NUESTRA VIDA RESUCITADA EN CRISTO

Jesús y las familias
Del libro” Misterio del dolor” Luis María Mendizábal S.J.
 

Terminábamos ayer indicando cómo la Resurrección está vinculada a la Cruz en el caso de Cristo, y está vinculada también en el caso del sufrimiento participado de Cristo, y no sólo en el sentido de que esperamos un día la resurrección, sino en el sentido de que el mismo sufrimiento es cristiano, es participación de Cristo, en la medida en que ya participamos de la resurrección de Cristo. Esta visión es importante. El sufrimiento humano puede asociarse a Cristo porque Él ha resucitado, y al resucitar ha hecho posible que recibamos el don del Espíritu, el cual nos comunique las disposiciones mismas de Cristo. Y ahora, por la fuerza de la Resurrección, nosotros recibimos la gracia, la caridad; y estamos en grado de unir nuestro sufrimiento y vivir nuestra vida según la vida de Cristo.

Con esto vamos a pasar a este aspecto de nuestra vida resucitada, y a tratar de hacer ver cuáles son las características de esta vida resucitada como se nos manifiesta en el Evangelio. Lo que voy a exponer se podría formular así: La Resurrección de Cristo es causa de nuestra vida resucitada; y los misterios de resurrección son lecciones de aspectos importantes de la vida cristiana.

 

1)   La Resurrección de Cristo es causa de nuestra vida resucitada

 

Hemos sido-dice San Pablo-justificados por su Resurrección. Su Resurrección es la que nos comunica a nosotros la santidad, la justicia. Nos las ha merecido por su Pasión, pero se nos comunican por la fuerza de la Resurrección. Entonces nos encontramos con este proceso: Jesucristo realiza su obra redentora sobre la tierra y la consuma en la Cruz, y en ese sentido es exaltado. El momento cumbre de un mártir es el momento en que da su vida. Lo más grande de su existencia es haber llegado a esa prueba suprema del amor. Por eso hay una exaltación en la misma muerte. Y luego viene la expresión de esa exaltación cuando es glorificado.

Jesús, pues, muere por nosotros y merece por su obra la glorificación de su humanidad, y merece que sea constituido, en esa humanidad glorificada, Comunicador de la vida divina. Para comunicar la vida divina es necesario que la humanidad de Cristo sea glorificada. Esa humanidad, llena de manera especial de la fuerza de la divinidad, da a los hombres la vida. Ha quedado constituido -dice San Pablo- «en espíritu vivificante», es vivificador y comunica esa vida esencialmente en la Iglesia y por la Iglesia.

Esto debe aparecer muy claro. El Espíritu Santo no se derrama así como simplemente por hilo directo. Hay un lugar del Espíritu Santo que es la Iglesia. En el Calvario están María y Juan al pie de la Cruz, imagen de la Iglesia al pie de la Cruz. La Iglesia-representada por el discípulo amado y por su Madre-es la obra última de Cristo. Lo que hace Cristo en su vida es instituir la Iglesia y dejarla sobre la tierra como instrumento para seguir llevando adelante la obra de la Redención. Cristo glorificado no va a actuar como cuando estaba sobre la tierra. Ya no actúa por modo de «mérito», sino que actúa a manera de Señor y Cabeza de un cuerpo. Ese ha sido el plan maravilloso de Dios. Aquella parte de la humanidad unida a Cristo, llena del Espíritu Santo, que es la Iglesia, es la parte de la humanidad que ha creído en Cristo y ha recibido de Él el don del Espíritu, es ahora la que va comunicando a la humanidad restante la riqueza de la salvación. La misma donación del Espíritu la hace Cristo a través del cuerpo de la Iglesia, a través de la evangelización, que culmina en los Sacramentos de la Iglesia. La Iglesia es la portadora, es el instrumento de Cristo.

Esta Iglesia actúa en el mundo no de una manera abstracta, sino a través de sus miembros; es visible en sus miembros y actúa en funciones diversas: unas veces son funciones de la Iglesia como tal, como son los Sacramentos (los Sacramentos son acciones de Cristo, Cabeza de la Iglesia, a través de la Iglesia), y otras veces actúa a través de los miembros, que, movidos por el Espíritu, operan no precisamente en nombre de la Iglesia, pero sí con la fuerza del Espíritu que tienen como miembros de la Iglesia. Es lo que nosotros hacemos a través de nuestro ejemplo, a través de la vida que vivimos, a través de las obras de caridad que realizamos. Todo lo que es irradiación de la vida cristiana. Es el deber que tenemos de hacer todo el bien de que somos capaces. Esta es ahora nuestra situación.

Aquí brota espontánea una pregunta: la Iglesia y los miembros de la Iglesia, ¿cómo colaboran a la Redención, cómo actúan? La respuesta se formula en un gran principio: «La Iglesia colabora a la Redención perpetuando en el mundo el estilo de vida de Cristo». Cristo no solo ha merecido nuestra redención; Cristo ha vivido ejemplarmente una vida humana, y Jesucristo, ahora glorioso, mueve a la Iglesia a perpetuar aquella vida suya humana en cada uno de sus miembros. Esto es lo que llamamos nosotros de manera simplificada la imitación de Cristo. La imitación de Cristo no es un capricho personal: es el gran principio de la vida cristiana. Es el gran principio, siempre que lo entendamos bien.

Hay una línea, sobre todo en la teología protestante, que rechaza la idea de imitación, acusando a la imitación de ser una cosa exterior, superficial y voluntarista. Como sabemos, en los protestantes existe una desconfianza a todo lo que es actividad en el orden sobrenatural, porque, según ellos, el hombre es incapaz de actuar en el orden sobrenatural de la gracia. Consecuentemente acusan a la Iglesia católica de ser pelagiana, de ser voluntarista; le echan en cara que esté equivocada en ese punto, le atribuyen que considere perfección el que alguien, porque contempla a Cristo y quiere ser más perfecto, se imponga unas ciertas exigencias de vida, porque quiere imitar así a Jesucristo.

En esta presentación de lo que la Iglesia pretende, cuando nos habla de imitar a Jesucristo y de obrar en el orden sobrenatural, hay una falsa inteligencia y una falsificada presentación. No es eso lo que la Iglesia enseña. La Iglesia da una gran importancia a las obras, ciertamente, como la da el mismo Cristo cuando dice: «El que escucha mis palabras y las pone por obra, ése es el que construye sobre roca» (cf. Mt 7,24), y cuando el Apóstol Santiago habla de que «si yo tengo fe y no tengo obras, mi fe está muerta; también los demonios tienen fe y, sin embargo, están en el infierno», con lo que está recalcando: no basta la fe, hacen falta obras. En todo el mensaje evangélico cristiano encontramos siempre la exigencia y necesidad de las obras. Por otra parte, es verdad que San Pablo proclama: «El hombre no se justifica por las obras, sino por la fe» (Gal 2,16). Entonces, ¿cómo se entienden estos dos aspectos y dónde está la visión equilibrada cristiana?

En el cristianismo, la santidad no es fruto de la pura voluntad arbitraria del hombre. En este sentido es verdad lo que San Pablo repite: «El hombre no se justifica por las obras, sino por la fe». Quiere decir que no hay ninguna obra que por sí misma sea eficaz de santidad por el mero hecho de hacerla. Lo que justifica al hombre es la fe con que obra; es decir, la fe hay que entenderla en ese lugar, no simplemente el acto de fe, sino la entrega de sí a Jesucristo con que obra, es el espíritu con que actúa. Como decíamos hablando del sufrimiento, lo que nos santifica no es el sufrimiento material, sino la actitud de sufrir, el ofrecimiento del dolor, y el ofrecimiento entendido no como mera fórmula que yo recito, sino con actitud de ofrecimiento, que es obra de la gracia en nosotros, que nos da la actitud de donación. Con esto no se elimina el sufrimiento, no se puede concluir que ya no hace falta el sufrimiento, sino que recalca la fusión de los dos elementos. Lo que nos redime en la Cruz no es únicamente el dolor, sino la oblación que Cristo hace de su dolor. Pues bien: esto es lo que la Iglesia recalca y en lo que insiste. La fórmula de San Pablo es: «La fe que opera por la caridad», la fe que es eficaz, la fe que no es pura teoría. Si yo creo en Dios, tengo que actuar conforme a esa fe; la fe me lleva a expresarla, la fe me lleva a realizar obras de fe, y es la caridad la que me lleva a realizar las obras de fe. La fe es operativa por la caridad; cuando en la fe nos llenamos de amor es necesario que el amor no quede en puros pensamientos, en puros sentimientos, sino que se exprese en obras de amor. Así entendemos que realmente el cristianismo, el Evangelio, insiste en la necesidad de las obras. Ahora, por otra parte, es falso que basta hacer obras para que ya seamos santificados. Por tanto, no se trata simplemente de hacer obras.

La imitación de Cristo, por lo mismo, no consiste en que yo me propongo por mi cuenta y voluntad imitar tal cosa o tal obra; no es ésa la imitación cristiana de Cristo. El tema de la imitación de Cristo no puede quedarse en una superficialidad; ése sería un grave peligro. En la presentación de la vida de los santos, de la vida de la Virgen, de la vida de Cristo, existe el peligro de que uno escoja como tema de imitación lo que es puramente exterior, superficial y fruto solamente de la voluntad del que lo considera.

Una observación: no agradecemos suficientemente a Dios el hecho de que los Evangelistas hayan seleccionado las escenas y enseñanzas y las palabras de Cristo. Algunas veces hemos podido sentir pena de que los Evangelistas no nos hayan contado todo lo de Cristo, todo: cómo vestía, el color de las sandalias, cómo era el color de sus ojos, de sus cabellos, cómo caminaba, cómo distribuía su tiempo, qué deportes hacía, qué ejercicios físicos, etc. Eso nos interesaría enormemente… En realidad, todo eso no nos hubiera servido. Es un gran don de Dios el que bajo la inspiración del Espíritu Santo los Evangelistas hayan elegido escenas, hayan presentado palabras de Jesús elaboradas, escogidas con un cierto criterio. ¿Por qué no nos hubiera servido toda esa vida de Jesús? Porque si nosotros tuviéramos la descripción de todo lo que hacía Jesús, fácilmente cada uno podía centrar su atención en cosas que no son ejemplo salvífico, sino que son intrascendentes. Y quizá yo tendría interés en tener unas sandalias como las de Cristo, y si Él iba descalzo, también nosotros, porque Cristo iba así. Y, sin embargo, quieren recalcarnos los Evangelistas, al no recogernos esos elementos, que esos elementos no son decisivos en la enseñanza de Cristo. Ellos han escogido y han presentado, bajo la luz del Espíritu Santo, aquellos aspectos de Cristo que son para nuestra justificación y salvación. Por eso podemos ir a los Evangelios, como a una fuente elaborada ya, que nos pone delante aquello que es la obra salvífica de Cristo, no otros elementos de la vida de Cristo que no tienen ese sentido y ese valor. Por tanto, no tenemos por qué lamentarnos de no tener aquellos datos. Son puras curiosidades. Así como el Evangelio no nos da luces sobre puras curiosidades científicas ni sobre puras curiosidades proféticas (cuándo será el fin del mundo y cosas semejantes), porque no son esenciales para la salvación, de la misma manera no ha recogido una multitud de detalles de la vida de Cristo porque no son esenciales para nuestra santificación. Ha escogido lo que es necesario para que nosotros asimilemos la salvación de Cristo.

La imitación, pues, no tenemos que entenderla de una manera superficial y arbitraria. ¿Entonces, con qué sentido vale la imitación de Cristo? En general, podemos decir, como principio universal, que la Iglesia pretende vivir sobre la tierra como lo hizo Cristo. La razón de ser de la vida y muerte de Cristo no ha sido sólo obtenernos el mérito y la energía de la redención, sino la enseñanza de vida para nosotros. La Iglesia sabe que colabora a la redención de Cristo viviendo como Cristo y sufriendo como Cristo. Ese como quiere decir no sólo semejanza, imitación exterior, sino «como Cristo»; quiere decir: con la actitud participada de Cristo. Esa es nuestra vida cristiana. Yo vivo ahora, la Iglesia vive ahora, como Cristo. Vivo según ese modelo, con las actitudes que Cristo resucitado me comunica ahora. Cristo resucitado retiene eternamente las disposiciones funda-mentales de su vida sobre la tierra. Esas disposiciones que Él tiene las comunica a su Iglesia. Es Cabeza de la Iglesia. El da a su Iglesia el sentimiento y el movimiento. El conduce y guía a la Iglesia como verdadera Cabeza. A la Iglesia le transmite sus propios sentimientos, sus propias actitudes, las actitudes que Él tiene ahora en el cielo, las actitudes que El expreso en su vida sobre la tierra y que el formuló a través de su humanidad visible, temporal, mortal. Ahora las comunica a la humanidad corporal, mortal, de su Iglesia sobre la tierra. De esta manera, la Iglesia es perpetuación de la vida de Cristo. No una simple perpetuación, como si ya Cristo hubiese terminado y desaparecido, sino perpetuación en cuanto es cuerpo de Cristo glorioso.

Aquí tenemos la fuerza de la imagen ¡cuerpo de Cristo glorioso! En su cuerpo, que es la Iglesia, Jesucristo sigue viviendo la vida que llevaba sobre la tierra, y tiene ese cuerpo suyo porque por la muerte y redención Él es glorificado y es comunicador de vida; Él ha instituido esa Iglesia. No es una sociedad que simplemente ha recibido unos mensajes que luego va transmitiendo y comunicando, sino que está unida misteriosamente como instrumento visible a Cristo y es conducida por Cristo glorioso, que en el Espíritu Santo le comunica sus propias disposiciones cordiales: «El Espíritu os comunicará de lo que reciba de mí» (Jn 16,13-15).

Nosotros, entrando personalmente en la Iglesia, hemos de estimar mucho esa realidad de la Iglesia. Pero como sobre ese misterio de la Iglesia hablaremos en otra ocasión, quiero detenerme ahora en la vida de cada uno de nosotros. ¿En qué consiste mi imitación de Cristo? Ser cristiano es ser como Cristo, con los sentimientos actuales de Cristo. ¿Cómo, entonces, lo podemos realizar? Para vivir correctamente la imitación de Cristo tenemos que aprender, ante todo, a poner nuestra mirada en el misterio de Cristo. La imitación supone una mirada contemplativa. Cristo quiere

enseñarnos el camino y el Padre. Nosotros no conocemos al Padre si no es en Cristo. No hay ninguna otra cosa o persona que nos dé a conocer lo interior del Padre, sólo Cristo. La naturaleza me da a conocerla existencia de Dios y lo que podíamos llamar atributos hacia fuera de Dios: el poder, la sabiduría, el orden con que Dios, en su infinita sabiduría, ha establecido todo. Pero lo íntimo y personal del Padre: cómo ama, cómo siente ternura en su corazón, esto no me lo revela nadie, sino Cristo. Por eso, para llegar al Padre, para que yo pueda tener esa vida que es el Padre, no tengo más camino que Cristo.

De ahí que, lógicamente, la vida de Cristo transmitida por el Evangelio es para nosotros revelación del Padre. La revelación suprema se nos hace en la Cruz; pero todo lo demás viene a ser como deletrear el contenido fundamental de la riqueza interior del Padre. Por eso la ocupación habitual del hombre cristiano, del alma fiel, es contemplar y rumiar el misterio de Cristo, y en ese misterio, entrar en lo profundo del Padre. Jesús lo repite, «nadie viene al Padre sino por mí» (Jn 14,6), «nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiera revelarlo» (Mt 11,27). El Espíritu Santo nos lleva a contemplar a Cristo, nos impulsa a centrar nuestra atención en la revelación de Cristo, con-fiada a la Iglesia y que la Iglesia nos transmite. Es el Evangelio, es la figura de Cristo a través del testimonio de la Iglesia.

Jesucristo es revelación del Padre, pero evidentemente, al mismo tiempo, también es revelación del hombre y del camino que el hombre debe seguir. Cristo nos muestra dos cosas: me revela el amor del Padre y su amor al Padre; así me revela el modelo de lo que debe ser el hombre que es fiel al Padre. Por tanto, de una vez, me expresó dos cosas que yo voy aprendiendo.

En cualquier pasaje evangélico tengo que tener cuidado de no detenerme simplemente en las palabras o en la mera enseñanza, en la que me dice: hay que hacer esto o hay que hacer lo otro. Es importante, ciertamente, pero no es lo más importante. Lo que tengo que ver sobre todo es cómo ahí se me revela el Corazón de Dios. En ese pasaje, en esa enseñanza, se me está revelando el Corazón de Dios. No sólo me da una orden, no sólo me da una norma práctica de vida, Me está revelando lo que Él es.

Es lo que debe suceder en una verdadera educación, donde lo fundamental es que lo dicho por el padre no sea sólo una norma a seguir, que la puede dar por escrito, sino que sea revelación del amor del padre, que sea revelación de la personalidad del padre relacionada con el hijo. Esto es funda-mental. La educación no es sólo transmitir normas; es fusión con el padre, con el ideal que el padre presenta, que él vive personalmente y que constituye esa comunicación vital.

Pues bien: en la revelación divina es lo mismo. La revelación no nos dice solamente cuáles son las normas prácticas de vida, sino que nos manifiesta el corazón de Dios. En el Evangelio tengo que buscar continuamente el corazón de Dios, el rostro de Dios: “Tú rostro buscaré».

Pero al mismo tiempo me está revelando el Corazón de Cristo en cuanto dirigido al Padre. Hay dos aspectos: Cristo en cuanto revelación del Padre, y Cristo en cuanto me enseña a responder al Padre. Esto sucede en el mismo Calvario, en la Cruz. En el corazón abierto de Cristo se me revela el Corazón del Padre, pero al mismo tiempo se me revela cómo debe ser el corazón del hombre entregándose al Padre. Ahí lo aprendo. Simultáneamente aprendo la respuesta. Aprendiendo la revelación de Dios veo la respuesta del hombre. Por eso veo la revelación de la dignidad del hombre en la revelación y manifestación del mismo Dios.

Pues bien: nosotros, guiados por el Espíritu Santo, nos acercamos al Evangelio, que tiene toda esa riqueza interior. Gracias a la asistencia del Espíritu Santo en los Evangelios se me va manifestando el rostro del Padre, el Corazón del Padre; asimismo se me va manifestando el ideal que me muestra Cristo como camino hacia el Padre, como realización de la humanidad que vuelve al Padre, que vive en intimidad con el Padre. Aquí es donde va a aparecer el segundo elemento de una recta imitación: la moción interior del Espíritu para expresar en mí determinados aspectos del misterio de Cristo, vividos con los sentimientos actuales de Cristo. Yo veo a Cristo y veo cómo Cristo sigue en toda la voluntad del Padre. Se me muestra su sumisión filial cuando dice: «En verdad, en verdad os digo que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque lo que éste hace, lo hace igualmente el Hijo. Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todo lo que hace» (Jn 5,19). Eso lo veo yo en Cristo. Cristo, en todo momento, está cumpliendo el agrado del Padre, en todo momento está viviendo cara al Padre, en postura filial de infinito respeto, de infinita entrega de sí mismo; en su misma subida a la Cruz repetirá: «Es la orden que he recibido del Padre» (Jn 10,18), «para que el mundo conozca que amo al Padre, y que, como me lo ha mandado, así lo hago. Levantaos, vamos» (Jn 14,31). En el Evangelio, Cristo me manifiesta muchos aspectos de su corazón como éste.

La imitación está no en que yo arbitrariamente escojo Io que quiero imitar de Cristo; eso sería voluntarista, eso sería arrancar de mi voluntad independiente. Por ejemplo, nuestra vocación, que es una forma de imitación de Cristo, nunca es un acto simple de voluntad arbitraria, sino que la iniciativa es de Cristo; es Cristo el que me invita a seguirle, según un tipo y una forma; que surge en la contemplación, es verdad, pero que no es fruto simplemente de una determinación personal mía, sino que es fruto de una invitación que yo recibo en la contemplación. Mientras yo le con-templo, noto que El me atrae bacía esto, me llama hacia esto; me llama a una identificación con su obediencia al Padre, me llama a una identificación con su servicio humilde a los hermanos, me lleva a una identificación con su unión continua con el Padre. El Señor me atrae: es el Espíritu Santo el que en la contemplación de Cristo me mueve interiormente a realizar en mí, de manera especial, determinados aspectos de la vida de Cristo. Y entonces, movido por el Espíritu Santo, yo acojo esa llamada, y me comprometo a seguir ese aspecto de la vida de Cristo. Es la verdadera imitación. Pero aun entonces la imitación todavía es desde dentro; al invitarme así, El me promete y me ofrece darme los mismos sentimientos con que Él ha vivido eso, y EI me da esos sentimientos. Entonces El, glorioso, me comunica actualmente por el Espíritu Santo las disposiciones interiores con que Él ha vivido ese mismo misterio o aspecto de su vida y que se perpetúan en su estado glorioso en el cielo, en aquella liturgia celeste. Entonces yo vivo con el Corazón de Cristo, en el Corazón de Cristo, esa forma de perpetuación en mí de la vida temporal de Cristo. Y vi-viendo así, llevo a término, cumplo en mí lo que falta a Cristo, a la Vida y Pasión de Cristo, por su cuerpo, que es la Iglesia.

Esta es la imitación de Cristo propia de la vida cristiana. Yo he tratado de explicarla quizá con mucha complicación. Perdonadme. En sí no es complicada, pero conviene matizarla y aquilatarla para no dar la impresión de que se trata de una imitación de voluntarismo arbitrario. Nunca la imitación de Cristo debe ser voluntarista.

Y vale lo mismo de los santos. En la lectura de la vida de los santos es un error ver algo que un santo ha hecho y deducir: quiero hacerlo yo también, yo no soy menos. Es el grito de San Ignacio cuando, leyendo la vida de los santos, decía: «San Francisco ha hecho esto, pues yo lo tengo que hacer; Santo Domingo hizo esto, pues yo lo tengo que hacer». Eso fue en él camino de Dios; pero no era ningún sentimiento perfecto. Probablemente era un sentimiento de pundonor, de amor propio. San Francisco hacía estas cosas, pues yo no voy a ser menos, yo las tengo que hacer también. San Onofre hizo esto, pues yo lo hago también, no soy menos. ¿Quiere decir que ese camino es malo? No, el Señor guía a las almas lentamente; es una utopía y una equivocación el pensar que todo paso de vida espiritual debe ser hecho con absoluta perfección, que desde el principio debe tener uno absoluta pureza de intención y de comportamiento. No es ése eI camino de Dios, sino que el comportamiento espiritual inicialmente suele estar todavía mezclado con amor propio, pero es buen camino; ya llegará el tiempo de purificarlo, ya ha comenzado a actuar; en aquella reacción ignaciana, junto con una cierta dosis de amor propio, está ya actuando la gracia de Dios. Llegará un momento en que el mismo Ignacio irá purificando lo que era una motivación mezclada con aspectos de pundonor. Ese pundonor estaba puesto ahora en el campo espiritual, que ya es una cosa buena, en lugar de ponerlo en el campo militar o mundano. Es el camino a través del cual la acción de la gracia, poco a poco, le va purificando y llevando a la realización de los proyectos de Dios.

Nuestra vida cristiana es perpetuación en cada uno de nosotros de la vida de Cristo. Por eso la contemplación de la vida de Cristo es esencial, es insustituible. Toda otra forma, que a veces se presenta y se propagandiza, de métodos de oración, de estados espirituales, psicológicos, etc., como camino más breve, no son generalmente caminos hacia el Padre. Santa Teresa-y el Papa lo recordaba en su discurso de Ávila-es maestra de oración porque lleva a Cristo. Jesucristo es lo que ella busca y Jesucristo es su compañero de viaje siempre. Ella se arrepintió mucho de haber caído alguna vez en el error de marginar a Cristo en su oración. Como si la oración fuese no sé qué camino psicológico de una especie de vacío mental y fuese lo más elevado del hombre servirse de esas técnicas psicológicas, que lo colocan en una especie de apatía, en una especie de insensibilidad, de quietud nirvánica. Nunca debemos confundir la vida cristiana, la oración cristiana, con otros aspectos y estados psicológicos del hombre. La oración cristiana es teológica. La doctrina de Jesucristo sobre la oración es sencilla: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad». La oración es relación interpersonal. La vida, toda la vida cristiana, es relación interpersonal, es vida viva con Cristo vivo, y entonces en Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo, entramos en el Padre y en la intimidad del Padre por la imitación de Cristo; entendida ésta de esa manera: no sólo exterior, sino con la presencia en nosotros de las disposiciones mismas de Cristo.

La palabra de San Pablo es también clara a este respecto: «Sentid en vosotros lo que en Cristo Jesús» (Flp 2,5).Esto es lo que tenéis que sentir; pero no sólo como formando en vosotros activamente, artificialmente, esos sentimientos, porque en el fondo, cuando uno forma así esos sentimientos, los sentimientos siguen siendo míos y no tienen más valor que el ser míos, sino que lo que desea San Pablo es exhortarnos a que abramos el corazón para que el Señor, con la fuerza de su Espíritu, nos infunda la participación de sus propios sentimientos. Entonces es cuando el corazón del hombre vive en el corazón de Cristo y éste en el del hombre.

Hay un fenómeno bastante frecuente en la hagiografía que suele denominarse «cambio de corazones». El Señor se muestra al fiel favorecido, le quita su corazón pobre y pequeño y arrancándose Él, el propio, lo coloca en el lugar del que ha sacado el del fiel. Pue bien: prescindiendo por el momento de todo análisis y crítica de autenticidad de las experiencias referidas, ese «cambio de corazones” en su sustancia es una realidad cristiana normal. Quitando, pues, todo ese revestimiento imaginativo que puede tener y que es de menor importancia, simplemente el cambio de corazones quiere decir esto: que nosotros vivimos con los sentimientos participados de Cristo: «Ya no soy yo el que vive, es Cristo el que vive en mí», según la palabra del Apóstol. El revestimiento imaginario-que si le arranca el corazón y le pone otro-es al fin y al cabo sensible y puede tener su efecto psicológico; pero el fondo es la sustancia misma de la vida cristiana. Precisamente por el Bautismo, por la comunicación a nosotros del Espíritu Santo, hay un cambio de corazón dentro de nosotros. El Señor había dicho: «Les quitaré el corazón de piedra y les pondré un corazón de carne». Les quitaré el corazón de la dureza, el corazón del resentimiento, el corazón del egoísmo y les pondré el Corazón de Cristo, la bondad de Cristo, reflejo de la bondad del Padre. Esto es lo que lleva el cristiano en su corazón y esto no es imaginación, esto es sentir en nosotros lo que en Cristo Jesús. Es la imitación verdadera de Cristo. Es la vida resucitada, una vida resucitada que esencial-mente hay que vivir en la intimidad de amistad con Cristo con los sentimientos de Cristo. Por eso repetía que vida cristiana es vivir de veras con Cristo resucitado vivo.

 

2)    Las escenas de la Resurrección son lecciones de aspectos importantes de la vida cristiana.

 

Las escenas de la Resurrección son distintas en los diversos Evangelistas, y creo merece la pena atender un poco a lo que los especializados en los temas evangélicos nos hacen notar y reflexionar. Llama la atención, por ejemplo, que en San Mateo los relatos de las apariciones de la Resurrección de Cristo son relativamente breves. Ocupan sólo el capítulo 28, que no tiene más que 20 versículos. Nada más. Los elementos del relato de la Resurrección son: el sepulcro vacío, el mensaje del Ángel a las mujeres, la aparición a las mujeres, soborno de los soldados; luego marchan a Galilea, al monte que Jesús les ha indicado, le adoran, algunos dudan; Jesús les da todo poder en el cielo y en la tierra y les dice: «Id, haced discípulos a todos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he dicho». Y no tiene más.

San Marcos es también extremadamente breve en lo referente a la Resurrección del Señor. Es el capítulo 16, que tiene también 20 versículos. ¿Y cuáles son los datos que recoge? El sepulcro vacío, el mensaje del Ángel, luego la famosa pericopa sobre la que tanto se ha discutido: si es una añadidura posterior, un catálogo de apariciones de Jesús resucitado, si se apareció primero a María Magdalena y después, con otra figura, a dos de ellos cuando iban al campo; por último, estando a la mesa, se les apareció a los once discípulos y les dijo: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. Da las señales que les acompañarán, y «con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue llevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios». Son unos relatos muy esquemáticos, como quien hace una especie de contabilidad y, como digo, se habla de si terminaba originalmente en la simple aparición a las mujeres y más tarde se compuso una especie de conclusión, escrita por el mismo Marcos o por otro.

San Lucas y San Juan tienen muchos más relatos y más desarrollados. San Lucas, por ejemplo, le dedica todo el capítulo 24, con 52 versículos: el sepulcro vacío, y los Apóstoles no creen a las mujeres, Pedro en el sepulcro, los discípulos de Emaús, cómo los acompaña, cómo les explica, cómo los lleva a la fe, cómo se les manifiesta en el partir del pan, la aparición de los Apóstoles en el Cenáculo y luego las últimas instrucciones.

En cuanto a San Juan, tiene dos capítulos sobre la Resurrección. Como todos, empieza por el sepulcro vacío, luego se aparece a la Magdalena, más tarde Pedro y Juan van a ver el sepulcro vacío; dos veces se aparece a los: discípulos, una cuando no estaba Tomás y otra ya presente Tomás; la aparición en el lago de Tiberíades, confesión de Pedro y el examen de amor de Pedro.

¿Por qué estas diferencias? Creo que da luz lo siguiente: en el relato de la Resurrección, lo esencial que quieren recalcar los Evangelistas, y en todos ellos aparece como elemento esencial, es:

  • Cristo resucitó de veras; ese «de veras» se refiere a su mismo cuerpo; el sepulcro vacío es esencial en todos ellos. Es resurrección verdadera. Es el hecho fundamental.
  • Cristo, resucitado de veras, tiene todo poder en el cielo y en la tierra.
  • Cristo resucitado, que tiene todo poder, envía a los Apóstoles a anunciar el Evangelio a todo el mundo.

Estos son los elementos claves: resucitó de veras, con todo poder, enviando a los Apóstoles al mundo. Este es el núcleo fundamental, que se da en todos ellos, también en San Marcos y en San Mateo. Refieren para esto algunas de las apariciones, donde se muestra esta realidad. Ese Jesús resucitado, insisten, es el mismo que murió. El que murió ha resucitado. Y en las apariciones siempre queda resonando el «Yo soy». No sólo «Soy el mismo», sino «Yo soy». Con la resonancia y fuerza del Yo soy, del nombre santo que Dios se da a sí mismo en el Éxodo.

Para nosotros, entonces, ¿qué valor tiene el recordar esto? Saber esta realidad: el hecho fundamental es que Él está vivo y es comunicador de vida. No es tan importante que nosotros lo veamos. Eso no es tan importante, porque lo que recalcan los Evangelios en los relatos de la Resurrección es que Jesús ahora no cae bajo el alcance de los sentidos. Es decir, que no está en la condición simplemente humana, mortal. La Resurrección no le vuelve a la vida temporal, sino que la Resurrección le coloca en una situación gloriosa. Es un cuerpo verdadero, pero espiritualizado. Es un cuerpo verdadero, pero no puede ser percibido por los sentidos humanos, por iniciativa de los sentidos. Lo característico de nuestra situación mortal es esta ley. Nosotros somos parte de este universo sensible y, por tanto, estamos sometidos a las leyes físicas. Y si estoy aquí, emito ondas, vibraciones, lo que sea; el hecho es que estando aquí ante vosotros no puedo menos de ser visto por vuestros ojos. Yo no me puedo escapar a eso, porque estoy sometido a las leyes físicas. Entonces, por iniciativa de quien quiera verme, me capta y ve si estoy aquí.

En todos los relatos evangélicos se quiere recalcar que Jesús, ya en el momento de la Resurrección, no ha vuelto a La situación mortal de antes, no está sometido a las leyes físicas. Por tanto, es El quien por propia iniciativa se puede dar a ver, dar a sentir. Esto es iniciativa del Resucitado. No, es arbitrio del que está allí. De ahí surgen esas particularidades que aparecen en los relatos, que, según los casos, es sobre lo que algunos dudan o no lo ven con absoluta claridad. Él se da a ver, se da a tocar. Esto también es importante. Notemos que por la Resurrección Cristo se ha colocado en esta situación superior, en la cual Él está presente a nosotros, se ha puesto en medio de nosotros. También esto lo resaltan los relatos de la Resurrección, puesto que en ellos aparece que Jesús conoce lo que está sucediendo. Así, por ejemplo, en el caso de Tomás, cuando se muestra a los ocho días, le llama y le dice: «Trae aquí tu dedo, mételo en la herida de mis manos y trae tu mano y métela en mi costado». Quiere decir: Yo he seguido tus titubeos, he seguido tus dudas y tu testarudez. Lo que tú has exigido, trae tu mano, quiero que se cumpla.

Notemos bien lo que significan esas apariciones. No significan que Cristo se hace presente sólo cuando se aparece, sino que en las apariciones Cristo da a sentir su presencia a través de los sentidos. Pero está presente siempre, sigue la vida de la Iglesia. Hasta ahora tenemos estos elementos, que llamamos clave: Cristo resucitado, Cristo comunicador de vida, Cristo que tiene todo poder en el cielo y en la tierra, Cristo que transmite todos esos poderes y se los envía, estando presente, a ellos: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos.»

A partir de aquí, los exégetas y los teólogos, analizando los relatos en el espíritu de la Iglesia, en el Espíritu Santo, llegan a esta observación: Siendo así que esos elementos son los elementos fundamentales, sintetizados en Mateo y en Marcos. Pero, en Lucas y en Juan, la intención de los Evangelistas y del mismo Señor con esos cuarenta días que está con ellos es presentarnos cómo es la vida cristiana, la vida de la Iglesia, en relación con Cristo glorioso. Es muy hermosa esta observación. Esos relatos pretenden introducirnos a vivir con Cristo glorioso. Cristo glorioso vive ahora así con la Iglesia, como vivía en esos cuarenta días con los Apóstoles, estando presente, conociéndolos, sosteniéndolos, y en determinados momentos manifestándose a ellos con una presencia sensible; instruyéndoles, dándoles esos poderes y esa fuerza. Pues bien: de la misma manera está Cristo glorioso con nosotros. Esto es muy hermoso. Como a los dos de Emaús, que van caminando y Jesús los acompaña y se les hace presente, eso mismo realiza Cristo Jesús con nosotros en la vida. Nos acompaña en la Iglesia, pero nos acompaña con una presencia suya personal. No diluir a Cristo en la Iglesia. Este sería un peligro. Es decir, Cristo está en el hermano. Se puede entender bien que está en el hermano, siempre que con ello no se elimine una verdadera presencia personal de Cristo junto a nosotros, una comunicación interpersonal que tiene con nosotros como se muestra en esas apariciones.

En esas manifestaciones o apariciones Jesús se comunica con ellos, dialoga con ellos, les alienta, les fortalece en el amor. Estos son momentos privilegiados de encuentro en fe con Cristo resucitado. En el caso de los discípulos, a través de los sentidos; en el caso de nuestra vida, a través de la experiencia espiritual interior.

Nosotros estamos llamados a vivir de veras con Cristo, habitualmente. Con una presencia que a veces es sensible. En ciertos momentos nos hace «sentir la su presencia», como dice San Juan de la Cruz. En otros momentos, por fe la conocemos, la vivimos en un sentido de lealtad, de serenidad; pero no es el momento de la aparición del Señor. Y con eso no me refiero a «apariciones» en el sentido técnico de la palabra. Me refiero a esa presencia intima consoladora que el Señor comunica en determinados momentos, cuando sabe que nosotros lo necesitamos.

Y una observación más en San Lucas y en San Juan. En ambos llama la atención de referencia repetida a la Eucaristía. En San Lucas, en el relato de los de Emaús, que termina en la fracción del pan, le reconocen por eso mismo, y tienen ese encuentro en fe con Cristo vivo en la Eucaristía. En San Juan, en el relato al borde del lago de Tiberíades, cuando bajan de la barca encuentran unas brasas encendidas, un pez puesto encima y pan. Imagen de la Eucaristía. El pan y el pez sobre las brasas del amor de la caridad de Cristo que sostiene el Sacramento y a través del cual comunica al hombre el fuego de la caridad y del amor. Quiere hacernos entender al mismo tiempo que en la vida eclesial el momento privilegiado del encuentro en fe con Cristo resucitado es la Eucaristía. Ahí es donde se encuentra con esta realidad, con este Cristo resucitado, Cabeza nuestra, que es el que nos infunde sus sentimientos. Y muy particularmente es en la Eucaristía donde nos comunica la vida

resucitada al comunicarnos la caridad inmolativa, con la que nos dice que hagamos lo que Él ha hecho por nosotros: “Haced esto en memoria mía». Lo que nos pide es que entreguemos nuestra vida con los sentimientos de Cristo. Que en la Eucaristía nos identifiquemos con El, no por un acto nuestro de voluntad, sino poniéndonos al alcance de Su Amor para que sea Su Amor el que nos abrase, el que nos transforme, el que nos identifique con Cristo, para que podamos vivir de su vida resucitada, que haga de toda nuestra humanidad una ofrenda permanente y oblación de amor, a imitación de Cristo.