga de sufrimientos y de penitencias, tanto más almas salva? No. Por una razón muy sencilla. Porque ese sufrimiento reparador tiene que ser un sufrimiento de Cristo en nosotros, y no será sufrimiento de Cristo en nosotros si está impuesto por nuestra propia voluntad. De modo que si una persona se aflige o hace penitencias grandes por su voluntad contra la moción de Cristo o contra la voluntad de Cristo, esas penitencias o esos sufrimientos no son reparadores; si es contra la voluntad de Cristo. Llama San Juan de la Cruz a eso, penitencia de bestias. Y con eso voy a indicar un poquito sobre estas normas de mortificación, que tienen que ser prudentes y tienen que ser dependientes de Cristo y agradables a Cristo.

La penitencia o mortificación se puede distinguir en mortificación interior y exterior. La MORTIFICACIÓN INTERIOR es la más importante. Por ejemplo debemos mortificar, es decir dar muerte en nosotros a multitud de FANTASÍAS y PENSAMIENTOS, que van secando nuestra vida interior y hacen que la persona no viva en la realidad, sino que siempre esté, o en el pasado, o en el futuro, o en otro mundo. Hemos de saber rechazar tambien muchos RECUERDOS que nos distraen. Algunos, agradables como  triunfos pasados, victorias pasadas, éxitos, cualidades, actuaciones que uno ha tenido en la vida pasada. Aun en cosas espirituales, allá van: mis tiempos pasados. Cuando éramos jóvenes, ¡oh!, ¡entonces sí que iban bien las cosas! Está uno dando vueltas ahí. O recuerdos desagradables para justificarse. “Aquello me salió mal, pero no fue por culpa mía; porque si a mí entonces me hubiesen hecho caso, como yo decía, aquello hubiese salido bien”. Siempre la culpa la tienen otros. No vivir en el pasado sino lo justo y necesario para sacar enseñanzas, repitiendo lo que fue un acierto y evitando lo que fue un error. Pero no vivir constantemente en los tiempos pasados, evitando el presente. Lo mismo, en COSAS FUTURAS. Y no sólo futuras, sino futuribles… o puramente posibles, fingiéndose que uno se encuentra en triunfos: cuando construya tal cosa o cuando haga tal labor. Suelen ser triunfos o éxitos, en los cuales uno vive una verdadera novela de la que uno es protagonista. O a veces cosas futuras que nos atemorizan y que quizá nunca ocurrirán. Hay personas que viven de esos miedos al futuro sin confianza en Dios. Es bueno tratar de mortificar todo eso porque nos impide vivir el presente de corazón.

También se debe mortificar interiormente LA SUSCEPTIBILIDAD, que es la sensibilidad exagerada en ciertos puntos, donde le tocan a uno. Y uno es demasiado sensible a esto, demasiado susceptible. Se pone en guardia enseguida por esas pequeñas cosas, que no soporta y que le irritan desproporcionadamente. Apenas tocan ese asunto salta, “es que yo pierdo los estribos”. Ahí está la susceptibilidad. Ahí es un gran campo de mortificación. La mortificación también puede llevarse a LA PROPIA OPINIÓN. Saber mortificar la propia opinión considerándola como infalible y a la que todos tienen que doblegarse. Más o menos tenemos esa tendencia a decir: “Hablé yo, y basta. Cuando yo he hablado, nadie tiene que chistar. Se ha acabado. Hablé yo, y basta”. Aquí se puede mortificar mucho. Preferir -esto es muy costoso, ¿eh?, esto que voy a decir ahora, pero es un campo de mortificación interior- preferir que en la práctica predomine la opinión de otro antes que la mía; y pretender siempre el bien de la caridad auténtica, la caridad. Otro campo muy bueno de mortificación, sobre todo cuando se tiene que trabajar en una vida de Comunidad,  ya sea una familia o un colegio o una parroquia, es el de saber SOMETER LA PROPIA ACTUACIÓN AL BIEN DEL CONJUNTO, y no pretender que todo el conjunto sirva a mi actuación. Yo soy un elemento; un elemento que fácilmente me someto al bien del conjunto. Y más para los valores superiores. Saber ceder mi tiempo para temas religiosos o de apostolado, y no sólo para deportes o para espectáculos, sino para lo religioso. Y aquí es donde se suele ver el espíritu de la vida espiritual de una familia o de un grupo. Y por último, pero no por ello menos importante, la mortificación de los estados de ánimo. A veces mi decaimiento o tristeza o cansancio,  condicionan demasiado mi actuación. Recordemos lo que dijimos de la vida de Nazaret: mi cara es de los demás. Saber sonreír aunque sienta tristeza o aburrimiento. Si estoy de bajón, pues me pongo a cantar y a silbar hasta que se levanta ese estado de ánimo. O al revés, cuando estoy de subidón, todo el mundo tiene que estar al retortero de mi ímpetu, sin respetar su silencio o su necesidad de descanso. Lo mismo con el ritmo, saber mortificar mi velocidad excesiva o mi parsimonia si conviene a los demás.

Pero no basta la mortificación interior; hace falta también aplicar la mortificación exterior. Difícilmente puede mantenerse una vida espiritual, si no está alimentada por mortificación exterior voluntaria; difícilmente. Y suele ser característico que, cuando una persona pierde el fervor religioso, la primera cosa que suele dejar son las penitencias exteriores. Y es muy comprensible. Porque las penitencias exteriores son tan contra el sentido humano, y se entienden solamente en el sentido espiritual hasta tal punto, que cuando falla ese sentido espiritual parecen absurdas, y por lo tanto, no aguanta, no resiste. Y al contrario, basta muchas veces restablecer la penitencia exterior moderada, conveniente, para que también la vida interior se restablezca. Hay una conexión íntima; eso está muy claro. -Es que en la Escritura no se habla. -Ya lo creo que se habla. El ayuno es siempre penitencia exterior voluntaria, y dentro del ayuno se entiende lo que ellos llamaban vestirse de ceniza y cilicio, que era como una vestidura tosca, generalmente hecho de pelo de cabra negra.

No es raro encontrar hoy el criterio de que la penitencia está anticuada, que lo importante es cumplir con el deber. Como si hasta ahora los que hacían penitencia no cumpliesen con el deber. Y con eso llegamos a que aún en Cuaresma no tiene uno que privarse de nada. ¿Por qué va a dejar el cine o las bebidas alcohólicas en Cuaresma? Pues que cumpla con su deber; esa es la penitencia: cumplir con su deber. Pues no; no. Aquí hay unos principios que se repiten y que son falsos. Y uno de ellos es éste: “primero la obligación y luego la devoción”. Vamos a explicar en qué sentido esto es verdadero y en qué sentido no lo es.

Sería falso que uno dejase la obligación por la penitencia; sería equivocadísimo. Por lo tanto, toda penitencia que impide el cumplimiento del propio deber, es mala, no es buena, no es agradable a Dios. Esto es clarísimo. Ahora, que yo no voy a hacer penitencia hasta que cumplo perfectamente todo mi deber… entonces no la hará nunca en su vida, jamás; no la hubiese hecho nadie, porque ya tenemos trabajo para irnos perfeccionando siempre. Y al contrario, la penitencia se hace muchas veces para obtener gracia de Dios para cumplir perfectamente el propio deber. Y como no llego a ello, pues entre otros medios, empleo también éste. De modo que eso no se debe decir así; no es verdad.

También algunos dicen: “Es que yo cuando hago penitencia, siento debilidad. El día que yo ayuno, siento debilidad”. -¡Pues es natural! ¿Para qué ayuna usted? ¡Toma! -¡Ah!, es que yo creía que, se ayuna y hay que tener las mismas fuerzas. Pues para eso… El ayuno consiste no en lo que a uno le cuesta en el momento de comer; eso sería mortificación de la gula, mortificación del gusto; sino la penitencia, el ayuno, está en esto: en que cuando se ayuna, uno está con menos fuerzas en el día, y esta es la penitencia; está el cuerpo mortificado. Es como en el sueño. La penitencia del sueño, cuando se acorta -que ya indicaremos que no conviene hacerlo-, cuando se hacen vigilias, velas por la noche, la penitencia –que es terrible-, es que después está uno todo el día medio vivo y medio muerto. Como aquel Padre que yo conocía que no dormía casi nunca, y dormía todo el día después. Estaba siempre medio despierto; no se sabía nunca si acababa de estar despierto o durmiendo. Porque iba usted a hablar con él, y a todo decía que sí, que sí. Y es dolorosísimo para el que habla con él también. Pero es un sufrimiento enorme. Esta es la penitencia del sueño. Porque si después estoy tan tranquilo todo el día, pues no es penitencia; me cuesta en el momento un poco, pero después… Esta es la penitencia del sueño y la penitencia del ayuno: es esta debilidad que se siente. Por eso dice San Ignacio: si no se corrompe el sujeto o se sigue enfermedad notable, notable. No que se sigue debilidad, eso ya se sabe. -Cuando ayuno, me duele la cabeza. Pues bueno, ya se supone. Eso es ayuno. Ahora, si es una cosa que no le deja trabajar en absoluto, que falta a su deber, pues quiere decir que no la debe hacer. Pero que sienta uno un poco de debilidad, eso es normal.

Y después no hay que tener miedo, que no quitan tanto la salud, no. Yo, por ahora, no he visto a ninguno que se haya matado por penitencias; hasta ahora. Puede ser que en la historia haya habido, pero en los momentos presentes, no he encontrado a ninguno. ¿Cómo llevar esto? En general, en materia de penitencia, la norma es ésta: una austeridad de vida; no una vida confortable, sino austeridad de vida. No, en general, un día de ayuno y luego al día siguiente me vengo, al día siguiente me pongo hasta la bandera. Ayer lo pasé mal, pero hoy…  me saco la espina y me doy un homenaje. Más conviene lo otro: una vida austera constante, que no altibajos; momentos de grande austeridad, después viene la venganza. Esta penitencia hay que aplicarla particularmente tendiendo a la perfección de nuestra propia vida. Ese es el modo de orientarlo en su base. Por eso, la penitencia se puede realizar en la intentar hacer lo que hacemos con más perfección, con más amor y eso es una excelente penitencia exterior. Mis deberes familiares, en el estudio, en mi trabajo. Y en la vida sacerdotal o religiosa en la vivencia de la pobreza, en la castidad, en la obediencia; ahí, por ahí; lo que ahí pueda ser austeridad de vida, lo que ahí pueda ser mortificación que uno voluntariamente se impone en la línea de esa vida que tiene que vivir.

Después, respecto de la comida, ¿qué normas hay que seguir? San Ignacio propone en los Ejercicios las reglas para ordenarse en el comer; ya en sí, el aplicar eso supone una cierta mortificación. Buena norma general es la de no guiarse por el gusto. Quizás en algunos casos guiarse inversamente al gusto. Y así a algunas personas no se les conoce. Hay gente que suele estar muy atenta: a ver a este Padre qué le gusta. Y muchas veces no aciertan. Pues a ver; le ponen esto, a ver si come mucho o come poco. Y a lo mejor van al revés. Ya me decía allí el P. Segarra de uno que conocía él, que llevaba esa norma, y creyeron que le gustaba mucho y le pusieron todos los días lo mismo. Y él había comido por pura mortificación.

Si repugna una cosa, ¿qué hacer en la mortificación de la comida? Si repugna por un acto, un momento concreto, dejarlo, dejarlo. Si es una cosa habitual: es que a mí este manjar me repugna en general, entonces conviene consultarlo. Dios ha permitido en muchos santos que tuviesen cierta repugnancia a ciertas cosas, que nunca han llegado a superar. Y por eso no se puede dar el consejo: lo contrario; no. Hay algunas repugnancias insuperables, naturales insuperables. Santa Margarita, San Juan Berchmans, tenían una repugnancia grande al queso, y hay que estar en Roma para saber la penitencia de San Juan Berchmans. Porque en Roma todo se come con queso, todo. Queso en la sopa, queso en los macarrones, queso solo, después queso en el postre… De modo que si uno tiene repugnancia, pues está listo. Por lo tanto, consultar; no siempre conviene vencerlo. A veces, pues es mejor renunciar, dejarlo.

El mismo San Francisco de Borja –que es curioso-, con toda la penitencia que hacía aquel hombre, aquella austeridad que tenía, nunca consiguió decir la Misa con un cáliz que hubiese usado otro, nunca; no podía; por ahí no. Y llevaba su cáliz siempre. Son esas cosas que Dios permite. De modo que en eso hay que tener un poco de humildad también. En el sueño no conviene, dice San Ignacio, disminuir habitualmente del sueño conveniente para hacer penitencia, mortificación. Se puede, dice el mismo San Ignacio, disminuir en la comodidad del sueño; y en todas estas cosas, como dice el mismo San Ignacio, no es penitencia quitar de lo superfluo, sino que es penitencia quitar de lo necesario o conveniente. Y cuanto más y más, mejor y mayor penitencia, con tal de que no se corrompa el sujeto. En cambio, en la cantidad, no, porque no hay cosa que debilite tanto la cabeza como la falta habitual de sueño. No por una vez. Alguna vez esporádicamente, eso no significa nada, pero habitualmente, no. Debe ser la cantidad normal. Esto como normas prudenciales.

La puntualidad en el sueño es una buena mortificación. No tener miedo de tener una cama dura. En eso no hay que tener miedo; que aquí los médicos son muy generosos. Los médicos dicen que es muy sano la cama dura, muy sano. Aunque los médicos suelen tener altos y bajos, y hay temporadas en que están defendiendo que es bueno ayunar; a los pocos días dicen que es muy malo ayunar; como suelen decir que los tomates son muy buenos; al poco tiempo dicen que los tomates son muy malos, que hacen mucho daño. Pero vamos; creo que en general suelen decir que el dormir duro, no perjudica la salud aunque sí es molesto. Ahí también se puede uno mortificar.

La penitencia exterior es de buen espíritu, y hay que considerarla siempre de buen espíritu, si no es en casos raros de personas anormales que tienen una tendencia en eso a la victimación morbosa. Pero normalmente es de buen espíritu. Todos los santos han practicado penitencias exteriores. No hay que despreciarlo; es buen espíritu. Ahora, hay que examinarlo y comprobarlo con consejo para ver si es de Dios. Una persona puede pedir razones para eso. Yo deseo hacer esto extraordinario. ¿Por qué? ¿Qué me mueve a ello? Y ver si realmente esa moción es de Dios. Esto como ciertas normas para la vida de mortificación. No meramente aplicar; cuanto más me sacrifico, tanto mejor, no. Tiene que ser según la voluntad de Dios, porque sólo ese sacrificio es eficaz.

Esta intensidad de sacrificio nuestro, tiene que ser realizada -decíamos- en una persona que tiene la dignidad; que está unida a Cristo. Esa dignidad existe ya desde el momento en que un alma está en gracia de Dios, pero se aumenta cuanto más actualmente une sus propios sufrimientos al sufrimiento de Cristo.

 

Decía el Papa Pío XI en la Encíclica “Miserentissimus”: No hay que olvidar nunca que toda la fuerza de la expiación pende únicamente del cruento sacrificio de Cristo, que por modo incruento se renueva sin interrupción en nuestros altares”. De modo que Jesucristo ofreció su expiación infinita en la Cruz. Pero la expiación de Cristo no excluye nuestras expiaciones. No es que sea una injuria a Él el ofrecer nosotros; ya lo ofreció Él; no excluye nuestras expiaciones; como por otra parte, tampoco los méritos de Cristo excluyen nuestros propios méritos, aunque siempre es cierto que nuestra satisfacción tiene valor, solamente en cuanto se une a las satisfacciones de Cristo. Separada de ellas no tiene valor nuestra satisfacción, como nosotros no tendríamos méritos, separados de los méritos de Cristo; pero son nuestros también. El Concilio de Trento lo dice expresamente: “Nuestra satisfacción es tal, que es por Cristo, en quien satisfacemos haciendo dignos frutos de penitencia, que tienen su fuerza de Él. Por Él son ofrecidos al Padre”. Así es. Todo es en Cristo. Por Él, con Él y en Él.

Esta unión con las satisfacciones de Cristo se hace más íntima y más perfecta sumando nuestro sacrificio al Sacrificio de la Misa. Y aquí tenemos la Santa Misa como síntesis de toda nuestra vida de unión con Cristo.

Un sacerdote joven llegó de párroco a un barrio de París, y lo recibieron con una lluvia de piedras. Una de ellas le dio en la frente, y cayó en tierra manchada de sangre. El sacerdote se inclinó lentamente, y tomando la piedra, la levantó diciendo: “Esta piedra será la primera piedra de la iglesia que voy a construir en este barrio”. Y así fue; la puso como primera piedra; la piedra ensangrentada con su propia sangre. Eso es un símbolo de la Iglesia universal, que está edificada toda ella sobre una Piedra ensangrentada, sobre el sacrificio sangriento de Jesucristo. Pero en esta Iglesia, no solamente la Piedra fundamental es un sacrificio, sino que cada una de las piedras que se van sobreponiendo, cada una de las piedras vivas, que son los miembros del Cuerpo de Cristo, forman un nuevo sacrificio, todas son sacrificio. Es un hermoso símbolo de esta realidad de la Iglesia el de algunos templos votivos construidos con los sacrificios de los fieles. Así me parece que está construido el Tibidabo; cada una de las piedras supone un sacrificio de un cristiano. Las limosnas que se ofrecían no se admitían si no eran fruto de un sacrificio. No basta que uno diga: yo doy ese dinero, sino tiene que ser el dinero que uno ha ahorrado al privarse de un placer, de una diversión, de un gusto. Es el sacrificio por amor de Cristo el que va construyendo el templo. Y en esta construcción, los más nobles sacrificios son los que ponen las joyas y piedras más preciosas y más cercanas al Sagrario mismo de Jesucristo.

El en Antiguo Testamento, Moisés, cuando llegó el momento de construir el Tabernáculo, convocó a la multitud y les dijo: “Que cada uno ofrezca de lo que pueda según le dicte su corazón”. Y entonces ellos fueron trayendo según la generosidad de cada uno sus perlas preciosas, su oro, sus joyas, todo. Pues con mucha más razón en el Nuevo Testamento, Jesucristo nos dice: “Que cada uno ofrezca de sus dones según lo que le dicte su corazón”. –Sabrosamente lo comenta Orígenes. Dice así: “Justo es que cada uno ponga de su parte en el Tabernáculo del Señor. Ni ignora Dios lo que ofrece cada uno. Qué gloria para ti si se puede decir en el Tabernáculo del Señor: El oro que cubre el Arca del Testamento es de ése; la plata de las basas de las columnas es de aquél; el bronce de los candelabros, de aquél; y así de cada cosa. Y al contrario, qué vergüenza, si cuando venga el Señor a contemplar su Tabernáculo no encuentre en él nada que hayas dado tú, nada que hayas ofrecido tú”. ¿Tan indevoto, tan infiel has sido que no has dejado ningún recuerdo en el Tabernáculo del Señor? Si el Señor cuando venga encuentra algo tuyo en su Tabernáculo, te defenderá y te dirá: “Suyo”. Y termina con esta preciosa oración de Orígenes: “Señor Jesús, concédeme que sea digno de ofrecer algún presente para tu Tabernáculo. Yo quisiera, si fuera posible, que hubiese algo mío en el oro con que se fabrica el propiciatorio, y si no tengo oro, al menos que pueda ofrecer algo de la plata de las columnas, o al menos bronce. Pero si todo esto supera a mis posibilidades, que al menos sea digno de ofrecer la lana de mis cabras en tu Tabernáculo; al menos esto”. Es la posición también de San Jerónimo, que no teniendo que ofrecer nada al Niño Jesús en la cueva de Belén, le ofrecía sus pecados. Si lo hago así, al mirar a la Iglesia, la miraré con mucho cariño porque hay algo nuestro, hay algo de nuestro corazón en ese edificio espiritual imponente. Y lo miramos como quien tiene parte de su propio tesoro. También en la Iglesia hay algo mío, hay algo de mi corazón. Más o menos, según lo que me haya dictado mi corazón o el Corazón de Cristo; pero siempre algo de mi sacrificio, algo de sangre de mi corazón.

Cada piedra es, pues, un sacrificio. Pero cada una de las piedras sacrifícales tiene que estar unida a la Piedra fundamental. Mi sacrificio tiene que estar unido al sacrificio de Cristo. Y esto se realiza especialmente en la Santa Misa. La gotita de agua tiene que unirse al vino. Esa pequeña ceremonia tan impresionante, con una oración de San León Magno que todavía se reza en ese momento. En tiempo del Concilio de Trento hubo reformadores que querían suprimir esa ceremonia porque decían que quitaba dignidad al sacrificio de Cristo. Y entonces el Concilio de Trento mandó que no se suprimiese, sino que se retuviese esa ceremonia por su simbolismo profundo, y que cometería pecado mortal quien la dejase deliberadamente. Sin eso no se puede decir Misa, sin esa gota de agua por la riqueza de su significado, porque significa nuestra cooperación al sacrificio de Cristo.

Y, ¿qué hace esa gota de agua en el vino? Se lo decía yo -dice el P. Mendizábal- a un campesino por tierras de la ribera de Navarra, y me responde: “¿Qué hace esa gota? Estropear el vino”. Y es así; esa gota de agua no hace más que estropear el vino. Nuestra cooperación junto a la de Cristo, ¿qué es? Nada, nada; la estropea. Y sin embargo, esa pequeña gota, que el Señor ha querido que sea necesaria para su sacrificio, nuestra colaboración con Él, nuestra cooperación con Él. Mi sacrificio tiene que unirse al sacrificio de Cristo; es muy pequeño; una gotita de agua; pero necesario. Y ese vino con la gotita de agua de mi cooperación sacrificial, muy pequeña, pero necesaria, queda transformado en la sangre de Jesucristo. Me ofrezco, pues, a mí mismo en la Santa Misa. Yo ofrezco mi sacrificio y el sacrificio de Cristo, y Cristo ofrece su sacrificio y mi sacrificio. Y así fundidos en el fuego del único sacrificio, nos unimos más íntimamente el uno al otro, y unidos subimos al Padre. Y como coronación de este sacrificio, el mismo Señor viene a mí en la Comunión para habitar en mí y transformarme en Él. Es la Misa.

Nuestra vida es un sacrificio constante, que dura todo el día. En la carta a los Romanos decía San Pablo: “Ofreced vuestros cuerpos como sacrificio vivo”. Y comentando este pasaje dice San Juan Crisóstomo: “¿Cómo se hace nuestro cuerpo sacrificio?” Y responde: “No mire tu ojo nada malo y se ha hecho sacrificio; no hable tu lengua nada indigno y se ha hecho sacrificio”; y así va recorriendo todos los miembros. Y San Bernardo decía: “La castidad en la juventud es un martirio sin sangre”. Y si eso es ya un martirio -el no pecar- ¡qué será el hacer de nuestros miembros dóciles instrumentos de Cristo en amor! Y este mártir, que es cada cristiano, cada católico, se acerca cada mañana para ofrecer el sacrificio de Cristo, al que añade la gota de agua de su propio martirio; todos los días.

Y así también cada Misa es además el ofrecimiento incruento del día que comienza, es decir, el ofrecimiento incruento del nuevo martirio del día que empezará. Es lo mismo que en el Cenáculo. Fue deseo expreso de Jesucristo que el Cenáculo estuviera muy bien adornado para el ofrecimiento de la primera Misa. En aquella sala profusamente iluminada y decorada ofreció su sacrificio incruento; pero ese sacrificio incruento señalaba la proximidad y el comienzo del sacrificio doloroso y sangriento del Calvario. Horas más tarde las luces se habían apagado ya, y en las tinieblas exteriores del Huerto empezaba a tener lugar el sacrificio cruento. Y así también es nuestra Misa. Vamos a la Misa revestidos de ornamentos preciosos y adornamos nuestros altares. Estamos celebrando nuestro sacrificio, nuestro ofrecimiento incruento. Luego se apagan las luces, dejamos los ornamentos y comienza la realización sangrienta de lo que hemos ofrecido ya incruentamente. Porque en la Misa no ofrecemos sólo nuestras cosas, sino que nos ofrecemos a nosotros mismos como víctimas con Jesucristo. Y esa víctima será sacrificada a lo largo del día. Tenemos que caer ya en la cuenta de esto. Que no nos pase lo que sucedió a un alma muy buena, que estando ya en el lecho de muerte repetía, después de muchas enfermedades: “Ahora caigo en la cuenta de que en mi vida sólo ofrecía sacrificios, pero aún no había comprendido que debía hacerme yo misma sacrificio”. Que el Señor nos dé luz para comprender desde ahora, sin tener que llegar para eso al fin de nuestra vida: hacernos sacrificio.

El sacerdote al fin de la Misa da la bendición. Esa bendición que en el Nuevo Testamento es una cruz. En el Antiguo Testamento la bendición era en la abundancia de animales, en la abundancia de campos, de frutos de la tierra. La bendición del Nuevo Testamento es una cruz hermosa, grande, que aceptamos signándonos también nosotros y aceptando la cruz sobre nosotros. Y ahora comienza el sacrificio cruento. Y mañana de nuevo, este mártir de Cristo vendrá otra vez a mezclar su gotita de agua con el vino del sacrificio de Cristo, para unirse con Él en el mismo sacrificio. Así tenemos al cristiano, mártir de Cristo que ofrece cada día el sacrificio de Cristo.

Acabamos rezando

Oh Dios, que en el corazón de tu Hijo,

herido por nuestros pecados,

has depositado infinitos tesoros de caridad;

te pedimos que,

al rendirle el homenaje de nuestro amor,

le ofrezcamos una cumplida reparación.

Por Jesucristo nuestro Señor. R. Amén