Miseria y Misericordia

Luis María Mendizábal. S.J

En esta meditación vamos a hacer sólo una indicación sobre los números 11 y 12 de la Encíclica. Luego vamos a tratar de aplicar a nosotros mismos lo que hemos indica-do, según la expresión de los números 9 y 10, tomando es-te momento de los Ejercicios como momento de nuestro reconocimiento del pecado y de nuestra inmersión en la misericordia del Señor. Los números 11 y 12 hablan de la misión de la Iglesia y del cristianismo, y por lo tanto es una visión más general, más amplia. Pero sin duda podemos también aplicarla a nosotros. Por ello, aplicando lo que acabamos de indicar de «la dimensión humana de la misión de la Iglesia», diríamos algo así como cuando tenemos que hablar de nuestra proyección evangelizadora, de la misión que cada uno de vosotros tiene en su familia, en su ambiente, en la sociedad.

Es una aplicación de esa «dignidad del hombre»: aprendemos nuestra propia dignidad, la dignidad de todo hombre que es buscado por Cristo, contemplando el amor de Cristo. Es lo que hemos visto anteriormente. Y así nosotros, en nombre de Cristo, hemos de buscar a cada uno, tenemos que vivir ese respeto a la dignidad de los demás. Es-te es el fondo de la vivencia cristiana de la caridad.

Como puntos más salientes de este aspecto, tendríamos en el párrafo primero, la referencia al diálogo: la conciencia se forma en el diálogo; es evangelización, trato con los demás-llamémoslo así, trato con los demás-, pero que tiene que estar empapado de esa estima. Por eso dice el Papa: ese diálogo, antes de hacerse coloquio, debe dirigir propia atención al otro.

El Papa lo aplica a la Iglesia en el diálogo que ella die que mantener con aquellos a los que lleva el Evangelio: otros cristianos e incluso las religiones no cristianas. proposición que el Papa hace es ésta: las diversas religiones, tal como el Concilio mismo había dicho, son interlocutores en el trabajo de evangelización. El diálogo no debe considerarse como una simple imposición de la palabra: que se dirige, sino que debe hacerse como hacía el Señor el Señor habla con la samaritana, y no le dice: tú calla ahora escucha, yo tengo mucho que decirte. Habla con ella y ella le contesta y le hace preguntas. Él le responde, le insinúa los caminos de la salvación, y luego queda la libertad de la persona, aceptarlos o no. Lo mismo, cuando Jesús habla con Nicodemo en aquella noche, él pone sus argumentos. Nicodemo pregunta, El responde, él vuelve a insistir. Es un diálogo. Pues bien, es bueno tomar conciencia de esto; en la educación no se trata de: tú, ahora, a callar, yo te digo esto, esto, y esto, ¡ya está! No se trata de eso. Se ha tomado más conciencia de eso, respecto de la otra persona, en la forma de la conversación evangélica y debe preceder a esa conversión evangélica la estima, la atención que se presta a ese hombre.

En el párrafo tercero se indica: «En Cristo y por Cristo, Dios se ha revelado plenamente a la humanidad y se ha acercado definitivamente a ella». Es el elemento divino: se ha acercado Dios a ella, y al mismo tiempo, en Cristo y por Cristo, el hombre ha conseguido plena conciencia de su dignidad, de su elevación, del valor trascendental de la propia humanidad, del sentido de su existencia. O sea, que lo que hemos visto ya en los números anteriores, aquí lo repite el Papa, y dice: hay una conciencia de la dignidad del hombre, dignidad que no es orgullo, dignidad que no es tampoco desprecio de los demás, en absoluto, no es independencia de Dios. Pero precisamente a la luz del misterio, se ha obtenido este modo de conciencia de la dignidad y elevación del hombre.

Ahora bien, -dice el Papa-como tenemos que evangelizar es necesario unirnos en lo que tenemos de común, es decir, en el anuncio del misterio de Cristo. Que partamos de la unión que ya existe, aun cuando todavía no sea plena. Pero no acentuemos la separación. Admitamos la unión en el anuncio del misterio de Cristo, en la revelación de la dimensión divina y humana de la Redención. En este punto nuclear unámonos a El, para que nos mantengamos así en la lucha, con perseverancia incansable, en favor de la dignidad que todo hombre ha alcanzado y pue-de alcanzar continuamente. Nos exhorta diciendo que es-te trabajo es un trabajo duro, y recuerda la frase evangélica: «El Reino de los cielos está en tensión, los esforzados lo arrebataron; los hijos de este siglo son más avisados que los hijos de la luz». Y nos impulsa a una especie de batalla que tenemos que librar, mediante la cual tenemos que lanzar-nos a comunicar las riquezas de Cristo a este mundo.

Por fin, en el número 12 habla de la libertad del hombre. No están separados los dos números. La indicación es ésta: en esta unión para la misión, todos los cristianos deben descubrir lo que les une y el magnífico patrimonio del espíritu humano que se ha manifestado en todas las religiones. Quiere decir esto que, unidos nosotros en esa riqueza del misterio de Cristo, con su dimensión divina y humana con el conocimiento de la dignidad del hombre, nos acercamos juntos, en ese diálogo, al magnífico patrimonio del espíritu humano que se ha manifestado en todas las religiones. Aquí sí que nos da una especie de enfoque de la vida, al que muchas veces somos reacios. Supongamos una religión, el Brahmanismo; decimos: el Brahmanismo es diabólico, vamos a llevar el cristianismo arrasando eso que hay ahí. Puede haber esta tendencia en nosotros. En su grado vale lo mismo del odio al pecador. Es el enemigo alejado de Dios, separado, totalmente desprendido de Dios, y yo ahora voy a deshacer lo que es ese hombre.

En cambio, el Papa insiste, con el Concilio, en que esa visión no es correcta. En todo hombre Dios está trabajan-do. En todo hombre hay una obra de Dios y de la gracia; la evangelización no va a destruir lo que hay, sino a unificar y llevar a perfección algo que está ahí. Esta visión es suma-mente importante para mantener la caridad y para mantener la postura misionera, dice el Papa. De la misma manera también tenemos que acercarnos a todas las culturas, a todas las concepciones ideológicas. No es algo que hay que arrasar, de ordinario es fruto del espíritu humano puesto por el Señor, que hay que purificar y elevar. Por lo tanto, yo no me acerco a un enemigo, sino a un imperfecto amigo. Es postura que afecta a la disposición del corazón. Esto sí que nos puede pasar mucho en nuestra vida real, en nuestra vida diaria. Somos fácilmente extremosos en eso, y si ese es enemigo, puro enemigo, o él prevalece o prevalezco yo.

Pero la postura de la Iglesia tal como en el Concilio Vaticano II se ha expresado es esta: Dios trabaja en esa persona. Ese concepto se ha mezclado muchas veces: junto con elementos preciosos de la misma razón humana, con desórdenes y errores. Yo me debo acercar para tratar de iluminarle y llevarlo a perfección, purificar sus errores y elevarlo a un nivel superior. Así nos aproximamos a todos los hombres de buena voluntad -si él me reconoce que está de mala voluntad, ya es otra cuestión-. Yo voy a todos los hombres de buena voluntad, con aquella estima, respeto y discreción que desde los tiempos de los apóstoles distinguía la actitud del misionero. Ý así vemos a San Pablo predicando en el areópago de Atenas y lo hace con sumo res-peto; no les dice: estáis equivocados de arriba abajo, estáis sumergidos en un error donde no hay nada que salvar. No les dice eso, sino «veo que sois religiosos, veo que habéis puesto incluso un altar al Dios desconocido», al Dios que es superior a todo conocimiento; pues bien, yo vengo a hablaros de ese Dios al cual sin conocer estáis adorando. Es verdad que fue un fracaso para San Pablo, pues se rieron de él, pero nos indica la actitud interior con que uno se debe acercar. Esta es la actitud necesaria para todo misionero. El gran secreto del bien que nosotros podemos hacer a los demás es que vean que nosotros los estimamos. Y está demostrado que nadie puede hacer bien a otro si este no se siente estimado por el primero, incluso en todo lo que es ayuda espiritual.

Si el que está haciendo Ejercicios no nota que el que está dando los Ejercicios le estima y le quiere, le resbalan las cosas, inevitablemente. Porque el hombre, -como decíamos-, no se siente realizado si no es amado. Ahora bien, decirle: no hay nada amable en todo lo que tú tienes y has hecho, es duro, y no es la verdad.

La actitud misionera comienza siempre con un sentimiento de profunda estima frente a lo que el hombre es. Puede haber algún error, de acuerdo, pero hay esfuerzos que son incompletos, porque el hombre no puede llegar a más. Pero hasta donde ha llegado el hombre, no se ha hecho, sin duda, sino con una acción misteriosa y secreta de la gracia del Señor. El Espíritu Santo actúa fuera de la Iglesia; no se da fuera de la Iglesia, pero sí actúa, mueve los corazones, y en muchos de ellos ha dejado caer semillas de la palabra, semina verbi. Esto no quiere decir: ¡Entonces todas las religiones son iguales! Así somos de extremosos: si todas las religiones son iguales, las despreciamos; y no es eso tampoco. Son estimables, pero no se trata de hacer una especie de sincretismo, lo cual sería fatal, sino de estar bien firmes y ciertos de la fe cristiana, del mensaje de Cristo. Y precisamente por esa certeza y esta firmeza, que me habla de ese amor con que Dios se acerca a cada hombre, me acerco yo a él con la misma estima, con el deseo de ayudarle a purificar lo que en él necesite purificación y a elevar lo que en él existe capaz de ser elevado.

Recordemos estas otras palabras que me parecen también clave y preciosas en este paso: la misión noes nunca una destrucción, sino una purificación y una nueva construcción. Purificación y construcción: ¡No destrucción!, por más que en la práctica no siempre haya habido plena correspondencia con tal ideal. La conversión que de ella ha de tomar comienzo, es obra de la gracia, en la que el hombre debe hallarse plenamente a sí mismo. El Papa hace una referencia-y con esto paso al tema que es aplicación a nosotros-a la libertad religiosa. Ese tema que en el Concilio suscitó tantas cuestiones y tantos problemas, pero, tal como el Papa lo presenta, se refiere a la actitud que nosotros hemos de tener con los demás.

Pide la Encíclica que se dé a la Iglesia en todas partes la libertad que la Iglesia necesita. Vemos este punto de la libertad unido a la estima del hombre. La Iglesia es custodia y maestra de la verdad que Dios nos ha revelado. Es lo que hay que afirmar claramente, netamente: la Iglesia es custodia y maestra de la verdad revelada, y esto por institución de Cristo, y para ello tiene una asistencia especial del Espíritu Santo. Cumpliendo esta misión miramos a Cristo mismo, que es el primer evangelizador, y miramos también a los apóstoles, mártires y confesores, portadores de esa verdad.

Es cierto que tenemos una verdad recibida de Dios, que la hemos de mantener fielmente, pero ¿cómo proceder? Fijémonos en Cristo el portador de esa verdad; fijémonos en los apóstoles, fijémonos en los mártires y confesores. El famoso documento-declaración sobre la libertad religiosa, muestra cómo Cristo, y después sus apóstoles, al anunciar la verdad, que no proviene de los hombres sino de Dios, y por lo tanto es verdad divina, y actuando con toda la fuerza del espíritu, conservan una profunda estima por el hombre: por su entendimiento, su voluntad, su conciencia y su libertad. Cristo anuncia continuamente la palabra de Dios: a Nicodemo, a los escribas y a los fariseos, a la samaritana, anuncia lo que el Padre le ha confiado. Cuando ellos no lo reciben, ¿cómo actúa El? Siempre con sumo respeto al entendimiento, voluntad, libertad y conciencia del hombre. 《De este modo, -esta frase es muy hermosa-la dignidad de la persona humana se hace contenido de aquel anuncio». Fijaos en la agudeza de esta frase: la dignidad de la persona humana se hace contenido del anuncio evangélico incluso sin palabras, a través del comportamiento.

palabras expresas, yo puedo decir de dos maneras que una persona es muy digna y merece todo respeto: una, diciendo: «este señor es muy digno y merece todo respeto»; otra, mostrándome con sumo respeto cuando trato con él. Esta manera, implícita en mi comportamiento, se hace contenido de mi mensaje. Si al hablarle estoy empapándole de respeto, quiere decir que estoy transmitiendo el mensaje, parte de mi mensaje: que hay que tener sumo respeto a la dignidad del hombre, a esa dignidad vista a la luz de Dios, como hemos indicado antes.

Por eso dice el Papa: tal comportamiento corresponde a las necesidades particulares de nuestro tiempo; y hace una referencia a la libertad: hoy la libertad se entiende mal, y cuanto más se proclama la libertad, ésta no es la verdadera libertad del hombre; entonces la Iglesia se hace más custodia de esa libertad, condición y base de la verdadera dignidad de la persona humana. Si el hombre no tuviera libertad no tendría dignidad; precisamente en su libertad está la fuente de su dignidad; luego tiene que emplearla bien. Como lo que muchas veces se llama libertad es que cada uno haga lo que quiera, y eso no es la verdadera libertad, ni es la verdadera grandeza del hombre, por eso la Iglesia debe proclamar y custodiar la auténtica libertad, esa libertad que es base de la dignidad humana.

¿En qué puntos recalca el Papa que tiene que fundarse esa libertad? Primero: su relación con la verdad; libertad-verdad. Segundo: en la verdad se trata de liberar al hombre de lo que le limita. Es decir, hay que evitar cualquier libertad aparente, superficial y bilateral, y liberar al hombre de lo que le limita, disminuye y destruye su libertad. Son varias indicaciones orientadoras.

La primera se apoya en la palabra de Jesús: «Conoceréis la verdad, y la verdad os librará, os hará libres». La verdadera libertad está unida a la verdad. En el Evangelio de San Juan esa verdad es Cristo encarnado, que nos revela el amor del Padre. – ¡Es la gran verdad! -El Papa dice que es-tas palabras encierran una exigencia fundamental y una advertencia. La exigencia fundamental es la de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad. Pero no hay libertad para la mentira, no la hay. Siempre tiene que haber una relación con la verdad. De hecho, este hombre siguiendo el error dice que es libre, es libre por error; la libertad verdadera no puede separarse de la verdad. Y esto es importante para la Iglesia y para nosotros, al menos para tener la idea clara: no puede uno sacrificar la verdad por la libertad. No, Ia libertad tiene un límite. Cuando una cosa no es verdad, ahí no tengo yo libertad. En cambio, si yo asumo la verdad, entonces tendré libertad, porque lo que me impide asumir la verdad son mis pasiones, mis limitaciones. Así en el fondo estoy esclavizado cuando no llego a abrazar la verdad; y si no la abrazo es porque hay en mí elementos que limitan mi libertad.

Segunda advertencia, que es una exigencia y una advertencia al mismo tiempo: hay que evitar cualquier libertad aparente, que no es la verdadera libertad radical.; Cuál es la libertad aparente o superficial?, la que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. La libertad tiene un margen: El hombre tiene que ser libre en toda su riqueza, en todo su misterio, en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo que le rodea. Siempre hay que darle ese carácter a la libertad. Si se va limitando y se queda en elementos superficiales y unilaterales, entonces esa libertad es ficticia, no es la verdad del hombre en lo sustancial del hombre y en toda la grandeza del hombre.

Realmente Cristo es el que nos trae la libertad verdadera que libera al hombre de lo que le limita, de lo que le disminuye y de lo que destruye esa libertad en sus raíces, en el alma del hombre, en su corazón, en su conciencia. Cristo viene a librarnos de nuestras pasiones, de nuestros condicionamientos viciosos. Ahí es adónde va, a que el corazón se libere. Esa es la gran libertad que Él nos trae, las otras libertades son incompletas. Tenemos que fomentar todo lo que sea la libertad del hombre, la libertad justa del hombre, pero de ninguna manera el libertinaje, de ninguna manera libertad para el mal o para el error. ¡Eso no es liberar el corazón del hombre! El Papa indica cuántos mártires han alcanzado la verdadera libertad en condiciones de constricción exterior. En medio de las cadenas, puedo ser libre interiormente. Hay libertad en el fondo del corazón del hombre, yo me puedo sentir libre, ¡aun atado! – Pero, ¿es que no conviene quitar las cadenas? -Si, pero sin la libertad interior no se llega a la liberación. De este modo puedo tener esa libertad interior; nadie me la puede quitar aun cuando me limite la libertad exterior.

Vamos a referirnos a esa aplicación a nosotros de lo que hemos dicho, de nuestro encuentro que no es una huida de Dios y de Cristo, sino que tiene que ser acercamiento a Él con todo nuestro ser, incluso con nuestras debilidades, con nuestros fallos y nuestros pecados. Y como en los Ejercicios no se trata sólo de una instrucción intelectual, sino de vivir, -es vida-, vamos a procurar hacerlo antes de la Eucaristía de hoy, y vamos a hacerlo dando un paso importante para asentar nuestra vida.

Uno se encuentra mucha gente que lleva como un pe-so en su corazón, una situación interior desazonada. Notemos bien, nuestras desazones hacia afuera suelen arrancar de desazones hacia adentro: Una situación desazonada que uno mismo no sabe explicar quizás por qué, pero que está ahí dentro e impide muchas veces lo que sería un vuelo espléndido hacia la santidad, hacia la altura, y crea dentro esa impresión de indignidad que decíamos, y que uno trata de encubrir fugándose a otras zonas del propio ser, rehuyendo ese fondo interior. Esto ocurre a mucha gente joven; por eso, los que todavía tenéis gente joven, niños en formación, tened muy presente esto. A la juventud se la crítica mucho, se le achaca mucho. Quien no la trata demasiado no la conoce ni la quiere, pues conociéndola y tratándola se la quiere mucho. Á los jóvenes solemos achacarles cosas, pero tengamos la conciencia de que sufren mucho y se gana muchísimo más con ellos a través de la comprensión, de alguien que quiere ayudarles a comprenderse; cuando digo comprensión no digo cesión. Nos parece que son insolentes, que no tienen respeto a nada. Y ahí hay un misterio. Ellos mismos se sienten muchas veces con ese peso en el corazón, y sufren porque hay una lucha interior; se encuentran con que no acaban de reconocerse a sí mismos, de encontrar su identidad, como se dice ahora. Una de sus fuentes de sufrimiento es precisamente que a veces suelen aparecer como orgullosos, soberbios, desinteresados de todo ¡no creer demasiado en las apariencias! -, y a veces sufren mucho por esto, si les dijéramos estas palabras quizás las entenderían: «Si no hubiera perdido mi inocencia, mi pureza, mi virginidad, hoy me esforzaría con toda el alma por mantenerla, pero, una vez que la he perdido…»

En el fondo esta frase es una confesión implícita del propio fracaso, y suele estar vinculada a ese fracaso. Pero es un fracaso unido a la desesperanza; es decir, ya no tienen esperanza de poderlo arreglar. Esto hay que tenerlo presente con gran comprensión, y no fijarse en lo que la juventud puede decir en una reunión, en un grupo. El hombre, el joven, no se manifiesta en un grupo. Al joven hay que encontrarlo a solas, donde él pueda esponjar su corazón y donde pueda explayarse de verdad, con sinceridad. Y así, en sinceridad, se llega muchas veces a la raíz de muchas desviaciones, iba a decir de casi todas. Incluso de personas mayores que ya no creen remediable lo que ha sucedido, que han perdido ya toda esperanza, sacerdotes que dicen: «ya, total, mi sacerdocio se ha estropeado, ya no tiene remedio», y quieren abandonarlo todo; matrimonios, que

dicen: «ya no tiene remedio después de lo que hemos hecho, hemos dado un paso en falso». ¡La desesperanza! Esto es importante, porque no está fundada, no es verdad, todo tiene remedio.

Es una visión demasiado egoísta de lo que es el pecado; arrepentimiento, sufrimientos, dolores, fácilmente en el fondo tienen como un matiz de egoísmo, porque vemos ese pecado o ese fallo como desprestigio nuestro, como deshonor. Por eso, a medida que la sociedad va admitiendo ciertas cosas, nos asusta menos lo que antes nos asustaba más, porque ya no lleva consigo esa especie de desprestigio e incluso puede pasar al caso contrario, que parezca un desprestigio el no caer en ciertos fallos – ¡eso sí es desprestigio! -. Entonces casi se gloría uno: lo he pasado todo, hecho todo, y he saltado todas las barreras. Nos impresiona mucho el ambiente y la mentalidad que nos rodea. Por eso, una de las cosas que hemos de cuidar es: procurar un ambiente cristiano. El verdadero cristiano tiene que serlo por su cuenta. Bien, si no tiene otro remedio, Dios le ayudará. Pero lo lógico es que cada uno de nosotros cree también el ambiente, donde pueda desarrollar todas sus virtudes cristianas, forme un ambiente cristiano.

Pues bien, parto de esto: muchas veces hay un cadáver a bordo del corazón, la desesperanza, que viene a expresar-se en frases como esta: «si yo tuviera remedio, hoy daría cualquier cosa para que no estuviera hecho lo pasado, pe-ro como ha pasado, ya no tiene remedio». Es una visión egoísta del pecado, por lo menos egocéntrica: el pecado en relación conmigo mismo.

Por eso es necesario ver el pecado en relación con Dios, con Cristo, y adquirir esa visión serena y cristiana del pe-cado como ofensa del Señor: es verdad que mi comporta-miento llega al Corazón de Cristo; es verdad, porque me ama. ¡Él ha seguido mi vida paso a paso, Él tiene ilusión sobre mí, planes sobre mí, ¡y mi comportamiento destruye esos planes del Señor! Es la visión teológica del pecado. No se trata de angustia, de una especie de complejo, como si el pecado fuese una monstruosidad que haya sucedido sin Caer yo casi en la cuenta. No; es una postura libre, deliberada, del hombre que se separa del Señor. Pero no porque quiera deliberadamente separarse y lo haga para separase, sino porque de hecho Dios no cuenta para él deliberadamente. Y no porque lo pretenda explícitamente, pero sí de una manera deliberada, que son dos conceptos distintos.

Por ejemplo, para entenderlo bien: el padre dice a su esta noche, a las once en casa te necesito; diviértete tarde, pero a las once en casa, es una cosa muy importante. Las once: no lega el hijo; las doce: no llega; llega a cinco de la mañana; su padre, deshecho, le dice: «Pero, Y él contesta: «No sé por qué te pones así, no lo he hecho para fastidiarte». ¡Pues estaría bueno que lo hubiese hecho para fastidiarle, eso sería ya monstruoso! ¿Pero cómo le va a doler a su padre, si él no significa nada para hijo? Su hijo prefiere cualquier capricho antes de lo que su padre le ha encargado y antes de estar con su padre en cosa tan importante. El hijo puede preguntarse: no sea qué se ofenda mi padre. -Pues ¿cómo no se va a ofender tu padre? -Pero si no lo he hecho para ofenderle. -Pe-no ves que lo que le ofende no es sólo lo que has he-sino tu estado de afecto hacia él, un estado delibera-Gor Tu padre en tu vida no significa nada.

Eso es el pecado; hay ese aspecto interior, y es lo que nosotros hemos de preguntarnos muchas veces: ¿Qué es, ¿qué ha sido Dios para mí en mi vida?, ¿qué significa Cristo en mi vida? Si vemos el misterio de Redención, ese amor de Cristo que me busca, que tiene derecho a ello, ya que es el que me ha creado, el que me ha hecho para sí y me busca, y a mí no me interesa, comprendemos entonces que la descripción más fuerte del pecado es la que hizo Jesús mismo en la parábola del hijo pródigo, cuando el hijo dice a su padre: padre, dame la parte de herencia que me corresponde. Coge la herencia y se va. Eso es lo mismo que decirle a su padre: padre, por mí te puedes morir, no me interesa, yo me marcho, no quiero ni enterarme. Eso es el pecado; es ese alejarse de Dios, es como una bofetada a Dios. Esto a veces nos duele menos.

Es necesario ver esa visión teológica y sentir qué ha significado Cristo para mí. Ese peso ya no nos oprime, porque el peso era como una especie de deshonor mío, de mancha mía irremediable. El encuentro con Cristo está siempre abierto, El me espera; por lo tanto, El me acoge; ahí tenemos la lección del hijo pródigo, que vuelve a su casa y su padre le abre su corazón, y encuentra una vida nueva. ¡Estamos siempre a tiempo para volver al Señor! Esto es lo que tenemos que recalcar.

Por eso, para llegar a sentir este perdón del Señor, es tan importante este abrazo de Redención, participar de la misericordia redentora de Cristo. El camino es el que nos indica el Papa: reconocer humildemente nuestro pecado. No nos dejemos desalentar ni desesperar, sin esperanza cristiana. Es verdad que muchas veces, cuando uno mete las manos en el pasado para sacar algo que ofrecer al Señor, se encuentra uno con las manos vacías, porque realmente las cosas buenas que quizás algunos han alabado de nosotros, las vemos como empañadas con intereses egoístas. Es verdad, aun en este caso, pero no olvidemos una cosa: Dios quiere más nuestras manos que lo que hay en ellas. ¿Qué podía presentar el hijo pródigo a su padre, si no tenía ni calzado, el vestido hecho harapos, ni anillo? Y, sin embargo, su padre lo apretuja y le da mucho más de lo que él pudo traer. Porque a veces nos apoyamos demasiado en la conciencia de lo que llevamos, y no es tan fundamental, pero no quiero pensarlo mucho, porque me da vértigo pensarlo demasiado. Porque cuando lo pienso, casi me parece imposible hacer lo que hice. Es curioso, cuando las cosas se hacen por Dios nunca nos permite gloriarnos de ellas, porque uno palpa demasiado que no es obra de uno mismo. Si lo hice, tendré mérito ante el Señor, -mérito en el sentido de que he merecido-, pero eso no es lo que da satisfacción; lo que me tiene que dar satisfacción es que El llene mis manos, que yo le ofrezca mi ser no gloriándome de ese ser mío, sino de que El me ama y me ha buscado, El me estima y me llena de gozo, de satisfacción. Me estima tanto que se me da, se me entrega.

Nos muestra la Escritura: los pecadores arrepentidos se echan en los brazos del Señor, y los pecadores no arrepentidos huyen del Señor. Es un hecho que aparece frecuente-mente en todo el Antiguo Testamento. El pecador arrepentido se acerca al Señor porque comprende: ¿adónde voy a ir, sino al Señor? Y se acerca con la claridad de su estado, tal como es, sin esconder más. En cambio, el pecador no arrepentido no resiste la mirada del Señor, trata de huir, de no reconocerse pecador, trata de escapar. Ejemplo de huida del Señor, en el Génesis: pecan Adán y Eva y se esconden de la mirada del Señor; el Señor viene en la brisa de la tarde, y llama: Adán, Adán, ¿dónde estás? Palabra de amor. Indica esa búsqueda de parte de Dios: Adán, ¿dónde estás? Y dice: me sentí desnudo, sentí vergüenza y me escondí. Huye del Señor. – ¡Pero si tiene vergüenza! -Si, pero no es la postura de quien se abre al Señor. En el Nuevo Testamento tenemos un Judas que peca, entrega al Señor, y huye de El desesperado y se cuelga; en cambio, el pecador arrepentido se queda ante el Señor.

Voy a recordar dos hechos que nos pueden ayudar mucho como modelos en estos momentos, para que lo vivamos en la Eucaristía que vamos a celebrar.

El profeta va a David y le explica, con una parábola para que vea más claramente, en persona ajena, lo que ha si-do el comportamiento realmente indigno, vituperable, que él ha seguido: Rey, ha sucedido un hecho muy dolo-roso.-Cuéntame.-Pues mira, había un hombre muy rico que tenía grandes rebaños, y al lado de él vivía un pobre hombre que no tenía más que una oveja, pero tenía mucho cariño a aquella oveja. El hombre rico, ese que tiene rebaños a montones, recibió la visita de un huésped, y para obsequiarle, en lugar de tomar una de las piezas de su innumerable rebaño, se fue al vecino, al que no tenía más que una. y le arrebató su oveja, la mató y se la presentó a su huésped para comer. David dijo: «¡Eso es una monstruosidad! Vive Dios, que el que ha hecho tal cosa merece la muerte., tendrá que devolver cuatro veces la oveja que qui-su compañero». Y le dice Natán: «ese hombre eres tú, que tú has hecho. ¿Mira lo que Dios te ha dado, y es-dispuesto a darte mucho más todavía, por qué has ido a pecar con la mujer de Urías?, y luego le has quitado a Urías la vida. Porque se la has quitado tú con la espada de os enemigos. Pues mira, por esa monstruosidad que has cometido Dios te va a castigar, y tus enemigos te van a derrotar y se burlarán de ti. David no dice más que una palabra: «He pecado contra Dios». ¡Qué maravillosa respuesta, qué lealtad, qué sinceridad! Nada de excusas ni justificaciones: he pecado contra Dios, no tengo excusa, he hecho mal. Y Natán le dice: también Dios te ha perdonado. ¡Qué formidable! Esta página muestra la misericordia divina, y por parte de David su confesión; no huye del Señor, no se esconde, no disimula, no se justifica: «fue un momento de pasión, es que no había caído en la cuenta».

Nada más: «he hecho mal, he pecado». Y la respuesta de Natán en nombre de Dios: también Dios te ha perdonado; ¿te quedas?, Dios te perdona. Eso es maravilloso. Es el primer ejemplo de cómo se queda uno ante el Señor sin esconder nada, reconociendo humildemente el propio pecado.

Segundo ejemplo, del Nuevo Testamento: el buen ladrón en la cruz. Espero que nos detengamos en él, porque -como os había prometido-hablaremos de la cruz del Se-ñor y ahí nos detendremos. Pero anticipemos ya esto: el buen ladrón es la obra maestra de Cristo en la cruz; y si nos fijamos en su figura humana, este ladrón es un hombre que ha perdido toda su vida en crímenes y pecados, y no le queda más que un par de horas de vida. Está crucificado, condenado a muerte y ejecutándose ya la sentencia. Y en ese momento, se encuentra con Cristo crucificado junto a él: Cristo crucificado que está haciendo la oblación de su vida en silencio, con una postura sacerdotal de oblación de sí mismo, como lo vemos nosotros en la Eucaristía, entregándose al Padre; y el buen ladrón oye de Él una palabra: «Perdónales porque no saben lo que hacen». En ese momento aquel hombre cambia: Le ha mirado el Señor y en esa mirada lo ha entendido todo. Ante la figura de Cristo que se ofrece, figura sacerdotal, aquel hombre al que no le queda más que un par de horas de vida, que ha perdido hasta ahora toda su vida en crímenes y pecados, dice, dirigiéndose a su compañero: «¿Y tú no temes al Señor, estando como estás en el mismo suplicio?» Y a continuación reconoce su pecado: «Nosotros padecemos lo que hemos merecido», Esto es lo que nos sorprende más: «Padecemos lo que hemos merecido». ¡Qué confesión tan maravillosa y tan difícil de hacer!

A cuánta gente escuchamos en momentos de dolor, de sufrimiento, esta queja: ¿Por qué a mí el Señor me manda esto?, ¿por qué a mí, cuando hay otros que son pecadores y viven espléndidamente?, ¿por qué conmigo? Sin embargo, el buen ladrón dice: «Nosotros padecemos lo que hemos merecido». Es lo mismo que decir: hemos pecado, somos criminales, la justicia humana que nos ha conde-nado a muerte es justa. «Padecemos lo que hemos merecido»; reconocimiento de su pecado, no se esconde; pero es que, además, positivamente se refugia en el Señor; añade: y éste ¿qué mal ha hecho? Y, dirigiéndose a Jesús, le dice: Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino». «Acuérdate», no me olvides cuando llegues a tu Reino. ¡Qué gran ejemplo! Respuesta de Jesús: «Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso». Sólo puede presentarse con las manos vacías. Sin embargo, el Señor se las va a llenar con la bienaventuranza: «Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso».

Es un ejemplo maravilloso que hemos de vivir también nosotros, sinceramente, aun cuando nuestra vida hasta ahora hubiera sido nada, pecado, aunque no hubiese he-más que engañarme a mí y engañar a los demás. Supongamos esto, ¿y entonces qué? Refugiarme en el Señor: «padecemos lo que hemos merecido”, “Jesús, acuérdate de cuando llegues a tu Reino». Nunca nuestro apoyo tiene que ser lo mucho que hemos hecho. ¡Nunca! La felicidad nuestra no estará en recontar, a manera de avaro, todas monedas que hemos ganado, sino que nuestra gran moneda será Cristo y el encuentro con Cristo. Eso es lo e nos hará felices: que Él se nos dé.

 

 

 

 

 

La Encíclica, lo mismo que el Evangelio, nos presenta al buen ladrón, que se confiesa pecador y como fruto es perdonado.

Pedid al Señor esta gracia: que sintáis el perdón del Se-ñor, que lo sintamos intensamente. Nos cuesta porque somos difíciles en perdonar, y como somos difíciles en per-donar solemos proyectar en Dios nuestra propia actitud creemos que también Dios perdona a la manera nuestra Solemos decir: yo perdono, pero no olvido, ¡no puedo olvidarlo! ¿Qué pasa? Que cuando hemos perdonado queda siempre una especie de sombra en la persona que hemo perdonado, y nuestras relaciones con ella son siempre con interferencia. Hay algo que vuelve, es tan humano, nuestro corazón es tan pequeño… Y eso mismo lo proyectamos en Dios, y decimos: Dios me ha perdonado, pero nunca será como si yo no hubiese pecado, nunca será como si yo le hubiese sido infiel, siempre quedará una sombra entre Señor y yo. Por eso, pedid al Señor que sintáis su perdón en la Eucaristía de hoy, en el encuentro eucarístico de comunión.

La Iglesia, maestra de vida espiritual, tiene una expresión en una de las oraciones de una Misa, que es magistral: «Oh Dios, que muestras tu omnipotencia sobre todo perdonar». ¡Eso es grandioso! Es decir, el perdón de Dios es omnipotente, es creador. Así lo llama el Papa: Nueva Creación. ¿Qué quiere decir esto? Que la diferencia que hay de nuestra potencia tan pequeña a la omnipotencia de Dios es la que hay de nuestro perdón tan pequeño al perdón infinito de Dios. Quiere decir: cuando Dios perdona no le queda nada, pero nada, lo mismo que si yo no hubiese pecado jamás, en lo que se refiere a su intimidad con-migo, en lo que se refiere a los horizontes que me abre delante. No hay sombra ninguna, ninguna, lo mismo que si no hubiese pecado nunca; porque su perdón es creador, me crea de nuevo. Por eso hay que sentir ese perdón, para participar luego de esa capacidad divina de perdonar.

Decimos en el Padre nuestro. Perdonas nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Esas palabras necesitan explicación, porque podría dar la impresión de que yo perdono primero, y claro, como yo perdono, ahora Señor, perdóname a mí. No, No perdonaríamos nosotros, si primero Dios no nos perdonase dando su gracia. El perdonar es de lo más difícil, por eso humanamente no lo hacemos. Lo que yo pido al Señor es que me perdone para yo perdonar, que me haga sentir su perdón para yo perdonar, porque entonces, una vez Él me ha perdonado, yo puedo perdonar. Si ahora no perdono, El me podrá decir: tú sigue rezando el Padre Nuestro, y sigue diciendo: “Perdona nuestras ofensas, como nosotros», por la fuerza de tu gracia, vamos perdonando también. Es una especie de interacción de los dos, pero el que perdonemos es fruto del ser perdonados.

Esta es la postura cristiana: somos humildes con los demás, somos agradecidos, somos serviciales, porque continuamente sentimos el perdón de Dios sobre nosotros. Pe-ro un perdón hondo que cala dentro, que me hace sentir el abrazo misericordioso del Señor. Que esa sea nuestra Eucaristía de hoy: un encuentro en el que con todo nuestro ser nos echemos en el Corazón infinito de la misericordia de Dios.